18.11.16

Estafadores en cuatro monedas...

El malecón de La Habana, Cuba. Foto de Google Earth. Obviamente, no hay Street View.
1. La Habana, 1991.

Visito por primera vez el paraíso de los trabajadores para constatar que esto de la publicidad engañosa alcanza cotas asombrosas en política. El tercer o cuarto día de mi visita decido salir a que me timen. El peso cubano "oficial" vale un dólar y así me lo toman en los lugares donde estamos debidamente vigilados por nuestra amable "guía de turistas" proporcionada por el Ministerio del Interior para la dura tarea de supervisar que los extranjeros éstos no entren donde no deben. No es un control norcoreano, pero está allí. Y no lo es tanto que me escabullo con facilidad. El peso cubano "libre" está dándose a hasta 20 por dólar. El dólar es el pasaporte a los satisfactores que los cubanos no tienen habitualmente, y menos ahora que es "período especial".

"Período especial" es un concepto que resume "se acabó todo lo que nos regalaba la URSS a cambio de ser su trampolín a 90 millas de Florida y ahora resulta que estamos en la puta calle porque desde 1959 no hemos podido ni querido organizar una economía que funcione mínimamente". Mis amigos quemaban muebles para cocinar escuálidas chuletas de cerdo compradas clandestinamente para agasajarnos (y uno se sentía horriblemente mal por comerse esa comida que para ellos era tan inalcanzable entonces como para uno un Lamborghini). Había apagones porque el petróleo no alcanzaba para mantener andando los generadores eléctricos las 24 horas.

Yo me lancé al Malecón con cara de turista despistado. En aquél entonces, los cubanos asumían que todo turista que hablara español era... español. Lo llamaban a uno "tío" y usaban jerga madrileña un tanto arranciada. No pasaron cinco minutos antes de que se me acercaran dos jóvenes muy delgados a hacer conversación. Les ofrecí cigarrillos (yo fumaba por entonces, y viajaba bien pertrechado) y conversamos sobre nada hasta que alguno preguntó si yo tenía dólares y si no me interesaba deshacerme de la basura económica imperialista a cambio de unos relucientes billetes revolucionarios. Llegamos a un acuerdo generosísimo: un camilo, un che y un martí (un billete de veinte pesos con la cara de Camilo Cienfuegos, otro de tres pesos con la cara del Che Guevara y uno de un peso con la de José Martí) a cambio de cinco dólares. Vamos, 24 pesos por un billete que, en cuanto yo me perdiera de vista, valdría 100. Ganancia neta, 300%. Ni los magnates más delirantes de Wall Street podían aspirar a ese rendimiento.

Ellos se fueron creyendo que me habían timado. Yo me fui habiendo conocido un poco de cómo funcionaban las cosas de verdad en la isla. Y la guía de turistas me recibió preocupadísima porque dónde estaba yo y qué estaba haciendo y con quién. Le dije que estuve paseando. Los inútiles billetes cubanos (que los extranjeros no podíamos gastar) deben andar por allí.

Gran Vía, Madrid, España. Foto de Google Earth.
2. Gran Vía, 1992.

Tres hombres se entregan al juego de "la bolita" o los "triles" en una mesa portátil cubierta por un terciopelo rojo que vio mejores tiempos, con tres tapas de jerez y una bolita amarilla. Me acerco a husmear. El que mueve las tapas le "explica" el mecanismo a un apostador que es su primo o está casado con su prima. El apostador saca doscientas pesetas, "encuentra" la bolita y se embolsa doscientas pesetas. La escena se repite. Aclaran innecesariamente (para que oiga yo, pues): "Yo digo dónde está y apuesto", y el trilero asiente. Se mueven las tapas y se detienen. El "apostador" se decide por la tapa de la derecha. Me mira. "Ponga el dedo allí mientras yo saco el dinero para la apuesta", pide como si no fuera raro que las dos veces anteriores tuviera muy a mano los billetes. Me giro al tercer hombre de la banda: "Que lo ponga él". El sujeto da un paso atrás, preocupado: "No, yo no". Y pregunto, "¿Qué pasa? ¿Tiene algo de malo?"

Los tres me miran. Digo: "Esto lo hacen también en mi pueblo. Quería ver cómo lo hacen ustedes. Es una buena variante, yo pongo el dedo, usted apuesta, la bolita no está allí, usted me acusa de connivencia con el trilero y para evitar un follón yo le doy las doscientas pesetas, ¿verdad? Brillante."

Me miran más fuerte. Doy las gracias y me despido. Les doy la espalda porque es medio día, que si fuera de noche no los pierdo de vista ni un instante. Confío en que se aguanten las ganas de darme un manazo. Doy dos pasos, giro la cabeza. Los tres estafadores se han esfumado por completo, como si se hubieran tirado por una alcantarilla de la esquina con Calle Silva.

Rivera derecha del Sena, París, Francia. Foto de Google Earth.
3. Rive Droit del Sena, 2013.

Caminamos de Puente del Alma a Puente de Los Inválidos después de ver una inesperada y muy reveladora exposición de fotografía asiática situada en unos paneles y construcciones efímeras a la orilla del río. Conversamos mientras un rotundo hombre de chandal (pants) rojo, me atrevo a pensar que de la Europa Oriental, tal vez rumano y probablemente gitano (y me atrevo a pensar que me equivoco, los prejuicios que están allí en uno no son brújula de fiar, claro) camina recto hacia nosotros.

A un par de metros de distancia, finge ver algo en el suelo y se inclina a "recogerlo". Me lo muestra. Es un gordo y apetitoso anillo que, si uno está de humor, podría creer que es de oro. Me mira con amable expresión de "¿Esto se le acaba de caer a usted, señor de las barbas con cara de turista que viene papando moscas por el Sena y que ahora voy a averiguar si habla francés?"

Lo miro fijamente. Sonrío. Hago con ambas manos la señal italiana estándar del lenguaje universal de signos de la bolsa que sube y baja, las puntas de los dedos unidas, que significa "Ma che cazzo?" Inclino la cabeza, sonrío más, quiero dar la idea de complicidad, de comprensión, de "A ver, colega, ésta ya me la sé, no jodas..." no de "En este instante me traigo a toda la gendarmerie a que te apaleen como a un filete viejo". Aunque el hombre del anillo sonríe comprensivo, una sombra de decepción le cruza el redondo y moreno rostro. Ya no podrá decirme que si el anillo no es mío, de todos modos me lo puedo quedar para la señora, que estará feliz con el gordo cacho de oro, y él estará satisfecho si le doy una pequeña propina.

Aprieta su falso anillo en busca de uno un poco más tonto que yo que suelte los cinco o diez euros de rigor y sonríe una última vez.

Bridge Street al final del Westmister Bridge, Londres, Reino Unido. Foto de Google Earth.
4. Londres, 2016, a la salida del metro Westminster, frente al Big Ben.

Una mujer mayor, vamos, que no vuelve a cumplir los 70 ni volviendo a nacer, me sorprende metiéndome en la cremallera abierta de la chupa/chamarra de cuero una florecilla morada con el tallo envuelto en papel aluminio. Me dice que están trabajando en una colecta: "For the hospital". Me repite muchas veces lo de "For de hospital" y cada vez que dice la "p" escupe rociándome de gotitas repugnantes. Me doy cuenta que me la ha colado como suelen hacerlo las gitanas con la ramita de romero en España. Imposible devolverle la florecilla.

Trato de que el asunto no prospere. Le doy media libra. Me mira horrorizada y repite que es para el "hospppppital" con cuádruple escupitajo, y establece que la dádiva voluntaria pero ineludible asciende a cinco libras. La miro calculando cuánto me darían por su cara como material para tallar diamante en cualquier taller de joyería cercano. Repite que son cinco libras para el hospppital. Le digo, en mi mejor acento de Northumberland y con una sonrisa que juzgo encantadora, que sus dos opciones son a) largarse feliz con sus 50 peniques o b) que yo llame a la policía. Se evapora murmurando cosas en memoria de mi madre, mi abuela y otros de mis ilustres antepasados.

5. Sí, a veces los busco.

En Puebla y en los alrededores de la Basílica de Guadalupe en México hice migas con algunos para ver cómo funcionaban. Si algún día se filma una película en cuyo guión participé (otra, soy campeón mexicano de guiones no filmados) la primera escena es un timo de "merolico", un vendedor ambulante parlanchín peculiar a ese país. Las más de las veces, me buscan a mí. Tengo, me dicen, "imán" para los peculiares. Cada vez que voy con un grupo de gente y nos cruzamos con algún ejemplar al que le faltan dos tornillos, es betatester de un alucinógeno que pronto será superventas en las discos, se ha bebido hasta el shampoo del perro o anda vendiendo entradas falsas para un concierto, partido de ping pong o pase de alta costura con top models de los años 40, quienes me conocen saben que tal ejemplar se dirigirá a mí indefectiblemente en línea matemáticamente recta.

No consigo camuflarme entre la multitud. Se ha sabido de casos en que los que caminan conmigo tratan de ocultarme entre sus cuerpos pero los miembros del World Club of Freaks, Geeks and Eeks siempre consiguen llegar a mí para contarme su vida, tratar de timarme o reclamarme porque me parezco a un sujeto que una vez les quitó un helado de chocolate, causándoles lesiones psíquicas de por vida.

Seguiremos informando.

11.11.16

Adiós, Leonard

Hay tres discos que recuerdo cuándo, dónde y con quién estaba cuando los escuché por primera vez. Los tres han tenido una profunda influencia en mi vida.

Teníamos 17 años y ocupábamos en pandilla la cabaña de fin de semana de uno de los amigos del grupo, en Valle de Bravo, Estado de México. Algunos de la pandilla tenían un grupo de rock y nos llevaban a los demás por los caminos del descubrimiento musical. Allí, en un tocadiscos no muy bueno, rodeados de bosque, escuché por primera vez On the Threshold of a Dream, de Moody Blues. El comienzo, un poema del baterista Graeme Edge, era drama, era ciencia ficción, era un sonido seductor que le daba otra dimensión al rock. Los sigo escuchando.

Teníamos 16 años coqueteando con los 17 y estaba con un amigo mío y su primo, en casa del segundo. Había obtenido un disco nuevo que quería enseñarnos. La portada era alucinante, la cantante no aparecía glamorosa y deseable, sino rechoncha y vulgar, en dibujos del cómix underground que empezábamos a conocer. El disco era Cheap Thrills, de Big Brother and the Holding Company y la cantante era Janis Joplin. Jamás ninguno de nosotros había escuchado nada parecido, era una revelación, una forma de cantar que no tenía paralelo... ni lo tiene medio siglo después.

Teníamos apenas 16 y estábamos en casa de la novia de un amigo, donde arreglábamos el mundo con esa pasión adolescente que lo incendia y lo simplifica todo. Tenían un disco que también era relativamente nuevo, Songs of Leonard Cohen, un cantautor canadiense que sonaba totalmente distinto a los cantautores folk que ya conocíamos. Era barítono bajo, una voz infrecuente en el rock, y sus temas eran como si interpretara lo que sentíamos: "The Stranger Song" que éramos nosotros, "So Long, Marianne" y nuestros primeros amores frustrados, "Suzanne" y su dulce erotismo casi religioso.

Leonard Cohen en 2013. Foto CC Rama. Vía Wikimedia Commons.
Corte a muchos años después, cuando un director de una revista me pidió que escribiera la nota necrológica de Dalí. "¿Murió Dalí?", pregunté alarmado. "No, pero no tardará mucho, más vale estar preparados". Escribí la necrológica, se preparó en fotocomposición (así trabajábamos en aquellos años previos a la civilización) y en la forma de una tira de papel fotográfico revelado ocupó un cajón de mi escritorio en la redacción de la revista hasta el día que Dalí, finalmente, murió. Sólo tuvimos que poner la fecha y la causa oficial de la muerte, y esa misma semana se publicaba la nota.

Corte a hoy. Le han dado el Nobel de Literatura a Dylan y Cohen ha dicho que está listo para morir. Eso fue antier. Ayer Cohen dijo que era broma y que tenía muchos deseos de seguir vivo mucho tiempo.

Cohen me ha acompañado durante medio siglo, poco más o menos. Durante años, toqué sus canciones en guitarra, especialmente "Bird on the Wire", "Sisters of Mercy" y "Chelsea Hotel" (donde vivió su romance o amasiato con Janis Joplin, por cierto). Cohen estaba allí cuando era un secreto para unos cuantos iniciados que decían "¿Conoces a Leonard Cohen?" y quedaban hermanados por eso. Mucho antes de que Cohen ya viejo lograra la fama que lo eludió años atrás. Nunca fue un desconocido, pero sus últimos tours fueron apoteosis sorprendentes. Y seguía con uno.

No quiero escribir sobre su muerte cuando muera, mejor ahora. Porque puedo valorar las contradicciones brutales de un buscador espiritual que, como todos los buscadores espirituales, nunca supo exactamente qué estaba buscando y, por tanto, nunca fue capaz de encontrarlo. Coqueteó con religiones diversas, del cristianismo a la cienciología, de su judaísmo originario al budismo al que le entregó gran parte de su vida... era como si quisiera hallar en las creencias que le enseñaban otros lo que él en realidad ya parecía saber y uno se quedaba con la idea de que quizás no escuchaba sus propias canciones, las tapaba con las palabras (mucho más optimistas, pero mucho más falsas) del maestro espiritual de turno. Siempre me asombraron su ceguera a sí mismo, sus obsesiones innecesarias, su confusión gratuita, su miedo a no ser tan bueno como deseaba.

El viejo Cohen estaba por ahí en mis recuerdos cuando reapareció con el álbum The Future y volvió a cambiar el juego con canciones que nadie más se habría atrevido a cantar así... Salvo Waits, pero Waits las habría hecho más oscuras, más brutales, más embarradas en tierra y en la simpleza de pasiones más a ras de suelo...

(Nota: Esta entrada de blog se quedó aquí. No quise pensar en la muerte de Cohen, porque ha sido precisamente una buena compañía con la que no comparto muchas cosas, pero las que comparto son fuertes. Pensé que algún día volvería a ella. Ya no dio tiempo. Leonard murió hoy. Su muerte me sorprende en Londres, donde esta misma noche estuve escuchando en vivo a músicos mucho más jóvenes a los que disfruto enormemente. Una de ellas, Basia Bulat, canadiense e inevitablemente influida por su compatriota medio siglo mayor, ha cantado algún cover de Cohen. Los otros, Lake Street Dive, ciertamente no, pero seguramente encontrarían en su elaborado soul-indie-jazz algún acento imposible sin Cohen. La música, pues. sigue. So long Leonard (no me interesa ser original), ya no escribiré más sobre tu muerte. Cierro con Basia Bulat celebrando tu cumpleaños hace un par de años, aunque podría cerrar con el brutal cover de Hallellujah que hizo Popa Chubby o con tantos otros que pueblan YouTube... pero elijo éste porque cierra el ciclo del ayer al hoy, dejando ver la sonrisa triste del mañana...)

30.10.16

Fuckin' All-Saints' Day, Halloween and Día de Muertos

I'm exhuming and adapting into English this little essay I wrote a year back, because a couple of days ago I came across an unnerving piece by an American journalist with some Mexican ancestors. She claims to "defend" what she understands as "Mexican culture" by stating that Día de Muertos (she mistakenly calls it "Día de los Muertos") makeup is "not a costume" but rather it is "culture" which should be studied, understood, revered, exalted and honored before even thinking about painting your face with a garish skull with flowers.

Bullshit. It's a costume.

It's a Mexicanized version of American Halloween costumes. No one painted their faces like sugar skulls in Mexico in Día de Muertos, no one, until about a decade ago, when it became a fucking fashion. It is as "traditional" as Whatsapp and graphene. The lady has no idea what the hell she's talking about, but she picks up bits and pieces of post-modern, cultural-identity mindless American academia and throws them upon something she herself has no knowledge of (but claims the right to dictate to others what to do in the zany belief that her surname -her heritage, she claims- somehow endows her with magical knowledge of all things Mexican).

Yesterday the horrendously corrupt and populist Mexican government decided to host a "Día de Muertos Parade" which they copied from the James Bond film (let us be clear here: there has never ever ever ever been any "Día de Muertos Parade" until yesterday, it's not a fucking tradition nor a stalwart of "Mexican culture", it's just something someone found funny and nice and picked it up from a bloody movie, and a bad one at that). I hope Lizzy will not come over next year and sell another piece claiming "respect" for the fabulous and centennial tradition of the "Día de Muertos Parade". Things change. And you notice if you go wild and spend some neurotransmitters.

So here it is: "Fuckin' All-Saint's Day, Halloween and Día de Muertos" and may identity-politics die of bloody hemorrhoids.

(Imagen Copyleft vía Wikimedia Commons)
Last year, on Halloween (the Scottish short form of Allhallow-even... that is, the Night of All Saints - "even" for "evening", "hallow" from the Old English "halga", "holy", and "all", well... "all"), I wrote a playful and provocative publication on my Facebook wall:
You use Facebook and Twitter, and the Internet, and you do everything from your computer.
You wear jeans, you listen to rock and blues, and see movies and TV shows from abroad.
You drink Coke, you like Cheetos and consider yourself a gourmet burgerwise. You’re proud of your Ray Bans and your Nikon camera, you want a Harley Davidson and you buy your furniture from Ikea.
You stand against Halloween because it is foreign and contrary to your roots and your identity.
You are an asshole.
It was just one more joke in the wake of the tsunami of the cultural Puritans who, at least in Spain and Latin America (and also in France, as I hear), consider themselves to be the sole judges of valid cultural syncretism and believe they are empowered, almost preternaturally, to judge which elements from other cultures, other places, other ethnic groups or people who have the gall to be born under another flag must be accepted and incorporated into the collective heritage and which are despicable, loathsome, colonizing, promoters of consumerism (the medieval demon, anti-capitalist version), destroyers of the sacred national identity (anthems sound, torches are waved, a tear is cried for the vaterland and our genuineness, so ours) and, in short, subjected to an annual bitch rant which is more boring than chewing three-day old gum.

But some, including people who, to be clear, I love and respect both in Mexico and in Spain, even if I have abysmal differences with them (the statement is not idle in this context, it implies precisely the element of tolerance to the different that is underlying this piece), they found objections to my joke. I summarize:
  1. Rituals (which serve to congregate) are not the same than consumption patterns (which often disintegrate).
  2. Rituals have an identitary meaning that defines us more than the drift of the latter.
  3. The rejection of Halloween is a protest against the desecration of the Day of the Dead in the face of an adopted celebration which lacks a recognizable and comprehensible system of symbols that the majority can understand, nos spaces defined for affection and a sense of transcendence.
I answered hastily, but the topic remained in my mind, so I elaborated.

Just as not long ago I spoke about the imbecility of false indigenism and the idiotic presentism on fucking October 12th, which I suffer as the grandson of Spanish and Mexican ancestors (I won’t include the Russian and Polish grandparents, the mess would become monumental), the charge of purists against Halloween bothers me no less... but let’s be clear: I don’t care about the little celebration; at most, I’m amused by some costumes and the only thing that really excites me are the horror movie marathons... none of which, to top it off, is Mexican, Spanish, Bolivian, Argentinian, Chilean, Venezuelan, Cuban or French, simply because of historical issues and not implying any condemnation nor celebration regarding the submission to the empire of our times, nor the blind acceptance of the actions of this empire nor all the items that make up the rap sheet against anyone who doesn’t buy the whole package of a certain ideology which, on the other hand, is quite short on ideas, in the fringe of politics and society. And how sad it is that we have to clear this up preventively, vaccination against easy prejudices and herd thinking (where “thinking” is, of course, only a figure of speech).

The problem I see is not the loss of identity, consumerism, submission to the designs of the empire (Celtic, in this case, I think) but the tribal easy  devotion to easy solutions, which by way of explanation or justification eludes with elegance any investment in neurotransmitters. To sum it up: if you dance with the group, you avoid thinking.

Rituals create identities, but only after they are implanted from power until they are uncritically assumed as if they were our own. They don’t "come from a people’s gathering", far from it; they are elements that are recycled again and again in order to achieve specific effects, not always with luck. The "Day of the Dead" for example is no celebration, "of ours" as opposed to "of them" because we are not indians nor did we freely choose the syncretism that occurred when masters changed in various territories. Priests (let’s talk about ancient Mexico, of which I have more data) imposed upon people rituals such as wholesale human sacrifices, mortification of the flesh, (causing pain by piercing oneself with maguey thorns or stingray stingers in one’s tongue or, yes, foreskin), to fast and keep vigils, smearing chili on one's mucous membranes and eyes ... utter brutal barbarity. Then came the other priests that exchanged these for other rituals that included burning heretics (never Indians, by the way), iron branding, slavery, sexual abuse and a regime of poverty and hard work that benefitted... them... utter brutal barbarity.

I’m sorry, but, which is mine? None of them. My identity? It is neither the Aztec’s nor the conqueror’s, both brutal, both product of their time and context, not mine. I would not feel comfortable around any of their soldiers. I am a 21st century progressive man with nothing in common with those people.

Everything, absolutely everything we have as cultural baggage is imported (and therefore adopted, brought in, distorted, enriched or as you wish to see it) by a never-ending process of cultural intermarriage, by migratory flows of people, ideas and goods.

Even, as some studies now establish, current Ethiopians who are today living where the human species first appeared, are actually immigrants... descended from others who left the cradle and returned thousands and thousands of years later. The only ones we could actually call native to the human geographical and cultural identity birthplace, the first humans to Olduvai, are gone. We are all immigrants and aliens. And mestizos.

Fuente de la China Poblana en Puebla, México.
(Imagen C.C. de Russ Bowling via Wikimedia Commons)
Europe was not an airtight fortress, in fact, the encounter with America occurs precisely because it was not, and it demanded products and handcrafts from faraway places. Silks and peppers and cloves and cinnamon. And the crossbreeding currents deepened not only through trade (so hated by those who can consume, curiously enough the affluent middle class in need of Judeo-Christian guilt) but through ideas and people. And, in Mexico, a heroical "La China Poblana" (The Chinese Woman from Puebla) was invented, and she became the symbol of Mexican women in the imagination of the 1940's and 1950's and has been recovered today by a left-wing that seems to flounder. The story: an alleged princess from India (or thereabouts, but she was considered a "Chinese" through that generalization by which people believe that Asia is China and Africa is a country) was brought to Mexico by the Nao of the Philippines and sold as a slave under the name of Catarina San Juan, and whose claim to represent the essence of "Mexican-ness" includes her sewing clothes similar to those of her Eastern cultural origins, refusing to consummate their marriage with a Chinese slave (Domingo Suarez) and becoming a nun when she became a free woman. A slave, a seamstress, a virgin and a devout Catholic.

Why is she, more legend than history, epitomize the Mexican woman? Because of the same reason that Halloween becomes the emotional property of people: not through reason. Because it touched certain buttons and was good for certain interests. Because it evoked emotions and identities regardless of her origin. Rationalizations come later. (And I could rationalize the hatred against Malinche, who defended her people against the empire -the Aztec empire- siding with those -the invaders- she did not know weren't virtuous either, but we'll leave it for another day.)

Today, in the twenty-first century, these currents of intermarriage (some call globalization as if they had discovered the Mediterranean) are so broad that an enormously interesting global culture is taking form, but that collides with the advocates of tribalism. The usual suspects, Captain Renault would say in Casablanca: paved-over indigenists, neoprimitivists on cars, puritans who feel all the more dignified if they write from a Paris cafe, well-fed protest singers with electric guitar slung over his neck and similar characters.

Mexican Chinese New Year in February 2016. (Photo MXCity)
Is the Chinese New Year is a valid celebration? Puritans seem to say that it is valid only if you can prove that your DNA (that's called racism, to say the least) contains some acceptable amount (some day they'll measure it) of material that comes from China. Even if your family has been in Mexico since 1870, when your great-great-grandfather from Guandong finished building the US transcontinental railroad from Iowa to San Francisco and then moved to Sinaloa fleeing from Yankee racism. If I, without proving my ethno-racial credentials (oh, the sound of the Himmler), dare to celebrate the Chinese New Year, I become despicable because I assume an identity significance (oh, the sound of sociology) that does not belong to me according to a basically imprecise definition imposed upon me by people who have no right to define my identity.

(Yes, my Mexican friends with the Chinese great-great grandfather celebrated the Chinese New Year... with all of us who had great-great grandfathers from Italy, Poland, Syria, Germany, Russia, Spain and dozens of Mexican ethnic groups... but when we celebrated the thing, it was not "theirs", it was "our Chinese New Year", it was part of "my identity" if such thing exists. Why should that be weird?)

Rituals, like the Day of the Dead, congregate maybe, but they do so spuriously and surrounding the needs or intrerests of other people –churches, priests, those who ruled, rule and are intent to keep on ruling not because we elect them, or because they seduce us with their products and services (which is not always anathema), but because they say they speak to the deity and the deity answers. No ritual, absolutely none, has any value by itself. Just like any squiggle is not a letter unless there is agreement upon an alphabet and its meaning, the symbol is an empty vessel that will accept any content. That is how religions are interpreted and re-interpreted in order to serve the convenience and desires of power by the current leaders. You can use the same Bible to create the Inquisition or to proclaim tolerance. With the same Q'uran you can speak about the religion of peace or proclaim the Caliphate.

But there is an additional problem, and it is secular life as opposed to the religious.

Hanami or "looking at flowers" festival in Japan. (Imagen DP vía Wikimedia Commons)

Do you "congregate" when you imbue the civil, secular and universal culture not only with civil rituals (which are already repugnant since they often extol nationalism) but with religious rituals that exclude people and celebrates difference. It is doubtful. Unless you manage to dispossess these rituals of their share of service to a dominant group, what you do is to disgregate and rule. This is proven in the "them" and "us" mentality which is produced trying to achieve as much rationality as in a classic football match: "Halloween against All Saints Day, place your bet on the Internet. Gambling has never been easier... "

As a secularist, not only do I care nothing if the Day of the Dead is demystified, nor if the same happens to many other celebrations, especially the other three solar feasts (solstices and equinoxes, upon which the main festivities of all cultures are created, surprise!), rather, it seems to me an urgent task to demystify them and turn them into parties and secuilar jubilant celebrations with no supernatural overtones.

My culture is not Catholic even though I was born in the Mexican religious fanatical horror, nor because I was educated in it, just as "my culture" is not the homophobia in which I was raised with equal passion and with the same religious foundations, nor it is the humiliation of women and the exaltation of their submission, which are also strong Christian values that were a significant part of my education, not to mention the idea that the poor are poor because they want or that to protest against injustice is getting needlessly in trouble when you should better look away.

Rejecting those "identitary" elements of a culture in which I was born and lived most of my life seems good and right, moral and reasonable ... there is no reason to adopt them only because they have been declared "mine" because of the geographic and chronological accident of my birth. Is it more horrible and despicable to reject the Day of the Dead or All Saints Day, which is the affirmation of the basic dogmas of eternal life of the Catholic Church? On what basisor why? I don't even believe in saints, all or in groups, or one by one, I don't believe in life after death nor do I accept all the other dogmas of their religion... and do I have to celebrate the Day of the Dead because it is "mine"? I don't believe either in the spirits of the Celtic Samhain which gave rise to the scenery of Halloween (as people repeat as an unnecessary justification): the Jack-O-Lanterns and the costumes and similar elements... which Protestantism adopted as his own where it could and the Catholic church persecuted where it, in turn, could, as in Spain.

Must I accept or reject these items as being told by the column-writer-in-residence? I don't think so.

What about my identity? I build my own identity, in any case along the people who surround me. For all of us, it includes the blues and Bach, Leonardo and Lorca, the secular New Year and my blue jeans, which you can call rituals or consumerism patterns. It includes a taste for the Chinese Feast of the Lanterns but without the religious elements, Celtic folk, Queen and The Beatles, space travel and the discoveries of science, almost none of these has been born in "my" countries, those that demand me to be nationalistic and xenophobic in a carefully targeted way... I am, we are, here and now, an amazing product of an amazing and enriching diversity, we are inexplicable without this diversity.

But beware (I add after a few hours and in the heat of the continuing debate): personal identity is inevitably integrated, it is true, in "collective identities" but they should not rely on enforced symbolisms, religious backgrounds, capricious tribalism and obligations of a ethno-linguistic origin, implying that "my culture" that has to be mine because I am told it is, a sort of inescapable social inevitability.

That is precisely the problem with "identity" politics (and this debate is framed in them): they take as crucial and essential not what one is, what one thinks, what one plans, but rather what one is, how one feels, what one perceives. "Collective identities" based on what one is (or is supposed to be: Mexican, chubby, descended from Indians, black, Catholic, homosexual) are stressful and deeply (very deeply) moronic... and fascist.

Desirable, productive collective identities, which achieve objectives and actually build the future are those founded upon social and human projects that, precisely, care not about "what one is" and reject the idea that such is the defining point of any individual. Isn't a much more solid identity one that is built upon the struggle for real social justice or the emancipation of women or education for all, or worker's rights than that based on nationality, gender, appearance, skin color, sexual preferences, preternatural beliefs, height, disability or the sharing of a geographical birthplace?

Posturing in the matter of identities, where national-religious extremisms bloom, is our enemy, not lour ally. Joint projects are another thing. And culture is a whole human project. How can you say that the Toccata and Fugue in D minor or the Goldberg Variations are only for Germans or just for Lutherans, or only for men or only for heterosexuals... how would you take it away from the world, how can you become so impoverished without weeping, when you do not need too much theory to know they belong to all of us?

Bach in 1746, only for Germand? (Portrait by Elias Gottlob Haussmann,
PD image via Wikimedia Commons) 


Symbols, we said, have no more value than that which I attribute to them, but if we accept that, then we must find unacceptable the idea that a certain tribalism should enforce the recognition and meaning of certain symbols and the rejection of others (instead of, I don't know, rejecting moral misery, injustice, violence, we fall over the symbol... you will not will draw the national seal or you will become a criminal, because a piece of cloth called a flag is worth more than a dead child... and I know that drill from the elementary school flag ceremonies we had every Monday of patriotic exaltation in Mexico, something that worried me as a child and as an adult fills me with nausea; I concede to flags, as symbols, a limited value and certainly devoid of any xenophobia or contempt for human suffering). Is that symbolic tribal imposition defensible from any social, human or rational point of view? It is doubtful.

Finally, emotional spaces are not created by the episodic and theatrical, they are individual, human and personal. As is the sense of transcendence. Therefore, any cultural phenomenon in the world and through history (consumable or not, that is a fallacious distraction) is potentially the property of each of us, at our whim and taste ... it is as legitimate play the koto in Asturias as it is for a Japanese to play the Beethoven Violin Concerto in Yokohama ... yours is the electric bass, the bagpipes and the tlalpanhuehuetl, then... yours is the content of the Louvre and the stones of Angkor Wat... yours are Tiziano and Cartier-Bresson... yours are (if you want so) reggaeton and Guillaume de Machaut... Every human cultural and emotional product that can move you or amuse you or interest you, and you can take any of them as a part of your own experience without feeling you are betraying another part of your humanity because of your choice. And without opportunistic moralists that presume to dictate which part of that universal cultural experience is evil for you and which is not, what part must you accept and what part to reject according to their convenience, and who have the gall to demand from others the compulsory compliance of their dictates. Those moralists and their attitude are undoubtedly fools even in the most precise sense of the word, i.e. not only "high-level stupid", but "devoid of reason".

And a further example highlights this idiocy: when in any "foreign land"– that mythical site from which we always want to come home from when we are there, but to which we want to go when we are not – we find some features of "our" culture (whatever "our" is in this case,  subjectivity rules) have been adopted, we are great, we achieved "the appreciation of our values, our art, our traditions, our folklore and whatnot". Fabada in New York, let's party!, we're important, "compango" in the Big Apple. But, hot dogs in Malaga? No ... no, wait, colonialism, rejection of our identity, who do you think you are?, boycott and brain-dead editorials in newspapers. Tribalism and an easy and tiny "them" versus "us".

Tribalism, a phenomenon that includes, among other horrors, nationalism and religions, distances us from a highly desirable universal identity and a human culture that would allow us the general appropriation of art, science and ways to spend our time, which are also valuable ... not the accidental identity of the neighborhood, the town, the region, the province, the country, the language, the continent ... which locks us into the fortress of our limitations. Is that sensible? It seems at least relevant to doubt it.

The foreign as the source of all evil, that which is scandalously "not mine" as a cause for rejection, belong to the worst in our history. It is not a noble task to reiterate and strengthen that easy xenophobia, that cultural nationalism... it is to fight against them.

And all this rant, which is somehow summarized in my little opening Facebook joke, would be unnecessary if we knew realized, first, that we are confronting another phenomenon of inconsistency and posturing fron arrogant urban-dwellers who dream of imposing upon others behavior patterns belonging more to their static and pastoral imagination that to a dynamic reality, more to a non-existent past than an indispensable future.

¿Legalizar las drogas?

Democracia en Si menor

9.10.16

Populismo para principiantes

Dentro de mi canal de YouTube "El rey va desnudo" comienzo una nueva serie sobre temas más afines a los que toco en este blog: "Comentarios al vuelo". Comenzamos con "Populismo para principiantes": qué es el populismo y cómo es posible que haya populismo de izquierda y de derecha...

21.9.16

Capitán de milicianos

Roberto Vega González, cadete casi niño del Heroico Colegio Militar de México
(Foto tomada de su libro Cadetes mexicanos en la Guerra de España,
Colección Málaga, México, 1977)
Estábamos en la redacción de Revista de revistas, la publicación decana de Excélsior, que fue mi casa durante muchísimos años, diseñando una larga, larguísima serie sobre la Guerra Civil Española con motivo de los 50 años del alzamiento fascista. La revista la dirigía Enrique Loubet Jr., refugiado él mismo de esa guerra y en su oficina lanzábamos ideas con él Héctor Chavarría, Eduardo Camacho y yo, que formábamos el cuerpo de redacción, para determinar qué cosas queríamos contar de aquél conflicto, casi tan relevante para México como para España, o, más bien, buscábamos cómo ordenar y presentar eso que queríamos contar y que era todo: la historia militar, los relatos de la gente pequeña, la política internacional, la historia de España, los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, la administración del presidente Lázaro Cárdenas... todo.

Le ofrecí a Enrique que uno de mis artículos fuera sobre uno de los libros que había leído sobre el tema y que vinculaba a México con el conflicto (no son muchos, por desgracia NOTA 1): Cadetes mexicanos en la Guerra de España, memoria de Roberto Vega González, uno de nueve cadetes que habían desertado del Heroico Colegio Militar para ir a pelear al otro lado del mar, simplemente porque el fascismo había invadido a España y había que combatirlo. Mi bronco director ya me había dicho que sí cuando pensé que quizás el autor seguía por allí, 32 años después de escribir su libro y apenas 9 después de publicarlo. Salí del despacho de Loubet y me fui a la entrada, donde nuestra recepcionista, Rosario, guardaba los voluminosos directorios telefónicos de la Ciudad de México (no, aún no había Internet). Busqué a Roberto Vega González y, efectivamente, había uno. Llamé y me respondió un amable personaje que confirmó a mis preguntas que sí, él era Roberto Vega González y sí, había sido capitán de la milicia republicana y sí, por supuesto me concedía una entrevista sin ninguna condición.

Roberto Vega regenteaba un pequeño restaurante en un local que era parte de su propia casa. Era un hombre sin pretensión alguna, ni de gloria ni de hazañas. Tenía sus recuerdos, su orgullo, hallaba la forma de no convertir su paso por las mazmorras de Franco en un relato dramático.

Resumo su historia. Nació en Doscaminos, estado mexicano de Guerrero, el 19 de agosto de 1919, y a los 15 años se hizo aspirante a cadete del ejército mexicano, entrando después al Heroico Colegio Militar. El 22 de julio de 1937, según cuenta, él y otros cadetes decidieron que, como en España estaba en peligro la libertad, su misión era ir a defenderla y combatir al fascismo. Con un idealismo digno de tan exigente causa, se organizó con otros ocho compañeros para abandonar clandestinamente el colegio militar y marchar a España. Considerados desertores del ejército mexicano, detenidos y expulsados deshonrosamente, tres de ellos lograrían llegar a España vía Nueva York, El Havre y París con ayuda de sindicalistas mexicanos y republicanos españoles. Entraron a España por Port Bou y fueron asignados a distintas divisiones. Roberto iría al 20 cuerpo del ejército, 66 división, brigada 212. Por sus estudios militares, pronto fue nombrado capitán de la 3ª compañía. Los otros dos cadetes fueron José Conti Varce, que fue destinado al 9º cuerpo del ejército y murió en combate, y Roberto Tinoco Mercado al 23º.

Aquí vale una anotación: muchos mexicanos, quizá la mayoría de los que combatieron en la guerra, no fueron parte de las Brigadas Internacionales. Esto es fuente de confusión todavía para muchos en España y México. Excepciones fueron el Cuerpo de Voluntarios "Benito Juárez García", que se integró en la XV Brigada al igual que Juan Miguel de Mora, y gente como Néstor Sánchez, que combatió en el Batallón Rakosi formado esencialmente por húngaros. Los mexicanos, como ciudadanos de uno de los pocos países que rechazó la neutralidad que libraba a la República a su suerte, y que además hablaban español, se enrolaron como milicianos en el ejército republicano. Entre 330 y 400 combatieron por la república. Regresaron sólo 60, la mayoría anónimos como Vega González, aunque otros tendrían carreras políticas y literarias como De Mora y Sánchez.

Algunos presos del campo de concentración de Valdenoceda en 1942.
Vega, con sólo 18 años, cayó preso en combate en el frente de Teruel y pasaría mil días en las cárceles de Franco, condenado a muerte, recorriendo, entre otras prisiones, los campos de concentración de Valdenoceda y Miranda de Ebro, en Burgos, y de Belchite, en Zaragoza, sufriendo todos los horrores de las cárceles de Franco: la tortura, el hambre, las enfermedades, la humillación, las golpizas y el asesinato continuo de sus compañeros. Gracias a la presión internacional, encabezada por sindicatos socialistas y comunistas, con participación especial de Estados Unidos (que contaban también a ciudadanos suyos entre los presos franquistas), y de los gobiernos de Cuba y de otros países, el joven cadete finalmente fue liberado en 1941.

Su libro termina cuando, libre y de vuelta a México, el presidente Maximino Ávila Camacho le ofrece reintegrarse al ejército mexicano como Capitán Primero, pero él lo rechaza por la promesa hecha a su madre de que ella no lo volvería a ver como soldado.

En la entrevista que tuvimos, el capitán me contó cómo su madre murió en 1942 y él, sintiéndose liberado de la promesa hecha a su madre, se enroló como voluntario en el ejército de los Estados Unidos para... combatir fascistas. Y combatirlos en igualdad de condiciones.

Me contaba cómo, en el campo de batalla español, veía a los "chatos" de la exigua fuerza aérea republicana tratar de enfrentarse a los aviones de la Legión Cóndor alemana enviada por Mussolini para apoyar al fascismo franquista; cómo alguna vez les dieron munición de distinto calibre del de sus armas y luego se dedicaban a intercambiar munición y armas con otros para que coincidieran y pudieran combatir. Roberto Vega González quería ver, me contaba, cómo respondían los fascistas cuando enfrentaban a un enemigo bien pertrechado y armado, no en las condiciones precarias que habían condenado a la República Española. Quería derrotarlos.

Uno de los "chatos" de la Fuerza Aérea de la República Española, un Polikarpov I-16.
(Foto CC de José A. Montes, vía Wikimedia Commons)
Quiso ir a combatir a Europa después de la invasión a Normandía, pero sus superiores se lo denegaron. Finalmente, en 1945 fue embarcado hacia el Pacífico Sur, donde llegó a participar como fuerza de ocupación de Japón. Como resultado tenía un certificado que me mostraba con orgullo. Su otro gran recuerdo, que colgaba enmarcado en la pared de su casa, era el bordado que le había hecho alguna chica española, con las banderas tricolores, la republicana y la española, anudadas en un extremo.

De su historia posterior no recuerdo si hablamos, mi entrevista con él está en las hemerotecas mexicanas, pero no tengo un ejemplar de la revista a mano, quizá hay algo allí sobre sus años después del ejército estadounidense. Como fuera, volvió a México, quizá después de la guerra de Corea, se casó y se dedicó a su familia.

Una vez, me contaba el capitán, su hija lo llevó a España, a conocer el país más que a revivir experiencias. Y yo, periodista profesional del asombro, preguntaba si no lo habían homenajeado, si no le habían al menos dado una palmada en la espalda y un puro, una copa de brandy y una sonrisa, ya no digamos un desfile como se hacía con otros combatientes, sin duda más hábiles en los menesteres del autobombo y la profesionalización del pasado.

Nada.

Había cruzado por España como un turista anónimo que ni esperaba ni recibía más atención o miradas que las que se le destinan a cualquier señor mayor, mexicano, que ve con asombro el Alcázar de Sevilla, la Puerta de Alcalá o las Ramblas de Barcelona, sin saber que esa figura poco impresionante había estado dispuesta a darlo todo por esta tierra, por su gente, dejándolo todo atrás y cruzando el mar por un sentido de la decencia que hoy es casi inimaginable... excepciones las hay.

Me escribió un entrañable autógrafo en su libro. No sé qué fue de él. Tendría hoy 97 años.

"Para mi querido amigo y compañero, el Periodista Mauricio-José Schwarz,
con todo el afecto del Capitán Roberto Vega González.
México, D.F., 7 de julio de 1986"
España y los presuntos criptorrepublicanos (con triste frecuencia regresivos que instrumentalizan la república, romanticizan la guerra, simplifican los hechos históricos y al final lo distorsionan todo para sus propios objetivos políticos, que por legítimos que sean quedan contaminados por esta falta de rigor) jamás se acordaron del cadete Vega González, ni de muchos otros anónimos, voluntarios, obreros, oficinistas, gente de la calle que siguió sus ideales y luego volvió a sus vidas o quedó sembrada en los campos de batalla.

Los medios y los vivos sí se han desvivido por los famosos, por José Alfaro Siqueiros (de cuyas andanzas como presunto asesino de Trotsky ya conté algo), o de los que ni siquiera participaron en la guerra, pero asistieron en 1937 al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en Valencia, donde tuvieron su única experiencia de guerra cuando la ciudad fue bombardeada la noche del 4 de julio al iniciarse el congreso, fueron luego a Madrid el 5, 6, 7 y 8, en Barcelona el 11 y en París el 16 y 17 de julio. Entre ellos los mexicanos Carlos Pellicer, José Mancisidor, Octavio Paz (luego traidor a la izquierda y neocon profesional adorado por el poder), Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas o Elena Garro), todos los cuales escribieron sobre la guerra civil que vieron de lejos.

Anoto necesariamente la pequeña injusticia. La común, frecuente, casi imposible de evitar pequeña injusticia que la izquierda suele cometer con los propios. La injusticia hija de ese delirio inexplicable –inexplicable en la izquierda, se entiende– que exige que las masas sean anónimas, tumultos de "nadies", de proletarios genéricos, de pueblo indistinto con rostros nebulosos, escenografía heroica, mientras se exalta con nombre y rostro a líderes, poetas, novelistas, cortesanos, politólogos, comandantes y entusiastas candidatos al busto, a la estatua, a la medalla, a la velada de homenaje con abundantes discursos.

Es, tristemente, una parte de la izquierda que debería ocuparse de los que forman el grueso de la sociedad a la que debe servir, de la que debe ser herramienta y expresión, pero a la que con frecuencia deja de ver porque entre ella y sus ojos se interpone el espejo de Rojanieves, donde se refocila en las líneas de su sólido perfil ideológico, en su límpida mirada proletaria, en su amplia frente intelectual, su quijada decididamente heroica y su solicitud firmada y sellada de ingreso en la posteridad para exaltación de las masas agradecidas. Ese espejo mágico al que le pregunta de cuando en cuando: "¿Quién es el más preclaro exponente de la voluntad de las masas?" para que el predecible espejo diga: "Tú, mi rey, mi secretario general, mi comandante, mi amado líder".

Mi capitán y su libro son apuntes menores en la enorme tragedia de la guerra y en las pequeñas tragedias que hoy son sus secuelas, desde la negativa de los hijos del fascismo para que se recuperen los cuerpos de quienes masacraron durante 39 años, pero mantienen plazas y calles con los nombres de los victimarios, hasta la miseria despreciable de quienes se llenan la boca de la palabra "República" sin saber qué significa exactamente, pero puede dar votos, aplausos, la columna en el diario "independiente"... "y un lugarcito a salvo en París", como canta Jaime López en "Los señoritos". O sea, también, apuntes menores en la tragedia crónica de cierta izquierda.

Mi capitán y su libro fueron, curioso o revelador, al menos reseñable, una espina más perdurable en el costado del fascismo que en la memoria de quienes lo combaten.

Josep Lluís Monreal, fundador del grupo editorial Océano, recuerda que alguna vez recibió la visita de agentes de la Brigada Social por denuncias de que distribuía libros prohibidos por la sanguinaria dictadura. Logró deshacerse de todos los que sabía que estaban prohibidos, pero los sabuesos del fascismo encontraron un ejemplar importado de Cadetes mexicanos en la guerra de España. Poco conocido en México entonces y ahora, no lo era para el régimen al que se le había ido vivo su autor: el libro estaba en la lista de volúmenes prohibidos, lo cual le representó al editor una exorbitante multa de 50.000 pesetas, que tras mucho lidiar consiguió reducir a 500.

He dicho en el pasado que me inquieta mucho haber conocido en persona a individuos que presunta o comprobadamente le han quitado la vida a otros, como he contado que mi admiración por un Pancho Villa, un Guadalupe Victoria o un José María Morelos se ve siempre empañada por su actividad militar, sobre todo cuando fueron, que lo fueron, responsables de dictar sentencias de muerte en frío, cuando fueron brutales. Que la brutalidad se pueda explicar no la excusa.

Mi pacifismo, empero, no es radical. Creo en la legítima defensa contra la agresión, en lo social y en lo personal, pero en la agresión real. No creo que la respuesta a una palabra ofensiva pueda ser la venganza sórdida, que es como se aplica la censura en estos tiempos posmodernos y populistas, pero sí creo que a veces, sin reglas generales, en análisis casuísticos y que abarquen toda la complejidad de cada asunto, la violencia es inevitable y casi una responsabilidad.

Por eso, y también lo he dicho, así como rechazo a los que disparan o golpean con un piolet por la espalda o asesinan a un hombre dormido (como los cómplices de Siqueiros asesinaron a Robert Sheldon Harte), sí he estrechado con alegría la mano de algún miembro de la resistencia francesa, de un experto en explosivos de la resistencia holandesa que me albergó en 1992 cuando asistí a una reunión de la Unión Ética y Humanista Internacional en Amsterdam, de un viejo, muy viejo, combatiente de la revolución mexicana (Don Taurino, recuerdo el nombre, en Pilcaya, pueblo de Guerrero), de varios soldados que combatieron a los nazis... y de Roberto Vega González, capitán de milicianos.

Romance del mexicano condenado a muerte
José Viró Domenech, 1939
(Viró Domenech quizás escribía ya desde México, a donde llegó como otros muchos refugiados repubicanos en el buque Sinaía, el 13 de junio de 1939 Nota 2.)

Roberto Vega González,
rayo del sol mexicano,
por darle calor a España,
a muerte te condenaron.
...................................

Cárcel de Valdenoceda,
en el Burgos pretoriano,
bajo cerrojos te tienen
atado de pies y manos.
Sobre las húmedas losas
del pavimento enlodado,
entre sombras retorcidas
y hedores de camposanto,
gime tu cuerpo mordido
por los chacales de Franco.
................................

Tu vida no han de segar
sirvientes de extraños amos,
porque un clamor de justicia,
como imponente taladro,
perforará las conciencias
surcando doquier los ámbitos.
Y se encresparán los mares,
y se abrirán los espacios,
y se agitarán inmensos
racimos de tensos brazos
arrancándote, violentos,
del encierro malhadado
hacia las libres regiones
de tu suelo mexicano

Roberto Vega González,
Capitán de milicianos,
yergue orgulloso la frente,
ten ciega fe en tus hermanos:
tu vida no han de segar
sirvientes de extraños amos...
¡porque no nace el halcón
para ser encadenado!
___________________________________________

Nota 1
Los otros libros que conozco son Una mexicana en la guerra de España, de Carlota O'Neill, 1964, y Un mexicano en la Guerra civil española, de Néstor Sánchez, 1997 (ciertamente, la originalidad de los títulos clama al cielo, pero es lo que hay). Tocan el tema tangencialmente David Alfaro Siqueiros en su ampulosa autobiografía Me llamaban el coronelazo y Juan Miguel de Mora en sus novelas Cota 666, 2003, y Sólo queda el silencio, 2005. Asombra que un acontecimiento tan relevante para México, que recibió a miles y miles de refugiados que hicieron aportaciones que aún hoy siguen, tenga tan poca atención ensayística. Me imagino varios por qués.

Nota 2
El poema completo aparece en el libro de Roberto Vega González, y encontré el paradero de José Viró Domenech en la lista de pasajeros del Sinaia que mantiene la Fundación Pablo Iglesias del Partido Socialista Obrero Español, junto con las de los otros buques que llevaron a México a refugiados republicanos que de otra manera tenían como destino los paredones de la dictadura.

19.9.16

De Vietnam a Siria

Bote de refugiados vietnamitas rescatado en alta mar en 1984.
(Foto CC de Phil Eggman/Departamento de Defensa de los EE.UU.,
vía Wikimedia Commons)
Entre 1975 y 1995, dos millones de refugiados huyeron de Vietnam, del régimen político, del hambre, de la ruina, de los conflictos continuados después del fin de su larga guerra contra los Estados Unidos (la guerra con Camboya y la guerra contra China), de los castigos terribles a los que muchos fueron sometidos por el delito de vivir en Vietnam del Sur, de ser "títeres" de los Estados Unidos. Muchos de ellos se lanzaron con sus familias al mar, jugándose la vida de todos en frágiles botes... entre 200.000 y 400.000 refugiados murieron en el mar, de hambre, de sed, ahogados, atacados por piratas.

Cuando su número fue demasiado alto, fueron rechazados, encerrados en campos de detención, se negoció con Vietnam para que impidiera su salida, muchos fueron repatriados para enfrentar destinos de los que no sabemos nada.

Había traficantes vietnamitas que les conseguían los botes y organizaban su salida al mar a cambio de, se dice, unos 3 mil dólares estadounidenses por persona. El Mar de Sur de China se cuajó de cadáveres como hoy el Mediterráneo, pero en números inimaginables.

Cuando leo a algunos que afirman que el desastre sin paliativos de los refugiados sirios es un hecho "sin precedentes", cuando dicen que "es lo más terrible que ha pasado nunca" y creen que con esta tragedia se ha inaugurado una nueva era de barbarie, pienso en la "gente de los botes". Como ellos ha habido otros muchos en el pasado... refugiados que otros depredan, que dejan la vida buscando salvarla o evitarle a sus familias horrores terribles. Pero no pretendo comparar –sería una infamia– el dolor de unos y de otros, sino subrayar la ignorancia histórica profunda, el simplismo triste y la fácil toma de posición moralmente superior de quienes resuelven el mundo que les rodea en blanco y negro. La vida dura no se inventó para amargar a los que hoy la descubren, por desgracia.

Recuerdo entonces mi tenue, extraña pero aleccionadora relación con la guerra de Vietnam y sus consecuencias. (No contaré la historia de esa guerra, es fácil encontrar un resumen.)

Bomba de napalm estallando contra estructuras del Viet Cong
al sur de Saigón, en 1965. (Foto © Departamento de Defensa de los
EE.UU., vía Wikimedia Commons.)

La guerra de Vietnam fue para mí una lección sobre cómo revisar lo que me parecían verdades absolutas en política.

Cuando yo tenía 17 años, los jóvenes de mi generación nos oponíamos ferozmente a la guerra de Vietnam. Estábamos lo bastante informados como para saber que chicos estadounidenses de nuestra edad y poco más estaban en combate allá (el estadounidense más joven muerto en combate tenía 15 años). Y otros chicos de nuestra edad estaban protestando para detener la guerra y además tratando de evitar que los mandaran a la guerra como conscriptos, debido al servicio militar obligatorio que por entonces regía en los Estados Unidos. Algunos huían a Canadá, otros enfrentaban penas de cárcel por negarse a entrar al ejército, arriesgándose a tremendos maltratos por otros presos, delincuentes pero patriotas.

(Años después, en la ciudad de Querétaro, conocí a un combatiente estadounidense, uno de los primeros veteranos que volvieron a Estados Unidos a principios de los 60 y que organizaron la red de gente y recursos que llevó de modo clandestino a miles y miles a Canadá para escapar de la conscripción. Llamaban a su red de activistas "Second Underground Railroad" (Segundo ferrocarril subterráneo) en memoria del "Underground Railroad" organizada principalmente por los quakeros estadounidenses para llevar esclavos del Sur de los Estados Unidos a estados del norte donde serían libres. En 2015 pude hablar, en Canadá, con algunos de los que habían huído así de la conscripción.)

Monumento conmemorativo a algunas de las víctimas de la matanza de
My Lai (Foto CC Photo by Adam Jones adamjones.freeservers.com)
Ya habían ocurrido algunas de las atrocidades más conocidas de la guerra, como la matanza de My Lai, donde una compañía estadounidense mató a más de 500 civiles de todas las edades el 16 de marzo de 1968. Y nuestra especulación era que esas atrocidades eran la regla más que la excepción, por supuesto, a lo largo de toda la guerra. Y, como consecuencia, los soldados que volvían a Estados Unidos después de servir de 12 a 15 meses en Vietnam eran asesinos de niños, bestias embrutecidas imposibles de salvar de su infierno moral y de conciencia.

Otras atrocidades incluyeron el uso del agente incendiario napalm (gasolina gelatinizada que al arder se aferra al objeto en el que ha caído) que afectó con frecuencia a la población civil y del "agente naranja", una sustancia defoliante que se rociaba en la jungla vietnamita para impedir que ésta funcionara como refugio para los guerrilleros Viet Cong... y que resultó que además era terriblemente tóxica para el ser humano, ocasionando graves daños a la salud tanto de quienes estaban siendo rociados como de los estadounidenses que manipulaban y rociaban la sustancia, además de deformidades congénitas en los hijos de madres expuestas a ella.

Por supuesto, la única motivación que veíamos de Estados Unidos para su intervención en Vietnam desde 1955 hasta su derrota en 1975 era la codicia brutal por las materias primas de Vietnam, su riqueza, que se pretendía depredar manteniendo a Vietnam en una situación similar a la del colonialismo francés que había sido derrotado en una larga guerra de independencia de 1945 a 1954.

Era todo clarísimo, quiénes eran los buenos, quiénes eran los malos y de qué lado estábamos nosotros, claro.

Algunos años después de la derrota estadounidense, quizá en el 82-83, conocí a Don, un veterano estadounidense que vivía en San Miguel Allende, México, y tenía relaciones con el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Nos hicimos amigos. Había tratado de evitar la conscripción mediante lo que se conocía como "aplazamientos por estudios" y, cuando vio que no podía obtener más aplazamientos, se aplicó a estudiar vietnamita, de modo que cuando el ejército finalmente lo enroló, lo asignó a trabajos de inteligencia por su conocimiento del idioma en lugar de mandarlo al frente. Eso no impidió que le tocara salvar el pellejo en alguna batalla.

Don estaba (o está, hasta donde puedo averiguar en Google sigue allí, trabajando en arqueología y defensa del medio ambiente, y por ello me reservo su apellido), como todos los veteranos, un poco loco. Amaba las armas, jugaba con fuego y era un amigo a toda prueba. Y me contaba cómo los soldados estadounidenses tenían miedo de todos los civiles vietnamitas porque no sabían cuál de ellos podía ser un combatiente del Vietcong, cuál podía matarlos o conducirlos a una trampa. Y me contaba que entre los conscriptos estadounidenses, en lugar de ser todos bestias sedientas de sangre, había chiquillos asustados que sólo querían volver vivos a casa, y que, sí, claro, podían hacer cosas horribles por el miedo y la incertidumbre.

Era mi amigo. Hacíamos trabajos juntos. Conocía a su familia y a otros veteranos que estaban bastante más trastornados. Y no eran monstruos, no. El primer ladrillo del muro perfecto caía. ¿Era posible que algunas atrocidades fueran explicables (si bien no justificables)? ¿Era posible que algunas fueran errores? ¿Era posible comprender las acciones de algunos sin por ello omitir su grave responsabilidad? ¿Que algunos no actuaran con la malevolencia que, presumida desde la comodidad, nos daba a nosotros el terreno moral ventajoso?

El cementerio de Mezarje Stadion, en Sarajevo, fotografiado en 2005.
(Foto CC de BiHVolim, vía Wikimedia Commons.
(Años después conocería también a Corinne Dufka, que había cubierto la brutal guerra de Bosnia como fotoperiodista, llegando a ser herida por una mina que estalló debajo del vehículo en el que viajaba. Me contó historias de horror diversas, pero –digámoslo así– esperables. Me relató también una anécdota en la que pienso con frecuencia cuando se producen casos similares. Los periodistas recibieron informes de que las fuerzas serbias, dirigidas por el hoy convicto criminal de guerra Radovan Karadžić, bombardeaban un hospital bosnio, si mal no recuerdo en la propia ciudad de Sarajevo. Los periodistas fueron al hospital y descubrieron que, desde detrás del edificio, las fuerzas bosnias tenían un puesto de lanzamiento de rockets contra los serbios que estaban al otro lado. De pronto, el bombardeo del hospital tenía una explicación (que no una justificación, cuidado aquí): los serbios estaban tratando de inutilizar un puesto de artillería enemigo. Tanto unos como otros estaban actuando inmoralmente, usando al hospital como peón de guerra.)

