21.9.16

Capitán de milicianos

Roberto Vega González, cadete casi niño del Heroico Colegio Militar de México
(Foto tomada de su libro Cadetes mexicanos en la Guerra de España,
Colección Málaga, México, 1977)
Estábamos en la redacción de Revista de revistas, la publicación decana de Excélsior, que fue mi casa durante muchísimos años, diseñando una larga, larguísima serie sobre la Guerra Civil Española con motivo de los 50 años del alzamiento fascista. La revista la dirigía Enrique Loubet Jr., refugiado él mismo de esa guerra y en su oficina lanzábamos ideas con él Héctor Chavarría, Eduardo Camacho y yo, que formábamos el cuerpo de redacción, para determinar qué cosas queríamos contar de aquél conflicto, casi tan relevante para México como para España, o, más bien, buscábamos cómo ordenar y presentar eso que queríamos contar y que era todo: la historia militar, los relatos de la gente pequeña, la política internacional, la historia de España, los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, la administración del presidente Lázaro Cárdenas... todo.

Le ofrecí a Enrique que uno de mis artículos fuera sobre uno de los libros que había leído sobre el tema y que vinculaba a México con el conflicto (no son muchos, por desgracia NOTA 1): Cadetes mexicanos en la Guerra de España, memoria de Roberto Vega González, uno de nueve cadetes que habían desertado del Heroico Colegio Militar para ir a pelear al otro lado del mar, simplemente porque el fascismo había invadido a España y había que combatirlo. Mi bronco director ya me había dicho que sí cuando pensé que quizás el autor seguía por allí, 32 años después de escribir su libro y apenas 9 después de publicarlo. Salí del despacho de Loubet y me fui a la entrada, donde nuestra recepcionista, Rosario, guardaba los voluminosos directorios telefónicos de la Ciudad de México (no, aún no había Internet). Busqué a Roberto Vega González y, efectivamente, había uno. Llamé y me respondió un amable personaje que confirmó a mis preguntas que sí, él era Roberto Vega González y sí, había sido capitán de la milicia republicana y sí, por supuesto me concedía una entrevista sin ninguna condición.

Roberto Vega regenteaba un pequeño restaurante en un local que era parte de su propia casa. Era un hombre sin pretensión alguna, ni de gloria ni de hazañas. Tenía sus recuerdos, su orgullo, hallaba la forma de no convertir su paso por las mazmorras de Franco en un relato dramático.

Resumo su historia. Nació en Doscaminos, estado mexicano de Guerrero, el 19 de agosto de 1919, y a los 15 años se hizo aspirante a cadete del ejército mexicano, entrando después al Heroico Colegio Militar. El 22 de julio de 1937, según cuenta, él y otros cadetes decidieron que, como en España estaba en peligro la libertad, su misión era ir a defenderla y combatir al fascismo. Con un idealismo digno de tan exigente causa, se organizó con otros ocho compañeros para abandonar clandestinamente el colegio militar y marchar a España. Considerados desertores del ejército mexicano, detenidos y expulsados deshonrosamente, tres de ellos lograrían llegar a España vía Nueva York, El Havre y París con ayuda de sindicalistas mexicanos y republicanos españoles. Entraron a España por Port Bou y fueron asignados a distintas divisiones. Roberto iría al 20 cuerpo del ejército, 66 división, brigada 212. Por sus estudios militares, pronto fue nombrado capitán de la 3ª compañía. Los otros dos cadetes fueron José Conti Varce, que fue destinado al 9º cuerpo del ejército y murió en combate, y Roberto Tinoco Mercado al 23º.

Aquí vale una anotación: muchos mexicanos, quizá la mayoría de los que combatieron en la guerra, no fueron parte de las Brigadas Internacionales. Esto es fuente de confusión todavía para muchos en España y México. Excepciones fueron el Cuerpo de Voluntarios "Benito Juárez García", que se integró en la XV Brigada al igual que Juan Miguel de Mora, y gente como Néstor Sánchez, que combatió en el Batallón Rakosi formado esencialmente por húngaros. Los mexicanos, como ciudadanos de uno de los pocos países que rechazó la neutralidad que libraba a la República a su suerte, y que además hablaban español, se enrolaron como milicianos en el ejército republicano. Entre 330 y 400 combatieron por la república. Regresaron sólo 60, la mayoría anónimos como Vega González, aunque otros tendrían carreras políticas y literarias como De Mora y Sánchez.

Algunos presos del campo de concentración de Valdenoceda en 1942.
Vega, con sólo 18 años, cayó preso en combate en el frente de Teruel y pasaría mil días en las cárceles de Franco, condenado a muerte, recorriendo, entre otras prisiones, los campos de concentración de Valdenoceda y Miranda de Ebro, en Burgos, y de Belchite, en Zaragoza, sufriendo todos los horrores de las cárceles de Franco: la tortura, el hambre, las enfermedades, la humillación, las golpizas y el asesinato continuo de sus compañeros. Gracias a la presión internacional, encabezada por sindicatos socialistas y comunistas, con participación especial de Estados Unidos (que contaban también a ciudadanos suyos entre los presos franquistas), y de los gobiernos de Cuba y de otros países, el joven cadete finalmente fue liberado en 1941.

Su libro termina cuando, libre y de vuelta a México, el presidente Maximino Ávila Camacho le ofrece reintegrarse al ejército mexicano como Capitán Primero, pero él lo rechaza por la promesa hecha a su madre de que ella no lo volvería a ver como soldado.

En la entrevista que tuvimos, el capitán me contó cómo su madre murió en 1942 y él, sintiéndose liberado de la promesa hecha a su madre, se enroló como voluntario en el ejército de los Estados Unidos para... combatir fascistas. Y combatirlos en igualdad de condiciones.

Me contaba cómo, en el campo de batalla español, veía a los "chatos" de la exigua fuerza aérea republicana tratar de enfrentarse a los aviones de la Legión Cóndor alemana enviada por Mussolini para apoyar al fascismo franquista; cómo alguna vez les dieron munición de distinto calibre del de sus armas y luego se dedicaban a intercambiar munición y armas con otros para que coincidieran y pudieran combatir. Roberto Vega González quería ver, me contaba, cómo respondían los fascistas cuando enfrentaban a un enemigo bien pertrechado y armado, no en las condiciones precarias que habían condenado a la República Española. Quería derrotarlos.

Uno de los "chatos" de la Fuerza Aérea de la República Española, un Polikarpov I-16.
(Foto CC de José A. Montes, vía Wikimedia Commons)
Quiso ir a combatir a Europa después de la invasión a Normandía, pero sus superiores se lo denegaron. Finalmente, en 1945 fue embarcado hacia el Pacífico Sur, donde llegó a participar como fuerza de ocupación de Japón. Como resultado tenía un certificado que me mostraba con orgullo. Su otro gran recuerdo, que colgaba enmarcado en la pared de su casa, era el bordado que le había hecho alguna chica española, con las banderas tricolores, la republicana y la española, anudadas en un extremo.

De su historia posterior no recuerdo si hablamos, mi entrevista con él está en las hemerotecas mexicanas, pero no tengo un ejemplar de la revista a mano, quizá hay algo allí sobre sus años después del ejército estadounidense. Como fuera, volvió a México, quizá después de la guerra de Corea, se casó y se dedicó a su familia.

Una vez, me contaba el capitán, su hija lo llevó a España, a conocer el país más que a revivir experiencias. Y yo, periodista profesional del asombro, preguntaba si no lo habían homenajeado, si no le habían al menos dado una palmada en la espalda y un puro, una copa de brandy y una sonrisa, ya no digamos un desfile como se hacía con otros combatientes, sin duda más hábiles en los menesteres del autobombo y la profesionalización del pasado.

Nada.

Había cruzado por España como un turista anónimo que ni esperaba ni recibía más atención o miradas que las que se le destinan a cualquier señor mayor, mexicano, que ve con asombro el Alcázar de Sevilla, la Puerta de Alcalá o las Ramblas de Barcelona, sin saber que esa figura poco impresionante había estado dispuesta a darlo todo por esta tierra, por su gente, dejándolo todo atrás y cruzando el mar por un sentido de la decencia que hoy es casi inimaginable... excepciones las hay.

Me escribió un entrañable autógrafo en su libro. No sé qué fue de él. Tendría hoy 97 años.

"Para mi querido amigo y compañero, el Periodista Mauricio-José Schwarz,
con todo el afecto del Capitán Roberto Vega González.
México, D.F., 7 de julio de 1986"
España y los presuntos criptorrepublicanos (con triste frecuencia regresivos que instrumentalizan la república, romanticizan la guerra, simplifican los hechos históricos y al final lo distorsionan todo para sus propios objetivos políticos, que por legítimos que sean quedan contaminados por esta falta de rigor) jamás se acordaron del cadete Vega González, ni de muchos otros anónimos, voluntarios, obreros, oficinistas, gente de la calle que siguió sus ideales y luego volvió a sus vidas o quedó sembrada en los campos de batalla.

Los medios y los vivos sí se han desvivido por los famosos, por José Alfaro Siqueiros (de cuyas andanzas como presunto asesino de Trotsky ya conté algo), o de los que ni siquiera participaron en la guerra, pero asistieron en 1937 al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en Valencia, donde tuvieron su única experiencia de guerra cuando la ciudad fue bombardeada la noche del 4 de julio al iniciarse el congreso, fueron luego a Madrid el 5, 6, 7 y 8, en Barcelona el 11 y en París el 16 y 17 de julio. Entre ellos los mexicanos Carlos Pellicer, José Mancisidor, Octavio Paz (luego traidor a la izquierda y neocon profesional adorado por el poder), Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas o Elena Garro), todos los cuales escribieron sobre la guerra civil que vieron de lejos.

Anoto necesariamente la pequeña injusticia. La común, frecuente, casi imposible de evitar pequeña injusticia que la izquierda suele cometer con los propios. La injusticia hija de ese delirio inexplicable –inexplicable en la izquierda, se entiende– que exige que las masas sean anónimas, tumultos de "nadies", de proletarios genéricos, de pueblo indistinto con rostros nebulosos, escenografía heroica, mientras se exalta con nombre y rostro a líderes, poetas, novelistas, cortesanos, politólogos, comandantes y entusiastas candidatos al busto, a la estatua, a la medalla, a la velada de homenaje con abundantes discursos.

Es, tristemente, una parte de la izquierda que debería ocuparse de los que forman el grueso de la sociedad a la que debe servir, de la que debe ser herramienta y expresión, pero a la que con frecuencia deja de ver porque entre ella y sus ojos se interpone el espejo de Rojanieves, donde se refocila en las líneas de su sólido perfil ideológico, en su límpida mirada proletaria, en su amplia frente intelectual, su quijada decididamente heroica y su solicitud firmada y sellada de ingreso en la posteridad para exaltación de las masas agradecidas. Ese espejo mágico al que le pregunta de cuando en cuando: "¿Quién es el más preclaro exponente de la voluntad de las masas?" para que el predecible espejo diga: "Tú, mi rey, mi secretario general, mi comandante, mi amado líder".

Mi capitán y su libro son apuntes menores en la enorme tragedia de la guerra y en las pequeñas tragedias que hoy son sus secuelas, desde la negativa de los hijos del fascismo para que se recuperen los cuerpos de quienes masacraron durante 39 años, pero mantienen plazas y calles con los nombres de los victimarios, hasta la miseria despreciable de quienes se llenan la boca de la palabra "República" sin saber qué significa exactamente, pero puede dar votos, aplausos, la columna en el diario "independiente"... "y un lugarcito a salvo en París", como canta Jaime López en "Los señoritos". O sea, también, apuntes menores en la tragedia crónica de cierta izquierda.

Mi capitán y su libro fueron, curioso o revelador, al menos reseñable, una espina más perdurable en el costado del fascismo que en la memoria de quienes lo combaten.

Josep Lluís Monreal, fundador del grupo editorial Océano, recuerda que alguna vez recibió la visita de agentes de la Brigada Social por denuncias de que distribuía libros prohibidos por la sanguinaria dictadura. Logró deshacerse de todos los que sabía que estaban prohibidos, pero los sabuesos del fascismo encontraron un ejemplar importado de Cadetes mexicanos en la guerra de España. Poco conocido en México entonces y ahora, no lo era para el régimen al que se le había ido vivo su autor: el libro estaba en la lista de volúmenes prohibidos, lo cual le representó al editor una exorbitante multa de 50.000 pesetas, que tras mucho lidiar consiguió reducir a 500.

He dicho en el pasado que me inquieta mucho haber conocido en persona a individuos que presunta o comprobadamente le han quitado la vida a otros, como he contado que mi admiración por un Pancho Villa, un Guadalupe Victoria o un José María Morelos se ve siempre empañada por su actividad militar, sobre todo cuando fueron, que lo fueron, responsables de dictar sentencias de muerte en frío, cuando fueron brutales. Que la brutalidad se pueda explicar no la excusa.

Mi pacifismo, empero, no es radical. Creo en la legítima defensa contra la agresión, en lo social y en lo personal, pero en la agresión real. No creo que la respuesta a una palabra ofensiva pueda ser la venganza sórdida, que es como se aplica la censura en estos tiempos posmodernos y populistas, pero sí creo que a veces, sin reglas generales, en análisis casuísticos y que abarquen toda la complejidad de cada asunto, la violencia es inevitable y casi una responsabilidad.

Por eso, y también lo he dicho, así como rechazo a los que disparan o golpean con un piolet por la espalda o asesinan a un hombre dormido (como los cómplices de Siqueiros asesinaron a Robert Sheldon Harte), sí he estrechado con alegría la mano de algún miembro de la resistencia francesa, de un experto en explosivos de la resistencia holandesa que me albergó en 1992 cuando asistí a una reunión de la Unión Ética y Humanista Internacional en Amsterdam, de un viejo, muy viejo, combatiente de la revolución mexicana (Don Taurino, recuerdo el nombre, en Pilcaya, pueblo de Guerrero), de varios soldados que combatieron a los nazis... y de Roberto Vega González, capitán de milicianos.

Romance del mexicano condenado a muerte
José Viró Domenech, 1939
(Viró Domenech quizás escribía ya desde México, a donde llegó como otros muchos refugiados repubicanos en el buque Sinaía, el 13 de junio de 1939 Nota 2.)

Roberto Vega González,
rayo del sol mexicano,
por darle calor a España,
a muerte te condenaron.
...................................

Cárcel de Valdenoceda,
en el Burgos pretoriano,
bajo cerrojos te tienen
atado de pies y manos.
Sobre las húmedas losas
del pavimento enlodado,
entre sombras retorcidas
y hedores de camposanto,
gime tu cuerpo mordido
por los chacales de Franco.
................................

Tu vida no han de segar
sirvientes de extraños amos,
porque un clamor de justicia,
como imponente taladro,
perforará las conciencias
surcando doquier los ámbitos.
Y se encresparán los mares,
y se abrirán los espacios,
y se agitarán inmensos
racimos de tensos brazos
arrancándote, violentos,
del encierro malhadado
hacia las libres regiones
de tu suelo mexicano

Roberto Vega González,
Capitán de milicianos,
yergue orgulloso la frente,
ten ciega fe en tus hermanos:
tu vida no han de segar
sirvientes de extraños amos...
¡porque no nace el halcón
para ser encadenado!
___________________________________________

Nota 1
Los otros libros que conozco son Una mexicana en la guerra de España, de Carlota O'Neill, 1964, y Un mexicano en la Guerra civil española, de Néstor Sánchez, 1997 (ciertamente, la originalidad de los títulos clama al cielo, pero es lo que hay). Tocan el tema tangencialmente David Alfaro Siqueiros en su ampulosa autobiografía Me llamaban el coronelazo y Juan Miguel de Mora en sus novelas Cota 666, 2003, y Sólo queda el silencio, 2005. Asombra que un acontecimiento tan relevante para México, que recibió a miles y miles de refugiados que hicieron aportaciones que aún hoy siguen, tenga tan poca atención ensayística. Me imagino varios por qués.

Nota 2
El poema completo aparece en el libro de Roberto Vega González, y encontré el paradero de José Viró Domenech en la lista de pasajeros del Sinaia que mantiene la Fundación Pablo Iglesias del Partido Socialista Obrero Español, junto con las de los otros buques que llevaron a México a refugiados republicanos que de otra manera tenían como destino los paredones de la dictadura.