3.8.16

Yo y Opalka, u Opalka y yo, que es más educado

La explanada de Beaubourg en París, llena siempre de músicos callejeros (ahora se llaman buskers, lo que parece que les da más categoría) y gente tirada en el suelo (que se sigue llamando gente tirada en el suelo). A la derecha se puede ver parte del Centre Georges Pompidou, que no pongo completo porque me parece ofensivamente horroroso. (Imagen CC de JLPC, vía Wikimedia Commons.)
Era el verano de 1992 y yo vagaba por el Centre Georges Pompidou, que tenía alguna exposición de la que sólo recuerdo una batería hecha de tela rellena que creo que es de Oldenburg y un buen pico de esas cosas que siempre he sentido que son vacuidades o, en el peor de los casos, tomaduras de pelo a la buena voluntad del público. Era además mi primera visita a París, cosa que quiere decir shock sociocultural continuado y ese asombro que ya no se quita nunca...

Ya muchos años atrás, en la adolescencia (ésa que vista de lejos parece dorada aunque la honestidad nos obliga a admitir que el chapado en oro es un espejismo autocomplaciente) me había yo metido en los respectivos líos con los vanguardistas de mi propia edad que por entonces hacían cosas tan inenarrablemente extrañas como admirar el cine de Passolini y Visconti, la música -es un decir- concreta de Stockhausen, y la poesía de Paz en Ladera Este, lo que es decir que andaban en lo que hoy se conoce como el postureo hasta sus últimas consecuencias. Y lo digo porque sé que disfrutaban más de A Clockwork Orange, de 2001: A Space Odyssey o Rosemary's Baby que de su contemporánea Teorema, película que me pareció estúpida hasta que leí el libro que había que leer "para entenderla", y entonces ya me pareció mucho peor. Pero Teorema les permitía creer que habían visto una genialidad sublime y "la entendían", cosa que valoraban mucho. En la misma línea, a la hora de oír música, yo sabía (joder, estaba con ellos) que lo pasaban mejor escuchando a Wanda Landowska ejecutándose todo El clavecín bien temperado de Bach (si andábamos clásicos) o a Janis Joplin y a Moody Blues (en código más de nuestros años). Y al citar poesía echaban mano antes de Lorca que de Paz, o bien se iban al Paz de antes de la guerra civil española.

Yo, que ya era bruto con convicción, lo decía: "Esto es una mierda". Y me miraban mal. De hecho, mi opinión sincera sobre La muerte en Venecia me costó, si no un noviazgo en forma, al menos un meneo que mucho se habría agradecido en aquellos años, cuando se supone que ocurrió la revolución sexual pero a mi casa no llegó por algún problema de correos.

Dirk Bogarde muriendo a lo gilipollas en Venecia en el soporífero truño La muerte en Venecia, de Luchino Visconti (1971). Si crees que esta imagen es un spoiler, es que no te enteraste del título del truño.
Así que me pasé la vida esquivando vanguardias y disfrutando el arte aldeano que, años después, sería no sólo mainstream, sino considerado una vanguardia impresionante, desde Philip K. Dick y Lovecraft hasta Deep Purple y Moody Blues, pasando por los cómics de Will Eisner y el cine de musicals. Pequeños triunfos que acumula uno cuando los exquisitos vienen a cenar de nuestro plato.

Y así llegué, ya como adulto formado y novelista publicado (esto se supone que me da entidad para opinar, observe usted), a vagar por el Georges Pompidou.

Vi que se anunciaba una exposición única, singular y emocionantísima, un acontecimiento seguramente irrepetible donde se reunían numerosísimas obras pictóricas del genio polaco de la plástica Roman Opalka. Y bueno, ya estaba yo allí. Entré a la sala. Todo era blanco (techo, piso, paredes) salvo los cuadros del genio, y la ambientación auditiva era la voz del propio Opalka diciendo algo en polaco que sonaba tan poco modulado que pensé en una de esas oraciones repetitivas de novenario. Era peor. En los cuadros había números pintados. Varios miles de números en cada lienzo. Del 2.330.825 al 2.335.886, por ejemplo. El siguiente cuadro seguía con el 2.335.886.

Éste es un detalle de la pintura en la cual el maestro del óleo llegó a un millón...

 

Y el sonido ambiente, supe después, era la voz del mismísimo Opalka recitando en polaco los números que iba pintando. No me atrevo a tratar de describir la emoción profunda que me invadió en el momento en que descifré todo el asunto con ayuda de algún folletito impreso en varios idiomas (yo sigo creyendo que hablo francés, contra la opinión de la mayoría de los franceses), pero quizás podría reducirse a un "¡No-me-jo-das!" aunque con una profunda carga conceptual y una emoción vibrante.

Por supuesto, el asunto era serio para Opalka, no digo que no. Desde los 34 años de edad hasta su muerte, ocurrida 45 años después, se dedicó en cuerpo y alma a su proyecto llamado "1965 / 1 – ∞". Se proponía pintar del uno hasta el infinito, cosa que uno supone que él sabía que no se puede, y de hecho llegó hasta el 5.607.249 cuando murió, número que está tan lejos de infinito... pues como 1, claro. Se pintó más de 124 mil números al año durante casi medio siglo en un esfuerzo tan colosal como aparentemente memo. La entrega del artista (o algo) a su proyecto es admirable, sí, pero encontrarle sentido tiene lo suyo. Y la entrega y dedicación de su público ni se diga. El cuadro donde pintó del 4.776.969 al 4.795.472 se vendió en la casa de subastas Christie's por la depilatoria suma de £530.500, que a tipo de cambio postBrexit se traduce en 627.558 euros.

Salí del Georges Pompidou y todavía tuve que aguantar a dos músicos callejeros estadounidenses patanescos que le exigían dinero a la gente y tuvieron la infinita cara de reñir a una chiquilla que les dijo que no tenía dinero. La impertinencia que le soltaron fue algo como "Vaya, estar en la ciudad más cara de Europa y no tener dinero". Como si ellos tuvieran los millones de los Rolling Stones en lugar de andar pidiendo para comer a 6 mil kilómetros de Wapakoneta, Ohio, de donde nunca debieron salir. No tenían nada que ver con Opalka, pero no ayudaron al día.

No haré burla de todo el asunto de Opalka. Ni de las explicaciones que el artista daba de la simbología profunda del concepto intenso de la vivencia encarnada y la trascendencia de que el fondo fuera más o menos oscuro en cada obra maestra (daba conferencias sobre el asunto, de verdad)... Ya lo he hecho durante 24 años.

Pero durante esos 24 años, y desde que era un joven aspirante a poeta que luego se dedicó a la música para después hacerse cuentista, novelista y fotógrafo (y que hoy se plantea la vuelta a la música nomás por joder) he hecho también algunas reflexiones sobre todo ese arte de vanguardia, y he tenido largas cuanto nunca fructíferas discusiones con queridos amigos (y despreciables enemigos) que disfrutan de las vanguardias –o eso dicen– y aseguran que pueden distinguir distintos cuadros de Jackson Pollock, tarea que les digo que me parece no sólo imposible, sino innecesaria e inmensamente boba... y básicamente concluyen lo que concluyó aquella novia que nunca fue cuando yo habitaba los 17 años: que soy un puto aldeano.

Instalación de Yoko Ono. Tres montones de tierra etiquetados "País A", "País B" y "País C" frente a un póster de "War is Over", la campaña de Lennon y Ono contra la guerra de Vietnam. Con esta audaz obra de arte de complejísima ejecución, Yoko Ono consigue trasladar a los imbéciles de su público tres originales y asombrosos conceptos, todos de una profundidad de vértigo: 1. Todos los países son iguales. 2. La guerra es cosa mala. 3. Soy la viuda de Lennon y que no se les olvide.
Bien, sí. Soy un aldeano. La música con dos notas no me parece "un audaz intento de ruptura del status quo impuesto por la dodecafonía burguesa", sino una impostura (ya los 4′33″ de John Cage me parecen directamente reírse a la cara de la gente). La pintura sin objeto, "la performance", la instalación, la poesía concreta, el videoarte en general,  y todo lo que son las vanguardias me parecen un embuste. Me lo parecieron cuando Yoko Ono se hizo famosa y me lo parecen hoy cuando hay hordas de presuntos artistas de encefalograma plano que se sienten Yoko Ono y quieren su fama, su dinero y ser las viudas de Lennon.

La cuestión es por qué.

El contexto racional, fáctico, del dato y el hecho, puede enriquecer enormemente el disfrute del arte, vamos a aceptar esto. Uno encuentra matices nuevos cuando se entera, por ejemplo, de las técnicas del fresco que hacen aún más impresionante el trabajo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Un entretenimiento mío para una novela que nunca acabé fue buscar las herejías (que no son pocas) contenidas en el techo majestuoso que pintó el genio de Caprese entre 1508 y 1512, lo que exigía, claro, cotejar las escenas con la descripción bíblica. (Ojo a los gestos de erudición que deslizo con tanta elegancia... ¿qué?, ¿usted sabía que Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni nació en ese pueblucho de la Toscana? No, ¿verdad? Pues esa erudición da puntos adicionales si a uno le da por posturear.) Claro que todo eso y muchas cosas más le dan nuevas y enriquecedoras dimensiones a la hazaña pictórica.

Pero...

El techo de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel Buonarotti.
(Imagen CC de Aaron Logan vía Wikimedia Commons)
Tengo la impresión de que si uno no sabe nada de la Biblia, si lo único que le evoca "Miguel Ángel" es el nombre del bajista de un grupo que no conocen más que en su pueblo, si el Renacimiento le suena a barrio argentino, si "fresco" es sólo lo que siente cuando le da la brisa... de todos modos al entrar a la Capilla Sixtina y ver el trabajo de Miguel Ángel va a sentir algo.

Como lo siente uno cuando ve el Taj Mahal la primera vez sin estar enterado de la historia que tiene detrás (yo hasta hoy no tengo puta idea de qué lugar ocupa en la historia de la arquitectura indostana, pero me sigue pareciendo precioso).

Como lo siente con los primeros compases de la Tocatta y Fuga en re menor de Bach, o con los de "Thick as a Brick" de Jetrho Tull. O al leer a Poe.

