9.6.18

Dentro de la mente de Israel y Palestina

(Nota: Este artículo de Maajid Nawaz apareció por primera vez el 18 de octubre de 2015 en la publicación The Daily Beast. A raíz de los violentos acontecimientos que se produjeron por la inauguración de la embajada estadounidense en Jerusalem, le pedí su autorización para traducirlo y publicarlo, que amablemente concedió. Prácticamente todo lo que escuchamos y leemos sobre este conflicto que ya cumple 70 años está teñido por el sesgo y la idea de que uno de los dos bandos tiene razón y cuanto hace es justificable, mientras que el otro es inhumano, brutal, totalmente despreciable y ni siquiera se le debe escuchar. Esto lo vemos entre los que se erigen en defensores de Israel tanto como en quienes se consideran solidarios con Palestina, además de verlo en las poblaciones de ambos vecinos. Ambos olvidan que de los dos lados de las líneas de conflicto hay seres humanos con todas las características que distinguen -e identifican- a todo ser humano, todo eso que nos hace iguales. Nawaz consigue recordárnoslo de modo elocuente. 
Como ocurre con el artículo original, esta traducción también puede ser reproducida libremente con los créditos correspondientes al autor, a la publicación original y al traductor, sin modificaciones y sin fines de lucro. MJS)
Maajid Nawaz, británico de origen pakistaní, fue miembro del grupo islamista
Hizb ut-Tahrir, por lo que de 2001 a 2005 estuvo en prisión en Egipto, donde
conoció el pensamiento de la Ilustración y la razón. En 2015 fue
candidato liberal demócrata al parlamento. Es fundador de Quilliam,
un think tank cuyo objetivo es desafiar las narrativas
del extremismo islamista. 
Dentro de la mente de Israel y Palestina
¿Cómo pueden ambos lados estar equivocados y tener razón al mismo tiempo?
Maajid Nawaz

18-10-15 12:01 AM ET

LONDRES — Una vez más el mundo observa mientras, una vez más, Israel-Palestina estalla. Los conflictos allí en ocasiones se olvidan, pero nunca desaparecen y, por supuesto, hay muchas explicaciones de lo que está ocurriendo. Quizás demasiadas.

Como alguien que solía ser islamista, que en el pasado rechazó el derecho de Israel a existir y deseó luchar contra él, lo que sigue es una conversación que he tenido en mi propia cabeza durante muchos años. Ésta será una conversación que les resultará incómodo leer a muchos, pero bienvenidos a mi cabeza:

Soy palestino. Esto será incómodo para ti. Permíteme explicar por qué estamos tan furiosos.

Soy israelí. Esto te enfurecerá. Permíteme explicar por qué estamos tan incómodos contigo.

Usurparon nuestra tierra ancestral de Palestina. Importaron extranjeros de Europa para ocupar nuestros pueblos. A su paso, dejaron a millones de nosotros sin hogar y sin nación. Han ignorado múltiples resolutiones de la ONU que específicamente los categorizan como una potencia ocupante y reconocen nuestro derecho a tener una nación. Tomaron 60 por ciento más de lo que la ONU les prometió originalmente en 1948 y aún siguen ocupando muchas zonas más allá de la llamada línea verde de 1967 green line. Como potencia ocupante no tienen legitimidad en nuestras tierras. No los reconocemos.

Antes del sigloXX no existía una identidad tal como "Palestino". Ustedes eran árabes que vivían en Levante. Obtuvimos el apoyo de la ONU para declarar el estado de Israel en 1948. Los estados árabes declararon la guerra contra un Israel apoyado por la ONU en 1948 y perdieron. Jordania y Egipto entonces se hicieron con el control de Cisjordania y Gaza, respectivamente. ¿Por qué no les dieron la ciudadanía entonces, o declararon un estado Palestino para ustedes cuando tenían el control? En vez de ello, declararon la guerra contra nosotros en 1967 y de nuevo en 1973, tratando de quitarnos nuestro estado apoyado por la ONU. Perdieron en todas y cada una de las ocasiones, y a cambio tomamos Cisjordania y Gaza. Esto era la guerra. En términos sencillos, ganamos -tres veces- contra todos los estados árabes unidos. No les negamos el derecho a un estado ahora, pero hasta el día de hoy ustedes niegan el nuestro. No podemos negociar en esos términos.

Sí, con esto estoy de acuerdo, los monarcas y dictadores árabes nos han fallado una y otra vez. Han usado nuestra causa para aplastar toda disidencia interna etiquetándola como una conspiración sionista y nos han negado la doble ciudadanía en el proceso. Pero si fuera simplemente un asunto de reconocer su derecho a existir, ¿por qué siguen apoyando la construcción de asentamientos ilegales profundamente en Cisjordania?

Estamos preparados para intercambiar tierras con ustedes en Judea y Samaria -equitativamente- a fin de contener la mayoría de esos asentamientos, pero para hacer eso necesitamos que reconozcan nuestro derecho a existir, de modo que el acuerdo final de paz no se dispute legalmente. ¿Cómo podemos confiar en que no conviertan Jerusalén en un baño de sangre cuando 64 por ciento de los habitantes de esa ciudad son judíos? Luego están los judíos de Judea y Samaria. Los ciudadanos árabes viven relativamente bien en Israel, pero no les podemos confiar el bienestar de los judíos en Judea y Samaria.

¿Judea y Samaria? Incluso le cambian los nombres a nuestras tierras. Se llaman Cisjordania (la Margen Occidental, N. del T.). El problema de Palestina no es con los judíos, sino con su ocupación. Si los colonos judíos ilegales de de Cisjordania estuvieran preparados para aceptar la autoridad de nuestro gobierno, fácilmente podríamos concederles la ciudadanía palestina tal como ustedes han hecho con los árabes israelíes. El motivo por el que no "nos los pueden confiar" es porque se niegan a aceptar los mandatos legales de la Autoridad Palestina. Son fanáticos impulsados religiosamente que creen en el Gran Israel. ¿Cómo se sentirían ustedes si los fanáticos musulmanes árabes israelíes se negaran a aceptar sus mandatos en lo profundo de Israel? Claro que habría tensión. A cambio, esos árabes se han integrado relativamente bien allí, aunque hay espacio para mejorar.

Sí, los árabes israelíes se han integrado relativamente bien. Aunque sospecho que eso tienen tanto que ver con nosotros como con ellos. Ambos lados merecen crédito por ello, ¿no te parece? Debo volver más adelante a tu afirmación de que los palestinos no tienen un problema con los judíos por sí mismo. Pero en cuanto a la intransigencia de esos colonos quizá tenga razón. Pueden ser increíblemente necios. Pero si ustedes les piden a esos colonos que acepten sus mandatos ¿por qué siguen sin reconocer a Israel? La misma ONU a la que hacen referencia les concede a ustedes, y nos concede a nosotros, este mismo derecho a existir. No pueden tenerlo todo. Miren, Egipto hizo un trato con nosotros y les devolvimos el Sinaí. Hemos estado en paz desde entonces.

Los ocupantes no tienen derecho a presentar exigencias, ¿por qué no se retiran simplemente y les daremos el reconocimiento?

Pero ya intentamos eso en Gaza en 2005 y ustedes siguieron disparando cohetes contra nuestros publados, tratando deliberadamente de matar a nuestra población civil. La retirada de Cisjordania es incluso más peligrosa porque en Jerusalén ahora vivimos unos junto a otros.

¿Retirada de Gaza? Se "retiraron" de Gaza pero no reconocieron a nuestro gobierno democráticamente electo allí. Luego impusieron un bloqueo alrededor de nuestro mar y controlaron a qué tiene acceso nuestra población por tierra. Gaza no es más que un campo de prisioneros increíblemente denso. ¿Qué opciones tiene la gente de Gaza salvo continuar con la resistencia?

¿Qué democracia hay en Gaza? Los palestinos no han celebrado elecciones en Gaza desde la guerra civil de 2007 en la cual Fatah y Hamás empezaron a matarse entre sí. Esto dejó muertos a 260 palestinos de Fatah y a 176 de Hamás. Hamás ahora está a cargo de Gaza. Pero Hamás no es más que un grupo terrorista yihadista que anima el asesinato de civiles como blancos legítimos. ¿Cómo podemos confiar en cualquier autogobierno palestino en Cisjordania, si Gaza se ha convertido meramente en una dictadura islamista?

¿Y ustedes no matan civiles? ¿A cuántos mataron durante sus bombardeos de Gaza en 2008, 2012 y 2014 respectivamente, usando como blancos a hospitales y escuelas?

Sólo atacamos objetivos militares, y los definimos como los lugares desde los cuales se lanzan las operaciones militares de Hamás contra nosotros. No teneemos una política estatal de apuntar directamente a sus civiles y niños, matándolos porque pensemos que es inherentemente bueno matar a civiles palestinos. Hamás sí tiene esta política contra los israelíes. ¿Cómo justifican esto?

¿Justificar esto? Ustedes han matado a muchos más civiles en Gaza de los que esos cohetes de Hamas han matado en Israel. Según sus propias cifras, la Operación Plomo Fundido de 2008 causó 295 muertes de civiles palestinos y tres de israelíes; Pilar de la Defensa en 2012 llevó a la muerte de 57 civiles palestinos, en comparación con sus cuatro, y para la Operación Borde Protector de 2014, ustedes están de acuerdo en que de los 2.125 habitantes de Gaza que dicen que murieron, el 50 por ciento eran civiles.

A esta escala, no sirve de nada decir que no habían tenido como objetivo a nuestros 2,000 muertos, mientras que nosostros sí fuimos por sus tres muertos, de modo que ustedes son moralmente mejores. Una persona muerta es una persona muerta.

Bien, puedo ver cómo la escala de esas cifras no es reconfortante para ustedes, y por qué estarían furiosos. Por supuesto, deben sentir el dolor de esos muertos no menos agudamente de lo que nosotros sentidmos el dolor de quienes hemos perdido nosotros. Pero les pido que se planteen que la única razón por la que siquiera conocen esas cifras es porque somos una democracia. Publicamos nuestros errores y hacemos todo lo posible para evitar matar civiles. Somos transparentes. Incluso nuestro ex primer ministro, Ehud Olmert, ha sido juzgado y condenado por corrupción por una mesa del Tribunal Supremo israelí encabezado por un juez árabe llamado Salim Joubran. ¿Lo ven? Un juez árabe acusó a un ex primer ministro israelí. Gobernamos mediante un estado de derecho.

Sin embargo, Hamas no sabe de algo así. Selecciona deliberadamente escuelas y hospitales desde donde atacar a nuestra población civil. No tienen respeto por la vida ni ningún estado de derecho. Vuelvan la vista a 2012, cuando Hamas ejecutó sumariamente a ocho palestinos a los que acusaron de ser colaboradores, arrastrando sus cuerpos por las calles con motocicletas, y vuelvan la vista hacia 2014, cuando Hamas ejecutó a 23 habitantes de Gaza. Sé que debe ser doloroso para ustedes, pero por favor comprendan que no estamos tratando de matar a sus pobladores civiles, estamos tratando de impedir que Hamas mate a los nuestros.

Pero ustedes también tienen a sus terroristas. En julio pasado, Mohamed Abu Khdeir, el adolescente palestino que fue secuestrado y asesinado en un supuesto asesinato por venganza de extremistas israelíes, fue quemado vivo.

Quiero decir quemado vivo, tal como lo hace ISIS.

Luego, dos hogares palestinos fueron incendiados en Duma, en la Cisjordania Ocupada. El pirómano dejó graffiti en las paredes que decía "venganza" en hebreo. Este ataque mató a la mayoría de la familia Dawabsheh, incluido un bebé de 18 meses llamado Alí. Según la ONU, se han documentado al menos 120 ataques de colonos israelíes en la Cisjordania ocupada desde el comienzo de 2015. Y un reciente informe de Yesh Din, una organización de derechos humanos de su propio país, demostró que más del 92,6 por ciento de las denuncias que los palestinos presentan ante la policía israelí quedan sin que se presenten cargos. De hecho, ¿no fue un terrorista israelí quien mató a su ex primer ministro Yitzhak Rabin?

Sí, nosotros también tenemos a nuestros terroristas. Y por esas muertes de civiles, y otras, lo siento terriblemente. Sólo puedo expresar la total repugnancia con la que muchos de nosotros vemos estos asesinatos. De hecho, todos protestamos por el asesinato de ese bebé. Pero nuestras leyes persiguen a nuestros terroristas, los arrestan y los condenan. Nuestro primer ministro, los medios y los políticos los condenan. No festejamos a estos terroristas. Solo desearía que a veces también viéramos en Palestina protestas contra sus propios terroristas.

De hecho, en el resto del mundo, vemos muchas menos protestas contra las masacres cometidas por grupos o estados árabes y musulmanes. ¿Por qué esta obsesión incesante sólo con Israel?

En cambio, en la sociedad palestina, lo que vemos es un amplio antisemitismo y una celebración de las operaciones de asesinato y de suicidio. Este mes, cuando dos colonos israelíes, marido y mujer, murieron a tiros en su auto frente a sus hijos, no vimos ninguna protesta palestina. Lo que vimos en cambio fueron sermones de predicadores como Muhammad Sallah "Abu Rajab" en la mezquita de Al-Abrar en Rafah, incitando a una mayor violencia contra "los judíos" con impunidad, mientras perversamente blandía un cuchillo y se sacudía demencialmente durante lo que se suponía que era un sermón religioso en una mezquita. "Oh hombres de Cisjordania, la próxima vez córtelos en las partes de sus cuerpos", dijo. "Algunos deben inmovilizar a la víctima mientras otros la atacan con hachas y cuchillos de carnicero".

Sí, quizás los palestinos deberíamos darle mayor volumen a nuestra protesta pública contra estos fanáticos, y tendemos a generalizar demasiado sobre "los judíos". Nuestros terroristas empañan nuestra identidad nacional tanto como los terroristas judíos mancillan la suya. Y acepto que deberíamos protestar contra nuestro terrorismo tan ruidosa y públicamente como se ha visto a los israelíes protestar contra los suyos. Un mejor liderazgo ayudaría aquí. La internacionalización del problema de Palestina, especialmente su secuestro por parte de los yihadistas, ha dificultado que se lleve a cabo una conversación racional. La indignación selectiva es un verdadero desafío para nuestras comunidades. Pero, de manera similar, su sociedad no protesta por la matanza masiva de nuestra gente a la que me he referido anteriormente, por su máquina militar.

Entendemos que nuestras fuerzas armadas pueden cometer errores y se someten a escrutinio periódicamente. Pero ustedes deben admitir que nuestra sociedad generalmente no glorifica vuestra muerte ni se deleita en ella. Donde esto sucede, se ve con desaprobación. No se festeja. Regularmente damos tratamiento a palestinos que están enfermos. Mire el caso de esta mujer que trajo a su hijo a nuestro hospital para recibir tratamiento. Después de que los israelíes trataron y salvaron a su hijo Muhammad, un periodista le preguntó si todavía le gustaría pelear contra Israel, y ella respondió: "La vida es valiosa (para ustedes) pero no para nosotros. La vida es cero. Es por ello que tenemos bombarderos suicidas, no tienen miedo (de la muerte) ... Ninguno de nosotros, incluso nuestros hijos, tememos a la muerte. Es lo natural para nosotros ". Luego le preguntó: "¿Le gustaría que su hijo fuera un mártir?" Y, para su sorpresa, ella respondió: "Por supuesto...  si es por Jerusalén, no hay problema". ¿Y se preguntan por qué no podemos confiar en ustedes? Acabamos de salvar la vida de su hijo en nuestro propio hospital, y sin embargo, así es como ella habla de nosotros cuando la entrevistan inmediatamente después.

Sí, esto es un tanto desmotivante para ustedes, entiendo. Y permítanme darle mi agradecimiento personal a sus muchos médicos y personal médico humanitarios, que trabajan incansablemente para salvar vidas humanas. Pero por favor no nos humillen con su benevolencia. Somos un pueblo sin nada. Lo que teníamos en Gaza ahora ha sido bombardeado hasta su desaparición. ¿No pueden ver que esto es lo que le sucede a una sociedad que ha renunciado a la esperanza? La ocupación es, por definición, una operación militar. Y las operaciones militares brutalizan a la sociedad. El nuestro es un pueblo que no ha conocido más que el yugo de una bota militar desde 1948. Sus colonos ilegales se están asegurando de que los hechos sobre el terreno se inclinen a favor de un Gran Israel. Sentimos que no nos queda más que luchar. Nos hemos rendido y muchos de nosotros creemos que una solución de dos estados ya no es siquiera viable.

Pero una solución de un solo estado significaría que los judíos volverían a ser una minoría dentro de su propio estado.

Allí tienes una democracia laica. Un hombre, un voto.

No, no lo es. Ninguna nación, ni siquiera las democracias laicas europeas más maduras, aceptarían una afluencia de inmigrantes de la noche a la mañana, de tal manera que inmediatamente se convirtieran en mayoría. ¿No pueden ver los problemas que está causando el debate sobre la inmigración en Europa y América ahora?

Entonces, ¿estás abogando por un estado de dos niveles en Israel, uno en el que los israelíes controlan y los palestinos sirven, un apartheid? Es por esto que el movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) está ganando terreno.

Absolutamente no. Mire a los árabes israelíes, musulmanes o no, que según su propia admisión están relativamente bien integrados. Aunque con mucho margen de mejora, los musulmanes árabes israelíes como Lucy Aharish sirven como presentadores de televisión, jueces del tribunal supremo como Salim Joubran y ministros del gobierno como Raleb Majadele, incluso algunos de nuestros críticos internacionales más destacados como la árabe-musulmana Rula Jebreal, tienen la ciudadanía israelí. Pero Israel fue fundado después del Holocausto como el último refugio seguro para los judíos del mundo. Todavía tenemos sobrevivientes reales del Holocausto. Nunca más podemos ubicar a estos sobrevivientes en un contexto minoritario y esperar que confíen en la sociedad en general, ya que confiaron en Alemania. Es increíblemente traumático para nuestra psique colectiva. Nuestro problema no es con los palestinos, sino con la inmigración palestina (o, como dirían ustedes, el derecho a regresar). Tenemos mezquitas dentro de Israel. La mayoría de los árabes, cuando son encuestados, preferirían la ciudadanía israelí a vivir bajo la Autoridad Palestina. No hay Apartheid. El movimiento BDS descansa en una analogía defectuosa con Sudáfrica y no promueve nada más que el posterior quiebre de la confianza mutua.

Debo admitir que me siento increíblemente incómodo cuando el BDS se usa para boicotear a artistas, cineastas y académicos israelíes, especialmente cuando a menudo son las voces críticas, de centroizquierda, árabes y judías del interior de Israel. Pero entonces, ¿por qué, si siguen interesados en una solución de dos estados, Netanyahu no impide que estos colonos ilegales conviertan a Cisjordania en una colonia del Gran Israel?

Sí, estoy de acuerdo, algo debe hacerse al respecto. Esos colonos deben retirarse, lo concedo, y la categoría de Estado para Palestina es un derecho que ya he aceptado. Pero, al igual que ustedes, parecemos comprometidos con la opinión pública de un pueblo traumatizado. Y nuestra derecha religiosa hace presa de esto, al igual que la vuestra hace presa de los temores palestinos. Nuestra sociedad ha dejado totalmente de confiar en cualquier cosa que ustedes tengan que decir. Y las democracias son especialmente vulnerables al trauma público de esta manera.

Sin embargo ... tú y yo parece que hemos pasado de la desconfianza mutua y la ira a ...

...un acuerdo general de que se necesita un liderazgo audaz de ambas partes para alejar a nuestras respectivas sociedades de la victimización y la autocompasión, y llevarlas hacia un camino de diálogo y reconciliación.

Sí, eso parece. Parece que tienes muchos datos a tu disposición. Perdona, pero no he tenido acceso al idioma inglés, a los estándares internacionales en educación, ni al mundo exterior. Toda mi vida, he estado atrapado en Gaza. Pero por ahora debo irme. Por favor, no le digas a Hamás que hablamos. Me señalarán como traidora. Y no le digas al IDF que mi marido es miembro de Hamás, podrían bombardear a mi familia "accidentalmente".

Daniel Baremboim dirige la West Eastern Divan Orchestra, que creó junto con
Edward Said en 1999. Sus integrantes son músicos jóvenes que proceden de
Egipto, Irán, Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria y España.
Su música es de todos.
_______________

(Nota del traductor: En la guerra de Yom Kippur, en 1973, un fenómeno me marcó inesperadamente. Tenía varios buenos amigos en el bachillerato, en la Ciudad de México, desde indígenas mexicanos hasta descendientes de inmigrantes españoles, italianos, argentinos, suizos y estadounidenses. Dos de ellos, un judío de origen europeo y un cristiano libanés, eran además cercanos entre sí. Los llamaré Jack y Ramiz, porque son sus nombres reales, por si se reconocieran aquí. En cuanto se anunciaron las hostilidades, una tercera guerra entre Israel y el mundo árabe, dejaron de hablarse, se empezaron a cuidar de colocarse muy alejados en el patio escolar (una escuela fundada por refugiados españoles republicanos de izquierda), en el aula, en el laboratorio de química. Ramiz era un gran baloncestista, pero cuando el equipo de la escuela jugaba, Jack ya no estaba allí para animarlo. Intenté por varios medios que se sentaran a hablar. No era comprensible que se vieran como enemigos estando tan lejos de los acontecimientos y, más aún, habiendo nacido los dos en México, de familias inmigrantes. El acertijo de sus pasiones, del odio súbito que nació en ellos y no sé si se diluyó para cuando, en 1978, nuestra graduación del bachillerato nos lanzó por caminos diferentes, me ha perseguido toda la vida. Gente igual, gente simple, gente común y corriente que formaba un grupo de "nosotros" de pronto se dividió entre "ellos" y "nosotros". Era la pequeña muestra en casa de las pasiones que subyacían a los conflictos en Medio Oriente relacionados con Israel. Un año antes, una organización terrorista palestina había secuestrado y asesinado a 11 atletas israelíes en la Villa Olímpica de Munich durante la celebración de los juegos olímpicos.

Avance rápido a julio de 2014. En mi pequeña ciudad actual, Gijón, va a presentarse el espectáculo de danza y música Sheketak. A la entrada del teatro, un grupo de unos 50 manifestantes en los que identificamos a la izquierda más militante y radical, intentan impedir que el público acceda al teatro. Su objetivo, boicotear el espectáculo -de danza y música, reitero- por las acciones indefendibles de Israel contra los palestinos, sobre todo en Gaza. Los artistas, mayoritariamente muy jóvenes, son llamados asesinos de niños, ocupantes, genocidas. ¿Entiendo el rechazo a las políticas de Israel? Lo entiendo y lo comparto. ¿Puedo confundir esas políticas con este espectáculo? No, del mismo modo en que no boicotearía la presentación de Taylor Swift en protesta por las horribles políticas de Trump. Los manifestantes se agitan, alguno se cuela al interior del teatro.el puñado de policías presentes se ve acorralado, un conocido activista se enfrenta a ellos, lleva un palo en la cabeza (que amortizaría con creces), ahora los manifestantes son víctimas y la policía asume el papel de malvados represores (y no, digamos, de defensores que impiden que manoteen al público o boicoteen un espectáculo -de danza y música, lo digo de nuevo-. ¿Cómo hacer entender a esos manifestantes, tan convencidos y honestos como desencaminados y montados en una posición binaria, maniquea, de blanco y negro, que la realidad es más compleja y que todos tienen razón?

Maajid tiene una respuesta. Es tan buena respuesta que espero que al menos sirva para que alguien que pase por aquí reflexione un poco sobre lo que ha visto, lo que le han contado, la forma en que ha juzgado a quienes de uno y otro lado mantienen una situación inaceptable. Gracias por eso, Maajid.)

18.3.18

Ya no hacen turistas como los de antes


¿Vio usted La muerte en Venecia? Así eran los turistas. Venían de sombrero y corbata, y los niños de marineritos y cuando levantaban la voz la abuela, con cuello vuelto y sombrero de medio metro de diámetro, les daba un zurriagazo con el paraguas y los ponía más quietos que los santos esculpidos en el pórtico de la iglesia.

Gente pudiente, gente bien, gente con clase, con estilo, con savoir faire, que iba por el mundo a cultivarse y a sufrir el spleen mientras dejaba propinas de tres libras, que por entonces daban para comprarse un chalé y todo.

La cosa mejoró mucho con el avión. ¿Usted sabe quién se podía pagar un vuelo de Washington a España? Veinte millonarios que hicieron su fortuna traficando alcohol y en tiendas de ropa. Veinte. Venían a Madrid y los veía uno de traje, con la pipa, la mujer atrás con los dos niños de punta en blanco. Si venían al pueblo lo admiraban como si fueran las putas pirámides de Egipto y dejaban propinas, aunque menos que los británicos, que siempre quieren sobresalir.

Pero ahora... Dirá usted que soy pueblerino y no sé, pero el dato es que en 1974 hubo 421 millones de pasajeros de aviones en todo el mundo. Y no eran turistas: hombres de negocios, sí, hombres, eran esos tiempos y así, políticos, diplomáticos, espías de la guerra fría. Turistas pocos pero de clase. Ava Gardner y Ernest Hemingway, joder. Pero en 2014 viajaban ya 3.210 millones de pasajeros. La mitad del puto planeta. Que sí, que no es la mitad la que vuela, unos vuelan mucho, otros nada, pero la plebe que vuela, oiga qué horror. Turistas que vienen y miran sin entender y se ríen del tío Manolo con la azada y las alpargatas, y se comportan como cavernarios y visten todos el traje regional éste de los Estados Unidos... no el de cowboy, no... la camiseta con los pantalones cortos y las sandalias y la gorrita como la de Trump. Parecen un ballet folklórico, todos iguales. Siempre espero que de pronto hagan un crowdfunding... no un flashmob... y se pongan a cantar a cuatro voces una canción de Fred Astaire.

Son unos búfalos de agua en estampida, es lo que son. No saben cuidar ni los caminos ni saben no meterse donde no deben, y se mean en el arroyo y nos miran como si fuéramos indígenas amazónicos del siglo XV. Ya he visto de reojo a alguno encender un mechero Bic a ver si nos asustamos con su magia. Ganas de quemarle las barbas a lo hipster que traen, es lo que quiero.

Porque esto seguro es cosa del gobierno. Nos quieren imponer un modelo de turismo donde el turismo bueno ése de vamos a tomar las aguas a Venecia no llegue aquí, a donde nos mandan el cascajo, las chusmas, las masas mal lavadas. Gente que debería quedarse en su pueblo al menos hasta que se eduquen y ganen un buen sueldo. Pero no, los ricos a jodernos: 30 euros el vuelo de Londres a Castellón de la Plana. Menos que una mariscada. ¿Quién va a venir? ¿El príncipe Harry? No, señor, viene el del carrito del pescado con patatas porque le sale más barato que irse a bañar en sus propias playas, que seguro están limpias y allí no le dejan echar las cascas de las pipas a la puta arena.

¿Quién se cree esta gente? Obreruchos y aldeanos, estudiantes a medio hacer, oficinistas más pálidos que la merluza que se están metiendo, funcionarios, dependientes de tiendas, hooligans y chavales de viaje de estudios. ¿Estudios de qué? ¿Me vienes a estudiar a mí, tú, chaval? A estudiar a la escuela, no a mi pueblo. Y claro, tienes al hijodetodasu Remedios la de la casa verde, que para ganarse unas perras se mete a Airbnb y cobra por noche la mitad que el hotel que está aquí a cinco kilómetros de nada, que yo de chaval los hacía en una hora cargando dos baldes de agua de diez litros y arreando a las ovejas del abuelo. Pues tócate los cojones, ahora duermen en el pueblo,  nos están gentrificando a palos. Porque cuando el hijo de la Remedios se compró el Mini con lo del Airbnb pues cuatro chavales con ordenador empezaron a alquilar desde una habitación hasta el corral de los puercos como "cabaña ecológica". Y la gente viene y les paga y nos jode desde que amanece hasta que vuelve a amanecer.

Es el gobierno, te lo digo. Esta gente no tiene nada qué hacer de turista. Sólo nos viene a tocar los cojones, pero con tambor... te digo, que si no me fuera yo dos o tres veces al año a Balbriggan, que es un pueblito irlandés majísimo, aislado y con una playa coquetísima, me volvía yo loco. Porque allá al menos puedo pasear y comer y estudio algo de las costumbres y practico el ínglis y me puedo coger unas moñas monumentales en el pub donde los locales, que están medio atrasados, todas las noches tienen fandango con guitarras y mandolinas y flautas y gaitas... es cojonudo. Pillo por Airbnb la casa de Paddy McAchis Enlamahr y, si compro el billete con antelación, por 100 euros me pongo en Dublin y estoy a una hora del pueblo en Uber. Es fantástico que currelas como yo, que vivimos con esos sueldos de mierda, al menos podamos huir de este infierno turístico de cuando en cuando.

Hijos de la gentrificación, así os cierre el Airbnb la Colau si llega a presidenta.

17.3.18

Oposición e institución

(Dos actualizaciones interesantes al final: cómo está informando alguna prensa de lo acontecido y cómo se viralizó la desinformación sobre la muerte que detonó los disturbios.)

Cuando uno es oposición para tomar el poder en las instituciones, se come unas broncas horrendas cuando finalmente lo toma. Pero cuando uno es oposición para destruir a las instituciones, quedar al frente de ellas puede ser una absoluta tragedia ideológica.

Esta reflexión viene al caso con el nudo que se han hecho las autoridades municipales de Madrid y el partido al que representan, Podemos (aunque oficialmente lleven otro nombre), con los disturbios de Lavapiés. Primero, algunos de sus miembros automáticamente culparon a la policía de la muerte del inmigrante Mame Mbaye y, antes de hacer la preceptiva investigación para saber las condiciones reales de la muerte del hombre, lanzaron sus habituales tuits acusando del fallecimiento a la policía, al racismo y a la horrible ausencia de derechos humanos que sufre España en su imaginario. Ya empezaban a quemar las instituciones otra vez cuando alguien les recordó que los responsables políticos, si la policía era culpable (de lo que hay dudas enormes), eran ellos mismos. Que las instituciones, esta vez, eran ellos.


Allí empezaron los problemas. Para cuando la noticia llegó a los medios mundiales, ya no era "un inmigrante muere de un infarto y, según algunas versiones, poco antes fue perseguido por la policía por hacer venta irregular en la calle, de modo que la persecución pudo haber influido en su lamentable deceso, pero nadie tiene idea, por lo que las autoridades han emprendido una investigación"... la noticia ya era "Migrant African Street Vendor Killed By Police" (Vendedor callejero inmigrante africano asesinado por la policía). Y ese favor se lo estaban haciendo a Podemos nada menos que sus amigos de TeleSUR, la televisión del gobierno de Nicolás Maduro.

La confusión llevó a la indignación y antes de que nadie pudiera hacer ninguna investigación, se desataron disturbios en Lavapiés, barrio en el que vivía Mame Mbaye y donde viven muchos inmigrantes senegaleses. La policía trató de sofocar los disturbios con la clásica delicadeza de la policía (hay un vídeo en el que un policía, de modo absolutamente grauito, le da un porrazo por la espalda a mi amigo, el galardonado fotógrafo mexicano Juan Carlos Rojas). Aparecieron "solidarios" que igual eran despistados que cuadros anarquistas especialistas en la batalla callejera o neonazis que vieron su oportunidad de golpear gente de piel oscura o hacerlos quedar mal, y las calles ardieron durante varias horas.

Momento en que un policía golpea a Juan Carlos Rojas por la espalda. (vídeo en https://www.facebook.com/juancarlos.rojas.16/videos/2020490067964331/)
Al día siguiente, que es hoy, las autoridades madrileñas trataron de corregir el rumbo, pero las brasas prenden con facilidad y, cuando el cónsul de Senegal llegó una hora tarde a Lavapiés para reunirse con los inmigrantes a los que al parecer tampoco ha defendido demasiado, éstos le reclamaron, se calentaron y el asunto se saldó con otro enfrentamiento con la policía, el cónsul sacado in extremis por las fuerzas del orden y varios detenidos, todos españoles, señalados como responsables de destrozos varios.

Hasta ahora esto es lo poco que sabe el ciudadano de a pie. La ultraderecha está enardecida culpando a los inmigrantes senegaleses de cuanto haya podido pasar en España desde que se casaron Isabel y Fernando, y la ultraizquierda está al parecer muy satisfecha porque se ha demostrado que en España hay racismo, y ese racismo tiene la culpa de todo desde que se casaron Isabel y Fernando. La verdad de los hechos parece importarles muy poco a los dos bandos y, si hay una investigación, cualquier conclusión a la que llegue será impugnada, no por falsa, sino por no ajustarse a los deseos e intereses políticos de los que han politizado todo el asunto eludiendo sus enormes complejidades (y pocas cosas más complejas que el fenómeno de la inmigración irregular, con su carga de espinosas sutilezas políticas, económicas, sociales y, sobre todo, humanas, que plantea un desafío enorme a todos los países opulentos y que pocos parecen estar gestionando de modo razonable y humano).

Mientras sabemos --si llegamos a saberlo-- cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos, lo que queda al desnudo es el problema de ser el que viene a romper las instituciones para hacer la revolución y se encuentra un día al frente de dichas instituciones y entra en una esquizofrenia política que en nada beneficia a los ciudadanos.

Cuauhtémoc Cárdenas con banderas republicanas
en una visita a Gijón en 2009.
(Copyright © Mauricio-José Schwarz 2009-2018)
Cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en 1997, la tarea que tenía frente a sí era enorme. A mí se me pidió que representara a mi barrio en el Comité de Seguridad Ciudadana, que tenía por objeto, algo nunca antes visto, ser el enlace entre la ciudadanía y la policía. Aquí ya empezaban los problemas, también. Había que explicarle a los policías, desde los mandos hasta las infanterías, que esos rojos revoltosos a los que habían estado persiguiendo y puteando durante toda su vida, éramos ahora el gobierno de la ciudad. Y había que hacerlo de modo que lo aceptaran. Y había que hacerlo con una policía corrupta hasta la médula, con más vicios que un fumadero de opio, con poca preparación y menos visión. (Lo que no podía hacer el gobierno era despedirlos a todos, que pasarían automáticamente a ser parte de la delincuencia, con información privilegiada, mientras se creaba una policía muy honrada pero totalmente amateur, labor que en una ciudad con 10 millones de habitantes es un desafío enorme. Había que trabajar con lo que había.)

Las anécdotas de las reuniones con los altos mandos policiacos, igual en las oficinas de Jesús Quintero (delegado de gobierno en la circunscripción correspondiente, la Benito Juárez) que en casas de la cultura donde los llevábamos a hablar -por primera vez- con los ciudadanos son abundantes, algunas cómicas, otras muy educativas (recuerdo a un comandante de la policía vapuleado por bravas mujeres luchadoras de toda la vida en una reunión en la que se dirigió a ellas con una condescendencia que se tuvo que comer de inmediato). Pero en todo ello había un elemento clave: no corríamos el peligro de ser incoherentes. Queríamos una mejor democracia, una policía que funcionara mejor para la ciudadanía, una mayor seguridad ciudadana, unas instituciones fortalecidas, sólidas, creíbles, transparentes. Lo poco que se hizo en el breve tiempo en que Cárdenas estuvo al frente de la ciudad fue muy alentador.

Pero me imagino --el mundo al final siempre se ve desde la experiencia propia-- que hubiera sido mucho menos eficaz si hubiéramos sido los antisistema al frente del sistema, la iglesia en manos de Lutero, que es con lo que se encontró Madrid, tristemente, el día de ayer. Si hubiéramos llegado a una reunión con los mandos llevando nuestra camiseta de ACAB con la cara de Íñigo Errejón o hubiéramos tenido que explicar que nuestro líder (como lo hizo Pablo Iglesias) se emocionó en televisión, y lo dijo, cuando vio que un chaval embozado de la guerra callejera cosía a patadas a un policía tirado en el suelo.

Es lo que va de querer mejorar la sociedad que tienes a querer inventar una nueva desde cero, que nunca suele dar resultados ejemplares.

Actualizaciones:

El Diario, periódico propiedad de Ignacio Escolar, que también lo dirige, esta noche tenía este aspecto. Si uno quería saber qué pasó (y al parecer lo que pasó es que la muerte de Mbaye no tuvo nada que ver con ninguna persecución policial y, al parecer, la policía llegó poco después de que se desplomó y trató de salvarle la vida), tenía que navegar por numerosas notas de ésas que buscan echarle gasolina al fuego y darle presencia a los aliados políticos, que el hombre fallecido finalmente deja de ser persona al convertirlo en banera, pretexto y nombre para poner en una pancarta.



Y, además, un amigo mexicano me hace llegar un análisis (eso que deberían hacer los medios españoles si les interesara informar antes que hacer propaganda política) de cómo se viralizó la desinformación respecto a la muerte del vendedor callejero.


Y es curioso que salvo David Llorente, que en su perfil dice ser "Diputado por Guadalajara y Portavoz de Podemos en las Cortes de Castilla-La Mancha. Anticapitalista, feminista, ecologista, animalista", todos los demás sean anónimos y algunos, como @polvorinos, cuentas con miles de tuits pero apenas 83 seguidores desde 2009, lo que resulta cuando menos sospechoso como cuenta bot. De lo que no se enterarán quienes lean la prensa en todo el arcoiris ideológico, desde La Gaceta hasta La Marea, desde La Razón hasta El Diario.

13.3.18

Cadena perpetua y demagogia

La cárcel de Carabanchel una semana antes de su demolición. Cada
hueco era la puerta de una celda. Copyright © Mauricio-José Schwarz 2008-2018
"Si escapo, les prometo que mataré y violaré, y disfrutaré cada minuto de ello", declaró Westley Allen Dodd en 1992 pidiendo ser ejecutado por el asesinato y violación de tres niños, con métodos considerados de los más malvados de la historia.

En diciembre de 1977, acusado de al menos 30 asesinatos y violaciones, Ted Bundy escapó de prisión. En enero, entró en un dormitorio universitario de mujeres y mató a dos alumnas. En febrero asesinó a una niña de 12 años. Reapresado, fue condenado a muerte. Se calcula que asesinó y violó a unas 100 mujeres.

Estos casos son conocidos porque son excepcionales, incluso en la excepcionalidad del mundo siniestro de los asesinos en serie. Pero ejemplifican un hecho difícil de afrontar para muchos: hay algunos delincuentes a los que es imposible reintegrar a la sociedad. Sí, toda nuestra tradición ilustrada y humanista quisiera que no fuera así, pero es un hecho con el que deben lidiar las sociedades. Es un problema ante al que toda sociedad debe asumir un posicionamiento.

Cada vez que en España hay un caso de asesinato especialmente gravoso, el debate sobre la pena de muerte y la cadena perpetua se reaviva con posiciones tan irreconciliables como irracionales. De un lado, gente identificada con la derecha política pretende utilizarlos para volver a instaurar penas más largas y duras que las que contempla actualmente el Código Penal. De otro lado, gente identificada con alguna izquierda se opone firmemente a tales penas con la convicción de que lo único que busca la derecha es la venganza o el castigo. Y ambos funcionan con falacias graves que no deberían ser la base de la toma de decisiones en una sociedad.

El individuo o la sociedad

Los conservadores, en general, defienden la idea de que las penas para los delincuentes deben ser castigos, en gran medida venganzas sociales. Se basan en la idea de que todo delincuente está ejerciendo su absoluta libertad individual y por tanto se le debe cargar con el 100% de la responsabilidad por los delitos cometidos. Su ejemplo acabado son por igual la shari'ah que el sistema penal chino o, destacadamente (por su presencia en nuestro tejido cultural), el sistema penal estadounidense, sobre todo a partir de mediados de los años 70, cuando la política de rehabilitación empezó a ceder espacio a la política punitivaHard time, o tiempo de prisión duro implica castigos feroces a los reos: baños de agua helada, trabajos forzados y permitir que se cree un ecosistema depredador dentro de la prisión, sin garantía alguna para el preso, donde las peleas, las golpizas, las violaciones, la intimidación y la humillación son las monedas con las que se obtiene o pierde jerarquía en una selva artificial donde el horror es el ambiente cotidiano.

La ineficacia de este sistema se hace evidente tanto en los índices de criminalidad como en los de reincidencia. Al delincuente encallecido no lo detiene el miedo a la cárcel, ni siquiera el miedo a la ejecución. Y no es razonable que una experiencia brutal en prisión haga que salga por la puerta, al compurgar la pena, un ciudadano ejemplar arrepentido y decidido a normalizar su existencia. Así, Estados Unidos tiene la mayor proporción de su población en prisión, 716 personas por cada 100.000 habitantes. Con un 4,4% de la población mundial, EE.UU. alberga al 22% de los prisioneros del mundo, además de tener la tasa más alta de homicidios del mundo desarrollado con 4,88 homicidios por cada 100.000 habitantes contra 1,68 de Canadá, 0,92 del Reino Unido, 0,66 de España o 0,31 de Japón.

La idea es que el delincuente sufra proporcionalmente al daño infligido. Como si no hubiera habido ningún avance en la moral humana desde el "Ojo por ojo y diente por diente" del Código de Hammurabi.

Los que se autodenominan progresistas por su parte consideran que el sistema penal debe tener por objeto la regeneración del delincuente de modo que se reintegre a la sociedad. Aquí también hay posiciones extremas, como las que afirman que la naturaleza humana es infinitamente maleable, es decir, que todo delincuente puede ser reintegrado, lo cual con frecuencia se acompaña de la convicción, explícita o implícita, de que en realidad el delincuente es producto de la sociedad. Es decir, que todo delito es resultado de una falla de la sociedad, no del individuo y, en las visiones extremas, el delincuente es siempre una víctima, como lo ejemplifican declaraciones que hemos podido leer mostrando más comprensión por el terrorista que comete un atentado o por un asesino o agresor que por sus víctimas.



Primero que nada, hay que recordar que hasta mediados del siglo XIX, como comento en el vídeo que dediqué precisamente a la pena de muerte, la prisión no estaba concebida como castigo. La prisión era esencialmente preventiva, el reo estaba en ella hasta el juicio, donde se le hallaba inocente y se le liberaba o se le hallaba culpable y se le condenaba a muerte, se requisaban sus bienes, se le mutilaba, se le humillaba públicamente o se le enviaba a trabajar gratis para el estado o para algún poderoso.

Y allí está el primer punto a tener en cuenta: la prisión es una institución moderna, que sustituye a las penas brutales del pasado. No es razonable, ni lógico, comparar la pena de muerte con la prisión perpetua, porque las diferencias son de fondo, empezando porque un error judicial puede resarcírsele a un ciudadano injustamente condenado a prisión al menos en una pequeña parte, con su liberación y el pago de daños y perjuicios y el futuro que le quede todavía. Pero el mismo error no puede hacer nada por quien ha sido injustamente ejecutado. Es definitivo.

Apresar a alguien tiene, inevitablemente, un factor de castigo aún en los esquemas más centrados en la regeneración. La pérdida de la libertad es algo terrible y no se le puede minimizar en modo alguno. Pero por ello mismo debemos tener claro -para participar en el debate- todo el panorama que implica que una sociedad decida encarcelar a uno de sus miembros, y cuándo podría hacerlo para el resto de su vida natural -o casi.

Las penas, por terribles que sean, no disuaden al delincuente, esto ya lo sabemos con una larga experiencia ejecutando a nuestros congéneres, torturándolos y cortándoles pedazos. Pero cuando discutimos sobre si la prisión debe ser un castigo o una oportunidad de rehabilitación, debemos tener en cuenta la realidad de la reincidencia. Es decir, si la prisión no disuade a quien no ha caído en ella, ¿al menos impide que quien cae en ella vuelva en poco tiempo como reincidente? Todo indica que un sistema de reinserción bien llevado es mucho más exitoso que uno punitivo en uno de sus objetivos fundamentales: impedir la reincidencia. Los estudios al respecto son abundantes y convincentes.

Así, si queremos que menos delincuentes vuelvan a prisión, es mejor rehabilitarlos que castigarlos -y generar en el proceso rencor contra toda la sociedad-. En ese sentido, salvo por la visión en gran medida religiosa de la derecha, el debate está bastante zanjado.

La cárcel de Carabanchel una semana antes de su demolición.
Copyright © Mauricio-José Schwarz 2008-2018
En ese esquema, ¿tiene algún papel que jugar la prisión perpetua, revisable o no? Olvidemos por un momento las motivaciones ideológicas de los conservadores al promoverla y veamos los hechos reales: por buenas intenciones que tengamos, hay una cantidad determinada de delincuentes que van a reincidir inevitablemente.

Algunos son culpables de delitos menores, y son los que -ellos sí- tienen puertas giratorias en las cárceles: estafadores, carteristas, ladrones, atracadores y pillos de poca monta para los que la delincuencia es un modo de vida del que no tienen previsto apartarse. Salen de la cárcel para volver tarde o temprano. En su caso, si bien la rehabilitación es inútil en muchos casos, la amenaza que representan para la sociedad es más bien leve, y entran y salen y de cuando en cuando hay un reportaje en televisión donde la policía dice que ya conoce a los carteristas del metro de Madrid, pero no hay forma de deshacerse de ellos efectivamente, salvo que se les dictara prisión perpetua, pero todo sentido de la proporcionalidad nos dice que eso es inaceptable.

Pero hay otros delincuentes que entran en los espacios mentales tenebrosos de Westley Allen Dodd, Ted Bundy y otros personajes que se han separado en gran medida de todo concepto de empatía y decencia humanas. Son los que, al reincidir, pueden ocasionar gravísimos daños a otras personas, a las vidas, la dignidad, la integridad física y emocional de sus víctimas directas e indirectas (y las indirectas muchas veces son toda la sociedad). A diferencia del retrato casi heroico que crean de ellos el cine, la literatura y la televisión, los delicados, inteligentes, seductores y sofisticados Hannibals Lecter y los amantes de los acertijos como el John Doe de Seven o los heroicizados Mickey y Mallory Knox de Tarantino, los delincuentes de la vida real son habitualmente seres sin más motivación que su placer, con una inteligencia escasa, habiendo excepciones, sin ninguna sutileza, ignorantes, arrogantes y embrutecidos, con cero atractivo físico, espiritual, humano o intelectual. Como El Hijo de Sam, Eileen Wuornos, Jeffrey Dahmer o Andrei Chikatilo.

Cuando se habla de prisión permanente, de cadena perpetua, es en estos personajes en los que se debe pensar, sobre todo. En los casos, por poco frecuentes que sean, en que la sociedad tiene ante sí a una persona imposible de rehabilitar, que en muchas ocasiones reconoce y declara abiertamente que es imposible de rehabilitar, que no quiere hacerlo, y que si se le da la menor oportunidad, volverá a matar o a violar. Casos conocidos son el del 'violador del ascensor', Pedro Luis Gallego; el 'celador de Olot', Joan Vila Dilmé; 'el asesino de la baraja', Alfredo Galán Sotillo; 'el monstruo de Machala', Gilberto Antonio Chamba Jaramillo o asesinos que caen en la definición de psicópatas como José Bretón o David Oubel Renedo, ambos asesinos de sus propios hijos.

No pretendo tener las respuestas, no creo siquiera que haya una sola respuesta satisfactoria para todos los casos, sino que esto es y debe ser asunto de una reflexión social compartida que contemple lo general y la casuística, y que por tanto debe ser profunda y cuidadosa, pero que desgraciadamente no lo está siendo porque, más allá de las víctimas, de los presos y de la moral social, lo que han decidido dirimir los partidos y los medios de comunicación (todos) son las votaciones de las próximas elecciones, el convencimiento político, la superioridad sociomoral, por sobre el cuerpo de una u otra víctima, o el análisis de uno u otro asesino, todos más allá de toda razón, instalados en la más descontrolada demagogia.

Y así no vamos a ningún lado.

5.3.18

Dictaduras para el siglo XXI


En febrero de 1692, en la aldea de Salem, Massachusets, Betty Parris, de 9 años, y su prima Abigail Williams, de 11, empezaron a sufrir convulsiones y a comportarse de modo extraño; decían que las pellizcaban y les clavaban agujas. Sus síntomas se atribuyeron a la brujería.

En realidad, nadie estaba enfermo, o no más que los demás, o no de modo especial. Salem no estaba en condiciones peores que cualquier otra aldea colonial de la época. Pero se convencieron de que el mal vivía entre ellos, que sufrían enfermedades misteriosas, que estaban bajo asedio.

En las semanas siguientes otras personas afirmaron ser víctimas de brujas. Para septiembre de ese año, 20 personas habían sido ejecutadas por brujas en la aldea de 600 personas.

Hoy vivimos en un Salem global donde las cosas no están, sin duda, tan bien como querríamos, ni tan bien como podrían estar. Tenemos numerosos problemas, distintos en cada país o región, como siempre ha ocurrido, pero las cosas no están tan mal.

Y sin embargo, decir que las cosas no están tan terriblemente mal se considera una afrenta. Decir que el Apocalipsis no está a la vuelta de la esquina, que Aníbal no está a las puertas de nuestra Roma postmoderna, resulta inaceptable.

El billete de un billón (1.000.000.000.000) de marcos.
Nadie quiere saber que no estamos como la Italia arruinada de la Primera Guerra Mundial, que dio paso a Mussolini. Ni tan mal como la Alemania que se arruinó debido a los Tratados de Versalles, esa Alemania de 1923 en la que un marco de 1917 valía un billón de marcos... un millón de millones de marcos, y donde los que tenían ahorros y los jubilados se vieron sin un céntimo, donde la clase media pasó a la miseria poniéndole la alfombra roja a Hitler. O como Estados Unidos cuando cayó la bolsa y en poco tiempo el desempleo se quintuplicó, la mitad de los empleos pasaron a ser subempleos y el PIB cayó en 40%.

Nadie se interesa porque hoy, donde se oye el grito de que hay brujas, no existe ese hambre que se mete en los huesos y se apodera de todo razonamiento, de todos los sentidos, que se convierte en el único tema para quien la padece, que empapa cada paso y cada gesto y cada mirada. Es de mala educación señalar que no hay esa desesperación que no contempla ya un futuro negro, sino un vacío helado donde sobra uno, sobran los suyos, sobran sus sueños. Resulta ofensivo comentar que no hay ese miedo estremecedor al pasar la mano sobre la cabeza de los hijos, ese miedo a la calle que cuando las cosas están mal parece -y es- una arena de lucha a muerte todos los días.

Tenemos una maquinaria diciéndonos cuán mal está todo. Mucho peor que entonces. Mucho peor que nunca antes. Es la era más negra desde que salimos de África como especie, dicen. Es el fin. Es el Armagedón.

No se trata de una conspiración, sin embargo. No es algo maquinado o planificado. No se trata de unos cuantos malvados de panfleto reunidos en un sótano al que se accede con una contraseña para emprender una labor coordinada. No es un complot.

Es casi una moda, una tendencia, un espíritu de los tiempos capaz de desafiar todos los datos, los hechos, las evidencias, los números... las verdades que se pueden defender con absoluta contundencia... haciéndolas irrelevantes, prescindibles.


¿Verdades, digo? La verdad se ha convertido en un lujo que no podemos permitirnos. Lo dicen desde académicos hasta políticos, desde periodistas hasta profesores, desde taxistas hasta camareros, desde jubilados hasta activistas diversos... desde comunistas levantados de entre los muertos hasta neoliberales avariciosos, desde cristianos literalistas hasta ateos convencidos. La verdad estorba e impide el sollozo colectivo. La mentira es mucho más cómoda y seductora. Y comprensiva. Tanto que la hemos rebautizado como "postverdad". No ha dejado de ser la misma vieja mentira, pero ahora suena más respetable.

La sensación es que todo está peor. Peor que nunca. Nunca hubo más pobreza en España, nunca hubo más desesperación en Estados Unidos, nunca hubo más angustia en Italia, nunca hubo más miedo en Inglaterra, nunca hubo más miseria en Alemania. Y el mundo en su conjunto, oh, hermanos, es la desolación estéril. Nunca hubo más hambre, más desposeídos, nunca guerras peores, nunca hubo menos democracia, nunca hubo más corrupción, nunca hubo más enfermedades, nunca vivimos menos y tan mal como ahora en este planeta, nunca fuimos tan inmorales, tan despreciables, tan indignos incluso de este valle de lágrimas, que dice el libro de los Salmos.

Trate usted de contradecir esta cosmovisión, este zeitgeist perverso, esta convicción bíblica y apocalíptica. Buena suerte.

Tome usted, en cambio, esta realidad imperfecta y diga que es la peor de la historia, señale culpables reales o imaginarios y ofrezca soluciones sencillas e indoloras. Así se edifican las dictaduras en el siglo XXI. Sin siquiera ganar elecciones, que la confusión de las ideas le puede encumbrar incluso desde la minoría. Ni tiene que disparar y arriesgarse a que le respondan del mismo modo. No necesita tener a un pueblo desesperado y sojuzgado, basta que lo convenza de que lo está. Y de que usted conoce el origen de su desgracia. En estos tiempos es fácil. Cualquier dolor busca culpables. Quien quiere el favor popular ofrece culpables. Cualquier grupo bajo asedio se encierra en su cueva y se inventa mitos nacionales, enemigos monstruosos y una desgracia mayor, siempre, que la de sus vecinos. Quien quiere el favor popular levanta banderas y canta himnos.

Y entonces usted puede recoger el fruto mientras otros invocan sin mucho público la razón, los hechos, los datos. Su tarea parece difícil. Algunos la hacen sólo porque nadie sabe cuánto durará la ilusión colectiva y hay que estar preparados para retomar el camino. Si sobrevivimos.

Y porque, claro, la brujería no existe.

(Apoya en Patreon a "El rey va desnudo" y a "No que importe".)

25.2.18

El simplismo como amenaza social

Hace unos días discutía yo con un tuitero que afirmaba que el problema del hambre en el mundo se resolvía con "una correcta distribución de los alimentos que existen y que dan para todos".


Este tuitero anónimo no es sino uno más de los muchos personas que ven los problemas con un simplismo que deberíamos empezar a considerar como un desafío educativo de primer orden, como un problema de salud conductual, como una amenaza a la sociedad y a la posibilidad de resolver nuestros problemas. Para tratar de explicarle la complejidad, le puse un caso muy sencillo: en la República Centroafricana hay 2,5 millones de seres humanos hambrientos. Para mantenerlos en los límites de la nutrición es necesario aportarles mil calorías diarias a cada uno, 2.500 millones de calorías. Las mil calorías para cada uno son 100 gramos de maíz, por lo que el problema de la desnutrición en ese país se resuelve con 250 toneladas de maíz.

Diarias. Todos los días. De todas las semanas. Todo el año. Para siempre.

Sólo para un país.

Y el problema del hambre no son sólo los 2,5 millones de la República Centroafricana. Es que hay 795 millones de personas que no tienen alimentación suficiente para vivir de manera sana y digna. El coste y esfuerzo de distribuirle alimentos a todas esas personas gratuitamente simplemente es inasumible, si es que fuera físicamente posible, que es de dudarse. La solución propuesta, "la distribución", pues, comporta en sí una serie enorme de problemas, de cuestiones logísticas, técnicas, políticas, prácticas y económicas que es evidente que el tuitero y quienes repiten este mantra no se han detenido a considerar.

Pero la solución es incorrecta. "La distribución", aún consiguiéndose, no acabaría con el hambre. La realidad es tan enormemente compleja que deben encontrarse soluciones, primero, para que esas personas puedan producir más alimentos en sus propios países o entorno, con mejores técnicas de cultivo, mejores pesticidas, fertilizantes, variedades adecuadas al medio ambiente ya no de cada país, sino de cada región o subregión, de cada clima y microclima, riego, implementos de labranza... y cultivos que además sean adecuados a la cultura, costumbres y hábitos alimenticios de esos 795 millones de personas que son tremendamente distintos; no son una masa de personas que se igualan como "hambrientos" sino que están habituados a comer ciertas cosas y saben cultivar de cierto modo y las inercias sociales son a veces aterradoras. Y hay que añadir la necesidad de soluciones políticas, sociales, religiosas, étnicas y bélicas indispensables para que se pueda cultivar o criar el alimento con seguridad y tranquilidad.

Sudán era un país de abundancia y su zona sur, Equatoria, en particular, era considerada "el granero de Sudán". No era un país africano hambriento estándar de ésos que la imaginación occidental se confecciona con fotos de pornografía de la miseria, niños de vientres hinchados por la disentería, moscas y bracitos medidos con perversa precisión por quienes piden dinero a los culpabilizados europeos. Era un país bien alimentado. Hasta 2003. Hoy 400.000 personas en Equatoria sufren inanición y 1,5 millones de sudaneses en total corren el peligro de morir de hambre. El problema no es la distribución, es la política. Dos grupos se han levantado en armas acusando al gobierno de despreciar a la población no árabe de Darfur, precisamente al sur de Sudán, en Equatoria. El gobierno respondió con masacres de no árabes y el conflicto se ha prolongado durante ya 15 años con un escalofriante saldo de genocidio, crímenes de guerra, brutalidad y desprecio a la vida, donde el hambre ha sido, incluso, una de las armas de la guerra.


El problema del hambre es un ejemplo, especialmente descarnado, de la incapacidad de muchísimas personas de concebir la complejidad de los problemas que enfrenta la humanidad, y de comprender dos elementos fundamentales. Primero, que no todos los problemas son causados por la maldad y, segundo, que no hay soluciones sencillas.

Esto resulta igualmente estremecedor cada vez que sale en los medios, con bombo y platillo, que un grupo determinado de personas "con una enorme conciencia ecológica" han diseñado una forma maravillosa de, por ejemplo, hacer sillas con veinte botellas de agua vacías, como paradigma de la necesidad de reciclar y de ser visionarios y de comprometernos con el bienestar de nuestro entorno y, cuando la lírica se salta todas las vallas, de "salvar el planeta".

Pero en Estados Unidos se hacen 137 millones de botellas de agua al día. Que serían suficientes para hacer 6 millones 850 mil sillas ultraecológicas al día. O 2.500 millones de sillas al año. Muchas de esas soluciones simplemente son una forma de mirar para otro lado y creer que las cosas son simples. Acabar con el problema de las botellas de plástico pasa por varios temas espinosísimos: a la gente le gusta la comodidad (y todo movimiento ascético tiene un problema grave, como podemos ver), las botellas son baratas, la publicidad para venderlas es eficiente... hay que concienciar a la gente de lo bobo que es comprar agua embotellada, que es tirar el dinero (comparado con tomar un vaso de agua del grifo, es carísimo), o encontrar la forma de reciclarlas efectivamente (y convencer a la gente de que las recicle en lugar de tirarlas por ahí... las campañas al respecto en los últimos 50 años han sido lentas y de eficacia limitada), o encontrar una solución mejor y competitiva que sustituya a las botellas de agua por otra forma igualmente conveniente y cómoda y barata pero sin que sea una monserga ambiental.

Creer que hacer sillas de botellas "recicladas" aporta algo es infantil. Es simplista.

Se pueden hacer 50 mil millones
de flores cada año sólo con
las botellas de agua de
EE.UU. ¿Asunto resuelto?

La esperanza en que ocurra la magia permea mucho del pensamiento más noble y bienintencionado del mundo. Muchos luchan por una energía mágica que no contamine nada, que sea sostenible, verde, barata, limpia, que no tenga ningún efecto adverso sobre la gente, el entorno y la economía. No parecen tener las herramientas racionales para darse cuenta de que esa energía no existe fuera de los cuentos de hadas, que tenemos que hacer equilibrios, como en todo, en un juego de desventaja-beneficio.

Es lo mismo que se observa cuando la gente busca una forma de curación de sus males que no tenga efectos secundarios, que sea barata, que sea sencilla, que explique sin complejidades las causas de sus malestares y que los resuelva sin complicaciones. Eso ofrecen todas las pseudoterapias que "explican" una enfermedad tan endemoniadamente complicada como el cáncer en términos binarios (el cáncer lo provoca una "dieta ácida", "las emociones", "un hongo", "la vida moderna") y ofrecen curaciones sencillas y sin efectos secundarios (homeopatía, limón, kalanchoe, "biodescodificación", canciones, gotas misteriosas -Bio-Bac, MMS-) con certeza de curación al 100%.

Es la misma oferta de los populistas que con un "Make America Great Again" o un "Es necesario el cambio" hacen al votante pensar que todo lo que ha pasado hasta hoy en su país es producto de la maldad de algunos, de un complot creado por fuerzas subterráneas y maléficas (la casta, el deep state, los golpistas, el Ibex 35, los masones, los judíos, el FMI, el marxismo cultural, el feminismo, la ideología de género, los enemigos del pueblo) y que lo único que hay que hacer es votar al tipo de turno, habitualmente el del peinado raro, y por fin se inaugurará la república de la vida sin preocupaciones, helados para todos y un futuro con fresco aroma a cítricos que, además, curan el cáncer.

El simplismo parece una afección grave en el cuerpo social, y para remate, una afección enormemente complicada en cuyo agravamiento intervienen los medios, los políticos, los charlatanes de toda laya, los comerciantes desahogados, los publicistas, los tertulianos bienpagados y las ONG más sospechosas. Combatirlo debería ser prioridad de cualquiera que se dé cuenta de lo que está produciendo a nuestro alrededor.

24.2.18

Mutilación genital femenina



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Una práctica bárbara que sobrevive y que debería ser repudiada por toda persona decente, pero que lamentablemente es defendida no sólo por algunos fanáticos religiosos, sino por personas que tienen la ventaja de que ellas y sus hijas no corren el peligro de que les cercenen bestialmente una parte de sus cuerpos.

1.2.18

De huelga

La escalera en cuestión, hoy. Museo Nacional de Antropología. Imagen de Google Earth.

Para Jorge Matías @El__Yayo, que hizo que contara esta historia.

Algún turista levantó la ceja al ver bajar corriendo por la escalera izquierda de mármol del vestíbulo del Museo Nacional de Antropología a un joven desgarbado, pelo largo, barba rala, bolsa de libros, enormemente delgado, seguido instantes después por otros tres jóvenes. El primero esquivó estadounidenses, mexicanos y a un par de chinos, y salió a toda prisa por la puerta del museo. Sus perseguidores hicieron lo mismo. Corrió hasta un ruinoso Austin Cambridge 1959 color caca de mono que tenía en el estacionamiento del museo, lo consiguió poner en marcha y tomó las de Villadiego dando por terminados sus estudios de antropología y dejando atrás a sus tres compañeros de carrera que querían explicarle un punto dialéctico fino de la lucha de clases que al parecer no le había quedado lo bastante claro.

El joven era, por supuesto, yo. Por aquella primavera de 1975, en el segundo piso del ala izquierda del visitadísimo museo teníamos la Escuela Nacional de Antropología e Historia, institución modesta en tamaño ubicada en un sitio envidiable y que pretendía formar a los antropólogos y arqueólogos del mañana. El día concreto se puede determinar además ya que esa tarde, en la sala de exposiciones temporales del museo, se iba a inaugurar una esplendorosa exposición de arqueología, parte de la apertura de China al mundo, de la que recuerdo dos sarcófagos hechos con piezas de jade para un rey y su reina. En 1973, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez (para muchos el verdadero responsable político de la masacre contra el movimiento estudiantil-popular de octubre de 1968 en Tlatelolco) había ido a visitar al ya anciano Mao siguiendo dócilmente la estela de Nixon, y en ese 1975 el gobierno chino regalaba a México dos pandas y prestaba esa exposición que celebraba el inicio de las relaciones entre los dos países.

El día concreto se puede determinar, además, porque fue cuando la policía entró a saco contra una de las huelgas más sonadas de la época, la del complejo de empresas textileras Lido, provocada sobre todo por el deseo de los trabajadores de liberarse de los sindicatos oficialistas y tener su propia organización independiente y controlar su convenio colectivo. Esa huelga, por supuesto, había contado con el apoyo de la ENAH y, como parte de ella, de un servidor, con una ingenuidad política del tamaño del legendario museo.

Los pandas que Mao regaló a México, poniéndose finos de bambú en el zoo de Chapultepec.
De ahí a salir huyendo entre los turistas que venían a ver el calendario azteca que no es calendario, y el mono de obsidiana y los atlantes toltecas, mediaban varios meses de enfrentamientos con la H. Asamblea de Estudiantes de la escuela, enfrentamiento que emprendí con igual ingenuidad y falta de consideración a mi seguridad física, lo admito.

En la ENAH mandaban los activistas de la IV Internacional, la corriente trotskista del marxismo leninismo. Los trotskos. Era tan absurdo que a principios del curso los alumnos recibían a los aspirantes a profesores y éstos daban una clase de prueba al cabo de la cual nosotros, los alumnos, democráticamente decidíamos si queríamos que el susodicho nos diera clases o no, como si supiéramos antropología, los imbéciles. Algo así como el mundo al revés. Recuerdo pocas asignaturas de antropología, pero sí una de materialismo histórico, otra de materialismo dialéctico y una de corrientes de pensamiento en el marxismo. La promesa era que si uno aguantaba tres o cuatro semestres de bombardeo político, pasaba a especialidad, donde ya empezaba a estudiar antropología social, etnología, antropología física o arqueología.

Ni qué decir que la vida de la escuela estaba marcada por la política. Por cualquier causa, y a veces sin ella, se nos informaba que "había asamblea" y las clases quedaban suspendidas mientras arreglábamos el mundo en el pequeño auditorio de la escuela. Se hacía lo que decidía la asamblea... y la asamblea decidía lo que querían los trotskos, punto. Tenían dominadas todas las técnicas de manipulación de asambleas, desde la moción de procedimiento (la "moción de orden") o la autocrítica de tal o cual disidente hasta el manido recurso al acta de hace cuatro asambleas o, sin más, la amenaza velada y el lloriqueo victimista. Cuando los vientos no les eran favorables pese a todo, la asamblea se prolongaba horas y horas con intervenciones soporíferas y farragosísimas, hasta que la gente razonable la abandonaba para irse a hacer cosas burguesas como cenar o dormir o comprar detergente para limpiar la casa. Cuando sólo quedaban ellos, votaban y, asombrosamente, ganaban.

Asamblea. Otra más. El horror. La democracia simulada.
No sé si fue la primera bronca, pero la más memorable que tengo antes de la ruptura de la huelga se dio cuando en una manifestación la policía detuvo a una compañera. Allí la asamblea fue fácil: se votó comprar un desplegado en un diario, se hizo la colecta de rigor para pagarlo y se aprobó con mínimas modificaciones una redacción que impugnaba al gobierno y exigía la libertad de la compañera en los términos más enérgicos y revolucionarios posibles. Pero al día siguiente el desplegado publicado era totalmente distinto. Me explicaron que a la compañera la habían liberado por la tarde y, como ya se tenía el dinero, pues ellos decidieron usarlo para otro desplegado que era un paso más hacia la revolución y la creación del hombre nuevo. Expresé mi enérgico desacuerdo con el poco democrático procedimiento y ellos expresaron su enérgico desacuerdo con mi presencia.

Fue por entonces que nos comprometimos (es un decir) con la huelga de la Lido. Como parte del apoyo, instalamos un "Café Solidario" donde los compañeros donaban café, galletas, cafetera, bollería y golosinas que vendíamos para ayudar en algo al fondo de resistencia de la huelga. Y allí estaba yo en mis ratos libres, a cargo del café, armado frecuentemente con mi guitarra, cantando canciones de enjundiosa revolucionariedad y sirviendo café y galletas. Fue por entonces cuando se nos pidió que fuéramos a hacer guardias nocturnas de la huelga, en la fábrica situada en el municipio de Naucalpan. Pedí la palabra para decir que no, miren, compañeros, la huelga es de los trabajadores, nosotros sólo estamos solidarizándonos; pero si la huelga fracasa, a los que echan es a ellos, y los que se quedan sin un plato qué ponerle enfrente a sus hijos son ellos, mientras que si la huelga fracasa, a nosotros nos importa más bien un pito y seguimos estudiando y haciendo asambleas y buscando huelgas qué apoyar, así que conmigo no cuenten; yo no estoy para luchar las batallas de los obreros ni para ocupar su lugar, que si vienen los esquiroles nuestra motivación para enfrentarlos no es como la de los huelguistas, así que ir de guardia me parece de una arrogancia espectacular; estoy para apoyarlos en lo que ellos me digan pero respetando que ésta es su lucha.

La respuesta la conocía yo en teoría, pero me la repasaron: nosotros (nosotros, joder, unos chavales universitarios con menos experiencia en la vida y en la lucha política de verdad que medallas olímpicas de salto de altura) éramos la vanguardia intelectual del proletariado. Nuestra educación nos daba, por obra y gracia del espíritu de Lenin, la claridad programática necesaria para dirigir a los obreros y campesinos, que de eso se trataba la antropología nimásnimenos, en la lucha hacia la dictadura del proletariado y la ruta firme al comunismo. Sin nuestra preclara visión, los obreros eran capaces de conformarse con cosas como un aumento de salarios, el reconocimiento de su sindicato, la mejora de sus condiciones laborales o alguna guardería para los hijos de las obreras, cuando la huelga era, en realidad, una forma de agudizar las contradicciones del sistema para acelerar su descomposición. En resumen, que los obreros sin control podían usar la huelga para estar mejor, cuando lo que había que hacer era llevarlos a estar peor para que reventara el baile, el capitalismo, el imperialismo, la sociedad burguesa y el estado opresor y entonces todos estaríamos mucho mejor... pero dicho en un lenguaje mucho más enjundioso y salpicado de lo que Marta Harnecker llamaba los conceptos elementales del materialismo histórico. Luego me explicaron que yo era, además de ignorante, medio reaccionario y enormemente bobo. Me preguntaron si iba a hacer guardia. Dije que no. Seguí sirviendo cafés y cantando al futuro perfecto que dudaba yo que nos trajeran estos reyes magos de la manipulación política.

El CCH Naucalpan. No me imaginaba yo que un par de años después estaría
allí, dando clases de música tradicional latinoamericana
y a cargo de actividades culturales, conciertos y cineclubes.

Llegamos así al día en que fuimos convocados a asamblea urgentísima porque la policía había entrado a la fábrica a repartir leña. La consigna era ir a recoger a los obreros heridos y traerlos a la escuela para que fueran atendidos. Habrá que añadir que en la escuela no teníamos ni mercurocromo, no había enfermería alguna. La idea de traer a personas con contusiones, posibles hemorragias y cosas aún peores sabiendo cómo se las gastaban los granaderos (antidisturbios) mexicanos era delirante. El jefe mayor de los trotskos se dirigió a mí. "Necesitamos coches", dijo, pensando en el mío, una cafetera de más de 15 años de antigüedad, con tablas en el suelo carcomido por el óxido y que no alcanzaba los 60 km/h ni en caída libre, por no decir que con más de dos pasajeros empezaba a sufrir horrorosos ataques de asma en su torpe avance, aplastada por el peso de la carga.

Mi boca, que en tantos líos me ha metido (más datos con la vieja canción de los queridos Oysterband), arrancó sin que yo pudiera controlarla. A ver, imbéciles, dije más o menos. Punto 1, no tenemos enfermería en esta microescuela. Punto 2, somos una escuela sin autonomía universitaria, lo que quiere decir que la policía puede subir por esa escalera con absoluta impunidad (sí, esa escalera) a pulirnos además de rematar a los obreros que tengamos aquí. Punto 3, a pocos minutos de la fábrica está el CCH Naucalpan de la UNAM, que sí es territorio autónomo (la policía necesita permiso del rector para entrar) y además sí tiene enfermería. Punto 4, mi coche como ambulancia es tan viable como usar dos latas con un hilito para comunicarse con los Viking cuando lleguen a Marte. Punto 5, hoy en la tarde viene Echeverría a inaugurar la exposición de los chinos y traer aquí a los obreros golpeados es una provocación precisamente para que venga la policía...




No recuerdo si tenía un punto 6, 7 y 8, seguramente sí, pero ya no tuve oportunidad de desarrollarlos. El que llevaba la asamblea (el de siempre) se puso de pie y gritó algo del tenor de "Estamos hartos de las actitudes reaccionarias del compañero Schwarz, ¡y además ahora nos viene a llamar provocadores..!"

Iba yo a responder que no los había llamado provocadores estrictamente, sino que había mencionado que el curso de acción propuesto podía ser interpretado por las autoridades gobiernícolas como una provocación, pero esa sutileza dialéctica tenía menos esperanzas de ser reconocida que las de un compositor de reggaetón de pasar a a historia junto a Tom Waits. Y no estaban por la labor de seguirme oyendo. El dirigente (mala gente) levantó una ceja hacia allá, al fondo, y allá, al fondo, vi que se levantaban de sus asientos los tres pedagogos oficiales del grupo, a los que yo ya conocía por un par de palizas que les había visto regalar amablemente a modo de exposición doctrinaria y teórico-lúdica. Levanté mi bolsa de libros, giré a la puerta del auditorio y me dije sabiamente: "Como me agarren, me dejan como plato de natillas", lo cual me animó a bajar corriendo y tropezando hasta llegar al principio de esta historia.

Me metieron algún anónimo amenazante por debajo de la puerta en las semanas siguientes, que sabían dónde vivía, pero no me buscaron las cosquillas en realidad. Yo, que estaba en antropología -lo admito- pasando el rato para entrar a la UNAM al año siguiente a estudiar psicología, me dediqué a ir al zoológico y hacer migas con el veterinario, que estaba estudiando un curso acelerado de pandología porque venían los pandas de Mao y le habían avisado que como a uno de los peludos regalos orientales le diera un simple catarro, su siguiente trabajo sería empujar gladiolos desde abajo. Y con gente como el gobierno, su partido, el PRI, y sobre todo Echeverría, no se jugaba.

Muchas cosas han cambiado, por supuesto, en la escuela (que desde 1979 está junto a la zona arqueológica de Cuicuilco al sur de la ciudad) y en mi visión política. Pero la idea de que los privilegiados de las universidades son los timoneles natos de los obreros y los campesinos y los trabajadores manuales nomás no me entró nunca. Será que soy un privilegiado con conciencia de serlo, de que tuve suerte al tener una buena educación, al desarrollar ciertos talentos que me permiten vivir pasablemente bien pese a tener orígenes de clase media jodida, que diría Chava Flores. Que no me voy a flagelar por mis privilegios, tampoco, no soy posmo, pero los reconozco.

Uno de los líderes trotskos con los que mejor relación tenía, lo recuerdo, era El Gato. Años después me lo encontré en la calle, junto a un lujoso auto, vestido de traje y corbata, esperando a su jefe. En vez de ser un antropólogo revolucionario capitaneando a los proletarios urbanitas y agrícolas en el camino al paraíso proletario, trabajaba como chófer y guardaespaldas de un político del PRI.

Y yo no.

30.1.18

Cenar con Fidel

Era la segunda vez que iba yo a Cuba, pero no lograba sacudirme una sensación de poderosa irrealidad, de ser Alicia en el País de Nosébienqué. Y es que era -y supongo que es- imposible saber qué. Curiosamente, en mi primera visita, un año atrás, en el Encuentro Tres Fronteras de Literatura Policiaca, había yo sido testigo de una alucinante asamblea en la preciosa casa de la UNEAC en La Habana donde se había "analizado" la película Alicia en el Pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, y escritores cuyo pensamiento no sólo conocía yo, sino que compartía y eran asunto de largas conversaciones igual en México que en La Habana, de pronto defendían la censura a la película y otros miraban al techo buscando murciélagos y callaban estruendosamente. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Mi ingenuidad hallaba increíble el doble discurso, la obligación que tenían mis amigos de opinar lo que debían en público aunque ya en casa las cosas fueran distintas, y en el piso de Justo Vasco o de José Latour o de Arnaldo Correa o de algún otro que no menciono porque sigue en la isla, opinaran de otro modo y del lado de lo correcto.

La sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en La Habana.
Ir a Cuba era -no sé si aún es- como ser invitado a bailar un ritmo que uno desconoce. Le pueden explicar los pasos (un-dos-tres, vuelta cuatro-cinco, pasito, seis-siete-ocho, alto... un-dos-tres...), pero, cuando trata de hacerlos torpemente, su profesora le tiene que tirar de aquí, empujar allá, mostrarle el paso y estar a punto de echarlo a uno al suelo tropezándose con sus propios pies. Los amigos, loso amigos eran los que te decían para dónde y cómo y cuándo y si callar alto o callar bajito, si preguntar o mejor no molestar porque los signos de interrogación los tiene alguien bajo llave y los tienes que pedir con un escrito por quintuplicado dirigido al Ministerio.

No exagero. Lo juro por las noches en el asombroso ático de Juan Carlos en el Vedado.

Y lo supe con claridad, lo he contado, aquella mañana de 1989 cuando el agregado de prensa de la embajada de Cuba en México madrugó para recibirnos (a quienes formábamos un grupo de editorialistas que hacíamos desayunos políticos en el Hotel Reforma), con un pulcro expediente que explicaba por qué Cuba había fusilado a Arnaldo Ochoa. No sé con quién entraba yo al restaurante del hotel cuando vimos al diplomático cubano, pero ese compañero me dijo: "Ya fusilaron a Ochoa". De allí en delante, todo era cuesta abajo conmigo, lo admito.

Alguna vez conté mal que esta noche en concreto había ocurrido en el Encuentro Tres Fronteras de La Habana. Error mío. El Tres Fronteras había sido el año anterior, y allí anduvimos con autores estadounidenses de contrabando por La Habana y en memorable visita a la Finca Vigía de Hemigway, y fue la ocasión de mi nanoparticipación en el tráfico de moneda en la isla, años en que el dólar estaba prohibido para el cubano de a pie. Esta vez era 1992 y estábamos allí invitados a la Feria del Libro de La Habana. Recuerdo que nos alojábamos en los gemelos hoteles Tritón y Neptuno, y que el día de la marejada vi venir, saliendo de las olas visibles entre los dos hoteles, la redonda figura de Manolo Vázquez Montalbán, que se había ido a nadar jugándose el pellejo. Le dije que estaba mal de la cabeza metiéndose a un mar así, pero él me hizo a un lado con "El agua está cojonuda" y se fue a desayunar.

Los hoteles Neptuno y Tritón.
A casa de Justo Vasco se podía llegar a pie, pero el día anterior, cuando la marejada fuerte, era un río por el que pasaban zodiacs rescatando gente. Lo contaba Justo señalando por la ventana mientras su hijo Enrique armaba ordenadores con las piezas que habíamos metido de estrangis a la isla para que los amigos pudieran seguir escribiendo sus novelas, sus cuentos. Con las piezas de ordenador y diskettes y demás había objetos aún más arcaicos: cintas de máquina de escribir pedidas por uno u otro escritor cuyos manuscritos ya eran demasiado fantasmales, papel sencillo y blanco, lápices, bolígrafos...

Esa marejada inundó la Casa de las Américas, lo cual afectaba la entrega de los premios de esa institución cultural. La ceremonia programada para esa noche fue trasladada a toda velocidad al Hotel Habana Libre. Me salto muchas anécdotas para poder llegar a donde promete el título, que hasta ahora, lo sé, se ve como un objetivo lejano. Pero el Comandante, el Caballo, Alejandro, Fidel, pues, estaba allí, omnipresente. Estuvimos muy serios, escritores internacionales invitados, en la entrega de premios, cuando pasó uno de los responsables de la feria a decirnos que no hicíeramos planes para cenar. Un-dos-tres, vuelta... no, para el otro lado. ¿Qué significa eso? Buscamos a uno de los amigos cubanos para que tradujera. "Esta noche vamos al Consejo de Estado", explicó uno, que hoy es famoso, pero mucho, como si eso dejara claras las cosas. "Que cenamos con Fidel", dijo otro que, con más viajes a México, tenía más clara nuestra perplejidad.

(Un día tendré que contar cuando, en ese mismo viaje, nos invitó a cenar a la embajada de México ni más ni menos que Mario Moya Palencia, entonces embajador ante el gobierno de Castro y que de 1969 a 1976 había sido Secretario de Gobernació -Ministro del Interior- y responsable de la represión en México, dueño, pues, de nuestros expedientes de jóvenes estudiantes rebeldes y rojos, cosa que comentaba muy divertido en la cena, pues por entonces se sentía escritor.)

Terminada la premiación, efectivamente, nos subieron a un autobusito y nos depositaron en la plaza del Consejo de Estado, desde donde se nos condujo a una enorme sala de espera donde estaban, además, un congreso internacional de médicos en pleno y una delegación enorme de la patronal mexicana, la COPARMEX, que venían a ver si invertían en la Cuba a la que la URSS acababa de dejar sin su paga mensual y donde no había ni para comer, ni para vestirse ni para mantener las luces encendidas toda la noche. Era, pues, el Período Especial en su momento más gélido.

Después de una espera que recuerdo prolongada, nos pusieron en fila, cosa que confirmaba la conclusión a la que habíamos llegado en el ático de Juan Carlos, la única verdad sólida que habían dado años de debate profundo: "Independientemente del modo de producción, la burocracia es una mierda". Y la burocracia tiene como uno de sus rasgos distintivos la fila en instalaciones gubernamentales.

La sede del Consejo de Estado en La Habana.
Cuando la fila giró en una puerta, pude ver por qué avanzaba tan lento como si fuera para vacunarnos contra el cólera: Fidel estaba saludando a todos de mano. Me quedaba menos de un minuto para decidir si saludaba muy educadamente al Fidel que en la década de 1960 había inspirado a muchos en favor de la justicia y la libertad (servidor incluido) o bien le negaba la mano al dictador de gran carisma que tenía a los amigos jodidos, que era un inútil en el manejo de la economía (a ver, hijo, que Vietnam con menos ventajas en 25 años había levantado una economía mínimamente funcional, y aquí estábamos a 30 años de la toma de La Habana y no había ni para pintura), que de justicia había demostrado entender poco, pero de libertad no entendía nada y le daba palos a los que opinaban distinto. En esta decisión pesaba el que un par de días antes había yo visto en acción a una Brigada de Respuesta Rápida meterle a un chaval una paliza como para un grande. Las BRR eran -o son- grupos de militares que visten de civil dedicados a impartir sesiones gratuitas de pedagogía súbita para los más boquiflojos.

Claro que si yo decidía saludar al segundo y preguntarle si no le daba vergüenza lo que había pasado de 1959 hasta ese momento, iba a provocar un incidente diplomático de consideración, y mi embajador era quien era. Así que opté por saludar al mito, sin decirle al comandante que era evidente que todo lo que venía anunciado en el empaque de la revolución cubana era más falso que un tratamiento de cosmética francesa de mil euros.

El poeta Roberto Fernández Retamar recitaba nombres, Fidel saludaba de mano y sonreía, y un atareadísimo fotógrafo tomaba la instantánea del momento. Escuché la gravísima voz de Roberto: "Mauricio Schwarz, mexicano, escritor y periodista", y Fidel sonrió y yo le di la mano y nos tomaron la foto. Las relaciones México-Cuba habían sobrevivido a mi fugaz imagen de rebelde de la rebeldía. Le pregunté a uno de los amigos por la foto. ¿No era raro tomarse una foto con cada uno de los asistentes? Me explicó que si alguno de nosotros llegaba a ser tremendamente famoso, tenían la foto para el Granma demostrando que Fidel era amiguísimo nuestro. Mi foto, por supuesto, languidece por algún lugar del Minint.

Roberto Fernández Retamar, que había sido agregado cultural de la embajada de Cuba en México
No sé cómo fue que en la hora siguiente, antes de la cena multitudinaria (de bufete, de pie), un grupo de no más de diez de nosotros acabó en un despacho con Fidel hablando de la marejada. Era impresionante. Ciertamente era el hombre mejor informado de Cuba o, por usar una figura común en América Latina, no se movía una hoja en la isla sin que él recibiera un informe. Pero ésa, me parece, era parte de su maldición. Con cuatro informes de meteorología y cuatro de los riesgos sanitarios de la inundación de buena parte de la ciudad, hablaba como un absoluto experto en clima, aire, mar, tierra, medicina, navegación, microbiología, epidemiología y conducta humana en casos de desastre. Sin una sola duda.

Conozco el sistema. Los periodistas, y en particular los divulgadores científicos, lo usamos como parte del oficio: obtienes muchos datos incompletos pero bien vertebrados, y los hilas dando un panorama general que es verdad en lo esencial y da una idea bastante buena, con las metáforas y juegos de palabras del caso, de lo que estás tratando de transmitir, especialmente cuando estás tocando temas difíciles para el público en general: cuántica, materia oscura, epigenética. Pero uno sabe que está vistiendo a la realidad con cierto ropaje para llevar una parte del conocimiento a sus lectores. Lo peligroso sería que, luego de leerse cuatro papers y doce notas periodísticas sobre seguridad nuclear para un artículo, se creyera uno capaz de ponerse al frente de la seguridad de la central nuclear de Garoña.

Que era lo que hacía Fidel. Tan desbordante como su carisma era su arrogancia, su sensación de infalibilidad. Recordaba yo casos contados por los amigos, donde después de una explicación somera Fidel se consideraba experto en robótica (software y hardware) y tomaba decisiones que al final resultaban desastrosas. Y lo mismo en genética ganadera (algo hay de una brillante idea de cruzar ganado lechero con cárnico). En fabricación de lápices (la de Batabanó es histórica). En cultivo de mandanga, en aeronáutica, en producción editorial, en recetas de jambalaya y en geopolítica de países donde nunca puso un pie.

Fidel con Fraga precisamente en 1992.
Los hombres del poder siempre son peculiares pero siempre son demasiado iguales con poquísimas excepciones (recuerdo a dos o tres: Cuauhtémoc Cárdenas, sin duda, entre ellos). Fidel no es distinto de la mayoría de los grandes magnates a quienes les escribía yo informes anuales de sus enormes empresas (aunque, es cierto, alguno de éstos toleraba que yo le dijera que no a algunas de sus presuntamente grandes ideas), ni distinto de los presidentes del PRI como López Portillo o De Gortari, tan convencidos de su grandeza como fulcro sobre el cual habrá de apalancarse toda la historia. No son ni tan malos como creen sus adversarios ni lejanamente tan buenos como ellos se ven ante su amigo, el espejo. Hablar con Fidel era agradable porque su mayor habilidad era, precisamente, la del buen líder, el gurú, el charmer: te relajaba, te hacía sentir importante, era simpático, sabía fingir la honestidad (que, como dijo Groucho Marx, es lo más importante), el interés. Es esa capacidad singular de evocar la credibilidad que iguala, a ojos del seguidor, a Charles Manson, a Lenin, a Mandela y a Martin Luther King, por pensar en personas casi imposiblemente diferentes. Avasallaba. Pero al mismo tiempo, cualquier actitud medianamente crítica ante su despliegue mostraba al hombre fatuo, demasiado, como dice el poema de José Gorostiza: "Lleno de mí, sitiado en mi epidermis", al hombre frágil que a nada teme más que a su propio tropiezo, a aquél cuya imagen depende de la adoración de los demás. No deja de ser metafórico que el fin de Fidel comience cuando su torre de fortaleza se puso en duda con un tropezón bajando un par de escalones. Allí dejó de ser el superhombre, el de las canciones de Carlos Puebla, la luz del amanecer.

El resto de la noche fue comer y hablar. Fidel se disculpó por lo modesto del banquete (había de todo menos langostas, recuerdo) y lo atribuyó al Período Especial sin atribuirse él su casi total responsabilidad de que Cuba hubiera llegado al día de la disolución de la URSS sin ninguna capacidad de maniobra propia, y que acabara siendo salvada por los terribles y voraces hoteleros españoles atraídos por, hágame usted el favor, Fraga. Nosotros hablamos de cosas y Fidel, sin comer un bocado, se apostó en el dintel de una puerta, dos escalones por encima de nosotros, entre dos guardaespaldas impresionantes, más altos que él, hieráticos y sólidos. Allí atendió a quien quiso acercarse a hablarle, a saludarle, a pedirle u ofrecerle, como cualquier visitante a la corte, acercándose al trono para saborear el poder vicariamente o para hacerse con una esquinita del mismo, de ese manjar inmenso que es la omnipotencia. La fila ante Fidel nunca menguó mientras duró el convite.

Dos o tres horas después, el asunto se dio por terminado. Cuando salimos a la noche habanera, uno de mis amigos mexicanos se encontró con Tomás Borge, el comandante sandinista, y lo saludó efusivamente. También saludé a Borge, pese a que ya para entonces habían perdido toda autoridad moral con el saqueo de 1990, la "piñata" sandinista donde los revolucionarios se asumieron sin vergüenza alguna como oligarcas. Si hubiera sabido que Borge estaba por publicar un libro en el que loaba a Carlos Salinas de Gortari, presidente mexicano que destrozó al país en su enloquecida carrera por alcanzar la relevancia internacional como gran líder neoliberal, a él sí que le hubiera negado la mano. Pero uno nunca sabe cuán hijos de puta pueden ser los hijos de puta, qué le vamos a hacer.

Ah, sobre los amigos, los proverbiales amigos cubanos, los entrañables aunque a veces farragosos y expansivos amigos cubanos... de todos aquellos quedan en la isla dos, acaso tres. Los demás, en Canadá, en España, en Alemania, en Bélgica, en Estados Unidos, algunos murieron, los menos. Se les quiere.

Y que te lo cante Willy Colón.