18.11.16

Estafadores en cuatro monedas...

El malecón de La Habana, Cuba. Foto de Google Earth. Obviamente, no hay Street View.
1. La Habana, 1991.

Visito por primera vez el paraíso de los trabajadores para constatar que esto de la publicidad engañosa alcanza cotas asombrosas en política. El tercer o cuarto día de mi visita decido salir a que me timen. El peso cubano "oficial" vale un dólar y así me lo toman en los lugares donde estamos debidamente vigilados por nuestra amable "guía de turistas" proporcionada por el Ministerio del Interior para la dura tarea de supervisar que los extranjeros éstos no entren donde no deben. No es un control norcoreano, pero está allí. Y no lo es tanto que me escabullo con facilidad. El peso cubano "libre" está dándose a hasta 20 por dólar. El dólar es el pasaporte a los satisfactores que los cubanos no tienen habitualmente, y menos ahora que es "período especial".

"Período especial" es un concepto que resume "se acabó todo lo que nos regalaba la URSS a cambio de ser su trampolín a 90 millas de Florida y ahora resulta que estamos en la puta calle porque desde 1959 no hemos podido ni querido organizar una economía que funcione mínimamente". Mis amigos quemaban muebles para cocinar escuálidas chuletas de cerdo compradas clandestinamente para agasajarnos (y uno se sentía horriblemente mal por comerse esa comida que para ellos era tan inalcanzable entonces como para uno un Lamborghini). Había apagones porque el petróleo no alcanzaba para mantener andando los generadores eléctricos las 24 horas.

Yo me lancé al Malecón con cara de turista despistado. En aquél entonces, los cubanos asumían que todo turista que hablara español era... español. Lo llamaban a uno "tío" y usaban jerga madrileña un tanto arranciada. No pasaron cinco minutos antes de que se me acercaran dos jóvenes muy delgados a hacer conversación. Les ofrecí cigarrillos (yo fumaba por entonces, y viajaba bien pertrechado) y conversamos sobre nada hasta que alguno preguntó si yo tenía dólares y si no me interesaba deshacerme de la basura económica imperialista a cambio de unos relucientes billetes revolucionarios. Llegamos a un acuerdo generosísimo: un camilo, un che y un martí (un billete de veinte pesos con la cara de Camilo Cienfuegos, otro de tres pesos con la cara del Che Guevara y uno de un peso con la de José Martí) a cambio de cinco dólares. Vamos, 24 pesos por un billete que, en cuanto yo me perdiera de vista, valdría 100. Ganancia neta, 300%. Ni los magnates más delirantes de Wall Street podían aspirar a ese rendimiento.

Ellos se fueron creyendo que me habían timado. Yo me fui habiendo conocido un poco de cómo funcionaban las cosas de verdad en la isla. Y la guía de turistas me recibió preocupadísima porque dónde estaba yo y qué estaba haciendo y con quién. Le dije que estuve paseando. Los inútiles billetes cubanos (que los extranjeros no podíamos gastar) deben andar por allí.

Gran Vía, Madrid, España. Foto de Google Earth.
2. Gran Vía, 1992.

Tres hombres se entregan al juego de "la bolita" o los "triles" en una mesa portátil cubierta por un terciopelo rojo que vio mejores tiempos, con tres tapas de jerez y una bolita amarilla. Me acerco a husmear. El que mueve las tapas le "explica" el mecanismo a un apostador que es su primo o está casado con su prima. El apostador saca doscientas pesetas, "encuentra" la bolita y se embolsa doscientas pesetas. La escena se repite. Aclaran innecesariamente (para que oiga yo, pues): "Yo digo dónde está y apuesto", y el trilero asiente. Se mueven las tapas y se detienen. El "apostador" se decide por la tapa de la derecha. Me mira. "Ponga el dedo allí mientras yo saco el dinero para la apuesta", pide como si no fuera raro que las dos veces anteriores tuviera muy a mano los billetes. Me giro al tercer hombre de la banda: "Que lo ponga él". El sujeto da un paso atrás, preocupado: "No, yo no". Y pregunto, "¿Qué pasa? ¿Tiene algo de malo?"

Los tres me miran. Digo: "Esto lo hacen también en mi pueblo. Quería ver cómo lo hacen ustedes. Es una buena variante, yo pongo el dedo, usted apuesta, la bolita no está allí, usted me acusa de connivencia con el trilero y para evitar un follón yo le doy las doscientas pesetas, ¿verdad? Brillante."

Me miran más fuerte. Doy las gracias y me despido. Les doy la espalda porque es medio día, que si fuera de noche no los pierdo de vista ni un instante. Confío en que se aguanten las ganas de darme un manazo. Doy dos pasos, giro la cabeza. Los tres estafadores se han esfumado por completo, como si se hubieran tirado por una alcantarilla de la esquina con Calle Silva.

Rivera derecha del Sena, París, Francia. Foto de Google Earth.
3. Rive Droit del Sena, 2013.

Caminamos de Puente del Alma a Puente de Los Inválidos después de ver una inesperada y muy reveladora exposición de fotografía asiática situada en unos paneles y construcciones efímeras a la orilla del río. Conversamos mientras un rotundo hombre de chandal (pants) rojo, me atrevo a pensar que de la Europa Oriental, tal vez rumano y probablemente gitano (y me atrevo a pensar que me equivoco, los prejuicios que están allí en uno no son brújula de fiar, claro) camina recto hacia nosotros.

A un par de metros de distancia, finge ver algo en el suelo y se inclina a "recogerlo". Me lo muestra. Es un gordo y apetitoso anillo que, si uno está de humor, podría creer que es de oro. Me mira con amable expresión de "¿Esto se le acaba de caer a usted, señor de las barbas con cara de turista que viene papando moscas por el Sena y que ahora voy a averiguar si habla francés?"

Lo miro fijamente. Sonrío. Hago con ambas manos la señal italiana estándar del lenguaje universal de signos de la bolsa que sube y baja, las puntas de los dedos unidas, que significa "Ma che cazzo?" Inclino la cabeza, sonrío más, quiero dar la idea de complicidad, de comprensión, de "A ver, colega, ésta ya me la sé, no jodas..." no de "En este instante me traigo a toda la gendarmerie a que te apaleen como a un filete viejo". Aunque el hombre del anillo sonríe comprensivo, una sombra de decepción le cruza el redondo y moreno rostro. Ya no podrá decirme que si el anillo no es mío, de todos modos me lo puedo quedar para la señora, que estará feliz con el gordo cacho de oro, y él estará satisfecho si le doy una pequeña propina.

Aprieta su falso anillo en busca de uno un poco más tonto que yo que suelte los cinco o diez euros de rigor y sonríe una última vez.

Bridge Street al final del Westmister Bridge, Londres, Reino Unido. Foto de Google Earth.
4. Londres, 2016, a la salida del metro Westminster, frente al Big Ben.

Una mujer mayor, vamos, que no vuelve a cumplir los 70 ni volviendo a nacer, me sorprende metiéndome en la cremallera abierta de la chupa/chamarra de cuero una florecilla morada con el tallo envuelto en papel aluminio. Me dice que están trabajando en una colecta: "For the hospital". Me repite muchas veces lo de "For de hospital" y cada vez que dice la "p" escupe rociándome de gotitas repugnantes. Me doy cuenta que me la ha colado como suelen hacerlo las gitanas con la ramita de romero en España. Imposible devolverle la florecilla.

Trato de que el asunto no prospere. Le doy media libra. Me mira horrorizada y repite que es para el "hospppppital" con cuádruple escupitajo, y establece que la dádiva voluntaria pero ineludible asciende a cinco libras. La miro calculando cuánto me darían por su cara como material para tallar diamante en cualquier taller de joyería cercano. Repite que son cinco libras para el hospppital. Le digo, en mi mejor acento de Northumberland y con una sonrisa que juzgo encantadora, que sus dos opciones son a) largarse feliz con sus 50 peniques o b) que yo llame a la policía. Se evapora murmurando cosas en memoria de mi madre, mi abuela y otros de mis ilustres antepasados.

5. Sí, a veces los busco.

En Puebla y en los alrededores de la Basílica de Guadalupe en México hice migas con algunos para ver cómo funcionaban. Si algún día se filma una película en cuyo guión participé (otra, soy campeón mexicano de guiones no filmados) la primera escena es un timo de "merolico", un vendedor ambulante parlanchín peculiar a ese país. Las más de las veces, me buscan a mí. Tengo, me dicen, "imán" para los peculiares. Cada vez que voy con un grupo de gente y nos cruzamos con algún ejemplar al que le faltan dos tornillos, es betatester de un alucinógeno que pronto será superventas en las discos, se ha bebido hasta el shampoo del perro o anda vendiendo entradas falsas para un concierto, partido de ping pong o pase de alta costura con top models de los años 40, quienes me conocen saben que tal ejemplar se dirigirá a mí indefectiblemente en línea matemáticamente recta.

No consigo camuflarme entre la multitud. Se ha sabido de casos en que los que caminan conmigo tratan de ocultarme entre sus cuerpos pero los miembros del World Club of Freaks, Geeks and Eeks siempre consiguen llegar a mí para contarme su vida, tratar de timarme o reclamarme porque me parezco a un sujeto que una vez les quitó un helado de chocolate, causándoles lesiones psíquicas de por vida.

Seguiremos informando.

11.11.16

Adiós, Leonard

Hay tres discos que recuerdo cuándo, dónde y con quién estaba cuando los escuché por primera vez. Los tres han tenido una profunda influencia en mi vida.

Teníamos 17 años y ocupábamos en pandilla la cabaña de fin de semana de uno de los amigos del grupo, en Valle de Bravo, Estado de México. Algunos de la pandilla tenían un grupo de rock y nos llevaban a los demás por los caminos del descubrimiento musical. Allí, en un tocadiscos no muy bueno, rodeados de bosque, escuché por primera vez On the Threshold of a Dream, de Moody Blues. El comienzo, un poema del baterista Graeme Edge, era drama, era ciencia ficción, era un sonido seductor que le daba otra dimensión al rock. Los sigo escuchando.

Teníamos 16 años coqueteando con los 17 y estaba con un amigo mío y su primo, en casa del segundo. Había obtenido un disco nuevo que quería enseñarnos. La portada era alucinante, la cantante no aparecía glamorosa y deseable, sino rechoncha y vulgar, en dibujos del cómix underground que empezábamos a conocer. El disco era Cheap Thrills, de Big Brother and the Holding Company y la cantante era Janis Joplin. Jamás ninguno de nosotros había escuchado nada parecido, era una revelación, una forma de cantar que no tenía paralelo... ni lo tiene medio siglo después.

Teníamos apenas 16 y estábamos en casa de la novia de un amigo, donde arreglábamos el mundo con esa pasión adolescente que lo incendia y lo simplifica todo. Tenían un disco que también era relativamente nuevo, Songs of Leonard Cohen, un cantautor canadiense que sonaba totalmente distinto a los cantautores folk que ya conocíamos. Era barítono bajo, una voz infrecuente en el rock, y sus temas eran como si interpretara lo que sentíamos: "The Stranger Song" que éramos nosotros, "So Long, Marianne" y nuestros primeros amores frustrados, "Suzanne" y su dulce erotismo casi religioso.

Leonard Cohen en 2013. Foto CC Rama. Vía Wikimedia Commons.
Corte a muchos años después, cuando un director de una revista me pidió que escribiera la nota necrológica de Dalí. "¿Murió Dalí?", pregunté alarmado. "No, pero no tardará mucho, más vale estar preparados". Escribí la necrológica, se preparó en fotocomposición (así trabajábamos en aquellos años previos a la civilización) y en la forma de una tira de papel fotográfico revelado ocupó un cajón de mi escritorio en la redacción de la revista hasta el día que Dalí, finalmente, murió. Sólo tuvimos que poner la fecha y la causa oficial de la muerte, y esa misma semana se publicaba la nota.

Corte a hoy. Le han dado el Nobel de Literatura a Dylan y Cohen ha dicho que está listo para morir. Eso fue antier. Ayer Cohen dijo que era broma y que tenía muchos deseos de seguir vivo mucho tiempo.

Cohen me ha acompañado durante medio siglo, poco más o menos. Durante años, toqué sus canciones en guitarra, especialmente "Bird on the Wire", "Sisters of Mercy" y "Chelsea Hotel" (donde vivió su romance o amasiato con Janis Joplin, por cierto). Cohen estaba allí cuando era un secreto para unos cuantos iniciados que decían "¿Conoces a Leonard Cohen?" y quedaban hermanados por eso. Mucho antes de que Cohen ya viejo lograra la fama que lo eludió años atrás. Nunca fue un desconocido, pero sus últimos tours fueron apoteosis sorprendentes. Y seguía con uno.

No quiero escribir sobre su muerte cuando muera, mejor ahora. Porque puedo valorar las contradicciones brutales de un buscador espiritual que, como todos los buscadores espirituales, nunca supo exactamente qué estaba buscando y, por tanto, nunca fue capaz de encontrarlo. Coqueteó con religiones diversas, del cristianismo a la cienciología, de su judaísmo originario al budismo al que le entregó gran parte de su vida... era como si quisiera hallar en las creencias que le enseñaban otros lo que él en realidad ya parecía saber y uno se quedaba con la idea de que quizás no escuchaba sus propias canciones, las tapaba con las palabras (mucho más optimistas, pero mucho más falsas) del maestro espiritual de turno. Siempre me asombraron su ceguera a sí mismo, sus obsesiones innecesarias, su confusión gratuita, su miedo a no ser tan bueno como deseaba.

El viejo Cohen estaba por ahí en mis recuerdos cuando reapareció con el álbum The Future y volvió a cambiar el juego con canciones que nadie más se habría atrevido a cantar así... Salvo Waits, pero Waits las habría hecho más oscuras, más brutales, más embarradas en tierra y en la simpleza de pasiones más a ras de suelo...

(Nota: Esta entrada de blog se quedó aquí. No quise pensar en la muerte de Cohen, porque ha sido precisamente una buena compañía con la que no comparto muchas cosas, pero las que comparto son fuertes. Pensé que algún día volvería a ella. Ya no dio tiempo. Leonard murió hoy. Su muerte me sorprende en Londres, donde esta misma noche estuve escuchando en vivo a músicos mucho más jóvenes a los que disfruto enormemente. Una de ellas, Basia Bulat, canadiense e inevitablemente influida por su compatriota medio siglo mayor, ha cantado algún cover de Cohen. Los otros, Lake Street Dive, ciertamente no, pero seguramente encontrarían en su elaborado soul-indie-jazz algún acento imposible sin Cohen. La música, pues. sigue. So long Leonard (no me interesa ser original), ya no escribiré más sobre tu muerte. Cierro con Basia Bulat celebrando tu cumpleaños hace un par de años, aunque podría cerrar con el brutal cover de Hallellujah que hizo Popa Chubby o con tantos otros que pueblan YouTube... pero elijo éste porque cierra el ciclo del ayer al hoy, dejando ver la sonrisa triste del mañana...)