2.2.20

El día que no me jubilé

Si viviera en Australia, a día de hoy podía llevar ya 8 años disfrutando de una pensión, optimizando los recuerdos de una poltrona con espuma de memoria, mirando "Sálvame" y riñendo por la calle a los trabajadores de la construcción por ser unos chapuzas. O ése al menos es uno de los estereotipos del jubilado. Cruel y generalizador como todos los estereotipos, útil para la comedia (que precisamente se apoya en estereotipos, cosa que los ofendiditos no se han logrado meter en las herméticas cabecitas) pero nada más.

Me podría jubilar hoy pero no lo voy a hacer. Cuando le preguntaron a Willie Nelson si pensaba retirarse, preguntó "¿Retirarme de qué?" Sería estúpido pensar que por llegar a cierta edad, debería dejar de escribir canciones, de cantarlas, de ser lo que es. Y yo no pienso dejar de escribir (publicidad, mis libros en Amazon), de escribir divulgación científica (todos los sábados en el suplemento "Territorios" del diaro El correo), de hacer vídeos (más publicidad: visite mis canales El rey va desnudo y Cosas que sabemos), de traducir, de hacer radio (aún más publicidad: en directo los miércoles a las 17:30 en la Radio del Principado de Asturias) y de hacer todo lo que hago porque, por una enorme suerte que quizás no merezco, me gusta lo que hago.

Anexo 1: aquí a los 86 años y medio, el 6 de enero de 2020, el señor Willie Nelson.



No tengo nada contra la jubilación, cuidado, soy un convencido de que un sistema de pensiones generoso, universal y sólido es uno de los pilares de una sociedad justa y solidaria. Pero creo que el sistema es poco flexible porque se basa en una medida que en todos los momentos de la vida es totalmente injusta: el número de vueltas que uno ha dado al Sol sobre este tiovivo planetario.

Por supuesto, mis motivos para jubilarme, yo que me he pasado la vida entre teclados, guitarras, cámaras de fotos, ordenadores, y sillas a veces hasta cómodas en productoras, redacciones de medios y en mi casa, sobre todo, no son ni parecidos a los que tiene alguien que se haya metido 45 años bajando a la mina 5 o 6 días a la semana, o alguien que cada que se puede se lanza a alta mar en un barco más bien frágil a convertir peces en pescados que nos alimenten a todos y cubran las necesidades de su familia.

Anexo 2: La canción conocida como "Traigo la camisa roja", "El pozo María Luisa" o "Santa Bárbara bendita" es el himno de los mineros de Asturias, porque la mina y el barco pesquero son los lugares más duros para ganarse el pan, y tenerlo presente nunca está por demás.



Obviamente hay trabajos que se hacen con menos júbilo, con más peligro, con menos vocación y con más desgaste físico y mental que los que yo he acumulado en la vida. Igualarnos porque tenemos 65 años me resulta totalmente incomprensible. Aclararé que algunos países sí diferencian políticas de pensiones según el trabajo desempeñado, y también según la expectativa media de vida, pero son los menos. En general, el mensaje es que quien trabaje de piloto de pruebas en una fábrica de colchones tiene la misma necesidad física y emocional de jubilarse que quien haya estado en una fundición de acero toda la vida.

Puedes entrar a la escuela a los 6. Tu fiesta de pubertad es a los 13. Puedes sexar a los 16. Puedes votar y beber a los 18 (a veces haciéndolo simultáneamente). Esto es idiota nivel experto. Todos conocemos chicos de 16 años con la madurez necesaria para votar con conocimiento de causa y sobre bases sólidas, y personas de 45 a quienes no dejaríamos cerca de un colegio electoral. Niños de 3 que leen y chicos de 13 que necesitan más tiempo. La edad es un estereotipo, ni siquiera es una estadística fiable. Y sin embargo parece que no hemos podido diseñar otra forma de marcar los hitos más relevantes de la vida.

A jubilarse, abuelo

Así que Rusia, Noruega, Eslovaquia, Japón, la República Checa, Estonia, Finlandia, Letonia, Lituania y Hungría ya me habrían también ofrecido al menos la oportunidad de abandonar la fuerza de trabajo y disfrutar eso que solían llamar "los años dorados". Mientras tanto, Francia, Holanda, Portugal, Bulgaria, Estados Unidos, Dinamarca e Islandia me harían trabajar uno o dos años más antes de concederme mi "bien ganado descanso".

Anexo 3: Algo del buen señor don Premio Nobel de Literatura (todavía no me lo creo), que sigue de tour incesante a los 78.



Pero aquí, en España, la edad de la jubilación son los 65 años, como en Austria, Bélgica, Croacia, Chipre, Gran Bretaña, Luxemburgo, Polonia, Rumania, Eslovenia, Alemania, Malta, Canadá, Suecia y Suiza. O sea que hoy, o en unos meses a lo mucho, podría yo jubilarme, pero elijo no hacerlo.

Eso se dice fácil. Si viviera yo en Corea del Sur, me habrían obligado a jubilarme a los 60 si trabajara en el sector privado y a los 65 si trabajara cobrando de dinero público. A los 65 también se obliga a jubilar a los trabajadores públicos en Filipinas. En Brasil, la Constitución obliga a la jubilación de los empleados públicos a los 70, de los mineros a los 60 y de los jockeys de carreras de caballos a los 50. Sí, suena raro. Otros países sólo tienen jubilación obligatoria para ciertas carreras: militares a los 60 en Australia, jueces y senadores en Canadá a los 75 (yo pensaba que "senado" se refería precisamente a un consejo de personas de edad –senex– que aportaban su experiencia al gobierno de un país). Policías, pilotos, controladores de tráfico aéreo, bomberos y jueces tienen edades de jubilación obligatoria en diversos países.

El hecho es que en los últimos cuatro o cinco años he enfrentado un tipo de discriminación que no me esperaba (uno siempre se siente joven) y que en España es especialmente feroz: el edaísmo, o edadismo, forma de decir "el rechazo, desprecio y legitimidad de la agresión contra una persona por razón de su edad".

No es la primera vez que me toca, claro. En mi adolescencia era demasiado joven siempre. Y luego recuerdo en una ocasión en que, trabajando en la UNAM, el director de la oficina en la que colaboraba (Departamento de Promoción y Difusión Cultural de la Unidad Académica del Bachillerato del Colegio de Ciencias y Humanidades, que era un cubículo de tres metros por uno y medio y donde no cabía ni su rimbombante nombre) presentó su renuncia y me recomendó como nuevo director. Pero el responsable de la Unidad Académica del Bachillerato me informó amablemente que en la UNAM nunca había habido un jefe de departamento de 23 años y que yo no iba a ser el primero, pero que contaba con mi experiencia en la labor promoción del departamento para apoyar a la nueva directora (que no tenía idea del tema). Le entregué mi renuncia y me fui a tomar aire fresco. Y apenas siete años después no me dejaban entrar a ciertos concursos literarios "para escritores jóvenes" porque había cumplido los treinta y las organizaciones premiadoras de la cultura mexicana habían decidido que la condición de "escritor joven" era algo que se evaporaba pasados los 29.

Ni hablar. Nunca tiene uno la edad correcta. Pero como fui parte de las generaciones de la ruptura, de la confrontación con gente como mis tíos, fosilizados en algún momento de la década de 1940, la edad siempre ha sido motivo de reflexión en mi vida, desde los 15, probablemente. Con medio siglo pensando en esto de la edad, alguna conclusión saca uno.

Intermedio: Sería absurdo perderse talento así sólo porque es de "otra generación", si la canción siempre es la misma, que diría Led Zeppelin. Es AJ Lee y Blue Summit.



En la España longeva

En España, la versión que ahora me toca del edadismo es la gerontofobia, es decir, el odio a la gente mayor, a los ancianos –o a los que los demás ven como ancianos, que uno no tiene opinión allí. Te respetan si decides ser hombre o mujer, indígena, musulmán o vendedor de medicinas alternativas, pero no si decides continuar siendo joven, eso lo deciden ellos. Continuamente los comentarios que se me dirigen incluyen menciones a mi edad y a los estereotipos de la edad avanzada, desde las enfermedades hasta la capacidad mental reducida, la fragilidad y la inutilidad. Recuerdo especialmente a un divulgador científico joven y exitoso, parte de una empresa productora para YouTube, que rebrincó con un comentario sarcástico mío hace más de dos años, lo mandé a la mierda y su brillante respuesta fue "¿No está usted un poco mayor para estas cosas?"

 

Pues no, no lo estoy. ¿Te mando de nuevo?

No es la única vez que he leído tal reproche (en persona hay menos valor para soltarlo), la duda de si no estaré un poco mayor para el rock, para ser youtuber, para divulgar ciencia, para hablar de política, para comentar videojuegos, para ir al gimnasio, para compartir música, para ponerme camisetas o chupas de cuero, para usar mi anillo de calavera, para hablar de cómic, para lo que sea (sí, también eso), para vivir... y es frecuente que se asombre alguno de que yo sepa manejar ordenadores y otros dispositivos digitales y tenga que explicar que viví con ellos desde los 18, que mi primer ordenador para ganarme la vida fue anterior a PC y Mac (era una máquina dedicada a la producción de espectáculos de diapositivas, la Show Pro V), y que Steve Jobs y Bill Gates y yo nacimos el mismo año (como Bruce Willis, Kevin Costner o Yo Yo Ma), y que soy más joven que Bruce Springsteen, Samuel L. Jackson o Pierce Brosnan.


