2.2.20

El día que no me jubilé

Si viviera en Australia, a día de hoy podía llevar ya 8 años disfrutando de una pensión, optimizando los recuerdos de una poltrona con espuma de memoria, mirando "Sálvame" y riñendo por la calle a los trabajadores de la construcción por ser unos chapuzas. O ése al menos es uno de los estereotipos del jubilado. Cruel y generalizador como todos los estereotipos, útil para la comedia (que precisamente se apoya en estereotipos, cosa que los ofendiditos no se han logrado meter en las herméticas cabecitas) pero nada más.

Me podría jubilar hoy pero no lo voy a hacer. Cuando le preguntaron a Willie Nelson si pensaba retirarse, preguntó "¿Retirarme de qué?" Sería estúpido pensar que por llegar a cierta edad, debería dejar de escribir canciones, de cantarlas, de ser lo que es. Y yo no pienso dejar de escribir (publicidad, mis libros en Amazon), de escribir divulgación científica (todos los sábados en el suplemento "Territorios" del diaro El correo), de hacer vídeos (más publicidad: visite mis canales El rey va desnudo y Cosas que sabemos), de traducir, de hacer radio (aún más publicidad: en directo los miércoles a las 17:30 en la Radio del Principado de Asturias) y de hacer todo lo que hago porque, por una enorme suerte que quizás no merezco, me gusta lo que hago.

Anexo 1: aquí a los 86 años y medio, el 6 de enero de 2020, el señor Willie Nelson.



No tengo nada contra la jubilación, cuidado, soy un convencido de que un sistema de pensiones generoso, universal y sólido es uno de los pilares de una sociedad justa y solidaria. Pero creo que el sistema es poco flexible porque se basa en una medida que en todos los momentos de la vida es totalmente injusta: el número de vueltas que uno ha dado al Sol sobre este tiovivo planetario.

Por supuesto, mis motivos para jubilarme, yo que me he pasado la vida entre teclados, guitarras, cámaras de fotos, ordenadores, y sillas a veces hasta cómodas en productoras, redacciones de medios y en mi casa, sobre todo, no son ni parecidos a los que tiene alguien que se haya metido 45 años bajando a la mina 5 o 6 días a la semana, o alguien que cada que se puede se lanza a alta mar en un barco más bien frágil a convertir peces en pescados que nos alimenten a todos y cubran las necesidades de su familia.

Anexo 2: La canción conocida como "Traigo la camisa roja", "El pozo María Luisa" o "Santa Bárbara bendita" es el himno de los mineros de Asturias, porque la mina y el barco pesquero son los lugares más duros para ganarse el pan, y tenerlo presente nunca está por demás.



Obviamente hay trabajos que se hacen con menos júbilo, con más peligro, con menos vocación y con más desgaste físico y mental que los que yo he acumulado en la vida. Igualarnos porque tenemos 65 años me resulta totalmente incomprensible. Aclararé que algunos países sí diferencian políticas de pensiones según el trabajo desempeñado, y también según la expectativa media de vida, pero son los menos. En general, el mensaje es que quien trabaje de piloto de pruebas en una fábrica de colchones tiene la misma necesidad física y emocional de jubilarse que quien haya estado en una fundición de acero toda la vida.

Puedes entrar a la escuela a los 6. Tu fiesta de pubertad es a los 13. Puedes sexar a los 16. Puedes votar y beber a los 18 (a veces haciéndolo simultáneamente). Esto es idiota nivel experto. Todos conocemos chicos de 16 años con la madurez necesaria para votar con conocimiento de causa y sobre bases sólidas, y personas de 45 a quienes no dejaríamos cerca de un colegio electoral. Niños de 3 que leen y chicos de 13 que necesitan más tiempo. La edad es un estereotipo, ni siquiera es una estadística fiable. Y sin embargo parece que no hemos podido diseñar otra forma de marcar los hitos más relevantes de la vida.

A jubilarse, abuelo

Así que Rusia, Noruega, Eslovaquia, Japón, la República Checa, Estonia, Finlandia, Letonia, Lituania y Hungría ya me habrían también ofrecido al menos la oportunidad de abandonar la fuerza de trabajo y disfrutar eso que solían llamar "los años dorados". Mientras tanto, Francia, Holanda, Portugal, Bulgaria, Estados Unidos, Dinamarca e Islandia me harían trabajar uno o dos años más antes de concederme mi "bien ganado descanso".

Anexo 3: Algo del buen señor don Premio Nobel de Literatura (todavía no me lo creo), que sigue de tour incesante a los 78.



Pero aquí, en España, la edad de la jubilación son los 65 años, como en Austria, Bélgica, Croacia, Chipre, Gran Bretaña, Luxemburgo, Polonia, Rumania, Eslovenia, Alemania, Malta, Canadá, Suecia y Suiza. O sea que hoy, o en unos meses a lo mucho, podría yo jubilarme, pero elijo no hacerlo.

Eso se dice fácil. Si viviera yo en Corea del Sur, me habrían obligado a jubilarme a los 60 si trabajara en el sector privado y a los 65 si trabajara cobrando de dinero público. A los 65 también se obliga a jubilar a los trabajadores públicos en Filipinas. En Brasil, la Constitución obliga a la jubilación de los empleados públicos a los 70, de los mineros a los 60 y de los jockeys de carreras de caballos a los 50. Sí, suena raro. Otros países sólo tienen jubilación obligatoria para ciertas carreras: militares a los 60 en Australia, jueces y senadores en Canadá a los 75 (yo pensaba que "senado" se refería precisamente a un consejo de personas de edad –senex– que aportaban su experiencia al gobierno de un país). Policías, pilotos, controladores de tráfico aéreo, bomberos y jueces tienen edades de jubilación obligatoria en diversos países.

El hecho es que en los últimos cuatro o cinco años he enfrentado un tipo de discriminación que no me esperaba (uno siempre se siente joven) y que en España es especialmente feroz: el edaísmo, o edadismo, forma de decir "el rechazo, desprecio y legitimidad de la agresión contra una persona por razón de su edad".

No es la primera vez que me toca, claro. En mi adolescencia era demasiado joven siempre. Y luego recuerdo en una ocasión en que, trabajando en la UNAM, el director de la oficina en la que colaboraba (Departamento de Promoción y Difusión Cultural de la Unidad Académica del Bachillerato del Colegio de Ciencias y Humanidades, que era un cubículo de tres metros por uno y medio y donde no cabía ni su rimbombante nombre) presentó su renuncia y me recomendó como nuevo director. Pero el responsable de la Unidad Académica del Bachillerato me informó amablemente que en la UNAM nunca había habido un jefe de departamento de 23 años y que yo no iba a ser el primero, pero que contaba con mi experiencia en la labor promoción del departamento para apoyar a la nueva directora (que no tenía idea del tema). Le entregué mi renuncia y me fui a tomar aire fresco. Y apenas siete años después no me dejaban entrar a ciertos concursos literarios "para escritores jóvenes" porque había cumplido los treinta y las organizaciones premiadoras de la cultura mexicana habían decidido que la condición de "escritor joven" era algo que se evaporaba pasados los 29.

Ni hablar. Nunca tiene uno la edad correcta. Pero como fui parte de las generaciones de la ruptura, de la confrontación con gente como mis tíos, fosilizados en algún momento de la década de 1940, la edad siempre ha sido motivo de reflexión en mi vida, desde los 15, probablemente. Con medio siglo pensando en esto de la edad, alguna conclusión saca uno.

Intermedio: Sería absurdo perderse talento así sólo porque es de "otra generación", si la canción siempre es la misma, que diría Led Zeppelin. Es AJ Lee y Blue Summit.



En la España longeva

En España, la versión que ahora me toca del edadismo es la gerontofobia, es decir, el odio a la gente mayor, a los ancianos –o a los que los demás ven como ancianos, que uno no tiene opinión allí. Te respetan si decides ser hombre o mujer, indígena, musulmán o vendedor de medicinas alternativas, pero no si decides continuar siendo joven, eso lo deciden ellos. Continuamente los comentarios que se me dirigen incluyen menciones a mi edad y a los estereotipos de la edad avanzada, desde las enfermedades hasta la capacidad mental reducida, la fragilidad y la inutilidad. Recuerdo especialmente a un divulgador científico joven y exitoso, parte de una empresa productora para YouTube, que rebrincó con un comentario sarcástico mío hace más de dos años, lo mandé a la mierda y su brillante respuesta fue "¿No está usted un poco mayor para estas cosas?"

 

Pues no, no lo estoy. ¿Te mando de nuevo?

No es la única vez que he leído tal reproche (en persona hay menos valor para soltarlo), la duda de si no estaré un poco mayor para el rock, para ser youtuber, para divulgar ciencia, para hablar de política, para comentar videojuegos, para ir al gimnasio, para compartir música, para ponerme camisetas o chupas de cuero, para usar mi anillo de calavera, para hablar de cómic, para lo que sea (sí, también eso), para vivir... y es frecuente que se asombre alguno de que yo sepa manejar ordenadores y otros dispositivos digitales y tenga que explicar que viví con ellos desde los 18, que mi primer ordenador para ganarme la vida fue anterior a PC y Mac (era una máquina dedicada a la producción de espectáculos de diapositivas, la Show Pro V), y que Steve Jobs y Bill Gates y yo nacimos el mismo año (como Bruce Willis, Kevin Costner o Yo Yo Ma), y que soy más joven que Bruce Springsteen, Samuel L. Jackson o Pierce Brosnan.


Anexo 4: También soy más joven que Steve Tyler... bueno, y que toda su banda, pero seguimos soñando...



Creo que un poco de este rechazo feroz se debe al problema del desempleo español, que se disparó a partir del fin de la dictadura y salvo en 2005-2006, nunca bajó a los niveles medios del resto de Europa. La idea que prevalece es que los viejos deben "dejar espacio a los jóvenes"... claro que esto resulta igualmente arbitrario si no se tienen en cuenta capacidades, rendimiento en el empleo, experiencia, seguridad laboral, productividad, creatividad ni variables similares, sino que la única medida es la edad. Echar a los mayores a la jubilación, a jugar al mus en residencias de mayores y centros de día, o a vivir debajo de un puente, parece ser la idea. Ello permitirá que los jóvenes (ciertamente los más afectados por el desempleo) consigan trabajo y puedan comprarse una casa y un auto y casarse y reproducirse en medio de la abundancia que los cabecitas de algodón (no el sistema, no las condiciones económicas, no el dinero viejo y temeroso español, no, los malditos viejos) les escamotean.


(Si ello redunda en el desempleo de los mayores, si con esta astuta estrategia no se crea ni un empleo nuevo y las tasas de paro general siguen iguales... pues no importa, parece ser la idea, porque ahora los desempleados serían ellos y no "nosotros, la generación que todo lo merece por haberse rebajado a nacer en esta inhóspita sociedad". Vale, exagero, pero es el meollo del tema. "Igual si los viejos se mueren rapidito las cosas mejorarían. Estorbos." Exagero pero no tanto.)

Últimamente, los defensores del extraño gobierno de López Obrador en México con frecuencia me descalifican por "viejo", sin darse cuenta de que soy dos años más joven que su defendido, con lo cual se meten gol en propia puerta. Si la edad descalifica, su caudillo está peor que yo. (Y lo está, pero no por la edad, que lo conozco.)

Siguiendo con los estereotipos atribuidos a la edad, está por supuesto el que mientras mayor es uno, más conservador se vuelve... lógica con la cual los actuales líderes de la derecha española no tienen 38, 39 y 43 años (Pablo Casado, Inés Arrimadas y Santiago Abascal), sino cuando menos cien más cada uno. Y yo debería estar aplaudiendo a los nazis imbéciles títeres de Steve Bannon en lugar de darles cera siempre que se puede.

Esa barbaridad la consagró de manera espectacular la fracasada cofundadora de Podemos, Carolina Bescansa, cuando declaró tronante en 2016 que "si sólo votaran los menores de 45 años, Iglesias ya sería presidente", sugiriendo que los mayores de esa edad eran demasiado fachas como para votar por el pequeño Lenin de Vaciamadrid.

 
Un detalle que se le pasó a la aguerrida revolucionaria de abultada cuenta corriente fue que, al momento de hacer esta declaración de profunda agudeza política, es que ella ya tenía más de 45 años, habiéndolos cumplido en febrero de 2016.

O como cuando, a los 66 años, Rosa María Artal, atrabiliaria periodista y también militante de Podemos atacaba a 11 millones de viejos a los que consideraba "fachas" metiéndose por tanto otro precioso gol en propia puerta.


El panorama electoral de Estados Unidos nos da una pauta de comparación con la España gerontófoba. El actual presidente que busca reelegirse, Donald Trump, tiene hoy 73 años, es decir, tomó posesión del cargo a los 70 (y su problema no es la edad, claro). Sus principales contendientes demócratas hoy en una encarnizada batalla de primarias son Bernie Sanders (78 años), Joe Biden (77 años) y Elizabeth Warren (70 años), aunque están todavía en la batalla candidatos más jóvenes como Pete Buttigieg (38 años) y Andrew Yang (45 años).

Compárese eso con la juventud de los contendientes en las elecciones españolas de noviembre. Es inimaginable hoy en España un candidato de 77 años de edad que son los que tiene, por ejemplo, Felipe González. Y los diputados mayores de 64 son tan pocos que no representan al 16,7% de la población que tiene esa edad.

Y ni qué decir de los medios donde la edad juega contra los periodistas. Difícil encontrar por aquí a alguien como el brillante entrevistador de la BBC Andrew Neill (70 años), John Simpson (que a los 77 no se ha retirado) y difícilmente llenaría teatros alguien como George Carlin, que murió a los 71 años una semana después de su última actuación. Hay una ausencia casi total de gente de más de 60 en la televisión, por ejemplo (muy notoriamente en los informativos, como presentadores o reporteros). Iñaki Gabilondo es una excepción destacada.

Que se jubilen los viejos

Ya lo he dicho pero hay que repetirlo: tener 65 años hoy no es igual a tenerlos años en 1980, ni en 1960. Mi abuela (nacida en 1895), a mi edad, era una anciana con problemas de movilidad, una artrosis que entonces no tenía tratamiento y un derecho gigantesco a pasarse el resto de la vida descansando, lo cual no impidió que siguiera trabajando varios años.

Anexo 5: Robert Finley, que acaba de comenzar su carrera profesional en la música.



Cuando yo era joven, ya sospechaba de la bobada que se decía de "nunca confíes en nadie de más de 30 años", sobre todo porque mi filósofo, Bertrand Russell, había muerto a los 98 años pleno de lucidez (por cierto, el día de mi 15 cumpleaños, en 1970). Su expresión más esperpéntica fue la  película Wild In The Streets, donde un presidente de 24 años recluye en campos de concentración a todos los mayores de 30 y les da dosis masivas de LSD para que no den lata).


Siempre me negué a las guerras generacionales (cuando no sabía siquiera que eran una expresión de esa atrocidad que es la política de identidades, que apenas estaban bautizando unos imbéciles en EE.UU. cuando yo tenía veintipocos), y me sigo negando a ellas, a generalizar en "los jóvenes" o "los niños" o "la gente de mediana edad" cualquier prejuicio, tan absurdo como generalizar a "las mujeres", "los homosexuales", "los negros", "los árabes" o "los viejos". Salvo que esta última generalización todavía es bastante aceptable socialmente. Incluso entre los que van de progresistas y que de un tiempo a esta parte son más conservadores, carcas y regresivos que muchos que supuestamente van a su derecha.

Alguna vez alguien en Quora me preguntaba por qué la gente de 60 años no se sentía vieja si había pasado ya el 85% de su vida. Más o menos respondí que los 60 hoy son como los 40 a mediados del siglo pasado. Mejor medicina, mejor atención, mejores alimentos y conciencia nutricional han provocado el cambio. Y la actitud. No es que vivamos más, solamente, es que vivimos mejor (mi abuela murió de 84, pero en condiciones muy distintas a la de mi abuela política, que murió hace poco a los 94, con dos caderas nuevas que le dieron movilidad alegre en sus últimos años, cortesía de la sanidad pública española). Si tu vida independiente empieza a los 25 (más o menos) y tu expectativa de vida es de más de 75, los 60 no son el 85%, son como el 75%... es decir, te queda la cuarta parte de tu vida adulta por vivir, disfrutar, viajar, ver, oir, pensar, aprender, preguntar, amar... ¿En qué cabeza cabe renunciar a todo eso y pasarse la cuarta parte de tu existencia en calidad de bulto a la espera de la muerte?

O, como diría Chrissie Hynde para celebrar sus 68... You can't let go. Anexo 6.



Sí, la gente de 60 era vieja, enfermiza, mayormente discapacitada. Hoy algunos lo son, por supuesto, pero la generalización no parece tan válida. No estaban, casi, haciendo música, menos aún bailoteando en los escenarios después de una cirugía del corazón a los 75 como Mick Jagger. Y mucha de esa gente mayor carecía de referentes culturales compartidos con la mía, lo que dificultaba horriblemente la comunicación. Distinto del hecho de que yo tuve el número 1 de las traducciones al español de los cómics de Spiderman, Fantastic Four o X Men, y vi "Star Trek" en su estreno (sí, en televisión, ahora empiezo a ver "Star Trek Piccard"), o Star Wars, o Blade Runner. Yo era nerd antes de que fuera bien visto, y sí tengo referentes culturales compartidos con generaciones ulteriores. Yo vi Astroboy, el manga adaptado para la televisión, antes de que se inventara la palabra anime, y me enamoré de la Señorita Cometa antes de que existiera el concepto de otaku. Crecí con el rock en varias de sus encarnaciones y el rap nació cuando yo tenía 18. Obviamente hay abismos culturales, pero hay puentes razonables para cruzarlos en puntos relevantes.

No nos sentimos viejos, pues, explicaba yo. Vintage, clásicos, de larga tradición, masterclass, bien versados, inveterados, jóvenes con mucha experiencia en el puesto o cualquier otra palabra menos pretenciosa, no viejos.

Yo estoy traduciendo, escribiendo dos libros, pensando en volver a escribir literatura, preparando una nueva serie en YouTube, haciendo radio, ayudando a organizar una especie de movimiento sindical entre youtubers, descubriendo nueva música de creadores sobre todo muy jóvenes (muchos de menos de 20 años), atento a la vida de mis hijas mayores, que se han dado muy bien; esperando conocer a mi primera nieta ya nacida y a otro que nace en julio, y viviendo la aventura de criar a un hijo joven. No tengo mucho interés ni tiempo para el retrovisor ni para patrañas sobre "mis tiempos" porque mis tiempos son éstos, con cosas que me gustan y cosas que detesto, como ya me ocurría a los 17 años. Tengo más proyectos que biografía y no pienso perder el tiempo en un pasado que ya viví, cuando todos los días tengo que vivir en el presente y pensando en el futuro, cuando es más emocionante lo que voy a hacer que lo que ya hice.

Así que hoy cumplo 65 años y es el día que no me jubilé.

No necesito su mecedora, como dijo George Jones.

Anexo 7: