22.3.26


LA PEQUEÑA GUERRA

Mauricio-José Schwarz

(Premio nacional de cuento de ciencia ficción "Puebla" 1984)



Arianne


Había formas de burlar la ley, es cierto, especialmente si uno tenía mucho dinero, ellos no lo tenían. También eran útiles las amistades en posiciones elevadas, pero esa era otra carencia de las muchas que la familia coleccionaba por todas partes. La única solución eran la que confrontaban ahora, al escuchar el nombre de su hija por los altavoces del estadio.
La morena y frágil figura de Arianne se dibujó en la entrada de la puerta Maratón.
"Qué pequeña es", se lamentó Akira, inseguro del entrenamiento al que había sometido, forzada, a la esbelta niña de diez años que avanzaba ahora hacia el centro de la arena, mientras su nuevo casco azul destellaba al sol, mostrando un penacho de furiosas navajas curvas.
Guinnivere, que estaba aún sufriendo espasmos en la garganta, miró a su hija y no pudo evitar imaginarla como tantos niños que había visto desfilar esa mañana. Un sangrante resultado sin brazos, con la cabeza despedazada de un mazazo o con el vientre tajado sin remedio y las infantiles entrañas fluyendo como un temeroso rió de lava apenas tibia, Guinnivere se preguntaba una y otra vez si Akira había cumplido como padre.
La niña intentó durante sólo unos segundos hallar los rostros de sus padres entre la multitud que llenaba las gradas; algunos con miedo a perder lo amado, otros con deleite, los más con furia, esperando al vengador que acabara con quien hubiera sido verdugo de sus hijos. El ambiente se caldeaba más a cada momento. Arianne apretó la mano izquierda dentro del guante de cuero negro tachonado de púas para retener su escudo de acrílico. En su mano derecha, la espada que su padre había forjado para ella temblaba a todo lo largo de sus modestos cincuenta centímetros. El mazo redondo de madera, también con púas de duraluminio, colgaba de su mango de cuero, raspándole el muslo. Avanzó frunciendo el ceño, como su padre le había enseñado.
Los ayudantes retiraban del campo los últimos cadáveres ensangrentados. El pasto, a esa hora, ya no era uniformemente verde, sino que mostraba una sucesión de manchas ocres y rojizas que lo hacían verse como un obsesivo tablero de ajedrez. Mientras ella avanzaba, la seguía una fila de niñas de su misma edad, todas igual de asustadas, todas igual de decididas, cuyos nombres escapaban mecánicamente de los altavoces.

Jünge había deseado ir con Guinnivere y Akira a ver a su hermana, pero no se lo habían permitido. Ahora, sin embargo, en casa de sus tíos, la veía mejor que sus padres. Un camarógrafo se había interesado por la niña y la afocaba en una toma que mostraba sus ardientes ojos, casi amarillos, casi verdes, y el suave cabello negro que caía sobre el torso, ocultando y mostrando alternamente los duros pezones que prometían -pronto, si triunfaba- ser la cima de dos pechos recios y amenazantes. En la pantalla, Arianne frunció el ceño y apretó las manos.
Luego la cámara se abrió para mostrar a todas las participantes de la cuarta ronda eliminatoria.
Jünge sintió algo de la grandeza y el miedo que, casi con seguridad, lo esperaban dentro de dos años, cuando ya tuviera diez.

Arianne se perdió como una más de las hormigas en procesión. En las cuatro esquinas del campo, los finalistas esperaban, descansando bajo el cuidado de los médicos estatales.
A unas palabras de los árbitros, se formaron los diez grupos. Sólo faltaba el silbatazo del juez para empezar.
Akira recordaba otra infancia, la suya, cuando aún no era necesario acudir a la arena para decidir quién habría de permanecer. Guinnivere se había salvado por sólo tres meses. Veinte años atrás, los juegos se habían establecido como el mejor sistema de control poblacional, pese a la violenta reacción de las iglesias. Los hijos ilegítimos de los sacerdotes, por ejemplo, fueron de los primeros en caer.
Diez años, hora de la justificación, era el clamor de los organizadores. Arianne se tensó con los pies bien apoyados sobre el suelo y el cuerpo echado hacia delante. El escudo estaba a la altura de sus cejas y la pequeña espada se balanceaba con ritmo hipnótico, tratando de amedrentar a su contrincante.
Al usar el veinte por ciento de su patrimonio para las armas de su hija -como lo marcaba la ley- Akira había insistido en las espinilleras de bronce. Guinnivere ahora se entristeció al ver los desnudos brazos de su hija. ¿Habría sido mejor dejarle las espinillas desprotegidas y comprar un peto o dos cubrebrazos?
Guinnivere no pudo responderse. Un silbatazo largo y premonitorio se abrió paso entre los gritos de los espectadores. La contienda se inició.
Arianne se encontró ante una chica bastante más alta que ella y con mucho mejores armas. En las gradas, Akira se apartó un momento de su preocupación para preguntarse cómo, si la familia de esa niña la armaba tan bien, no había conseguido sobornar a las autoridades. Pero él tampoco tuvo mucho tiempo para reflexionar. La niña mayor atacó con violencia, estrellando su mazo en el escudo de Arianne, el cual inmediatamente quedó abollado. El entrenamiento de Arianne surtió efecto. Inclinándose, golpeó con la espada los tobillos de la otra niña. A la vista del primer sangrado, todos los espectadores lanzaron un grito, mezcla de satisfacción y espanto. Las contendientes se separaron y la mayor aprovechó para golpear a Arianne con la empuñadura del mazo. Arianne se tambaleó mientras Guinnivere y Akira se tomaban de las manos, apretando con urgencia. El golpe encendió a Arianne. Utilizando no sólo la espada, sino también el escudo y el casco, se lanzó sobre la chica mayor. Esta, sorprendida por lo súbito y violento del ataque, alcanzó a desviar un golpe con la espada de Arianne, que en su embestida hizo que las navajas del casco se enterraran profundamente en el pecho de su enemiga.
La primera contienda había terminado demasiado rápidamente. Arianne levantó la cabeza después del choque sólo para encontrarse con su adversaria volando hacia el suelo, ya sin control alguno sobre su cuerpo. La tibia y pegajosa sangre de la vencida bajó por el casco de Arianne y le recorrió la cara, provocándole un fuerte acceso de náuseas.
Había ganado.
Guinnivere y Akira se pararon a aplaudir sin demasiada convicción. Lo peor todavía estaba por venir.

Jünge, fascinado ante la pantalla de televisión, miraba orgulloso la triunfante y tierna figura de su hermana, sin prestar atención a la conversación de sus tíos.
-Yo tampoco estoy de acuerdo en que los niños lo vean -casi gritó Karl, sobresaltando a sus invitados-. Pero tenemos que admitir que todos tendrán que enfrentarse a los juegos cuando lleguen a los diez años.
-¿Los juegos siempre han existido, papá? -inquirió el hijo mayor, de unos dieciséis años, quien había perdido el brazo izquierdo en los juegos, tratando de ganarse el derecho a seguir viviendo.
-Ya tienes edad para saberlo -comenzó Karl-. Antes las cosas eran de otro modo. Si los incapaces, los imbéciles, los débiles y los indisciplinados eran eliminados, era luego de un proceso de muchos años, en los cuales se desperdiciaba la educación que les proporcionaba el Estado, los alimentos, el aire mismo. Los juegos nacieron para acelerar este proceso. Ya éramos demasiados en el planeta y era necesario depurar la especie. En realidad, los juegos sólo han existido desde hace veinte años.
Jünge veía ahora un nuevo combate, durante el descanso que el reglamento le permitía a Arianne.
Akira y Guinnivere se sintieron momentáneamente aliviados ante el súbito e inesperado triunfo de Arianne en su primer juego.
El tío Karl apenas volteó a ver la pantalla de televisión y sonrió con amargura mientras el camarógrafo hacía un desagradable close-up de la contendiente muerta.

Arianne caminó hacia uno de los extremos del campo, donde fue atendida de inmediato por los médicos estatales. Apenas alcanzaba a darse cuenta de la magnitud de su acción: había matado para vivir, alimentando su existencia con los desechos de una vida trunca. De reojo alcanzó a mirar cómo los camilleros se encargaban de los restos de su adversaria. No le interesó pensar y se concentró en la atención que el médico le prestaba a su herida.
Akira, con una creciente angustia, casi no vio el siguiente combate, aunque alcanzó a apreciar la precisión con la que Arianne ejecutaba los maguashi-gueri, las patadas que tan cuidadosamente le había enseñado, utilizando los pinchos de las espinilleras como eficaces armas.
Arianne se encontró, en esta segunda prueba, ante un muchacho atractivo, de ojos profundos y nervudo. Sin duda era un chico capaz de llegar a amar muy intensamente si se le daba la oportunidad.
Ella no pudo siquiera permitirse el leve disfrute que le podía proporcionar su infantil sexualidad. La atracción por el enemigo duró apenas un instante. Después atacó furiosamente. El hacha del niño apenas logró rozar su frente en la primera escaramuza. El espectáculo de su sangre sobre sus ojos la transfiguró. Hizo una serie de amagos muy complicados, mezclando diversas técnicas de lucha con espada, que culminaron cuando cortó la tierna carne del cuello de muchacho. El moribundo abrió los ojos con un dejo de ternura, sin atreverse a responder al golpe. Quedó para siempre con los ojos abiertos mientras ella lo miraba y acariciaba la ensangrentada hoja de su espada.

Ya estaban todos cenando en casa de Karl cuando Jünge, corriendo sin despegar los ojos del televisor, empezó a gritar triunfalmente ante la imagen de su hermana, vencedora por segunda vez.
Karl se volvió a verlo sin alcanzar a entusiasmarse, mirando luego con un estremecimiento a sus tres hijos. Uno participaría en los juegos del año siguiente.
La esposa de Karl no hizo más que cerrar los ojos.

Nuevamente Arianne se vio en las manos de los médicos estatales para recibir atención. Dejó pasar el tiempo reglamentario de descanso con una cólera que no estaba dirigida a sus enemigos en los juegos, sino que buscaba morder las gargantas de sus padres, de los juegos y de los espectadores capaces e entusiasmarse ante la muerte de un muchacho domo el que ella acababa de destruir.
Akira forzó la vista, tratando de dirigirla hacia Arianne, hacia esa niña, esa hija suya que de modo absurdo había cometido ya dos asesinatos pero que, al fin y al cabo, se veía totalmente indefensa tras el complejo armamento que él le había diseñado.
Guinnivere no veía el armamento ni la sangre ni la muerte, ni siquiera la justicia o la injusticia. Se limitaba a mirar a su niña, temerosa y más merecedora de juegos que de carnicerías organizadas.

Jünge descifraba otros combates mientras le volvía a tocar el turno a su hermana. Imaginaba la maravilla de poder ser un destructor, cortando cuellos, aplastando cabezas, señor de vidas y temible maestro de la lucha.
Miraba alegremente a los triunfadores sintiéndose parte de ellos sin imaginar siquiera que él podría ser más fácilmente una de las víctimas sangrientas que se reproducían en las camillas, destinadas a la fosa común.
A sus ocho años de edad no alcazaba a comprender el verdadero significado de la sangre, ni la magnitud del dolor que se causaban los combatientes en la lucha.
Esto era una fiesta, un acontecimiento singular que se llevaba a cabo en todas las arenas un sólo día al año, antes de la entrada del invierno. Desde muy temprano en la mañana se empezaban a tomar las decisiones. Al atardecer, los triunfadores podían seguir su camino, confiados en su educación, en el amor, en la seguridad.
Los vencidos no tenían ya nada de qué preocuparse.

Akira pudo darse cuenta de que las dos heridas que había sufrido su hija, una en la cara y otra en la cabeza no eran graves, pero le podían traer problemas. La breve figura de Arianne aún debía vencer en tres combates más para justificar su derecho a la vida.
Guinnivere se volvió a ver a su marido, buscando que la tranquilizara, pero lo único que encontró fue una fría máscara inexpresiva que destacaba sus rasgos orientales. Por un instante, Akira pareció el ominoso protagonista de una obra de teatro No. Abajo, en el ensangrentado escenario, los árbitros llamaban a los contendientes  para el siguiente combate.

El tío Karl había tratado durante muchos años de insensibilizarse ante los juegos. Había luchado por su existencia cuando joven, pero la muerte de su primer hijo y el extraño triunfo del segundo -una terrible lucha que había vencido cuando ya estaba en el suelo y sin un brazo- le habían dejado un hueco, una zona del cerebro totalmente anestesiada. Ni siquiera quería pensar que aún tenía otro hijo a quien entrenar y acompañar al campo de la muerte. Sin embargo, al ver ahora que su sobrina Arianne dejaba de ser una niña para transformarse en asesina, sintió unas incómodas ganas de llorar. Una cámara de televisión enfocaba ahora a una chica incluso más pequeña que Arianne. La niña blandía con inseguridad una espada casi de juguete. Era la tercera contendiente de Arianne.

La pequeña guerrera, hija de Akira y Guinnivere, experimentó una mezcla de superioridad y asombro ante su adversaria, que no parecía tener aún la edad de la justificación. Su escudo se veía endeble y pobre, pero la pequeña espada que llevaba estaba mellada y cubierta de sangre por los anteriores combates.
El silbatazo.
La lucha se inició cuando la más pequeña arremetió contra Arianne, tratando de acortar la distancia mientras tiraba hábiles mandobles. La diferencia de estaturas hizo de pronto especialmente útiles las espinilleras de Arianne. Se separaron sin hacerse daño y Arianne aprovechó un descuido de su contrincante para golpearla con el escudo. La niña pequeña recibió el golpe de lleno y perdió el equilibrio cayendo a tierra. Pateando con toda su fuerza, Arianne le arrancó el escudo de la mano y descubrió con sorpresa que prácticamente la tenía a su merced. Levantó la espada a dos manos, como un cuchillo ritual de sacrificio, y se preparó para clavarla en el pecho de su enemiga.
Los espectadores de esa parte del campo jadearon expectantes. Akira y Guinnivere se tomaron las manos con fuerza de nuevo.
La espada de Arianne tembló y en ese momento vio los ojos de la niña caída. Durante un año su padre la había entrenado eficazmente para la destrucción y la cólera contenida y cuidadosamente canalizada hacia la lucha. No estaba preparada para la expresión suplicante y resignada de los ojos de la pequeña.
Titubeó un instante más de lo debido. Su contrincante rodó con desesperación, atrapando los tobillos de Arianne entre sus piernas y haciéndola caer mientras al mismo tiempo levantaba su pequeña arma. Arianne se precipitó hacia adelante. Su espada se clavó inútilmente en el suelo y su cuerpo siguió cayendo, girando hacia la hoja que la pequeña sostenía con firmeza. El golpe fue certero y la muerte llegó casi de inmediato. Arianne empezó a pensar algo, a percibir una serie de imágenes nebulosas en las que se veía a sí misma alternadamente como niña y como guerrera. Su conciencia de especie empezó a decir algo sobre la supervivencia, pero ella ya no podía escuchar nada más. La última sensación que experimentó fue la tibia sangre sobre la que reposaba su mejilla donde había caído.

Akira realizó los trámites rápidamente mientras Guinnivere era atendida de un colapso nervioso. Su esposo recogió el recibo que cubría el costo del armamento de su fallecida hija, acompañado por la acostumbrada carta de condolencias del Estado.
A Guinnivere ni siquiera le permitieron acercarse al desnudo cadáver de Arianne que, junto con otros, estaba siendo lavado para llevarlo a la fosa común. Emprendieron el viaje de regreso a casa sin decir una sola palabra, igual que todos los que viajaban con ellos, todos aquéllos  cuyos hijos no habían logrado justificar su existencia en los juegos de este año. Los otros, los sobrevivientes, los justificados, celebraban con sus padres en distintos lugares o bien se reponían de sus heridas bajo el cuidado de los médicos estatales.

A la mañana del día siguiente llegaron a casa de Karl para recoger a Jünge. Karl, que sabía lo que era perder un hijo en los juegos, tampoco los importunó hablándoles. Jünge se acercó a ellos y trató de decir algo sobre su hermana, pero una mirada feroz de Akira fue suficiente para hacerlo callar.
Volvieron a casa manteniendo el mismo silencio duro. Jünge subió a su cuarto sintiéndose muy cansado, sin deseos de pasar frente a la puerta de la que había sido la habitación de Arianne. No tuvo que hacerlo. Un grito lo detuvo.
-¡Jünge! -sonó la voz de Akira desde el patio.
Cuando Jünge bajó encontró a su padre listo. Vestía un karategui negro y sostenía en las manos dos varas de kendo para entrenamiento y otro karategui más pequeño, de color azul, con el que se había entrenado Arianne. Sin decir una palabra más se lo ofreció a Jünge.
Desde el interior de la casa, Guinnivere pudo ver, entre las pocas l grimas que le quedaban, el primero de los largo y fatigosos entrenamientos de su hijo más pequeño. Todavía le faltaban dos años. ¿Por qué, se preguntó Guinnivere, Akira hacía tan difícil este primer entrenamiento? ¿Acaso su esposo había visto también un suicida brillo de compasión en los ojos de Arianne antes de morir?

1984

22.9.24

Lo que era, lo que soy, lo que seguiré siendo

Hace mucho tiempo, cuando el gobierno mexicano preparaba su espectacularmente ridícula celebración de los 200 años de la independencia mexicana, con ese mal gusto lleno de pirámides y paradas militares que caracteriza a la cursilería disfrazada de cultura, hice un pequeño blog en Tumblr donde fui reuniendo música, pintura, literatura, personajes y otros elementos del país que pasan de noche cuando nos empeñamos en el estereotipo y la antigualla nacional.

Revisitándolo, hay entradas escalofriantes. Eran tiempos en que yo le presentaba libros a Sanjuana Martínez sin imaginar que ocho años después demostraría su sevicia contra los trabajadores de Notimex cuando esta agencia sufrió la desgracia de que Andrés Manuel López Obrador la nombrara su directora. Y Sanjuana estaba allí porque creíamos que era periodista y no plagiadora, y de izquierda y no sátrapa antiobrera. Otro tanto ocurría con Jesusa Rodríguez, cuya conversión de actriz, directora y productora en política fue el esperpento más trágico de su carrera.

Son sólo dos ejemplos de lo que ha cambiado todo en estos 14 años, aunque el blog todavía resiste en general el paso del tiempo y salvo vídeos de YouTube que el viento se llevó (siento mucho la desaparición de los de Salvador "El Negro" Ojeda, el de la Capella Cervantina, el del encuentro entre la Banda Regional Mixe de Tlahuitoltepec, Oaxaca y la Kocani Orkestar, de gitanos macedonios, un dueto de piano de Citlalli Guevara (Veracruz) y Slavina Zhelezova (Bulgaria), y el de María Tort).

El 8 de septiembre de 2010, publiqué el siguiente texto, que esta misma semana leí en mi canal de YouTube y del que varias personas me han pedido que reproduzca escrito. Lo hago reviviendo este otro blog y haciéndome cargo de cada palabra sobre todo hoy, cuando tantos han traicionado tanto.


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SOY
Mauricio-José Schwarz

Soy más que el mariachi y el bolero, más que cuatro pintores contados y un traje de china poblana, más que la repetición ignorante de las piedras aztecas y mayas, más que la música efímera destinada a llenar de vacío todo el silencio, más que la admiración hipócrita al indígena sometido, más que un sombrero, una máscara de luchador, un lugar común repetido hasta las lágrimas, un ojo aferrado al retrovisor por miedo a lo que hay delante.

Soy más, soy mucho más que un cine oficial y un poeta oficialísimo. Mucho más que la artesanía domesticada y admirada mientras no pase de artesanía y las giras de un trío a Japón, más que paisajes asombrosos accidentalmente situados entre las fronteras de los míos, de los que se borra cuidadosamente al habitante con sus desesperaciones, sus sueños, sus 500 años de "lo mismo y lo mismo", sus 200 años de "no pudo ser" y los 100 años de "perdieron los buenos y no te lo he contado".

No soy el que odia al extranjero, el que echa mano de la palabra "malinche" para su onanismo xenófobo y chauvinista. No soy "como México no hay dos", no soy "a mí las calaveras me pelan los dientes", "mi himno es el más bonito del mundo", "que digan que estoy dormido"... no soy cuatro refranes y un pintoresco día de muertos abandonado entre 364 sórdidos días de muertos y muertas de todas las edades. No soy mero espectador del México televisual para consumo ingenuo, diplomado en la reinvención de la realidad colectiva para mayor gloria de los únicos que tienen gloria.

No soy la virgen de Guadalupe y los ensotanados que la embotellan para consumo de la desesperanza, para el pretexto pederasta, para el asesinato y la demolición del país que les provoca comezón en los dedos.

Soy Morelos y Villa, y mucho más. No soy sus huesos dudosos paseados en procesión hipócrita por quienes los odiaron siempre, sino la pulpa ácida de sus ideas. Soy los hombres y mujeres sin nombre y sin rostro que lucharon con ellos porque el mañana podía tener un poco más de sol que calentara un poco más abajo. Soy los que creyeron y no salen en los libros. Soy los que ni a tumba llegaron. Soy todos, no unos pocos.

No me agoto en el elogio a nuestros colores desprovistos de malicia, en los poetas flagelantes que alcanzan la luz sirviendo al Señor Presidente y sus sirvientes, burócratas glorificados de verso de fin de semana y premios que certifican su vasallaje con etiqueta de precio. En los cortesanos que se declaran monopolio de cuanto se siente, se piensa, se desea, se sueña, se exige sobre estas tierras y aguas.

No soy el puñadito de simplezas que me regalan en el 200 aniversario de la patria para que me admire el pasado glorioso que precede a un futuro huérfano de sueños. Soy el estruendo simultáneo de complejas culturas que no entiendo, de 56 lenguas indígenas y otras tantas de los que llegaron de todo el mundo a sumarse a ellas, de una historia abrupta y escarpada. Soy todos cuando quieren que sea nadie. No soy una bandera a la que se le rinde pleitesía mientras lo que significa se va acumulando como lo que perdimos en el camino.

Soy mexicano de todas partes, mexicano de todo el mundo, mexicano de todas las nacionalidades, mexicano de todos los idiomas, mexicano de todas las culturas, mexicano de todos los sueños, mexicano de todos los colores, mexicano de todos los sexos, mexicano de todo lo posible y no sólo lo autorizado con el sello oficial, mexicano de todas las contradicciones, mexicano de todos los mexicanos y no de los pocos que han hecho de todos objeto de exhibición de museo avergonzado.

Soy casi todo lo que ellos dicen que soy. Pero también soy todo lo que ni siquiera se imaginan que puedo ser.

26.12.21

Soul Sculpture

De la colección de cuentos en inglés
The Werewolf Game and Other Stories
que quizás se publique algún día
Copyright ® Mauricio-José Schwarz 2013, todos los derechos reservados


When he finally killed himself by hastily eating several cans of rat poison, Conrad Leifcrown had become the greatest sculptor of the last three decades.

Or so the newspapers said in the long and detailed obituaries published around the world. I wrote several of them.

 

*** 

 

When Leifcrown arrived in the art world, he was not warmly greeted. In fact, he spent a long time being patronized and despised. If people in charge of galleries were very polite, they gave him the runaround. But mostly, they threw him out along with his woodcarvings, his plaster creations, his stainless steel ideas, his bronze experiments.

I saw him change.

I’d been writing about art for several publications since I was in high school. I always enjoyed writing about what I liked, though I never had any formal training in art history or appreciation, and that worked in my favor. My pieces, so they say, are honest, reflecting the point of view of the ordinary public rather than the often contrived and biased lectures some of my colleagues specialize in.

I saw Leifcrown's work before and after. He had talent from the start, that was for sure, but he lacked originality, luster. He seemed destined for the gift shop department, churning out designs for porcelain miniature horrors.

And one day he arrived at Henry Moreland's place with a handful of Polaroid shots. I was lucky to be there. The woodcarvings were enticing, the plaster and stainless steel attempts had been abandoned, but the bronzes were unique. Four of them appeared in the pictures, and not even the bald flash of the old camera and the inadequate backdrop used to take the photographs could mask the quality of his work. And he knew it.

Leifcrown had also changed. He had never been a humble character, nor on the contrary a primadonna, but he had always been shy. Now he seemed perfectly sure of himself and of his work. Henry Moreland was cautiously impressed, and agreed to go to Leifcrown's studio once he learned that the pieces were big, five to seven feet tall or long.

I had no need to be reluctant. If I sang some praises just then, I may later have the golden opportunity to say I ‘discovered’ Leifcrown.

And I did.

Not that the market accepted him as a new Rodin overnight. But, after Henry Moreland agreed to put Leifcrown's work on display, things developed. Gradually he began to have more exhibits, sales and assignments. He rose steadily and didn't stop until the night he gave in to a craving for rat poison.

His talent was there, in full bloom, developing. But what had really changed was his approach, his themes, his feelings.

The world was falling on top of our heads just then. It still is, and maybe it already has irrevocably fallen down on us. But those days were the scariest in a long long time. All of a sudden the nice kids who were to be the beneficiaries of the Civil Rights struggle could be found on street corners peddling all sorts of new and dangerous drugs. The dream had become a pipe in every mouth and a .38 midnight special in every pocket. People began dying without any reason, and serial killing seemed to be the rage, going on unnoticed for years, with bodies that never reappeared and murderers who smiled too much on‑camera. Nice couples who had met in college and gotten married after getting jobs and cars were now out on the street along with their dreams and children, fighting for a better cardboard box in which to sleep and sob. Spiritual leaders were carted away to jail for fraud and rape. Businessmen were their next‑cell neighbors, along with the ever‑present politicians.

All of that could be found on the faces and figures Leifcrown sculpted. Especially the bronzes. Every cruel metaphor of society then and there was embedded in the pieces he began to turn out regularly. But that was not all, it wouldn't have been enough to turn him into the artistic demigod he became. There was also the tenderness, the gentle caring that spelled hope amidst the horror. That was what drew you to his figures. Yes, they were often wretched, but never despairing. Victory might have been torn away from their grasp, but not glory. He distilled the horrors of the time and then drew magnificient conclusions that appeared to be rooted in all the good that humanity was capable of, or would be capable of if something happened. Greatness coming from ruin, promises being born from pain and confusion. His sculptures had a soul, we all knew, but didn't say so because it sounded corny and trite.

I wrote that if it is the artist's ultimate goal to draw order from chaos, then the world today was perfect raw material for any artist, since chaos had almost eaten up everything that really mattered. And I added that no artist could find such perfect order as Leifcrown had.

Even though I published pieces like that one, after I hailed him as a genius and went on writing about every major exhibit and every turn his career took, surely helping his success in more than one way, we never became friends. Leifcrown had no friends.

He wasn't rude or ill‑tempered, and he didn't actively drive people away. He was kind and tolerant, but he just didn't seem to have time for his fellow humans. He seemed uncomfortable, not angry, just out of place around other people. So when people came round, they soon felt like intruders, and left Leifcrown alone with his clay and plaster and metal.

In that respect I was the closest to him. I enjoyed access to his studio, his sketches and projects, and tried my best to make good use of what I was allowed, never to overdraw the account of privileges allotted to me by good luck and a moment of boldness.

I saw that Leifcrown worked in creative attacks, completely devoid of discipline. He could spend weeks without drawing or modeling. Then something would happen and he would go into a frenzy, turning out incredible quantities of work, sculpting several pieces at a time, an armature here, an already cast figure ready for patina to be applied there, a plaster cast way over there, and three or four clay models lying around. In a few weeks, all the pieces were ready for shipment, exhibition or sale, and Leifcrown would slip back into his artistic inactivity.

I could say now that there was a pattern to his work, but maybe that´s only hindsight. When something big happened, it was like a spark which jumpstarted his creative process. A gang war in the inner city. A scandalous murder. A large layoff of workers. Big, juicy scandals involving the rich and powerful of the land. The beginning of a new armed conflict somewhere around the world. Any tragedy. Looking back, it seems he thrived on those events, used them to fuel his sculpting. At least most of the time.

The critics finally raved in tones reserved only for great long‑dead artists like Van Gogh. Leifcrown was on his way to becoming a latter‑day Picasso, admired and revered, absolutely successful while still alive and able to enjoy it. He evolved and diversified, creating human figures, mythological creatures, abstract shapes, a strange series of eight sculptures for the blind which were not supposed to be seen by the public, but touched through a dark screen with holes for your hands. And we all talked about the powerful kindness present in every piece, competing for adjectives.

And Leifcrown fascinated not only art critics, but the world at large. Art school teachers talked about his sculptures in class. His generous contributions to charities touched the imagination of people who never went to art exhibits. His Broken Hands bronze, which he donated to decorate the entrance to the Red Cross building in Geneva found its way into every newspaper when it was unveiled.

More than a sculptor, Leifcrown was fast becoming a pop cultural hero, an event, a cult personality even though he shunned publicity and hardly ever went to social events. That made him all the most interesting.

Then it happened. I was with him.

It was back in Henry Moreland's gallery, where a grand exhibit celebrating Leifcrown's fiftieth birthday was being prepared. Leifcrown always was there when his sculptures were moved around. He was overprotective of them. He orchestrated the movements of the strong men who loaded and unloaded, crated and uncrated his sculptures.

Somehow, someone forgot that one of the exhibition rooms was split‑leveled. While Leifcrown was talking with Moreland, a guy carted one of the sculptures right through. It bounced on the two steps, fell off the gurney and crashed on the floor with a sound that rolled through the whole building. And later through the whole country.

We ran to the room. Nothing serious seemed to have happened. Bronze is tough. There was just a tiny hairline crack running through one side of the thing, one of those abstract figures that always seemed to be something and were nothing, but Leifcrown blew like a landmine. He threw himself against one of the burly men who were carrying the sculptures, but the man gingerly pushed him away and Moreland intervened. I tried to talk with Leifcrown, but he left hurriedly.

He never came back. That night he was dead, to be found the next morning by the cleaning woman who took care of his apartment. There was no suicide note, but the circumstances were evident, and many concluded that his inordinate love for his sculptures had detonated every little problem that had been slowly building inside him. Seeing one of them fractured had made him go over the edge.

That was when we all wrote the eulogies that sang his praises to the world. Long‑winded pieces, careful analyses, academic considerations and loving articles. As he lay in state, as he was buried, as the decision was made to open the exhibit as a posthumous homage to Leifcrown, newspapers and magazines ran thousands, maybe millions of words about the late sculptor.

A gloomy atmosphere pervaded the opening of the exhibit. When I arrived, the whispering that had taken the place of the loud conversation usually found in openings subsided even more. Many of those present knew that Leifcrown and I were close.

I remember going over to the small room where the damnable injured sculpture remained, guiltily showing the world the tiny crack through which Leifcrown had fallen along with his talent. I questioned Henry Moreland's judgement, but the family of our late genius had agreed to let the sculpture be shown. After all, the circumstances surrounding his death were widely known, in part because of me.

The bronze piece stood there as if it had no regrets.

Then I smelled the faint, piquant, camphory hint of an odor. It was unlike anything I knew. Peppermint? A man next to me looked worried. He recognized me.

"Phenol," he said with a hint of accusation in his voice.

 

 ***

 

So it finally happened: the discovery of the body of a teenage girl inside the piece, and the sculpture bashing that ensued. Literally. All of Leifcrown's works were ripped apart.

In all, there were maybe twelve bodies. Some limbs or organs appearing in this or that sculpture. Certainly not every bronze by Leifcrown was an urn, indeed a minority, but his work was tainted. His monumental work, notably Broken Hands, was torn down hastily and melted away.

The police were able to piece together the image of a 'classic' serial murderer, whatever that is. They found incriminating bits and pieces in his studio which had been overlooked while they were only investigating the suicide of an artist, thinking that suicide is the proper exit for eccentrics such as Leifcrown. They solved a good number of mysterious disappearances, missing people reports that were answered by the contents of so many heretofore beautiful pieces, although they are still trying to figure out his M.O.

I really don't care about that. What he did, he did. We have believed that a man's work must be separated from his personal life, but that is hard to do in Leifcrown's case. No one has even tried to defend the artistic value of his sculptures ever since.

But I do care about what we are to do, we, those of us who praised Leifcrown, who helped along his rise to fame and fortune. What are we to think about any and every work of art from this day on? Can we ever forgive ourselves?

And perhaps there is nothing to forgive. Just regret our words. Regret his work. Regret the world that bore Conrad Leifcrown. And wonder...



Mauricio-José Schwarz


26.5.20

Negar las atrocidades nazis

Me han preguntado en varias ocasiones sobre el movimiento neonazi de negación del holocausto y sobre algunos mitos como la famosa lámpara de piel humana o el jabón con grasa humana.
Esta entrada se publicó originalmente el 16 de enero de 2014, y toca ahora, 2020, republicarla con una actualización con algunos datos más que demuestran que los verdugos y criminales nazis, los que personalmente asesinaron o mandaron asesinar a millones de personas, nunca negaron los hechos. Añado, entonces, las declaraciones que en su defensa dio la bestia Franz Strangl, responsable de casi 900.000 muertes o la de Reinhold Hanning. Seguiré sumando testimonios de los propios asesinos rechazando las afirmaciones de los neonazis y su negacionismo. 
El holocausto es el asesinato sistemático de entre 11 y 17 millones de personas: (judíos, gitanos, prisioneros de guerra, homosexuales, discapacitados, civiles de países ocupados, testigos de Jehová y disidentes políticos) no beligerantes perpetrado por los nazis con la intención específica de exterminarlos.

Algunos acusados en el juicio de Nüremberg.
De izq. a der., 1ª fila: Hermann Göring, Rudolf Hesse, Joachim
von Ribbentrop y Wilhelm Keitel. 2ª fila Karl Dönitz,
Erich Raeder, Baldur von Schirach y Fritz Sauckel.
Hay muchísimas evidencias que llenan libros enteros, pero la que a mí me parece absolutamente contundente es que los criminales nazis no negaron los crímenes. Ni los grandes  jerarcas que se estaban jugando la vida en los juicios de Nüremberg, y en más de 20 juicios más antes y después de Nüremberg, ni los testigos, ni los participantes en este genocidio sistemático, ni sus defensores, se atrevieron a afirmar que el crimen fuera inexistente o siquiera exagerado, ya no digamos que intentaran probar tal extremo.

En resumen: los que cometieron el holocausto lo admitieron.

Repito:


LOS QUE COMETIERON EL HOLOCAUSTO
LO ADMITIERON


NINGUNO DE ELLOS

SUGIRIÓ SIQUIERA QUE LOS
DELITOS NO HUBIERAN OCURRIDO

Aceptaron que el programa de exterminio había ocurrido estando frente a las pruebas, incontrovertibles, contundentes, frescas, de modo que su tibia defensa fue que "no se habían enterado de lo que estaba pasando" (palabras de Albert Speer, arquitecto de Hitler; Alfred Rosemberg, ministro de los territorios ocupados usó la misma defensa), o que no era su responsabilidad (Hans Frank, gobernador de la Polonia ocupada, encargado de la segregación y esclavización de los judíos polacos, dijo que todo el exterminio en los campos bajo su responsabilidad en Polonia estaba a cargo de Himmler), o que trataron de evitarlo proponiendo medidas "humanitarias" como la esterilización masiva (Wilhelm Stuckart, participante en la Conferencia Wannsee sobre la "solución final de la cuestión judía"), o bien que no se enteraron sino hasta el discurso de Posen de Himmler en 1943 (August Frank, administrador económico del Reich hasta 1943, argumento que presentó ante el tribunal de Nüremberg el propio Ernst Kaltenbrunner, que era ni más ni menos que el jefe de las fuerzas de seguridad del Reich, lo que incluía a la Gestapo), o que eran impotentes ante la situación pese a ser poderosísimos (Hermann Goering), e incluso que "cualquier código personal de ética debe rendirse al carácter total de la guerra" (Karl Brandt)... y hubo gente como Irma Grese que después de reconocer su papel en la selección de presos para las cámaras de gas, trasladó la responsabilidad a Himmler. Incluso Karl Doenitz, el sucesor de Hitler y quien firmó la rendición ante los aliados, cuando se le preguntó en el tribunal de Nüremberg si sabía de los campos dijo "Sí, nunca lo he negado", y usó trabajadores esclavos de los campos para reparar sus barcos.

Rudolph Höss en el juicio
donde admitió todo lo que
los neonazis pretenden negar.
Son notables los testimonios de quienes estuvieron a cargo de los campos, como Rudolph Höss, comandante de Auschwitz de 1940 a 1943. En su declaración, detalló cómo experimentó con distintos venenos para hacer más eficiente la matanza hasta poder matar a 2.000 personas por hora (lo que era problema era quemarlos, declaró).

En su autobiografía relata que, cuando en el verano de 1941 Hitler le dio la orden de "preparar las instalaciones en Auschwitz donde tendrían lugar las exterminaciones masivas, y que personalmente llevara a cabo las exterminaciones, no tenía la más ligera idea de su escala o de las consecuencias. Ciertamente era una orden extraordinaria y monstruosa. Sin embargo, los motivos detrás del programa de exterminación me parecían correctos".

Para más precisión, el 5 de abril de 1946 declaró "Comandé Auschwitz hasta el 1º de diciembre de 1943, y calculo que al menos 2.500.000 víctimas fueron ejecutadas y exterminadas allí con gases y quemadas, y al menos otro medio millón sucumbió al hambre y las enfermedades, haciendo un total de unos 3.000.000 de muertos". Curiosamente, las cifras de Höss hoy se consideran exageradas, probablemente estaba tan orgulloso de su trabajo que las infló para hacer brillar su imagen como exterminador ante la historia.

Orgulloso estaba también Fritz Klein, médico de Bergen-Belsen, que dijo "Mi juramento hipocrático me dice que extirpe el apéndice gangrenoso del cuerpo humano. Los judíos son el apéndice gangrenoso de la humanidad. Por eso los extirpé". Y está la declaración de Alfred Trzebinski, supervisor de crueles experimentos médicos, de que los niños a los que ejecutó eran "sólo judíos", como si eso hiciera menor la atrocidad.

Adolf Eichmann en su juicio, antes de ser
sentenciado a la horca.
En 1961, cuando el encargado de las deportaciones de judíos, Adolf Eichmann, fue apresado en Argentina y llevado a juicio, declaró explícitamente que no negaba los hechos del holocausto, sino que simplemente había actuado "siguiendo órdenes". En su intervención, respondiendo a su propio abogado durante el juicio, señaló claramente: "El Führer había ordenado la destrucción física de los judíos" y narra cómo vio los asesinatos masivos de los Einsatzgruppen, pero sólo como informante, para luego decir que nunca tuvo nada que ver con las ejecuciones por gas en Auschwitz. Y reconociendo que estuvo en la Conferencia Wansee que definió la forma del exterminio de los judíos europeos, se defendió diciendo que era sólo el secretario que tomaba las minutas.

Admitió también, después de intentar negarlo, que en 1945 dijo: "Saltaré a mi tumba riéndome porque la sensación de que tengo cinco millones de seres humanos en mi consciencia es para mí una fuente de extraordinaria satisfacción". Y más adelante, ya condenado a muerte, en correspondencia privada lamentó que no hubieran cumplido la misión de matar a 10,3 millones de judíos, el número total que había en la Europa ocupada.

El segundo en comando de Eichmann, Dieter Wisliceny, dio una detallada y escalofriante declaración sobre el desarrollo de los acontecimientos referidos al exterminio. Sobre la orden de Hitler de emprender la "Solución final al problema judío", documentada en una orden de Himmler de abril de 1942, Wisliceny dice: "Me impresionó mucho este documento que le daba a Eichmann autoridad para matar a millones de personas".Wisliceny documentó en su declaración de 1946 la afirmación de Eichmann sobre su orgullo por haber asesinado a cinco millones de judíos.

Lo mismo que ocurrió con Eichmann pasó en otros juicios puntuales como el de 1996 de Erich Priebke, quien aceptó sus crímenes como capitán de las SS en Roma responsable de deportaciones y asesinatos, pero rehuyó la responsabilidad diciendo también que "seguía órdenes", y apenas en 2012 con el nazi húngaro Laszlo Csatary, responsable de la deportación de más de 15.000 judíos a Auschwitz ocurrió lo mismo: su defensa no fue "eso no pasó", sino "yo seguía órdenes".

Gitta Sereny entrevistando a Strangl
En 1970 Franz Strangl fue condenado a prisión perpetua por sus crímenes. Su carrera comenzó en 1940 en el "Programa de eutanasia Aktion T4" asesinando a miles de discapacitados y personas con problemas congénitos con pretextos eugenésicos. En 1942 fue nombrado comandante del campo de exterminio de Sobibor en Polonia y ese mismo año pasó a ser comandante de Treblinka donde fue responsable de la muerte de 870.000 judíos. Escapó a Brasil donde fue descubierto y llevado a juicio en Alemania.

Strangl fue largamente entrevistado por la periodista británica Gitta Sereny que la publicó en el libro Into That Darkness (Desde aquella oscuridad). En ningún momento Strangl niega el genocidio, el exterminio, su defensa se limita a decir que tardó "meses" en acostumbrarse a los asesinatos y que para soportarlo bebía brandy, hasta que pudo ver a sus víctimas no como humanos ni como individuos, sino como reses en el matadero, como "cargamento". En el juicio diría que él no enviaba a las víctimas a la cámara de gases, sino que sólo seguía órdenes. "Era el sistema y funcionaba", le dijo a Sereny. Nunca sugirió siquiera que no hubiera habido un holocausto.

Capturas de la entrevista de
Lanzmann con Suchomel.
Un caso similar, de un criminal de guerra que cumplió su condena y habló después, cuando podía haberse acogido a la fábula negacionistas de los neonazis, fue el de Franz Suchomel, que participó tanto en el programa de eutanasia Action T4 como en el exterminio judío en los campos de Treblinka y Sobibor y después en las ejecuciones masivas de los Einsatzgruppen en la zona del Adriático. En Treblinka precisamente fue subordinado de Franz Strangl.

Condenado en el "Juicio de Treblinka" de 1965 emprendido por el propio gobierno alemán después de investigar los hechos, Suchomel fue condenado a cinco años en la cárcel. En ninguna de sus declaraciones negó las atrocidades, aunque se presentó como alguien que nunca participó en ellas más que como espectador.

El 27 de abril de 1976, el cineasta francés Claude Lanzmann entrevistó a Suchomel, grabándolo sin que éste lo supiera, en un hotel en el pueblo natal de Hitler. No negó ninguno de los hechos del holocausto, de las atrocidades nazis. Cuando Lanzmann le preguntó cómo era posible que se "procesara" (matara y quemara) a 18.000 personas al día en Treblinka, él aseguró que esa cifra era "una exageración", que el número real era "entre 12.000 y 15.000, pero teníamos que trabajar media noche para conseguirlo".  Murió en 1979 sin cambiar sus declaraciones.

Reinhold Hanning, en las SS en 1942 y
durante su jucio en 2016.
En 2016, dos años después de la publicación original de esta entrada, Reinhold Hanning, guardia de las SS en Auschwitz de 1942 a 1944 fue enjuiciado en Alemania como cómplice en la muerte de 170.000 personas en el campo. Pese al movimiento neonazi que niega los hechos, Hanning dijo que seguía órdenes y que era culpable de "ver una injusticia no haber hecho nada". En sus propias palabras: "Hubo gente a la que se disparó, se gaseó y se quemó. Pude ver cómo los cuerpos se llevaban de un lado a otro o se sacaban. Podía oler los cuerpos quemándose".

Insistamos: 2016.

Tenemos el testimonio de los victimarios, el testimonio de las víctimas (los sobrevivientes, algunos destacados como Primo Levi o Elie Wiesel, pero sobre todo de miles más), el testimonio de los soldados que liberaron los campos, las cámaras de gases, las facturas de Bayer por el gas Zyklon B, las facturas y diseños de los hornos crematorios industriales de Topf e Hijos para quemar miles de cuerpos al día, la desaparición de millones de judíos y gitanos de Europa, la actitud declarada del nazismo hacia quienes consideraban "inferiores"... datos para aburrir. Datos contundentes. De hecho, el genocidio nazi es uno de los crímenes mejor documentados de la historia, en parte por la minuciosidad burocrática de los nazis, que registraron en documentos cuidadosamente quién entró a los campos, quién fue destinado a morir como trabajador esclavo y quién era exterminado de inmediato, sus pertenencias, etc.

Crematorio II de Auschwitz, diseñado, como los de Gusen, Buchenwald, Belzec, Dachau y
Mauthausen por la empresa Topf e Hijos. El diseñador de los hornos, Kurt Prüfer reconoció
saber desde 1943 que en estos hornos se quemaban cuerpos de inocentes liquidados
en las cámaras de gas adjuntas. El dueño de la empresa, Ludwig Topf, se suicidó en 1945.
Junto a esa multitud de datos, fotos, relatos, confesiones, documentos, etc., está un grupo marginal de neonazis que desde la década de 1960 dicen "eso no ocurrió". Es tan descabellado como decir que no ocurrió la conquista de las Galias por parte de César (de hecho, probablemente hay más pruebas del holocausto que de la conquista de las Galias tal como la contó César). Desde entonces se aprovechan de la ignorancia que mucha gente tiene respecto de la historia, de la distancia en el tiempo que erosiona el recuerdo y hace más increíbles las monstruosas atrocidades cometidas, de la sobresimplificación de los hechos y del victimismo, más una buena dosis de conspiranoia. Un buen ejemplo de negacionista es Ernst Zundel, abiertamente nazi, que también difundió la idea de que los ovnis vienen del centro de la tierra, porque nuestro planeta es hueco y a él huyeron los nazis con sus ovnis. El nivel de credibilidad es el mismo.

Los mitos convenientes

Sobre lo contado respecto del holocausto... el problema es que la realidad (ya de por sí atroz) ha sido mitificada por medios sensacionalistas, pero eso no significa que la historia, como disciplina, consigne esos mitos. Dos ejemplos: las lámparas de piel humana y el jabón hecho con grasa humana.

¿Hubo lámparas con piel humana? No hay pruebas de ello así que no se puede afirmar. Ningún historiador lo afirma, sólo aparece en el imaginario popular y en el periodismo malo.

La historia de las lámparas se contó alrededor de la brutal Ilse Koch, esposa de Karl-Otto Koch, comandante del campo de Buchenwald hasta 1943, de la que se decía que gustaba de guardar "recuerdos humanos", especialmente trozos de piel humana con tatuajes y hubo una leyenda de que con tales pieles se hizo la pantalla de una lámpara.

Existen en el National Museum of Health and Medicine (NMHM) y los National Archives (NA), órganos humanos preservados y 6 trozos de piel humana curtida con tatuajes que se encontraron en Buchenwald. Se tienen testimonios de que el propio Karl-Otto Koch ordenó a los guardias del campo que suspendieran su práctica de regalarse "souvenirs" humanos, como serían trozos de piel y cabezas reducidas.

Pero nunca se ha encontrado una pantalla de lámpara hecha de piel humana y no hubo pruebas de que en poder de Ilse Koch (detenida cuando ya no era oficial a cargo del campo) hubiera ni lámparas ni piel ni recuerdos humanos. Pero esa acusación no formó parte de los cargos contra Ilse Koch, a quien se acusó primero de participar en un plan criminal para realizar los asesinatos de Buchenwald. La lámpara vendría a ser un mito sobre las bases reales de souvenirs siniestros entre los guardias del campo.

Otro mito es el jabón con grasa humana. Hay datos de que, bajo las órdenes de Rudolph Spanner en Danzig, en los últimos meses de la guerra se experimentó con grasa humana de las preparaciones anatómicas para hacer jabón con el cual limpiar algunas cosas en el instituto anatómico, y hay testimonios prestados ante el Tribunal de Nüremberg por el ayudante Zygmunt Mazur, que entregó su "receta", y por prisioneros de guerra británicos. Pero los cuerpos para esos experimentos pudieron provenir no de campos de exterminio, sino de hospitales y otras fuentes, y jamás se hizo a escala industrial, como así lo han documentado incluso sobrevivientes del holocausto. De hecho buena parte del mito de que los alemanes hacían jabón con sus víctimas fue un arma de propaganda francesa lanzada ya en la Primera Guerra Mundial. Nadie fue nunca acusado de hacer jabón con grasa humana.

O sea, en cuanto a pruebas: lámparas no, conservación de piel tatuada y otros fragmentos humanos como "recuerdo" sí; jabón sí, pero no a nivel industrial, sólo en experimentos al final de la guerra.

Los negacionistas del holocausto mencionan que estas historias son mentira, ocultando que no fueron parte de las acusaciones en Nüremberg ni son sostenidas por historiadores legítimos, sólo en la prensa sensacionalista. Suponen que, al rebatir lo que dice la prensa sensacionalista, están probando que los nazis eran buenos muchachos. Y fingiendo que el exterminio en campos fue la única barbaridad de la guerra de agresión nazi de 1939-1945.

Las otras muchísimas atrocidades genocidas (no olvidemos los experimentos delirantes de gente como Mengele, Rascher, Eppinger y muchos otros), la deportación y exterminio intencional e industrializado de millones de personas con una red ferroviaria gigantesca diseñada específicamente para llevarlas a su aniquilación, más el trabajo esclavo hasta la muerte, las ejecuciones masivas fuera de los campos contra poblaciones y grupos humanos cometidas por los escuadrones de la muerte llamados Einsatzgruppen (que en una sola masacre de dos días ejecutaron a tiros a más de 33 mil personas en Kiev en 1941)... todo lo que se conoce como "holocausto", pues, no está en duda.

Salvo para el tipo de personas dispuestas a creer que la tierra está hueca, que Hitler sobrevive en su interior con sus altos mandos y nos visita con sus ovnis saliendo por un agujero en el polo sur.

2.2.20

El día que no me jubilé

Si viviera en Australia, a día de hoy podía llevar ya 8 años disfrutando de una pensión, optimizando los recuerdos de una poltrona con espuma de memoria, mirando "Sálvame" y riñendo por la calle a los trabajadores de la construcción por ser unos chapuzas. O ése al menos es uno de los estereotipos del jubilado. Cruel y generalizador como todos los estereotipos, útil para la comedia (que precisamente se apoya en estereotipos, cosa que los ofendiditos no se han logrado meter en las herméticas cabecitas) pero nada más.

Me podría jubilar hoy pero no lo voy a hacer. Cuando le preguntaron a Willie Nelson si pensaba retirarse, preguntó "¿Retirarme de qué?" Sería estúpido pensar que por llegar a cierta edad, debería dejar de escribir canciones, de cantarlas, de ser lo que es. Y yo no pienso dejar de escribir (publicidad, mis libros en Amazon), de escribir divulgación científica (todos los sábados en el suplemento "Territorios" del diaro El correo), de hacer vídeos (más publicidad: visite mis canales El rey va desnudo y Cosas que sabemos), de traducir, de hacer radio (aún más publicidad: en directo los miércoles a las 17:30 en la Radio del Principado de Asturias) y de hacer todo lo que hago porque, por una enorme suerte que quizás no merezco, me gusta lo que hago.

Anexo 1: aquí a los 86 años y medio, el 6 de enero de 2020, el señor Willie Nelson.



No tengo nada contra la jubilación, cuidado, soy un convencido de que un sistema de pensiones generoso, universal y sólido es uno de los pilares de una sociedad justa y solidaria. Pero creo que el sistema es poco flexible porque se basa en una medida que en todos los momentos de la vida es totalmente injusta: el número de vueltas que uno ha dado al Sol sobre este tiovivo planetario.

Por supuesto, mis motivos para jubilarme, yo que me he pasado la vida entre teclados, guitarras, cámaras de fotos, ordenadores, y sillas a veces hasta cómodas en productoras, redacciones de medios y en mi casa, sobre todo, no son ni parecidos a los que tiene alguien que se haya metido 45 años bajando a la mina 5 o 6 días a la semana, o alguien que cada que se puede se lanza a alta mar en un barco más bien frágil a convertir peces en pescados que nos alimenten a todos y cubran las necesidades de su familia.

Anexo 2: La canción conocida como "Traigo la camisa roja", "El pozo María Luisa" o "Santa Bárbara bendita" es el himno de los mineros de Asturias, porque la mina y el barco pesquero son los lugares más duros para ganarse el pan, y tenerlo presente nunca está por demás.



Obviamente hay trabajos que se hacen con menos júbilo, con más peligro, con menos vocación y con más desgaste físico y mental que los que yo he acumulado en la vida. Igualarnos porque tenemos 65 años me resulta totalmente incomprensible. Aclararé que algunos países sí diferencian políticas de pensiones según el trabajo desempeñado, y también según la expectativa media de vida, pero son los menos. En general, el mensaje es que quien trabaje de piloto de pruebas en una fábrica de colchones tiene la misma necesidad física y emocional de jubilarse que quien haya estado en una fundición de acero toda la vida.

Puedes entrar a la escuela a los 6. Tu fiesta de pubertad es a los 13. Puedes sexar a los 16. Puedes votar y beber a los 18 (a veces haciéndolo simultáneamente). Esto es idiota nivel experto. Todos conocemos chicos de 16 años con la madurez necesaria para votar con conocimiento de causa y sobre bases sólidas, y personas de 45 a quienes no dejaríamos cerca de un colegio electoral. Niños de 3 que leen y chicos de 13 que necesitan más tiempo. La edad es un estereotipo, ni siquiera es una estadística fiable. Y sin embargo parece que no hemos podido diseñar otra forma de marcar los hitos más relevantes de la vida.

A jubilarse, abuelo

Así que Rusia, Noruega, Eslovaquia, Japón, la República Checa, Estonia, Finlandia, Letonia, Lituania y Hungría ya me habrían también ofrecido al menos la oportunidad de abandonar la fuerza de trabajo y disfrutar eso que solían llamar "los años dorados". Mientras tanto, Francia, Holanda, Portugal, Bulgaria, Estados Unidos, Dinamarca e Islandia me harían trabajar uno o dos años más antes de concederme mi "bien ganado descanso".

Anexo 3: Algo del buen señor don Premio Nobel de Literatura (todavía no me lo creo), que sigue de tour incesante a los 78.



Pero aquí, en España, la edad de la jubilación son los 65 años, como en Austria, Bélgica, Croacia, Chipre, Gran Bretaña, Luxemburgo, Polonia, Rumania, Eslovenia, Alemania, Malta, Canadá, Suecia y Suiza. O sea que hoy, o en unos meses a lo mucho, podría yo jubilarme, pero elijo no hacerlo.

Eso se dice fácil. Si viviera yo en Corea del Sur, me habrían obligado a jubilarme a los 60 si trabajara en el sector privado y a los 65 si trabajara cobrando de dinero público. A los 65 también se obliga a jubilar a los trabajadores públicos en Filipinas. En Brasil, la Constitución obliga a la jubilación de los empleados públicos a los 70, de los mineros a los 60 y de los jockeys de carreras de caballos a los 50. Sí, suena raro. Otros países sólo tienen jubilación obligatoria para ciertas carreras: militares a los 60 en Australia, jueces y senadores en Canadá a los 75 (yo pensaba que "senado" se refería precisamente a un consejo de personas de edad –senex– que aportaban su experiencia al gobierno de un país). Policías, pilotos, controladores de tráfico aéreo, bomberos y jueces tienen edades de jubilación obligatoria en diversos países.

El hecho es que en los últimos cuatro o cinco años he enfrentado un tipo de discriminación que no me esperaba (uno siempre se siente joven) y que en España es especialmente feroz: el edaísmo, o edadismo, forma de decir "el rechazo, desprecio y legitimidad de la agresión contra una persona por razón de su edad".

No es la primera vez que me toca, claro. En mi adolescencia era demasiado joven siempre. Y luego recuerdo en una ocasión en que, trabajando en la UNAM, el director de la oficina en la que colaboraba (Departamento de Promoción y Difusión Cultural de la Unidad Académica del Bachillerato del Colegio de Ciencias y Humanidades, que era un cubículo de tres metros por uno y medio y donde no cabía ni su rimbombante nombre) presentó su renuncia y me recomendó como nuevo director. Pero el responsable de la Unidad Académica del Bachillerato me informó amablemente que en la UNAM nunca había habido un jefe de departamento de 23 años y que yo no iba a ser el primero, pero que contaba con mi experiencia en la labor promoción del departamento para apoyar a la nueva directora (que no tenía idea del tema). Le entregué mi renuncia y me fui a tomar aire fresco. Y apenas siete años después no me dejaban entrar a ciertos concursos literarios "para escritores jóvenes" porque había cumplido los treinta y las organizaciones premiadoras de la cultura mexicana habían decidido que la condición de "escritor joven" era algo que se evaporaba pasados los 29.

Ni hablar. Nunca tiene uno la edad correcta. Pero como fui parte de las generaciones de la ruptura, de la confrontación con gente como mis tíos, fosilizados en algún momento de la década de 1940, la edad siempre ha sido motivo de reflexión en mi vida, desde los 15, probablemente. Con medio siglo pensando en esto de la edad, alguna conclusión saca uno.

Intermedio: Sería absurdo perderse talento así sólo porque es de "otra generación", si la canción siempre es la misma, que diría Led Zeppelin. Es AJ Lee y Blue Summit.



En la España longeva

En España, la versión que ahora me toca del edadismo es la gerontofobia, es decir, el odio a la gente mayor, a los ancianos –o a los que los demás ven como ancianos, que uno no tiene opinión allí. Te respetan si decides ser hombre o mujer, indígena, musulmán o vendedor de medicinas alternativas, pero no si decides continuar siendo joven, eso lo deciden ellos. Continuamente los comentarios que se me dirigen incluyen menciones a mi edad y a los estereotipos de la edad avanzada, desde las enfermedades hasta la capacidad mental reducida, la fragilidad y la inutilidad. Recuerdo especialmente a un divulgador científico joven y exitoso, parte de una empresa productora para YouTube, que rebrincó con un comentario sarcástico mío hace más de dos años, lo mandé a la mierda y su brillante respuesta fue "¿No está usted un poco mayor para estas cosas?"

 

Pues no, no lo estoy. ¿Te mando de nuevo?

No es la única vez que he leído tal reproche (en persona hay menos valor para soltarlo), la duda de si no estaré un poco mayor para el rock, para ser youtuber, para divulgar ciencia, para hablar de política, para comentar videojuegos, para ir al gimnasio, para compartir música, para ponerme camisetas o chupas de cuero, para usar mi anillo de calavera, para hablar de cómic, para lo que sea (sí, también eso), para vivir... y es frecuente que se asombre alguno de que yo sepa manejar ordenadores y otros dispositivos digitales y tenga que explicar que viví con ellos desde los 18, que mi primer ordenador para ganarme la vida fue anterior a PC y Mac (era una máquina dedicada a la producción de espectáculos de diapositivas, la Show Pro V), y que Steve Jobs y Bill Gates y yo nacimos el mismo año (como Bruce Willis, Kevin Costner o Yo Yo Ma), y que soy más joven que Bruce Springsteen, Samuel L. Jackson o Pierce Brosnan.


Anexo 4: También soy más joven que Steve Tyler... bueno, y que toda su banda, pero seguimos soñando...



Creo que un poco de este rechazo feroz se debe al problema del desempleo español, que se disparó a partir del fin de la dictadura y salvo en 2005-2006, nunca bajó a los niveles medios del resto de Europa. La idea que prevalece es que los viejos deben "dejar espacio a los jóvenes"... claro que esto resulta igualmente arbitrario si no se tienen en cuenta capacidades, rendimiento en el empleo, experiencia, seguridad laboral, productividad, creatividad ni variables similares, sino que la única medida es la edad. Echar a los mayores a la jubilación, a jugar al mus en residencias de mayores y centros de día, o a vivir debajo de un puente, parece ser la idea. Ello permitirá que los jóvenes (ciertamente los más afectados por el desempleo) consigan trabajo y puedan comprarse una casa y un auto y casarse y reproducirse en medio de la abundancia que los cabecitas de algodón (no el sistema, no las condiciones económicas, no el dinero viejo y temeroso español, no, los malditos viejos) les escamotean.


(Si ello redunda en el desempleo de los mayores, si con esta astuta estrategia no se crea ni un empleo nuevo y las tasas de paro general siguen iguales... pues no importa, parece ser la idea, porque ahora los desempleados serían ellos y no "nosotros, la generación que todo lo merece por haberse rebajado a nacer en esta inhóspita sociedad". Vale, exagero, pero es el meollo del tema. "Igual si los viejos se mueren rapidito las cosas mejorarían. Estorbos." Exagero pero no tanto.)

Últimamente, los defensores del extraño gobierno de López Obrador en México con frecuencia me descalifican por "viejo", sin darse cuenta de que soy dos años más joven que su defendido, con lo cual se meten gol en propia puerta. Si la edad descalifica, su caudillo está peor que yo. (Y lo está, pero no por la edad, que lo conozco.)

Siguiendo con los estereotipos atribuidos a la edad, está por supuesto el que mientras mayor es uno, más conservador se vuelve... lógica con la cual los actuales líderes de la derecha española no tienen 38, 39 y 43 años (Pablo Casado, Inés Arrimadas y Santiago Abascal), sino cuando menos cien más cada uno. Y yo debería estar aplaudiendo a los nazis imbéciles títeres de Steve Bannon en lugar de darles cera siempre que se puede.

Esa barbaridad la consagró de manera espectacular la fracasada cofundadora de Podemos, Carolina Bescansa, cuando declaró tronante en 2016 que "si sólo votaran los menores de 45 años, Iglesias ya sería presidente", sugiriendo que los mayores de esa edad eran demasiado fachas como para votar por el pequeño Lenin de Vaciamadrid.

 
Un detalle que se le pasó a la aguerrida revolucionaria de abultada cuenta corriente fue que, al momento de hacer esta declaración de profunda agudeza política, es que ella ya tenía más de 45 años, habiéndolos cumplido en febrero de 2016.

O como cuando, a los 66 años, Rosa María Artal, atrabiliaria periodista y también militante de Podemos atacaba a 11 millones de viejos a los que consideraba "fachas" metiéndose por tanto otro precioso gol en propia puerta.


El panorama electoral de Estados Unidos nos da una pauta de comparación con la España gerontófoba. El actual presidente que busca reelegirse, Donald Trump, tiene hoy 73 años, es decir, tomó posesión del cargo a los 70 (y su problema no es la edad, claro). Sus principales contendientes demócratas hoy en una encarnizada batalla de primarias son Bernie Sanders (78 años), Joe Biden (77 años) y Elizabeth Warren (70 años), aunque están todavía en la batalla candidatos más jóvenes como Pete Buttigieg (38 años) y Andrew Yang (45 años).

Compárese eso con la juventud de los contendientes en las elecciones españolas de noviembre. Es inimaginable hoy en España un candidato de 77 años de edad que son los que tiene, por ejemplo, Felipe González. Y los diputados mayores de 64 son tan pocos que no representan al 16,7% de la población que tiene esa edad.

Y ni qué decir de los medios donde la edad juega contra los periodistas. Difícil encontrar por aquí a alguien como el brillante entrevistador de la BBC Andrew Neill (70 años), John Simpson (que a los 77 no se ha retirado) y difícilmente llenaría teatros alguien como George Carlin, que murió a los 71 años una semana después de su última actuación. Hay una ausencia casi total de gente de más de 60 en la televisión, por ejemplo (muy notoriamente en los informativos, como presentadores o reporteros). Iñaki Gabilondo es una excepción destacada.

Que se jubilen los viejos

Ya lo he dicho pero hay que repetirlo: tener 65 años hoy no es igual a tenerlos años en 1980, ni en 1960. Mi abuela (nacida en 1895), a mi edad, era una anciana con problemas de movilidad, una artrosis que entonces no tenía tratamiento y un derecho gigantesco a pasarse el resto de la vida descansando, lo cual no impidió que siguiera trabajando varios años.

Anexo 5: Robert Finley, que acaba de comenzar su carrera profesional en la música.



Cuando yo era joven, ya sospechaba de la bobada que se decía de "nunca confíes en nadie de más de 30 años", sobre todo porque mi filósofo, Bertrand Russell, había muerto a los 98 años pleno de lucidez (por cierto, el día de mi 15 cumpleaños, en 1970). Su expresión más esperpéntica fue la  película Wild In The Streets, donde un presidente de 24 años recluye en campos de concentración a todos los mayores de 30 y les da dosis masivas de LSD para que no den lata).


Siempre me negué a las guerras generacionales (cuando no sabía siquiera que eran una expresión de esa atrocidad que es la política de identidades, que apenas estaban bautizando unos imbéciles en EE.UU. cuando yo tenía veintipocos), y me sigo negando a ellas, a generalizar en "los jóvenes" o "los niños" o "la gente de mediana edad" cualquier prejuicio, tan absurdo como generalizar a "las mujeres", "los homosexuales", "los negros", "los árabes" o "los viejos". Salvo que esta última generalización todavía es bastante aceptable socialmente. Incluso entre los que van de progresistas y que de un tiempo a esta parte son más conservadores, carcas y regresivos que muchos que supuestamente van a su derecha.

Alguna vez alguien en Quora me preguntaba por qué la gente de 60 años no se sentía vieja si había pasado ya el 85% de su vida. Más o menos respondí que los 60 hoy son como los 40 a mediados del siglo pasado. Mejor medicina, mejor atención, mejores alimentos y conciencia nutricional han provocado el cambio. Y la actitud. No es que vivamos más, solamente, es que vivimos mejor (mi abuela murió de 84, pero en condiciones muy distintas a la de mi abuela política, que murió hace poco a los 94, con dos caderas nuevas que le dieron movilidad alegre en sus últimos años, cortesía de la sanidad pública española). Si tu vida independiente empieza a los 25 (más o menos) y tu expectativa de vida es de más de 75, los 60 no son el 85%, son como el 75%... es decir, te queda la cuarta parte de tu vida adulta por vivir, disfrutar, viajar, ver, oir, pensar, aprender, preguntar, amar... ¿En qué cabeza cabe renunciar a todo eso y pasarse la cuarta parte de tu existencia en calidad de bulto a la espera de la muerte?

O, como diría Chrissie Hynde para celebrar sus 68... You can't let go. Anexo 6.



Sí, la gente de 60 era vieja, enfermiza, mayormente discapacitada. Hoy algunos lo son, por supuesto, pero la generalización no parece tan válida. No estaban, casi, haciendo música, menos aún bailoteando en los escenarios después de una cirugía del corazón a los 75 como Mick Jagger. Y mucha de esa gente mayor carecía de referentes culturales compartidos con la mía, lo que dificultaba horriblemente la comunicación. Distinto del hecho de que yo tuve el número 1 de las traducciones al español de los cómics de Spiderman, Fantastic Four o X Men, y vi "Star Trek" en su estreno (sí, en televisión, ahora empiezo a ver "Star Trek Piccard"), o Star Wars, o Blade Runner. Yo era nerd antes de que fuera bien visto, y sí tengo referentes culturales compartidos con generaciones ulteriores. Yo vi Astroboy, el manga adaptado para la televisión, antes de que se inventara la palabra anime, y me enamoré de la Señorita Cometa antes de que existiera el concepto de otaku. Crecí con el rock en varias de sus encarnaciones y el rap nació cuando yo tenía 18. Obviamente hay abismos culturales, pero hay puentes razonables para cruzarlos en puntos relevantes.

No nos sentimos viejos, pues, explicaba yo. Vintage, clásicos, de larga tradición, masterclass, bien versados, inveterados, jóvenes con mucha experiencia en el puesto o cualquier otra palabra menos pretenciosa, no viejos.

Yo estoy traduciendo, escribiendo dos libros, pensando en volver a escribir literatura, preparando una nueva serie en YouTube, haciendo radio, ayudando a organizar una especie de movimiento sindical entre youtubers, descubriendo nueva música de creadores sobre todo muy jóvenes (muchos de menos de 20 años), atento a la vida de mis hijas mayores, que se han dado muy bien; esperando conocer a mi primera nieta ya nacida y a otro que nace en julio, y viviendo la aventura de criar a un hijo joven. No tengo mucho interés ni tiempo para el retrovisor ni para patrañas sobre "mis tiempos" porque mis tiempos son éstos, con cosas que me gustan y cosas que detesto, como ya me ocurría a los 17 años. Tengo más proyectos que biografía y no pienso perder el tiempo en un pasado que ya viví, cuando todos los días tengo que vivir en el presente y pensando en el futuro, cuando es más emocionante lo que voy a hacer que lo que ya hice.

Así que hoy cumplo 65 años y es el día que no me jubilé.

No necesito su mecedora, como dijo George Jones.

Anexo 7: