31.10.18

Los efectos de la batalla

Los inmigrantes que plasmó Chaplin en su película de 1917 llamada precisamente "El inmigrante"
NOTA: Este cuento mío se publicó en la revista electrónica argentina Axxón 146 en enero de 2005, aunque se escribió muchos años antes en México, país del que uno de cada diez nacidos en él ha emigrado buscando una vida mejor. Va de emigrantes y fronteras y muros y soldados y cosas que hoy de pronto son actualidad en todo el mundo.
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Los efectos de la batalla


... porque tan sólo el diminuto banquete de la araña
basta para romper el equilibrio de todo el cielo.

Federico García Lorca
“Paisaje de la multitud que orina”


-Pásame la mostaza -pidió Daniel.

Oscar arrojó el frasco de plástico a su compañero y, al verse, en un rostro se reflejaba el aburrimiento del otro y el calor de ambos, las arrugas dibujadas en ocre con el polvo amasado en sudor, los ojos enrojecidos por la clara luz del desierto. La sombra de la camioneta de Protección Contra Inmigrantes era poca defensa contra el sol.

-¿Deveras no sabes arreglar aparatos de aire acondicionado? -preguntó Daniel por sexta vez mientras ponía mostaza al emparedado de carne de dudosa procedencia.

-Ya te dije que no. A ver si logramos que en la noche nos lo arreglen.

-Aunque lo paguemos de nuestro bolsillo -sugirió Daniel con la boca llena.

-¿Con mi salario? Olvídalo. Que lo arregle la oficina.

Oscar se levantó y encendió un cigarrillo, alejándose de la sombra de la camioneta con tal de no escuchar los quejidos de Daniel y sus diatribas contra el vicio que ya casi nadie tenía. Miró hacia el otro lado del río. Era una frontera frágil y allá estaban cientos, miles, millones de hombres y mujeres de colores ajenos, idioma incomprensible, costumbres sospechosas y disposición a trabajar mucho por poco dinero para ganarse el derecho a incorporarse a la modernidad, bañarse en las luces de neón, admirar los automóviles, tocar las máquinas que dan a sus usuarios latas de refresco de cola, bolsas de frituras, información turística y hasta dinero en efectivo.

Algunos, cada vez menos, se aventuraban a cruzar. Pero el mundo al que llegaban era hostil. Los recibían agentes de PCI, dotados con el derecho a disparar basados en las leyes de guerra contra invasión territorial alguna vez aprobadas en un ataque colectivo de patriotismo desfigurado. Casi nunca disparaban. Pero de vez en cuando, si las computadoras indicaban que las estadísticas de flujo de miserables aumentaban, recibían la orden de matar a unos cuantos y publicitarlo ampliamente, con carteles en los vados, con rumores hábilmente diseñados y con fotografías plenas de sangre y silencio.

Aún así, los que pasaban la frontera tenían graves problemas. Había demasiada gente dispuesta a delatarlos, demasiados controles destinados a dejarlos fuera de la jugada, del sueño. A veces no contaban ni con la protección y apoyo de sus compatriotas que sí habían conseguido insertarse en la sociedad que tanto prometía. Pero el atractivo seguía siendo grande: no había escasez de empleadores dispuestos a violar las leyes de su propio país para ahorrar unas monedas, no había escasez de funcionarios corruptos que ofrecían casi abiertamente documentos irregulares. Y por tanto no había escasez de arriesgados o desesperados.

La presencia de los agentes de PCI era el disuasor número uno.

-Somos como espantapájaros -decía Daniel-. No hacemos nada, pero si no estamos aquí, los cuervos se adueñan de la parcela.

Oscar dio la última chupada al cigarrillo y lanzó el humo hacia el horizonte, al bordo del río.

Algo tembló tras el humo. Un punto negro que avanzó hasta revelarse como la figura delgada de un hombre.

-Daniel, tenemos visitas -dijo Oscar.

Detrás de la primera figura se recortaron otras contra el cielo de aire seco y ardiente. Era un truco que a veces daba resultado: veinte o treinta personas se lanzaban en formación, con la esperanza de que alguno pasara. Era la lotería del ilegal.

-Pide refuerzos -recomendó Oscar mientras iba a la parte trasera de la camioneta a sacar el magnavoz y la escopeta.

-Son muchos -dijo Daniel con el micrófono del radiotransmisor en la mano, poniéndose los audífonos.

Oscar se volvió. En efecto, eran muchísimos. Cien. Acaso más.

-Regresen. Regresen -empezó a decir Oscar por el magnavoz en el idioma de los invasores. La vanguardia de la columna se acercaba al vado. -Está prohibido cruzar la frontera. Tenemos órdenes de disparar.

Los primeros pies agitaron las aguas del río que avanzaba mansamente.

-No te oyen -advirtió Daniel.

Oscar alzó de nuevo el magnavoz y repitió la advertencia. Mientras tanto, los cien se convirtieron en doscientos o en quinientos, un horizonte líquido de cabezas en movimiento.

-Sí me escucharon. Desde la primera vez -dijo Oscar para sí mismo.

Los agentes de PCI miraron al horizonte durante unos segundos, esperando que simplemente se detuviera el flujo de gente, que ya no se multiplicaran los niños en los brazos de sus madres, que dejara de avanzar el hormiguero de sombreros y gorras de tela barata, los hombros que en abigarrada variedad de bolsas llevaban las contadas pertenencias de sus dueños. Pero cada vez más pies se refrescaban de la caminata en las aguas, se clavaban en el lodo y avanzaban.

-¡Tenemos una invasión! -anunció Daniel al micrófono-. Quinientos, quizá mil. -Escuchó por los audífonos y ordenó a Oscar-: ¡Dispara!

Oscar dejó el magnavoz cuidadosamente en el asiento trasero y levantó la escopeta. La apuntó hacia la vanguardia, pero al ver que ésta no se detenía ni titubeaba siquiera, levantó el cañón al cielo y mandó una perdigonada que retumbó sobre las cabezas de los invasores.

Los pies siguieron su ritmo lento y cuidadoso por el vado. Se levantaba uno con los dedos llenos de lodo, avanzaba por el agua, limpiándose, se posaba suave, tratando de encontrar asiento firme, se clavaba en el lodo y descansaba satisfecho. Entonces el otro pie lo seguía.

“No nos están tomando en serio”, pensó Oscar y accionó el cargador de la escopeta. Cuando la primera fila de hombres y mujeres llegaba a lo más hondo del vado, apretó el gatillo y cinco o seis cuerpos se desplomaron en el agua, lanzando al aire una lodosa diamantina de gotas que salpicó a los que venían detrás. Éstos no rompieron el ritmo. Los pasos se alargaron para salvar los súbitos obstáculos en que se había convertido la vanguardia. Oscar disparó otra vez. Cayeron más cuerpos, pero la ola no se detuvo.

-¿Qué mierda? -preguntó a nadie Daniel y luego gritó a la mujer al otro lado del radio-: ¡Necesitamos refuerzos! ¡Es una invasión de verdad!

Sin esperar respuesta, se quitó los audífonos y corrió a la parte posterior del vehículo para ayudar a Oscar a sacar las armas de verdad. Oscar tenía ya entre las manos un M-16 de asalto de aspecto malévolo. Jaló la palanca para cargarlo mientras Daniel sacaba un fusil automático.

Ambos dispararon a la vez y del racimo de invasores-inmigrantes-ilegales se desgranaron algunos cuerpos más, pero el avance no se detuvo.

En la siguiente fila venían algunos adolescentes, casi niños, mezclados con los adultos. Oscar titubeó.

-¡Mira eso!- gritó Daniel y con el cañon del fusil señaló el horizonte. Por miles seguían llegando, avanzando con paso cansado y la angustiante indolencia de autómatas.

Oscar y Daniel dispararon dejando los dedos en el gatillo hasta que los cargadores se agotaron. Los cuerpos siguieron cayendo en silencio, sin causar ninguna reacción visible en los que venían atrás.

“Al matadero”, pensó Oscar. “Vienen directamente al matadero”.

Daniel se volvió buscando más cargadores, consciente de que sus municiones eran pocas. Nadie había pensado en abastecerlos para la guerra.

A la mitad del segundo cargador, Oscar se volvió a Daniel.

-¡Vuelve a pedir refuerzos!

Daniel dejó de disparar y corrió hacia el radiotransmisor. Oscar, apenas consciente de lo que pensaba, empezó a racionar sus disparos, buscando a los más avanzados y a aquéllos que al caer pudieran ser un obstáculo mayor para los que seguían. Los cuerpos formaban una represa sangrienta y el río no tenía fuerza para arrancarlos del vado. Los hombres, las mujeres, los niños y los ancianos esquivaban cuerpos o los pisaban, enterrándolos en el fango, inventando un puente macabro. Algunos resbalaban y sencillamente se alejaban siguiendo la corriente del río, sin siquiera tratar de nadar.

-Un helicóptero viene para acá -anunció Daniel-. Y gente de los otros puntos de vigilancia. No está pasando nada, excepto aquí. ¡Mi puta suerte!

-No desperdicies balas -advirtió Oscar con frialdad desusada en él-. Tira a la cabeza de los que vienen hasta adelante. En especial los gordos.

-No veo muchos gordos -comentó amargamente Daniel llevándose el fusil al rostro. Con el pulgar cambió el selector de fuego continuo a tiro-por-tiro y empezó a intentar hacer blancos precisos, recordando que sólo les quedaba un cargador más a cada uno-. Están completamente locos.

Oscar pensó en un carrusel mortal. Durante largos minutos, lo único que cambió fue la acumulación de cuerpos, que crecía sin cesar. De ahí en fuera, el horizonte seguía poblado de cabezas nuevas, a saber cuántos más se ocultaban detrás de la loma, y Oscar y Daniel disparaban sin que sus víctimas se preocuparan por dejar de ofrecer blanco. El río, interrumpido en su plácido tránsito, de cuando en cuando juntaba fuerza y se llevaba algún cuerpo. Cada minuto, la ola humana avanzaba cansadamente un paso más hacia la orilla que defendían incrédulos los dos agentes.

Se escuchó el sonido del helicóptero, una nave artillada utilizada, principalmente, en lucha contra el narcotráfico. Daniel volvió al radio, cruzó unas palabras con los ocupantes del helicóptero y volvió con Oscar.

-Son miles, varios miles -dijo como si anunciara que un pariente cercano tenía cáncer.

El helicóptero se acercó a la doliente peregrinación y con la ametralladora de alto calibre diseñada para la guerra hizo fuego, abriendo claros entre la multitud que, sin embargo, siguió avanzando.

En una pausa sorprendida del artillero, se escucharon las sirenas de los vehículos con refuerzos.

-Espero que traigan balas -comentó Daniel-. Muchas.

La marcha había ya pasado el punto medio del río. Oscar trató de verlos como zombis de película, pero no pudo silenciar una voz que le recordaba que eran seres humanos, desesperados pero humanos. Vio que una mujer había logrado pasar entre las balas como única sobreviviente de la vanguardia y tocó la orilla al mismo paso acompasado de los miles que la acompañaban. Los hombres dejaron de dispararle preguntándose qué haría.

La mujer pasó junto a ellos caminando hacia la ciudad, distante menos de un kilómetro. Daniel le disparó a la cabeza, casi por la espalda.

De los vehículos bajó una veintena de agentes que de inmediato se unió a Daniel y Oscar, disparando luego de otro intento de lanzar exhortos y amenazas en tres idiomas distintos mientras un segundo helicóptero recién llegado cruzaba al espacio aéreo del país vecino.

Era un río indetenible de carne humana, una marea indolente, una estampida silenciosa que se multiplicaba en sí misma. “No es posible matarlos a todos”, pensó Oscar.

Haciéndole eco, Daniel se acercó y le gritó por sobre el tableteo de las armas, que se había convertido en el zumbido de una colmena sorprendida:

-¡Son cada vez más! ¡Dicen del helicóptero que hay, decenas de miles, cientos de miles llegando en camiones, a pie! ¡Hablan de un millón!

Un millón, consideró Oscar. Un millón de individuos, de proyectos, de apuestas biológicas buscando el gran premio de la supervivencia. No podían ser un millón. Y si lo fueran... ¿Cómo matarlos a todos? Más allá de consideraciones humanas o de pensar con horror en ser coprotagonista de una matanza sin precedentes, estaban las consideraciones técnicas. Cinco millones de balas, cuando menos, harían falta para acabar con ellos. O diez bombas atómicas como la arrojada sobre Hiroshima. ¿Alguien tendría cinco millones de balas en el país y podría hacerlas llegar pronto, muy pronto, a la frontera convertida en frente de una batalla lunática?

Oscar no lo creía.

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Media hora después de la llegada del helicóptero, los ilegales ya habían tomado la orilla. Cada tres hileras de muertos ganaban un paso, o medio, pero avanzaban como si estuvieran seguros de su triunfo, dándole sentido al sacrificio ya de cientos de ellos. ¿Mil acaso?, se preguntaba Oscar, ¿habría que repetir estas dos horas demenciales mil veces para acabar con ellos o llegaría el momento en que alguno comenzara la retirada, que el miedo germinara con urgencia de las semillas de los cadáveres reunidos desde que la tarde se convirtió en una pesadilla?

Los llamaron a retirada. El ejército estaba en camino. El zumbido de un avión caza avisó que la situación estaba fuera de las manos de los agentes de Protección Contra Inmigrantes.

Los comandantes apresuraron la retirada y dijeron cosas propias de comandantes para movilizar a sus agentes, que retrocedieron sin dejar de disparar mientras otro avión de combate chillaba en el quebradizo aire del desierto. Los invasores ganaban la orilla, pero no se dispersaban, sino que seguían en su formación. Cuando el último de los agentes de PCI estuvo a una distancia prudente, un comandante gritó:

-¡Al suelo! ¡Todos al suelo!

Casi nadie hizo caso. Nadie escuchó un silbido amenazante. El río simplemente se convirtió en un destello de luz, su lecho elevándose por encima de las cabezas de los invasores.

El golpe de la explosión, un empellón brutal más que un estallido audible, alcanzó a los agentes medio segundo después. Oscar cayó al piso y buscó el aire que la onda de choque le había arrebatado de los pulmones. Al fin se puso de pie para ver lo que debía ser un cráter bajo las agitadas aguas del río y un círculo de cuerpos que le hacían la ronda al punto donde estalló el cohete. La explosión había perturbado el polvo del desierto a ambos lados del río. ¿Estaban bombardeando de su lado, o en el otro país?

Los agentes se ocuparon en liquidar sólo a los que habían quedado de este lado de la explosión. Cuando el comandante ordenaba a Oscar y Daniel abrir fuego, empezaron a llegar camiones con soldados bien abastecidos de municiones, disciplinados y más acostumbrados a la muerte que gente como Oscar y Daniel. Los soldados corrieron hacia la orilla disparando.

Unos segundos después, un oscuro hombre de inteligencia militar se acercó al comandante y luego se dirigió a Oscar y Daniel.

-Acompáñenme, por favor -dijo, y sin esperar respuesta echó a andar hacia un camión color arena coronado con antenas variadas.

Adentro del tráiler estaba una central de operaciones completa al frente de la cual se hallaba un general en traje de campaña y con aspecto de profundo asombro. Su nombre estaba bordado en la camisola. El hombre de inteligencia se puso detrás de los dos agentes.

-Ustedes estaban vigilando el punto, ¿verdad? -afirmó el general-. ¿Qué pasó?

-Sin aviso previo -explicó Oscar- empezaron a marchar desde esa loma hacia el río.

-¿A qué hora?

-Como las cuatro de la tarde. Estábamos comiendo -intervino Daniel.

-¿Le molesta que fume? -preguntó Oscar antes de que el general continuara con su interrogatorio-. Desde esa hora no he podido fumar.

Antes de que Daniel pudiera protestar, el general sacó de la camisola un paquete de cigarrillos y le ofreció a los dos hombres. Encendió cigarrilos para él y para Oscar. El hombre de inteligencia militar seguramente seguía allí, pero era como parte del mobiliario.

-¿Los conminaron a desistir? -preguntó el general.

-Dos veces. Luego disparé al aire y finalmente nos ordenaron disparar. Pedimos refuerzos. Luego disparamos y disparamos.

-Era completamente inútil, señor, -explicó Daniel-. No les importa que los matemos, deben estar locos. Simplemente siguen marchando como ciegos, pisoteando a sus propias bajas.

Un soldado entró apresuradamente y, sin ver a los agentes, dijo:

-Señor, el mariscal Margules está en camino. Llegará en cinco minutos.

El general hizo una pausa.

-Voy a recibirlo. Que estos dos señores lo acompañen. Ellos conocen el terreno. Y no pueden irse así ahora que saben que Margules viene. Déles algo de comer y que firmen un compromiso de confidencialidad por motivo de seguridad nacional. ¿La demás gente de PCI ya fue evacuada?

El hombre de inteligencia reapareció de entre las sombras con un “Sí” seco. Oscar y Daniel no pudieron escuchar más. Su escolta los llevó hacia una de las tiendas de campaña que se empezaban a multiplicar. Oscar se dio cuenta de que el tiroteo no se había detenido, y se asombró de haberse habituado a él tan rápido. Miró sobre su hombro hacia el atardecer. Los inmigrantes ilegales seguían viniendo.

Menos de una hora después, Oscar y Daniel explicaban a los oficiales de inteligencia que no, no había ninguna razón de terreno por la cual los invasores pudieran haber elegido este punto en particular. Oscar añadió que perdían el tiempo tratándole de encontrar una lógica (peor aún, una lógica militar) a lo que estaba ocurriendo en el río. No, el promedio de inmigrantes que trataban de pasar por aquí usualmente no era distinto del de ningún otro vado similar. No, estaban seguros de que no había habido ningún aviso. El interrogatorio, que por momentos parecía conducido por adversarios, se vio interrumpido por otra explosión a lo lejos, en el río, más fuerte que la primera. La acompañaron tres más en rápida sucesión.

-Ya son muchos los que llegaron a la orilla -explicó sin inflexión el interrogador de inteligencia-. Esperen aquí.

El hombre salió de la tienda de campaña y Oscar se volvió a Daniel.

-¿Crees que los vayan a matar a todos? -preguntó Oscar.

-No veo opción. Son como un hormiguero. No les importa lo que les ocurra a los de adelante.

-Recuerdo una anécdota -dijo Oscar, encendiendo otro cigarrillo ante el gesto de fastidio de su compañero-. La de los chinos en marcha al abismo. Se supone que si pones a todos los chinos en una fila de treinta en fondo y los haces marchar tirándose a un abismo, jamás terminarían. Se supone que los mil millones de chinos se reproducen más rápido que eso.

-Estos no son tantos -comentó Daniel.

-No, no lo digo por eso. Pensé en cómo se vería el abismo con todos esos cuerpos. ¿Se llenaría en algún momento?

Daniel no respondió y Oscar fumó unos segundos antes de preguntar:

-¿Tú estuviste en la guerra?

-Una formal y dos informales en países pequeños con insectos enormes.

-Yo no. Jamás había matado a nadie así -confesó Oscar-. En la policía sí, en balaceras.

-¿Remordimientos?

-No. Acaso me arrepentí de no matar a algún mierda. Pero ahora...

Oscar calló. El hombre de inteligencia apareció en la puerta.

-Síganme -dijo y echó a caminar.

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A lo lejos, el vado sangriento y su carnicería estaban iluminados por potentes reflectores. Caminaron de vuelta al camión y pasaron junto a un grupo de soldados que traían detenidos a cinco ilegales. Sus rostros polvorientos, salpicados de la sangre de los suyos, parecían cincelados en piedra volcánica. Sus ojos miraban al horizonte y la apretada línea recta de sus bocas bastaba para saber que no iban a hablar porque no tenían qué decir. Iban hacia allá, hacia la ciudad, eso era todo.

Los tiros seguían, más aislados ahora. Las tres explosiones habían disminuido el avance lo suficiente como para que los soldados pudieran instalar en la orilla una barrera, una reja de acero de más de tres metros de alto apuntalada por sólidas barras. Se veía inútil, sobre todo porque cualquiera de los invasores que caminara veinte metros por la orilla llegaría al final de la barrera. Pero nadie lo hizo. La hilera de gente siguió marchando en línea recta. Los primeros llegaron a la barrera y se apretaron contra la malla metálica, sin dejar de intentar dar un paso más.

Los de atrás tampoco aflojaron el paso. Lentamente, hombres y mujeres empezaron a comprimirse slenciosamente contra el acero. Brotó sangre y se oyó el ruido de huesos rindiéndose. Como en una estampida de aficionados al futbol, los que estaban contra la barrera de acero empezaron a morir aplastados. Algunos cayeron. Al cabo de varios minutos, había una rampa de cuerpos lo bastante alta como para que la fila de atrás pudiera usarlos para salvar la barrera metálica, saltarla y seguir avanzando.

-Lo sabía. Pero teníamos que intentarlo -dijo la voz del general a espaldas de los dos agentes-. ¿Tienen alguna idea?

-No -respondió Daniel por los dos-. Parece que quieren que los matemos.

-No creo que podamos hacerlo -dijo el general-. De un tiempo acá la historia no es amable con los vencedores. Menos si no se cumplen las reglas. Ya no estamos en tiempos en que sólo los resultados funcionan.

-¿Qué van a hacer entonces? -preguntó Oscar. El general no respondió-. ¿Qué dice el gobierno del otro lado?

-No saben lo que está pasando, no pueden detener a su propia gente, tendrían que dispararles desde allá. -El general miró intensamente el tramo de río iluminado-. Y no parecen estar dispuestos a eso...

Daniel se volvió a ver cómo se acercaba el mariscal Margules rodeado de asesores. Era imponente. Un verdadero héroe de guerra. Tras él, en la carretera que corría a unos cien metros del río, se había ya formado un grupo de periodistas y curiosos apenas contenidos por los soldados. Arriba se escuchó un nuevo helicóptero y al levantar los ojos los presentes vieron un aparato blanco con las enormes siglas negras UN, Naciones Unidas.

-¡Mierda! -dijo Margules. Hizo una seña. El general, el agente de inteligencia, Daniel y Oscar lo siguieron, alejándose del aparato que aterrizaba, y entraron en una enorme tienda de campaña.

-¿Y ellos? -preguntó Margules al general señalando con la cabeza hacia Daniel y Oscar.

-Son los primeros guardias que enfrentaron la invasión. Además, sabían que usted venía, así que quizá algún dato de ellos le sea útil.

Margules los miró y se quitó lentamente la gorra.

-Una sola pregunta -soltó Margules luego de un profundo suspiro-. ¿En algún momento han siquiera titubeado?

-¿En su marcha? No, señor. Desde que los vimos por primera vez no han alterado el ritmo -respondió Daniel.

-Ni la dirección, es lo más extraño -añadió Oscar-. Están haciendo una línea recta entre el vado y la ciudad, sin preocuparse por buscar una opción, otro camino, esquivar siquiera las balas.

Margules asintió. Un ordenanza se dejó ver en la puerta.

-Señor, no hay resultados de los interrogatorios... los oficiales piden permiso para usar... otros métodos.

-Denegado –dijo Margules sin alzar la voz-. Que los mantengan detenidos.

-Sólo van a decir que van hacia allá –dijo Oscar señalando en dirección a la ciudad-. No creo que piensen en otra cosa.

Margules miró al general y éste asintió luego de mirar hacia los dos agentes antiinmigrantes, diciéndole en silencio que eran confiables.

-¿Han visto movimientos de tropas del otro lado del río? –preguntó Margules.

-No –respondió Daniel sorprendido.

-Bueno, una vez –corrigió Oscar-, en unos ejercicios militares conjuntos de nuestro ejército y el de ellos... hará unos dos años.

Margules resopló y el general bajó los ojos como si tuviera la culpa.

-Mande reforzar las tropas camino a la ciudad y evacúe a los civiles. Hay demasiados allá afuera, y varios son reporteros –ordenó al general.

Otro oficial entró con un documento membretado que Margules leyó de un vistazo.

-¿Están seguros? –preguntó el mariscal.

-Sí, señor. Dos millones como un cálculo muy conservador. Mucho muy conservador.

Margules se volvió a Oscar y Daniel.

-Están ustedes a punto de atestiguar el inicio de una guerra, muchachos. Abran bien los ojos. En uno o dos días podrán irse a casa, pero recuerden lo que han visto y lo que van a ver aquí.

-¿Guerra? –preguntó Oscar.

-No hay opción –dijo Margules con frialdad-. Si no contrainvadimos no sé qué pueda pasar. Y no quiero saberlo.

Algunos ilegales habían pasado todas las barreras. Un oficial de comunicaciones se volvió a Margules.

-Mariscal... en la ciudad hay gente que los está matando abiertamente... pero hay un grupo que está ofreciéndoles ayuda, grupos humanitarios, miembros de algunas iglesias...

-Es la guerra adentro... por eso tenemos que sacarla de aquí. Y pronto, antes de que nos coma las entrañas –dijo Margules mirando a Oscar. Se volvió al oficial de inteligencia-. Llévelos a un lugar seguro. En cualquier momento contraatacaremos... en cuanto el presidente se decida.


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La noche avanzó sobre la tienda de campaña asignada a los agentes de PCI haciendo más ominoso el ruido de la batalla unilateral. Oscar y Daniel miraban los destellos de luz que anunciaban cohetes, morteros, minas antipersonales sembradas tan rápido como las pisaban los ilegales que en números cada vez mayores alcanzaban a salvar todos los obstáculos.

Cerca del amanecer, el silencio los sobresaltó. Quizá dormitaban, pero no podían haberlo asegurado. Salieron a la grisácea luz en el frío del desierto. Margules pasó junto a ellos, pálido de furia. El oficial de inteligencia apostado fuera de la tienda dejó de comportarse como un autómata y le pidió un cigarrillo a Oscar.

-¿Qué le pasa al mariscal? –aprovechó para preguntar Daniel.

-Me imagino que estará en todos los noticieros matutinos –dijo el oficial como si justificara el comportarse como un ser humano-. El presidente rechazó la contrainvasión y ordenó la retirada. Y dijo la palabra “genocidio”. Desilusionó a Margules.

-Ustedes dos –sonó la voz del general-, tomen su camioneta y váyanse. Y recuerden su compromiso de confidencialidad.

Sin hablar, los dos agentes de Protección contra inmigrantes subieron a su vehículo y se alejaron sin ver los cuerpos, los manchones de sangre sobre la arena y los matorrales del desierto. Daniel esquivó a algunos ilegales que marchaban sobre la ciudad con la misma determinación con que lo habían asombrado menos de catorce horas atrás. Era imposible detenerlos.

-¿Quieres escuchar radio? –preguntó Oscar tratando de ahuyentar la pregunta evidente de qué pasaría ahora.

-Sí. Lo que sea. Y dame un cigarrillo -pidió Daniel.

Oscar encendió la radio y mientras sacaba los cigarrillos y el encendedor escuchó con Daniel a un locutor dando las noticias.

Doscientos metros por encima de ellos, en su helicóptero, Margules escuchaba palabras similares diciendo que en otro continente, en otro país, una fila interminable de inmigrantes ilegales había emprendido el camino del sur al norte sin importarles las consecuencias.

-Margules tenía razón –dijo Oscar.

El sol se alzó en el horizonte calentando el desierto.

-¿Al pedir la contrainvasión? –preguntó Daniel.

-Al decir que éramos testigos del inicio de una guerra. Sólo que no sabía de cuál.

2.8.18

La permanencia de lo digital

"Girasoles" de Van Gogh. Museo Van Gogh de Amsterdam. 
En 2015 leí por primera vez acerca de las voces de alarma referentes a los cuadros de Van Gogh: sus amarillos, vibrantes, encendidos, casi descarados, estaban desvaneciéndose a un marrón insípido y traidor. Científicos diversos explicaban que los pigmentos ricos en sulfatos, como el cromato de plomo amarillo y el sulfato de plomo blanco (que Van Gogh usaba abundantemente, por ejemplo, en sus cinco versiones de los girasoles) se degradan a la luz del sol y el cromo se altera cambiando de color. Los rojos se hacen rosas, los púrpuras se degradan en azules...

Obviamente, este problema no es sólo de los cuadros de Van Gogh, aunque éstos se han utilizado como marco de referencia porque Van Gogh hablaba ampliamente, en sus cartas a su hermano Theo, sobre sus pigmentos, y por tanto es posible saber qué compuestos hay en los cuadros sin tener que rasparlos para someter algo de su polvillo a un análisis, digamos, de cromatografía de gases.

Todo lo cual es interesante y valioso sobre todo porque promete cumplir lo esencial: queremos ver las obras tal como las pintaron los creadores. Queremos tener el máximo acercamiento posible a su experiencia, porque es parte de nuestro legado humano... como queremos que los monumentos del pasado no se conviertan en polvo y tememos que la fragilidad del mármol haga un día que la pierna izquierda del David de Miguel Ángel cedan y esa obra maestra se desmorone incluso allí, en su pedestal de la Galería de la Academia de Florencia.

Miguel Ángel, "David", Galería de la Academia de Florencia.
Fotografía ©Mauricio-José Schwarz
La fotografía ha intentado rescatar los originales pero tenemos otro problema allí: la película fotográfica también se degrada al paso del tiempo. El color deslavazado de las viejas diapositivas Kodachrome es fuente de desazón para cualquiera que haya querido inmortalizar los festejos familiares de hace 50 o 60 años, y con tiempo suficiente toda la imagen se desvanecerá. Las impresiones fotográficas no corren mejor suerte, y hay que protegerlas del sol tanto como a las pinturas de los viejos maestros.

Las copias de los artistas más o menos hábiles que solemos encontrar en los museos trabajando en la imitación lo más precisa posible de las obras originales tampoco son un sustituto satisfactorio de la obra original. Siempre tienen esa sensación de ser el fallido Quijote de Pierre Menard que narrara Borges. Por precisa que sea la copia, no es el autor, no es el momento histórico, no son los aromas, los sonidos, los dolores y las alegrías que motivaron a Gerard Dou o a Durero o al Bosco o a Van Gogh. Que la diferencia sea probablemente indetectable es irrelevante, porque en el momento en que sabemos que es una copia los mecanismos que se disparan dentro de nosotros nos dicen que la diferencia es enorme.

Artista copiando un mármol del Mausoleo de Halicarnaso. Museo Británico.
Fotografía ©Mauricio-José Schwarz
No hay nada místico en la obra original, por supuesto, no hay una emanación mágica, un aura mística que nos informe espiritualmente que este cuadro es un original de Remedios Varo y éste otro, idéntico, una copia de un falsificador tunante. De hecho, mientras no lo sepamos, no pasa nada, no ocurre esa magia... pero en cuanto sabemos que estamos ante un duplicado, la magia (la interior, la única que existe) se desvanece como los amarillos de Van Gogh.

Sólo hay una forma de preservar al máximo las obras de arte tal como están en este preciso instante, y es la reproducción digital a altísima resolución. Las reproducciones digitales incluso nos pueden permitir dar un paso hacia atrás en el tiempo y calcular, según las determinaciones de los químicos y otros científicos, de qué color debió haber sido este tono de anaranjado o de azul en el momento en que fue pintado, analizando con enorme precisión la degradación sufrida por el pigmento en los años transcurridos y bajo las condiciones en que ha estado expuesto, la luz, el hollín de las velas, la humedad y otros factores que van distorsionando la obra de arte desde que se crea.

No sé usted, a mí me tocó la época en que lo digital era considerado frío e impersonal, además de absolutamente provisional. Cuando los torpes inicios de la digitalización del mundo se guardaban en diskettes magnéticos que podían fallar -y fallaban- de manera espectacular y catastrófica, cuando no éramos nosotros mismos los encargados de convertir en confeti térmico el contenido de aquellos frágiles dispositivos.

(Me recuerdo un día completo en mi casa en México, con el escritor y periodista madrileño Luis Méndez, haciendo un primitivo análisis forense de un diskette de 3 1/2 pulgadas donde su más reciente novela había quedado inaccesible, extrayendo párrafo a párrafo y a ratos línea a línea su trabajo para reconstruir el manuscrito mientras filosofábamos sobre la conveniencia de tener siempre copia de seguridad de todo... lección que algunos no han aprendido.)

Vitrales de Sainte Chapelle, París.
Fotografía ©Mauricio-José Schwarz
Hoy, la digitalización de la experiencia humana es su mejor apuesta para la permanencia. La permanencia puede no significar un ilusorio "para siempre", pero sí que las generaciones próximas puedan disfrutar de creaciones humanas que son su propiedad, su herencia, y que podemos evitar que sufran el destino de los libros de la Biblioteca de Alejandría, masacrada lenta y minuciosamente durante seis siglos. Quizá esos libros no contenían los secretos de la materia oscura o de la teoría de cuerdas, o sobre la evolución de las especies y la doble hélice del ADN, pero sí contenían historias, poemas, cuentos, fantasías e imaginaciones que sería bueno, simplemente, conservar hoy, porque nos haría más ricos a todos.

Quizá en versión digital, durarán más tiempo Van Gogh y Miguel Ángel, el Partenón y la ciudad de Angkor Vat, y más trabajos como el poema de amor más antiguo que conocemos, de la mujer que le cantaba a su amado en Ur hace 4 mil años:
Esposo, déjame acariciarte,
Mi preciosa caricia es más sabrosa que la miel,
En la recámara, llena de miel,
Déjame disfrutar tu bondadosa belleza,
León, déjame acariciarte. 

22.6.18

La Ouija

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¿Qué es la ouija, cuáles son sus peligros, de dónde viene y quiénes viven de contar hoy cuentos de tiempos del espiritismo hoy desprestigiado totalmente salvo en espacios marginales?

Conversación con J.M. Mulet

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J.M. Mulet es uno de los más conocidos divulgadores científicos y críticos de las pseudociencias y de la anticiencia de España, además de ser un destacado investigador y profesor de la Universidad de Valencia, especializado en el desarrollo de nuevos cultivos mediante, entre otras, tecnologías de ingeniería genética o transgénica y autor de varios libros polémicos.

9.6.18

Dentro de la mente de Israel y Palestina

(Nota: Este artículo de Maajid Nawaz apareció por primera vez el 18 de octubre de 2015 en la publicación The Daily Beast. A raíz de los violentos acontecimientos que se produjeron por la inauguración de la embajada estadounidense en Jerusalem, le pedí su autorización para traducirlo y publicarlo, que amablemente concedió. Prácticamente todo lo que escuchamos y leemos sobre este conflicto que ya cumple 70 años está teñido por el sesgo y la idea de que uno de los dos bandos tiene razón y cuanto hace es justificable, mientras que el otro es inhumano, brutal, totalmente despreciable y ni siquiera se le debe escuchar. Esto lo vemos entre los que se erigen en defensores de Israel tanto como en quienes se consideran solidarios con Palestina, además de verlo en las poblaciones de ambos vecinos. Ambos olvidan que de los dos lados de las líneas de conflicto hay seres humanos con todas las características que distinguen -e identifican- a todo ser humano, todo eso que nos hace iguales. Nawaz consigue recordárnoslo de modo elocuente. 
Como ocurre con el artículo original, esta traducción también puede ser reproducida libremente con los créditos correspondientes al autor, a la publicación original y al traductor, sin modificaciones y sin fines de lucro. MJS)
Maajid Nawaz, británico de origen pakistaní, fue miembro del grupo islamista
Hizb ut-Tahrir, por lo que de 2001 a 2005 estuvo en prisión en Egipto, donde
conoció el pensamiento de la Ilustración y la razón. En 2015 fue
candidato liberal demócrata al parlamento. Es fundador de Quilliam,
un think tank cuyo objetivo es desafiar las narrativas
del extremismo islamista. 
Dentro de la mente de Israel y Palestina
¿Cómo pueden ambos lados estar equivocados y tener razón al mismo tiempo?
Maajid Nawaz

18-10-15 12:01 AM ET

LONDRES — Una vez más el mundo observa mientras, una vez más, Israel-Palestina estalla. Los conflictos allí en ocasiones se olvidan, pero nunca desaparecen y, por supuesto, hay muchas explicaciones de lo que está ocurriendo. Quizás demasiadas.

Como alguien que solía ser islamista, que en el pasado rechazó el derecho de Israel a existir y deseó luchar contra él, lo que sigue es una conversación que he tenido en mi propia cabeza durante muchos años. Ésta será una conversación que les resultará incómodo leer a muchos, pero bienvenidos a mi cabeza:

Soy palestino. Esto será incómodo para ti. Permíteme explicar por qué estamos tan furiosos.

Soy israelí. Esto te enfurecerá. Permíteme explicar por qué estamos tan incómodos contigo.

Usurparon nuestra tierra ancestral de Palestina. Importaron extranjeros de Europa para ocupar nuestros pueblos. A su paso, dejaron a millones de nosotros sin hogar y sin nación. Han ignorado múltiples resolutiones de la ONU que específicamente los categorizan como una potencia ocupante y reconocen nuestro derecho a tener una nación. Tomaron 60 por ciento más de lo que la ONU les prometió originalmente en 1948 y aún siguen ocupando muchas zonas más allá de la llamada línea verde de 1967 green line. Como potencia ocupante no tienen legitimidad en nuestras tierras. No los reconocemos.

Antes del sigloXX no existía una identidad tal como "Palestino". Ustedes eran árabes que vivían en Levante. Obtuvimos el apoyo de la ONU para declarar el estado de Israel en 1948. Los estados árabes declararon la guerra contra un Israel apoyado por la ONU en 1948 y perdieron. Jordania y Egipto entonces se hicieron con el control de Cisjordania y Gaza, respectivamente. ¿Por qué no les dieron la ciudadanía entonces, o declararon un estado Palestino para ustedes cuando tenían el control? En vez de ello, declararon la guerra contra nosotros en 1967 y de nuevo en 1973, tratando de quitarnos nuestro estado apoyado por la ONU. Perdieron en todas y cada una de las ocasiones, y a cambio tomamos Cisjordania y Gaza. Esto era la guerra. En términos sencillos, ganamos -tres veces- contra todos los estados árabes unidos. No les negamos el derecho a un estado ahora, pero hasta el día de hoy ustedes niegan el nuestro. No podemos negociar en esos términos.

Sí, con esto estoy de acuerdo, los monarcas y dictadores árabes nos han fallado una y otra vez. Han usado nuestra causa para aplastar toda disidencia interna etiquetándola como una conspiración sionista y nos han negado la doble ciudadanía en el proceso. Pero si fuera simplemente un asunto de reconocer su derecho a existir, ¿por qué siguen apoyando la construcción de asentamientos ilegales profundamente en Cisjordania?

Estamos preparados para intercambiar tierras con ustedes en Judea y Samaria -equitativamente- a fin de contener la mayoría de esos asentamientos, pero para hacer eso necesitamos que reconozcan nuestro derecho a existir, de modo que el acuerdo final de paz no se dispute legalmente. ¿Cómo podemos confiar en que no conviertan Jerusalén en un baño de sangre cuando 64 por ciento de los habitantes de esa ciudad son judíos? Luego están los judíos de Judea y Samaria. Los ciudadanos árabes viven relativamente bien en Israel, pero no les podemos confiar el bienestar de los judíos en Judea y Samaria.

¿Judea y Samaria? Incluso le cambian los nombres a nuestras tierras. Se llaman Cisjordania (la Margen Occidental, N. del T.). El problema de Palestina no es con los judíos, sino con su ocupación. Si los colonos judíos ilegales de de Cisjordania estuvieran preparados para aceptar la autoridad de nuestro gobierno, fácilmente podríamos concederles la ciudadanía palestina tal como ustedes han hecho con los árabes israelíes. El motivo por el que no "nos los pueden confiar" es porque se niegan a aceptar los mandatos legales de la Autoridad Palestina. Son fanáticos impulsados religiosamente que creen en el Gran Israel. ¿Cómo se sentirían ustedes si los fanáticos musulmanes árabes israelíes se negaran a aceptar sus mandatos en lo profundo de Israel? Claro que habría tensión. A cambio, esos árabes se han integrado relativamente bien allí, aunque hay espacio para mejorar.

Sí, los árabes israelíes se han integrado relativamente bien. Aunque sospecho que eso tienen tanto que ver con nosotros como con ellos. Ambos lados merecen crédito por ello, ¿no te parece? Debo volver más adelante a tu afirmación de que los palestinos no tienen un problema con los judíos por sí mismo. Pero en cuanto a la intransigencia de esos colonos quizá tenga razón. Pueden ser increíblemente necios. Pero si ustedes les piden a esos colonos que acepten sus mandatos ¿por qué siguen sin reconocer a Israel? La misma ONU a la que hacen referencia les concede a ustedes, y nos concede a nosotros, este mismo derecho a existir. No pueden tenerlo todo. Miren, Egipto hizo un trato con nosotros y les devolvimos el Sinaí. Hemos estado en paz desde entonces.

Los ocupantes no tienen derecho a presentar exigencias, ¿por qué no se retiran simplemente y les daremos el reconocimiento?

Pero ya intentamos eso en Gaza en 2005 y ustedes siguieron disparando cohetes contra nuestros publados, tratando deliberadamente de matar a nuestra población civil. La retirada de Cisjordania es incluso más peligrosa porque en Jerusalén ahora vivimos unos junto a otros.

¿Retirada de Gaza? Se "retiraron" de Gaza pero no reconocieron a nuestro gobierno democráticamente electo allí. Luego impusieron un bloqueo alrededor de nuestro mar y controlaron a qué tiene acceso nuestra población por tierra. Gaza no es más que un campo de prisioneros increíblemente denso. ¿Qué opciones tiene la gente de Gaza salvo continuar con la resistencia?

¿Qué democracia hay en Gaza? Los palestinos no han celebrado elecciones en Gaza desde la guerra civil de 2007 en la cual Fatah y Hamás empezaron a matarse entre sí. Esto dejó muertos a 260 palestinos de Fatah y a 176 de Hamás. Hamás ahora está a cargo de Gaza. Pero Hamás no es más que un grupo terrorista yihadista que anima el asesinato de civiles como blancos legítimos. ¿Cómo podemos confiar en cualquier autogobierno palestino en Cisjordania, si Gaza se ha convertido meramente en una dictadura islamista?

¿Y ustedes no matan civiles? ¿A cuántos mataron durante sus bombardeos de Gaza en 2008, 2012 y 2014 respectivamente, usando como blancos a hospitales y escuelas?

Sólo atacamos objetivos militares, y los definimos como los lugares desde los cuales se lanzan las operaciones militares de Hamás contra nosotros. No teneemos una política estatal de apuntar directamente a sus civiles y niños, matándolos porque pensemos que es inherentemente bueno matar a civiles palestinos. Hamás sí tiene esta política contra los israelíes. ¿Cómo justifican esto?

¿Justificar esto? Ustedes han matado a muchos más civiles en Gaza de los que esos cohetes de Hamas han matado en Israel. Según sus propias cifras, la Operación Plomo Fundido de 2008 causó 295 muertes de civiles palestinos y tres de israelíes; Pilar de la Defensa en 2012 llevó a la muerte de 57 civiles palestinos, en comparación con sus cuatro, y para la Operación Borde Protector de 2014, ustedes están de acuerdo en que de los 2.125 habitantes de Gaza que dicen que murieron, el 50 por ciento eran civiles.

A esta escala, no sirve de nada decir que no habían tenido como objetivo a nuestros 2,000 muertos, mientras que nosostros sí fuimos por sus tres muertos, de modo que ustedes son moralmente mejores. Una persona muerta es una persona muerta.

Bien, puedo ver cómo la escala de esas cifras no es reconfortante para ustedes, y por qué estarían furiosos. Por supuesto, deben sentir el dolor de esos muertos no menos agudamente de lo que nosotros sentidmos el dolor de quienes hemos perdido nosotros. Pero les pido que se planteen que la única razón por la que siquiera conocen esas cifras es porque somos una democracia. Publicamos nuestros errores y hacemos todo lo posible para evitar matar civiles. Somos transparentes. Incluso nuestro ex primer ministro, Ehud Olmert, ha sido juzgado y condenado por corrupción por una mesa del Tribunal Supremo israelí encabezado por un juez árabe llamado Salim Joubran. ¿Lo ven? Un juez árabe acusó a un ex primer ministro israelí. Gobernamos mediante un estado de derecho.

Sin embargo, Hamas no sabe de algo así. Selecciona deliberadamente escuelas y hospitales desde donde atacar a nuestra población civil. No tienen respeto por la vida ni ningún estado de derecho. Vuelvan la vista a 2012, cuando Hamas ejecutó sumariamente a ocho palestinos a los que acusaron de ser colaboradores, arrastrando sus cuerpos por las calles con motocicletas, y vuelvan la vista hacia 2014, cuando Hamas ejecutó a 23 habitantes de Gaza. Sé que debe ser doloroso para ustedes, pero por favor comprendan que no estamos tratando de matar a sus pobladores civiles, estamos tratando de impedir que Hamas mate a los nuestros.

Pero ustedes también tienen a sus terroristas. En julio pasado, Mohamed Abu Khdeir, el adolescente palestino que fue secuestrado y asesinado en un supuesto asesinato por venganza de extremistas israelíes, fue quemado vivo.

Quiero decir quemado vivo, tal como lo hace ISIS.

Luego, dos hogares palestinos fueron incendiados en Duma, en la Cisjordania Ocupada. El pirómano dejó graffiti en las paredes que decía "venganza" en hebreo. Este ataque mató a la mayoría de la familia Dawabsheh, incluido un bebé de 18 meses llamado Alí. Según la ONU, se han documentado al menos 120 ataques de colonos israelíes en la Cisjordania ocupada desde el comienzo de 2015. Y un reciente informe de Yesh Din, una organización de derechos humanos de su propio país, demostró que más del 92,6 por ciento de las denuncias que los palestinos presentan ante la policía israelí quedan sin que se presenten cargos. De hecho, ¿no fue un terrorista israelí quien mató a su ex primer ministro Yitzhak Rabin?

Sí, nosotros también tenemos a nuestros terroristas. Y por esas muertes de civiles, y otras, lo siento terriblemente. Sólo puedo expresar la total repugnancia con la que muchos de nosotros vemos estos asesinatos. De hecho, todos protestamos por el asesinato de ese bebé. Pero nuestras leyes persiguen a nuestros terroristas, los arrestan y los condenan. Nuestro primer ministro, los medios y los políticos los condenan. No festejamos a estos terroristas. Solo desearía que a veces también viéramos en Palestina protestas contra sus propios terroristas.

De hecho, en el resto del mundo, vemos muchas menos protestas contra las masacres cometidas por grupos o estados árabes y musulmanes. ¿Por qué esta obsesión incesante sólo con Israel?

En cambio, en la sociedad palestina, lo que vemos es un amplio antisemitismo y una celebración de las operaciones de asesinato y de suicidio. Este mes, cuando dos colonos israelíes, marido y mujer, murieron a tiros en su auto frente a sus hijos, no vimos ninguna protesta palestina. Lo que vimos en cambio fueron sermones de predicadores como Muhammad Sallah "Abu Rajab" en la mezquita de Al-Abrar en Rafah, incitando a una mayor violencia contra "los judíos" con impunidad, mientras perversamente blandía un cuchillo y se sacudía demencialmente durante lo que se suponía que era un sermón religioso en una mezquita. "Oh hombres de Cisjordania, la próxima vez córtelos en las partes de sus cuerpos", dijo. "Algunos deben inmovilizar a la víctima mientras otros la atacan con hachas y cuchillos de carnicero".

Sí, quizás los palestinos deberíamos darle mayor volumen a nuestra protesta pública contra estos fanáticos, y tendemos a generalizar demasiado sobre "los judíos". Nuestros terroristas empañan nuestra identidad nacional tanto como los terroristas judíos mancillan la suya. Y acepto que deberíamos protestar contra nuestro terrorismo tan ruidosa y públicamente como se ha visto a los israelíes protestar contra los suyos. Un mejor liderazgo ayudaría aquí. La internacionalización del problema de Palestina, especialmente su secuestro por parte de los yihadistas, ha dificultado que se lleve a cabo una conversación racional. La indignación selectiva es un verdadero desafío para nuestras comunidades. Pero, de manera similar, su sociedad no protesta por la matanza masiva de nuestra gente a la que me he referido anteriormente, por su máquina militar.

Entendemos que nuestras fuerzas armadas pueden cometer errores y se someten a escrutinio periódicamente. Pero ustedes deben admitir que nuestra sociedad generalmente no glorifica vuestra muerte ni se deleita en ella. Donde esto sucede, se ve con desaprobación. No se festeja. Regularmente damos tratamiento a palestinos que están enfermos. Mire el caso de esta mujer que trajo a su hijo a nuestro hospital para recibir tratamiento. Después de que los israelíes trataron y salvaron a su hijo Muhammad, un periodista le preguntó si todavía le gustaría pelear contra Israel, y ella respondió: "La vida es valiosa (para ustedes) pero no para nosotros. La vida es cero. Es por ello que tenemos bombarderos suicidas, no tienen miedo (de la muerte) ... Ninguno de nosotros, incluso nuestros hijos, tememos a la muerte. Es lo natural para nosotros ". Luego le preguntó: "¿Le gustaría que su hijo fuera un mártir?" Y, para su sorpresa, ella respondió: "Por supuesto...  si es por Jerusalén, no hay problema". ¿Y se preguntan por qué no podemos confiar en ustedes? Acabamos de salvar la vida de su hijo en nuestro propio hospital, y sin embargo, así es como ella habla de nosotros cuando la entrevistan inmediatamente después.

Sí, esto es un tanto desmotivante para ustedes, entiendo. Y permítanme darle mi agradecimiento personal a sus muchos médicos y personal médico humanitarios, que trabajan incansablemente para salvar vidas humanas. Pero por favor no nos humillen con su benevolencia. Somos un pueblo sin nada. Lo que teníamos en Gaza ahora ha sido bombardeado hasta su desaparición. ¿No pueden ver que esto es lo que le sucede a una sociedad que ha renunciado a la esperanza? La ocupación es, por definición, una operación militar. Y las operaciones militares brutalizan a la sociedad. El nuestro es un pueblo que no ha conocido más que el yugo de una bota militar desde 1948. Sus colonos ilegales se están asegurando de que los hechos sobre el terreno se inclinen a favor de un Gran Israel. Sentimos que no nos queda más que luchar. Nos hemos rendido y muchos de nosotros creemos que una solución de dos estados ya no es siquiera viable.

Pero una solución de un solo estado significaría que los judíos volverían a ser una minoría dentro de su propio estado.

Allí tienes una democracia laica. Un hombre, un voto.

No, no lo es. Ninguna nación, ni siquiera las democracias laicas europeas más maduras, aceptarían una afluencia de inmigrantes de la noche a la mañana, de tal manera que inmediatamente se convirtieran en mayoría. ¿No pueden ver los problemas que está causando el debate sobre la inmigración en Europa y América ahora?

Entonces, ¿estás abogando por un estado de dos niveles en Israel, uno en el que los israelíes controlan y los palestinos sirven, un apartheid? Es por esto que el movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) está ganando terreno.

Absolutamente no. Mire a los árabes israelíes, musulmanes o no, que según su propia admisión están relativamente bien integrados. Aunque con mucho margen de mejora, los musulmanes árabes israelíes como Lucy Aharish sirven como presentadores de televisión, jueces del tribunal supremo como Salim Joubran y ministros del gobierno como Raleb Majadele, incluso algunos de nuestros críticos internacionales más destacados como la árabe-musulmana Rula Jebreal, tienen la ciudadanía israelí. Pero Israel fue fundado después del Holocausto como el último refugio seguro para los judíos del mundo. Todavía tenemos sobrevivientes reales del Holocausto. Nunca más podemos ubicar a estos sobrevivientes en un contexto minoritario y esperar que confíen en la sociedad en general, ya que confiaron en Alemania. Es increíblemente traumático para nuestra psique colectiva. Nuestro problema no es con los palestinos, sino con la inmigración palestina (o, como dirían ustedes, el derecho a regresar). Tenemos mezquitas dentro de Israel. La mayoría de los árabes, cuando son encuestados, preferirían la ciudadanía israelí a vivir bajo la Autoridad Palestina. No hay Apartheid. El movimiento BDS descansa en una analogía defectuosa con Sudáfrica y no promueve nada más que el posterior quiebre de la confianza mutua.

Debo admitir que me siento increíblemente incómodo cuando el BDS se usa para boicotear a artistas, cineastas y académicos israelíes, especialmente cuando a menudo son las voces críticas, de centroizquierda, árabes y judías del interior de Israel. Pero entonces, ¿por qué, si siguen interesados en una solución de dos estados, Netanyahu no impide que estos colonos ilegales conviertan a Cisjordania en una colonia del Gran Israel?

Sí, estoy de acuerdo, algo debe hacerse al respecto. Esos colonos deben retirarse, lo concedo, y la categoría de Estado para Palestina es un derecho que ya he aceptado. Pero, al igual que ustedes, parecemos comprometidos con la opinión pública de un pueblo traumatizado. Y nuestra derecha religiosa hace presa de esto, al igual que la vuestra hace presa de los temores palestinos. Nuestra sociedad ha dejado totalmente de confiar en cualquier cosa que ustedes tengan que decir. Y las democracias son especialmente vulnerables al trauma público de esta manera.

Sin embargo ... tú y yo parece que hemos pasado de la desconfianza mutua y la ira a ...

...un acuerdo general de que se necesita un liderazgo audaz de ambas partes para alejar a nuestras respectivas sociedades de la victimización y la autocompasión, y llevarlas hacia un camino de diálogo y reconciliación.

Sí, eso parece. Parece que tienes muchos datos a tu disposición. Perdona, pero no he tenido acceso al idioma inglés, a los estándares internacionales en educación, ni al mundo exterior. Toda mi vida, he estado atrapado en Gaza. Pero por ahora debo irme. Por favor, no le digas a Hamás que hablamos. Me señalarán como traidora. Y no le digas al IDF que mi marido es miembro de Hamás, podrían bombardear a mi familia "accidentalmente".

Daniel Baremboim dirige la West Eastern Divan Orchestra, que creó junto con
Edward Said en 1999. Sus integrantes son músicos jóvenes que proceden de
Egipto, Irán, Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria y España.
Su música es de todos.
_______________

(Nota del traductor: En la guerra de Yom Kippur, en 1973, un fenómeno me marcó inesperadamente. Tenía varios buenos amigos en el bachillerato, en la Ciudad de México, desde indígenas mexicanos hasta descendientes de inmigrantes españoles, italianos, argentinos, suizos y estadounidenses. Dos de ellos, un judío de origen europeo y un cristiano libanés, eran además cercanos entre sí. Los llamaré Jack y Ramiz, porque son sus nombres reales, por si se reconocieran aquí. En cuanto se anunciaron las hostilidades, una tercera guerra entre Israel y el mundo árabe, dejaron de hablarse, se empezaron a cuidar de colocarse muy alejados en el patio escolar (una escuela fundada por refugiados españoles republicanos de izquierda), en el aula, en el laboratorio de química. Ramiz era un gran baloncestista, pero cuando el equipo de la escuela jugaba, Jack ya no estaba allí para animarlo. Intenté por varios medios que se sentaran a hablar. No era comprensible que se vieran como enemigos estando tan lejos de los acontecimientos y, más aún, habiendo nacido los dos en México, de familias inmigrantes. El acertijo de sus pasiones, del odio súbito que nació en ellos y no sé si se diluyó para cuando, en 1978, nuestra graduación del bachillerato nos lanzó por caminos diferentes, me ha perseguido toda la vida. Gente igual, gente simple, gente común y corriente que formaba un grupo de "nosotros" de pronto se dividió entre "ellos" y "nosotros". Era la pequeña muestra en casa de las pasiones que subyacían a los conflictos en Medio Oriente relacionados con Israel. Un año antes, una organización terrorista palestina había secuestrado y asesinado a 11 atletas israelíes en la Villa Olímpica de Munich durante la celebración de los juegos olímpicos.

Avance rápido a julio de 2014. En mi pequeña ciudad actual, Gijón, va a presentarse el espectáculo de danza y música Sheketak. A la entrada del teatro, un grupo de unos 50 manifestantes en los que identificamos a la izquierda más militante y radical, intentan impedir que el público acceda al teatro. Su objetivo, boicotear el espectáculo -de danza y música, reitero- por las acciones indefendibles de Israel contra los palestinos, sobre todo en Gaza. Los artistas, mayoritariamente muy jóvenes, son llamados asesinos de niños, ocupantes, genocidas. ¿Entiendo el rechazo a las políticas de Israel? Lo entiendo y lo comparto. ¿Puedo confundir esas políticas con este espectáculo? No, del mismo modo en que no boicotearía la presentación de Taylor Swift en protesta por las horribles políticas de Trump. Los manifestantes se agitan, alguno se cuela al interior del teatro.el puñado de policías presentes se ve acorralado, un conocido activista se enfrenta a ellos, lleva un palo en la cabeza (que amortizaría con creces), ahora los manifestantes son víctimas y la policía asume el papel de malvados represores (y no, digamos, de defensores que impiden que manoteen al público o boicoteen un espectáculo -de danza y música, lo digo de nuevo-. ¿Cómo hacer entender a esos manifestantes, tan convencidos y honestos como desencaminados y montados en una posición binaria, maniquea, de blanco y negro, que la realidad es más compleja y que todos tienen razón?

Maajid tiene una respuesta. Es tan buena respuesta que espero que al menos sirva para que alguien que pase por aquí reflexione un poco sobre lo que ha visto, lo que le han contado, la forma en que ha juzgado a quienes de uno y otro lado mantienen una situación inaceptable. Gracias por eso, Maajid.)

18.3.18

Ya no hacen turistas como los de antes


¿Vio usted La muerte en Venecia? Así eran los turistas. Venían de sombrero y corbata, y los niños de marineritos y cuando levantaban la voz la abuela, con cuello vuelto y sombrero de medio metro de diámetro, les daba un zurriagazo con el paraguas y los ponía más quietos que los santos esculpidos en el pórtico de la iglesia.

Gente pudiente, gente bien, gente con clase, con estilo, con savoir faire, que iba por el mundo a cultivarse y a sufrir el spleen mientras dejaba propinas de tres libras, que por entonces daban para comprarse un chalé y todo.

La cosa mejoró mucho con el avión. ¿Usted sabe quién se podía pagar un vuelo de Washington a España? Veinte millonarios que hicieron su fortuna traficando alcohol y en tiendas de ropa. Veinte. Venían a Madrid y los veía uno de traje, con la pipa, la mujer atrás con los dos niños de punta en blanco. Si venían al pueblo lo admiraban como si fueran las putas pirámides de Egipto y dejaban propinas, aunque menos que los británicos, que siempre quieren sobresalir.

Pero ahora... Dirá usted que soy pueblerino y no sé, pero el dato es que en 1974 hubo 421 millones de pasajeros de aviones en todo el mundo. Y no eran turistas: hombres de negocios, sí, hombres, eran esos tiempos y así, políticos, diplomáticos, espías de la guerra fría. Turistas pocos pero de clase. Ava Gardner y Ernest Hemingway, joder. Pero en 2014 viajaban ya 3.210 millones de pasajeros. La mitad del puto planeta. Que sí, que no es la mitad la que vuela, unos vuelan mucho, otros nada, pero la plebe que vuela, oiga qué horror. Turistas que vienen y miran sin entender y se ríen del tío Manolo con la azada y las alpargatas, y se comportan como cavernarios y visten todos el traje regional éste de los Estados Unidos... no el de cowboy, no... la camiseta con los pantalones cortos y las sandalias y la gorrita como la de Trump. Parecen un ballet folklórico, todos iguales. Siempre espero que de pronto hagan un crowdfunding... no un flashmob... y se pongan a cantar a cuatro voces una canción de Fred Astaire.

Son unos búfalos de agua en estampida, es lo que son. No saben cuidar ni los caminos ni saben no meterse donde no deben, y se mean en el arroyo y nos miran como si fuéramos indígenas amazónicos del siglo XV. Ya he visto de reojo a alguno encender un mechero Bic a ver si nos asustamos con su magia. Ganas de quemarle las barbas a lo hipster que traen, es lo que quiero.

Porque esto seguro es cosa del gobierno. Nos quieren imponer un modelo de turismo donde el turismo bueno ése de vamos a tomar las aguas a Venecia no llegue aquí, a donde nos mandan el cascajo, las chusmas, las masas mal lavadas. Gente que debería quedarse en su pueblo al menos hasta que se eduquen y ganen un buen sueldo. Pero no, los ricos a jodernos: 30 euros el vuelo de Londres a Castellón de la Plana. Menos que una mariscada. ¿Quién va a venir? ¿El príncipe Harry? No, señor, viene el del carrito del pescado con patatas porque le sale más barato que irse a bañar en sus propias playas, que seguro están limpias y allí no le dejan echar las cascas de las pipas a la puta arena.

¿Quién se cree esta gente? Obreruchos y aldeanos, estudiantes a medio hacer, oficinistas más pálidos que la merluza que se están metiendo, funcionarios, dependientes de tiendas, hooligans y chavales de viaje de estudios. ¿Estudios de qué? ¿Me vienes a estudiar a mí, tú, chaval? A estudiar a la escuela, no a mi pueblo. Y claro, tienes al hijodetodasu Remedios la de la casa verde, que para ganarse unas perras se mete a Airbnb y cobra por noche la mitad que el hotel que está aquí a cinco kilómetros de nada, que yo de chaval los hacía en una hora cargando dos baldes de agua de diez litros y arreando a las ovejas del abuelo. Pues tócate los cojones, ahora duermen en el pueblo,  nos están gentrificando a palos. Porque cuando el hijo de la Remedios se compró el Mini con lo del Airbnb pues cuatro chavales con ordenador empezaron a alquilar desde una habitación hasta el corral de los puercos como "cabaña ecológica". Y la gente viene y les paga y nos jode desde que amanece hasta que vuelve a amanecer.

Es el gobierno, te lo digo. Esta gente no tiene nada qué hacer de turista. Sólo nos viene a tocar los cojones, pero con tambor... te digo, que si no me fuera yo dos o tres veces al año a Balbriggan, que es un pueblito irlandés majísimo, aislado y con una playa coquetísima, me volvía yo loco. Porque allá al menos puedo pasear y comer y estudio algo de las costumbres y practico el ínglis y me puedo coger unas moñas monumentales en el pub donde los locales, que están medio atrasados, todas las noches tienen fandango con guitarras y mandolinas y flautas y gaitas... es cojonudo. Pillo por Airbnb la casa de Paddy McAchis Enlamahr y, si compro el billete con antelación, por 100 euros me pongo en Dublin y estoy a una hora del pueblo en Uber. Es fantástico que currelas como yo, que vivimos con esos sueldos de mierda, al menos podamos huir de este infierno turístico de cuando en cuando.

Hijos de la gentrificación, así os cierre el Airbnb la Colau si llega a presidenta.

17.3.18

Oposición e institución

(Dos actualizaciones interesantes al final: cómo está informando alguna prensa de lo acontecido y cómo se viralizó la desinformación sobre la muerte que detonó los disturbios.)

Cuando uno es oposición para tomar el poder en las instituciones, se come unas broncas horrendas cuando finalmente lo toma. Pero cuando uno es oposición para destruir a las instituciones, quedar al frente de ellas puede ser una absoluta tragedia ideológica.

Esta reflexión viene al caso con el nudo que se han hecho las autoridades municipales de Madrid y el partido al que representan, Podemos (aunque oficialmente lleven otro nombre), con los disturbios de Lavapiés. Primero, algunos de sus miembros automáticamente culparon a la policía de la muerte del inmigrante Mame Mbaye y, antes de hacer la preceptiva investigación para saber las condiciones reales de la muerte del hombre, lanzaron sus habituales tuits acusando del fallecimiento a la policía, al racismo y a la horrible ausencia de derechos humanos que sufre España en su imaginario. Ya empezaban a quemar las instituciones otra vez cuando alguien les recordó que los responsables políticos, si la policía era culpable (de lo que hay dudas enormes), eran ellos mismos. Que las instituciones, esta vez, eran ellos.


Allí empezaron los problemas. Para cuando la noticia llegó a los medios mundiales, ya no era "un inmigrante muere de un infarto y, según algunas versiones, poco antes fue perseguido por la policía por hacer venta irregular en la calle, de modo que la persecución pudo haber influido en su lamentable deceso, pero nadie tiene idea, por lo que las autoridades han emprendido una investigación"... la noticia ya era "Migrant African Street Vendor Killed By Police" (Vendedor callejero inmigrante africano asesinado por la policía). Y ese favor se lo estaban haciendo a Podemos nada menos que sus amigos de TeleSUR, la televisión del gobierno de Nicolás Maduro.

La confusión llevó a la indignación y antes de que nadie pudiera hacer ninguna investigación, se desataron disturbios en Lavapiés, barrio en el que vivía Mame Mbaye y donde viven muchos inmigrantes senegaleses. La policía trató de sofocar los disturbios con la clásica delicadeza de la policía (hay un vídeo en el que un policía, de modo absolutamente grauito, le da un porrazo por la espalda a mi amigo, el galardonado fotógrafo mexicano Juan Carlos Rojas). Aparecieron "solidarios" que igual eran despistados que cuadros anarquistas especialistas en la batalla callejera o neonazis que vieron su oportunidad de golpear gente de piel oscura o hacerlos quedar mal, y las calles ardieron durante varias horas.

Momento en que un policía golpea a Juan Carlos Rojas por la espalda. (vídeo en https://www.facebook.com/juancarlos.rojas.16/videos/2020490067964331/)
Al día siguiente, que es hoy, las autoridades madrileñas trataron de corregir el rumbo, pero las brasas prenden con facilidad y, cuando el cónsul de Senegal llegó una hora tarde a Lavapiés para reunirse con los inmigrantes a los que al parecer tampoco ha defendido demasiado, éstos le reclamaron, se calentaron y el asunto se saldó con otro enfrentamiento con la policía, el cónsul sacado in extremis por las fuerzas del orden y varios detenidos, todos españoles, señalados como responsables de destrozos varios.

Hasta ahora esto es lo poco que sabe el ciudadano de a pie. La ultraderecha está enardecida culpando a los inmigrantes senegaleses de cuanto haya podido pasar en España desde que se casaron Isabel y Fernando, y la ultraizquierda está al parecer muy satisfecha porque se ha demostrado que en España hay racismo, y ese racismo tiene la culpa de todo desde que se casaron Isabel y Fernando. La verdad de los hechos parece importarles muy poco a los dos bandos y, si hay una investigación, cualquier conclusión a la que llegue será impugnada, no por falsa, sino por no ajustarse a los deseos e intereses políticos de los que han politizado todo el asunto eludiendo sus enormes complejidades (y pocas cosas más complejas que el fenómeno de la inmigración irregular, con su carga de espinosas sutilezas políticas, económicas, sociales y, sobre todo, humanas, que plantea un desafío enorme a todos los países opulentos y que pocos parecen estar gestionando de modo razonable y humano).

Mientras sabemos --si llegamos a saberlo-- cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos, lo que queda al desnudo es el problema de ser el que viene a romper las instituciones para hacer la revolución y se encuentra un día al frente de dichas instituciones y entra en una esquizofrenia política que en nada beneficia a los ciudadanos.

Cuauhtémoc Cárdenas con banderas republicanas
en una visita a Gijón en 2009.
(Copyright © Mauricio-José Schwarz 2009-2018)
Cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en 1997, la tarea que tenía frente a sí era enorme. A mí se me pidió que representara a mi barrio en el Comité de Seguridad Ciudadana, que tenía por objeto, algo nunca antes visto, ser el enlace entre la ciudadanía y la policía. Aquí ya empezaban los problemas, también. Había que explicarle a los policías, desde los mandos hasta las infanterías, que esos rojos revoltosos a los que habían estado persiguiendo y puteando durante toda su vida, éramos ahora el gobierno de la ciudad. Y había que hacerlo de modo que lo aceptaran. Y había que hacerlo con una policía corrupta hasta la médula, con más vicios que un fumadero de opio, con poca preparación y menos visión. (Lo que no podía hacer el gobierno era despedirlos a todos, que pasarían automáticamente a ser parte de la delincuencia, con información privilegiada, mientras se creaba una policía muy honrada pero totalmente amateur, labor que en una ciudad con 10 millones de habitantes es un desafío enorme. Había que trabajar con lo que había.)

Las anécdotas de las reuniones con los altos mandos policiacos, igual en las oficinas de Jesús Quintero (delegado de gobierno en la circunscripción correspondiente, la Benito Juárez) que en casas de la cultura donde los llevábamos a hablar -por primera vez- con los ciudadanos son abundantes, algunas cómicas, otras muy educativas (recuerdo a un comandante de la policía vapuleado por bravas mujeres luchadoras de toda la vida en una reunión en la que se dirigió a ellas con una condescendencia que se tuvo que comer de inmediato). Pero en todo ello había un elemento clave: no corríamos el peligro de ser incoherentes. Queríamos una mejor democracia, una policía que funcionara mejor para la ciudadanía, una mayor seguridad ciudadana, unas instituciones fortalecidas, sólidas, creíbles, transparentes. Lo poco que se hizo en el breve tiempo en que Cárdenas estuvo al frente de la ciudad fue muy alentador.

Pero me imagino --el mundo al final siempre se ve desde la experiencia propia-- que hubiera sido mucho menos eficaz si hubiéramos sido los antisistema al frente del sistema, la iglesia en manos de Lutero, que es con lo que se encontró Madrid, tristemente, el día de ayer. Si hubiéramos llegado a una reunión con los mandos llevando nuestra camiseta de ACAB con la cara de Íñigo Errejón o hubiéramos tenido que explicar que nuestro líder (como lo hizo Pablo Iglesias) se emocionó en televisión, y lo dijo, cuando vio que un chaval embozado de la guerra callejera cosía a patadas a un policía tirado en el suelo.

Es lo que va de querer mejorar la sociedad que tienes a querer inventar una nueva desde cero, que nunca suele dar resultados ejemplares.

Actualizaciones:

El Diario, periódico propiedad de Ignacio Escolar, que también lo dirige, esta noche tenía este aspecto. Si uno quería saber qué pasó (y al parecer lo que pasó es que la muerte de Mbaye no tuvo nada que ver con ninguna persecución policial y, al parecer, la policía llegó poco después de que se desplomó y trató de salvarle la vida), tenía que navegar por numerosas notas de ésas que buscan echarle gasolina al fuego y darle presencia a los aliados políticos, que el hombre fallecido finalmente deja de ser persona al convertirlo en banera, pretexto y nombre para poner en una pancarta.



Y, además, un amigo mexicano me hace llegar un análisis (eso que deberían hacer los medios españoles si les interesara informar antes que hacer propaganda política) de cómo se viralizó la desinformación respecto a la muerte del vendedor callejero.


Y es curioso que salvo David Llorente, que en su perfil dice ser "Diputado por Guadalajara y Portavoz de Podemos en las Cortes de Castilla-La Mancha. Anticapitalista, feminista, ecologista, animalista", todos los demás sean anónimos y algunos, como @polvorinos, cuentas con miles de tuits pero apenas 83 seguidores desde 2009, lo que resulta cuando menos sospechoso como cuenta bot. De lo que no se enterarán quienes lean la prensa en todo el arcoiris ideológico, desde La Gaceta hasta La Marea, desde La Razón hasta El Diario.

13.3.18

Cadena perpetua y demagogia

La cárcel de Carabanchel una semana antes de su demolición. Cada
hueco era la puerta de una celda. Copyright © Mauricio-José Schwarz 2008-2018
"Si escapo, les prometo que mataré y violaré, y disfrutaré cada minuto de ello", declaró Westley Allen Dodd en 1992 pidiendo ser ejecutado por el asesinato y violación de tres niños, con métodos considerados de los más malvados de la historia.

En diciembre de 1977, acusado de al menos 30 asesinatos y violaciones, Ted Bundy escapó de prisión. En enero, entró en un dormitorio universitario de mujeres y mató a dos alumnas. En febrero asesinó a una niña de 12 años. Reapresado, fue condenado a muerte. Se calcula que asesinó y violó a unas 100 mujeres.

Estos casos son conocidos porque son excepcionales, incluso en la excepcionalidad del mundo siniestro de los asesinos en serie. Pero ejemplifican un hecho difícil de afrontar para muchos: hay algunos delincuentes a los que es imposible reintegrar a la sociedad. Sí, toda nuestra tradición ilustrada y humanista quisiera que no fuera así, pero es un hecho con el que deben lidiar las sociedades. Es un problema ante al que toda sociedad debe asumir un posicionamiento.

Cada vez que en España hay un caso de asesinato especialmente gravoso, el debate sobre la pena de muerte y la cadena perpetua se reaviva con posiciones tan irreconciliables como irracionales. De un lado, gente identificada con la derecha política pretende utilizarlos para volver a instaurar penas más largas y duras que las que contempla actualmente el Código Penal. De otro lado, gente identificada con alguna izquierda se opone firmemente a tales penas con la convicción de que lo único que busca la derecha es la venganza o el castigo. Y ambos funcionan con falacias graves que no deberían ser la base de la toma de decisiones en una sociedad.

El individuo o la sociedad

Los conservadores, en general, defienden la idea de que las penas para los delincuentes deben ser castigos, en gran medida venganzas sociales. Se basan en la idea de que todo delincuente está ejerciendo su absoluta libertad individual y por tanto se le debe cargar con el 100% de la responsabilidad por los delitos cometidos. Su ejemplo acabado son por igual la shari'ah que el sistema penal chino o, destacadamente (por su presencia en nuestro tejido cultural), el sistema penal estadounidense, sobre todo a partir de mediados de los años 70, cuando la política de rehabilitación empezó a ceder espacio a la política punitivaHard time, o tiempo de prisión duro implica castigos feroces a los reos: baños de agua helada, trabajos forzados y permitir que se cree un ecosistema depredador dentro de la prisión, sin garantía alguna para el preso, donde las peleas, las golpizas, las violaciones, la intimidación y la humillación son las monedas con las que se obtiene o pierde jerarquía en una selva artificial donde el horror es el ambiente cotidiano.

La ineficacia de este sistema se hace evidente tanto en los índices de criminalidad como en los de reincidencia. Al delincuente encallecido no lo detiene el miedo a la cárcel, ni siquiera el miedo a la ejecución. Y no es razonable que una experiencia brutal en prisión haga que salga por la puerta, al compurgar la pena, un ciudadano ejemplar arrepentido y decidido a normalizar su existencia. Así, Estados Unidos tiene la mayor proporción de su población en prisión, 716 personas por cada 100.000 habitantes. Con un 4,4% de la población mundial, EE.UU. alberga al 22% de los prisioneros del mundo, además de tener la tasa más alta de homicidios del mundo desarrollado con 4,88 homicidios por cada 100.000 habitantes contra 1,68 de Canadá, 0,92 del Reino Unido, 0,66 de España o 0,31 de Japón.

La idea es que el delincuente sufra proporcionalmente al daño infligido. Como si no hubiera habido ningún avance en la moral humana desde el "Ojo por ojo y diente por diente" del Código de Hammurabi.

Los que se autodenominan progresistas por su parte consideran que el sistema penal debe tener por objeto la regeneración del delincuente de modo que se reintegre a la sociedad. Aquí también hay posiciones extremas, como las que afirman que la naturaleza humana es infinitamente maleable, es decir, que todo delincuente puede ser reintegrado, lo cual con frecuencia se acompaña de la convicción, explícita o implícita, de que en realidad el delincuente es producto de la sociedad. Es decir, que todo delito es resultado de una falla de la sociedad, no del individuo y, en las visiones extremas, el delincuente es siempre una víctima, como lo ejemplifican declaraciones que hemos podido leer mostrando más comprensión por el terrorista que comete un atentado o por un asesino o agresor que por sus víctimas.



Primero que nada, hay que recordar que hasta mediados del siglo XIX, como comento en el vídeo que dediqué precisamente a la pena de muerte, la prisión no estaba concebida como castigo. La prisión era esencialmente preventiva, el reo estaba en ella hasta el juicio, donde se le hallaba inocente y se le liberaba o se le hallaba culpable y se le condenaba a muerte, se requisaban sus bienes, se le mutilaba, se le humillaba públicamente o se le enviaba a trabajar gratis para el estado o para algún poderoso.

Y allí está el primer punto a tener en cuenta: la prisión es una institución moderna, que sustituye a las penas brutales del pasado. No es razonable, ni lógico, comparar la pena de muerte con la prisión perpetua, porque las diferencias son de fondo, empezando porque un error judicial puede resarcírsele a un ciudadano injustamente condenado a prisión al menos en una pequeña parte, con su liberación y el pago de daños y perjuicios y el futuro que le quede todavía. Pero el mismo error no puede hacer nada por quien ha sido injustamente ejecutado. Es definitivo.

