30.10.19

Trump no tiene la culpa

Oir y leer a Donald Trump es un viaje a la chabacanería, la indolencia y el narcisismo más espectacular. Pensemos en un Recep Tayyip Erdoğan que recibe una carta donde Trump le advierte: "¡Hagamos un buen trato! Usted no quiere ser responsable del sacrificio de miles de personas, y yo no quiero ser responsable de destruir la economía turca... y lo haré." Y termina advirtiendo que la historia "lo verá a usted para siempre como el diablo si no pasan cosas buenas. No sea un tipo duro. ¡No sea tonto!"


La reacción del tirano turco, para sorpresa de nadie, fue tirar la carta a la basura e invadir Siria, masacrando en los primeros días a 120 kurdos.

Al anunciar la eliminación de Abu Bakr al-Baghdadi, Trump explicaba, como niño de primaria:
Nuestro canino, como lo llaman, yo lo llamo perro, un perro hermoso, un perro talentoso, fue herido y traído de vuelta, pero no tuvimos ningún soldado herido. E hicieron muchos disparos e hicieron muchas explosiones, incluso sin pasar por la puerta principal. Sabes, uno pensaría que pasa por la puerta. Si eres una persona normal, dices toc-toc, ¿puedo entrar?El hecho es que entraron a la casa con una explosión en una pared muy gruesa y les tomó literalmente segundos. Cuando esas cosas estallaron, tenían un gran agujero hermoso y entraron corriendo y sorprendieron a todos.

La sorpresa de la gente normal es continua. Trump jugando a conducir un camión, Trump dejando tirado un paraguas que no sabe cerrar al entrar al avión presidencial, el Air Force One; Trump escuchando a la refugiada yazidí y Premio Nobel de la Paz Nadia Murad contarle cómo ISIS mató a su familia para luego preguntar, de lo más fresco: "¿Dónde están ahora?", a lo que ella respondió asombrada que estaban muertos... y para segundos después interrogarla sobre por qué le dieron un premio tan prestigioso.

Trump perdido en sus pensamientos mientras Nadia Murad relata
la tragedia de los refugiados como ella.
Donald Trump parece vivir en una realidad paralela, en un mundo personal totalmente desconectado de la realidad objetiva. Su valoración de la gente a su alrededor depende de si le es útil, si lo quieren, si lo admiran, si son importantes y, sobre todo, si le aplauden lo que hace y ríen sus chistes.

Yo he conocido gente como Donald Trump. Algunos muy parecidos, otros menos esperpénticos, pero todos son producto de la gente a su alrededor, de la obsequiosidad, de la cortesanía, del servilismo genuino o falso de quien espera salvarse de algo u obtener algo del poderoso.

Trump es poderoso. Pero no lo sabe. No tiene ninguna capacidad de gestionar el poder, de usarlo, de modo que su poder se va diluyendo entre la gente a su alrededor, que lo usa hasta que cae de la gracia del presidente. La lista de dimisionarios y despedidos de la Casa Blanca desde que tomó posesión el 20 de enero de 2017 tiene su propia página de Wikipedia e incluye casos especialmente desconcertantes como los cinco Asesores Nacionales de Seguridad que han pasado por la oficina, o sus continuos cambios de jefes de prensa. Más de 50 cambios en el entorno presidencial y 10 en su gabinete a fecha de hoy.

Esto indicaría que lo que tiene Trump, lo que ejerce, lo que comprende, es la fuerza, no el poder. Como el matón de patio escolar, entiende que sus puños (su dinero, en este caso) son el camino para hacer lo que quiera. No tiene que aprender diplomacia, no tiene que distribuir y compartir poder para afianzar el suyo. No tiene que tomar en cuenta contextos diversos. Lo sabe todo y lo puede todo (ha llegado a decir equivocadamente que el artículo 2 de la Constitución de los EE.UU. le permite hacer "lo que le dé la gana"), sin dar cuentas, porque es fuerte. No ha tenido que aprender a trabajar con otros porque los ha usado sin cesar.

Y ellos se han dejado usar. Han sido los arquitectos de la forma de ser de Trump. Gracias a ellos, desde que nació como hijo de un millonario sin escrúpulos, no ha tenido ninguna necesidad de ser diferente.


Y esto se aplica a todo el Partido Republicano, que ha sufrido una importante degradación desde la aparición del Tea Party, y que entró en franca descomposición con el abordaje de Steve Bannon y Donald Trump. Muchos republicanos, porque muchos son gente decente y honesta más allá de sus ideas conservadoras, lamentan las actitudes, comportamientos y graves errores de política nacional e internacional de Trump. Pero están dispuestos a seguir siendo sus facilitadores mientras se siga haciendo todo lo que hay detrás, lo que no se ve en los medios copados por los momentos incómodos de Trump: reducción de impuestos a los ricos, demolición de las políticas medioambientales, acciones para impedir el aborto libre, nombramientos de jueces ultraconservadores (no sólo en la Suprema Corte, que fue el caso de Brett Kavanaugh, sino a todos los niveles del poder judicial), la anulación de diversas leyes referentes a protección del trabajador y del consumidor, deportaciones exprés, órdenes contra la entrada de musulmanes en los EE.UU., prácticas que dificultan el voto a negros y latinos... la lista es enorme.

El precio es sólo seguirle la corriente a Trump y defenderlo, para que las políticas regresivas republicanas sigan avanzando. Están dispuestos, al menos de momento y mientras el procedimiento del impeachment o juicio político, a seguirlo defendiendo.

Pero lo que construye a personajes como Trump es precisamente su confianza en la lealtad, en el valor de la lealtad, en el ser querido y admirado. Como cuando presume de que Kim Jong-un "le mandó una carta muy hermosa" está asumiendo la sincera admiración del regordete tirano. Cuando descalifica a alguien como "Never Trumper" o "nunca partidario de Trump" está, en su mente, denunciando una verdadera falta grave: la deslealtad.

Y lo peor es que la lealtad a su persona, que tanto valora, no la tiene ninguno de quienes le han construido como es. El poderoso puede concitar lealtades. El que sólo manda por la fuerza atrae más rencores que lealtades, más cuentas pendientes que incondicionalidades, más iras contenidas.


Será un espectáculo peculiar, si se produce, que el cada vez más probable juicio político a Trump lo enfrente al hecho de que su fuerza no lo puede todo y "los suyos" nunca lo fueron. Parte de ese espectáculo se empieza a ver cuando senadores tan vilmente obsequiosos como Lindsay Graham de pronto se oponen a decisiones como la retirada de las tropas de Siria. O, más grave, cuando el propio líder del senado Mitch McConnell niega haber tenido una conversación donde le dijera a Trump que su llamada al presidente Zelensky (el punto de partida de la investigación de impeachment) había sido "perfecta".

Porque a ojos de Trump lo es. Él sólo pidió a Zelensky que hiciera algo por Trump, para ayudarle a desprestigiar a un adversario político y ganar las elecciones. Lo que, para Trump, es igual a ser leal a Estados Unidos. Él es Estados Unidos, la presidencia y su persona e intereses son inseparables. Por eso los altos funcionarios estadounidenses que viajan por el mundo se quedan en los hoteles Trump. No hacerlo sería traición.

Precisamente porque ese delirio no lo comparte casi nadie, ni siquiera quienes usan a Trump, tantos egresados de su caótica Casa Blanca no tienen empacho en escribir uno tras otro libros contando la maraña de absurdos que se vive en el despacho oval donde ejerce sus funciones la persona, por definición, más poderosa del mundo... un despacho que, paradójicamente, hoy ocupa un hombre que no sabe manejar, entender ni ejercer el poder.

27.9.19

Científicos burgueses en México

(La Dra. Irma Aguilar Delfín, a quien conozco hace años aunque creo que nunca nos hemos visto, me hace llegar esta historia suya, que enlaza con la del Dr. Antonio Lazcano, la más reciente víctima de las enloquecidas venganzas del autoritarismo de Elena Álvarez-Buylla al frente del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. La reproduzco sin más porque me parece un testimonio relevantísimo para quien no sabe cómo se hace la ciencia mexicana.)


Creo que a estas alturas ya todos nos dimos cuenta de que el presidente de México está convencido de que quienes hacemos investigación científica somos una bola de burgueses privilegiados, desconectados y desinteresados de la realidad del país.

¿Puede por favor alguien decirme de dónde saca esa idea? ¿Conoce investigadores reales, de carne y hueso y con familias, historias, decisiones y batallas diarias, mensuales, anuales, de toda la vida? ¿Sabe las preguntas que tratan de contestar? ¿Le queda claro que durante su formación muchos han tenido ofertas para emigrar pero han decidido quedarse o regresar a México, porque aman a este país y quieren serle útiles, a pesar de que su vida y la de su familia aquí va a ser mucho más difícil?

Me parece que parte del problema es que el presidente sólo tiene una idea generalizada, vaga, nebulosa: “los científicos”, ni idea quiénes sean esos, pero seguro son personas malas, parásitas, soberbias, payasas e insoportables.

Pienso que tal vez ayude explicar con ejemplos concretos. ¿Les sirve el mío? Ahí les va.

Mi abuelo fue químico. Se murió a los 44 años porque tenía una válvula del corazón defectuosa. Mi mamá fue química farmacéutica bióloga y maestra universitaria por 40 años. Se murió a los 74 de cáncer. Yo y mis hermanos estudiamos la primaria y secundaria en escuelas de gobierno y luego en prepas incorporadas a la UNAM, becados. A los 18 años yo entré a la universidad y empecé a hacer investigación sobre enfermedades de importancia nacional: cisticercosis, fibrosis pulmonar, cirrosis, hepatitis. Dormía poco porque vivía lejos y me pasaba 4 o 5 horas en el transporte público. Comía tortas en CU o afuera de Cancerología. A veces no daba tiempo o se me acababa el dinero en fotocopias.

Aprendí mucho. Mis jefes de laboratorio eran listos y amables.

Me titulé de licenciatura y luego hice exámenes y solicitudes a universidades en el extranjero para estudiar sobre transplantes y enfermedades autoinmunes. Me aceptaron en la Clínica Mayo y a los 24 años me fui a estudiar allá. Ellos pagaron mi avión y mi colegiatura y me daban una ayuda económica para sostenerme. Llegamos en enero. Tuvimos que comprar botas y abrigos porque en Minnesota los inviernos duran 5 meses y alcanzan 40 grados bajo cero. El CONACYT me había dado un préstamo en UDIS con el que me depositaba 500 dólares al mes, que apenas alcanzaban para pagar la renta. Mi entonces esposo trabajaba tiempo completo a pesar de tener que lidiar continuamente con Inmigración para mantener sus papeles en regla. Aún así muchos meses tuvimos que ir al banco de alimentos por provisiones que el gobierno gringo le daba a las familias pobres: teníamos una bebita de seis meses, no nos alcanzaba para una guardería y no teníamos familia allá, así que durante el día la cuidaban mujeres que recibían niños en sus casas. Yo no podía trabajar pero me inscribía como voluntaria a todos los estudios clínicos que podía para conseguir algo de dinero extra. El último año participé donando óvulos para parejas infértiles. (Los científicos somos burgueses privilegiados ricachones, ¿ven?).

Mis jefes de laboratorio gringos también eran listos y buenas personas. Aprendí mucho porque teníamos muchos reactivos y equipos. Las clases a veces no eran tan buenas como las que había tenido en México pero la biblioteca tenía acceso a todas las publicaciones que uno pudiera necesitar. Yo dormía menos que nunca pero sentía que valía la pena porque estaba aprendiendo cosas importantes y útiles y aportando al conocimiento humano: mi tesis de doctorado fue sobre cómo algunos genes hacen que los ratones se mueran horriblemente al infectarse con un parásito transmitido por una garrapata. Un protozoario que resulta que infecta a las vacas en México. Mi investigación, además, se relacionaba con el problema humano de que algunos individuos se mueren horriblemente al infectarse con un parásito transmitido por un mosquito. (Babesiosis. Paludismo. Dengue. ¿Problemas nacionales? Oh, sí.)

Regresé a México a los 31 años sin casa ni trabajo y endeudada con el CONACYT, pero con el orgullo de haber sido admitida al Sistema Nacional de Investigadores, como mis maestros. Empecé a trabajar en la UNAM con leucocitos humanos que purificábamos a partir de los “desechos” del banco de sangre del IMSS: a veces nos quedábamos en el laboratorio toda la noche porque necesitábamos asegurar que las muestras estaban libres de hepatitis, VIH y enfermedad de Chagas. (¿Desconectados de los problemas nacionales, verdad? Claro.)

Luego trabajé en uno de los Institutos Nacionales de Salud. Sobre tuberculosis, VIH, influenza y lupus. (¿Problemas nacionales, apá? Sí, mijo).

Mi mamá me prestaba su coche para ir diario de Cuernavaca a la Ciudad de México. Pero luego tuvimos un accidente y el carro fue pérdida total. Entonces viajaba diario de aventón al Instituto. Varios investigadores nacionales hacíamos lo mismo. Mis hijos se acostumbraron a comer con su papá en la comida corrida. (Burgueses privilegiados, exacto).

A mi jefa de laboratorio le encargaron trabajar en un proyecto con la Fundación Slim, Harvard y el MIT. Todo el equipo invirtió horas y horas en recabar, purificar y analizar más de 2 mil muestras. Fueron días de locura y desvelo continuo. A raíz de ese proyecto una empresa farmacéutica me ofreció trabajo haciendo investigación en farmacogenómica, o sea, averiguando por qué a algunas personas les hace bien cierta medicina y a otros les causa efectos secundarios. (¿Problema nacional también? Újules). El trabajo era en Toluca y yo vivía en Cuernavaca. La empresa me dio un Jetta con el.que iba todos los días por las lagunas de Zempoala. Como ya no trabajaba para una institución académica el SNI me dejó de dar el estimulo económico, aunque seguía tenlendo el nombramiento de Investigadora Nacional y las obligaciones que eso implicaba.

Me dolió dejar la investigación académica y tener que adaptarme a un trabajo “corporativo”. Pero resultó una buena decisión porque mi hija se enfermó y con mi sueldo anterior no hubiera podido mantenerla viva.

(Ni la medicina tradicional ni la homeopatía son útiles contra la insuficiencia renal: nomás la medicina científica hegemónica occidental y su antinatural hemodiálisis. Y, para los que tienen suerte, el todavía más blasfemo transplante de órganos. Pero nosotros no tuvimos suerte. Ni siquiera con los medicamentos biotecnológicos que le inyectábamos para compensar la anemia que hacía que no.estuviera lista para la cirugía. El riñón de su mamá (científica burguesa privilegiada soberbia y ¿qué más era?) era compatible y había pasado todas las pruebas. Pero se nos murió antes de podérselo poner. Así pasa a veces.)

Ahora ya no soy Investigadora Nacional porque no tengo cabeza para llenar los informes. Aunque publiqué un artículo en Nature sobre riesgo genético de diabetes en mexicanos. (La diabetes causa insuficiencia renal y el país no tiene manera de darles hemodiálisis a todos. Problema nacional, creo. Pero ya da igual.)

Actualmente trabajo sobre depresión y esquizofrenia y discapacidad mental y autismo y cuidados paliativos. Problemas nacionales que casualmente también deben abordarse con medicina basada en evidencias y los productos de la maldita ciencia imperialista capitalista hegemónica patriarcal.

Una historia más, si me permiten.

A los 21 años uno de mis maestros nos invitó a conocer los tapetes microbianos de Guerrero Negro, en Baja California. Nos fuimos en camión, 48 horas seguidas (Chihuahua es inmenso) y luego nos trepamos al ferry. Acampamos en la arena y comimos nuestras latas de atún.y chilorio. Vimos formaciones impresionantes hechas de ecosistemas microscópicos. Luego nos subimos a otro camión hasta San Diego (como 5 horas parados porque no hay muchas corridas) porque la segunda parte de la invitación era al Instituto Scripps a escuchar y conocer a colegas y amigos de nuestro maestro, nombres legendarios que salían en los libros de texto: Lynn Margulis, Stanley Miller, Francis Crick. En San Diego dormimos en el garaje del amigo de alguien. Un viaje deslumbrante. Por supuesto nuestro maestro era Toño Lazcano.

¿Cuántos hemos sido alumnos del Dr. Antonio Eusebio Lazcano Araujo Reyes? ¿Cientos? ¿Miles?. Tengo la impresión de que todos aprendimos que es crucial y urgente hacer ciencia de excelencia en México. Lo aprendimos sólo de verlo a él, un torbellino de brillantez amable y un científico espléndido.

¿De verdad el CONACyT va a echar por la borda el privilegio de tenerlo en una de sus Comisiones Dictaminadoras? Me resulta incomprensible.

Irma Aguilar-Delfin, LIBB, PhD

Dr. Antonio Lazcano Araujo

19.9.19

El malvado algoritmo


-Una honda lanza una piedra a una velocidad imposible para un ser humano.
-Pues qué bien.
-Una carretilla permite trasladar pesos que no podría siquiera levantar un ser humano.
-Pues qué bien.
-Un telar hace telas mucho más precisas que las que un ser humano haría a mano.
-Pues qué bien.
-Una imprenta nos permite producir libros y difundir el conocimiento de un modo que sería imposible para escribas humanos.
-Pues qué bien.
-Un tractor puede arar la tierra de modo que ningún ser humano podría hacer sin ayuda.
-Pues qué bien.
-Un avión puede volar y los seres humanos no.
-Pues qué bien.
-Un vaso retiene agua más eficazmente que una persona con las manos.
-Pues qué bien.
-Un ordenador/computadora puede hacer cálculos a una velocidad imposible para un ser humano.
-Pues qué bien.
-Un teléfono nos permite comunicarnos a distancias mucho mayores que gritando.
-Pues qué bien.
-Un antibiótico puede vencer infecciones que nuestro sistema inmune no puede atacar con eficacia.
-Pues qué bien.
-Un piloto automático puede volar un avión de modo más fiable que un ser humano.
-Pues qué bien.
-Un algoritmo informático puede detectar patrones de grandes datos y tomar decisiones con base en ellas mejor que un ser humano.
-¡Qué horror! ¡Las máquinas se apoderan de nuestra vida! ¡Es el apocalipsis! ¡Hay que hacer algo! ¡Es un escándalo! ¡Nos esclavizarán! ¡Mamáaaaaaa... ayúdanos!

La necesidad de Tom Paine

El domingo pasado estuve tomando fotos en una maravillosa recreación de una batalla de la guerra civil española que hace un grupo de vecinos llamado "Frente del Nalón" en el pueblo de Grullos, en Cándamo, Asturias. Como se puede ver en estas fotos que tomé, el trabajo es verdaderamente espectacular. Vienen incluso aficionados de otros lugares, como un grupo de jóvenes polacos, para participar en la celebración, y el cuidado en el aspecto histórico de cada detalle, la pasión con la que hacen el trabajo de revivir la historia, son tan contagiosos que, comentaba yo, los fotógrafos a nuestra vez estábamos recreando la pasión de los genios de la fotografía que hicieron la crónica visual de la guerra, como Robert Capa o Gerda Taro.



Entre los visitantes que recorrían el museo vivo instalado en un parque del poblado para luego asistir a la recreación, vi a dos británicos cerveza en ristre, uno de los cuales llevaba un curioso pin que decía "Bones of Paine", "los huesos de Paine", y fui a preguntarle si ello tenía que ver con los huesos de Thomas Paine, el gran ilustrado. Los dos británicos asintieron, se rieron mucho, el de la foto se quitó el pin y me lo regaló, después de lo cual nos tomamos esta foto.


Les sorprendía que conociera yo a Paine, y me quedé pensando en lo poco que se conoce a uno de los más grandes pensadores de la Ilustración, al primero que se atrevió a decir cosas que hoy nos parecen por una parte bastante normales pero por otra enormemente progresistas, una hazaña para un inglés que vivió de 1737 a 1809.

Porque hoy necesitamos intensamente a Thomas Paine, a sus ideas y, sobre todo, a su compromiso con los principios. En tiempos donde la política parece prescindir precisamente de los principios, en tiempos de populismo y de tomas de decisiones nacidas de lo más visceral y lo más primitivo, del sentido del tribalismo y el odio al "otro", ese mítico otro que algunos quieren hacer siempre más grande, excluyendo a más y más personas de su entorno elitista de un "nosotros" tan imaginario como endogámico, hacen falta los principios y, sobre todo, la memoria de que los cambios sociales profundos, duraderos y que hacen mejor la vida de las comunidades humanas nacen precisamente de los principios y no del mesianismo, el odio, el engaño, el discurso delirante y las sociedades convertidas en turbas linchadoras con las antorchas habituales.

Thomas Paine

Si todo mundo necesita conocer a Thomas Paine,  más lo deberían tener presente quienes hablan de la Ilustración sin tener claro a qué se refieren, y muy en especial a quienes desprecian el pensamiento ilustrado, convencidos de que sus dogmas cancelan la relevancia del salto que representó para todo el mundo la Ilustración, ese tsunami de ideas nuevas que en los siglos XVII y XVII fue la extensión hacia la sociedad, la política y la vida cotidiana de las actitudes críticas y libertadoras de la Revolución Científica del siglo XVI-XVII.

Necesitamos las ideas de ese Thomas Paine que, después de menos de cinco años de escuela básica, se dedicó a las labores de su padre – la agricultura en tierras alquiladas a algún señor y la fabricación de gruesas cuerdas para la navegación a vela – para luego ser desde marinero hasta cobrador de impuestos pero, asombrosamente, también maestro de escuela.

Un buen profesor de escuela es más útil que cien sacerdotes.
-Tom Paine, La edad de la razón, 1794 

En 1772, Paine empezó a involucrarse en política, exigiendo al Parlamento mejores salarios y condiciones de trabajo para los cobradores de impuestos, escribiendo su primer obra política "El caso de los oficiales fiscales", que le costó que lo echaran del trabajo. Para no caer en prisión por deudas, vendió todos sus bienes y se fue a Londres donde conoció a Benjamin Franklin, el científico y pensador ilustrado estadounidense, quien le invitó a emigrar a la América colonial británica, lo que hizo a fines de 1774.

En marzo de 1775, escribiendo en una revista, Paine publicó Esclavitud africana en América, un artículo abolicionista que condenaba la esclavitud como "una atrocidad para la justicia y para la humanidad". También fue defensor de los derechos de los trabajadores a participar de los beneficios de la producción.

Mi país es el mundo y mi religión es hacer el bien.
-Tom Paine

Un recién llegado, pues, tenía el descaro de atacar la institución económica fundamental de las colonias, y que lo seguiría siendo durante casi cien años: la esclavitud. Pero al hacerlo, Paine era simplemente leal a sus ideas. Igualmente, cuando comenzó la guerra de independencia, analizó las dos corrientes que se enfrentaban entre los colonos. Algunos querían seguir siendo parte de Inglaterra, y exigir al rey Jorge III únicamente derechos de representación en el Parlamento, como los había obtenido Escocia al unirse a Inglaterra formando el Reino Unido en 1706. Otros buscaban la independencia absoluta, algo verdaderamente audaz ya que los enfrentaba al más poderoso ejército de ese momento, al imperio británico indiscutido.

Paine se inclinó por los segundos, convencido de que la monarquía era una forma absurda de gobernarse, y que el sentido común indicaba que los seres humanos debían gobernarse a sí mismos de modo democrático en una república. En defensa de estas ideas, escribió su panfleto de 1776 Common Sense (Sentido común), que convenció a muchos de que la ruptura con Inglaterra era el único camino. No gustó a muchos, sobre todo porque su democracia era tan radical que defendía el sufragio universal, cuando algunos padres de los Estados Unidos seguían convencidos de que sólo deberían poder votar los hombres que tuvieran tierras en propiedad. A otros les gustó aún menos por sus despiadadas críticas a la religión organizada y a las iglesias y sus ministros.

Menos de un año después, ayudaría a darle forma al nuevo país con otro escrito: The American Crisis (La crisis americana).

Discutir con una persona que ha renunciado al uso de la razón
es como administrarle medicina a un muerto.
-Thomas Paine 

De vuelta en Londres, consumada la independencia, en 1791 salió en defensa de la revolución francesa de 1789 y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano con otro escrito esencial, The Rights of Man (Los derechos del hombre), muy legible todavía, que no consiguió que se publicara en Inglaterra y salió a la luz finalmente en Francia. Igualmente, se relacionó con Mary Wollstonecraft, la feminista británica madre de la autora de Frankenstein,  Mary Shelley. Paine también creía en la igualdad de derechos de las mujeres e influyó en la obra esencial de Wollstonecraft, A Vindication of the Rights of Woman (Una reivindicación de los derechos de la mujer) de 1792. Antes, Wollstonecraft había escrito A Vindication Of The Rights Of Men (Una reivindicación de los derechos del hombre) defendiendo la obra de Paine.

La segunda parte de The Rights Of Man, publicada en Londres, mostraba cómo debería ser un gobierno representativo en una república democrática con sufragio universal, incluyendo una serie de programas sociales para aliviar la pobreza de la gente utilizando un sistema de fiscalidad progresiva, es decir, que mientras más acaudalados fueran los ciudadanos deberían ir pagando proporcionalmente más impuestos, a fin de redistribuir parte de la riqueza... una propuesta que hoy defiende el socialismo democrático y que rechazan enérgicamente los "liberales" que se dicen –falsamente– herederos de la Ilustración.

Es deber de todo hombre, en la medida de sus capacidades,
detectar y exhibir el engaño y el error
-Thomas Paine

De inmediato, Paine y su editor fueron acusados y enjuiciados por difundir un libelo sedicioso, mientras que sus enemigos promovían sesiones de odio contra Paine y quemas de su efigie. Paine tuvo que huir a Francia, donde la revolución le dio la ciudadanía francesa honoraria mientras en su propio país se le condenaba en ausencia a no volver a pisar tierras británicas. Pese a no saber francés, se le eligió a la Convención Nacional como diputado por el distrito de Pas-de-Calais. Como diputado, estuvo en en el comité que redactó el Proyecto Girondino de Constitución de 1793, ambicioso proyecto que no fructificó.

Sin embargo, el 16 y 17 de enero de 1793, Paine votó en contra de la pena de muerte para el depuesto rey Luis XVI debido a su convicción de que la pena capital era inhumana e inaceptable. Fue fiel a sus principios, a diferencia del cínico Robespierre quien diría, al emitir el primer voto: "El sentimiento que me llevó a pedir la abolición de la pena de muerte es el mismo que hoy me obliga a exigir que se le aplique al tirano de mi país".

(¿El mismo sentimiento, Maximilien?)

No se podía esperar algo menos que esa miseria moral y falta de principios de quien establecería por esos tiempos el terror como forma de gobierno, destrozando los ideales de la revolución francesa y su futuro. Y Paine lo sufrió en carne propia. Enemistado con Marat y Robespierre, en 1794 fue a dar a la cárcel y a punto estuvo de perder la cabeza en la orgía de guillotina y odio que sustituyó a la Declaración de los Derechos del Hombre. Pero en 1795, ya libre, Paine volvió a la Convención y volvió a resultar incómodo, pues votó contra la nueva constitución porque eliminaba el sufragio universal en el que él creía firmemente.

Los siguientes años se dedicó a hacer inventos y diseñar puentes, que era menos amargo.

Donde el conocimiento es una obligación, la ignorancia es un crimen.
-Thomas Paine

En 1800, Napoleón se le acercó llenándolo de elogios por The Rights Of Man, pero pronto Paine se dio cuenta que iba para dictador y no era un demócrata. Llamó a Napoleón "el mayor charlatán existente"... y tuvo que huir de nuevo. De vuelta a Estados Unidos, a su pequeña casa en New Rochelle, la única que poseyó en su vida, también denunció los tejemanejes de Washington como presidente. Los religiosos estadounidenses lo odiaban por su The Age Of Reason que denunciaba los males de las religiones (pese a ser de origen cuáquero y anglicano Paine devino deísta como muchos ilustrados), mientras que los federalistas detestaban las ideas igualitarias de The Rights Of Man y también lo atacaban continuamente.


Defensor de la ciencia y la razón, igualitarista, demócrata, antiesclavista, opuesto a la pena de muerte, promotor de la fiscalidad progresiva, feminista y fiel a sus principios aunque se quedara solo, Paine es el ilustrado de los illustrados, una luz para cualquier oscuridad, la esencia misma del progresismo surgido de la razón.

Y como los británicos son británicos, le hacen canciones a gente como Tom Paine. Ya quisiera yo que se las hiciéramos a Jovellanos o a Severo Ochoa, por ejemplo, soñar es barato, pero no se les hacen. El caso es que me entusiasma mucho una canción de Graham Moore dedicada precisamente a los huesos de Tom Paine.

Primero la canción y luego explico lo de los huesos. Aquí una interpretación del excelente grupo Larún, que tiene entre sus filas a uno de los mejores gaiteros españoles, Borja Baragaño.


La letra dice:
Mientras soñaba una noche
Junto a un río de descontento,
Me topé de frente con el viejo Tom Paine
Que iba corriendo por el camino.
Dijo: "No puedo parar ahora, hijo,
el Rey Jorge me persigue
Querría atarme una soga al cuello
Y colgarme del árbol de la libertad". 
Coro:
Pero bailaré al ritmo de los huesos de Tom Paine
Bailaré al ritmo de los huesos de Tom Paine
Bailaré con las botas más viejas que tengo
Al ritmo de los huesos de Tom Paine 
"Solo hablé de libertad
Y justicia para todos
Pero desde la primera palabra que dije
He tenido enfrente el cañón de una arma. 
Dicen que prediqué la revolución
Déjame decir en mi defensa
Que todo lo que hice donde quiera que fui
Fue decir cosas de mucho sentido común." 
El viejo Tom Paine corrió muy rápido
Me dejó de pie quieto
Y ahí estaba yo con un trozo de papel en la mano,
De pie sobre la colina 
Decía: "Ésta es la edad de la razón,
Éstos son los derechos del hombre,
Deshagámonos de la religión y la monarquía",
estaba escrito en el plan de Tom Paine. 
Allí yace el viejo Tom Paine,
Nadie ríe y nadie llora
A dónde se fue o cómo le va
Nadie lo sabe y a nadie le importa...
Pero bailaré al ritmo de los huesos de Tom Paine...
Thomas Paine murió en la pobreza y, más que olvidado, detestado por muchos que no soportaban que dijera lo que pensaba, que pensara cosas razonables y que no actuara con la hipócrita flexibilidad del cortesano, el poderoso y el servil. A esa gente siempre le molestan los principios, la razón y la verdad. Temeroso de que se le inventara una conversión de última hora, Paine se hizo acompañar en sus últimos días por la viuda de su amigo Elihu Palmer. Paine fue enterrado en su rancho de New Rochelle, Nueva York después de que se le negó el entierro en el cementerio cuáquero local porque era deísta, tema que provocó graves divisiones entre los fieles de esa secta. A su funeral asistieron únicamente seis personas.

Pero diez años después, un antiguo adversario de Paine convertido en su admirador, el periodista y parlamentario William Cobbett, cocinó en 1819 (10 años después de la muerte del pensador) la peregrina idea de robar los restos de Paine y enterrarlo en Inglaterra, convencido de que los huesos promoverían el progresismo en el país de origen del incómodo racionalista. Lo desenterró clandestinamente y envió los huesos a Inglaterra como mercancía común en una caja.

Pero a nadie pareció impresionarle el hecho y no pasó nada. Cobbett y los restos del reformador fueron objeto de burlas de todo tipo.



Cobbett propuso construir un mausoleo para Paine, pero nadie aportó fondos. Luego trató de vender anillos que llevaban cabellos del pensador, pero no tuvo compradores. Guardó los huesos hasta su propia muerte en 1835. Entonces, su hijo mayor y heredero vendió todas las posesiones de Cobbett, pero no pudo hacerlo con los huesos de Paine, que legalmente no se podían considerar una propiedad, así que se los regaló al secretario de Cobbett y allí se perdió su rastro. El New York Tribune especulaba que había sido enterrado en un atrio inglés o en Francia. Leyendas sobran... y sobra gente que dice tener alguno de los huesos de Tom Paine, su cráneo, un dedo o su mandíbula, o que sus huesos fueron convertidos en botones.

Pero los huesos de Paine se convirtieron, finalmente, en un símbolo de los derechos, la razón y la libertad. Todavía en agosto, la Biblioteca de la Clase Trabajadora del Reino Unido lo recordaba con una marioneta con los huesos de Paine. El diseño del pin que me regalaron es de la misma biblioteca. Los perdidos huesos de Paine evocan la memoria de los escritos y luchas del gran ilustrado. Y la idea de que sus huesos anden por el mundo, decía un miembro de la sociedad histórica que guarda su legado, tiene algo de poético. El mundo era su país... y lo sigue siendo.

Necesitamos a Tom Paine.

Cuando contemplo la dignidad natural del hombre, cuando
siento (porque la Naturaleza no ha sido tan amable conmigo
como para mitigar mis sentimientos) el honor y la felicidad
de su carácter, me irrita el intento de gobernar a la
humanidad por la fuerza y el fraude, como si todos
fueran bribones y tontos, y apenas puedo evitar
el asco hacia aquellos que así se imponen.
–Thomas Paine

1.5.19

La historia la escriben... todos

Basta citar un hecho histórico que le desagrade a alguien para que repita, como un conjuro, que "la historia la escriben los vencedores", con lo que espera que los hechos históricos se disuelvan en una humareda de subjetividad. La historia, quieren decir, no depende de hechos, datos, memoria, documentos, testimonios, arqueología y otros elementos historiográficos, sino nada más de la voluntad del "vencedor", mismo que puede convertir, si no el agua en vino, sí la derrota en triunfo, la noche en día y la crueldad en bondad.

Basta echar un ojo a lo que sabemos de historia (y cada día sabemos más) para vernos obligados a admitir que tal afirmación no es cierta. Es decir, que en todo caso los vencedores escriben una versión de la historia, pero habitualmente tal versión no soporta la prueba del tiempo, ni de los hechos, ni de los historiadores más acuciosos y menos obsequiosos con el poder.

George Orwell, c. 1940.jpg
George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair)
De hecho, si realmente la historia la escribieran los vencedores, no lo sabríamos. Asumiríamos ciegamente que esa historia, esa historia única, refleja los hechos en su totalidad y de manera fidelísima. La realidad es otra. La historia se reescribe constantemente y tiende, asintóticamente, a reflejar cada vez mejor los hechos reales hasta donde podemos conocerlos.

Quizás para entender esto haya que ir, primero que nada, a la fuente original de la pesimista afirmación, y esa fuente es George Orwell, concretamente en un artículo llamado "Revisión de la historia" (Revising History) de su columna "Como me dé la gana" (As I Please) publicada en la revista socialdemócrata Tribune el 4 de febrero de 1944. Puede leer el original aquí.

La reflexión de Orwell comienza sugiriendo que es posible hacer una historia del mundo "hasta una fecha relativamente reciente" que tuviera un parecido razonable con el curso real de los acontecimientos, que es posible un cierto grado de veracidad "siempre y cuando se admitiera que un hecho puede ser verdadero incluso si no nos gusta". De allí pasa a decir que no es posible tal cosa ahora (siendo ahora, claro, febrero de 1944, apenas se ha unificado toda la resistencia francesa, se pelea en el frente oriental y en Italia, los aliados preparan sigilosamente el Día D y en la memoria de Orwell sigue viva la Guerra Civil Española, sobre todo porque, como dice, no había cifras precisas ni relatos objetivos de lo que pasaba en ella, y lo había sentido desde 1937.

A partir de allí expresa dudas: "Si Franco fuera depuesto ¿a qué tipo de registros podrán acudir los historiadores del mañana?" Y predice que la historia consignará hechos falsos como que "había un ejército ruso considerable en España".

Batalla de Guadarrama
Pone otros ejemplos: ¿Son los "Protocolos de los Sabios de Sión" un documento genuino? ¿Trotsky conspiró con los nazis? ¿Cuántos aviones alemanes fueron derribados en la Batalla de Inglaterra? Su respuesta: "En ningún caso se obtiene una respuesta que sea universalmente aceptada por ser verdad: en cada caso se obtienen varias respuestas totalmente incompatibles, una de las cuales se adopta finalmente como resultado de una lucha física. La historia la escriben los vencedores".

El final del artículo es glorioso: "Lo verdaderamente atemorizante del totalitarismo no es que cometa 'atrocidades', sino que ataca el concepto de la verdad objetiva: afirma controlar el pasado así como el futuro". Esta sería una de las bases de la novela que quizá ya estaba conformando, Mil novecientos ochenta y cuatro, que se publicó en 1948. Pero en el artículo es más optimista, y esto suelen saltárselo los que repiten "la historia la escriben los vencedores" con la misma ignorancia con la que un niño adoctrinado repite un padrenuestro o un avemaría sin saber exactamente qué significan las palabras presuntamente mágicas que va pronunciando. Dice Orwell: "Hay alguna esperanza, por tanto, de que sobreviva el hábito mental liberal, que piensa en la verdad como algo que existe fuera de uno mismo, algo que puede descubrirse y no algo que puede inventarse al ir avanzando. Pero aún así no envidio el trabajo del historiador del futuro. ¿No es un comentario extraño sobre nuestra época que incluso las bajas de la guerra actual no se puedan calcular dentro de un rango de varios millones?"

Agudo, Orwell, sin duda. Pero, como decía el danés Karl Kristian Steincke (y no Niels Bohr, la historia nos lo confirma), "La predicción es muy difícil, especialmente cuando se refiere al futuro". Con toda su preclara inteligencia y convicción justiciera, Orwell no podía imaginarse que el historiador del futuro tendría las armas y herramientas que hoy tiene. Otras de sus preocupaciones eran simplemente asunto de falta de acceso a los datos, como las bajas de la Segunda Guerra Mundial, que hoy se cifran entre 70 millones y 85 millones, pero no porque esa historia la haya escrito un vencedor o un vencido, sino porque son los mejores cálculos que tenemos con base en la información que sobrevivió a la guerra (Wikipedia en inglés -el artículo en español sobre las bajas de la SGM es lamentable y vergonzoso- ofrece un panorama bastante amplio de ese cálculo y el porqué de su imprecisión).

Pero los tiranos, incluso los más egregios, mueren. Las tiranías, incluso las más prolongadas, se extinguen. Y sobreviven y se suman los testimonios de los personajes más pequeños, sean Julius Fučík (periodista checo cuyo Reportaje al pie de la horca se escribió en papel de fumar antes de su ejecución) o Ana Frank o Solzhenitzyn, Orwell o Francisco Boix (el fotógrafo de Mauthausen), sea Li Zhisui (el médico de Mao Zedong) o Chelsea Manning, o sean los sobrevivientes de las dictaduras suramericanas de los años 70.
Spitfire and He 111 during Battle of Britain 1940.jpg
Un Spitfire británico y un Henkel alemán durante la Batalla de Inglaterra.
Respondiendo a Orwell: no, no hubo un ejército ruso peleando en la guerra civil española. Eso no lo sostienen hoy ni los más cavernarios neonazis para los que el dictador Franco era casi un comunista. Y además, sabemos con toda certeza que "Protocolos de los Sabios de Sión" son una falsificación zarista que usó como base la novela Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly, publicada en 1864, y un capítulo completo de Biarritz, del escritor antisemita Hermann Goedsche, publicada en 1868, cosa que, por cierto, desveló The Times de Londres ya en 1921. Y no, Trotsky no conspiró con los nazis y sólo algún estalinista que se hubiera quedado varado en 1938 podría decirlo sin que le empezara a crecer la nariz estrepitosamente. Finalmente, los alemanes perdieron alrededor de 1700 aviones en la Batalla de Inglaterra, y existen los documentos oficiales que contabilizan las bajas aéreas de ambos bandos a partir del 1º de agosto de 1940. Simplemente, esos documentos no estaban accesibles para Orwell antes del fin de la guerra.