Quiero decir, pues, que lo que se espera del arte (o lo que yo espero, pues) es que provoque emociones independientemente del hecho racional. Si necesitas el contexto, si tu emoción depende de que tengas la información necesaria para entender el esfuerzo de Opalka (o la babosada de Yoko Ono, que exige que sepas qué fue la campaña "War is over" y qué fue esa guerra y cómo cambió al mundo y quién era ese señor contradictorio llamado John Lennon y cómo llegó a casarse con esta poser), entonces la emoción tiene inevitablemente algo de evocada, algo de falso, algo de postureo: "Me emociono con el arte de Riflovia Mishkiminsky porque mi conocimiento, información, capacidad de búsqueda en Google, elevada posición social y educación refinada me ponen por encima de ti, puto aldeano que se entusiasma con la simpleza de Van Gogh, que pintaba florecitas, amosnomejodas..."

Florecitas de Van Gogh. En este caso, "Cuatro girasoles cortados".
(Juro que Riflovia Mishkiminsky no existe, pero me registro al personaje porque me la imagino con un vestido y permanente de 1950 haciendo una performance en el que se arregla las uñas dentro de un cubo de plexiglás mientras el público la escupe, cosa que debe ser profundísima si la interpretas como debes. También me registro la performance. Por si un día vuelvo a escribir cuentos, vaya.)

No creo en el arte que depende de la interpretación correcta, pues. Siempre se interpreta, claro. Cuántas veces nos pasa que escuchamos una canción en un idioma desconocido que nos parece bellísima y le inventamos una historia y todo... y cuando nos enteramos de la letra real resulta una bobada himaláyica. Pues mala suerte. Nuestra interpretación habrá sido una mierda, pero la emoción era real, ¿no? Como cuando la gente escucha los Carmina Burana con música de Carl Orff creyendo que está escuchando música sacra y luego descubre horrorizada que son cantos profanos, calentorros, borrachones y altamente irrespetuosos. Su emoción era sincera.

Y cuando no hay emoción sin una interpretación previa, sin educarte en qué tienes que sentir ante tal o cual obra o estilo o similares, el resultado siempre me parece un tanto de plástico.

Lo dicho. Soy un aldeano. Pero nadie puede cuestionar la profundidad y genuinidad de mis emociones al ver ciertos cuadros, al escuchar ciertas piezas, al recorrer ciertas películas (como Casablanca, que debo haberla visto treinta veces, la mitad sin información ninguna y la mitad después de haberla diseccionado escena por escena en un curso de guión con Robert McKee, lo cual me da autoridad, creen algunos, para hablar sobre la película, y es más erudición que da puntos si usted es dado a eso).

Y eso es lo que a veces cuestiono. Cuando alguien aplaude emocionado la Sonata II para Piano Preparado (con tornillos entre las cuerdas, en serio) de Cage, no puedo sino pensar que hay algo de "Tengo que aplaudir porque es un grande, como Riflovia Mishkiminsky"

Quizá soy injusto, pero he visto mucho postureo de sala de conciertos y galería y se le reconoce fácilmente. Vamos, que salta a la cara.

Y me enferma. A veces, como en el caso de Opalka, ya no por el responsable de "crear" el arte en cuestión (aunque simuladores haylos por resmas, si quiere le presento unos cientos), sino por quien lo finge disfrutar cuando uno sabe (porque lo sabe) que estarían más a gusto en algo más aldeano, con pintura más aldeana, con música más aldeana, con literatura que se entienda y así.

Y yo prefiero a los aldeanos y ser uno de ellos. Al final todos vienen a bailar con nosotros.

29.7.16

Otra vez los dandys

Resulta especialmente incómodo leer una y otra vez comentarios de gente de cierto tipo despreciando a las masas mal lavadas, a las multitudes desinformadas, a las chusmas "menos preparadas" y a los "viejos reaccionarios" sin los cuales, parece ser, España sería una utopía que ríete tú de Suecia injertada en Pyongyang.

Es una muestra de incapacidad de comprensión que suena y resuena a María Antonieta y su "que coman pasteles", sea cierta o no la anécdota.

No se puede ser tuitero de pro en España, escribir en los diarios, rebuznar en las televisiones, escribir libros que te promuevan los iconos del politicorrectismo si no desprecias profundamente a todos los que votan al PP, los que escuchan a Camela, los que no han leído a Gramsci, los que ven a Sálvame, los que compran el libro de Belén Esteban...

Ojo, cuidado, no estamos diciendo criticar al PP, a Camela, al sistema educativo, a Sálvame o a Belén Esteban, que son asuntos que sin duda tienen su utilidad, por poca que sea, y su relevancia social, supondremos.

Tampoco estamos hablando, que serviría un poco más, de desarrollar métodos para optimizar la educación de quienes mantienen a todas esas instituciones con aspectos sin duda criticables. Vamos, si ya tenemos un sistema educativo universal y pagado por todos, ¿no sería una buena idea pensar en hacer que funcionara mejor? Porque evidentemente no está funcionando como decía el prospecto publicitario y algo habría que hacer.

Pero no.

Estamos hablando de despreciar al populacho. Estamos hablando de sentirse superiores al vulgo descerebrado, de demostrar una habilidad lingüístico-metafórica inalcanzable para la plebe, de establecerse en una élite cuya existencia debe agradecer la marranalla y cuya sabiduría debe beber con la pasión del que ha cruzado el desierto habiéndose olvidado el dinero para las máquinas de cocacola que hay en el camino.

La horda no entiende a los perfumados de la ideología más exquisitamente avanzada, y es importante que esto se utilice para su escarnio, el de la horda, digo, claro. ¿Cómo esa gentuza que se solaza en el ¡Qué me dices! y en los devaneos amorosos o sexuales de "Chabelita" o "Kiko" (así les dicen, en confianza, como otros dicen "Kierkegaard" o "Makhmalbaf") va a poder discutir con las firmas de eldiario.es o entender el profundo análisis de rebelion.org?

El secreto detrás de este mirar por encima del hombro implica, desde luego, una convicción profunda en el crítico: la idea de que él -o los suyos- están destinados a ser los conductores de la canalla, saben lo que es mejor para el vulgo, son, vamos, como los monarcas que lo eran porque nacían superiores a los súbditos, como los superhombres nietszcheanos... son un canto a las ideas de Ayn Rand del hombre de inteligencia superior... y no parecen darse cuenta...

Si uno finge demencia y sonríe, puede escuchar de cuando en cuando algo así como "son pobres porque quieren", esa vieja consigna que era el santo y seña de los caciques sin importar de dónde procedieran.

Cuando el pobre, inculto, ignorante, deseducado, analfabeto es, además, de color más bien oscuro, entra en acción ese deseo de echarse a la espalda la carga del hombre blanco, que diría Kipling, y salvar de sí mismos a esos "mitad demonios y mitad niños" que dijo el autor de El libro de la selva (que mira que eso del racismo filantrópico se lo paso a Kipling porque vivió en ese contexto histórico y fue educado como fue educado y no tuvo a mano otras ideas, pero cuando vives en el siglo XXI y tienes una licenciatura en políticas por la Complutense y vives en Vacíamadrid, que uses los mismos conceptos para "los silenciosos y descontentos pueblos" hace que yo, tan poco afecto a la violencia, empiece a plantearme las propiedades terapéuticas del swing de derecha directo a la dentadura)...

Y nadie está celebrando la pobreza, la ignorancia, la incultura, la falta de educación... al contrario... Son los grandes enemigos de todo ser humano medianamente decente, que en mi léxico significa de cualquier persona de izquierda convencida de que la injusticia debe combatirse. Es la forma de abordarlo, el paternalismo, la forma en que se ejerce una selectividad discriminatoria con base en las propias ideas, no sé si es la izquierda exquisita (mejor el nombre original de Wolfe, el radical chic) o la gauche divine o la izquierda caviar, o si siquiera sean o no de izquierda (no soy tan ingenuo como para abordar ese debate sin katana)... sé que me aburren, me asquean, me desbordan en su infinita sabiduría de a tanto el artículo, de bestseller irrelevante, de enfant terrible que no pasa de niñato petulante, de postureo más allá de lo conveniente para la salud del esqueleto. Me joden.

No es nada nuevo, no. Es una lacra permanente, continua. Esa tentación leninista, ese revisitar la utopía "pero no en mi propia casa" que al final distrae de las ideas que deberían ser fundamentales o eso cree uno porque tiene derecho. Cosas como que si no aceptas la opinión diversa tu carné de demócrata vale menos que un billete del metro de Moscú en los trenes de cercanías de París. O que no puedes ser legítimamente parte de la lucha de nadie a quien desprecies.



Lo que me molesta es que son legión o lo parecen porque van en manada, y son vistos por muchos como el modelo a seguir, el Google route que va del aulario al comentario agudo desdeñoso, a la ristra de tuits demoledores con más cálculo que el libro de Leithold, a la columnilla -bienpagá- en el periódico de moda que lleva al libraco en el que puedas demostrarle al mundo tu supremacía sobre la hez, vendas 10 mil ejemplares y procedas a buscar puesto de tertuliano.

Y más jode (como el doble) que lo hagan cuando son los privilegiados del sistema, los que encontraron todo hecho, los que estudiaron porque había un sistema educativo allí (que hoy desprecian), que se atendieron porque estaba allí un sistema sanitario (que hoy tratan de desprestigiar) y que no tienen que cuidar a sus mayores porque tienen -todavía- una pensión más o menos justa que les permite a éstos sus devaneos intelectuales, sus petas, su coca, sus libros de Zizek y sus chais en el café vegeta donde tocan canciones del Che, y que lo hagan desde sueldacos a los que no puede aspirar ninguno de los que ningunean y pretenden pastorear hastalavictoriaoalgo...

Porque, y esto es lo esencial, esa parte al parecer mayoritaria (o al menos abundantísima) de la sociedad que exhibe ese comportamiento que hallan despreciable, la que le da el éxito a Bisbal antes que a Ismael Serrano, la que ve realities en lugar de El ministerio del tiempo, la que lee bazofia en lugar de ilustrarse con Público está mandándole un mensaje a quienes han tenido, en su caso, la suerte de ver al mundo desde otra perspectiva. Pero si tu estrategia de combate de la ignorancia es el menosprecio antes que la comprensión, si la chabacanería merece tu desdén (o de cuando en cuando la glorificación de lo camp), si la ramplonería y el rechazo a "lo tuyo guay" no te hace pensar que no estás conectando con tu gente, tu destino es el del eterno outsider, petimetre ridículo que se pasea entre la morralla creyendo que da ejemplo cuando es sólo material para la burla y el escarnio de sus salvados.

Con lo cual la inversión que hizo la sociedad en ti se desperdicia lastimosamente, que al final es lo que más jode.

20.7.16

Cumplir: No es no




No existe el PP. Ni Ciudadanos. Ni Podemos y su jardín de infancia política poblado por docenas de pequeños partidos sonrientes. No existe ni el PNV ni CDC, ERC o Bildu. De hecho, no existe Coalición Canaria, con su solitario diputado.