Anexo 4: También soy más joven que Steve Tyler... bueno, y que toda su banda, pero seguimos soñando...



Creo que un poco de este rechazo feroz se debe al problema del desempleo español, que se disparó a partir del fin de la dictadura y salvo en 2005-2006, nunca bajó a los niveles medios del resto de Europa. La idea que prevalece es que los viejos deben "dejar espacio a los jóvenes"... claro que esto resulta igualmente arbitrario si no se tienen en cuenta capacidades, rendimiento en el empleo, experiencia, seguridad laboral, productividad, creatividad ni variables similares, sino que la única medida es la edad. Echar a los mayores a la jubilación, a jugar al mus en residencias de mayores y centros de día, o a vivir debajo de un puente, parece ser la idea. Ello permitirá que los jóvenes (ciertamente los más afectados por el desempleo) consigan trabajo y puedan comprarse una casa y un auto y casarse y reproducirse en medio de la abundancia que los cabecitas de algodón (no el sistema, no las condiciones económicas, no el dinero viejo y temeroso español, no, los malditos viejos) les escamotean.


(Si ello redunda en el desempleo de los mayores, si con esta astuta estrategia no se crea ni un empleo nuevo y las tasas de paro general siguen iguales... pues no importa, parece ser la idea, porque ahora los desempleados serían ellos y no "nosotros, la generación que todo lo merece por haberse rebajado a nacer en esta inhóspita sociedad". Vale, exagero, pero es el meollo del tema. "Igual si los viejos se mueren rapidito las cosas mejorarían. Estorbos." Exagero pero no tanto.)

Últimamente, los defensores del extraño gobierno de López Obrador en México con frecuencia me descalifican por "viejo", sin darse cuenta de que soy dos años más joven que su defendido, con lo cual se meten gol en propia puerta. Si la edad descalifica, su caudillo está peor que yo. (Y lo está, pero no por la edad, que lo conozco.)

Siguiendo con los estereotipos atribuidos a la edad, está por supuesto el que mientras mayor es uno, más conservador se vuelve... lógica con la cual los actuales líderes de la derecha española no tienen 38, 39 y 43 años (Pablo Casado, Inés Arrimadas y Santiago Abascal), sino cuando menos cien más cada uno. Y yo debería estar aplaudiendo a los nazis imbéciles títeres de Steve Bannon en lugar de darles cera siempre que se puede.

Esa barbaridad la consagró de manera espectacular la fracasada cofundadora de Podemos, Carolina Bescansa, cuando declaró tronante en 2016 que "si sólo votaran los menores de 45 años, Iglesias ya sería presidente", sugiriendo que los mayores de esa edad eran demasiado fachas como para votar por el pequeño Lenin de Vaciamadrid.

 
Un detalle que se le pasó a la aguerrida revolucionaria de abultada cuenta corriente fue que, al momento de hacer esta declaración de profunda agudeza política, es que ella ya tenía más de 45 años, habiéndolos cumplido en febrero de 2016.

O como cuando, a los 66 años, Rosa María Artal, atrabiliaria periodista y también militante de Podemos atacaba a 11 millones de viejos a los que consideraba "fachas" metiéndose por tanto otro precioso gol en propia puerta.


El panorama electoral de Estados Unidos nos da una pauta de comparación con la España gerontófoba. El actual presidente que busca reelegirse, Donald Trump, tiene hoy 73 años, es decir, tomó posesión del cargo a los 70 (y su problema no es la edad, claro). Sus principales contendientes demócratas hoy en una encarnizada batalla de primarias son Bernie Sanders (78 años), Joe Biden (77 años) y Elizabeth Warren (70 años), aunque están todavía en la batalla candidatos más jóvenes como Pete Buttigieg (38 años) y Andrew Yang (45 años).

Compárese eso con la juventud de los contendientes en las elecciones españolas de noviembre. Es inimaginable hoy en España un candidato de 77 años de edad que son los que tiene, por ejemplo, Felipe González. Y los diputados mayores de 64 son tan pocos que no representan al 16,7% de la población que tiene esa edad.

Y ni qué decir de los medios donde la edad juega contra los periodistas. Difícil encontrar por aquí a alguien como el brillante entrevistador de la BBC Andrew Neill (70 años), John Simpson (que a los 77 no se ha retirado) y difícilmente llenaría teatros alguien como George Carlin, que murió a los 71 años una semana después de su última actuación. Hay una ausencia casi total de gente de más de 60 en la televisión, por ejemplo (muy notoriamente en los informativos, como presentadores o reporteros). Iñaki Gabilondo es una excepción destacada.

Que se jubilen los viejos

Ya lo he dicho pero hay que repetirlo: tener 65 años hoy no es igual a tenerlos años en 1980, ni en 1960. Mi abuela (nacida en 1895), a mi edad, era una anciana con problemas de movilidad, una artrosis que entonces no tenía tratamiento y un derecho gigantesco a pasarse el resto de la vida descansando, lo cual no impidió que siguiera trabajando varios años.

Anexo 5: Robert Finley, que acaba de comenzar su carrera profesional en la música.



Cuando yo era joven, ya sospechaba de la bobada que se decía de "nunca confíes en nadie de más de 30 años", sobre todo porque mi filósofo, Bertrand Russell, había muerto a los 98 años pleno de lucidez (por cierto, el día de mi 15 cumpleaños, en 1970). Su expresión más esperpéntica fue la  película Wild In The Streets, donde un presidente de 24 años recluye en campos de concentración a todos los mayores de 30 y les da dosis masivas de LSD para que no den lata).


Siempre me negué a las guerras generacionales (cuando no sabía siquiera que eran una expresión de esa atrocidad que es la política de identidades, que apenas estaban bautizando unos imbéciles en EE.UU. cuando yo tenía veintipocos), y me sigo negando a ellas, a generalizar en "los jóvenes" o "los niños" o "la gente de mediana edad" cualquier prejuicio, tan absurdo como generalizar a "las mujeres", "los homosexuales", "los negros", "los árabes" o "los viejos". Salvo que esta última generalización todavía es bastante aceptable socialmente. Incluso entre los que van de progresistas y que de un tiempo a esta parte son más conservadores, carcas y regresivos que muchos que supuestamente van a su derecha.

Alguna vez alguien en Quora me preguntaba por qué la gente de 60 años no se sentía vieja si había pasado ya el 85% de su vida. Más o menos respondí que los 60 hoy son como los 40 a mediados del siglo pasado. Mejor medicina, mejor atención, mejores alimentos y conciencia nutricional han provocado el cambio. Y la actitud. No es que vivamos más, solamente, es que vivimos mejor (mi abuela murió de 84, pero en condiciones muy distintas a la de mi abuela política, que murió hace poco a los 94, con dos caderas nuevas que le dieron movilidad alegre en sus últimos años, cortesía de la sanidad pública española). Si tu vida independiente empieza a los 25 (más o menos) y tu expectativa de vida es de más de 75, los 60 no son el 85%, son como el 75%... es decir, te queda la cuarta parte de tu vida adulta por vivir, disfrutar, viajar, ver, oir, pensar, aprender, preguntar, amar... ¿En qué cabeza cabe renunciar a todo eso y pasarse la cuarta parte de tu existencia en calidad de bulto a la espera de la muerte?

O, como diría Chrissie Hynde para celebrar sus 68... You can't let go. Anexo 6.



Sí, la gente de 60 era vieja, enfermiza, mayormente discapacitada. Hoy algunos lo son, por supuesto, pero la generalización no parece tan válida. No estaban, casi, haciendo música, menos aún bailoteando en los escenarios después de una cirugía del corazón a los 75 como Mick Jagger. Y mucha de esa gente mayor carecía de referentes culturales compartidos con la mía, lo que dificultaba horriblemente la comunicación. Distinto del hecho de que yo tuve el número 1 de las traducciones al español de los cómics de Spiderman, Fantastic Four o X Men, y vi "Star Trek" en su estreno (sí, en televisión, ahora empiezo a ver "Star Trek Piccard"), o Star Wars, o Blade Runner. Yo era nerd antes de que fuera bien visto, y sí tengo referentes culturales compartidos con generaciones ulteriores. Yo vi Astroboy, el manga adaptado para la televisión, antes de que se inventara la palabra anime, y me enamoré de la Señorita Cometa antes de que existiera el concepto de otaku. Crecí con el rock en varias de sus encarnaciones y el rap nació cuando yo tenía 18. Obviamente hay abismos culturales, pero hay puentes razonables para cruzarlos en puntos relevantes.

No nos sentimos viejos, pues, explicaba yo. Vintage, clásicos, de larga tradición, masterclass, bien versados, inveterados, jóvenes con mucha experiencia en el puesto o cualquier otra palabra menos pretenciosa, no viejos.

Yo estoy traduciendo, escribiendo dos libros, pensando en volver a escribir literatura, preparando una nueva serie en YouTube, haciendo radio, ayudando a organizar una especie de movimiento sindical entre youtubers, descubriendo nueva música de creadores sobre todo muy jóvenes (muchos de menos de 20 años), atento a la vida de mis hijas mayores, que se han dado muy bien; esperando conocer a mi primera nieta ya nacida y a otro que nace en julio, y viviendo la aventura de criar a un hijo joven. No tengo mucho interés ni tiempo para el retrovisor ni para patrañas sobre "mis tiempos" porque mis tiempos son éstos, con cosas que me gustan y cosas que detesto, como ya me ocurría a los 17 años. Tengo más proyectos que biografía y no pienso perder el tiempo en un pasado que ya viví, cuando todos los días tengo que vivir en el presente y pensando en el futuro, cuando es más emocionante lo que voy a hacer que lo que ya hice.

Así que hoy cumplo 65 años y es el día que no me jubilé.

No necesito su mecedora, como dijo George Jones.

Anexo 7:


30.10.19

Trump no tiene la culpa

Oir y leer a Donald Trump es un viaje a la chabacanería, la indolencia y el narcisismo más espectacular. Pensemos en un Recep Tayyip Erdoğan que recibe una carta donde Trump le advierte: "¡Hagamos un buen trato! Usted no quiere ser responsable del sacrificio de miles de personas, y yo no quiero ser responsable de destruir la economía turca... y lo haré." Y termina advirtiendo que la historia "lo verá a usted para siempre como el diablo si no pasan cosas buenas. No sea un tipo duro. ¡No sea tonto!"


La reacción del tirano turco, para sorpresa de nadie, fue tirar la carta a la basura e invadir Siria, masacrando en los primeros días a 120 kurdos.

Al anunciar la eliminación de Abu Bakr al-Baghdadi, Trump explicaba, como niño de primaria:
Nuestro canino, como lo llaman, yo lo llamo perro, un perro hermoso, un perro talentoso, fue herido y traído de vuelta, pero no tuvimos ningún soldado herido. E hicieron muchos disparos e hicieron muchas explosiones, incluso sin pasar por la puerta principal. Sabes, uno pensaría que pasa por la puerta. Si eres una persona normal, dices toc-toc, ¿puedo entrar?El hecho es que entraron a la casa con una explosión en una pared muy gruesa y les tomó literalmente segundos. Cuando esas cosas estallaron, tenían un gran agujero hermoso y entraron corriendo y sorprendieron a todos.

La sorpresa de la gente normal es continua. Trump jugando a conducir un camión, Trump dejando tirado un paraguas que no sabe cerrar al entrar al avión presidencial, el Air Force One; Trump escuchando a la refugiada yazidí y Premio Nobel de la Paz Nadia Murad contarle cómo ISIS mató a su familia para luego preguntar, de lo más fresco: "¿Dónde están ahora?", a lo que ella respondió asombrada que estaban muertos... y para segundos después interrogarla sobre por qué le dieron un premio tan prestigioso.

Trump perdido en sus pensamientos mientras Nadia Murad relata
la tragedia de los refugiados como ella.
Donald Trump parece vivir en una realidad paralela, en un mundo personal totalmente desconectado de la realidad objetiva. Su valoración de la gente a su alrededor depende de si le es útil, si lo quieren, si lo admiran, si son importantes y, sobre todo, si le aplauden lo que hace y ríen sus chistes.

Yo he conocido gente como Donald Trump. Algunos muy parecidos, otros menos esperpénticos, pero todos son producto de la gente a su alrededor, de la obsequiosidad, de la cortesanía, del servilismo genuino o falso de quien espera salvarse de algo u obtener algo del poderoso.

Trump es poderoso. Pero no lo sabe. No tiene ninguna capacidad de gestionar el poder, de usarlo, de modo que su poder se va diluyendo entre la gente a su alrededor, que lo usa hasta que cae de la gracia del presidente. La lista de dimisionarios y despedidos de la Casa Blanca desde que tomó posesión el 20 de enero de 2017 tiene su propia página de Wikipedia e incluye casos especialmente desconcertantes como los cinco Asesores Nacionales de Seguridad que han pasado por la oficina, o sus continuos cambios de jefes de prensa. Más de 50 cambios en el entorno presidencial y 10 en su gabinete a fecha de hoy.

Esto indicaría que lo que tiene Trump, lo que ejerce, lo que comprende, es la fuerza, no el poder. Como el matón de patio escolar, entiende que sus puños (su dinero, en este caso) son el camino para hacer lo que quiera. No tiene que aprender diplomacia, no tiene que distribuir y compartir poder para afianzar el suyo. No tiene que tomar en cuenta contextos diversos. Lo sabe todo y lo puede todo (ha llegado a decir equivocadamente que el artículo 2 de la Constitución de los EE.UU. le permite hacer "lo que le dé la gana"), sin dar cuentas, porque es fuerte. No ha tenido que aprender a trabajar con otros porque los ha usado sin cesar.

Y ellos se han dejado usar. Han sido los arquitectos de la forma de ser de Trump. Gracias a ellos, desde que nació como hijo de un millonario sin escrúpulos, no ha tenido ninguna necesidad de ser diferente.


Y esto se aplica a todo el Partido Republicano, que ha sufrido una importante degradación desde la aparición del Tea Party, y que entró en franca descomposición con el abordaje de Steve Bannon y Donald Trump. Muchos republicanos, porque muchos son gente decente y honesta más allá de sus ideas conservadoras, lamentan las actitudes, comportamientos y graves errores de política nacional e internacional de Trump. Pero están dispuestos a seguir siendo sus facilitadores mientras se siga haciendo todo lo que hay detrás, lo que no se ve en los medios copados por los momentos incómodos de Trump: reducción de impuestos a los ricos, demolición de las políticas medioambientales, acciones para impedir el aborto libre, nombramientos de jueces ultraconservadores (no sólo en la Suprema Corte, que fue el caso de Brett Kavanaugh, sino a todos los niveles del poder judicial), la anulación de diversas leyes referentes a protección del trabajador y del consumidor, deportaciones exprés, órdenes contra la entrada de musulmanes en los EE.UU., prácticas que dificultan el voto a negros y latinos... la lista es enorme.

El precio es sólo seguirle la corriente a Trump y defenderlo, para que las políticas regresivas republicanas sigan avanzando. Están dispuestos, al menos de momento y mientras el procedimiento del impeachment o juicio político, a seguirlo defendiendo.

Pero lo que construye a personajes como Trump es precisamente su confianza en la lealtad, en el valor de la lealtad, en el ser querido y admirado. Como cuando presume de que Kim Jong-un "le mandó una carta muy hermosa" está asumiendo la sincera admiración del regordete tirano. Cuando descalifica a alguien como "Never Trumper" o "nunca partidario de Trump" está, en su mente, denunciando una verdadera falta grave: la deslealtad.

Y lo peor es que la lealtad a su persona, que tanto valora, no la tiene ninguno de quienes le han construido como es. El poderoso puede concitar lealtades. El que sólo manda por la fuerza atrae más rencores que lealtades, más cuentas pendientes que incondicionalidades, más iras contenidas.


Será un espectáculo peculiar, si se produce, que el cada vez más probable juicio político a Trump lo enfrente al hecho de que su fuerza no lo puede todo y "los suyos" nunca lo fueron. Parte de ese espectáculo se empieza a ver cuando senadores tan vilmente obsequiosos como Lindsay Graham de pronto se oponen a decisiones como la retirada de las tropas de Siria. O, más grave, cuando el propio líder del senado Mitch McConnell niega haber tenido una conversación donde le dijera a Trump que su llamada al presidente Zelensky (el punto de partida de la investigación de impeachment) había sido "perfecta".

Porque a ojos de Trump lo es. Él sólo pidió a Zelensky que hiciera algo por Trump, para ayudarle a desprestigiar a un adversario político y ganar las elecciones. Lo que, para Trump, es igual a ser leal a Estados Unidos. Él es Estados Unidos, la presidencia y su persona e intereses son inseparables. Por eso los altos funcionarios estadounidenses que viajan por el mundo se quedan en los hoteles Trump. No hacerlo sería traición.

Precisamente porque ese delirio no lo comparte casi nadie, ni siquiera quienes usan a Trump, tantos egresados de su caótica Casa Blanca no tienen empacho en escribir uno tras otro libros contando la maraña de absurdos que se vive en el despacho oval donde ejerce sus funciones la persona, por definición, más poderosa del mundo... un despacho que, paradójicamente, hoy ocupa un hombre que no sabe manejar, entender ni ejercer el poder.

27.9.19

Científicos burgueses en México

(La Dra. Irma Aguilar Delfín, a quien conozco hace años aunque creo que nunca nos hemos visto, me hace llegar esta historia suya, que enlaza con la del Dr. Antonio Lazcano, la más reciente víctima de las enloquecidas venganzas del autoritarismo de Elena Álvarez-Buylla al frente del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. La reproduzco sin más porque me parece un testimonio relevantísimo para quien no sabe cómo se hace la ciencia mexicana.)


Creo que a estas alturas ya todos nos dimos cuenta de que el presidente de México está convencido de que quienes hacemos investigación científica somos una bola de burgueses privilegiados, desconectados y desinteresados de la realidad del país.

¿Puede por favor alguien decirme de dónde saca esa idea? ¿Conoce investigadores reales, de carne y hueso y con familias, historias, decisiones y batallas diarias, mensuales, anuales, de toda la vida? ¿Sabe las preguntas que tratan de contestar? ¿Le queda claro que durante su formación muchos han tenido ofertas para emigrar pero han decidido quedarse o regresar a México, porque aman a este país y quieren serle útiles, a pesar de que su vida y la de su familia aquí va a ser mucho más difícil?

Me parece que parte del problema es que el presidente sólo tiene una idea generalizada, vaga, nebulosa: “los científicos”, ni idea quiénes sean esos, pero seguro son personas malas, parásitas, soberbias, payasas e insoportables.

Pienso que tal vez ayude explicar con ejemplos concretos. ¿Les sirve el mío? Ahí les va.

Mi abuelo fue químico. Se murió a los 44 años porque tenía una válvula del corazón defectuosa. Mi mamá fue química farmacéutica bióloga y maestra universitaria por 40 años. Se murió a los 74 de cáncer. Yo y mis hermanos estudiamos la primaria y secundaria en escuelas de gobierno y luego en prepas incorporadas a la UNAM, becados. A los 18 años yo entré a la universidad y empecé a hacer investigación sobre enfermedades de importancia nacional: cisticercosis, fibrosis pulmonar, cirrosis, hepatitis. Dormía poco porque vivía lejos y me pasaba 4 o 5 horas en el transporte público. Comía tortas en CU o afuera de Cancerología. A veces no daba tiempo o se me acababa el dinero en fotocopias.

Aprendí mucho. Mis jefes de laboratorio eran listos y amables.

Me titulé de licenciatura y luego hice exámenes y solicitudes a universidades en el extranjero para estudiar sobre transplantes y enfermedades autoinmunes. Me aceptaron en la Clínica Mayo y a los 24 años me fui a estudiar allá. Ellos pagaron mi avión y mi colegiatura y me daban una ayuda económica para sostenerme. Llegamos en enero. Tuvimos que comprar botas y abrigos porque en Minnesota los inviernos duran 5 meses y alcanzan 40 grados bajo cero. El CONACYT me había dado un préstamo en UDIS con el que me depositaba 500 dólares al mes, que apenas alcanzaban para pagar la renta. Mi entonces esposo trabajaba tiempo completo a pesar de tener que lidiar continuamente con Inmigración para mantener sus papeles en regla. Aún así muchos meses tuvimos que ir al banco de alimentos por provisiones que el gobierno gringo le daba a las familias pobres: teníamos una bebita de seis meses, no nos alcanzaba para una guardería y no teníamos familia allá, así que durante el día la cuidaban mujeres que recibían niños en sus casas. Yo no podía trabajar pero me inscribía como voluntaria a todos los estudios clínicos que podía para conseguir algo de dinero extra. El último año participé donando óvulos para parejas infértiles. (Los científicos somos burgueses privilegiados ricachones, ¿ven?).

Mis jefes de laboratorio gringos también eran listos y buenas personas. Aprendí mucho porque teníamos muchos reactivos y equipos. Las clases a veces no eran tan buenas como las que había tenido en México pero la biblioteca tenía acceso a todas las publicaciones que uno pudiera necesitar. Yo dormía menos que nunca pero sentía que valía la pena porque estaba aprendiendo cosas importantes y útiles y aportando al conocimiento humano: mi tesis de doctorado fue sobre cómo algunos genes hacen que los ratones se mueran horriblemente al infectarse con un parásito transmitido por una garrapata. Un protozoario que resulta que infecta a las vacas en México. Mi investigación, además, se relacionaba con el problema humano de que algunos individuos se mueren horriblemente al infectarse con un parásito transmitido por un mosquito. (Babesiosis. Paludismo. Dengue. ¿Problemas nacionales? Oh, sí.)

Regresé a México a los 31 años sin casa ni trabajo y endeudada con el CONACYT, pero con el orgullo de haber sido admitida al Sistema Nacional de Investigadores, como mis maestros. Empecé a trabajar en la UNAM con leucocitos humanos que purificábamos a partir de los “desechos” del banco de sangre del IMSS: a veces nos quedábamos en el laboratorio toda la noche porque necesitábamos asegurar que las muestras estaban libres de hepatitis, VIH y enfermedad de Chagas. (¿Desconectados de los problemas nacionales, verdad? Claro.)

Luego trabajé en uno de los Institutos Nacionales de Salud. Sobre tuberculosis, VIH, influenza y lupus. (¿Problemas nacionales, apá? Sí, mijo).

Mi mamá me prestaba su coche para ir diario de Cuernavaca a la Ciudad de México. Pero luego tuvimos un accidente y el carro fue pérdida total. Entonces viajaba diario de aventón al Instituto. Varios investigadores nacionales hacíamos lo mismo. Mis hijos se acostumbraron a comer con su papá en la comida corrida. (Burgueses privilegiados, exacto).

A mi jefa de laboratorio le encargaron trabajar en un proyecto con la Fundación Slim, Harvard y el MIT. Todo el equipo invirtió horas y horas en recabar, purificar y analizar más de 2 mil muestras. Fueron días de locura y desvelo continuo. A raíz de ese proyecto una empresa farmacéutica me ofreció trabajo haciendo investigación en farmacogenómica, o sea, averiguando por qué a algunas personas les hace bien cierta medicina y a otros les causa efectos secundarios. (¿Problema nacional también? Újules). El trabajo era en Toluca y yo vivía en Cuernavaca. La empresa me dio un Jetta con el.que iba todos los días por las lagunas de Zempoala. Como ya no trabajaba para una institución académica el SNI me dejó de dar el estimulo económico, aunque seguía tenlendo el nombramiento de Investigadora Nacional y las obligaciones que eso implicaba.

Me dolió dejar la investigación académica y tener que adaptarme a un trabajo “corporativo”. Pero resultó una buena decisión porque mi hija se enfermó y con mi sueldo anterior no hubiera podido mantenerla viva.

(Ni la medicina tradicional ni la homeopatía son útiles contra la insuficiencia renal: nomás la medicina científica hegemónica occidental y su antinatural hemodiálisis. Y, para los que tienen suerte, el todavía más blasfemo transplante de órganos. Pero nosotros no tuvimos suerte. Ni siquiera con los medicamentos biotecnológicos que le inyectábamos para compensar la anemia que hacía que no.estuviera lista para la cirugía. El riñón de su mamá (científica burguesa privilegiada soberbia y ¿qué más era?) era compatible y había pasado todas las pruebas. Pero se nos murió antes de podérselo poner. Así pasa a veces.)

Ahora ya no soy Investigadora Nacional porque no tengo cabeza para llenar los informes. Aunque publiqué un artículo en Nature sobre riesgo genético de diabetes en mexicanos. (La diabetes causa insuficiencia renal y el país no tiene manera de darles hemodiálisis a todos. Problema nacional, creo. Pero ya da igual.)

Actualmente trabajo sobre depresión y esquizofrenia y discapacidad mental y autismo y cuidados paliativos. Problemas nacionales que casualmente también deben abordarse con medicina basada en evidencias y los productos de la maldita ciencia imperialista capitalista hegemónica patriarcal.

Una historia más, si me permiten.

A los 21 años uno de mis maestros nos invitó a conocer los tapetes microbianos de Guerrero Negro, en Baja California. Nos fuimos en camión, 48 horas seguidas (Chihuahua es inmenso) y luego nos trepamos al ferry. Acampamos en la arena y comimos nuestras latas de atún.y chilorio. Vimos formaciones impresionantes hechas de ecosistemas microscópicos. Luego nos subimos a otro camión hasta San Diego (como 5 horas parados porque no hay muchas corridas) porque la segunda parte de la invitación era al Instituto Scripps a escuchar y conocer a colegas y amigos de nuestro maestro, nombres legendarios que salían en los libros de texto: Lynn Margulis, Stanley Miller, Francis Crick. En San Diego dormimos en el garaje del amigo de alguien. Un viaje deslumbrante. Por supuesto nuestro maestro era Toño Lazcano.

¿Cuántos hemos sido alumnos del Dr. Antonio Eusebio Lazcano Araujo Reyes? ¿Cientos? ¿Miles?. Tengo la impresión de que todos aprendimos que es crucial y urgente hacer ciencia de excelencia en México. Lo aprendimos sólo de verlo a él, un torbellino de brillantez amable y un científico espléndido.

¿De verdad el CONACyT va a echar por la borda el privilegio de tenerlo en una de sus Comisiones Dictaminadoras? Me resulta incomprensible.

Irma Aguilar-Delfin, LIBB, PhD

Dr. Antonio Lazcano Araujo

19.9.19

El malvado algoritmo


-Una honda lanza una piedra a una velocidad imposible para un ser humano.
-Pues qué bien.
-Una carretilla permite trasladar pesos que no podría siquiera levantar un ser humano.
-Pues qué bien.
-Un telar hace telas mucho más precisas que las que un ser humano haría a mano.
-Pues qué bien.
-Una imprenta nos permite producir libros y difundir el conocimiento de un modo que sería imposible para escribas humanos.
-Pues qué bien.
-Un tractor puede arar la tierra de modo que ningún ser humano podría hacer sin ayuda.
-Pues qué bien.
-Un avión puede volar y los seres humanos no.
-Pues qué bien.
-Un vaso retiene agua más eficazmente que una persona con las manos.
-Pues qué bien.
-Un ordenador/computadora puede hacer cálculos a una velocidad imposible para un ser humano.
-Pues qué bien.
-Un teléfono nos permite comunicarnos a distancias mucho mayores que gritando.
-Pues qué bien.
-Un antibiótico puede vencer infecciones que nuestro sistema inmune no puede atacar con eficacia.
-Pues qué bien.
-Un piloto automático puede volar un avión de modo más fiable que un ser humano.
-Pues qué bien.
-Un algoritmo informático puede detectar patrones de grandes datos y tomar decisiones con base en ellas mejor que un ser humano.
-¡Qué horror! ¡Las máquinas se apoderan de nuestra vida! ¡Es el apocalipsis! ¡Hay que hacer algo! ¡Es un escándalo! ¡Nos esclavizarán! ¡Mamáaaaaaa... ayúdanos!

La necesidad de Tom Paine

El domingo pasado estuve tomando fotos en una maravillosa recreación de una batalla de la guerra civil española que hace un grupo de vecinos llamado "Frente del Nalón" en el pueblo de Grullos, en Cándamo, Asturias. Como se puede ver en estas fotos que tomé, el trabajo es verdaderamente espectacular. Vienen incluso aficionados de otros lugares, como un grupo de jóvenes polacos, para participar en la celebración, y el cuidado en el aspecto histórico de cada detalle, la pasión con la que hacen el trabajo de revivir la historia, son tan contagiosos que, comentaba yo, los fotógrafos a nuestra vez estábamos recreando la pasión de los genios de la fotografía que hicieron la crónica visual de la guerra, como Robert Capa o Gerda Taro.



Entre los visitantes que recorrían el museo vivo instalado en un parque del poblado para luego asistir a la recreación, vi a dos británicos cerveza en ristre, uno de los cuales llevaba un curioso pin que decía "Bones of Paine", "los huesos de Paine", y fui a preguntarle si ello tenía que ver con los huesos de Thomas Paine, el gran ilustrado. Los dos británicos asintieron, se rieron mucho, el de la foto se quitó el pin y me lo regaló, después de lo cual nos tomamos esta foto.


Les sorprendía que conociera yo a Paine, y me quedé pensando en lo poco que se conoce a uno de los más grandes pensadores de la Ilustración, al primero que se atrevió a decir cosas que hoy nos parecen por una parte bastante normales pero por otra enormemente progresistas, una hazaña para un inglés que vivió de 1737 a 1809.

Porque hoy necesitamos intensamente a Thomas Paine, a sus ideas y, sobre todo, a su compromiso con los principios. En tiempos donde la política parece prescindir precisamente de los principios, en tiempos de populismo y de tomas de decisiones nacidas de lo más visceral y lo más primitivo, del sentido del tribalismo y el odio al "otro", ese mítico otro que algunos quieren hacer siempre más grande, excluyendo a más y más personas de su entorno elitista de un "nosotros" tan imaginario como endogámico, hacen falta los principios y, sobre todo, la memoria de que los cambios sociales profundos, duraderos y que hacen mejor la vida de las comunidades humanas nacen precisamente de los principios y no del mesianismo, el odio, el engaño, el discurso delirante y las sociedades convertidas en turbas linchadoras con las antorchas habituales.

Thomas Paine

Si todo mundo necesita conocer a Thomas Paine,  más lo deberían tener presente quienes hablan de la Ilustración sin tener claro a qué se refieren, y muy en especial a quienes desprecian el pensamiento ilustrado, convencidos de que sus dogmas cancelan la relevancia del salto que representó para todo el mundo la Ilustración, ese tsunami de ideas nuevas que en los siglos XVII y XVII fue la extensión hacia la sociedad, la política y la vida cotidiana de las actitudes críticas y libertadoras de la Revolución Científica del siglo XVI-XVII.

Necesitamos las ideas de ese Thomas Paine que, después de menos de cinco años de escuela básica, se dedicó a las labores de su padre – la agricultura en tierras alquiladas a algún señor y la fabricación de gruesas cuerdas para la navegación a vela – para luego ser desde marinero hasta cobrador de impuestos pero, asombrosamente, también maestro de escuela.

Un buen profesor de escuela es más útil que cien sacerdotes.
-Tom Paine, La edad de la razón, 1794 

En 1772, Paine empezó a involucrarse en política, exigiendo al Parlamento mejores salarios y condiciones de trabajo para los cobradores de impuestos, escribiendo su primer obra política "El caso de los oficiales fiscales", que le costó que lo echaran del trabajo. Para no caer en prisión por deudas, vendió todos sus bienes y se fue a Londres donde conoció a Benjamin Franklin, el científico y pensador ilustrado estadounidense, quien le invitó a emigrar a la América colonial británica, lo que hizo a fines de 1774.

En marzo de 1775, escribiendo en una revista, Paine publicó Esclavitud africana en América, un artículo abolicionista que condenaba la esclavitud como "una atrocidad para la justicia y para la humanidad". También fue defensor de los derechos de los trabajadores a participar de los beneficios de la producción.

Mi país es el mundo y mi religión es hacer el bien.
-Tom Paine

Un recién llegado, pues, tenía el descaro de atacar la institución económica fundamental de las colonias, y que lo seguiría siendo durante casi cien años: la esclavitud. Pero al hacerlo, Paine era simplemente leal a sus ideas. Igualmente, cuando comenzó la guerra de independencia, analizó las dos corrientes que se enfrentaban entre los colonos. Algunos querían seguir siendo parte de Inglaterra, y exigir al rey Jorge III únicamente derechos de representación en el Parlamento, como los había obtenido Escocia al unirse a Inglaterra formando el Reino Unido en 1706. Otros buscaban la independencia absoluta, algo verdaderamente audaz ya que los enfrentaba al más poderoso ejército de ese momento, al imperio británico indiscutido.

Paine se inclinó por los segundos, convencido de que la monarquía era una forma absurda de gobernarse, y que el sentido común indicaba que los seres humanos debían gobernarse a sí mismos de modo democrático en una república. En defensa de estas ideas, escribió su panfleto de 1776 Common Sense (Sentido común), que convenció a muchos de que la ruptura con Inglaterra era el único camino. No gustó a muchos, sobre todo porque su democracia era tan radical que defendía el sufragio universal, cuando algunos padres de los Estados Unidos seguían convencidos de que sólo deberían poder votar los hombres que tuvieran tierras en propiedad. A otros les gustó aún menos por sus despiadadas críticas a la religión organizada y a las iglesias y sus ministros.

Menos de un año después, ayudaría a darle forma al nuevo país con otro escrito: The American Crisis (La crisis americana).

Discutir con una persona que ha renunciado al uso de la razón
es como administrarle medicina a un muerto.
-Thomas Paine 

De vuelta en Londres, consumada la independencia, en 1791 salió en defensa de la revolución francesa de 1789 y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano con otro escrito esencial, The Rights of Man (Los derechos del hombre), muy legible todavía, que no consiguió que se publicara en Inglaterra y salió a la luz finalmente en Francia. Igualmente, se relacionó con Mary Wollstonecraft, la feminista británica madre de la autora de Frankenstein,  Mary Shelley. Paine también creía en la igualdad de derechos de las mujeres e influyó en la obra esencial de Wollstonecraft, A Vindication of the Rights of Woman (Una reivindicación de los derechos de la mujer) de 1792. Antes, Wollstonecraft había escrito A Vindication Of The Rights Of Men (Una reivindicación de los derechos del hombre) defendiendo la obra de Paine.

La segunda parte de The Rights Of Man, publicada en Londres, mostraba cómo debería ser un gobierno representativo en una república democrática con sufragio universal, incluyendo una serie de programas sociales para aliviar la pobreza de la gente utilizando un sistema de fiscalidad progresiva, es decir, que mientras más acaudalados fueran los ciudadanos deberían ir pagando proporcionalmente más impuestos, a fin de redistribuir parte de la riqueza... una propuesta que hoy defiende el socialismo democrático y que rechazan enérgicamente los "liberales" que se dicen –falsamente– herederos de la Ilustración.

Es deber de todo hombre, en la medida de sus capacidades,
detectar y exhibir el engaño y el error
-Thomas Paine

De inmediato, Paine y su editor fueron acusados y enjuiciados por difundir un libelo sedicioso, mientras que sus enemigos promovían sesiones de odio contra Paine y quemas de su efigie. Paine tuvo que huir a Francia, donde la revolución le dio la ciudadanía francesa honoraria mientras en su propio país se le condenaba en ausencia a no volver a pisar tierras británicas. Pese a no saber francés, se le eligió a la Convención Nacional como diputado por el distrito de Pas-de-Calais. Como diputado, estuvo en en el comité que redactó el Proyecto Girondino de Constitución de 1793, ambicioso proyecto que no fructificó.

Sin embargo, el 16 y 17 de enero de 1793, Paine votó en contra de la pena de muerte para el depuesto rey Luis XVI debido a su convicción de que la pena capital era inhumana e inaceptable. Fue fiel a sus principios, a diferencia del cínico Robespierre quien diría, al emitir el primer voto: "El sentimiento que me llevó a pedir la abolición de la pena de muerte es el mismo que hoy me obliga a exigir que se le aplique al tirano de mi país".

(¿El mismo sentimiento, Maximilien?)

No se podía esperar algo menos que esa miseria moral y falta de principios de quien establecería por esos tiempos el terror como forma de gobierno, destrozando los ideales de la revolución francesa y su futuro. Y Paine lo sufrió en carne propia. Enemistado con Marat y Robespierre, en 1794 fue a dar a la cárcel y a punto estuvo de perder la cabeza en la orgía de guillotina y odio que sustituyó a la Declaración de los Derechos del Hombre. Pero en 1795, ya libre, Paine volvió a la Convención y volvió a resultar incómodo, pues votó contra la nueva constitución porque eliminaba el sufragio universal en el que él creía firmemente.

Los siguientes años se dedicó a hacer inventos y diseñar puentes, que era menos amargo.

Donde el conocimiento es una obligación, la ignorancia es un crimen.
-Thomas Paine

En 1800, Napoleón se le acercó llenándolo de elogios por The Rights Of Man, pero pronto Paine se dio cuenta que iba para dictador y no era un demócrata. Llamó a Napoleón "el mayor charlatán existente"... y tuvo que huir de nuevo. De vuelta a Estados Unidos, a su pequeña casa en New Rochelle, la única que poseyó en su vida, también denunció los tejemanejes de Washington como presidente. Los religiosos estadounidenses lo odiaban por su The Age Of Reason que denunciaba los males de las religiones (pese a ser de origen cuáquero y anglicano Paine devino deísta como muchos ilustrados), mientras que los federalistas detestaban las ideas igualitarias de The Rights Of Man y también lo atacaban continuamente.


Defensor de la ciencia y la razón, igualitarista, demócrata, antiesclavista, opuesto a la pena de muerte, promotor de la fiscalidad progresiva, feminista y fiel a sus principios aunque se quedara solo, Paine es el ilustrado de los illustrados, una luz para cualquier oscuridad, la esencia misma del progresismo surgido de la razón.

Y como los británicos son británicos, le hacen canciones a gente como Tom Paine. Ya quisiera yo que se las hiciéramos a Jovellanos o a Severo Ochoa, por ejemplo, soñar es barato, pero no se les hacen. El caso es que me entusiasma mucho una canción de Graham Moore dedicada precisamente a los huesos de Tom Paine.

Primero la canción y luego explico lo de los huesos. Aquí una interpretación del excelente grupo Larún, que tiene entre sus filas a uno de los mejores gaiteros españoles, Borja Baragaño.


La letra dice:
Mientras soñaba una noche
Junto a un río de descontento,
Me topé de frente con el viejo Tom Paine
Que iba corriendo por el camino.
Dijo: "No puedo parar ahora, hijo,
el Rey Jorge me persigue
Querría atarme una soga al cuello
Y colgarme del árbol de la libertad". 
Coro:
Pero bailaré al ritmo de los huesos de Tom Paine
Bailaré al ritmo de los huesos de Tom Paine
Bailaré con las botas más viejas que tengo
Al ritmo de los huesos de Tom Paine 
"Solo hablé de libertad
Y justicia para todos
Pero desde la primera palabra que dije
He tenido enfrente el cañón de una arma. 
Dicen que prediqué la revolución
Déjame decir en mi defensa
Que todo lo que hice donde quiera que fui
Fue decir cosas de mucho sentido común." 
El viejo Tom Paine corrió muy rápido
Me dejó de pie quieto
Y ahí estaba yo con un trozo de papel en la mano,
De pie sobre la colina 
Decía: "Ésta es la edad de la razón,
Éstos son los derechos del hombre,
Deshagámonos de la religión y la monarquía",
estaba escrito en el plan de Tom Paine. 
Allí yace el viejo Tom Paine,
Nadie ríe y nadie llora
A dónde se fue o cómo le va
Nadie lo sabe y a nadie le importa...
Pero bailaré al ritmo de los huesos de Tom Paine...
Thomas Paine murió en la pobreza y, más que olvidado, detestado por muchos que no soportaban que dijera lo que pensaba, que pensara cosas razonables y que no actuara con la hipócrita flexibilidad del cortesano, el poderoso y el servil. A esa gente siempre le molestan los principios, la razón y la verdad. Temeroso de que se le inventara una conversión de última hora, Paine se hizo acompañar en sus últimos días por la viuda de su amigo Elihu Palmer. Paine fue enterrado en su rancho de New Rochelle, Nueva York después de que se le negó el entierro en el cementerio cuáquero local porque era deísta, tema que provocó graves divisiones entre los fieles de esa secta. A su funeral asistieron únicamente seis personas.

Pero diez años después, un antiguo adversario de Paine convertido en su admirador, el periodista y parlamentario William Cobbett, cocinó en 1819 (10 años después de la muerte del pensador) la peregrina idea de robar los restos de Paine y enterrarlo en Inglaterra, convencido de que los huesos promoverían el progresismo en el país de origen del incómodo racionalista. Lo desenterró clandestinamente y envió los huesos a Inglaterra como mercancía común en una caja.

Pero a nadie pareció impresionarle el hecho y no pasó nada. Cobbett y los restos del reformador fueron objeto de burlas de todo tipo.



Cobbett propuso construir un mausoleo para Paine, pero nadie aportó fondos. Luego trató de vender anillos que llevaban cabellos del pensador, pero no tuvo compradores. Guardó los huesos hasta su propia muerte en 1835. Entonces, su hijo mayor y heredero vendió todas las posesiones de Cobbett, pero no pudo hacerlo con los huesos de Paine, que legalmente no se podían considerar una propiedad, así que se los regaló al secretario de Cobbett y allí se perdió su rastro. El New York Tribune especulaba que había sido enterrado en un atrio inglés o en Francia. Leyendas sobran... y sobra gente que dice tener alguno de los huesos de Tom Paine, su cráneo, un dedo o su mandíbula, o que sus huesos fueron convertidos en botones.

Pero los huesos de Paine se convirtieron, finalmente, en un símbolo de los derechos, la razón y la libertad. Todavía en agosto, la Biblioteca de la Clase Trabajadora del Reino Unido lo recordaba con una marioneta con los huesos de Paine. El diseño del pin que me regalaron es de la misma biblioteca. Los perdidos huesos de Paine evocan la memoria de los escritos y luchas del gran ilustrado. Y la idea de que sus huesos anden por el mundo, decía un miembro de la sociedad histórica que guarda su legado, tiene algo de poético. El mundo era su país... y lo sigue siendo.

Necesitamos a Tom Paine.

Cuando contemplo la dignidad natural del hombre, cuando
siento (porque la Naturaleza no ha sido tan amable conmigo
como para mitigar mis sentimientos) el honor y la felicidad
de su carácter, me irrita el intento de gobernar a la
humanidad por la fuerza y el fraude, como si todos
fueran bribones y tontos, y apenas puedo evitar
el asco hacia aquellos que así se imponen.
–Thomas Paine

1.5.19

La historia la escriben... todos

Basta citar un hecho histórico que le desagrade a alguien para que repita, como un conjuro, que "la historia la escriben los vencedores", con lo que espera que los hechos históricos se disuelvan en una humareda de subjetividad. La historia, quieren decir, no depende de hechos, datos, memoria, documentos, testimonios, arqueología y otros elementos historiográficos, sino nada más de la voluntad del "vencedor", mismo que puede convertir, si no el agua en vino, sí la derrota en triunfo, la noche en día y la crueldad en bondad.

Basta echar un ojo a lo que sabemos de historia (y cada día sabemos más) para vernos obligados a admitir que tal afirmación no es cierta. Es decir, que en todo caso los vencedores escriben una versión de la historia, pero habitualmente tal versión no soporta la prueba del tiempo, ni de los hechos, ni de los historiadores más acuciosos y menos obsequiosos con el poder.

George Orwell, c. 1940.jpg
George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair)
De hecho, si realmente la historia la escribieran los vencedores, no lo sabríamos. Asumiríamos ciegamente que esa historia, esa historia única, refleja los hechos en su totalidad y de manera fidelísima. La realidad es otra. La historia se reescribe constantemente y tiende, asintóticamente, a reflejar cada vez mejor los hechos reales hasta donde podemos conocerlos.

Quizás para entender esto haya que ir, primero que nada, a la fuente original de la pesimista afirmación, y esa fuente es George Orwell, concretamente en un artículo llamado "Revisión de la historia" (Revising History) de su columna "Como me dé la gana" (As I Please) publicada en la revista socialdemócrata Tribune el 4 de febrero de 1944. Puede leer el original aquí.

La reflexión de Orwell comienza sugiriendo que es posible hacer una historia del mundo "hasta una fecha relativamente reciente" que tuviera un parecido razonable con el curso real de los acontecimientos, que es posible un cierto grado de veracidad "siempre y cuando se admitiera que un hecho puede ser verdadero incluso si no nos gusta". De allí pasa a decir que no es posible tal cosa ahora (siendo ahora, claro, febrero de 1944, apenas se ha unificado toda la resistencia francesa, se pelea en el frente oriental y en Italia, los aliados preparan sigilosamente el Día D y en la memoria de Orwell sigue viva la Guerra Civil Española, sobre todo porque, como dice, no había cifras precisas ni relatos objetivos de lo que pasaba en ella, y lo había sentido desde 1937.

A partir de allí expresa dudas: "Si Franco fuera depuesto ¿a qué tipo de registros podrán acudir los historiadores del mañana?" Y predice que la historia consignará hechos falsos como que "había un ejército ruso considerable en España".

Batalla de Guadarrama
Pone otros ejemplos: ¿Son los "Protocolos de los Sabios de Sión" un documento genuino? ¿Trotsky conspiró con los nazis? ¿Cuántos aviones alemanes fueron derribados en la Batalla de Inglaterra? Su respuesta: "En ningún caso se obtiene una respuesta que sea universalmente aceptada por ser verdad: en cada caso se obtienen varias respuestas totalmente incompatibles, una de las cuales se adopta finalmente como resultado de una lucha física. La historia la escriben los vencedores".

El final del artículo es glorioso: "Lo verdaderamente atemorizante del totalitarismo no es que cometa 'atrocidades', sino que ataca el concepto de la verdad objetiva: afirma controlar el pasado así como el futuro". Esta sería una de las bases de la novela que quizá ya estaba conformando, Mil novecientos ochenta y cuatro, que se publicó en 1948. Pero en el artículo es más optimista, y esto suelen saltárselo los que repiten "la historia la escriben los vencedores" con la misma ignorancia con la que un niño adoctrinado repite un padrenuestro o un avemaría sin saber exactamente qué significan las palabras presuntamente mágicas que va pronunciando. Dice Orwell: "Hay alguna esperanza, por tanto, de que sobreviva el hábito mental liberal, que piensa en la verdad como algo que existe fuera de uno mismo, algo que puede descubrirse y no algo que puede inventarse al ir avanzando. Pero aún así no envidio el trabajo del historiador del futuro. ¿No es un comentario extraño sobre nuestra época que incluso las bajas de la guerra actual no se puedan calcular dentro de un rango de varios millones?"

Agudo, Orwell, sin duda. Pero, como decía el danés Karl Kristian Steincke (y no Niels Bohr, la historia nos lo confirma), "La predicción es muy difícil, especialmente cuando se refiere al futuro". Con toda su preclara inteligencia y convicción justiciera, Orwell no podía imaginarse que el historiador del futuro tendría las armas y herramientas que hoy tiene. Otras de sus preocupaciones eran simplemente asunto de falta de acceso a los datos, como las bajas de la Segunda Guerra Mundial, que hoy se cifran entre 70 millones y 85 millones, pero no porque esa historia la haya escrito un vencedor o un vencido, sino porque son los mejores cálculos que tenemos con base en la información que sobrevivió a la guerra (Wikipedia en inglés -el artículo en español sobre las bajas de la SGM es lamentable y vergonzoso- ofrece un panorama bastante amplio de ese cálculo y el porqué de su imprecisión).

Pero los tiranos, incluso los más egregios, mueren. Las tiranías, incluso las más prolongadas, se extinguen. Y sobreviven y se suman los testimonios de los personajes más pequeños, sean Julius Fučík (periodista checo cuyo Reportaje al pie de la horca se escribió en papel de fumar antes de su ejecución) o Ana Frank o Solzhenitzyn, Orwell o Francisco Boix (el fotógrafo de Mauthausen), sea Li Zhisui (el médico de Mao Zedong) o Chelsea Manning, o sean los sobrevivientes de las dictaduras suramericanas de los años 70.
Spitfire and He 111 during Battle of Britain 1940.jpg
Un Spitfire británico y un Henkel alemán durante la Batalla de Inglaterra.
Respondiendo a Orwell: no, no hubo un ejército ruso peleando en la guerra civil española. Eso no lo sostienen hoy ni los más cavernarios neonazis para los que el dictador Franco era casi un comunista. Y además, sabemos con toda certeza que "Protocolos de los Sabios de Sión" son una falsificación zarista que usó como base la novela Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly, publicada en 1864, y un capítulo completo de Biarritz, del escritor antisemita Hermann Goedsche, publicada en 1868, cosa que, por cierto, desveló The Times de Londres ya en 1921. Y no, Trotsky no conspiró con los nazis y sólo algún estalinista que se hubiera quedado varado en 1938 podría decirlo sin que le empezara a crecer la nariz estrepitosamente. Finalmente, los alemanes perdieron alrededor de 1700 aviones en la Batalla de Inglaterra, y existen los documentos oficiales que contabilizan las bajas aéreas de ambos bandos a partir del 1º de agosto de 1940. Simplemente, esos documentos no estaban accesibles para Orwell antes del fin de la guerra.

Puede, sí, haber varias historias. Véase como ejemplo la catarata interminable de libros sobre la guerra civil española que alimenta a la industria editorial, con visiones y opiniones de unos y otros... pero si bien las opiniones pueden ser distintas, los hechos resultan inamovibles. Hoy, cuando resulta casi trivial derribar mitos y contar lo que los tiranos de ayer no quisieron que se contara (y tenemos una certeza bastante razonable de que mañana se contará lo que los tiranos de hoy quieren ocultar), cuando los datos fluyen en saltos electrónicos imposibles de detener, es casi imposible que los vencedores escriban la historia. Aunque quieran.

Los totalitarios, sean Trump o Putin, Kim Jong-un o Lukashenko, seguirán tratando de atacar el concepto de "verdad objetiva", pero su esfuerzo es cada vez más vano y tiene fecha de caducidad más cercana. Basta que el poderoso caiga para que los relatos de la contrahistoria (si se me permite el palabro) se empiecen a desgranar. Si los vencedores escribieran LA historia, no tendríamos las historias que tenemos, las desmitificaciones que oxigenan el ambiente de cuando en cuando, la certeza de que pese al poder de la mentira, especialmente blandida como arma política, la verdad vale la pena y las más de las veces se impone. Más allá de frases tronantes como "La historia me absolverá".

Si esto significa que el buen Orwell se equivocaba, tampoco es ninguna tragedia. No existe en ningún lugar un decreto que diga que un gran escritor y luchador por las mejores causas deba ser perfecto en todas sus valoraciones de la realidad. Y algo me dice, perdón por la osadía, que mucho le habría gustado a Orwell ver las ruinas del Ministerio de la Verdad y el éxito de ventas entre los animales de la verdadera historia de la rebelión en la granja... para disgusto de Napoleón, el cerdo.
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17.2.19

Cosas que sabemos

COSAS QUE SABEMOS es un nuevo canal de YouTube de difusión de ciencia, tecnología y temas afines, formado por apuntes de unos 7 minutos basados en los artículos que desde 2006 publico todos los sábados en el suplemento Territorios del diario El Correo. Es un canal complementario y paralelo a El rey va desnudo, que sigue su camino normalmente promoviendo el pensamiento crítico, desmontando las pseudociencias y la irracionalidad.

El canal está dirigido sobre todo a un público no familiarizado con la ciencia, para crear audiencia con explicaciones sencillas que relacionan al conocimiento con la vida diaria, utilizando un lenguaje común, sin presuponer conocimientos en los espectadores y con una aproximación directa buscando interesar e informar sobre temas de ciencia y tecnología.

Éstos son sus primeros cuatro episodios como una invitación para visitarlo, comentarlo y suscribirse.









5.1.19

El 6 de enero de Fernando

Ésta es una historia personal, de interés acaso para mi familia, quizá para algunos pocos otros. Es una historia de Reyes Magos, empieza y termina al amanecer de un 6 de enero. Y no es épica, así que no sé si le interese a usted. Porque aquí no va a encontrar las diatribas políticas en las que luego me embarco, ni mis observaciones lejanamente interesantes, medianamente originales y aldeanamente eruditas -a veces- sobre arte y música, ni denuncias contra la superstición ni nada más que una historia más bien pequeña de gente más bien irrelevante. De esa gente que uno ve en la calle y cuando mucho distingue que es como uno, común y corriente.

Por ello, quizá le venga bien ahorrarse el tiempo que invertiría en esta entrada y buscar mejor textos sobre gente importante, no aldeanos asturianos y sus modestas familias.

Habiendo hecho la advertencia, voy a hablar de un hombre al que no conocí pero al que conozco bien. Se llamaba Fernando Huerta Turanzas y era mi abuelo.

La noche del domingo 5 de enero de 1930, Fernando y su esposa Sofía prepararon, como todos los años, la celebración del día de los Reyes Magos, con regalos para sus hijos, cuyas edades iban desde una joven de 19 años hasta una pequeña que apenas empezaba a caminar. Con las 7 niñas y los 4 niños ya en la cama, nerviosos por los regalos que encontrarían al día siguiente junto a sus respectivos zapatos (como se estila en México), dispusieron además una mesita con cinco copas con posos de jerez y migajas de galletas. Esa evidencia forense demostraría al día siguiente a sus asombrados hijos que un año más los Reyes Magos habían visitado su casa, habían tomado un jerez y galletas con Fernando y Sofía y habían dejado los obsequios respectivos.

Para Fernando, el 6 de enero era la fiesta más importante de la familia, y la preparaba y celebraba cuidadosamente, me dicen, me cuentan, asegurándose de que todo estuviera listo antes de irse a la cama.

Fernando ya no despertaría. Murió durante la noche del 5 al 6 de enero. Como en una tragedia artificiosa, pero con la frialdad de la contundente realidad, Fernando se iba el día que más apreciaba y dejaba además a una mujer y a unos hijos que no tendrían fácil la supervivencia, historia que ya he contado en parte.

Allí conté algo de este hombre con quien el único parecido que guardo, o al menos de ello trato de convencerme, está en las manos. Su rostro más bien redondo tiene un aire común a muchos de la zona donde nació alrededor de 1870, en Palaciu o Palacio, barrio de Ardisana, en el concejo de Llanes, en Asturias.

Lo que había que hacer en Palaciu era trabajar en el campo: huerta, maíz, cabras, cerdos, quizá vacuno, borregos, fabes. Vida de campesino, pues. Mi origen es el de un linaje de labriegos de una zona agreste de multitud de cordilleras que anuncian, apenas un poco al sur, los imponentes picos de Europa. Mis bisabuelos, así lo hizo constar Fernando en su acta de matrimonio con Sofía, fueron Miguel Huerta, de oficio labrador, e Isabel Turanzas.


Ésta es la foto por la que conocimos toda la vida a mi abuelo Fernando. Pelo entrecano, bigote bien recortado, un apetecible bombín en la izquierda y mirada apartada del fotógrafo. Una copia de esta foto estaba siempre en los alrededores de su mujer, Sofía.

Dicen, no lo sé, que la costumbre era que la escasa hacienda de la familia la heredara en exclusiva el mayor de la familia, porque subdividir eternamente la heredad entre toda la prole era simplemente mal negocio. Y Fernando no era el mayor de la familia, porque llegado a los 18 años o por allí, la familia le dio algo de dinero, un traje nuevo, un pasaje en un vapor y una recomendación para algún pariente ya asentado en América, en este caso en México, para que fuera a deslomarse por allá porque en casa no había ni siquiera un modo de deslomarse trabajando honradamente.

A México fue y allí se quedó. Trabajó como trabajan todos los inmigrantes: mucho, muchas horas, con muchos sacrificios y ahorrando para algún día tener su propio negocio. Empezó en Yucatán y acabó en la Ciudad de México. Esto me lo cuentan y me lo imagino, porque los detalles son imprecisos. Ni siquiera se sabe qué día de 1890 o 91 bajó con su equipaje y su asombro del barco listo para enfrentar un mundo nuevo, donde la gente hablaba raro, tenía una moneda rara, comía cosas raras, se trataba de modo extraño y se reía distinto de cómo se reía en Asturias, aunque con el mismo entusiasmo sincero. Nunca volvió a Asturias, como volvieron tantos que crearon la leyenda del indiano, a hacer una casa grande con misteriosas palmeras, muchas veces casados con alguna mujer morena igualmente misteriosa.

Trabajó, hizo una modesta fortuna y por ahí de 1909 pidió la mano de su vecina, una chiquilla de 15 años que quedó horrorizada ante la idea de casarse con el vecino español bigotón y casi cuarentón. Porque Fernando le pidió la mano a su madre, a mi bisabuela Dolores. La niña allí no tenía voz ni voto. La señora Pineda concedió la mano de la pequeña Sofía y se fijó el matrimonio para el 10 de mayo de 1910. Luego tendrían que aprender a quererse, que para entonces ni siquiera se conocían.

(Así se hacían las cosas entonces. Han mejorado, digo yo, aunque estos dos tuvieron suerte y aprendieron.)



Fernando instaló una tienda en la que vendía productos que traía de España, y después adquirió una cantina que aún existe en el centro de la Ciudad de México, "El gallo de oro", inaugurada en 1874 y que hoy tiene la distinción, dicen, de ser la más antigua de la urbe, con su respectivo sitio en Foursquare y Tripadvisor. La cantina pasaría a otros dueños dos años después de la muerte de Fernando.

Pero si de tener se trataba, más que riquezas lo que a Don Fernando le gustaba era tener hijos. Tuvo 12, de los que, como se decía entonces, "le vivieron 11". Cuando estaba en la labor de tener muchos, por el año de esta foto, principios de la década de 1920, consiguió traer a México a su madre Isabel para que viera lo que su rapaz había hecho al otro lado del charco, lo que Miguel, su padre, ya no podía ver. Aquí está con su esposa, su madre y sus siete primeros hijos.


Con otros asturianos, el 7 de febrero de 1918 formó una asociación para crear un equipo de fútbol que ayudara además a fomentar la unidad de los emigrados de su tierra. La primera actividad del Club Asturias, sin embargo, fue una romería al estilo asturiano, "la Jira", el 18 de julio de 1919, a lo que siguieron los primeros partidos del club en el futbol amateur mexicano y su primer trofeo en 1920. Un año después, el 14 de agosto de 1921, se creaba el Centro Asturiano de México, con don Fernando en calidad de tesorero fundador. En la temporada 1922-23, el Club Asturias conquistó el primer campeonato de Fuerza Mayor/Liga de la recién creada Federación Mexicana de Fútbol.

No sabemos si don Fernando siguió implicado con el fútbol, pero sin duda, por las historias que se cuentan, siguió siempre en las romerías. Aquí lo vemos en el extremo derecho, medio fuera de cuadro, en la directiva de 1925 del Centro Asturiano.

  

Era, me dicen, nos dicen, fabulan, nos cuentan, hacen leyenda, tan sabio como lo puede ser un campesino reconvertido en magnate de segundo nivel, un rico pobre, pero era sobre todo un buen hombre.

Me pregunto si sería necesario contar hazañas más allá de "fue un buen hombre". Para mí allí terminaría toda justificación de su memoria. No hay más. No ganó batallas (así se quejaría años después León Felipe en su "Qué lástima" de no haber tenido "un mi abuelo que ganara una batalla") pero era un buen hombre. No dejó huella demasiado profunda en su sociedad, ni un libro, ni un invento... pero era un buen hombre. Sobrevivió a una revolución en un país ajeno, asunto que siempre tuvo presente pues en las actas de nacimiento de sus hijos, en la parte de comentarios que casi siempre quedan en blanco, él siempre señalaba: "El compareciente pidió que se haga constar en esta acta que conserva su nacionalidad española", o palabras similares... era otra forma de ser un buen hombre.

Un día, dos de sus hijos, vestidos -me decía mi abuela- con impecables trajecitos blancos, como en perpetuo día de primera comunión, hicieron alguna trastada infantil. Fernando enrolló el periódico que leía y se puso a perseguirlos alrededor de una mesa de alambrón para darles unos azotes a modo de castigo. En la persecución, algún golpe con el periódico conseguía acertar el fornido comerciante. Al mover el periódico enérgicamente, la mano de Fernando rozó el alambrón de la mesa y se hizo un corte sin siquiera percibirlo. Al acertar el siguiente periodicazo en la espalda de uno de los perseguidos, el movimiento hizo volar su sangre y manchó la blanca tela de la espalda del niño.

Me cuentan que Fernando se derrumbó, pensando que había hecho daño, realmente, a uno de sus hijos, arrepentido y aterrorizado consigo mismo. Supongo que le tomó pocos segundos pensar que ningún golpe con un periódico enrollado podría causar heridas así en un niño, o bien miró el tajo en el dorso de su mano y se dio cuenta de lo que realmente había pasado. En todo caso, jamás volvió a usar los castigos físicos que allá a principios del siglo XX eran la pedagogía aceptada y recomendada por todos los expertos.

Un buen hombre.

Sus nietos no lo conocimos. Imposible. Pasarían años desde su muerte para que naciera el primero, décadas para que naciera el último. Menos aún sus bisnietos. Ni los tataranietos que ya pueblan el siglo XXI. Y, sin embargo, hay una peculiar permanencia de Fernando entre todos los suyos que no lo conocimos.

Palaciu, Ardisana, Llanes
Me dicen (no lo sé de cierto), que sus parientes siguen celebrando una misa por Fernando cada 6 de enero allá en Palaciu, donde he estado algunas veces, silenciosamente. Se habla de él con la familiaridad dedicada a quien se ha conocido y con quien se ha compartido una comida, un café, algunas risas, una afición futbolera. Existe insistentemente 89 años después de su muerte. Y para algunos tiñe, inevitablemente, la celebración de los Reyes Magos, aún sin creer ni en reyes ni en magos ni en dioses y en epifanías. Lo cual no es grave pudiendo creer en Fernando, el hijo de Miguel e Isabel, y en el acertijo de su incesante presencia.