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30.1.18

Cenar con Fidel

Era la segunda vez que iba yo a Cuba, pero no lograba sacudirme una sensación de poderosa irrealidad, de ser Alicia en el País de Nosébienqué. Y es que era -y supongo que es- imposible saber qué. Curiosamente, en mi primera visita, un año atrás, en el Encuentro Tres Fronteras de Literatura Policiaca, había yo sido testigo de una alucinante asamblea en la preciosa casa de la UNEAC en La Habana donde se había "analizado" la película Alicia en el Pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, y escritores cuyo pensamiento no sólo conocía yo, sino que compartía y eran asunto de largas conversaciones igual en México que en La Habana, de pronto defendían la censura a la película y otros miraban al techo buscando murciélagos y callaban estruendosamente. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Mi ingenuidad hallaba increíble el doble discurso, la obligación que tenían mis amigos de opinar lo que debían en público aunque ya en casa las cosas fueran distintas, y en el piso de Justo Vasco o de José Latour o de Arnaldo Correa o de algún otro que no menciono porque sigue en la isla, opinaran de otro modo y del lado de lo correcto.

La sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en La Habana.
Ir a Cuba era -no sé si aún es- como ser invitado a bailar un ritmo que uno desconoce. Le pueden explicar los pasos (un-dos-tres, vuelta cuatro-cinco, pasito, seis-siete-ocho, alto... un-dos-tres...), pero, cuando trata de hacerlos torpemente, su profesora le tiene que tirar de aquí, empujar allá, mostrarle el paso y estar a punto de echarlo a uno al suelo tropezándose con sus propios pies. Los amigos, loso amigos eran los que te decían para dónde y cómo y cuándo y si callar alto o callar bajito, si preguntar o mejor no molestar porque los signos de interrogación los tiene alguien bajo llave y los tienes que pedir con un escrito por quintuplicado dirigido al Ministerio.

No exagero. Lo juro por las noches en el asombroso ático de Juan Carlos en el Vedado.

Y lo supe con claridad, lo he contado, aquella mañana de 1989 cuando el agregado de prensa de la embajada de Cuba en México madrugó para recibirnos (a quienes formábamos un grupo de editorialistas que hacíamos desayunos políticos en el Hotel Reforma), con un pulcro expediente que explicaba por qué Cuba había fusilado a Arnaldo Ochoa. No sé con quién entraba yo al restaurante del hotel cuando vimos al diplomático cubano, pero ese compañero me dijo: "Ya fusilaron a Ochoa". De allí en delante, todo era cuesta abajo conmigo, lo admito.

Alguna vez conté mal que esta noche en concreto había ocurrido en el Encuentro Tres Fronteras de La Habana. Error mío. El Tres Fronteras había sido el año anterior, y allí anduvimos con autores estadounidenses de contrabando por La Habana y en memorable visita a la Finca Vigía de Hemigway, y fue la ocasión de mi nanoparticipación en el tráfico de moneda en la isla, años en que el dólar estaba prohibido para el cubano de a pie. Esta vez era 1992 y estábamos allí invitados a la Feria del Libro de La Habana. Recuerdo que nos alojábamos en los gemelos hoteles Tritón y Neptuno, y que el día de la marejada vi venir, saliendo de las olas visibles entre los dos hoteles, la redonda figura de Manolo Vázquez Montalbán, que se había ido a nadar jugándose el pellejo. Le dije que estaba mal de la cabeza metiéndose a un mar así, pero él me hizo a un lado con "El agua está cojonuda" y se fue a desayunar.

Los hoteles Neptuno y Tritón.
A casa de Justo Vasco se podía llegar a pie, pero el día anterior, cuando la marejada fuerte, era un río por el que pasaban zodiacs rescatando gente. Lo contaba Justo señalando por la ventana mientras su hijo Enrique armaba ordenadores con las piezas que habíamos metido de estrangis a la isla para que los amigos pudieran seguir escribiendo sus novelas, sus cuentos. Con las piezas de ordenador y diskettes y demás había objetos aún más arcaicos: cintas de máquina de escribir pedidas por uno u otro escritor cuyos manuscritos ya eran demasiado fantasmales, papel sencillo y blanco, lápices, bolígrafos...

Esa marejada inundó la Casa de las Américas, lo cual afectaba la entrega de los premios de esa institución cultural. La ceremonia programada para esa noche fue trasladada a toda velocidad al Hotel Habana Libre. Me salto muchas anécdotas para poder llegar a donde promete el título, que hasta ahora, lo sé, se ve como un objetivo lejano. Pero el Comandante, el Caballo, Alejandro, Fidel, pues, estaba allí, omnipresente. Estuvimos muy serios, escritores internacionales invitados, en la entrega de premios, cuando pasó uno de los responsables de la feria a decirnos que no hicíeramos planes para cenar. Un-dos-tres, vuelta... no, para el otro lado. ¿Qué significa eso? Buscamos a uno de los amigos cubanos para que tradujera. "Esta noche vamos al Consejo de Estado", explicó uno, que hoy es famoso, pero mucho, como si eso dejara claras las cosas. "Que cenamos con Fidel", dijo otro que, con más viajes a México, tenía más clara nuestra perplejidad.

(Un día tendré que contar cuando, en ese mismo viaje, nos invitó a cenar a la embajada de México ni más ni menos que Mario Moya Palencia, entonces embajador ante el gobierno de Castro y que de 1969 a 1976 había sido Secretario de Gobernació -Ministro del Interior- y responsable de la represión en México, dueño, pues, de nuestros expedientes de jóvenes estudiantes rebeldes y rojos, cosa que comentaba muy divertido en la cena, pues por entonces se sentía escritor.)

Terminada la premiación, efectivamente, nos subieron a un autobusito y nos depositaron en la plaza del Consejo de Estado, desde donde se nos condujo a una enorme sala de espera donde estaban, además, un congreso internacional de médicos en pleno y una delegación enorme de la patronal mexicana, la COPARMEX, que venían a ver si invertían en la Cuba a la que la URSS acababa de dejar sin su paga mensual y donde no había ni para comer, ni para vestirse ni para mantener las luces encendidas toda la noche. Era, pues, el Período Especial en su momento más gélido.

Después de una espera que recuerdo prolongada, nos pusieron en fila, cosa que confirmaba la conclusión a la que habíamos llegado en el ático de Juan Carlos, la única verdad sólida que habían dado años de debate profundo: "Independientemente del modo de producción, la burocracia es una mierda". Y la burocracia tiene como uno de sus rasgos distintivos la fila en instalaciones gubernamentales.

La sede del Consejo de Estado en La Habana.
Cuando la fila giró en una puerta, pude ver por qué avanzaba tan lento como si fuera para vacunarnos contra el cólera: Fidel estaba saludando a todos de mano. Me quedaba menos de un minuto para decidir si saludaba muy educadamente al Fidel que en la década de 1960 había inspirado a muchos en favor de la justicia y la libertad (servidor incluido) o bien le negaba la mano al dictador de gran carisma que tenía a los amigos jodidos, que era un inútil en el manejo de la economía (a ver, hijo, que Vietnam con menos ventajas en 25 años había levantado una economía mínimamente funcional, y aquí estábamos a 30 años de la toma de La Habana y no había ni para pintura), que de justicia había demostrado entender poco, pero de libertad no entendía nada y le daba palos a los que opinaban distinto. En esta decisión pesaba el que un par de días antes había yo visto en acción a una Brigada de Respuesta Rápida meterle a un chaval una paliza como para un grande. Las BRR eran -o son- grupos de militares que visten de civil dedicados a impartir sesiones gratuitas de pedagogía súbita para los más boquiflojos.

Claro que si yo decidía saludar al segundo y preguntarle si no le daba vergüenza lo que había pasado de 1959 hasta ese momento, iba a provocar un incidente diplomático de consideración, y mi embajador era quien era. Así que opté por saludar al mito, sin decirle al comandante que era evidente que todo lo que venía anunciado en el empaque de la revolución cubana era más falso que un tratamiento de cosmética francesa de mil euros.

El poeta Roberto Fernández Retamar recitaba nombres, Fidel saludaba de mano y sonreía, y un atareadísimo fotógrafo tomaba la instantánea del momento. Escuché la gravísima voz de Roberto: "Mauricio Schwarz, mexicano, escritor y periodista", y Fidel sonrió y yo le di la mano y nos tomaron la foto. Las relaciones México-Cuba habían sobrevivido a mi fugaz imagen de rebelde de la rebeldía. Le pregunté a uno de los amigos por la foto. ¿No era raro tomarse una foto con cada uno de los asistentes? Me explicó que si alguno de nosotros llegaba a ser tremendamente famoso, tenían la foto para el Granma demostrando que Fidel era amiguísimo nuestro. Mi foto, por supuesto, languidece por algún lugar del Minint.