Existe el PSOE.

O esa conclusión obtendría uno si fuera un extraterrestre que llegara a la veraniega España y prestara atención a la amplia gama de medios de comunicación que atienen las necesidades informativas de la sociedad: los antisocialistas del PP y los antisocialistas de Podemos. Todos están de acuerdo en que el PSOE, convertido en Gran Elector, una especie de Federico Guillermo I de Brandeburgo, será el único que decida si el PP ha de gobernar o no, si han de hacerse nuevas elecciones (para hastío de la patria) o no.

Nadie con una minoría parlamentaria de menos del 23% de los votos emitidos por los españoles, con sólo 85 escaños, ha tenido antes tanto poder.

Claro que el PSOE no tiene tal poder. Aunque se lo adjudiquen quienes esperan que esos 85 escaños les sirvan a ellos y no a la ciudadanía que votó a los socialistas. El juego político va por otro lado pero pasa sobre el PSOE (no "por" el PSOE, sino "sobre" él) en las cábalas de los aprendices de Maquiavelo de Podemos y los aprendices de Francisco Franco del PP.

Y sin embargo, el PSOE no tiene opción. No puede ser el elector de nada que no sea aquello a lo que se ha comprometido desde hace dos años repitiéndolo virtualmente todos los días.

A muchos convendría que el PSOE facilitara la investidura de Rajoy. Al PP le permitiría continuar su labor de destrucción del estado del bienestar. A Podemos le daría pretexto para clamar que PP y PSOE son lo mismo, afirmación que ha sido cuando menos el 40% de su cansino discurso desde enero de 2014, y esperar a las siguientes elecciones para cosechar gran cantidad de los votos socialistas. A Ciudadanos le encantaría porque le despeja el espacio de la moderación a su delirio neoliberal.

Sólo hay dos grupos a los que no convendría la claudicación: al PSOE y a los españoles.

Por eso el PSOE no puede plantearse el voto a favor o la abstención en una hipotética investidura de Mariano Rajoy.

No puede hacerse cómplice, por acción u omisión de una organización delictiva cuya corrupción ha empapado a toda España, a todos los niveles de gobierno, en una depredación brutal de los bienes comunes que se hace más sangrante cuando se une a la crisis y a las políticas antisociales del PP. A los que han votado al PP, tal corrupción les parece poco relevante, es cierto y debemos analizar por qué. Pero a todos los demás les parece un asunto de importancia en la vida política española.

No puede avalar que continúen las políticas de destrucción del estado de bienestar, los recortes selectivamente diseñados para que el coste de la crisis lo paguen los más desfavorecidos. Si dejamos de lado la simplista retórica de Podemos, una crisis de la profundidad de la que vivimos hace 6 años inevitablemente, por más que quisiéramos evitarlo, va a afectar a todos, ricos y pobres, desprotegidos y poderosos. Eso es lo que la hace especialmente corrosiva. Pero la socialdemocracia busca mecanismos para reducir el coste a los grupos sociales menos privilegiados y para que quienes se han beneficiado más de la situación previa a la crisis sean los que paguen la mayor parte de ésta. Precisamente lo contrario de lo que ha hecho y hará, por su ideología, el PP.

El PSOE no puede fallarle a los electores, a los militantes, a los simpatizantes a quienes se les ha dado un solo mensaje desde el 19 de julio de 2014, cuando Pedro Sánchez, siendo Secretario General electo pero aún no proclamado, declaró en Barcelona que el PSOE no sería parte de esa Gran Coalición con el PP que ya entonces anunciaba Podemos como piedra de toque de su campaña por apoderarse del voto de la izquierda social moderada. Han sido dos años de una campaña sin precedentes en la historia española y con pocos en la historia mundial para convencer a los electores de que esa Gran Coalición ocurriría, para empujar al PSOE contra las cuerdas de modo que transija con el PP... y dos años en que el PSOE ha repetido sin cesar que #NoEsNo. El triunfo de las convicciones sobre la presión política no es trivial.

El PSOE no puede ir contra sus principios. Sí, Podemos repetirá una y otra vez que el PSOE ha emprendido algunas políticas indeseables, pero ocultando las ha emprendido bajo la presión de una crisis atroz, de una situación nacional e internacional que no está bajo el control del gobierno y, sobre todo como el mal menor, no por haber "traicionado" su ideario. Vamos, lo mismo que se le perdona a Tsipras porque no tenía opción.

Dejemos de lado, porque el partido sólo tiene relevancia si es un instrumento al servicio de la gente, que la abstención sería un suicidio que provocaría la desbandada inmediata de gran parte de la militancia, el desencanto de los electores y la irrelevancia electoral futura del PSOE, es decir, la "pasokización" que era la gran esperanza (y ahora la única) de la banda de Pablo Iglesias. No puede abandonar a la mayoría social de izquierda moderada, dejarla sin una opción seria de gobierno socialdemócrata, conciliadora, razonable, para obligarla a votar a una izquierda regresiva, que no tiene ninguna consideración por el sistema, que no pretende corregirlo, sino destruirlo; que no acepta la democracia más que como herramienta para demoler la democracia, que detesta el proyecto europeo, que tiene como meta táctica la polarización de la sociedad a fin de hacerse con su control político y conservarlo... y que al mismo tiempo oculta sus intenciones con habilidad maquiavélico-gramsciana.

¿Va a tener un coste político decir "No" a la investidura de Rajoy en las dos votaciones? Por supuesto.

Pero es un coste menor que el que tendría decir "Sí" o "Me abstengo". Infinitamente menor.

Al asumir el coste político del "No", el PSOE envía un mensaje claro, contundente, sólido y de gran calado: en un entorno político donde los partidos y sus líderes opinan y afirman cosas distintas cada día que pasa, según sus conveniencias estratégicas y tácticas, por electoralismo o por una hoja de ruta en la que la ciudadanía aparece sólo como figurante de su épica fantasiosa, el PSOE es el partido que va hasta las últimas consecuencias por mantener su palabra.

A su interior, el partido además avanza con claridad hacia los congresos que tiene pendientes a todos los niveles, para renovar o confirmar sus liderazgos, para emprender la labor de reconstrucción de su vinculación con la sociedad que, se ha visto en las valoraciones postelectorales, es una de las urgencias de los socialistas. Emprenderla fortalecidos éticamente le da credibilidad a la organización y fortalece las convicciones de quienes la conforman.

Y todo eso implica, también, un rédito político. Porque el PSOE, como todos, se puede equivocar en el gobierno, incluso en la oposición; puede tener en su seno, como todos, a algún indigno y algún corrupto (o algún desleal); pero que no tiene la mentira como parte esencial de su ideario, de su compromiso ético, de su estructura de ideas, de la visión de sus militantes. Y sobre eso se votará ya sea en las terceras elecciones en 2016, en las de 2018 o en las de 2020. Elecciones en las que el PSOE debe estar allí defendiendo a la mayoría, a esos millones de ciudadanos que saben lo que les ha representado poner en práctica las ideas socialistas.

Ser un partido que cumple sus compromisos y no cambia de discurso según el favor del viento, ser serio en tiempos de Rajoy o de Iglesias, no es poca cosa... sobre todo para los ciudadanos.

24.6.16

No puedo votar de otra forma


(Esta entrada resume y enlaza mucho de lo que ha sido este blog, cuyos meandros aún no consigo desentrañar, pero que ha llegado hasta aquí, y luego seguirá hacia no sé dónde...)
Estoy habituado a las descalificaciones ideológicas, como cualquiera que haya opinado abiertamente de política toda su vida. Me han tocado de la derecha y de la izquierda.

Obviamente es difícil para quien piensa distinto imaginar que mi posición política no es el punto donde "renuncio" al pensamiento llevado por lo visceral, sino que es el punto al que me ha llevado la observación crítica de las sociedades tanto históricamente como personalmente en los ya no pocos años que me ha tocado vivir.

Soy socialdemócrata porque la socialdemocracia ha demostrado ser la ideología más eficaz que tenemos para transformar las sociedades de modo permanente y hacer más feliz a la gente, permitiéndoles vivir más plenamente, más tranquilamente, con mayores oportunidades de desarrollarse. Obteniendo resultados claramente más deseables que los obtenidos en sociedades organizadas sobre otras ideas. A las pruebas me remito.

Mi opción se debe a la constatación de que la socialdemocracia puede equilibrar derechos, libertades, justicia, igualdad de oportunidades, atención a los más débiles o desposeídos por medio de la solidaridad, el reparto equitativo de las cargas sociales y el diseño de una sociedad de bienestar donde la prioridad sea erradicar la pobreza y la desesperación.

La socialdemocracia es la izquierda eficaz, la que ha servido a más personas para vivir mejor, siendo menos emocionante que la épica de un discurso de cinco horas, un pelotón de fusilamiento o un himno cantado por el coro del Ejército Rojo. La socialdemocracia ha conseguido normalizar logros sociales que en sus orígenes eran rechazados por los poderosos. La educación de los hijos de los trabajadores, la sanidad pública y universal, las pensiones... todos fueron motivo de escándalo para las buenas conciencias del poder. Pero convertidos en derechos en un esquema socialista posibilista y progresivo, se volvieron la norma. Por eso la derecha cavernaria y la izquierda del espejismo los reclaman como propios, les rinden hipócrita homenaje verbal, los añaden a sus programas y se ven obligados a respetarlos más de lo que desearían.

No creo en fuerzas mágicas, ni en la de la historia ni en la del mercado porque nunca han demostrado su eficacia. No creo que desmontar al estado sea solución alguna, como no lo es convertir al estado en el poder único de una sociedad. No creo en los odios genéricos sino en la crítica puntual. No creo en la división binaria de la sociedad que vende el fascismo (de derechas o de izquierdas) sino en una diversidad desafiante. No creo en el simplismo, sino en la complejidad social y humana.

Cuando el socialismo democrático ha gobernado España, los beneficios obtenidos por la sociedad han sido muy superiores a las dificultades provocadas por sus errores. Todas las libertades, las leyes sociales, los derechos, han sido creados, defendidos y legislados por los socialistas, salvo cuando han sido bloqueados por la derecha cerril (de las más retrógradas de Europa) o por la izquierda regresiva (que oscila entre el amor a la violencia y las ínfulas de una grandiosidad imaginaria).

Los errores se estudian para superarlos, para aprender de ellos, para cambiar. Es inútil convertirlos en letanías sin contenido o en acusaciones vanas. Los socialistas han reconocido errores y han luchado por superarlos, aprender y cambiar, con resultados alentadores. No han alcanzado la perfección moral, pero ni la reclaman para sí ni admiten que otros se la adjudiquen. Quien se atribuye la perfección moral, miente, sea cura o profesor, mesías místico o laico. Y estoy harto de que tantos se la atribuyan a sí mismos o a sus líderes-fetiche.

Sé que no hay soluciones a todos los problemas, que gobernar es elegir, tomar decisiones. Me gustaría que las hubiera, pero la realidad opina distinto. Es más, sé que las soluciones son complejas, insuficientes, siempre, criticables por supuesto (desde la mala fe es posible argumentar contra cualquier acción, cualquiera) y muchas veces sólo valorables en perspectiva histórica. Y que no hay soluciones fáciles, porque la sociedad es un ente complejo cuyo avance no se decreta mediante bando solemne la soleada mañana en que el líder conquista el poder. Nunca ha ocurrido.

Adicionalmente soy antinacionalista y entiendo que el nacionalismo es ineludiblemente de derechas. Soy principista, porque sé que los partidos son herramientas, no fines. Creo en la militancia limpia y no en las militancias de la venganza, y prefiero los líderes electos libremente antes que los señalados a dedo o en listas tramposas. Todo ello me aleja igual de la derecha cerril que de la izquierda regresiva.

Votar al PSOE no significa que crea que el cambio se vaya a operar de modo milagroso, que todos vayamos a quedar satisfechos, que se instaure el paraíso en la tierra o que los problemas se disipen prodigiosamente al influjo de una investidura. Ni siquiera creo que todos los electos se ajustan a los más elevados estándares de comportamiento, algún pillo habrá, no hay familia sin él, pero espero con confianza que todo culpable sea echado, desconocido y acusado por su propio partido... porque ya ha ocurrido en el PSOE y no en otros partidos, sencillamente.

Votar al PSOE significa votar por lo que es posible. No por la grisura de quien ve en la ruina de media España la esperanza para la otra mitad (donde coinciden la izquierda regresiva y la derecha cerril, aunque defiendan mitades distintas). No por las promesas delirantes y las emociones desbordadas que nublan el razonamiento, no por el rencor acumulado, no por la revancha, no por la mentira, no por el engaño, no por el camorrismo y la altanería, no por la bajeza y la delincuencia (grande o pequeña) encubierta por la desvergüenza, no por el iluminadismo ni por el inmovilismo.

Y las agresiones, las descalificaciones, el pandillerismo, los insultos, la opacidad, el trolleo anónimo, la demagogia, la mentira como estrategia, la incondicionalidad del mal periodismo y el odio reconcomiado de quienes se presentan como opciones no hacen sino consolidar lo que es resultado de una reflexión profunda, votar al PSOE es votar a favor de lo mejor a lo que podemos aspirar y contra lo peor de quienes quieren instrumentalizar a toda una nación para servir a su ideología o a sus intereses antes que a su gente.

En conciencia, no puedo votar de otra forma.

1.6.16

Una mañana en el mostrador de quejas

(Manipulación CC de Atsme sobre fotos de Matskov~commonswiki; y Roger Blackwell.
Vía Wikimedia Commons)
-Hola, vengo a denunciar esto.

-A ver, sí... ummmm... esto está denunciado desde hace años.

-Ya, pero esto no se ha resuelto.

-No, claro.

-¿Cómo "no, claro"? ¡Si esto está denunciado ya lo saben!

-Por supuesto que lo sabemos.

-¿Y no lo han solucionado?

-Hay avances al respecto de esto, se han promulgado leyes, pero insuficientes porque no hay consenso parlamentario... y ha habido campañas y acciones, pero esto no es como hacer un huevo duro. Además, no depende del todo de nosotros. No somos magos.

-Entonces quiero denunciarlo.

-Bueno, si le hace ilusión. Póngase a la cola. La que sale de ese mostrador por la puerta 1 Norte.

-¡Óigame, pero si la cola da la vuelta a la manzana y sigue tres calles para allá!

-Pues sí, pero es la cola para denunciar esto. Todos tienen derecho a hacerlo si quieren.

-¿Lo mismo?

-Sí. A la gente le provoca gran placer denunciar esto, y nosotros tenemos que tomar la queja.

-Pero es un escándalo. Quiero hablar con la persona encarga de resolver esto.

-De momento está ocupada resolviendo otras sesenta y siete cosas. Si puede esperar, para mediados de agosto le puede atender, que es cuando toca dedicarle cuatro horas a esto.

-¿Cómo? ¡Pero si esto es un asunto social gravísimo!

-Sin duda, estoy totalmente de acuerdo con usted. La realidad es que hay otros varios miles de asuntos sociales gravísimos que hay que atender también.

-¡Pero esto es urgente!

-Y los otros asuntos también. Y algunos incluso más urgentes.

-¿Y por qué no ponen a más gente a resolver esto?

-¿Usted sería tan gentil de pagar el sueldo de una persona más para ello? ¿O al menos de ayudarnos a convencer a la gente de la cola de hacer un crowdfunding o un aumentillo de impuestos para contratar a esa persona y agilizar el asunto? Siquiera trabaje para convencer a la oposición que no quiere que se resuelva esto para que, precisamente, no se oponga. ¡Sería de gran ayuda!

-¡Por supuesto que no! Yo vengo denunciando esto como parte de la ciudadanía. ¡Conozco mis derechos! ¡Pago mis impuestos! ¡E insulto a la oposición en Twitter!

-No lo dudo. Los suyos deben ser unos derechos guapísimos y unos impuestos generosísimos. Como los de todos los demás. Pero resulta que tener derechos es sólo la primera parte del proceso de disfrutarlos y ejercerlos. Y las partes siguientes tienen problemas gordos, entre otros que sus impuestos no alcanzan para todo. Sin contar con que, quizás no se haya usted percatado, a la oposición sus insultos parecen resultarle insuficientes para convencerla de votar a favor de resolver esto... y otras muchas cosas.

-¡Pues a la calle con ellos!

-No es tan fácil. Les han votado y la gente parece tenerle cierto cariño a su voluntad electoral. Quizá usted tenga interés en trabajar voluntariamente con nosotros para resolver esto. Hay mucho qué hacer.

-¿No hay ONG que se encargan de esto?

-Claro que las hay. Pero, ¿de dónde saca usted que las ONG constan de voluntarios? En la mayoría, el presupuesto se usa principalmente para pagar salarios, de modo que se avanza poco en esto y mucho en el bienestar de los que instalan ONG. Por eso le sugiero que ofrezca su trabajo voluntario.

-¿Y con eso ya quedará resuelto esto?

-Mentiría si le dijera que sí. Esto que usted denuncia ocurre dentro de un complejo contexto que incluye percepciones públicas, actitudes sociales, realidades económicas, interacciones de fuerzas políticas, intereses encontrados entre distintas colectividades, una fuerte carga subjetiva y un conflicto serio de conceptualizaciones y proyectos de país. Por no volver a hablar del dinero.

-¿Y entonces?

-Entonces seguiremos trabajando para solucionar esto como se ha solucionado todo a lo largo de la historia: poco a poco, con las limitaciones que tenemos como organización, con los defectos horribles de los seres humanos que la conformamos, que entre nosotros luego se cuelan unos pillos que para qué le cuento...

-¡Eso hay que denunciarlo!

-También está denunciado, pero si quiere, la cola para volver a denunciarlo es la que sale por la puerta 4 Oeste.

-No, déjelo. Siga, entonces, ¿cómo dice que están solucionando esto?, porque no parece que lo estén solucionando y es indignante.

-... pues le decía, que se solucionará con dos pasitos para adelante y uno para atrás, con gritos y aspavientos, con mucha gente haciendo negocio con la denuncia, con unos pocos preocupados de verdad por resolverlo, con muchísimos convencidos de que denunciando y, como dicen ahora, "visibilizando", y con pancartas y artículos en el periódico, están impulsando la historia hacia adelante. Y al final se avanzará un poco. Si hay suerte, habrá avances sustantivos en algún momento. Sobre todo si se dan las condiciones para que el responsable de resolverlo pueda hacerlo sin que le den un tiro o insulten a sus hijos en la escuela o le acaben diciendo que no puede volver a trabajar en su vida y se tiene que ir de gondoliero a Venecia con una identidad falsa.

-Pero se resolverá.

-Para algunos.

-¿Cómo?

-Claro. Toda la gente de la cola quiere denunciar esto, pero no todos están de acuerdo en cuál es la solución correcta. Es decir, que no es posible resolverlo para todos. Algunos quedarán muy insatisfechos. Y vendrán a denunciarlo

-Aquí hay que poner a alguien que sí cambie las cosas.

-Sería un milagro... Pero los milagros no existen. Esto no depende de un alguien sino de muchos o de todos. Por eso cuando un alguien promete que lo resuelve todo fácilmente en dos días y lo ponen al frente del asunto, generalmente se retrocede décadas, en el mejor de los casos. En esto y en todo. Lea un poco de historia, por deprimente que resulte.

-¿Y las denuncias, entonces, no sirven para nada?

-Pues sí, sí sirven, para que no olvidemos que esto está allí, para que los encargados sientan la responsabilidad de resolver el asunto y para educar a otros. Incluso para que se sugieran mejores soluciones a esto. Pero sobre todo sirven para que el que denuncia se sienta bien, importante, rebelde, contestatario y supercuqui, y tenga algo de qué hablar cuando se va de cañas con los colegas el sábado.

-¡Está llamando irrelevantes a los ciudadanos conscientes que protestan y se indignan por esto..!

-No exactamente. La situación de la denuncia es como cuando ocurre un accidente de tráfico. Si no se avisara a los servicios de emergencia, no podrían llegar a tratar de salvar a los lesionados, detener a los responsables y restaurar el tránsito de vehículos. Pero si en el momento en que ocurre el accidente hay doscientas personas llamando al mismo teléfono de emergencia, pues al menos 195 de ellas son irrelevantes. Causan problemas, sobrecargan el sistema y no hacen nada por los heridos ni por detener al culpable, pero se sienten bien porque denunciaron... aunque estén viendo a otras 199 personas marcando el número de emergencia.

-¿Y entonces no quiere que llamen si ven esto?

-No he dicho eso. Pero si usted ve que hay veinte periodistas que viven de denunciar esto todos los días en los periódicos, si ve que hay tanta gente en las redes sociales repitiéndolo, pues subirse al carro no es una aportación demasiado enriquecedora, con todo respeto a su denuncia y a su justa indignación, por supuesto. ¿Pasa usted a la cola?

-¿Tiene prisa por deshacerse de mí?