Puede, sí, haber varias historias. Véase como ejemplo la catarata interminable de libros sobre la guerra civil española que alimenta a la industria editorial, con visiones y opiniones de unos y otros... pero si bien las opiniones pueden ser distintas, los hechos resultan inamovibles. Hoy, cuando resulta casi trivial derribar mitos y contar lo que los tiranos de ayer no quisieron que se contara (y tenemos una certeza bastante razonable de que mañana se contará lo que los tiranos de hoy quieren ocultar), cuando los datos fluyen en saltos electrónicos imposibles de detener, es casi imposible que los vencedores escriban la historia. Aunque quieran.

Los totalitarios, sean Trump o Putin, Kim Jong-un o Lukashenko, seguirán tratando de atacar el concepto de "verdad objetiva", pero su esfuerzo es cada vez más vano y tiene fecha de caducidad más cercana. Basta que el poderoso caiga para que los relatos de la contrahistoria (si se me permite el palabro) se empiecen a desgranar. Si los vencedores escribieran LA historia, no tendríamos las historias que tenemos, las desmitificaciones que oxigenan el ambiente de cuando en cuando, la certeza de que pese al poder de la mentira, especialmente blandida como arma política, la verdad vale la pena y las más de las veces se impone. Más allá de frases tronantes como "La historia me absolverá".

Si esto significa que el buen Orwell se equivocaba, tampoco es ninguna tragedia. No existe en ningún lugar un decreto que diga que un gran escritor y luchador por las mejores causas deba ser perfecto en todas sus valoraciones de la realidad. Y algo me dice, perdón por la osadía, que mucho le habría gustado a Orwell ver las ruinas del Ministerio de la Verdad y el éxito de ventas entre los animales de la verdadera historia de la rebelión en la granja... para disgusto de Napoleón, el cerdo.
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17.2.19

Cosas que sabemos

COSAS QUE SABEMOS es un nuevo canal de YouTube de difusión de ciencia, tecnología y temas afines, formado por apuntes de unos 7 minutos basados en los artículos que desde 2006 publico todos los sábados en el suplemento Territorios del diario El Correo. Es un canal complementario y paralelo a El rey va desnudo, que sigue su camino normalmente promoviendo el pensamiento crítico, desmontando las pseudociencias y la irracionalidad.

El canal está dirigido sobre todo a un público no familiarizado con la ciencia, para crear audiencia con explicaciones sencillas que relacionan al conocimiento con la vida diaria, utilizando un lenguaje común, sin presuponer conocimientos en los espectadores y con una aproximación directa buscando interesar e informar sobre temas de ciencia y tecnología.

Éstos son sus primeros cuatro episodios como una invitación para visitarlo, comentarlo y suscribirse.









5.1.19

El 6 de enero de Fernando

Ésta es una historia personal, de interés acaso para mi familia, quizá para algunos pocos otros. Es una historia de Reyes Magos, empieza y termina al amanecer de un 6 de enero. Y no es épica, así que no sé si le interese a usted. Porque aquí no va a encontrar las diatribas políticas en las que luego me embarco, ni mis observaciones lejanamente interesantes, medianamente originales y aldeanamente eruditas -a veces- sobre arte y música, ni denuncias contra la superstición ni nada más que una historia más bien pequeña de gente más bien irrelevante. De esa gente que uno ve en la calle y cuando mucho distingue que es como uno, común y corriente.

Por ello, quizá le venga bien ahorrarse el tiempo que invertiría en esta entrada y buscar mejor textos sobre gente importante, no aldeanos asturianos y sus modestas familias.

Habiendo hecho la advertencia, voy a hablar de un hombre al que no conocí pero al que conozco bien. Se llamaba Fernando Huerta Turanzas y era mi abuelo.

La noche del domingo 5 de enero de 1930, Fernando y su esposa Sofía prepararon, como todos los años, la celebración del día de los Reyes Magos, con regalos para sus hijos, cuyas edades iban desde una joven de 19 años hasta una pequeña que apenas empezaba a caminar. Con las 7 niñas y los 4 niños ya en la cama, nerviosos por los regalos que encontrarían al día siguiente junto a sus respectivos zapatos (como se estila en México), dispusieron además una mesita con cinco copas con posos de jerez y migajas de galletas. Esa evidencia forense demostraría al día siguiente a sus asombrados hijos que un año más los Reyes Magos habían visitado su casa, habían tomado un jerez y galletas con Fernando y Sofía y habían dejado los obsequios respectivos.

Para Fernando, el 6 de enero era la fiesta más importante de la familia, y la preparaba y celebraba cuidadosamente, me dicen, me cuentan, asegurándose de que todo estuviera listo antes de irse a la cama.

Fernando ya no despertaría. Murió durante la noche del 5 al 6 de enero. Como en una tragedia artificiosa, pero con la frialdad de la contundente realidad, Fernando se iba el día que más apreciaba y dejaba además a una mujer y a unos hijos que no tendrían fácil la supervivencia, historia que ya he contado en parte.

Allí conté algo de este hombre con quien el único parecido que guardo, o al menos de ello trato de convencerme, está en las manos. Su rostro más bien redondo tiene un aire común a muchos de la zona donde nació alrededor de 1870, en Palaciu o Palacio, barrio de Ardisana, en el concejo de Llanes, en Asturias.

Lo que había que hacer en Palaciu era trabajar en el campo: huerta, maíz, cabras, cerdos, quizá vacuno, borregos, fabes. Vida de campesino, pues. Mi origen es el de un linaje de labriegos de una zona agreste de multitud de cordilleras que anuncian, apenas un poco al sur, los imponentes picos de Europa. Mis bisabuelos, así lo hizo constar Fernando en su acta de matrimonio con Sofía, fueron Miguel Huerta, de oficio labrador, e Isabel Turanzas.


Ésta es la foto por la que conocimos toda la vida a mi abuelo Fernando. Pelo entrecano, bigote bien recortado, un apetecible bombín en la izquierda y mirada apartada del fotógrafo. Una copia de esta foto estaba siempre en los alrededores de su mujer, Sofía.

Dicen, no lo sé, que la costumbre era que la escasa hacienda de la familia la heredara en exclusiva el mayor de la familia, porque subdividir eternamente la heredad entre toda la prole era simplemente mal negocio. Y Fernando no era el mayor de la familia, porque llegado a los 18 años o por allí, la familia le dio algo de dinero, un traje nuevo, un pasaje en un vapor y una recomendación para algún pariente ya asentado en América, en este caso en México, para que fuera a deslomarse por allá porque en casa no había ni siquiera un modo de deslomarse trabajando honradamente.

A México fue y allí se quedó. Trabajó como trabajan todos los inmigrantes: mucho, muchas horas, con muchos sacrificios y ahorrando para algún día tener su propio negocio. Empezó en Yucatán y acabó en la Ciudad de México. Esto me lo cuentan y me lo imagino, porque los detalles son imprecisos. Ni siquiera se sabe qué día de 1890 o 91 bajó con su equipaje y su asombro del barco listo para enfrentar un mundo nuevo, donde la gente hablaba raro, tenía una moneda rara, comía cosas raras, se trataba de modo extraño y se reía distinto de cómo se reía en Asturias, aunque con el mismo entusiasmo sincero. Nunca volvió a Asturias, como volvieron tantos que crearon la leyenda del indiano, a hacer una casa grande con misteriosas palmeras, muchas veces casados con alguna mujer morena igualmente misteriosa.

Trabajó, hizo una modesta fortuna y por ahí de 1909 pidió la mano de su vecina, una chiquilla de 15 años que quedó horrorizada ante la idea de casarse con el vecino español bigotón y casi cuarentón. Porque Fernando le pidió la mano a su madre, a mi bisabuela Dolores. La niña allí no tenía voz ni voto. La señora Pineda concedió la mano de la pequeña Sofía y se fijó el matrimonio para el 10 de mayo de 1910. Luego tendrían que aprender a quererse, que para entonces ni siquiera se conocían.

(Así se hacían las cosas entonces. Han mejorado, digo yo, aunque estos dos tuvieron suerte y aprendieron.)



Fernando instaló una tienda en la que vendía productos que traía de España, y después adquirió una cantina que aún existe en el centro de la Ciudad de México, "El gallo de oro", inaugurada en 1874 y que hoy tiene la distinción, dicen, de ser la más antigua de la urbe, con su respectivo sitio en Foursquare y Tripadvisor. La cantina pasaría a otros dueños dos años después de la muerte de Fernando.

Pero si de tener se trataba, más que riquezas lo que a Don Fernando le gustaba era tener hijos. Tuvo 12, de los que, como se decía entonces, "le vivieron 11". Cuando estaba en la labor de tener muchos, por el año de esta foto, principios de la década de 1920, consiguió traer a México a su madre Isabel para que viera lo que su rapaz había hecho al otro lado del charco, lo que Miguel, su padre, ya no podía ver. Aquí está con su esposa, su madre y sus siete primeros hijos.


Con otros asturianos, el 7 de febrero de 1918 formó una asociación para crear un equipo de fútbol que ayudara además a fomentar la unidad de los emigrados de su tierra. La primera actividad del Club Asturias, sin embargo, fue una romería al estilo asturiano, "la Jira", el 18 de julio de 1919, a lo que siguieron los primeros partidos del club en el futbol amateur mexicano y su primer trofeo en 1920. Un año después, el 14 de agosto de 1921, se creaba el Centro Asturiano de México, con don Fernando en calidad de tesorero fundador. En la temporada 1922-23, el Club Asturias conquistó el primer campeonato de Fuerza Mayor/Liga de la recién creada Federación Mexicana de Fútbol.

No sabemos si don Fernando siguió implicado con el fútbol, pero sin duda, por las historias que se cuentan, siguió siempre en las romerías. Aquí lo vemos en el extremo derecho, medio fuera de cuadro, en la directiva de 1925 del Centro Asturiano.

  

Era, me dicen, nos dicen, fabulan, nos cuentan, hacen leyenda, tan sabio como lo puede ser un campesino reconvertido en magnate de segundo nivel, un rico pobre, pero era sobre todo un buen hombre.