Por entonces uno se hacía consciente además de los alcances la Guerra Fría, que hoy es la gran guerra olvidada, pero que dominó nuestras vidas desde que tuvimos conciencia hasta 1990. Estábamos conscientes de que todos los días podían ser el último, que un enfrentamiento, un incidente, una locura, podía desatar sin previo aviso el holocausto nuclear, con la URSS y los EE.UU. lanzándose un arsenal de locura que podía destruir completamente la vida en la tierra. Menos claro nos era que los enfrentamientos que vivíamos, que formaban nuestra opinión y posiciones, las guerras, las revoluciones, los levantamientos populares eran las más de las veces "guerrras por procuración" o interpósita persona entre la URSS y los EE.UU., a veces provocándolos directamente, a veces aprovechando los acontecimientos en otros países.

Un helicóptero UH-1D rocía el herbicida "agente naranja" en la zona del
delta del Mekong, Vietnam, 1969. (Foto © Departamento de Defensa de los
EE.UU., vía Wikimedia Commons.)
Vietnam también era eso, lo aprendimos mucho después. La guerra era realmente entre las superpotencias y sus intereses. Los vietnamitas, sin duda honestamente, sin opción, actuaban sin embargo como peones de ambas, del lado que más les convenía o del que les había tocado geográficamente encontrarse al terminar la guerra de independencia contra Francia.

Sí, claro que, además de contrarrestar la influencia política de soviéticos y chinos, los Estados Unidos deseaban el control de las materias primas en las que Vietnam era rico y que tenían mucho más valor apenas superada la mitad del siglo XX. De eso no hay duda. Pero quienes estaban financiando al otro lado no buscaban noblemente la independencia y autodeterminación de la gente de Vietnam para que fueran felices y prósperos, sino... sus materias primas y su riqueza, así como su influencia política. Al término de la guerra en 1975, la URSS se convirtió en el principal socio comercial de Vietnam y a cambio obtuvo además concesiones no directamente materiales como, por ejemplo, la invasión de Camboya por parte de Vietnam en 1978, seguida por una ocupación militar de 11 años.

Además, los vietnamitas que huían, esos refugiados aterrados y con el sueño de una vida mejor o al menos de salvar el pellejo, como todos los refugiados, llevaban a cuestas una sospecha que permitió que la izquierda regresiva o reaccionaria de aquél entonces los ignorara y hoy los tenga olvidados: huían de un país donde el comunismo chino había triunfado. Esto hacía fácil acusarlos, de modo inmediato y sin juicio por medio, de ser proestadounidenses, probables criminales de guerra, enemigos de su pueblo, capitalistas, adversarios de la utopía hermosa y fraterna en la que se creía que se había convertido Vietnam al terminar la guerra. Esos dos millones, los que murieron y fueron tragados por el mar, y los que sobrevivieron y se extendieron por el mundo, lo hicieron sin que esa izquierda (que no es toda la izquierda, insistamos desde la izquierda) se inmutara, salvo para escupir de cuando en cuando a algún tendero vietnamita asumiéndolo injustamente como cómplice de la masacre que asoló a su país durante décadas de horror.

Después de un análisis con datos abundantes, el panorama era muy distinto aunque seguía siendo esencialmente correcto... Sí, el involucramiento de Estados Unidos en Vietnam era inmoral, pero también el de quienes financiaban a los que combatían a Estados Unidos. Sí, se cometieron atrocidades, pero no en todos los casos por maldad, crueldad o inhumanidad. Había que aceptar que los oficiales, al igual que los dirigentes políticos y militares de los Estados Unidos no eran monstruos, sino seres humanos que creían que hacían lo correcto (aunque obviamente no fuera así). Sí, había locos peligrosos en el ejército invasor, pero eran la minoría. Sí, el uso del napalm y del agente naranja fueron crímenes de guerra que violentaban toda legalidad internacional, pero sus efectos secundarios fueron totalmente inesperados, simplemente eran desconocidos mientras se usaban. Pero sí, también, el trato de los vietnamitas a los presos de guerra estadounidenses fue brutal, inhumano y violentaba la legalidad internacional y ello debía admitirse aunque no deslegitimara la lucha vietnamita contra la invasión.

Había que matizar, matizar enormemente, entender complejidades de relaciones de poder internacionales, de la lucha por la hegemonía a nivel planetario de dos superpotencias que se amenazaban directamente con suficiente capacidad en bombas termonucleares como para acabar con la vida en la tierra, pero que precisamente por eso optaban por enfrentarse mediante terceros... y optaron por hacerlo en el Tercer Mundo. Desde las guerras de Corea y Vietnam hasta las revoluciones africanas y latinoamericanas, los conflictos entre 1945 y 1990 no fueron sino las zonas calientes de la Guerra Fría. Los buenos no lo eran tanto y los malos tampoco.

Hay una serie de hechos históricos que se prestan fácilmente a la visión maniquea que se está convirtiendo en el gran enemigo del pensamiento y que, sin embargo, exigen de cualquier persona con un mínimo de decencia intelectual y moral ser analizados en toda su complejidad y con todos sus datos, aunque desafíen nuestra comodidad. Es urgente que todos aprendamos a desconfiar de las respuestas sencillas y cómodas, de los formularios ideológicos y de los sellos de garantía otorgados por quien mejor haría callando.

Tomar partido no debería ser inaugurar complicidades, y no justifica la ceguera al contexto, ni en Vietnam, ni en Siria, ni en ningún otro caso.

4.9.16

Prefiero a Sylvia: entre Trotsky y Mercader


El martes iré a ver El elegido sin mucha información sobre la película, con interés y con mucho temor.

Porque algo conozco del tema real, y eso es peligrosísimo cuando se trata de una obra de ficción basada en la realidad.

El caso del asesinato de León Trotsky (el 20 de agosto de 1940) ha sido una de mis pasiones históricas desde adolescente, cuando cayó en mis manos Así asesinaron a Trotsky, libro escrito por el General Leandro Sánchez Salazar, jefe de la policía secreta mexicana en el momento del crimen y responsable de la investigación.

Entiéndase que para México, el asesinato fue una afrenta internacional: no había podido garantizar la vida de un hombre perseguido de país en país por la furia asesina de un enemigo de dimensiones aterradoras. Había ofrecido refugio... y el refugio había sido una trampa. La conmoción fue tal que, en cierto modo, aún está vigente.

Trotsky, así, es parte de la cultura mexicana (el trotskismo no, aunque los frenéticos que se creen legatarios de la Cuarta Internacional son tan pesados, bestias, mesiánicos y manipuladores allá como en el resto del mundo, cosa que he confirmado por haberlos conocido y sufrido, y luego hablando con otros que los han padecido igual en Londres que en la Sorbona, en la Complutense, en Buenos Aires o en Vancouver).

Es relevante contar que, tres meses antes del asesinato, se había producido otro atentado contra Trotsky, torpe y casi de comedia bufa, a cargo del muralista David Alfaro Siqueiros y un comando en el que participaron entre 12 y 20 hombres, entre ellos, Luis y Leopoldo Arenal, cuñados del pintor. Quien les franqueó la entrada en la casa-fortaleza en la que se había instalado Trotsky en el Sur de la Ciudad de México fue uno de los guardaespaldas de Trotsky, el estadounidense Robert Sheldon Harte, quien después de la caída de la URSS se confirmaría que era un infiltrado de la NKVD (luego KGB, la policía política soviética) para ayudar a un eventual atentado.

Sheldon se dio a la fuga junto con los atacantes después de su sonado fracaso, cuando, después de hacer más de 400 disparos de metralleta y lanzar varios explosivos al interior de la casa, no rasguñaron siquiera a León Trotsky ni a su esposa Natalia Sedova. Algunos de los atacantes huyeron a una casa que tenía Siqueiros cerca de Cuernavaca, donde Sheldon sería asesinado unos días después, mientras dormía, con dos tiros en la cabeza. El asesino fue, al parecer, uno de los hermanos Arenal (las sospechas recaen principalmente sobre Luis, pintor como su cuñado), aunque la verdad difícilmente se sabrá.

El asesinato del cómplice, ordenado por la propia NKVD al sospechar que los había traicionado, le quitaba los tintes de comedia al ataque, por supuesto. Lo convertía en tragedia ideológica, que son las tragedias de más baja categoría.

No sabía yo, al leer a Sánchez Salazar, que pronto me cruzaría con los Arenal. Leopoldo, huido a Estados Unidos, volvería a México finalmente con su mujer, que sería mi profesora de literatura inglesa en el bachillerato, mientras que su hijo sería mi compañero de aula. A Luis, por su parte, lo vi varias veces en casa de un estalinista inamovible que con frecuencia se negaba a recibirlo y a mí, visitante en la casa por motivos personales y literarios, que no políticos, me tocó recibirle algunas veces e informarle que su visitado "no se encontraba en casa", mientras éste se ocultaba no sé si con furia, temor, desprecio o todo junto.

Los viejos (cuando yo era joven) estalinistas mexicanos con frecuencia daban la impresión de haber participado de una u otra forma en ese atentado. Y nunca querían hablar del tema, lo cual fortalecía la hipótesis. Las entradas de Wikipedia de Luis Arenal en inglés y en español, por cierto, no mencionan ni el atentado ni a Robert Sheldon, sólo que de 1940 a 1943 "viajó por América del Sur". Como Siqueiros que, finalmente detenido en octubre de 1940, consiguió la libertad bajo fianza en 1941 y huyó a Chile con ayuda de Pablo Neruda, al que el asunto le costó el consulado en México, por cierto.

Con ese roce inesperado con la historia del heredero de Lenin, seguí leyendo y preguntando y conociendo.

Así leí el libro de Julián Gorkin Cómo asesinó Stalin a Trotsky. Bien informado lo estaba el autor, ya que "Julián Gorkin" era, en realidad, Julián Gómez García-Ribera, líder del POUM durante la guerra civil española, refugiado en México, antiestalinista y que sería asesor de Leandro Sánchez Salazar durante aquella investigación de asesinato cuyo único misterio no fue revelado con certeza sino hasta mucho después: quién era el autor intelectual del asesinato (Mercader mantendría siempre la versión oficial de que él era sólo un trotskista belga desencantado, sin cambiar de historia los 20 años que estuvo en la cárcel y los 18 adicionales que vivió en libertad).

Todo mundo sabía que el autor intelectual era Stalin, claro. Desde 1929 quería la vida de su oponente político como se había cobrado las de otros miles y millones de personas que le resultaban molestas o meramente antipáticas. Pero había que confirmarlo. Las sospechas aumentaron cuando la URSS nombró a Mercader "Héroe de la Unión Soviética" un año después de su liberación.

Nunca pudo volver, como quería, a Barcelona. El propio Santiago Carrillo se lo negó, poniéndole como condición para darle permiso que escribiera una confesión desenmascarando a Stalin. Pero Mercader fue fiel hasta su muerte, que ocurrió en Cuba en 1978. Sus restos fueron llevados al cementerio Kuntsevo de Moscú, donde se le homenajeó enterrándolo como, hágame usted el favor, "LÓPEZ Ramón Ivanovich" (la lápida dice ahora, abajo, en letras latinas, "Ramón Mercader del Río").

Hay secretos que algunos siguen guardando por lealtades incomprensibles. Y más que incomprensibles, poco admirables. Que es lo peor.

El misterio, por cierto, quedó aclarado, o confirmado, en 1994, con la autobiografía de Pavel Sudoplatov, teniente general de la inteligencia soviética, quien confesó que en 1939 Stalin le había encargado el asesinato en México, para el cual preparó los dos atentados.



Arriba, Eduardo "El Güero" Téllez Vargas con Trotsky. Abajo,
el 5 de octubre de 1940 entrevista a David Alfaro Siqueiros,
detenido por el atentado de mayo.
Conocí la historia del admirable Eduardo Téllez Vargas, "El Güero Téllez", periodista de nota roja ("de sucesos", en España). Había entrevistado alguna vez al propio Trotsky y, al enterarse del atentado y de que el líder había sido trasladado al hospital de la Cruz Verde, utilizó sus contactos y habilidad para conseguir colarse, disfrazado de enfermero, al quirófano mismo donde se intervino al líder soviético.

Téllez sugeriría, como otros, que la intervención hizo más daño que bien al paciente. Su nota, publicada al día siguiente, fue un escándalo para la policía. Dos meses después también entrevistaría a Siqueiros.


Conocí la historia del Dr. Alfonso Quiroz Cuarón, revolucionario criminólogo proponente de la rehabilitación del delincuente, que entrevistó largamente a "Jacques Mornard" o "Frank Jacson" y que descubrió que éste sabía ruso al mostrarle un mensaje en ese idioma diciendo que sus camaradas habían hablado y ya sabían quién lo había enviado a México.

Fue Quiroz Cuarón quien logró, en 1950, identificar con certeza al asesino como Jaime Ramón Mercader del Río, comunista catalán, hijo de Caridad del Río Mercader, "La Pasionaria Catalana", comparando en Barcelona las huellas digitales del preso mexicano con las de un joven militante del PSUC que había sido detenido y fichado en 1935. Pese a lo cual, por cierto, el criminólogo desarrolló una buena amistad con Mercader.

El piolet que alguien robó en 1940, y que otro me contó que robó después y que nadie sabe si apareció o no... un misterio menor en el mar de interrogantes que aún quedan a 76 años del asesinato de Trotsky. Atrás, junto al policía, "El Güero" Téllez.
Fui compañero de revista del periodista José Ramón Garmabella y compartí con él tardes de cantina y relatos que, decía, no pudo o no quiso o no convenía incluir en sus varios libros sobre Trotsky, incluida alguna historia que imagino exagerada, como la del robo del piolet con el que Mercader asesinó a Trotsky... sobre todo porque sería posterior al robo –real– del piolet que se produjo el mismo año de 1940 de entre las pruebas de la policía.

No sé cuál de los dos piolets reapareció supuestamente en 2005 en manos de una mujer que pretendía venderlo. Conocí también la casa- museo de León Trotsky, dirigida hasta hoy por su nieto, Esteban Volkov Bronstein, el mismo que no quiso comprar el piolet reaparecido ni someterlo a pruebas de ADN para determinar si tenía restos de su ilustre abuelo. Allí se conserva casi intocado el estudio de Trotsky tal como estaba en el momento en que Mercader lo atacó: los libros, los papeles en la mesa, las sillas...

Me alucinó siempre saber que Caridad del Río Mercader, la dura combatiente, al ver que su hijo no salía de casa de Trotsky y que había movimiento que indicaba urgencia, decidiera abandonarlo. Caridad, junto con Nahum Eitingon, uno de los verdugos de Stalin (que eran muchos, incluso algunos que se ocupaban de matar a otros asesinos a los que el líder les perdía el afecto, como cuando Vasily Blokhin mató al fiel Nikolai Yezhov), tenían ante la casa de Trotsky dos autos listos para la huida del asesino. El golpe con el piolet en el parietal no mató a Trotsky de modo fulminante, y éste pudo gritar atrayendo a sus guardaespaldas y ordenarles que sólo detuvieran a "Mornard", que no lo mataran porque tenía que hablar (nunca habló). Viendo que algo iba mal, los cómplices huyeron del lugar y del país.

ABC, en la línea editorial que mantiene hasta hoy, ya condenaba a Sylvia Ageloff como "cómplice" de Mercader en esta foto del enfrentamiento entre ambos amantes que organizó Leandro Sánchez Salazar para buscar quebrar emocionalmente al asesino.
Alguna vez me imaginé contando con el financiamiento suficiente para pasar unos meses en Estados Unidos investigando el destino de Sylvia Ageloff, la secretaria de Trotsky y fiel militante a la que Mercader enamoró y usó indirectamente para obtener acceso a la casa del líder (a través de una pareja de trotskistas amigos de Sylvia, los Rosmer, no directamente como el mito simplifica; ella siempre se negó a llevar a Mercader a casa de Trotsky por miedo a comprometer al líder, sabiendo que su amante estaba en México ilegalmente).

Sabemos que Sylvia nació en Brooklyn en 1913, hizo un master en psicología en la Universidad de Columbia, fue a París en 1938, donde conoció a "Mornard" y vivió con él un romance que pasó por Nueva York y llegó a México, a donde él le pidió que fuera a seguirlo, hasta estallar el día del asesinato. Sabemos que le pidió a Sánchez Salazar que matara a "Mornard" por haber asesinado a su líder. Sabemos que, una vez que se determinó que no era cómplice del asesinato sino víctima de la larga maquinación estalinista, su familia la llevó de vuelta a Brooklyn. Sabemos que allí fue profesora de kindergarten, fue interrogada por el FBI en 1942 y, en 1950, compareció sobre el tema ante la comisión de Actividades Antiamericanas del Congreso organizada por el infame Joseph McCarthy. Sabemos que murió en 1995 a los 82 años en su natal Brooklyn. Nos dicen que está enterrada con su nombre en el cementerio de ese mismo distrito.

Es decir, sabemos en realidad muy poco de Sylvia Ageloff y todo ello relacionado con el asesinato. A mí me interesaría conocerla a ella, su vida, sus ideas, su militancia, si su sinceridad política se desbordaba a otros capítulos de su vida. Si volvió a amar o no se atrevió. Cómo era con su familia (sus sobrinos, lo sabemos, viven).

Me parece un tema más rico que Mercader, que es blanco fácil y por tanto lo ha sido de novelas y películas (hasta Alain Delon lo interpretó, imagínese usted, que yo no me lo imagino).


Cosas así conozco del caso Trotsky, además, claro, de lo que todo mundo sabe y cuenta sobre el líder, su historia, su enfrentamiento con Stalin, su exilio, su llegada a México, sus años allí y las circunstancias de su asesinato, así como sobre su asesino, cuyo fanatismo por alguna causa fascina en lugar de provocar repugnancia. Me imagino que si Mario Ramón no hubiera sido alto y atractivo, sino un simple recluta del Daesh embutido en un uniforme negro y golpeando con el piolet a un yazidí en lugar de a Lev Davidovich Bronstein, se le dimensionaría como lo que era: un irracional asesino psicopático y despreciable. Tan encantador como pueden ser otros asesinos, pienso en Ted Bundy o en la suavidad estudiada de Bin Laden, pero precisamente por ello más, no menos, ponzoñoso.

Sin suponer, en ningún momento, que Trotsky fuera un inocente, que bastante sangre tenía en las manos pese a su tardía imagen venerable de sesentón afortunado que se acostaba con Frida Kahlo y le daba de comer a los conejos, claro. Allí hay otra historia y no corta.

Por eso me fascina, acaso, la figura de Sylvia. Parece ser lo único noble y luminoso que se alcanza a ver en las inacabables tonalidades de negro de esta historia.

Después de ver la película, quizás añada algo a esta entrada.

* * * * *
Escribí el 7 de septiembre en Facebook, ya vista la cinta:
Vayan a ver El elegido. Brillante manejo de la historia, licencias dramáticas las justas para que fluya la historia pero sin alterar los hechos ni maquillarlos, varias actuaciones de primera, ambientación convincente, guiños bien armados, creíble y certera con su hecho histórico: el asesinato de Trotsky. 
Como dije en la entrada, le tenía miedo a la película. Es tan fácil glorificar a un asesino, hacer caricaturas, simplificar, justificar o ignorar... El director no lo hizo. 
Sí, podría haber sido un poco más justo con Sylvia Ageloff. Nadie lo ha sido del todo, creo yo, pero Chavarrías y Hannah Murray lo han intentado honestamente, y esa escena final de ella ante Mercader es oro molido que permite perdonar otros momentos demasiado estereotipados. 
Algún día la historia señalará que ella fue lo único decente, noble, sincero, luminoso y defendible en ese pozo oscuro de intrigas y bajeza. Una inquietud mía que alguna vez pude saber que compartía Jorge Semprún, por cierto, y perdón por el name dropping
Mientras, buen cine. 
(Esto fue lo que quedó de una detallada crítica que redacté y que Blogger se tragó.)