-De ninguna manera. Pero es que esas doscientas personas que llegaron después de usted y están haciendo cola, pues también necesitan saber en qué cola ponerse para denunciar lo que quieren denunciar. Si mira para atrás, algunos hasta traen su pancarta y su megáfono de mano. Es como un uniforme.

-¿Y entonces?

-Pues vaya usted a su cola. Porque de lo del voluntariado y el crowdfunding y los impuestillos...

-¡Faltaba más! ¡Quiero denunciarle a usted! ¡Que no, que no, que no me representa!

-Vaya por el pasillo de la izquierda y por la puerta 3 Sur sale la cola de los que vienen a denunciarme a mí. Que tenga usted un buen día.

16.4.16

El infantilismo político y la puta realidad

"Niño llorando a la hora del almuerzo en el comedor de la granja". Pintura de August Heyn. Vía Wikimedia Commons.
Me preguntan por qué tengo la enorme osadía de votar al PSOE si este partido, las veces que ha tenido el poder en España, no ha instaurado el paraíso socialista ni ha cumplido al 100% con la totalidad de sus puntos programáticos.

Me explico: el socialismo democrático tiene entre sus principales pilares ideológicos la lucha contra la pobreza y contra la injusticia. Lo que algunas personas plantean es que el hecho de que el PSOE haya gobernado y sin embargo no haya acabado con la pobreza y la injusticia, y que además haya emprendido acciones que a muchas personas no les han gustado o incluso les han afectado negativamente, es suficiente para retirarle todo apoyo a los socialistas y pasarse a la derecha, al criptoleninismo, al marxismo inútil o a ese cajón cómodo y anodino de "apolítico" que es valedor de la peor derecha.

En concreto, me han preguntado (y la pregunta me asombra, tengo que reconocerlo) por qué siendo un ateo militante (y autor de un libro sobre el tema, perdonará usted la publicidad) no he actuado violentamente contra el PSOE, ya sea golpeando a sus dirigentes (cosa muy bien vista en algunos viejos partidos recién inaugurados) o al menos optando por votar por comunistas de diversos sabores o por neoliberales con coloridas máscaras variadas.

El problema primero es que no soy ni nunca fui comunista, y que no soy ni nunca fui tampoco neoliberal. Siempre he sido socialdemócrata y el único partido que en España defiende los ideales de la socialdemocracia desarrollados a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial es el PSOE. Pero además yo entiendo claramente por qué el PSOE no ha acabado con la pobreza, no ha acabado con la injusticia, no ha establecido un estado laico ni ha roto con el Vaticano y, además, ha tomado decisiones poco populares que le han valido los ataques de quienes rehuyen de toda complejidad, los maniqueos, los ideólogos del blanco y negro, los todoonadistas.

No soy muy fan de José Mújica porque me parece que tiene mucho de simulador y de asceta religioso, y su presidencia no fue todo lo que anunciaron sus incondicionales (especialmente los que en su vida pisaron suelo uruguayo). Pero una frase suya me parece llena de verdad: "La patología de la izquierda es el infantilismo. Es la confusión permanente de la ilusión con la realidad".

Resulta enormemente lamentable admitir que la izquierda, al menos en grandes sectores de personas que no participan de la política efectiva, tiene esa actitud de niño rico malcriado que no admite que no sea posible tener cuanto desean al momento. De hecho, en el fallido intento de recrear el 15M hace unos días en la Puerta del Sol, en Madrid, había un cartel que expresaba esta actitud con prístina claridad: "Lo queremos todo".


La respuesta, obviamente es: "Nosotros también, pero no se puede".

¿No se puede? Ésa es una argumentación que cae en un vacío conceptual absoluto para ciertas personas y grupos, en un agujero negro de su teoría (llamémosle así a falta de otro nombre) política.

Para que el infantilismo de las bases militantes florezca, es necesario, primero que nada, que haya una voluntad demagógica entre sus dirigentes. Es decir, como ya hemos comentado ampliamente en este blog, que haya personas con la desvergüenza política de a) decir que los problemas no son complejos, b) asegurar que las soluciones a los problemas son sencillas, c) señalar que las soluciones no se dan porque quienes han tenido el poder no han querido aplicarlas (son imbéciles, son ignorantes, son malvados, o todas las anteriores) y d) prometer que si ellas llegan al poder aplicarán de modo rápido e indoloro las sencillas soluciones que harán realidad el paraíso en la tierra.

Violines.

Claro que basta reflexionar un poco para darse cuenta de que es muy probable que esto sea un vuelo de la fantasía a cambio de votos y poco más, pero la demagogia tiene como una de sus tareas básicas impedir que sus víctimas reflexionen, lo que se consigue mediante el recurso permanente a las emociones, al entusiasmo, al símbolo, a lo cursi, incluso. Como los charlatanes de la videncia, aportan numerosos símbolos y conceptos vacíos que ya la gente se encargará de llenar con sus propias aspiraciones: "tendremos una democracia real" suena bien pero no significa nada, o significa todo: para algunos será democracia directa asamblearia, para otros será un referéndum constante, para alguno más será simplemente la derogación de la monarquía... ¿de qué está hablando el que promete "democracia real ya"? Nunca lo dice, decirlo implicaría comprometerse y quedar mal con parte de su potencial electorado.

Javier Fernández, presidente socialista de Asturias, se ha comprometido "a no decirle a la gente lo que quiere oír, sino a decirle lo que tiene que saber". Es precisamente lo contrario de lo que hace la demagogia.

Así que, se concluye, quien gobernó y no decretó el paraíso es malvado. Y seguramente no es "de izquierda" (otro concepto tan vago que para alguno es el comunismo leninista, para otro la anarquía bakuniniana, para alguno el liberalismo social de Obama y para otros quemar contenedores y patear policías). Y quien así piensa (permítaseme la figura de lenguaje) se puede sentar muy contento a sentirse víctima de quien "lo traicionó".

El exarzobispo de Madrid, cardenal y prelado ultraconservador Antonio María Rouco Varela. (Imagen CC vía Wikimedia Commons)
El caso de la iglesia

He comentado cómo la modificación al artículo 135 no sólo es distinta a lo que se ha relatado a la gente sino que salvó a España de la intervención y, esto nadie lo cuenta, no entra en vigor sino hasta el 2020. Puedo relatar también que la agilización de los desahucios por parte del gobierno del PSOE abordó el problema de los inquilinos morosos profesionales, gente que alquilaba inmuebles, no pagaba y vivía años gratis porque el proceso judicial para recuperar el inmueble era de una lentitud agobiante. Como la enorme mayoría de caseros de este país son particulares y tienen su piso como única fuente de ingresos, eran terriblemente victimizados por una legislación absurda que fue la que se cambió: la legislación de desahucios por morosidad de alquiler, nada que ver con los desahucios hipotecarios, repito. Y también puedo señalar cómo la reforma laboral de Zapatero en 2010 tenía por objeto parar la oleada de despidos y el crecimiento desbocado del paro. Y al mismo tiempo se amplió la ayuda de 428 euros para los parados sin prestaciones. Se hizo para tratar de evitar el cierre o fuga de empresas ofreciendo alternativas al despido... alternativas no agradables, pero mucho mejores que el despido y cierre de las empresas. Eran medidas desagradables, pero la opción, no hacer nada, era aún peor.

Eso es lo que no suele contar la izquierda regresiva y manipuladora, que no tiene el valor de decir que los problemas son complejos, que las soluciones siempre serán insuficientes, que el camino es difícil y que los frutos que se obtendrán no serán perfectos, de modo que hace demagogia de derecha diciendo lo opuesto.

Lo mismo pasa con el problema del laicismo y la iglesia católica en España.

En la Casa del Pueblo de Avilés, impartiendo el taller de laicismo para Juventudes Socialistas de Asturias.
Recientemente impartí un taller sobre laicismo para las Juventudes Socialistas de Asturias y, por supuesto, el tema fue parte central del debate: ¿por qué el PSOE no ha abordado directamente los temas del laicismo del estado, de la religión en la educación, del concordato con el Vaticano o los impuestos a la iglesia?

El primer punto es que, de todo un programa electoral, los partidos convertidos en gobierno se ven en la necesidad de establecer prioridades. Es decir, por sinceros que sean en la expresión de sus ideales y deseos y proyectos para el país, no se puede hacer todo al mismo tiempo y menos el primer día de legislatura, y por tanto hay que hacer las cosas en orden regidos por elementos absolutamente rígidos como qué es más urgente, qué es económicamente viable aquí y ahora, qué es políticamente posible y tiene el apoyo de las mayorías.

Y es que cuando un partido gana elecciones, no puede ni debe asumir que todos sus votantes están de acuerdo con absolutamente todo su programa, proyecto o ideario.

Claro que a muchos partidos eso les da igual. Tienen el poder y no tienen interés en matizar. Yo, personalmente, prefiero a un partido capaz de matizar. Y en el caso de la relación con la iglesia y la religión hay elementos que no se pueden pasar por alto: hay muchos militantes socialistas que son religiosos, mayoritariamente católicos, y lo mismo pasa con muchos de sus votantes.  De otra parte está la capacidad movilizadora de la iglesia y su innegable poder político y económico. Y están los ordenamientos supranacionales a los que todo gobierno debe atenerse so pena de ser excluido de la comunidad internacional en la que vive y comercia.

Traducción: no se puede actuar contra los militantes y votantes, las acciones se deben emprender de tal manera que eviten las movilizaciones de la iglesia y sus grupos, y no es tan fácil, por ejemplo, cancelar el concordato (que es un instrumento con valor jurídico internacional) de modo unilateral, porque el resto del mundo se preguntaría, claro, cuál será el siguiente tratado internacional que nos vamos a ventilar.

Todo gobierno de izquierdas actuará en contra de las religiones, por principio. En nuestro caso contra la iglesia católica, sobre todo. Como señalé en el taller al que enlazo arriba, la iglesia pretende opinar (e imponer su visión) en asuntos de vida y muerte, gravísimos y muy relevantes para la sociedad: divorcio, homosexualidad, anticoncepción, matrimonio igualitario, derecho al aborto, muerte digna... Y, digan lo que digan los infantilistas que se quedan en su capricho, sin duda es más conveniente para la sociedad --y respetuoso de los principios socialistas-- gastar el capital político de un gobierno de izquierda en una legislación más progresista sobre el aborto, en el matrimonio igualitario, en la muerte digna, en la defensa de la anticoncepción y otros asuntos, sí, de vida y muerte, porque su resolución representa un mucho mayor beneficio social que otras acciones que son también parte de las propuestas del partido, como el fin de los conciertos educativos o la renegociación del concordato, pero que son menos urgentes, ofrecen menos beneficios evidentes y necesitan un consenso mayor. Los cambios constitucionales, por ejemplo, según la propia constitución, requieren de mayorías de hasta 3/5 partes de los legisladores, así que aún con mayoría absoluta no siempre es posible hacerlos, por mucho que los subraye el programa político del partido a cargo.

El gradualismo es indispensable. Yo proponía, por ejemplo, comenzar a aplicar impuestos a algunos inmuebles propiedad de la iglesia católica, que sigue siendo una de las más grandes terratenientes de este país, pero no a los templos, porque si uno empieza diciendo que se le va a cobrar impuesto sobre bienes inmobiliarios a la catedral de Sevilla, sus propios votantes lo van a poner a caldo y la jerarquía se va a lanzar a derrocarnos.

Es necesario, entonces, haber vivido en una cueva con la entrada obturada con una piedra hermética para decir que los gobiernos socialistas no han actuado contra la iglesia. No han hecho todo, cierto, este "todo" del infantilismo. Porque no se puede hacer todo. Pero lo que han hecho enfrentando al poder de la iglesia en términos de repercusión en una vida mejor para la sociedad no puede despreciarse. O para despreciarlo es necesario bajar varios escalones morales. Lo que el PSOE en el gobierno ha hecho contra la posición de la iglesia es notable: divorcio, aborto, igualdad entre los sexos, respeto a las diferencias, matrimonio igualitario, respeto a las personas sexualmente diversas, que la materia de religión dejara de ser evaluable... ¿cómo es posible no verlo y cómo es posible despreciarlo cuando así se le devolvieron derechos a grandes colectivos enfrentando con éxito (no sin raspones) al poder del Vaticano?

Movilización de la iglesia católica contra el matrimonio igualitario y el presidente Zapatero.
Cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero estaba bajo asedio por la iglesia y sus huestes debido al matrimonio igualitario, cuando la canalla de HazteOir salía cada semana a la calle, jaleada por los medios de comunicación de la caverna, no vimos en las calles defendiendo al gobierno a quienes hoy reclaman que, además, debilitado y apedreado, Zapatero no hubiera decidido incumplir el concordato, imponerle impuestos a los inmuebles de la iglesia, quitar el financiamiento a la iglesia (que existe por ley, es decir, actuando como autarca o dictador) y decretar la anulación de la materia de religión. Nada de eso, muy deseable y que defiendo e incluso me parece poco, habría sido viable.

Y menos con quienes se proclaman de izquierda saboteando al gobierno de Zapatero con tanto o más entusiasmo que las hordas de derecha y ultraderecha. Con el entusiasmo con el que no han saboteado, por cierto, al gobierno de Rajoy.

Y es que la iglesia no es Rouco tartajeando imbecilidades. A una ruptura de las reglas por parte del gobierno puede venir otra ruptura, digamos, una huelga fiscal de los grandes empresarios católicos (claramente mayoritarios). Huelgas en los centros educativos para azuzar a los padres contra el gobierno y otras consecuencias. No se puede hacer si no se tiene la fuerza política y el apoyo de las mayorías.

Es política real, no caprichos. Es la realidad, la puta realidad, y no el reino fantástico donde se cree como niños que la voluntad política (como solía afirmar Juan Carlos Monedero, el asesor mejor pagado del planeta) basta para que haya dinero suficiente a fin de emprender un aumento de 100 mil millones de euros en el gasto anual, o donde individuos y organizaciones se pliegan dóciles a los designios de los amos o se manda a la policía a romperles la contrarrevolución a palos (cosa que ya ni en Venezuela es tan eficaz).

Uno de los jóvenes organizadores del taller me contaba que él había sido concejal en el ayuntamiento de su pueblo y, como ateo y antirreligioso, se había propuesto no asistir a festividades religiosas, pero que la presión de su comunidad fue muy intensa hasta que decidió acompañarlos en sus saraos.

Y comentábamos que, precisamente, un gobierno sensato tiene que gobernar para todos, no sólo para sus votantes, sino para quienes no le votaron (salvo que uno se adhiera a las ideas de los líderes de Podemos que afirman que para consolidar el poder es necesario polarizar a la sociedad, crear al "pueblo-nosotros" y al "antipueblo-ellos" y gobernar sobre la confrontación, no sólo política, sino violenta en las calles, a fin de que el cambio se haga irreversible; es una visión, pero personalmente me parece repugnante).

Todo esto presenta un panorama bastante más complejo que el que se percibe desde el infantilismo. La izquierda regresiva e infantilista en España poco a poco se ha ido dando de frente con esa realidad, esa puta realidad, en la que el voluntarismo y las ideas más elevadas se tropiezan con hechos reales que hacen que el hada madrina no pueda mover la varita y resolver todo. En Cádiz, en Madrid, en Barcelona, los votantes ilusionados con la cascada de promesas de los promotores del infantilismo están empezando a ser presas de la ira... ni hay empleos, ni se han detenido los desahucios, ni se han resuelto los problemas de la gente. Los milenaristas y adanistas se han dado cuenta de que si tienes 10 para gastar y tienes 20 personas que te piden 2 cada una, hagas lo que hagas acabarás con 15 personas muy molestas, más aún si les habías prometido 4.

Lo mismo ha ocurrido en Grecia. Cuando Syriza dio a conocer los 40 puntos de su programa electoral, algunos dijimos claramente que la mitad, al menos, eran absolutamente imposibles de cumplir, que eran brindis al sol, que resultaban un embuste. La agresión de la que fuimos objeto por tal osadía era previsible. Pero teníamos razón. Al final Tsipras fue víctima de la puta realidad.


Ojalá y más votantes se desprendan del infantilismo promovido por la demagogia y comprendan que la complejidad se gestiona lo mejor que se puede, no como se quiere, y dejen atrás consignas fáciles, de frases precocinadas sobre la maldad de los socialistas (que son imperfectos, eso no se discute, pero se vota para tener un gobierno, no un coro de ángeles ni un papá) y antes que preguntar "qué hay de lo mío" se presenten a decir "qué hago para ayudar con lo nuestro".

Soñar no cuesta nada.

21.2.16

La fácil oposición

Actualización el 22 de febrero: Casualmente alguien citó algún estudio de uno de los teóricos de Podemos, Íñigo Errejón, que me pareció interesante. Conseguí el PDF de "Estados en transición: nuevas correlaciones de fuerzas y la construcción de irreversibilidad", ponencia que presentó en un seminario en Ecuador hace un par de años y que precisamente va en contra de lo que aquí planteo. Como allá dijo lo que nunca diría en España y en público, y como tiene que ver con esta entrada y con los desmanes de su gente en la tarea de gobierno, copio: "... la construcción de un pueblo requiere siempre la construcción de un “afuera”, de algo que no es el pueblo, de un “anti-pueblo”. Y en la gestión del anti-pueblo, uno tiene que tender a reconciliar al conjunto de la comunidad política pero a la vez un gobierno popular no puede disolver el antagonismo, no puede “gobernar para todos”. Es más, no puede dar siquiera la imagen de que gobierna para todos porque eso sería tanto como disolver la identidad popular que lo ha hecho mayoritario."
Gráfico de Gapminder mostrando la expectativa de vida comparada con los ingresos por persona. Este sitio y su creador, Hans Rosling, utilizan datos para darnos una visión más fiable de la realidad social, económica y de salud del mundo, información útil para cambiarlo.
No estoy de acuerdo con que haya gente sin hogar. No estoy de acuerdo con que haya niños sin una alimentación adecuada. No estoy de acuerdo en que haya gente en el paro. No estoy de acuerdo en que algunas personas pierdan su vivienda por impago de alquiler o de hipoteca. No estoy de acuerdo con que baje la calidad del sistema sanitario. No estoy de acuerdo con la guerra. No estoy de acuerdo con que los trabajadores no reciban salarios suficientes, ni que carezcan de un ambiente de trabajo seguro, sano, cuidado y respetuoso. No estoy de acuerdo con... bueno, es la idea.

¿Usted sí?

Quiero pensar que quien esté de acuerdo con que ocurra todo esto es una minoría, incluso en la derecha (al menos la que no depende de su más obsecuente visceralidad).

Oponerse a lo malo es fácil. Es más, es sencillísimo. No requiere demasiado esfuerzo intelectual ni hacerse cuestionamientos morales demasiado complejos. Es directo, en blanco y negro y lo deja a uno sintiéndose como un campeón de la justicia social.

Esta oposición obvia sin embargo dos asuntos fundamentales que deben venir después de la lamentación sobre el estado de las cosas: entender las causas de estos hechos perjudiciales y encontrar formas de resolverlos, de eliminarlos de nuestra sociedad. Y allí es donde solemos tropezar con la enormidad, la verdadera enormidad de algunos problemas, causalidades múltiples, responsabilidades compartidas, a veces errores de diseño en el sistema, a veces mala fe a carretadas, a veces el maldito azar y siempre, siempre, la imposibilidad de generalizar. No es igual, pongamos por ejemplo, quien no puede alimentar a sus hijos porque tiene un salario infame a manos de un empleador voraz que aprovecha que el empleo que ofrece es la última esperanza de un trabajador en una sociedad con un asfixiante 25% de desempleo, y quien no los alimenta porque aunque obtiene enormes ganancias de la venta de drogas, se las gasta en drogas para sí mismo, en timbas de póker y en borracheras. Ya sé que es un extremo, pero entre ambos extremos hay una gama enorme de matices, aplicables a todos los problemas, como los enumerados al principio de esta nota.

Uno, que ha vivido en la oposición, sabe que su posición es, en una u otra medida, extrema. Yo, pongo un ejemplo, deseo que las religiones organizadas desaparezcan, que el estado no financie a las iglesias y sus fiestas, que los medios de comunicación no emitan saraos religiosos y que la separación iglesia-estado no sea una meta, sino sólo el punto de partida del combate final de la razón contra la superstición. Al final, desearía que la religión fuera una memoria de la infancia intelectual de la humanidad y que las iglesias se convirtieran en museos y en bibliotecas.

Iglesia dominica de Maastricht convertida en librería. (Imagen CC de Bert Kaufmann, via Wikimedia Commons)
Sin embargo, si yo llegara a ejercer algún poder político (esperemos que nunca ocurra tal desgracia), y lo obtuviera por la vía democrática, claro, tendría que moderar mis posiciones personales con la responsabilidad de gobernar para todos, incluidos los que están en desacuerdo conmigo y con mis sólidas y bien fundamentadas ideas. Incluso si mi programa de gobierno incluyera esa separación iglesia-estado tajante y decisiva, e incluso si obtuviera la mayoría absoluta, un 65% del voto, estaría obligado a entender que ese 65% de los votantes puede no estar totalmente de acuerdo con todo mi programa, sino que me han votado por el conjunto de propuestas y compromisos que asumo. Es decir, que aún en esas condiciones no estaría yo legitimado para ser el líder de la dictadura de las mayorías y cerrar iglesias para convertirlas en bibliotecas con un sonoro encadenamiento de dictados de un "¡Exprópiese!" evocador de Hugo Chávez en sus peores momentos.

¿Por qué? Porque sería mi obligación tener en cuenta a los creyentes, a quienes usan esas iglesias, a quienes apoyan su existencia por más que me moleste, a quienes están en desacuerdo conmigo y tienen, qué cosas, derechos y libertades que debo respetar.

Puedo, sí, por poner otro ejemplo y si consigo el presupuesto necesario, incrementar la educación sobre religión a fin de conseguir que el número de creyentes descienda o que los propios creyentes acepten que es mejor usar las iglesias como bibliotecas y circunscribir los actos de culto al espacio privado en el que más cómodos están.

Yo administrando la política de relación con las religiones y las iglesias en un gobierno democrático, por supuesto, sería un desastre. Enfrentaría al episcopado y su poder, facilitando que me echaran encima a sus huestes de incondicionales como Hazteoir lo hizo con Rodríguez Zapatero; denunciaría a los islamistas radicales, me negaría a que el Papa pusiera un pie en España, cancelaría los conciertos educativos con la iglesia, impondría no sólo el IBI, sino impuestos especiales a las fabulosas riquezas que la iglesia tiene dentro de sus inmuebles... haría muchas cosas que provocarían muchos problemas y resolverían pocos, aún si me circunscribiera al marco legal. También dentro de ese marco legal haría lo posible por que los curas pederastas respondieran ante la ley, impidiendo que los ocultaran sus compañeros de profesión, y aplicaría igualmente la ley con quien cometiera violencia de género, sin importarme para ello que tanto el agresor como la agredida fueran musulmanes y estuvieran de acuerdo en que el Profeta dijo que él le podía zumbar a ella. Pero todo ello, claro, lo tendría que hacer con arreglo a las leyes vigentes y, en todo caso, luchar por cambiar las leyes cuando son repugnantes, a fin de tener un marco legal más avanzado.

Mientras, provocaría un lío de proporciones.

Esto es enormemente aburrido. Es lento. Es tortuoso. Implica negociar con fuerzas diversas... implica tener en consideración a quien yo estoy seguro de que se equivoca, hombre ya. ¡Qué distinto es del sueño de tomar el cielo por asalto y decretar la felicidad de las masas agradecidas, de acabar con el mal, de cambiarlo todo, de gobernar por edicto, de prohibir y disponer como Iván el Terrible! Además de que esa revolución absoluta sin duda lograría que nos erigieran algunas estatuas que nos dejarán muy orondos por esa extraña idea humana de que el mejor homenaje a nuestros ciudadanos distinguidos es convertirlos en cagaderos de palomas.

Eso es lo que están descubriendo los profesionales de la oposición sin neuronas que han llegado a disfrutar algún poder en algunos ayuntamientos españoles por obra y gracia de la demagogia. El baño de realidad que se están dando es espectacular y lo resienten los asaltantes del cielo pero más lo resienten quienes les votaron porque sinceramente creyeron que los iluminados iban a arreglarlo todo con la varita mágica. Porque los problemas, según ellos, no eran complejos ni multifactoriales... eran todos asunto de voluntad política, la culpa era sencilla de atribuir: son ellos... los quitas a ellos, me pones a mí, y te mandaré un cheque de mil euros a tu casa todos los meses porque eres guapo. Y los pusieron al frente de las instituciones y ahora resulta que siempre no, que esperen, que esto no era tan simple como parecía...
Nota de El Mundo, 20 de febrero de 2016
Los trabajadores quieren demasiado, descubre Ada Colau, que además de repente entiende lo que nunca entendió cuando dirigía a las masas enfervorecidas hacia la tierra prometida del colauismo: que hay "limitaciones presupuestales". ¡Qué sorpresa! ¡No existen vastas cavernas llenas de oro que los malditos de la casta guardaban para sí, despilfarrándolo en odaliscas y mancebos y vino denominación de origen mientras el pueblo clamaba por pan a sus puertas! ¡No hay la discrecionalidad que se exigía que ejercieran los odiados de la casta para resolver los problemas prohibiendo acá y ordenando allá! El espacio de maniobra del poder político está acotadísimo por leyes y reglamentos y protocolos y exigencias insalvables en el ejercicio fiscal, en el cobro de impuestos y en su aplicación y casi todo el dinero que entra ya tiene destino, con él se pagan servicios, bienes, trabajadores, todo el aparato de administración.

Y aún cuando detienes el gasto superfluo y las irregularidades que cometían los que estaban antes, lo que sobra no es precisamente cantidad suficiente para resolver los problemas de una enorme ciudad. 2 millones de euros será -es- una fortuna para un ciudadano de a pie (reconvertido en pillo en Audi merced a su deshonestidad) pero cuando tu presupuesto ya comprometido es de 2.550.600.000€ (sí, más de dos mil quinientos millones de euros, que es el presupuesto de Barcelona para 2015), dos millones no te dan ni para limpiarte los mocos... menos aún para darle a todos los trabajadores de la ciudad, o del propio ayuntamiento, una remuneración de dos salarios mínimos al mes.
Nota de Europa Press del 18 de febrero de 2016.
El entorno de Manuela Carmena (víctima si las hay) descubre también que no es igual tomar una capilla o mearse a media calle descojonada de la risa como performance que imponerle las mismas historias a toda una ciudad que, cierto, quiere cambios, pero no forzosamente todos los cambios con los que sueñan los alrededores de la alcaldesa, que finalmente sólo conocen la realidad a través del lente teórico de cinco autores apreciadísimos en la facu y que si los lees y repites, sacas notable. Que los títeres y el madrenuestra y los coños por las paredes que son tan rechupiguay como suma contestataria en espacios minoritarios no eran exactamente lo que "la gente" quería. Quizá descubran que para que la gente aprenda a tolerarlo deberá pasar por un proceso de educación que no se les había ocurrido... ¿por qué si ellos eran la solución, la única y sencillísima solución a todo, al aspecto económico, sobre todo, pero también a las taras conservadoras de una sociedad que aún no se sacude el franquismo ni al episcopado ni la idea de que todos los rojos son como los rojos de caricatura del ABC (cosa que algunos rojos insisten en confirmar), y que si asumen la aburrida administración cotidiana de los problemas, necesidades y ocurrencias de cada uno de los 3.141.991 habitantes de Madrid a los que tiene que atender el Ayuntamiento, no tienen puta idea de qué va la cosa.

Y entonces es el momento de los "usted disculpe" y de los "lo hice sin pensar" y los "era una broma" y los "era joven y necesitaba el dinero" y los "pues presentamos una querella contra esos guarretes" y todo eso que deberían haber sabido que vendría porque el mundo, este mundo, su gente, esta gente, sus problemas, sus soluciones y su enorme complejidad no tienen nada que ver con las fantasías en las que viven en la academia endogámica, en las élites perfumadas, en quien nunca respiró nada más peligroso que el polvo de tiza.
Nota de larepublica.es del 5 de febrero de 2016.
Y así se está dando de narices con la realidad el alcalde de Cádiz, al que la ciudad y sus problemas se le han convertido en un acertijo matemático de altísimo nivel que pretende resolver callando a los concejales opositores y advirtiendo que él tiene una carrera... con esa arrogancia que, ingenuos, pensamos que era privativa de una derecha caciquil, autocomplaciente y arrogante.

Claro que hay que pedir que las iglesias se conviertan en bibliotecas y ser, como la vieja revista mexicana El hijo del ahuizote, "de oposición feroz e intransigente con todo lo malo". Con todo. Pero para hacer efectivos los ideales hay que conocer las limitaciones de la realidad, el enorme trecho que media entre estar en desacuerdo con las atrocidades que me rodean y resolverlas. Entre querer y poder. Uno puede querer volar con la capa ideal de Supermán, pero cuando decide tirarse de un séptimo piso munido solamente con dicho trapo, sus posibilidades de éxito son, por decirlo amablemente, escasísimas.


Cuando crees que puedes pasar del espacio de la denuncia y la justa indignación al espacio de las soluciones sin realmente haber entendido el problema... eres parte del problema. La realidad te impartirá un curso acelerado, sin duda, pero quien lo pagará no serás tú, sino la gente a la que le contaste tu cuento. Y que es finalmente a la que lanzas del séptimo piso con tu capa mágica.

17.2.16

¿Contra quién dices que protestas?

Como defensor de la libre expresión, como crítico de la religión, como ateo militante y como hombre de izquierda, siento que resulta razonable que haga una toma de posición ante el juicio que comienza ahora contra Rita Maestre.


Boceto rápido de retrato: Maestre, 26 años, ha sido militante de grupos de los creadores y jefes de Podemos, en particular de Contrapoder, organización creada por Pablo Iglesias y con la que controlan desde hace años la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, y de "Juventud sin futuro", uno de los colectivos organizadores del 15M. Maestre ha tenido una carrera curiosamente fulgurante en poco tiempo: de la capilla a trabajar en el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), consultoría política asesora del gobierno venezolano, entre otros, cuyo director es muy apreciado por el presidente de ese país y en el que han tenido actividad las cabezas visibles de Podemos. De allí, saltó a puestos de decisión en Podemos y, finalmente, a la lista electoral de "Ahora Madrid", hasta convertirse en concejala y portavoz del ayuntamiento presidido por Manuela Carmena.

Los hechos, hasta donde se conocen: el 10 de marzo de 2011, un grupo de militantes de Contrapoder recorrieron el camino entre su facultad y la Psicología, pasando el Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI) y la biblioteca de económicas, hasta llegar a la capilla católica que está en el bajo de un edificio de psicología al otro extremo del campus. Su objetivo era exigir que se cerrara la capilla, entendiendo que no tiene nada qué hacer en una universidad pagada con dinero público.


La reconstrucción de los hechos es difícil, sobre todo porque el tema fue profusamente cubierto por la prensa de derechas y religiosa, con la saña que le es característica, mientras que la prensa afín a la izquierda arcaica se dedicó más a defender a los manifestantes que considera "de los suyos" y sus acciones que a informar de qué había ocurrido realmente, así que todo testimonio y relato resulta sospechoso y escaso de hechos. Trato de separar hechos de valoraciones y reportes interesados: entre 50 y 70 personas de Contrapoder, encabezadas por unas 20 mujeres con pañuelos morados (era todavía sólo el color de la lucha feminista, Podemos no existía ni se había apropiado de él) entraron en la capilla de Psicología, interrumpieron una oración, algunas de ellas se desnudaron total o parcialmente de cintura para arriba y corearon consignas como "Vamos a quemar la Conferencia Episcopal", "Me cago en Dios, me río de la virginidad de la Vírgen María", "Menos rosarios y más bolas chinas" o "Contra el Vaticano, poder clitoriano" (son en las que coinciden varias fuentes, aunque alguna atribuye a Maestre la amenaza "Arderéis como en el 36").


Las activistas publicaron fotografías de su acción en sitios como "Fotogracción" y después exigieron que fueran borradas sin dar explicaciones. Unos días después, algunos participantes y organizadores eran detenidos por una denuncia del pseudosindicato de ultraderecha "Manos limpias" que se apoyaba en los artículos del Código Penal que tipifican delitos tan extravagantes como la "profanación" y la "ofensa de los sentimientos religiosos". 13 días después, el diario Público (que patrocina el programa "La tuerka" del grupo de Somosaguas) organizaba un chat para que se defendiera Rita Maestre, cuya carrera política se catapultó a partir de esta acción. En él dijo que se trató de una "performance; en todo caso, una acción simbólica y pacífica de protesta", se apresuró a decir que ella, en lo personal, "no participó" en la protesta y, de hecho, que la Asociación Universitaria Contrapoder en la que militaba también se deslindaba. En resumen, unas chicas que no tienen nada que ver con ningún grupo político pasaron por allí y decidieron protestar porque no tenían nada mejor qué hacer. Poco plausible, y menos al ver las fotos de unas 50 personas saliendo de la FCPS y caminando a la capilla. El juicio finalmente comienza ahora, 5 años después.

Finalmente, hace unos días, la joven política pidió una entrevista privada con el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, a quien le presentó disculpas por su acción de hace cinco años. Astuto, el arzobispo decidió mostrarse misericordioso y perdonarla, aunque uno sospeche que su actitud es tan profundamente insincera como la de Maestre, de pronto más interesada en proteger su carrera que en promover el laicismo.

Es fácil ver que en el asunto se mezclan muchos elementos y para poderlo analizar hay que deslindar y categorizar cada uno.

Primero que nada: una capilla no tiene nada qué hacer en una universidad pública, por supuesto. Sería razonable y deseable que se emprendieran las acciones necesarias para presionar a la rectoría de la Universidad Complutense de modo que cancele las concesiones correspondientes a las capillas aún existentes. Cierto que hay alumnos católicos, pero también los habrá de otras confesiones religiosas que no tienen templos propios en la universidad. Las escuelas, y en particular las universidades, son los espacios de todo lo contrario a la religión: del pensamiento, de la crítica, del cuestionamiento libre, de la exploración del universo y del conocimiento antes que de las creencias (omito por el momento el debate de que en algunas disciplinas sociales que se estudian en las universidades esto es sólo un objetivo lejano y en modo alguno una realidad, por desgracia). No es defensible, ni siquiera históricamente, la existencia de estos espacios. Cómo conseguir que se eliminen ya es otro tema y pasa por lugares muy lejanos a la pequeña capilla.


Segundo: la libre expresión de la que hablábamos en la anterior entrada de este blog es una libertad clave en este panorama, es decir, no se debe penalizar a nadie por expresar opiniones, por ofensivas que puedan ser consideradas por otra persona. La persecución judicial -orquestada además por un grupo de la ultraderecha española- parece excesiva, absurda, revanchista y echa mano de otros de los artículos más lamentables del Código Penal, el 524 y 525 que tipifican el delito de opinión, uno de los más repugnantes para una sociedad ilustrada. Tales artículos deberían pasar a ser parte del pasado, mientras más pronto mejor, en busca de una sociedad donde la libertad de hablar sea más importante que el hecho de que alguien pueda sentirse ofendido por lo dicho. Pero derogar esos artículos es otro tema y pasa por lugares muy alejados de la pequeña capilla

Tercero: la acción de las militantes de Contrapoder es una estupidez sin sentido, una búsqueda de notoriedad para su proyecto político que no hace nada por la promoción de un estado laico y menos aún por la libre expresión. Por no decir que en lugar de ayudar a la lucha contra las creencias y la iglesia, lo que consigue es precisamente lo contrario, como se vio en el cierre de filas del catolicismo madrileño a resultas del presunto "performance" que se apresuraron en llamar "profanación" apoyados en las leyes vigentes, aunque repugnantes.

Me explico: la crítica a las iglesias, a la religión organizada y a sus efectos perniciosos, no es útil cuando se hace en un lugar donde no están ni los jerarcas religiosos ni los políticos que pueden tomar decisiones. Lo que había en esa capilla universitaria era un grupo pequeño de creyentes que se ven de pronto avasallados, invadidos, culpabilizados y humillados. Conociendo el tipo de activismo de la izquierda arcaica (de cerca, que uno nunca fue de la élite académica ni política) y viendo las fotos, no es creíble la performance pacífica, y sí es más probable la descarga de adrenalina contra una institución despreciable, la expresión de furia aunque no haya amenaza física. ¿Tiene sentido esa expresión ante un grupo de creyentes que son, lo he dicho y lo repito víctimas desde su niñez precisamente de esa religión y de las prácticas reprobables que la caracterizan? ¿Qué responsabilidad o capacidad de decisión tiene el puñado de personas que fueron público involuntario de la acción política de Contrapoder? No las tienen, por supuesto, fueron elegidas para ser la escenografía de un espectáculo público de promoción política, y poco más. Peones improvisados de una estrategia hegemónica bien diseñada por los líderes de Contrapoder, los "Cinco de Somosaguas" y su entorno.

Activista de Femen Ucrania frente a la oficina del presidente Yanukovich, protestando contra la docilidad de éste ante Rusia, 2010. (Imagen CC de Femen, via Wikimedia Commons)
Encuentro mucho más válido, valiente y valioso el activismo, mucho más brusco aún, de Femen, aunque en ocasiones me parezca muy mejorable y no lo suscriba del todo, convencido de que es sólo una forma de lucha, pero nada más, porque al menos ellas van a enfrentarse a quienes tienen responsabilidad de que las cosas sean como son: a obispos, arzobispos, al papa, a legisladores y políticos como Merkel o Putin. Pero Femen, además, no es parte de otra estrategia política superestructural de la que sea una ficha a jugarse, su objetivo es única y exclusivamente el activismo por los derechos e igualdad de la mujer, no son un grupo que vaya cambiando de causa conforme lo vaya pidiendo el vaivén cotidiano del interés público según el encabezado del día. Y además, las activistas de Femen asumen lo que hacen en lugar de excusarse con "yo sólo estaba mirando". Las grabaciones demuestran que Rita Maestre hacía algo más que mirar, participó en consignas y quitándose la camiseta, cosa que por supuesto no es ni debe ser delito, lo desagradable es la mentira por miedo a enfrentar responsabilidades personales, y en un político mucho más. Y ninguna se ha pasado aún a la política profesional.

Otro detalle, acaso un poco menos relevante: la acción se realizó en un espacio que la universidad ha concedido a la Conferencia Episcopal y que, por tanto, no puede considerarse un espacio público, y donde los responsables pueden establecer reglas que limiten la libertad de expresión. Esto lo admitimos en muchas ocasiones: hay reglas de conducta que se asumen colectivamente para mantener la lubricación social aunque impliquen moderar nuestro lenguaje o actitud. No significan renunciar a la libre expresión (porque entonces serían despreciables), sino establecer reglas comunes de acuerdo temporal en espacios bien acotados. Todo mundo tiene derecho a tocar un balón de fútbol con las manos, sería absurda una ley que encarcelara a quien lo hiciera... pero para jugar al fútbol uno tiene que aceptar las reglas que dicen que, mientras el balón esté en juego, sólo el portero lo puede tocar con las manos, los demás que lo hagan sufrirán una penalización.


Si Podemos o Contrapoder tienen un despacho, sede, edificio u oficina, sería considerado ilegítimo, incluso delictivo o al menos bastante poco elegante, que se presentaran 70 personas y entraran a una reunión de pocos integrantes del partido, ninguno dirigente, a gritarles algunos insultos poco creativos y lanzar consignas contra un liderazgo ausente por estar en total desacuerdo con la formación política y sus posicionamientos. Y más si, como en este caso, alguien se pone en la puerta para impedir que entren los manifestantes y lo aparten de un empellón (que ya no es libre expresión) como asegura el capellán que hizo con él la propia política Maestre. En ese caso, Podemos hablaría de allanamiento y de violencia contra uno de los suyos, apartado a empujones, además de una espectacular falta de respeto a las reglas del juego democrático. Los activistas de Contrapoder -no tiene sentido negar que lo son- tienen suerte de que el arzobispado, con su tradicional sed de venganza, no se decantara por esta visión para perseguirlos por faltas ya no de opinión, sino de delitos que están mucho más objetivamente tipificados.

Una y otra vez he insistido en que el ateísmo militante, la lucha por el laicismo y la crítica de la religión no se hacen, o no se deben hacer, por disfrutar la satisfacción que puede darnos sentirnos moralmente superiores, más inteligentes, más guapos, más agudos, más cultos o mejores personas que quienes rezan fervorosamente de hinojos en el banco de una iglesia. Eso no es sino mezquindad y autocomplacencia. Y es también olvidar que cualquiera de los ateos y laicistas de hoy, nosotros, a poco que nuestra historia personal fuera ligeramente distinta, podría estar allí, de rodillas, entregado, creyendo honradamente que está en manos de un poder superior, sea Jehová, Xenu o la Pacha Mama.

La militancia contra creencias y religiones se hace, sobre todo, por los creyentes, por su libertad, por su derecho a decidir, por su integridad y dignidad.



Y es allí donde, en ejercicio de su libre expresión (más o menos) y con una reivindicación más que legítima (pero que sólo asumieron un día cuando el problema es cotidiano y grave), la política profesional Rita Maestre y su grupo activista han actuado de modo moralmente cuestionable al ir al eslabón más débil de la cadena, a las víctimas, a los que ponen el dinero, la fe, la confianza, la oración y la defensa de quienes abusan de ellos. Es como ir a un orfanato a gritarle a los niños que estamos en contra del abandono infantil.

Puede ser legal, pero es profundamente imbécil, arrogante e insensible.