Me pregunto si sería necesario contar hazañas más allá de "fue un buen hombre". Para mí allí terminaría toda justificación de su memoria. No hay más. No ganó batallas (así se quejaría años después León Felipe en su "Qué lástima" de no haber tenido "un mi abuelo que ganara una batalla") pero era un buen hombre. No dejó huella demasiado profunda en su sociedad, ni un libro, ni un invento... pero era un buen hombre. Sobrevivió a una revolución en un país ajeno, asunto que siempre tuvo presente pues en las actas de nacimiento de sus hijos, en la parte de comentarios que casi siempre quedan en blanco, él siempre señalaba: "El compareciente pidió que se haga constar en esta acta que conserva su nacionalidad española", o palabras similares... era otra forma de ser un buen hombre.

Un día, dos de sus hijos, vestidos -me decía mi abuela- con impecables trajecitos blancos, como en perpetuo día de primera comunión, hicieron alguna trastada infantil. Fernando enrolló el periódico que leía y se puso a perseguirlos alrededor de una mesa de alambrón para darles unos azotes a modo de castigo. En la persecución, algún golpe con el periódico conseguía acertar el fornido comerciante. Al mover el periódico enérgicamente, la mano de Fernando rozó el alambrón de la mesa y se hizo un corte sin siquiera percibirlo. Al acertar el siguiente periodicazo en la espalda de uno de los perseguidos, el movimiento hizo volar su sangre y manchó la blanca tela de la espalda del niño.

Me cuentan que Fernando se derrumbó, pensando que había hecho daño, realmente, a uno de sus hijos, arrepentido y aterrorizado consigo mismo. Supongo que le tomó pocos segundos pensar que ningún golpe con un periódico enrollado podría causar heridas así en un niño, o bien miró el tajo en el dorso de su mano y se dio cuenta de lo que realmente había pasado. En todo caso, jamás volvió a usar los castigos físicos que allá a principios del siglo XX eran la pedagogía aceptada y recomendada por todos los expertos.

Un buen hombre.

Sus nietos no lo conocimos. Imposible. Pasarían años desde su muerte para que naciera el primero, décadas para que naciera el último. Menos aún sus bisnietos. Ni los tataranietos que ya pueblan el siglo XXI. Y, sin embargo, hay una peculiar permanencia de Fernando entre todos los suyos que no lo conocimos.

Palaciu, Ardisana, Llanes
Me dicen (no lo sé de cierto), que sus parientes siguen celebrando una misa por Fernando cada 6 de enero allá en Palaciu, donde he estado algunas veces, silenciosamente. Se habla de él con la familiaridad dedicada a quien se ha conocido y con quien se ha compartido una comida, un café, algunas risas, una afición futbolera. Existe insistentemente 89 años después de su muerte. Y para algunos tiñe, inevitablemente, la celebración de los Reyes Magos, aún sin creer ni en reyes ni en magos ni en dioses y en epifanías. Lo cual no es grave pudiendo creer en Fernando, el hijo de Miguel e Isabel, y en el acertijo de su incesante presencia.

31.10.18

Los efectos de la batalla

Los inmigrantes que plasmó Chaplin en su película de 1917 llamada precisamente "El inmigrante"
NOTA: Este cuento mío se publicó en la revista electrónica argentina Axxón 146 en enero de 2005, aunque se escribió muchos años antes en México, país del que uno de cada diez nacidos en él ha emigrado buscando una vida mejor. Va de emigrantes y fronteras y muros y soldados y cosas que hoy de pronto son actualidad en todo el mundo.
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Los efectos de la batalla


... porque tan sólo el diminuto banquete de la araña
basta para romper el equilibrio de todo el cielo.

Federico García Lorca
“Paisaje de la multitud que orina”


-Pásame la mostaza -pidió Daniel.

Oscar arrojó el frasco de plástico a su compañero y, al verse, en un rostro se reflejaba el aburrimiento del otro y el calor de ambos, las arrugas dibujadas en ocre con el polvo amasado en sudor, los ojos enrojecidos por la clara luz del desierto. La sombra de la camioneta de Protección Contra Inmigrantes era poca defensa contra el sol.

-¿Deveras no sabes arreglar aparatos de aire acondicionado? -preguntó Daniel por sexta vez mientras ponía mostaza al emparedado de carne de dudosa procedencia.

-Ya te dije que no. A ver si logramos que en la noche nos lo arreglen.

-Aunque lo paguemos de nuestro bolsillo -sugirió Daniel con la boca llena.

-¿Con mi salario? Olvídalo. Que lo arregle la oficina.

Oscar se levantó y encendió un cigarrillo, alejándose de la sombra de la camioneta con tal de no escuchar los quejidos de Daniel y sus diatribas contra el vicio que ya casi nadie tenía. Miró hacia el otro lado del río. Era una frontera frágil y allá estaban cientos, miles, millones de hombres y mujeres de colores ajenos, idioma incomprensible, costumbres sospechosas y disposición a trabajar mucho por poco dinero para ganarse el derecho a incorporarse a la modernidad, bañarse en las luces de neón, admirar los automóviles, tocar las máquinas que dan a sus usuarios latas de refresco de cola, bolsas de frituras, información turística y hasta dinero en efectivo.

Algunos, cada vez menos, se aventuraban a cruzar. Pero el mundo al que llegaban era hostil. Los recibían agentes de PCI, dotados con el derecho a disparar basados en las leyes de guerra contra invasión territorial alguna vez aprobadas en un ataque colectivo de patriotismo desfigurado. Casi nunca disparaban. Pero de vez en cuando, si las computadoras indicaban que las estadísticas de flujo de miserables aumentaban, recibían la orden de matar a unos cuantos y publicitarlo ampliamente, con carteles en los vados, con rumores hábilmente diseñados y con fotografías plenas de sangre y silencio.

Aún así, los que pasaban la frontera tenían graves problemas. Había demasiada gente dispuesta a delatarlos, demasiados controles destinados a dejarlos fuera de la jugada, del sueño. A veces no contaban ni con la protección y apoyo de sus compatriotas que sí habían conseguido insertarse en la sociedad que tanto prometía. Pero el atractivo seguía siendo grande: no había escasez de empleadores dispuestos a violar las leyes de su propio país para ahorrar unas monedas, no había escasez de funcionarios corruptos que ofrecían casi abiertamente documentos irregulares. Y por tanto no había escasez de arriesgados o desesperados.

La presencia de los agentes de PCI era el disuasor número uno.

-Somos como espantapájaros -decía Daniel-. No hacemos nada, pero si no estamos aquí, los cuervos se adueñan de la parcela.

Oscar dio la última chupada al cigarrillo y lanzó el humo hacia el horizonte, al bordo del río.

Algo tembló tras el humo. Un punto negro que avanzó hasta revelarse como la figura delgada de un hombre.

-Daniel, tenemos visitas -dijo Oscar.

Detrás de la primera figura se recortaron otras contra el cielo de aire seco y ardiente. Era un truco que a veces daba resultado: veinte o treinta personas se lanzaban en formación, con la esperanza de que alguno pasara. Era la lotería del ilegal.

-Pide refuerzos -recomendó Oscar mientras iba a la parte trasera de la camioneta a sacar el magnavoz y la escopeta.

-Son muchos -dijo Daniel con el micrófono del radiotransmisor en la mano, poniéndose los audífonos.

Oscar se volvió. En efecto, eran muchísimos. Cien. Acaso más.

-Regresen. Regresen -empezó a decir Oscar por el magnavoz en el idioma de los invasores. La vanguardia de la columna se acercaba al vado. -Está prohibido cruzar la frontera. Tenemos órdenes de disparar.

Los primeros pies agitaron las aguas del río que avanzaba mansamente.

-No te oyen -advirtió Daniel.

Oscar alzó de nuevo el magnavoz y repitió la advertencia. Mientras tanto, los cien se convirtieron en doscientos o en quinientos, un horizonte líquido de cabezas en movimiento.

-Sí me escucharon. Desde la primera vez -dijo Oscar para sí mismo.

Los agentes de PCI miraron al horizonte durante unos segundos, esperando que simplemente se detuviera el flujo de gente, que ya no se multiplicaran los niños en los brazos de sus madres, que dejara de avanzar el hormiguero de sombreros y gorras de tela barata, los hombros que en abigarrada variedad de bolsas llevaban las contadas pertenencias de sus dueños. Pero cada vez más pies se refrescaban de la caminata en las aguas, se clavaban en el lodo y avanzaban.

-¡Tenemos una invasión! -anunció Daniel al micrófono-. Quinientos, quizá mil. -Escuchó por los audífonos y ordenó a Oscar-: ¡Dispara!

Oscar dejó el magnavoz cuidadosamente en el asiento trasero y levantó la escopeta. La apuntó hacia la vanguardia, pero al ver que ésta no se detenía ni titubeaba siquiera, levantó el cañón al cielo y mandó una perdigonada que retumbó sobre las cabezas de los invasores.

Los pies siguieron su ritmo lento y cuidadoso por el vado. Se levantaba uno con los dedos llenos de lodo, avanzaba por el agua, limpiándose, se posaba suave, tratando de encontrar asiento firme, se clavaba en el lodo y descansaba satisfecho. Entonces el otro pie lo seguía.

“No nos están tomando en serio”, pensó Oscar y accionó el cargador de la escopeta. Cuando la primera fila de hombres y mujeres llegaba a lo más hondo del vado, apretó el gatillo y cinco o seis cuerpos se desplomaron en el agua, lanzando al aire una lodosa diamantina de gotas que salpicó a los que venían detrás. Éstos no rompieron el ritmo. Los pasos se alargaron para salvar los súbitos obstáculos en que se había convertido la vanguardia. Oscar disparó otra vez. Cayeron más cuerpos, pero la ola no se detuvo.

-¿Qué mierda? -preguntó a nadie Daniel y luego gritó a la mujer al otro lado del radio-: ¡Necesitamos refuerzos! ¡Es una invasión de verdad!

Sin esperar respuesta, se quitó los audífonos y corrió a la parte posterior del vehículo para ayudar a Oscar a sacar las armas de verdad. Oscar tenía ya entre las manos un M-16 de asalto de aspecto malévolo. Jaló la palanca para cargarlo mientras Daniel sacaba un fusil automático.

Ambos dispararon a la vez y del racimo de invasores-inmigrantes-ilegales se desgranaron algunos cuerpos más, pero el avance no se detuvo.

En la siguiente fila venían algunos adolescentes, casi niños, mezclados con los adultos. Oscar titubeó.

-¡Mira eso!- gritó Daniel y con el cañon del fusil señaló el horizonte. Por miles seguían llegando, avanzando con paso cansado y la angustiante indolencia de autómatas.

Oscar y Daniel dispararon dejando los dedos en el gatillo hasta que los cargadores se agotaron. Los cuerpos siguieron cayendo en silencio, sin causar ninguna reacción visible en los que venían atrás.

“Al matadero”, pensó Oscar. “Vienen directamente al matadero”.

Daniel se volvió buscando más cargadores, consciente de que sus municiones eran pocas. Nadie había pensado en abastecerlos para la guerra.

A la mitad del segundo cargador, Oscar se volvió a Daniel.

-¡Vuelve a pedir refuerzos!

Daniel dejó de disparar y corrió hacia el radiotransmisor. Oscar, apenas consciente de lo que pensaba, empezó a racionar sus disparos, buscando a los más avanzados y a aquéllos que al caer pudieran ser un obstáculo mayor para los que seguían. Los cuerpos formaban una represa sangrienta y el río no tenía fuerza para arrancarlos del vado. Los hombres, las mujeres, los niños y los ancianos esquivaban cuerpos o los pisaban, enterrándolos en el fango, inventando un puente macabro. Algunos resbalaban y sencillamente se alejaban siguiendo la corriente del río, sin siquiera tratar de nadar.

-Un helicóptero viene para acá -anunció Daniel-. Y gente de los otros puntos de vigilancia. No está pasando nada, excepto aquí. ¡Mi puta suerte!

-No desperdicies balas -advirtió Oscar con frialdad desusada en él-. Tira a la cabeza de los que vienen hasta adelante. En especial los gordos.

-No veo muchos gordos -comentó amargamente Daniel llevándose el fusil al rostro. Con el pulgar cambió el selector de fuego continuo a tiro-por-tiro y empezó a intentar hacer blancos precisos, recordando que sólo les quedaba un cargador más a cada uno-. Están completamente locos.

Oscar pensó en un carrusel mortal. Durante largos minutos, lo único que cambió fue la acumulación de cuerpos, que crecía sin cesar. De ahí en fuera, el horizonte seguía poblado de cabezas nuevas, a saber cuántos más se ocultaban detrás de la loma, y Oscar y Daniel disparaban sin que sus víctimas se preocuparan por dejar de ofrecer blanco. El río, interrumpido en su plácido tránsito, de cuando en cuando juntaba fuerza y se llevaba algún cuerpo. Cada minuto, la ola humana avanzaba cansadamente un paso más hacia la orilla que defendían incrédulos los dos agentes.

Se escuchó el sonido del helicóptero, una nave artillada utilizada, principalmente, en lucha contra el narcotráfico. Daniel volvió al radio, cruzó unas palabras con los ocupantes del helicóptero y volvió con Oscar.

-Son miles, varios miles -dijo como si anunciara que un pariente cercano tenía cáncer.

El helicóptero se acercó a la doliente peregrinación y con la ametralladora de alto calibre diseñada para la guerra hizo fuego, abriendo claros entre la multitud que, sin embargo, siguió avanzando.

En una pausa sorprendida del artillero, se escucharon las sirenas de los vehículos con refuerzos.

-Espero que traigan balas -comentó Daniel-. Muchas.

La marcha había ya pasado el punto medio del río. Oscar trató de verlos como zombis de película, pero no pudo silenciar una voz que le recordaba que eran seres humanos, desesperados pero humanos. Vio que una mujer había logrado pasar entre las balas como única sobreviviente de la vanguardia y tocó la orilla al mismo paso acompasado de los miles que la acompañaban. Los hombres dejaron de dispararle preguntándose qué haría.

La mujer pasó junto a ellos caminando hacia la ciudad, distante menos de un kilómetro. Daniel le disparó a la cabeza, casi por la espalda.

De los vehículos bajó una veintena de agentes que de inmediato se unió a Daniel y Oscar, disparando luego de otro intento de lanzar exhortos y amenazas en tres idiomas distintos mientras un segundo helicóptero recién llegado cruzaba al espacio aéreo del país vecino.

Era un río indetenible de carne humana, una marea indolente, una estampida silenciosa que se multiplicaba en sí misma. “No es posible matarlos a todos”, pensó Oscar.

Haciéndole eco, Daniel se acercó y le gritó por sobre el tableteo de las armas, que se había convertido en el zumbido de una colmena sorprendida:

-¡Son cada vez más! ¡Dicen del helicóptero que hay, decenas de miles, cientos de miles llegando en camiones, a pie! ¡Hablan de un millón!

Un millón, consideró Oscar. Un millón de individuos, de proyectos, de apuestas biológicas buscando el gran premio de la supervivencia. No podían ser un millón. Y si lo fueran... ¿Cómo matarlos a todos? Más allá de consideraciones humanas o de pensar con horror en ser coprotagonista de una matanza sin precedentes, estaban las consideraciones técnicas. Cinco millones de balas, cuando menos, harían falta para acabar con ellos. O diez bombas atómicas como la arrojada sobre Hiroshima. ¿Alguien tendría cinco millones de balas en el país y podría hacerlas llegar pronto, muy pronto, a la frontera convertida en frente de una batalla lunática?

Oscar no lo creía.

---

Media hora después de la llegada del helicóptero, los ilegales ya habían tomado la orilla. Cada tres hileras de muertos ganaban un paso, o medio, pero avanzaban como si estuvieran seguros de su triunfo, dándole sentido al sacrificio ya de cientos de ellos. ¿Mil acaso?, se preguntaba Oscar, ¿habría que repetir estas dos horas demenciales mil veces para acabar con ellos o llegaría el momento en que alguno comenzara la retirada, que el miedo germinara con urgencia de las semillas de los cadáveres reunidos desde que la tarde se convirtió en una pesadilla?

Los llamaron a retirada. El ejército estaba en camino. El zumbido de un avión caza avisó que la situación estaba fuera de las manos de los agentes de Protección Contra Inmigrantes.

Los comandantes apresuraron la retirada y dijeron cosas propias de comandantes para movilizar a sus agentes, que retrocedieron sin dejar de disparar mientras otro avión de combate chillaba en el quebradizo aire del desierto. Los invasores ganaban la orilla, pero no se dispersaban, sino que seguían en su formación. Cuando el último de los agentes de PCI estuvo a una distancia prudente, un comandante gritó:

-¡Al suelo! ¡Todos al suelo!

Casi nadie hizo caso. Nadie escuchó un silbido amenazante. El río simplemente se convirtió en un destello de luz, su lecho elevándose por encima de las cabezas de los invasores.

El golpe de la explosión, un empellón brutal más que un estallido audible, alcanzó a los agentes medio segundo después. Oscar cayó al piso y buscó el aire que la onda de choque le había arrebatado de los pulmones. Al fin se puso de pie para ver lo que debía ser un cráter bajo las agitadas aguas del río y un círculo de cuerpos que le hacían la ronda al punto donde estalló el cohete. La explosión había perturbado el polvo del desierto a ambos lados del río. ¿Estaban bombardeando de su lado, o en el otro país?

Los agentes se ocuparon en liquidar sólo a los que habían quedado de este lado de la explosión. Cuando el comandante ordenaba a Oscar y Daniel abrir fuego, empezaron a llegar camiones con soldados bien abastecidos de municiones, disciplinados y más acostumbrados a la muerte que gente como Oscar y Daniel. Los soldados corrieron hacia la orilla disparando.

Unos segundos después, un oscuro hombre de inteligencia militar se acercó al comandante y luego se dirigió a Oscar y Daniel.

-Acompáñenme, por favor -dijo, y sin esperar respuesta echó a andar hacia un camión color arena coronado con antenas variadas.

Adentro del tráiler estaba una central de operaciones completa al frente de la cual se hallaba un general en traje de campaña y con aspecto de profundo asombro. Su nombre estaba bordado en la camisola. El hombre de inteligencia se puso detrás de los dos agentes.

-Ustedes estaban vigilando el punto, ¿verdad? -afirmó el general-. ¿Qué pasó?

-Sin aviso previo -explicó Oscar- empezaron a marchar desde esa loma hacia el río.

-¿A qué hora?

-Como las cuatro de la tarde. Estábamos comiendo -intervino Daniel.

-¿Le molesta que fume? -preguntó Oscar antes de que el general continuara con su interrogatorio-. Desde esa hora no he podido fumar.

Antes de que Daniel pudiera protestar, el general sacó de la camisola un paquete de cigarrillos y le ofreció a los dos hombres. Encendió cigarrilos para él y para Oscar. El hombre de inteligencia militar seguramente seguía allí, pero era como parte del mobiliario.

-¿Los conminaron a desistir? -preguntó el general.

-Dos veces. Luego disparé al aire y finalmente nos ordenaron disparar. Pedimos refuerzos. Luego disparamos y disparamos.

-Era completamente inútil, señor, -explicó Daniel-. No les importa que los matemos, deben estar locos. Simplemente siguen marchando como ciegos, pisoteando a sus propias bajas.

Un soldado entró apresuradamente y, sin ver a los agentes, dijo:

-Señor, el mariscal Margules está en camino. Llegará en cinco minutos.

El general hizo una pausa.

-Voy a recibirlo. Que estos dos señores lo acompañen. Ellos conocen el terreno. Y no pueden irse así ahora que saben que Margules viene. Déles algo de comer y que firmen un compromiso de confidencialidad por motivo de seguridad nacional. ¿La demás gente de PCI ya fue evacuada?

El hombre de inteligencia reapareció de entre las sombras con un “Sí” seco. Oscar y Daniel no pudieron escuchar más. Su escolta los llevó hacia una de las tiendas de campaña que se empezaban a multiplicar. Oscar se dio cuenta de que el tiroteo no se había detenido, y se asombró de haberse habituado a él tan rápido. Miró sobre su hombro hacia el atardecer. Los inmigrantes ilegales seguían viniendo.

Menos de una hora después, Oscar y Daniel explicaban a los oficiales de inteligencia que no, no había ninguna razón de terreno por la cual los invasores pudieran haber elegido este punto en particular. Oscar añadió que perdían el tiempo tratándole de encontrar una lógica (peor aún, una lógica militar) a lo que estaba ocurriendo en el río. No, el promedio de inmigrantes que trataban de pasar por aquí usualmente no era distinto del de ningún otro vado similar. No, estaban seguros de que no había habido ningún aviso. El interrogatorio, que por momentos parecía conducido por adversarios, se vio interrumpido por otra explosión a lo lejos, en el río, más fuerte que la primera. La acompañaron tres más en rápida sucesión.

-Ya son muchos los que llegaron a la orilla -explicó sin inflexión el interrogador de inteligencia-. Esperen aquí.

El hombre salió de la tienda de campaña y Oscar se volvió a Daniel.

-¿Crees que los vayan a matar a todos? -preguntó Oscar.

-No veo opción. Son como un hormiguero. No les importa lo que les ocurra a los de adelante.

-Recuerdo una anécdota -dijo Oscar, encendiendo otro cigarrillo ante el gesto de fastidio de su compañero-. La de los chinos en marcha al abismo. Se supone que si pones a todos los chinos en una fila de treinta en fondo y los haces marchar tirándose a un abismo, jamás terminarían. Se supone que los mil millones de chinos se reproducen más rápido que eso.

-Estos no son tantos -comentó Daniel.

-No, no lo digo por eso. Pensé en cómo se vería el abismo con todos esos cuerpos. ¿Se llenaría en algún momento?

Daniel no respondió y Oscar fumó unos segundos antes de preguntar:

-¿Tú estuviste en la guerra?

-Una formal y dos informales en países pequeños con insectos enormes.

-Yo no. Jamás había matado a nadie así -confesó Oscar-. En la policía sí, en balaceras.

-¿Remordimientos?

-No. Acaso me arrepentí de no matar a algún mierda. Pero ahora...

Oscar calló. El hombre de inteligencia apareció en la puerta.

-Síganme -dijo y echó a caminar.

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A lo lejos, el vado sangriento y su carnicería estaban iluminados por potentes reflectores. Caminaron de vuelta al camión y pasaron junto a un grupo de soldados que traían detenidos a cinco ilegales. Sus rostros polvorientos, salpicados de la sangre de los suyos, parecían cincelados en piedra volcánica. Sus ojos miraban al horizonte y la apretada línea recta de sus bocas bastaba para saber que no iban a hablar porque no tenían qué decir. Iban hacia allá, hacia la ciudad, eso era todo.

Los tiros seguían, más aislados ahora. Las tres explosiones habían disminuido el avance lo suficiente como para que los soldados pudieran instalar en la orilla una barrera, una reja de acero de más de tres metros de alto apuntalada por sólidas barras. Se veía inútil, sobre todo porque cualquiera de los invasores que caminara veinte metros por la orilla llegaría al final de la barrera. Pero nadie lo hizo. La hilera de gente siguió marchando en línea recta. Los primeros llegaron a la barrera y se apretaron contra la malla metálica, sin dejar de intentar dar un paso más.

Los de atrás tampoco aflojaron el paso. Lentamente, hombres y mujeres empezaron a comprimirse slenciosamente contra el acero. Brotó sangre y se oyó el ruido de huesos rindiéndose. Como en una estampida de aficionados al futbol, los que estaban contra la barrera de acero empezaron a morir aplastados. Algunos cayeron. Al cabo de varios minutos, había una rampa de cuerpos lo bastante alta como para que la fila de atrás pudiera usarlos para salvar la barrera metálica, saltarla y seguir avanzando.

-Lo sabía. Pero teníamos que intentarlo -dijo la voz del general a espaldas de los dos agentes-. ¿Tienen alguna idea?

-No -respondió Daniel por los dos-. Parece que quieren que los matemos.

-No creo que podamos hacerlo -dijo el general-. De un tiempo acá la historia no es amable con los vencedores. Menos si no se cumplen las reglas. Ya no estamos en tiempos en que sólo los resultados funcionan.

-¿Qué van a hacer entonces? -preguntó Oscar. El general no respondió-. ¿Qué dice el gobierno del otro lado?

-No saben lo que está pasando, no pueden detener a su propia gente, tendrían que dispararles desde allá. -El general miró intensamente el tramo de río iluminado-. Y no parecen estar dispuestos a eso...

Daniel se volvió a ver cómo se acercaba el mariscal Margules rodeado de asesores. Era imponente. Un verdadero héroe de guerra. Tras él, en la carretera que corría a unos cien metros del río, se había ya formado un grupo de periodistas y curiosos apenas contenidos por los soldados. Arriba se escuchó un nuevo helicóptero y al levantar los ojos los presentes vieron un aparato blanco con las enormes siglas negras UN, Naciones Unidas.

-¡Mierda! -dijo Margules. Hizo una seña. El general, el agente de inteligencia, Daniel y Oscar lo siguieron, alejándose del aparato que aterrizaba, y entraron en una enorme tienda de campaña.

-¿Y ellos? -preguntó Margules al general señalando con la cabeza hacia Daniel y Oscar.

-Son los primeros guardias que enfrentaron la invasión. Además, sabían que usted venía, así que quizá algún dato de ellos le sea útil.

Margules los miró y se quitó lentamente la gorra.

-Una sola pregunta -soltó Margules luego de un profundo suspiro-. ¿En algún momento han siquiera titubeado?

-¿En su marcha? No, señor. Desde que los vimos por primera vez no han alterado el ritmo -respondió Daniel.

-Ni la dirección, es lo más extraño -añadió Oscar-. Están haciendo una línea recta entre el vado y la ciudad, sin preocuparse por buscar una opción, otro camino, esquivar siquiera las balas.

Margules asintió. Un ordenanza se dejó ver en la puerta.

-Señor, no hay resultados de los interrogatorios... los oficiales piden permiso para usar... otros métodos.

-Denegado –dijo Margules sin alzar la voz-. Que los mantengan detenidos.

-Sólo van a decir que van hacia allá –dijo Oscar señalando en dirección a la ciudad-. No creo que piensen en otra cosa.

Margules miró al general y éste asintió luego de mirar hacia los dos agentes antiinmigrantes, diciéndole en silencio que eran confiables.

-¿Han visto movimientos de tropas del otro lado del río? –preguntó Margules.

-No –respondió Daniel sorprendido.

-Bueno, una vez –corrigió Oscar-, en unos ejercicios militares conjuntos de nuestro ejército y el de ellos... hará unos dos años.

Margules resopló y el general bajó los ojos como si tuviera la culpa.

-Mande reforzar las tropas camino a la ciudad y evacúe a los civiles. Hay demasiados allá afuera, y varios son reporteros –ordenó al general.

Otro oficial entró con un documento membretado que Margules leyó de un vistazo.

-¿Están seguros? –preguntó el mariscal.

-Sí, señor. Dos millones como un cálculo muy conservador. Mucho muy conservador.

Margules se volvió a Oscar y Daniel.

-Están ustedes a punto de atestiguar el inicio de una guerra, muchachos. Abran bien los ojos. En uno o dos días podrán irse a casa, pero recuerden lo que han visto y lo que van a ver aquí.

-¿Guerra? –preguntó Oscar.

-No hay opción –dijo Margules con frialdad-. Si no contrainvadimos no sé qué pueda pasar. Y no quiero saberlo.

Algunos ilegales habían pasado todas las barreras. Un oficial de comunicaciones se volvió a Margules.

-Mariscal... en la ciudad hay gente que los está matando abiertamente... pero hay un grupo que está ofreciéndoles ayuda, grupos humanitarios, miembros de algunas iglesias...

-Es la guerra adentro... por eso tenemos que sacarla de aquí. Y pronto, antes de que nos coma las entrañas –dijo Margules mirando a Oscar. Se volvió al oficial de inteligencia-. Llévelos a un lugar seguro. En cualquier momento contraatacaremos... en cuanto el presidente se decida.


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La noche avanzó sobre la tienda de campaña asignada a los agentes de PCI haciendo más ominoso el ruido de la batalla unilateral. Oscar y Daniel miraban los destellos de luz que anunciaban cohetes, morteros, minas antipersonales sembradas tan rápido como las pisaban los ilegales que en números cada vez mayores alcanzaban a salvar todos los obstáculos.

Cerca del amanecer, el silencio los sobresaltó. Quizá dormitaban, pero no podían haberlo asegurado. Salieron a la grisácea luz en el frío del desierto. Margules pasó junto a ellos, pálido de furia. El oficial de inteligencia apostado fuera de la tienda dejó de comportarse como un autómata y le pidió un cigarrillo a Oscar.

-¿Qué le pasa al mariscal? –aprovechó para preguntar Daniel.

-Me imagino que estará en todos los noticieros matutinos –dijo el oficial como si justificara el comportarse como un ser humano-. El presidente rechazó la contrainvasión y ordenó la retirada. Y dijo la palabra “genocidio”. Desilusionó a Margules.

-Ustedes dos –sonó la voz del general-, tomen su camioneta y váyanse. Y recuerden su compromiso de confidencialidad.

Sin hablar, los dos agentes de Protección contra inmigrantes subieron a su vehículo y se alejaron sin ver los cuerpos, los manchones de sangre sobre la arena y los matorrales del desierto. Daniel esquivó a algunos ilegales que marchaban sobre la ciudad con la misma determinación con que lo habían asombrado menos de catorce horas atrás. Era imposible detenerlos.

-¿Quieres escuchar radio? –preguntó Oscar tratando de ahuyentar la pregunta evidente de qué pasaría ahora.

-Sí. Lo que sea. Y dame un cigarrillo -pidió Daniel.

Oscar encendió la radio y mientras sacaba los cigarrillos y el encendedor escuchó con Daniel a un locutor dando las noticias.

Doscientos metros por encima de ellos, en su helicóptero, Margules escuchaba palabras similares diciendo que en otro continente, en otro país, una fila interminable de inmigrantes ilegales había emprendido el camino del sur al norte sin importarles las consecuencias.

-Margules tenía razón –dijo Oscar.

El sol se alzó en el horizonte calentando el desierto.

-¿Al pedir la contrainvasión? –preguntó Daniel.

-Al decir que éramos testigos del inicio de una guerra. Sólo que no sabía de cuál.