Apresar a alguien tiene, inevitablemente, un factor de castigo aún en los esquemas más centrados en la regeneración. La pérdida de la libertad es algo terrible y no se le puede minimizar en modo alguno. Pero por ello mismo debemos tener claro -para participar en el debate- todo el panorama que implica que una sociedad decida encarcelar a uno de sus miembros, y cuándo podría hacerlo para el resto de su vida natural -o casi.

Las penas, por terribles que sean, no disuaden al delincuente, esto ya lo sabemos con una larga experiencia ejecutando a nuestros congéneres, torturándolos y cortándoles pedazos. Pero cuando discutimos sobre si la prisión debe ser un castigo o una oportunidad de rehabilitación, debemos tener en cuenta la realidad de la reincidencia. Es decir, si la prisión no disuade a quien no ha caído en ella, ¿al menos impide que quien cae en ella vuelva en poco tiempo como reincidente? Todo indica que un sistema de reinserción bien llevado es mucho más exitoso que uno punitivo en uno de sus objetivos fundamentales: impedir la reincidencia. Los estudios al respecto son abundantes y convincentes.

Así, si queremos que menos delincuentes vuelvan a prisión, es mejor rehabilitarlos que castigarlos -y generar en el proceso rencor contra toda la sociedad-. En ese sentido, salvo por la visión en gran medida religiosa de la derecha, el debate está bastante zanjado.

La cárcel de Carabanchel una semana antes de su demolición.
Copyright © Mauricio-José Schwarz 2008-2018
En ese esquema, ¿tiene algún papel que jugar la prisión perpetua, revisable o no? Olvidemos por un momento las motivaciones ideológicas de los conservadores al promoverla y veamos los hechos reales: por buenas intenciones que tengamos, hay una cantidad determinada de delincuentes que van a reincidir inevitablemente.

Algunos son culpables de delitos menores, y son los que -ellos sí- tienen puertas giratorias en las cárceles: estafadores, carteristas, ladrones, atracadores y pillos de poca monta para los que la delincuencia es un modo de vida del que no tienen previsto apartarse. Salen de la cárcel para volver tarde o temprano. En su caso, si bien la rehabilitación es inútil en muchos casos, la amenaza que representan para la sociedad es más bien leve, y entran y salen y de cuando en cuando hay un reportaje en televisión donde la policía dice que ya conoce a los carteristas del metro de Madrid, pero no hay forma de deshacerse de ellos efectivamente, salvo que se les dictara prisión perpetua, pero todo sentido de la proporcionalidad nos dice que eso es inaceptable.

Pero hay otros delincuentes que entran en los espacios mentales tenebrosos de Westley Allen Dodd, Ted Bundy y otros personajes que se han separado en gran medida de todo concepto de empatía y decencia humanas. Son los que, al reincidir, pueden ocasionar gravísimos daños a otras personas, a las vidas, la dignidad, la integridad física y emocional de sus víctimas directas e indirectas (y las indirectas muchas veces son toda la sociedad). A diferencia del retrato casi heroico que crean de ellos el cine, la literatura y la televisión, los delicados, inteligentes, seductores y sofisticados Hannibals Lecter y los amantes de los acertijos como el John Doe de Seven o los heroicizados Mickey y Mallory Knox de Tarantino, los delincuentes de la vida real son habitualmente seres sin más motivación que su placer, con una inteligencia escasa, habiendo excepciones, sin ninguna sutileza, ignorantes, arrogantes y embrutecidos, con cero atractivo físico, espiritual, humano o intelectual. Como El Hijo de Sam, Eileen Wuornos, Jeffrey Dahmer o Andrei Chikatilo.

Cuando se habla de prisión permanente, de cadena perpetua, es en estos personajes en los que se debe pensar, sobre todo. En los casos, por poco frecuentes que sean, en que la sociedad tiene ante sí a una persona imposible de rehabilitar, que en muchas ocasiones reconoce y declara abiertamente que es imposible de rehabilitar, que no quiere hacerlo, y que si se le da la menor oportunidad, volverá a matar o a violar. Casos conocidos son el del 'violador del ascensor', Pedro Luis Gallego; el 'celador de Olot', Joan Vila Dilmé; 'el asesino de la baraja', Alfredo Galán Sotillo; 'el monstruo de Machala', Gilberto Antonio Chamba Jaramillo o asesinos que caen en la definición de psicópatas como José Bretón o David Oubel Renedo, ambos asesinos de sus propios hijos.

No pretendo tener las respuestas, no creo siquiera que haya una sola respuesta satisfactoria para todos los casos, sino que esto es y debe ser asunto de una reflexión social compartida que contemple lo general y la casuística, y que por tanto debe ser profunda y cuidadosa, pero que desgraciadamente no lo está siendo porque, más allá de las víctimas, de los presos y de la moral social, lo que han decidido dirimir los partidos y los medios de comunicación (todos) son las votaciones de las próximas elecciones, el convencimiento político, la superioridad sociomoral, por sobre el cuerpo de una u otra víctima, o el análisis de uno u otro asesino, todos más allá de toda razón, instalados en la más descontrolada demagogia.

Y así no vamos a ningún lado.

5.3.18

Dictaduras para el siglo XXI


En febrero de 1692, en la aldea de Salem, Massachusets, Betty Parris, de 9 años, y su prima Abigail Williams, de 11, empezaron a sufrir convulsiones y a comportarse de modo extraño; decían que las pellizcaban y les clavaban agujas. Sus síntomas se atribuyeron a la brujería.

En realidad, nadie estaba enfermo, o no más que los demás, o no de modo especial. Salem no estaba en condiciones peores que cualquier otra aldea colonial de la época. Pero se convencieron de que el mal vivía entre ellos, que sufrían enfermedades misteriosas, que estaban bajo asedio.

En las semanas siguientes otras personas afirmaron ser víctimas de brujas. Para septiembre de ese año, 20 personas habían sido ejecutadas por brujas en la aldea de 600 personas.

Hoy vivimos en un Salem global donde las cosas no están, sin duda, tan bien como querríamos, ni tan bien como podrían estar. Tenemos numerosos problemas, distintos en cada país o región, como siempre ha ocurrido, pero las cosas no están tan mal.

Y sin embargo, decir que las cosas no están tan terriblemente mal se considera una afrenta. Decir que el Apocalipsis no está a la vuelta de la esquina, que Aníbal no está a las puertas de nuestra Roma postmoderna, resulta inaceptable.

El billete de un billón (1.000.000.000.000) de marcos.
Nadie quiere saber que no estamos como la Italia arruinada de la Primera Guerra Mundial, que dio paso a Mussolini. Ni tan mal como la Alemania que se arruinó debido a los Tratados de Versalles, esa Alemania de 1923 en la que un marco de 1917 valía un billón de marcos... un millón de millones de marcos, y donde los que tenían ahorros y los jubilados se vieron sin un céntimo, donde la clase media pasó a la miseria poniéndole la alfombra roja a Hitler. O como Estados Unidos cuando cayó la bolsa y en poco tiempo el desempleo se quintuplicó, la mitad de los empleos pasaron a ser subempleos y el PIB cayó en 40%.

Nadie se interesa porque hoy, donde se oye el grito de que hay brujas, no existe ese hambre que se mete en los huesos y se apodera de todo razonamiento, de todos los sentidos, que se convierte en el único tema para quien la padece, que empapa cada paso y cada gesto y cada mirada. Es de mala educación señalar que no hay esa desesperación que no contempla ya un futuro negro, sino un vacío helado donde sobra uno, sobran los suyos, sobran sus sueños. Resulta ofensivo comentar que no hay ese miedo estremecedor al pasar la mano sobre la cabeza de los hijos, ese miedo a la calle que cuando las cosas están mal parece -y es- una arena de lucha a muerte todos los días.

Tenemos una maquinaria diciéndonos cuán mal está todo. Mucho peor que entonces. Mucho peor que nunca antes. Es la era más negra desde que salimos de África como especie, dicen. Es el fin. Es el Armagedón.

No se trata de una conspiración, sin embargo. No es algo maquinado o planificado. No se trata de unos cuantos malvados de panfleto reunidos en un sótano al que se accede con una contraseña para emprender una labor coordinada. No es un complot.

Es casi una moda, una tendencia, un espíritu de los tiempos capaz de desafiar todos los datos, los hechos, las evidencias, los números... las verdades que se pueden defender con absoluta contundencia... haciéndolas irrelevantes, prescindibles.


¿Verdades, digo? La verdad se ha convertido en un lujo que no podemos permitirnos. Lo dicen desde académicos hasta políticos, desde periodistas hasta profesores, desde taxistas hasta camareros, desde jubilados hasta activistas diversos... desde comunistas levantados de entre los muertos hasta neoliberales avariciosos, desde cristianos literalistas hasta ateos convencidos. La verdad estorba e impide el sollozo colectivo. La mentira es mucho más cómoda y seductora. Y comprensiva. Tanto que la hemos rebautizado como "postverdad". No ha dejado de ser la misma vieja mentira, pero ahora suena más respetable.

La sensación es que todo está peor. Peor que nunca. Nunca hubo más pobreza en España, nunca hubo más desesperación en Estados Unidos, nunca hubo más angustia en Italia, nunca hubo más miedo en Inglaterra, nunca hubo más miseria en Alemania. Y el mundo en su conjunto, oh, hermanos, es la desolación estéril. Nunca hubo más hambre, más desposeídos, nunca guerras peores, nunca hubo menos democracia, nunca hubo más corrupción, nunca hubo más enfermedades, nunca vivimos menos y tan mal como ahora en este planeta, nunca fuimos tan inmorales, tan despreciables, tan indignos incluso de este valle de lágrimas, que dice el libro de los Salmos.

Trate usted de contradecir esta cosmovisión, este zeitgeist perverso, esta convicción bíblica y apocalíptica. Buena suerte.

Tome usted, en cambio, esta realidad imperfecta y diga que es la peor de la historia, señale culpables reales o imaginarios y ofrezca soluciones sencillas e indoloras. Así se edifican las dictaduras en el siglo XXI. Sin siquiera ganar elecciones, que la confusión de las ideas le puede encumbrar incluso desde la minoría. Ni tiene que disparar y arriesgarse a que le respondan del mismo modo. No necesita tener a un pueblo desesperado y sojuzgado, basta que lo convenza de que lo está. Y de que usted conoce el origen de su desgracia. En estos tiempos es fácil. Cualquier dolor busca culpables. Quien quiere el favor popular ofrece culpables. Cualquier grupo bajo asedio se encierra en su cueva y se inventa mitos nacionales, enemigos monstruosos y una desgracia mayor, siempre, que la de sus vecinos. Quien quiere el favor popular levanta banderas y canta himnos.

Y entonces usted puede recoger el fruto mientras otros invocan sin mucho público la razón, los hechos, los datos. Su tarea parece difícil. Algunos la hacen sólo porque nadie sabe cuánto durará la ilusión colectiva y hay que estar preparados para retomar el camino. Si sobrevivimos.

Y porque, claro, la brujería no existe.

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