Roberto Fernández Retamar, que había sido agregado cultural de la embajada de Cuba en México
No sé cómo fue que en la hora siguiente, antes de la cena multitudinaria (de bufete, de pie), un grupo de no más de diez de nosotros acabó en un despacho con Fidel hablando de la marejada. Era impresionante. Ciertamente era el hombre mejor informado de Cuba o, por usar una figura común en América Latina, no se movía una hoja en la isla sin que él recibiera un informe. Pero ésa, me parece, era parte de su maldición. Con cuatro informes de meteorología y cuatro de los riesgos sanitarios de la inundación de buena parte de la ciudad, hablaba como un absoluto experto en clima, aire, mar, tierra, medicina, navegación, microbiología, epidemiología y conducta humana en casos de desastre. Sin una sola duda.

Conozco el sistema. Los periodistas, y en particular los divulgadores científicos, lo usamos como parte del oficio: obtienes muchos datos incompletos pero bien vertebrados, y los hilas dando un panorama general que es verdad en lo esencial y da una idea bastante buena, con las metáforas y juegos de palabras del caso, de lo que estás tratando de transmitir, especialmente cuando estás tocando temas difíciles para el público en general: cuántica, materia oscura, epigenética. Pero uno sabe que está vistiendo a la realidad con cierto ropaje para llevar una parte del conocimiento a sus lectores. Lo peligroso sería que, luego de leerse cuatro papers y doce notas periodísticas sobre seguridad nuclear para un artículo, se creyera uno capaz de ponerse al frente de la seguridad de la central nuclear de Garoña.

Que era lo que hacía Fidel. Tan desbordante como su carisma era su arrogancia, su sensación de infalibilidad. Recordaba yo casos contados por los amigos, donde después de una explicación somera Fidel se consideraba experto en robótica (software y hardware) y tomaba decisiones que al final resultaban desastrosas. Y lo mismo en genética ganadera (algo hay de una brillante idea de cruzar ganado lechero con cárnico). En fabricación de lápices (la de Batabanó es histórica). En cultivo de mandanga, en aeronáutica, en producción editorial, en recetas de jambalaya y en geopolítica de países donde nunca puso un pie.

Fidel con Fraga precisamente en 1992.
Los hombres del poder siempre son peculiares pero siempre son demasiado iguales con poquísimas excepciones (recuerdo a dos o tres: Cuauhtémoc Cárdenas, sin duda, entre ellos). Fidel no es distinto de la mayoría de los grandes magnates a quienes les escribía yo informes anuales de sus enormes empresas (aunque, es cierto, alguno de éstos toleraba que yo le dijera que no a algunas de sus presuntamente grandes ideas), ni distinto de los presidentes del PRI como López Portillo o De Gortari, tan convencidos de su grandeza como fulcro sobre el cual habrá de apalancarse toda la historia. No son ni tan malos como creen sus adversarios ni lejanamente tan buenos como ellos se ven ante su amigo, el espejo. Hablar con Fidel era agradable porque su mayor habilidad era, precisamente, la del buen líder, el gurú, el charmer: te relajaba, te hacía sentir importante, era simpático, sabía fingir la honestidad (que, como dijo Groucho Marx, es lo más importante), el interés. Es esa capacidad singular de evocar la credibilidad que iguala, a ojos del seguidor, a Charles Manson, a Lenin, a Mandela y a Martin Luther King, por pensar en personas casi imposiblemente diferentes. Avasallaba. Pero al mismo tiempo, cualquier actitud medianamente crítica ante su despliegue mostraba al hombre fatuo, demasiado, como dice el poema de José Gorostiza: "Lleno de mí, sitiado en mi epidermis", al hombre frágil que a nada teme más que a su propio tropiezo, a aquél cuya imagen depende de la adoración de los demás. No deja de ser metafórico que el fin de Fidel comience cuando su torre de fortaleza se puso en duda con un tropezón bajando un par de escalones. Allí dejó de ser el superhombre, el de las canciones de Carlos Puebla, la luz del amanecer.

El resto de la noche fue comer y hablar. Fidel se disculpó por lo modesto del banquete (había de todo menos langostas, recuerdo) y lo atribuyó al Período Especial sin atribuirse él su casi total responsabilidad de que Cuba hubiera llegado al día de la disolución de la URSS sin ninguna capacidad de maniobra propia, y que acabara siendo salvada por los terribles y voraces hoteleros españoles atraídos por, hágame usted el favor, Fraga. Nosotros hablamos de cosas y Fidel, sin comer un bocado, se apostó en el dintel de una puerta, dos escalones por encima de nosotros, entre dos guardaespaldas impresionantes, más altos que él, hieráticos y sólidos. Allí atendió a quien quiso acercarse a hablarle, a saludarle, a pedirle u ofrecerle, como cualquier visitante a la corte, acercándose al trono para saborear el poder vicariamente o para hacerse con una esquinita del mismo, de ese manjar inmenso que es la omnipotencia. La fila ante Fidel nunca menguó mientras duró el convite.

Dos o tres horas después, el asunto se dio por terminado. Cuando salimos a la noche habanera, uno de mis amigos mexicanos se encontró con Tomás Borge, el comandante sandinista, y lo saludó efusivamente. También saludé a Borge, pese a que ya para entonces habían perdido toda autoridad moral con el saqueo de 1990, la "piñata" sandinista donde los revolucionarios se asumieron sin vergüenza alguna como oligarcas. Si hubiera sabido que Borge estaba por publicar un libro en el que loaba a Carlos Salinas de Gortari, presidente mexicano que destrozó al país en su enloquecida carrera por alcanzar la relevancia internacional como gran líder neoliberal, a él sí que le hubiera negado la mano. Pero uno nunca sabe cuán hijos de puta pueden ser los hijos de puta, qué le vamos a hacer.

Ah, sobre los amigos, los proverbiales amigos cubanos, los entrañables aunque a veces farragosos y expansivos amigos cubanos... de todos aquellos quedan en la isla dos, acaso tres. Los demás, en Canadá, en España, en Alemania, en Bélgica, en Estados Unidos, algunos murieron, los menos. Se les quiere.

Y que te lo cante Willy Colón.

13.6.17

Trump, Podemos y el poder


Hay un punto de coincidencia entre Donald J. Trump y Podemos (al menos en buena parte de su cúpula) que me resulta enormemente inquietante. No, no me refiero a su preocupante tendencia a mentir, eso que la portavoz Kellyanne Conway describió en eufemismo para la historia como alternative facts o "hechos alternativos", ni a su populismo capaz de ofrecer cualquier cosa por el poder, manipulando sobre todo a quienes peor han salido parados de los acontecimientos de los últimos años... cosa que hacen los populistas sin importar el país, los acontecimientos o cuándo sean los últimos años (más datos con Adolf Hitler, Vladimir Lenin, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez o Alberto Fujimori, por mencionar a unos pocos).

No, a lo que me refiero es a la peculiar concepción del poder que tienen. Fundamentalmente, han pasado la vida manteniendo dos creencias de gran relevancia en su accionar e íntimamente imbricadas entre sí.

La primera, que el poder es un monolito en el cual trabajan de la mano todos los que lo tienen. Es la teoría de que hay una colusión PP, PSOE, Ciudadanos, Ibex 35, poder judicial, iglesia católica, Union Europea, Bilderberg, Banco Mundial, FMI, Estados Unidos, etc., en la cual no existen diferencias de opinión ni pugnas internas, ni mucho menos ideas contrapuestas. Todos actúan de manera concertada y bajo un mando único. Conquistar el poder político equivale, en su fantasía, a conquistar todo el poder.

Donald Trump está convencido, todavía, de que ha sido electo emperador de los Estados Unidos y que todos deben doblegarse a su poder. En la tormenta de abono orgánico que se cocina en los alrededores de su alucinante persona, cada acción parece estar marcada por esta convicción. Le pide lealtad personal al director del FBI porque todo mundo debe ser leal al presidente, y es él. Cambia las cifras para decidir que millón y medio de personas asistieron a su toma del poder porque está seguro de que los medios de comunicación siempre han hecho lo que quiere el presidente y puede dictar las noticias desde su cuenta de Twitter. Por ello mismo, al ver que los medios de comunicación o algunos legisladores republicanos, o servidores públicos con una ética medianamente sólida se le confrontan, lo toma como algo personal y acaba proclamando una conspiración.

Mientras escribo estas líneas, su amigo Christopher Ruddy, presidente de Newsmax Media, acaba de informar que Trump se plantea la posibilidad de despedir (como despidió al director del FBI James Comey, desatando una sucesión de acontecimientos que ponen ya en riesgo su presidencia) al fiscal especial James Mueller, cosa que técnicamente sería posible pero políticamente equivaldría a un suicidio espectacular. De hecho, ya algunos legisladores demócratas e incluso republicanos han advertido que cualquier intento por despedir al muy apreciado investigador sería no sólo inútil, sino contraproducente.

El poder absoluto, claro, sólo se tiene en dictadura. Allí es donde Trump se ha confundido y está en ruta de colisión con los "contrapesos y equilibrios" de la todavía funcional aunque herida democracia estadounidense. Y Podemos se confunde profundamente cuando se plantea reproducir en la política nacional los esquemas autoritarios de su estructura partidista, ésa que finge una democracia cuidadosamente dirigida para que siempre salgan las cosas como lo desea el único líder. Allí es donde algunos personajes del Gran Guiñol ibérico del nuevo milenio se han estrellado, como El Kichi, alcalde con apodo, que ha llevado enérgicos sopapos de la realidad a cargo de los suyos y de los que ayer eran suyos, de los que se oponen a él y, sobre todo, de quienes lo votaron esperando que hiciera efectiva una lista de la compra más fantasiosa que mis cartas a los Reyes Magos cuando era un niño más bien pobre pero con sueños generosos.

Kellyanne Conway el día que inventó los "hechos alternativos" para justificar las mentiras
del jefe de prensa Sean Spicer sobre el público presente en la toma de posesión de Donald Trump.
Y esto engrana con la segunda creencia que vincula la visión, retorcida y profundamente psicótica, de Podemos y del todavía presidente de los Estados Unidos: que todo el manejo del poder (político, económico, social, religioso, mediático) depende de la voluntad de quien ocupa el poder. Es decir, que si se rescata un banco, se aumenta un subsidio, se promulga una ley, se determina una estrategia energética, lo que sea, depende todo de que alguien "quiera" que ocurra. Es decir, que no hay condicionantes objetivas del ejercicio del poder.

En el caso de Trump esto se explica al menos en parte por una historia personal de bullying hacia todos a su alrededor, una megalomanía basada en el poder del dinero y una falta absoluta de rendición de cuentas hacia nadie en toda su vida. En el caso de Podemos, coinciden desde la visión profundamente conspiranoica de la realidad hasta las consejas de autoayuda del new age que nos dicen que "querer es poder" o que "nada es imposible". Desde la idea de que quienes piensan distinto no son seres humanos sinceros y honestos sino malvados villanos de película de serie B hasta la autoerotización que implica saberse, proclamarse, creerse firmemente la única salvación de El Pueblo®.

Recuerdo vivamente a Juan Carlos Monedero defendiendo el primero de los seis o siete programas políticos que ha enarbolado Podemos en los breves tres años y tres meses de su existencia. Hablando en televisión de la promesa del partido de legislar la jubilación a los 60 años, hacía una amplia exhibición de su desapego de la realidad asegurando al entrevistador que todo el asunto era cuestión de "voluntad política", que una vez que Podemos ocupara La Moncloa "los técnicos" recibirían el encargo de ver cómo se hacía la jubilación a los 60 años y se conseguiría. El muy doctorado profesor de la Complutense no parecía dispuesto a imaginarse que habría alguna limitación a su "voluntad política", algo tan sencillo como "no hay dinero", por ejemplo. Con la visión de lo que con los años sería Donald Trump, calculaba que su palabra era ley, y una vez expresada su voluntad, nada podía oponerse a ella.

Juan Carlos Monedero en 2013, cuando se preparaba el lanzamiento de Podemos.
Allí también, la realidad le ha dado lecciones brutales (y cada día más egregias) a Donald Trump, mientras que en Podemos el liderazgo se desvive por impedir que sus legisladores a nivel nacional y regional, e incluso sus ediles en los más variados municipios, se "acomoden" en el poder. Lo que esto quiere decir es que la dirigencia (vamos, Pablo Iglesias y su camarilla más cercana, ésa que cambia según le conviene) teme que los valerosos revolucionarios que ocupan espacios de representación moderen su vocación de asalto a los cielos, de combatividad callejera y entregada, de vibrante mitín y discurso para el aplauso de los convencidos, para ocuparse de la a veces miserable tarea de sacar los números para ponerle un banco en el parque a los vecinos de tal barrio al tiempo que se le dice a los de otro barrio que no hay para arreglar los baches de cierta calle o que no alcanza el dinero para ampliar los horarios del autobús municipal los sábados y que lo del techo para el parque infantil tiene que esperar al año próximo, si los presupuestos dan de sí.

La visión que se tiene a nivel de la calle, y que uno puede explorar a fondo en las redes sociales, es muy similar a la que tienen Trump y Podemos. Todo lo que pasa tiene un responsable y éste es malévolo. Todo se arregla queriendo. Todos están confabulados contra "nosotros". De ahí proviene una buena parte de su atractivo electoral en campaña. Huir de la complejidad es parte de su encanto, ya sea como una simulación bien orquestada o como parte de su incapacidad de entender la realidad. Y como en casos muy sonados, sobre todo en cuanto a corrupción, están efectivamente reflejando una parte del sentir popular, tirando del hilo sacan madeja. La administración y la legislación son, sin embargo, mundos muy diferentes al del mitín electoral, en los cuales se tiene que trabajar con la realidad y únicamente con la realidad, donde multitud de grupos de interés en conflicto --y todos con una porción del poder-- buscan su beneficio y jódase el vecino. Y donde hay que trata de no quedar del todo mal con nadie porque va a usar su poder contra nosotros. Sin miramientos.

La caída muy probable de ambos (Trump de la presidencia y Podemos de una posición electoral real de competencia por el poder) no es en su esencia distinta de la caída de otros populistas, en gran parte por el principio de Jacques Abbadie habitualmente mal atribuído a Abraham Lincoln: se puede engañar a toda la gente parte del tiempo y se puede engañar a parte de la gente todo el tiempo, pero es imposible engañar a toda la gente todo el tiempo. Y cuando la gente se da cuenta de que le has visto la cara, no suele ser generosa al presentarte la factura.

Cierto, siempre habrá un núcleo duro que te creerá todo, que justificará todas tus barbaridades y que tapará todas tus mentiras, sean Kellyanne Conway o Pablo Echenique, pero otros simplemente te darán la espalda.

Cuando no opten por colgarte por los pies como a Benito Mussolini, por mencionar a uno.

16.5.17

¿Un relato contra la democracia?


El sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista dedicado, sino la gente para la cual ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción, lo verdadero y lo falso.  
― Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo
Desde que Susana Díaz llegó a la presidencia de Andalucía, me he asombrado de la narrativa (como le llaman ahora a la historia fabricada) que la rodea. Y no porque desconozca los mecanismos de lucha de poder que hay en toda organización política (esos mecanismos que asombran, cuando conviene, a algunos que los conocen aún mejor), ni porque hubiera tenido una simpatía especial de entrada por la política andaluza. De hecho, el relato de sus adversarios (dentro y fuera del PSOE) condicionó en parte mi enfoque al análisis de su accionar político. Hasta que resultaba evidente que estábamos ante uno de esos mitos a los que somos tan afectos, y que se desmoronan en cuanto se les contrasta con la realidad.

Finalmente, la narrativa de odio que ha conformado buena parte de la imagen de Susana Díaz, construida primero desde la derecha y luego retomada alegremente por el fascismo-leninismo de Podemos para acabar siendo adoptada por algunos que en el propio PSOE han perdido totalmente la brújula, es una narrativa de desprecio a la democracia y ha derivado en una teoría de la conspiración tan descabellada que no es sostenible desde ninguna posición racional. Y que tiene implicaciones graves más allá de su partido.

Si un líder es electo por sus compañeros para encabezar un partido, se considera que es representante legítimo. Salvo si es Susana Díaz, que, nos dicen, alcanza la SG del PSOE de Andalucía por alguna mala arte mediante la cual obligó a que la votara gente que no quería votarla. Y que además nunca ha denunciado cómo fue obligada. Más poder, ni Kim Jong-un.

Si el líder mantiene la lealtad de sus compañeros, se considera que está haciendo bien su trabajo. Salvo si es Susana Díaz que, nos dicen, acude a "su poder" para mantenerse como SG pese a la voluntad de sus compañeros. Ni Putin.

Si gana unas primarias _sin oponentes_ en su comunidad porque ninguno de los otros aspirantes tiene los avales necesarios para enfrentarse a ella, uno piensa en un liderazgo sólido, con entidad y altamente representativo. Salvo si se trata de Susana Díaz, que entonces ha realizado manipulaciones casi mágicas para que fracasen los contrarios mientras que sus votantes, hipnotizados, la avalan como protagonistas de Walking Dead. Ni el PRI.

Si dicho líder gana las elecciones y lleva a su partido al gobierno de su comunidad, consideramos que ha sido fiel reflejo de la voluntad popular y un triunfo para las ideas de su partido y la forma en que las enarbola el líder. Salvo si es Susana Díaz, que según el relato común de cierta prensa, ha ganado de manera extraña y dudosa, de modo que su legitimidad como presidenta nunca es asumida. Ni Pinochet.

Si para ello el líder vence un pulso político con los peores enemigos del partido, pensaríamos que ha demostrado habilidad, capacidad y buen hacer en la lucha de las ideas y la fuerza de su partido. Salvo si es Susana Díaz, en cuyo caso se pone en duda el mecanismo de su triunfo (por ejemplo, obtener la anuencia para gobernar de un partido opositor, mismo partido opositor del que otros echaron mano sin consecuencias). Ni Goebbels.

Si ese mismo líder concita el apoyo de casi todos los demás líderes de su partido, que a su vez han sido electos como responsables territoriales y sectoriales por sus propios compañeros en sendos procesos democráticos, hablamos de un partido unido y un liderazgo sólido. Salvo si es Susana Díaz, en cuyo caso se presume una conspiración del "aparato" para la cual se debe deslegitimar implícitamente a todos los líderes electos por sus compañeros y decir al mundo que tu partido no tiene democracia interna... de las más sólidas deslealtades imaginables. Ni Luis XVI.

Si ese mismo líder, en una campaña nacional, obtiene un 10% más de avales que su más cercano competidor, consideramos que es una ventaja holgada (más hoy, cuando las elecciones se resuelven por porcentajes mínimos) y una demostración de que sus seguidores en todo el país le han dado, también, su confianza. Salvo si es Susana Díaz, porque entonces nos dicen que sus avales son ilegítimos, que quienes han firmado por ella lo han hecho obligados, presionados, robados de su voluntad, y se dice que el perdedor "sólo" tuvo 10% menos, como si fuera poca distancia. Ni Franco.

Resulta un desafío creer todo eso al mismo tiempo... y sin una sola prueba. Y resulta asombroso que algunos lo crean con tanto entusiasmo como falta de visión crítica, sobre todo dentro del partido de la propia Díaz.

Estos hechos son material de reflexión válido más allá de simpatías y antipatías personales, incluso más allá del partido al que uno pertenezca o al que vote, por costumbre o por convicción. Entra en los terrenos de lo que antes se llamaba "mentira", "manipulación", "embuste" y "desprestigio" y ahora se llama "postverdad" y "hechos alternativos". Y esa "narrativa" alternativa sirve directamente a los objetivos a los que hacía referencia Hannah Arendt en la cita que abre esta reflexión.

Sería fácil acudir a explicaciones precocinadas para el fenómeno de la narrativa de la malvada Díaz: porque es mujer, porque es andaluza, porque le tienen miedo a su liderazgo, porque es rubia... pero esos ejercicios de tertuliano bien pagado carecen de sentido. Más que preguntar por qué se ha creado esta imagen tan negativa entre quienes nunca han escuchado directamente hablar a Susana Díaz, lo primero es señalar lo extraño que resulta esta narrativa, el que existe de espaldas a la realidad y los objetivos que busca. Sobre todo en los escenarios posibles del futuro: ¿Qué pasará si Díaz gana -como es previsible- las primarias del PSOE? ¿La narración oficial será que todos los socialistas están siendo manipulados, convertidos en rehenes de a saber qué amenazas y chantajes? ¿Y si llegara a Moncloa?

¿Hasta dónde se puede denigrar a la democracia, a sus procesos y mecanismos de protección, a los votantes (cuando es más fácil decir, cuando se pierde, que los votantes son estúpidos o manipulados que asumir los propios errores), a la legitimidad que proviene del simple concepto de que la soberanía dimana del pueblo y éste la deposita en representantes mediante mecanismos electorales?

La respuesta importa... y a corto plazo.

24.6.16

No puedo votar de otra forma


(Esta entrada resume y enlaza mucho de lo que ha sido este blog, cuyos meandros aún no consigo desentrañar, pero que ha llegado hasta aquí, y luego seguirá hacia no sé dónde...)
Estoy habituado a las descalificaciones ideológicas, como cualquiera que haya opinado abiertamente de política toda su vida. Me han tocado de la derecha y de la izquierda.

Obviamente es difícil para quien piensa distinto imaginar que mi posición política no es el punto donde "renuncio" al pensamiento llevado por lo visceral, sino que es el punto al que me ha llevado la observación crítica de las sociedades tanto históricamente como personalmente en los ya no pocos años que me ha tocado vivir.

Soy socialdemócrata porque la socialdemocracia ha demostrado ser la ideología más eficaz que tenemos para transformar las sociedades de modo permanente y hacer más feliz a la gente, permitiéndoles vivir más plenamente, más tranquilamente, con mayores oportunidades de desarrollarse. Obteniendo resultados claramente más deseables que los obtenidos en sociedades organizadas sobre otras ideas. A las pruebas me remito.

Mi opción se debe a la constatación de que la socialdemocracia puede equilibrar derechos, libertades, justicia, igualdad de oportunidades, atención a los más débiles o desposeídos por medio de la solidaridad, el reparto equitativo de las cargas sociales y el diseño de una sociedad de bienestar donde la prioridad sea erradicar la pobreza y la desesperación.

La socialdemocracia es la izquierda eficaz, la que ha servido a más personas para vivir mejor, siendo menos emocionante que la épica de un discurso de cinco horas, un pelotón de fusilamiento o un himno cantado por el coro del Ejército Rojo. La socialdemocracia ha conseguido normalizar logros sociales que en sus orígenes eran rechazados por los poderosos. La educación de los hijos de los trabajadores, la sanidad pública y universal, las pensiones... todos fueron motivo de escándalo para las buenas conciencias del poder. Pero convertidos en derechos en un esquema socialista posibilista y progresivo, se volvieron la norma. Por eso la derecha cavernaria y la izquierda del espejismo los reclaman como propios, les rinden hipócrita homenaje verbal, los añaden a sus programas y se ven obligados a respetarlos más de lo que desearían.

No creo en fuerzas mágicas, ni en la de la historia ni en la del mercado porque nunca han demostrado su eficacia. No creo que desmontar al estado sea solución alguna, como no lo es convertir al estado en el poder único de una sociedad. No creo en los odios genéricos sino en la crítica puntual. No creo en la división binaria de la sociedad que vende el fascismo (de derechas o de izquierdas) sino en una diversidad desafiante. No creo en el simplismo, sino en la complejidad social y humana.

Cuando el socialismo democrático ha gobernado España, los beneficios obtenidos por la sociedad han sido muy superiores a las dificultades provocadas por sus errores. Todas las libertades, las leyes sociales, los derechos, han sido creados, defendidos y legislados por los socialistas, salvo cuando han sido bloqueados por la derecha cerril (de las más retrógradas de Europa) o por la izquierda regresiva (que oscila entre el amor a la violencia y las ínfulas de una grandiosidad imaginaria).

Los errores se estudian para superarlos, para aprender de ellos, para cambiar. Es inútil convertirlos en letanías sin contenido o en acusaciones vanas. Los socialistas han reconocido errores y han luchado por superarlos, aprender y cambiar, con resultados alentadores. No han alcanzado la perfección moral, pero ni la reclaman para sí ni admiten que otros se la adjudiquen. Quien se atribuye la perfección moral, miente, sea cura o profesor, mesías místico o laico. Y estoy harto de que tantos se la atribuyan a sí mismos o a sus líderes-fetiche.

Sé que no hay soluciones a todos los problemas, que gobernar es elegir, tomar decisiones. Me gustaría que las hubiera, pero la realidad opina distinto. Es más, sé que las soluciones son complejas, insuficientes, siempre, criticables por supuesto (desde la mala fe es posible argumentar contra cualquier acción, cualquiera) y muchas veces sólo valorables en perspectiva histórica. Y que no hay soluciones fáciles, porque la sociedad es un ente complejo cuyo avance no se decreta mediante bando solemne la soleada mañana en que el líder conquista el poder. Nunca ha ocurrido.

Adicionalmente soy antinacionalista y entiendo que el nacionalismo es ineludiblemente de derechas. Soy principista, porque sé que los partidos son herramientas, no fines. Creo en la militancia limpia y no en las militancias de la venganza, y prefiero los líderes electos libremente antes que los señalados a dedo o en listas tramposas. Todo ello me aleja igual de la derecha cerril que de la izquierda regresiva.

Votar al PSOE no significa que crea que el cambio se vaya a operar de modo milagroso, que todos vayamos a quedar satisfechos, que se instaure el paraíso en la tierra o que los problemas se disipen prodigiosamente al influjo de una investidura. Ni siquiera creo que todos los electos se ajustan a los más elevados estándares de comportamiento, algún pillo habrá, no hay familia sin él, pero espero con confianza que todo culpable sea echado, desconocido y acusado por su propio partido... porque ya ha ocurrido en el PSOE y no en otros partidos, sencillamente.

Votar al PSOE significa votar por lo que es posible. No por la grisura de quien ve en la ruina de media España la esperanza para la otra mitad (donde coinciden la izquierda regresiva y la derecha cerril, aunque defiendan mitades distintas). No por las promesas delirantes y las emociones desbordadas que nublan el razonamiento, no por el rencor acumulado, no por la revancha, no por la mentira, no por el engaño, no por el camorrismo y la altanería, no por la bajeza y la delincuencia (grande o pequeña) encubierta por la desvergüenza, no por el iluminadismo ni por el inmovilismo.

Y las agresiones, las descalificaciones, el pandillerismo, los insultos, la opacidad, el trolleo anónimo, la demagogia, la mentira como estrategia, la incondicionalidad del mal periodismo y el odio reconcomiado de quienes se presentan como opciones no hacen sino consolidar lo que es resultado de una reflexión profunda, votar al PSOE es votar a favor de lo mejor a lo que podemos aspirar y contra lo peor de quienes quieren instrumentalizar a toda una nación para servir a su ideología o a sus intereses antes que a su gente.

En conciencia, no puedo votar de otra forma.

16.4.16

El infantilismo político y la puta realidad

"Niño llorando a la hora del almuerzo en el comedor de la granja". Pintura de August Heyn. Vía Wikimedia Commons.
Me preguntan por qué tengo la enorme osadía de votar al PSOE si este partido, las veces que ha tenido el poder en España, no ha instaurado el paraíso socialista ni ha cumplido al 100% con la totalidad de sus puntos programáticos.

Me explico: el socialismo democrático tiene entre sus principales pilares ideológicos la lucha contra la pobreza y contra la injusticia. Lo que algunas personas plantean es que el hecho de que el PSOE haya gobernado y sin embargo no haya acabado con la pobreza y la injusticia, y que además haya emprendido acciones que a muchas personas no les han gustado o incluso les han afectado negativamente, es suficiente para retirarle todo apoyo a los socialistas y pasarse a la derecha, al criptoleninismo, al marxismo inútil o a ese cajón cómodo y anodino de "apolítico" que es valedor de la peor derecha.

En concreto, me han preguntado (y la pregunta me asombra, tengo que reconocerlo) por qué siendo un ateo militante (y autor de un libro sobre el tema, perdonará usted la publicidad) no he actuado violentamente contra el PSOE, ya sea golpeando a sus dirigentes (cosa muy bien vista en algunos viejos partidos recién inaugurados) o al menos optando por votar por comunistas de diversos sabores o por neoliberales con coloridas máscaras variadas.

El problema primero es que no soy ni nunca fui comunista, y que no soy ni nunca fui tampoco neoliberal. Siempre he sido socialdemócrata y el único partido que en España defiende los ideales de la socialdemocracia desarrollados a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial es el PSOE. Pero además yo entiendo claramente por qué el PSOE no ha acabado con la pobreza, no ha acabado con la injusticia, no ha establecido un estado laico ni ha roto con el Vaticano y, además, ha tomado decisiones poco populares que le han valido los ataques de quienes rehuyen de toda complejidad, los maniqueos, los ideólogos del blanco y negro, los todoonadistas.

No soy muy fan de José Mújica porque me parece que tiene mucho de simulador y de asceta religioso, y su presidencia no fue todo lo que anunciaron sus incondicionales (especialmente los que en su vida pisaron suelo uruguayo). Pero una frase suya me parece llena de verdad: "La patología de la izquierda es el infantilismo. Es la confusión permanente de la ilusión con la realidad".

Resulta enormemente lamentable admitir que la izquierda, al menos en grandes sectores de personas que no participan de la política efectiva, tiene esa actitud de niño rico malcriado que no admite que no sea posible tener cuanto desean al momento. De hecho, en el fallido intento de recrear el 15M hace unos días en la Puerta del Sol, en Madrid, había un cartel que expresaba esta actitud con prístina claridad: "Lo queremos todo".


La respuesta, obviamente es: "Nosotros también, pero no se puede".

¿No se puede? Ésa es una argumentación que cae en un vacío conceptual absoluto para ciertas personas y grupos, en un agujero negro de su teoría (llamémosle así a falta de otro nombre) política.

Para que el infantilismo de las bases militantes florezca, es necesario, primero que nada, que haya una voluntad demagógica entre sus dirigentes. Es decir, como ya hemos comentado ampliamente en este blog, que haya personas con la desvergüenza política de a) decir que los problemas no son complejos, b) asegurar que las soluciones a los problemas son sencillas, c) señalar que las soluciones no se dan porque quienes han tenido el poder no han querido aplicarlas (son imbéciles, son ignorantes, son malvados, o todas las anteriores) y d) prometer que si ellas llegan al poder aplicarán de modo rápido e indoloro las sencillas soluciones que harán realidad el paraíso en la tierra.

Violines.

Claro que basta reflexionar un poco para darse cuenta de que es muy probable que esto sea un vuelo de la fantasía a cambio de votos y poco más, pero la demagogia tiene como una de sus tareas básicas impedir que sus víctimas reflexionen, lo que se consigue mediante el recurso permanente a las emociones, al entusiasmo, al símbolo, a lo cursi, incluso. Como los charlatanes de la videncia, aportan numerosos símbolos y conceptos vacíos que ya la gente se encargará de llenar con sus propias aspiraciones: "tendremos una democracia real" suena bien pero no significa nada, o significa todo: para algunos será democracia directa asamblearia, para otros será un referéndum constante, para alguno más será simplemente la derogación de la monarquía... ¿de qué está hablando el que promete "democracia real ya"? Nunca lo dice, decirlo implicaría comprometerse y quedar mal con parte de su potencial electorado.

Javier Fernández, presidente socialista de Asturias, se ha comprometido "a no decirle a la gente lo que quiere oír, sino a decirle lo que tiene que saber". Es precisamente lo contrario de lo que hace la demagogia.

Así que, se concluye, quien gobernó y no decretó el paraíso es malvado. Y seguramente no es "de izquierda" (otro concepto tan vago que para alguno es el comunismo leninista, para otro la anarquía bakuniniana, para alguno el liberalismo social de Obama y para otros quemar contenedores y patear policías). Y quien así piensa (permítaseme la figura de lenguaje) se puede sentar muy contento a sentirse víctima de quien "lo traicionó".

El exarzobispo de Madrid, cardenal y prelado ultraconservador Antonio María Rouco Varela. (Imagen CC vía Wikimedia Commons)
El caso de la iglesia

He comentado cómo la modificación al artículo 135 no sólo es distinta a lo que se ha relatado a la gente sino que salvó a España de la intervención y, esto nadie lo cuenta, no entra en vigor sino hasta el 2020. Puedo relatar también que la agilización de los desahucios por parte del gobierno del PSOE abordó el problema de los inquilinos morosos profesionales, gente que alquilaba inmuebles, no pagaba y vivía años gratis porque el proceso judicial para recuperar el inmueble era de una lentitud agobiante. Como la enorme mayoría de caseros de este país son particulares y tienen su piso como única fuente de ingresos, eran terriblemente victimizados por una legislación absurda que fue la que se cambió: la legislación de desahucios por morosidad de alquiler, nada que ver con los desahucios hipotecarios, repito. Y también puedo señalar cómo la reforma laboral de Zapatero en 2010 tenía por objeto parar la oleada de despidos y el crecimiento desbocado del paro. Y al mismo tiempo se amplió la ayuda de 428 euros para los parados sin prestaciones. Se hizo para tratar de evitar el cierre o fuga de empresas ofreciendo alternativas al despido... alternativas no agradables, pero mucho mejores que el despido y cierre de las empresas. Eran medidas desagradables, pero la opción, no hacer nada, era aún peor.

Eso es lo que no suele contar la izquierda regresiva y manipuladora, que no tiene el valor de decir que los problemas son complejos, que las soluciones siempre serán insuficientes, que el camino es difícil y que los frutos que se obtendrán no serán perfectos, de modo que hace demagogia de derecha diciendo lo opuesto.

Lo mismo pasa con el problema del laicismo y la iglesia católica en España.

En la Casa del Pueblo de Avilés, impartiendo el taller de laicismo para Juventudes Socialistas de Asturias.
Recientemente impartí un taller sobre laicismo para las Juventudes Socialistas de Asturias y, por supuesto, el tema fue parte central del debate: ¿por qué el PSOE no ha abordado directamente los temas del laicismo del estado, de la religión en la educación, del concordato con el Vaticano o los impuestos a la iglesia?

El primer punto es que, de todo un programa electoral, los partidos convertidos en gobierno se ven en la necesidad de establecer prioridades. Es decir, por sinceros que sean en la expresión de sus ideales y deseos y proyectos para el país, no se puede hacer todo al mismo tiempo y menos el primer día de legislatura, y por tanto hay que hacer las cosas en orden regidos por elementos absolutamente rígidos como qué es más urgente, qué es económicamente viable aquí y ahora, qué es políticamente posible y tiene el apoyo de las mayorías.

Y es que cuando un partido gana elecciones, no puede ni debe asumir que todos sus votantes están de acuerdo con absolutamente todo su programa, proyecto o ideario.

Claro que a muchos partidos eso les da igual. Tienen el poder y no tienen interés en matizar. Yo, personalmente, prefiero a un partido capaz de matizar. Y en el caso de la relación con la iglesia y la religión hay elementos que no se pueden pasar por alto: hay muchos militantes socialistas que son religiosos, mayoritariamente católicos, y lo mismo pasa con muchos de sus votantes.  De otra parte está la capacidad movilizadora de la iglesia y su innegable poder político y económico. Y están los ordenamientos supranacionales a los que todo gobierno debe atenerse so pena de ser excluido de la comunidad internacional en la que vive y comercia.

Traducción: no se puede actuar contra los militantes y votantes, las acciones se deben emprender de tal manera que eviten las movilizaciones de la iglesia y sus grupos, y no es tan fácil, por ejemplo, cancelar el concordato (que es un instrumento con valor jurídico internacional) de modo unilateral, porque el resto del mundo se preguntaría, claro, cuál será el siguiente tratado internacional que nos vamos a ventilar.

Todo gobierno de izquierdas actuará en contra de las religiones, por principio. En nuestro caso contra la iglesia católica, sobre todo. Como señalé en el taller al que enlazo arriba, la iglesia pretende opinar (e imponer su visión) en asuntos de vida y muerte, gravísimos y muy relevantes para la sociedad: divorcio, homosexualidad, anticoncepción, matrimonio igualitario, derecho al aborto, muerte digna... Y, digan lo que digan los infantilistas que se quedan en su capricho, sin duda es más conveniente para la sociedad --y respetuoso de los principios socialistas-- gastar el capital político de un gobierno de izquierda en una legislación más progresista sobre el aborto, en el matrimonio igualitario, en la muerte digna, en la defensa de la anticoncepción y otros asuntos, sí, de vida y muerte, porque su resolución representa un mucho mayor beneficio social que otras acciones que son también parte de las propuestas del partido, como el fin de los conciertos educativos o la renegociación del concordato, pero que son menos urgentes, ofrecen menos beneficios evidentes y necesitan un consenso mayor. Los cambios constitucionales, por ejemplo, según la propia constitución, requieren de mayorías de hasta 3/5 partes de los legisladores, así que aún con mayoría absoluta no siempre es posible hacerlos, por mucho que los subraye el programa político del partido a cargo.

El gradualismo es indispensable. Yo proponía, por ejemplo, comenzar a aplicar impuestos a algunos inmuebles propiedad de la iglesia católica, que sigue siendo una de las más grandes terratenientes de este país, pero no a los templos, porque si uno empieza diciendo que se le va a cobrar impuesto sobre bienes inmobiliarios a la catedral de Sevilla, sus propios votantes lo van a poner a caldo y la jerarquía se va a lanzar a derrocarnos.

Es necesario, entonces, haber vivido en una cueva con la entrada obturada con una piedra hermética para decir que los gobiernos socialistas no han actuado contra la iglesia. No han hecho todo, cierto, este "todo" del infantilismo. Porque no se puede hacer todo. Pero lo que han hecho enfrentando al poder de la iglesia en términos de repercusión en una vida mejor para la sociedad no puede despreciarse. O para despreciarlo es necesario bajar varios escalones morales. Lo que el PSOE en el gobierno ha hecho contra la posición de la iglesia es notable: divorcio, aborto, igualdad entre los sexos, respeto a las diferencias, matrimonio igualitario, respeto a las personas sexualmente diversas, que la materia de religión dejara de ser evaluable... ¿cómo es posible no verlo y cómo es posible despreciarlo cuando así se le devolvieron derechos a grandes colectivos enfrentando con éxito (no sin raspones) al poder del Vaticano?

Movilización de la iglesia católica contra el matrimonio igualitario y el presidente Zapatero.
Cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero estaba bajo asedio por la iglesia y sus huestes debido al matrimonio igualitario, cuando la canalla de HazteOir salía cada semana a la calle, jaleada por los medios de comunicación de la caverna, no vimos en las calles defendiendo al gobierno a quienes hoy reclaman que, además, debilitado y apedreado, Zapatero no hubiera decidido incumplir el concordato, imponerle impuestos a los inmuebles de la iglesia, quitar el financiamiento a la iglesia (que existe por ley, es decir, actuando como autarca o dictador) y decretar la anulación de la materia de religión. Nada de eso, muy deseable y que defiendo e incluso me parece poco, habría sido viable.

Y menos con quienes se proclaman de izquierda saboteando al gobierno de Zapatero con tanto o más entusiasmo que las hordas de derecha y ultraderecha. Con el entusiasmo con el que no han saboteado, por cierto, al gobierno de Rajoy.

Y es que la iglesia no es Rouco tartajeando imbecilidades. A una ruptura de las reglas por parte del gobierno puede venir otra ruptura, digamos, una huelga fiscal de los grandes empresarios católicos (claramente mayoritarios). Huelgas en los centros educativos para azuzar a los padres contra el gobierno y otras consecuencias. No se puede hacer si no se tiene la fuerza política y el apoyo de las mayorías.

Es política real, no caprichos. Es la realidad, la puta realidad, y no el reino fantástico donde se cree como niños que la voluntad política (como solía afirmar Juan Carlos Monedero, el asesor mejor pagado del planeta) basta para que haya dinero suficiente a fin de emprender un aumento de 100 mil millones de euros en el gasto anual, o donde individuos y organizaciones se pliegan dóciles a los designios de los amos o se manda a la policía a romperles la contrarrevolución a palos (cosa que ya ni en Venezuela es tan eficaz).

Uno de los jóvenes organizadores del taller me contaba que él había sido concejal en el ayuntamiento de su pueblo y, como ateo y antirreligioso, se había propuesto no asistir a festividades religiosas, pero que la presión de su comunidad fue muy intensa hasta que decidió acompañarlos en sus saraos.

Y comentábamos que, precisamente, un gobierno sensato tiene que gobernar para todos, no sólo para sus votantes, sino para quienes no le votaron (salvo que uno se adhiera a las ideas de los líderes de Podemos que afirman que para consolidar el poder es necesario polarizar a la sociedad, crear al "pueblo-nosotros" y al "antipueblo-ellos" y gobernar sobre la confrontación, no sólo política, sino violenta en las calles, a fin de que el cambio se haga irreversible; es una visión, pero personalmente me parece repugnante).

Todo esto presenta un panorama bastante más complejo que el que se percibe desde el infantilismo. La izquierda regresiva e infantilista en España poco a poco se ha ido dando de frente con esa realidad, esa puta realidad, en la que el voluntarismo y las ideas más elevadas se tropiezan con hechos reales que hacen que el hada madrina no pueda mover la varita y resolver todo. En Cádiz, en Madrid, en Barcelona, los votantes ilusionados con la cascada de promesas de los promotores del infantilismo están empezando a ser presas de la ira... ni hay empleos, ni se han detenido los desahucios, ni se han resuelto los problemas de la gente. Los milenaristas y adanistas se han dado cuenta de que si tienes 10 para gastar y tienes 20 personas que te piden 2 cada una, hagas lo que hagas acabarás con 15 personas muy molestas, más aún si les habías prometido 4.

Lo mismo ha ocurrido en Grecia. Cuando Syriza dio a conocer los 40 puntos de su programa electoral, algunos dijimos claramente que la mitad, al menos, eran absolutamente imposibles de cumplir, que eran brindis al sol, que resultaban un embuste. La agresión de la que fuimos objeto por tal osadía era previsible. Pero teníamos razón. Al final Tsipras fue víctima de la puta realidad.


Ojalá y más votantes se desprendan del infantilismo promovido por la demagogia y comprendan que la complejidad se gestiona lo mejor que se puede, no como se quiere, y dejen atrás consignas fáciles, de frases precocinadas sobre la maldad de los socialistas (que son imperfectos, eso no se discute, pero se vota para tener un gobierno, no un coro de ángeles ni un papá) y antes que preguntar "qué hay de lo mío" se presenten a decir "qué hago para ayudar con lo nuestro".

Soñar no cuesta nada.

21.2.16

La fácil oposición

Actualización el 22 de febrero: Casualmente alguien citó algún estudio de uno de los teóricos de Podemos, Íñigo Errejón, que me pareció interesante. Conseguí el PDF de "Estados en transición: nuevas correlaciones de fuerzas y la construcción de irreversibilidad", ponencia que presentó en un seminario en Ecuador hace un par de años y que precisamente va en contra de lo que aquí planteo. Como allá dijo lo que nunca diría en España y en público, y como tiene que ver con esta entrada y con los desmanes de su gente en la tarea de gobierno, copio: "... la construcción de un pueblo requiere siempre la construcción de un “afuera”, de algo que no es el pueblo, de un “anti-pueblo”. Y en la gestión del anti-pueblo, uno tiene que tender a reconciliar al conjunto de la comunidad política pero a la vez un gobierno popular no puede disolver el antagonismo, no puede “gobernar para todos”. Es más, no puede dar siquiera la imagen de que gobierna para todos porque eso sería tanto como disolver la identidad popular que lo ha hecho mayoritario."
Gráfico de Gapminder mostrando la expectativa de vida comparada con los ingresos por persona. Este sitio y su creador, Hans Rosling, utilizan datos para darnos una visión más fiable de la realidad social, económica y de salud del mundo, información útil para cambiarlo.
No estoy de acuerdo con que haya gente sin hogar. No estoy de acuerdo con que haya niños sin una alimentación adecuada. No estoy de acuerdo en que haya gente en el paro. No estoy de acuerdo en que algunas personas pierdan su vivienda por impago de alquiler o de hipoteca. No estoy de acuerdo con que baje la calidad del sistema sanitario. No estoy de acuerdo con la guerra. No estoy de acuerdo con que los trabajadores no reciban salarios suficientes, ni que carezcan de un ambiente de trabajo seguro, sano, cuidado y respetuoso. No estoy de acuerdo con... bueno, es la idea.

¿Usted sí?

Quiero pensar que quien esté de acuerdo con que ocurra todo esto es una minoría, incluso en la derecha (al menos la que no depende de su más obsecuente visceralidad).

Oponerse a lo malo es fácil. Es más, es sencillísimo. No requiere demasiado esfuerzo intelectual ni hacerse cuestionamientos morales demasiado complejos. Es directo, en blanco y negro y lo deja a uno sintiéndose como un campeón de la justicia social.

Esta oposición obvia sin embargo dos asuntos fundamentales que deben venir después de la lamentación sobre el estado de las cosas: entender las causas de estos hechos perjudiciales y encontrar formas de resolverlos, de eliminarlos de nuestra sociedad. Y allí es donde solemos tropezar con la enormidad, la verdadera enormidad de algunos problemas, causalidades múltiples, responsabilidades compartidas, a veces errores de diseño en el sistema, a veces mala fe a carretadas, a veces el maldito azar y siempre, siempre, la imposibilidad de generalizar. No es igual, pongamos por ejemplo, quien no puede alimentar a sus hijos porque tiene un salario infame a manos de un empleador voraz que aprovecha que el empleo que ofrece es la última esperanza de un trabajador en una sociedad con un asfixiante 25% de desempleo, y quien no los alimenta porque aunque obtiene enormes ganancias de la venta de drogas, se las gasta en drogas para sí mismo, en timbas de póker y en borracheras. Ya sé que es un extremo, pero entre ambos extremos hay una gama enorme de matices, aplicables a todos los problemas, como los enumerados al principio de esta nota.

Uno, que ha vivido en la oposición, sabe que su posición es, en una u otra medida, extrema. Yo, pongo un ejemplo, deseo que las religiones organizadas desaparezcan, que el estado no financie a las iglesias y sus fiestas, que los medios de comunicación no emitan saraos religiosos y que la separación iglesia-estado no sea una meta, sino sólo el punto de partida del combate final de la razón contra la superstición. Al final, desearía que la religión fuera una memoria de la infancia intelectual de la humanidad y que las iglesias se convirtieran en museos y en bibliotecas.

Iglesia dominica de Maastricht convertida en librería. (Imagen CC de Bert Kaufmann, via Wikimedia Commons)
Sin embargo, si yo llegara a ejercer algún poder político (esperemos que nunca ocurra tal desgracia), y lo obtuviera por la vía democrática, claro, tendría que moderar mis posiciones personales con la responsabilidad de gobernar para todos, incluidos los que están en desacuerdo conmigo y con mis sólidas y bien fundamentadas ideas. Incluso si mi programa de gobierno incluyera esa separación iglesia-estado tajante y decisiva, e incluso si obtuviera la mayoría absoluta, un 65% del voto, estaría obligado a entender que ese 65% de los votantes puede no estar totalmente de acuerdo con todo mi programa, sino que me han votado por el conjunto de propuestas y compromisos que asumo. Es decir, que aún en esas condiciones no estaría yo legitimado para ser el líder de la dictadura de las mayorías y cerrar iglesias para convertirlas en bibliotecas con un sonoro encadenamiento de dictados de un "¡Exprópiese!" evocador de Hugo Chávez en sus peores momentos.

¿Por qué? Porque sería mi obligación tener en cuenta a los creyentes, a quienes usan esas iglesias, a quienes apoyan su existencia por más que me moleste, a quienes están en desacuerdo conmigo y tienen, qué cosas, derechos y libertades que debo respetar.

Puedo, sí, por poner otro ejemplo y si consigo el presupuesto necesario, incrementar la educación sobre religión a fin de conseguir que el número de creyentes descienda o que los propios creyentes acepten que es mejor usar las iglesias como bibliotecas y circunscribir los actos de culto al espacio privado en el que más cómodos están.

Yo administrando la política de relación con las religiones y las iglesias en un gobierno democrático, por supuesto, sería un desastre. Enfrentaría al episcopado y su poder, facilitando que me echaran encima a sus huestes de incondicionales como Hazteoir lo hizo con Rodríguez Zapatero; denunciaría a los islamistas radicales, me negaría a que el Papa pusiera un pie en España, cancelaría los conciertos educativos con la iglesia, impondría no sólo el IBI, sino impuestos especiales a las fabulosas riquezas que la iglesia tiene dentro de sus inmuebles... haría muchas cosas que provocarían muchos problemas y resolverían pocos, aún si me circunscribiera al marco legal. También dentro de ese marco legal haría lo posible por que los curas pederastas respondieran ante la ley, impidiendo que los ocultaran sus compañeros de profesión, y aplicaría igualmente la ley con quien cometiera violencia de género, sin importarme para ello que tanto el agresor como la agredida fueran musulmanes y estuvieran de acuerdo en que el Profeta dijo que él le podía zumbar a ella. Pero todo ello, claro, lo tendría que hacer con arreglo a las leyes vigentes y, en todo caso, luchar por cambiar las leyes cuando son repugnantes, a fin de tener un marco legal más avanzado.

Mientras, provocaría un lío de proporciones.

Esto es enormemente aburrido. Es lento. Es tortuoso. Implica negociar con fuerzas diversas... implica tener en consideración a quien yo estoy seguro de que se equivoca, hombre ya. ¡Qué distinto es del sueño de tomar el cielo por asalto y decretar la felicidad de las masas agradecidas, de acabar con el mal, de cambiarlo todo, de gobernar por edicto, de prohibir y disponer como Iván el Terrible! Además de que esa revolución absoluta sin duda lograría que nos erigieran algunas estatuas que nos dejarán muy orondos por esa extraña idea humana de que el mejor homenaje a nuestros ciudadanos distinguidos es convertirlos en cagaderos de palomas.

Eso es lo que están descubriendo los profesionales de la oposición sin neuronas que han llegado a disfrutar algún poder en algunos ayuntamientos españoles por obra y gracia de la demagogia. El baño de realidad que se están dando es espectacular y lo resienten los asaltantes del cielo pero más lo resienten quienes les votaron porque sinceramente creyeron que los iluminados iban a arreglarlo todo con la varita mágica. Porque los problemas, según ellos, no eran complejos ni multifactoriales... eran todos asunto de voluntad política, la culpa era sencilla de atribuir: son ellos... los quitas a ellos, me pones a mí, y te mandaré un cheque de mil euros a tu casa todos los meses porque eres guapo. Y los pusieron al frente de las instituciones y ahora resulta que siempre no, que esperen, que esto no era tan simple como parecía...
Nota de El Mundo, 20 de febrero de 2016
Los trabajadores quieren demasiado, descubre Ada Colau, que además de repente entiende lo que nunca entendió cuando dirigía a las masas enfervorecidas hacia la tierra prometida del colauismo: que hay "limitaciones presupuestales". ¡Qué sorpresa! ¡No existen vastas cavernas llenas de oro que los malditos de la casta guardaban para sí, despilfarrándolo en odaliscas y mancebos y vino denominación de origen mientras el pueblo clamaba por pan a sus puertas! ¡No hay la discrecionalidad que se exigía que ejercieran los odiados de la casta para resolver los problemas prohibiendo acá y ordenando allá! El espacio de maniobra del poder político está acotadísimo por leyes y reglamentos y protocolos y exigencias insalvables en el ejercicio fiscal, en el cobro de impuestos y en su aplicación y casi todo el dinero que entra ya tiene destino, con él se pagan servicios, bienes, trabajadores, todo el aparato de administración.

Y aún cuando detienes el gasto superfluo y las irregularidades que cometían los que estaban antes, lo que sobra no es precisamente cantidad suficiente para resolver los problemas de una enorme ciudad. 2 millones de euros será -es- una fortuna para un ciudadano de a pie (reconvertido en pillo en Audi merced a su deshonestidad) pero cuando tu presupuesto ya comprometido es de 2.550.600.000€ (sí, más de dos mil quinientos millones de euros, que es el presupuesto de Barcelona para 2015), dos millones no te dan ni para limpiarte los mocos... menos aún para darle a todos los trabajadores de la ciudad, o del propio ayuntamiento, una remuneración de dos salarios mínimos al mes.
Nota de Europa Press del 18 de febrero de 2016.
El entorno de Manuela Carmena (víctima si las hay) descubre también que no es igual tomar una capilla o mearse a media calle descojonada de la risa como performance que imponerle las mismas historias a toda una ciudad que, cierto, quiere cambios, pero no forzosamente todos los cambios con los que sueñan los alrededores de la alcaldesa, que finalmente sólo conocen la realidad a través del lente teórico de cinco autores apreciadísimos en la facu y que si los lees y repites, sacas notable. Que los títeres y el madrenuestra y los coños por las paredes que son tan rechupiguay como suma contestataria en espacios minoritarios no eran exactamente lo que "la gente" quería. Quizá descubran que para que la gente aprenda a tolerarlo deberá pasar por un proceso de educación que no se les había ocurrido... ¿por qué si ellos eran la solución, la única y sencillísima solución a todo, al aspecto económico, sobre todo, pero también a las taras conservadoras de una sociedad que aún no se sacude el franquismo ni al episcopado ni la idea de que todos los rojos son como los rojos de caricatura del ABC (cosa que algunos rojos insisten en confirmar), y que si asumen la aburrida administración cotidiana de los problemas, necesidades y ocurrencias de cada uno de los 3.141.991 habitantes de Madrid a los que tiene que atender el Ayuntamiento, no tienen puta idea de qué va la cosa.

Y entonces es el momento de los "usted disculpe" y de los "lo hice sin pensar" y los "era una broma" y los "era joven y necesitaba el dinero" y los "pues presentamos una querella contra esos guarretes" y todo eso que deberían haber sabido que vendría porque el mundo, este mundo, su gente, esta gente, sus problemas, sus soluciones y su enorme complejidad no tienen nada que ver con las fantasías en las que viven en la academia endogámica, en las élites perfumadas, en quien nunca respiró nada más peligroso que el polvo de tiza.
Nota de larepublica.es del 5 de febrero de 2016.
Y así se está dando de narices con la realidad el alcalde de Cádiz, al que la ciudad y sus problemas se le han convertido en un acertijo matemático de altísimo nivel que pretende resolver callando a los concejales opositores y advirtiendo que él tiene una carrera... con esa arrogancia que, ingenuos, pensamos que era privativa de una derecha caciquil, autocomplaciente y arrogante.

Claro que hay que pedir que las iglesias se conviertan en bibliotecas y ser, como la vieja revista mexicana El hijo del ahuizote, "de oposición feroz e intransigente con todo lo malo". Con todo. Pero para hacer efectivos los ideales hay que conocer las limitaciones de la realidad, el enorme trecho que media entre estar en desacuerdo con las atrocidades que me rodean y resolverlas. Entre querer y poder. Uno puede querer volar con la capa ideal de Supermán, pero cuando decide tirarse de un séptimo piso munido solamente con dicho trapo, sus posibilidades de éxito son, por decirlo amablemente, escasísimas.


Cuando crees que puedes pasar del espacio de la denuncia y la justa indignación al espacio de las soluciones sin realmente haber entendido el problema... eres parte del problema. La realidad te impartirá un curso acelerado, sin duda, pero quien lo pagará no serás tú, sino la gente a la que le contaste tu cuento. Y que es finalmente a la que lanzas del séptimo piso con tu capa mágica.

6.2.16

Orwell en tiempos de Podemos

Es curioso, y lamentable, que para desvelar los problemas del partido Podemos, su acumulación diaria de mentiras, de giros de 180º en temas de trascendencia, de incoherencias políticas y de manipulación de su propia gente sea necesario recurrir a la prensa de la derecha.

Esto es un problema sobre todo cuando la información que dan es real, contrastable, sólida... pese a ser prensa de derecha y altamente tendenciosa. Su intencionalidad al difundir información sobre el grupo de Pablo Iglesias por supuesto no es nada compartible, ni nada inocente. Esa prensa ve su investigación de la banda de Somosaguas como parte de su lucha en contra de la izquierda, y para los sectores a los que sirven, incluso Obama es un peligroso comunista. Pero la intencionalidad aquí no es relevante. La verdad lo es dígala Ulises o su porquero y todo eso. Así que de entrada no acepto críticas por compartir notas de ABC o Libertad Digital si están contrastadas y reflejan la realidad (y sí, algún amigo me ha reprochado que difunda notas del ABC).

Pero el problema es más grave cuando la prensa presuntamente progresista, autoproclamada de izquierdas, que presume de decencia (algo que no tienen cara para hacer los de la caverna mediática ultraderechista), que se afirma comprometida "con la gente", NO está difundiendo esa información, no está investigando asuntos de interés y relevancia política cuando se relacionan con esta formación política (como la financiación de sus orígenes, que ya hace un año comentábamos aquí que era opaca y de dudoso origen), cuando esa misma prensa, implacable con la derecha, oculte, encubra o suavice la información que afecta a quienes parecen a todas luces sus compañeros de partido. Parte de esto ya lo comenté también en la entrada sobre el Periodismo de partido.

Foto que George Orwell llevaba en su carné del
Sindicato Nacional de Periodistas (vía Wikimedia Commons) 
Muchas veces, George Orwell fue expulsado de la "berdadera hizkierda" por quienes le reclamaban que denunciara los crímenes del stalinismo (y sigue siéndolo, hace poco me decía un leninista apolillado que Orwell era un "neoliberal", palabra que evidentemente no podría definir si la vida le fuera en ello). Se le reprochaba al británico que no fuera encubridor, que fuera un hombre de izquierda con principios sólidos en los términos que los entendía también Rosa Luxemburgo, comprometido antes con las ideas que con los hombres o los partidos (que suelen traicionar las ideas), y que denunciaba a quien violentara esos principios e ideas sin importar si se disfrazaba de vanguardia del proletariado, gran timonel o manitú el coletas. Porque quien los violentara o manipulara no era, en una concepción moral fundamental "uno de los míos".

Sin embargo, parte de la izquierda fue, vergüenza colectiva, encubridora de numerosas barbaridades y debería haber aprendido de esa experiencia para no volver a cometer el error. El tiempo ha dado la razón a Orwell y ha evidenciado el error y el horror de los stalinistas y otros incondicionales.

Ahora somos otros los que, desde la izquierda, somos atacados por no encubrir a Podemos y a su creciente mafia elitista, extraña, rencorosa, ineficiente y más antisocialista que otra cosa. Se nos acusa de valedores de la derecha como si Podemos fuera la única izquierda posible (esa alucinación que ha mantenido como dogma el comunismo en todas sus formas desde el "tercer período" de la Internacional Comunista decretado en 1928, de donde no salen algunos).

Pero debería ser la prensa no abiertamente de derechas, como Público, El Diario, La Sexta, la televisiones públicas o El País, la que fuera el más celoso vigilante de los nuevos políticos, que llevara las cuentas y llamara la atención cumpliendo su labor informativa. Que ayudara a que no se apartaran del camino y los principios que ellos mismos se han marcado.

Es una vergüenza para ese periodismo, tan falto de ética como el de derecha (esa brunete mediática de Podemos que se opone a la caverna mediática de la ultraderecha cuando en ética y en procedimientos son indistinguibles ya), no estar cumpliendo con su obligación informativa, y más aún lo es que ataquen a quienes desde la izquierda (a quienes los comisarios autonombrados nos quieren quitar el carné de izquierda) denunciamos situaciones que deben estar en la conciencia popular, como lo están los errores, tropiezos y problemas de todos los partidos. Todos. Y con acento en Podemos porque son el partido más encubierto por la prensa en los últimos dos años.

El que no lo hagan es una desgracia más en este país que desde 2011 casi sólo conoce desgracias, reales algunas, artificiales otras. Hemos vuelto, pues, a lo que ya señalaba Orwell después de pasar por la Guerra Civil española, ésa que sigue:
Muy joven me di cuenta de que ningún acontecimiento es jamás reportado correctamente en un periódico, pero en España, por primera vez, vi informes periodísticos que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que está implícita en una mentira común. Vi informes de grandes batallas donde no había habido combates, y silencio total donde cientos de hombres habían caído. Vi a tropas que habían luchado con valentía denunciadas como cobardes y traidoras, y a otras que nunca habían visto que se hiciera un disparo, aclamadas como los héroes de victorias imaginarias; y vi a los periódicos de Londres recontando estas mentiras y a intelectuales deseosos construyendo superestructuras emocionales sobre acontecimientos que nunca había sucedido. Vi, de hecho, cómo se escribía la historia no en términos de lo que había ocurrido, sino de lo que debería haber ocurrido de acuerdo con diversas 'líneas del partido'.