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17.3.18

Oposición e institución

(Dos actualizaciones interesantes al final: cómo está informando alguna prensa de lo acontecido y cómo se viralizó la desinformación sobre la muerte que detonó los disturbios.)

Cuando uno es oposición para tomar el poder en las instituciones, se come unas broncas horrendas cuando finalmente lo toma. Pero cuando uno es oposición para destruir a las instituciones, quedar al frente de ellas puede ser una absoluta tragedia ideológica.

Esta reflexión viene al caso con el nudo que se han hecho las autoridades municipales de Madrid y el partido al que representan, Podemos (aunque oficialmente lleven otro nombre), con los disturbios de Lavapiés. Primero, algunos de sus miembros automáticamente culparon a la policía de la muerte del inmigrante Mame Mbaye y, antes de hacer la preceptiva investigación para saber las condiciones reales de la muerte del hombre, lanzaron sus habituales tuits acusando del fallecimiento a la policía, al racismo y a la horrible ausencia de derechos humanos que sufre España en su imaginario. Ya empezaban a quemar las instituciones otra vez cuando alguien les recordó que los responsables políticos, si la policía era culpable (de lo que hay dudas enormes), eran ellos mismos. Que las instituciones, esta vez, eran ellos.


Allí empezaron los problemas. Para cuando la noticia llegó a los medios mundiales, ya no era "un inmigrante muere de un infarto y, según algunas versiones, poco antes fue perseguido por la policía por hacer venta irregular en la calle, de modo que la persecución pudo haber influido en su lamentable deceso, pero nadie tiene idea, por lo que las autoridades han emprendido una investigación"... la noticia ya era "Migrant African Street Vendor Killed By Police" (Vendedor callejero inmigrante africano asesinado por la policía). Y ese favor se lo estaban haciendo a Podemos nada menos que sus amigos de TeleSUR, la televisión del gobierno de Nicolás Maduro.

La confusión llevó a la indignación y antes de que nadie pudiera hacer ninguna investigación, se desataron disturbios en Lavapiés, barrio en el que vivía Mame Mbaye y donde viven muchos inmigrantes senegaleses. La policía trató de sofocar los disturbios con la clásica delicadeza de la policía (hay un vídeo en el que un policía, de modo absolutamente grauito, le da un porrazo por la espalda a mi amigo, el galardonado fotógrafo mexicano Juan Carlos Rojas). Aparecieron "solidarios" que igual eran despistados que cuadros anarquistas especialistas en la batalla callejera o neonazis que vieron su oportunidad de golpear gente de piel oscura o hacerlos quedar mal, y las calles ardieron durante varias horas.

Momento en que un policía golpea a Juan Carlos Rojas por la espalda. (vídeo en https://www.facebook.com/juancarlos.rojas.16/videos/2020490067964331/)
Al día siguiente, que es hoy, las autoridades madrileñas trataron de corregir el rumbo, pero las brasas prenden con facilidad y, cuando el cónsul de Senegal llegó una hora tarde a Lavapiés para reunirse con los inmigrantes a los que al parecer tampoco ha defendido demasiado, éstos le reclamaron, se calentaron y el asunto se saldó con otro enfrentamiento con la policía, el cónsul sacado in extremis por las fuerzas del orden y varios detenidos, todos españoles, señalados como responsables de destrozos varios.

Hasta ahora esto es lo poco que sabe el ciudadano de a pie. La ultraderecha está enardecida culpando a los inmigrantes senegaleses de cuanto haya podido pasar en España desde que se casaron Isabel y Fernando, y la ultraizquierda está al parecer muy satisfecha porque se ha demostrado que en España hay racismo, y ese racismo tiene la culpa de todo desde que se casaron Isabel y Fernando. La verdad de los hechos parece importarles muy poco a los dos bandos y, si hay una investigación, cualquier conclusión a la que llegue será impugnada, no por falsa, sino por no ajustarse a los deseos e intereses políticos de los que han politizado todo el asunto eludiendo sus enormes complejidades (y pocas cosas más complejas que el fenómeno de la inmigración irregular, con su carga de espinosas sutilezas políticas, económicas, sociales y, sobre todo, humanas, que plantea un desafío enorme a todos los países opulentos y que pocos parecen estar gestionando de modo razonable y humano).

Mientras sabemos --si llegamos a saberlo-- cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos, lo que queda al desnudo es el problema de ser el que viene a romper las instituciones para hacer la revolución y se encuentra un día al frente de dichas instituciones y entra en una esquizofrenia política que en nada beneficia a los ciudadanos.

Cuauhtémoc Cárdenas con banderas republicanas
en una visita a Gijón en 2009.
(Copyright © Mauricio-José Schwarz 2009-2018)
Cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en 1997, la tarea que tenía frente a sí era enorme. A mí se me pidió que representara a mi barrio en el Comité de Seguridad Ciudadana, que tenía por objeto, algo nunca antes visto, ser el enlace entre la ciudadanía y la policía. Aquí ya empezaban los problemas, también. Había que explicarle a los policías, desde los mandos hasta las infanterías, que esos rojos revoltosos a los que habían estado persiguiendo y puteando durante toda su vida, éramos ahora el gobierno de la ciudad. Y había que hacerlo de modo que lo aceptaran. Y había que hacerlo con una policía corrupta hasta la médula, con más vicios que un fumadero de opio, con poca preparación y menos visión. (Lo que no podía hacer el gobierno era despedirlos a todos, que pasarían automáticamente a ser parte de la delincuencia, con información privilegiada, mientras se creaba una policía muy honrada pero totalmente amateur, labor que en una ciudad con 10 millones de habitantes es un desafío enorme. Había que trabajar con lo que había.)

Las anécdotas de las reuniones con los altos mandos policiacos, igual en las oficinas de Jesús Quintero (delegado de gobierno en la circunscripción correspondiente, la Benito Juárez) que en casas de la cultura donde los llevábamos a hablar -por primera vez- con los ciudadanos son abundantes, algunas cómicas, otras muy educativas (recuerdo a un comandante de la policía vapuleado por bravas mujeres luchadoras de toda la vida en una reunión en la que se dirigió a ellas con una condescendencia que se tuvo que comer de inmediato). Pero en todo ello había un elemento clave: no corríamos el peligro de ser incoherentes. Queríamos una mejor democracia, una policía que funcionara mejor para la ciudadanía, una mayor seguridad ciudadana, unas instituciones fortalecidas, sólidas, creíbles, transparentes. Lo poco que se hizo en el breve tiempo en que Cárdenas estuvo al frente de la ciudad fue muy alentador.

Pero me imagino --el mundo al final siempre se ve desde la experiencia propia-- que hubiera sido mucho menos eficaz si hubiéramos sido los antisistema al frente del sistema, la iglesia en manos de Lutero, que es con lo que se encontró Madrid, tristemente, el día de ayer. Si hubiéramos llegado a una reunión con los mandos llevando nuestra camiseta de ACAB con la cara de Íñigo Errejón o hubiéramos tenido que explicar que nuestro líder (como lo hizo Pablo Iglesias) se emocionó en televisión, y lo dijo, cuando vio que un chaval embozado de la guerra callejera cosía a patadas a un policía tirado en el suelo.

Es lo que va de querer mejorar la sociedad que tienes a querer inventar una nueva desde cero, que nunca suele dar resultados ejemplares.

Actualizaciones:

El Diario, periódico propiedad de Ignacio Escolar, que también lo dirige, esta noche tenía este aspecto. Si uno quería saber qué pasó (y al parecer lo que pasó es que la muerte de Mbaye no tuvo nada que ver con ninguna persecución policial y, al parecer, la policía llegó poco después de que se desplomó y trató de salvarle la vida), tenía que navegar por numerosas notas de ésas que buscan echarle gasolina al fuego y darle presencia a los aliados políticos, que el hombre fallecido finalmente deja de ser persona al convertirlo en banera, pretexto y nombre para poner en una pancarta.



Y, además, un amigo mexicano me hace llegar un análisis (eso que deberían hacer los medios españoles si les interesara informar antes que hacer propaganda política) de cómo se viralizó la desinformación respecto a la muerte del vendedor callejero.


Y es curioso que salvo David Llorente, que en su perfil dice ser "Diputado por Guadalajara y Portavoz de Podemos en las Cortes de Castilla-La Mancha. Anticapitalista, feminista, ecologista, animalista", todos los demás sean anónimos y algunos, como @polvorinos, cuentas con miles de tuits pero apenas 83 seguidores desde 2009, lo que resulta cuando menos sospechoso como cuenta bot. De lo que no se enterarán quienes lean la prensa en todo el arcoiris ideológico, desde La Gaceta hasta La Marea, desde La Razón hasta El Diario.

30.1.18

Cenar con Fidel

Era la segunda vez que iba yo a Cuba, pero no lograba sacudirme una sensación de poderosa irrealidad, de ser Alicia en el País de Nosébienqué. Y es que era -y supongo que es- imposible saber qué. Curiosamente, en mi primera visita, un año atrás, en el Encuentro Tres Fronteras de Literatura Policiaca, había yo sido testigo de una alucinante asamblea en la preciosa casa de la UNEAC en La Habana donde se había "analizado" la película Alicia en el Pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, y escritores cuyo pensamiento no sólo conocía yo, sino que compartía y eran asunto de largas conversaciones igual en México que en La Habana, de pronto defendían la censura a la película y otros miraban al techo buscando murciélagos y callaban estruendosamente. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Mi ingenuidad hallaba increíble el doble discurso, la obligación que tenían mis amigos de opinar lo que debían en público aunque ya en casa las cosas fueran distintas, y en el piso de Justo Vasco o de José Latour o de Arnaldo Correa o de algún otro que no menciono porque sigue en la isla, opinaran de otro modo y del lado de lo correcto.

La sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en La Habana.
Ir a Cuba era -no sé si aún es- como ser invitado a bailar un ritmo que uno desconoce. Le pueden explicar los pasos (un-dos-tres, vuelta cuatro-cinco, pasito, seis-siete-ocho, alto... un-dos-tres...), pero, cuando trata de hacerlos torpemente, su profesora le tiene que tirar de aquí, empujar allá, mostrarle el paso y estar a punto de echarlo a uno al suelo tropezándose con sus propios pies. Los amigos, loso amigos eran los que te decían para dónde y cómo y cuándo y si callar alto o callar bajito, si preguntar o mejor no molestar porque los signos de interrogación los tiene alguien bajo llave y los tienes que pedir con un escrito por quintuplicado dirigido al Ministerio.

No exagero. Lo juro por las noches en el asombroso ático de Juan Carlos en el Vedado.

Y lo supe con claridad, lo he contado, aquella mañana de 1989 cuando el agregado de prensa de la embajada de Cuba en México madrugó para recibirnos (a quienes formábamos un grupo de editorialistas que hacíamos desayunos políticos en el Hotel Reforma), con un pulcro expediente que explicaba por qué Cuba había fusilado a Arnaldo Ochoa. No sé con quién entraba yo al restaurante del hotel cuando vimos al diplomático cubano, pero ese compañero me dijo: "Ya fusilaron a Ochoa". De allí en delante, todo era cuesta abajo conmigo, lo admito.

Alguna vez conté mal que esta noche en concreto había ocurrido en el Encuentro Tres Fronteras de La Habana. Error mío. El Tres Fronteras había sido el año anterior, y allí anduvimos con autores estadounidenses de contrabando por La Habana y en memorable visita a la Finca Vigía de Hemigway, y fue la ocasión de mi nanoparticipación en el tráfico de moneda en la isla, años en que el dólar estaba prohibido para el cubano de a pie. Esta vez era 1992 y estábamos allí invitados a la Feria del Libro de La Habana. Recuerdo que nos alojábamos en los gemelos hoteles Tritón y Neptuno, y que el día de la marejada vi venir, saliendo de las olas visibles entre los dos hoteles, la redonda figura de Manolo Vázquez Montalbán, que se había ido a nadar jugándose el pellejo. Le dije que estaba mal de la cabeza metiéndose a un mar así, pero él me hizo a un lado con "El agua está cojonuda" y se fue a desayunar.

Los hoteles Neptuno y Tritón.
A casa de Justo Vasco se podía llegar a pie, pero el día anterior, cuando la marejada fuerte, era un río por el que pasaban zodiacs rescatando gente. Lo contaba Justo señalando por la ventana mientras su hijo Enrique armaba ordenadores con las piezas que habíamos metido de estrangis a la isla para que los amigos pudieran seguir escribiendo sus novelas, sus cuentos. Con las piezas de ordenador y diskettes y demás había objetos aún más arcaicos: cintas de máquina de escribir pedidas por uno u otro escritor cuyos manuscritos ya eran demasiado fantasmales, papel sencillo y blanco, lápices, bolígrafos...

Esa marejada inundó la Casa de las Américas, lo cual afectaba la entrega de los premios de esa institución cultural. La ceremonia programada para esa noche fue trasladada a toda velocidad al Hotel Habana Libre. Me salto muchas anécdotas para poder llegar a donde promete el título, que hasta ahora, lo sé, se ve como un objetivo lejano. Pero el Comandante, el Caballo, Alejandro, Fidel, pues, estaba allí, omnipresente. Estuvimos muy serios, escritores internacionales invitados, en la entrega de premios, cuando pasó uno de los responsables de la feria a decirnos que no hicíeramos planes para cenar. Un-dos-tres, vuelta... no, para el otro lado. ¿Qué significa eso? Buscamos a uno de los amigos cubanos para que tradujera. "Esta noche vamos al Consejo de Estado", explicó uno, que hoy es famoso, pero mucho, como si eso dejara claras las cosas. "Que cenamos con Fidel", dijo otro que, con más viajes a México, tenía más clara nuestra perplejidad.

(Un día tendré que contar cuando, en ese mismo viaje, nos invitó a cenar a la embajada de México ni más ni menos que Mario Moya Palencia, entonces embajador ante el gobierno de Castro y que de 1969 a 1976 había sido Secretario de Gobernació -Ministro del Interior- y responsable de la represión en México, dueño, pues, de nuestros expedientes de jóvenes estudiantes rebeldes y rojos, cosa que comentaba muy divertido en la cena, pues por entonces se sentía escritor.)

Terminada la premiación, efectivamente, nos subieron a un autobusito y nos depositaron en la plaza del Consejo de Estado, desde donde se nos condujo a una enorme sala de espera donde estaban, además, un congreso internacional de médicos en pleno y una delegación enorme de la patronal mexicana, la COPARMEX, que venían a ver si invertían en la Cuba a la que la URSS acababa de dejar sin su paga mensual y donde no había ni para comer, ni para vestirse ni para mantener las luces encendidas toda la noche. Era, pues, el Período Especial en su momento más gélido.

Después de una espera que recuerdo prolongada, nos pusieron en fila, cosa que confirmaba la conclusión a la que habíamos llegado en el ático de Juan Carlos, la única verdad sólida que habían dado años de debate profundo: "Independientemente del modo de producción, la burocracia es una mierda". Y la burocracia tiene como uno de sus rasgos distintivos la fila en instalaciones gubernamentales.

La sede del Consejo de Estado en La Habana.
Cuando la fila giró en una puerta, pude ver por qué avanzaba tan lento como si fuera para vacunarnos contra el cólera: Fidel estaba saludando a todos de mano. Me quedaba menos de un minuto para decidir si saludaba muy educadamente al Fidel que en la década de 1960 había inspirado a muchos en favor de la justicia y la libertad (servidor incluido) o bien le negaba la mano al dictador de gran carisma que tenía a los amigos jodidos, que era un inútil en el manejo de la economía (a ver, hijo, que Vietnam con menos ventajas en 25 años había levantado una economía mínimamente funcional, y aquí estábamos a 30 años de la toma de La Habana y no había ni para pintura), que de justicia había demostrado entender poco, pero de libertad no entendía nada y le daba palos a los que opinaban distinto. En esta decisión pesaba el que un par de días antes había yo visto en acción a una Brigada de Respuesta Rápida meterle a un chaval una paliza como para un grande. Las BRR eran -o son- grupos de militares que visten de civil dedicados a impartir sesiones gratuitas de pedagogía súbita para los más boquiflojos.

Claro que si yo decidía saludar al segundo y preguntarle si no le daba vergüenza lo que había pasado de 1959 hasta ese momento, iba a provocar un incidente diplomático de consideración, y mi embajador era quien era. Así que opté por saludar al mito, sin decirle al comandante que era evidente que todo lo que venía anunciado en el empaque de la revolución cubana era más falso que un tratamiento de cosmética francesa de mil euros.

El poeta Roberto Fernández Retamar recitaba nombres, Fidel saludaba de mano y sonreía, y un atareadísimo fotógrafo tomaba la instantánea del momento. Escuché la gravísima voz de Roberto: "Mauricio Schwarz, mexicano, escritor y periodista", y Fidel sonrió y yo le di la mano y nos tomaron la foto. Las relaciones México-Cuba habían sobrevivido a mi fugaz imagen de rebelde de la rebeldía. Le pregunté a uno de los amigos por la foto. ¿No era raro tomarse una foto con cada uno de los asistentes? Me explicó que si alguno de nosotros llegaba a ser tremendamente famoso, tenían la foto para el Granma demostrando que Fidel era amiguísimo nuestro. Mi foto, por supuesto, languidece por algún lugar del Minint.

Roberto Fernández Retamar, que había sido agregado cultural de la embajada de Cuba en México
No sé cómo fue que en la hora siguiente, antes de la cena multitudinaria (de bufete, de pie), un grupo de no más de diez de nosotros acabó en un despacho con Fidel hablando de la marejada. Era impresionante. Ciertamente era el hombre mejor informado de Cuba o, por usar una figura común en América Latina, no se movía una hoja en la isla sin que él recibiera un informe. Pero ésa, me parece, era parte de su maldición. Con cuatro informes de meteorología y cuatro de los riesgos sanitarios de la inundación de buena parte de la ciudad, hablaba como un absoluto experto en clima, aire, mar, tierra, medicina, navegación, microbiología, epidemiología y conducta humana en casos de desastre. Sin una sola duda.

Conozco el sistema. Los periodistas, y en particular los divulgadores científicos, lo usamos como parte del oficio: obtienes muchos datos incompletos pero bien vertebrados, y los hilas dando un panorama general que es verdad en lo esencial y da una idea bastante buena, con las metáforas y juegos de palabras del caso, de lo que estás tratando de transmitir, especialmente cuando estás tocando temas difíciles para el público en general: cuántica, materia oscura, epigenética. Pero uno sabe que está vistiendo a la realidad con cierto ropaje para llevar una parte del conocimiento a sus lectores. Lo peligroso sería que, luego de leerse cuatro papers y doce notas periodísticas sobre seguridad nuclear para un artículo, se creyera uno capaz de ponerse al frente de la seguridad de la central nuclear de Garoña.

Que era lo que hacía Fidel. Tan desbordante como su carisma era su arrogancia, su sensación de infalibilidad. Recordaba yo casos contados por los amigos, donde después de una explicación somera Fidel se consideraba experto en robótica (software y hardware) y tomaba decisiones que al final resultaban desastrosas. Y lo mismo en genética ganadera (algo hay de una brillante idea de cruzar ganado lechero con cárnico). En fabricación de lápices (la de Batabanó es histórica). En cultivo de mandanga, en aeronáutica, en producción editorial, en recetas de jambalaya y en geopolítica de países donde nunca puso un pie.

Fidel con Fraga precisamente en 1992.
Los hombres del poder siempre son peculiares pero siempre son demasiado iguales con poquísimas excepciones (recuerdo a dos o tres: Cuauhtémoc Cárdenas, sin duda, entre ellos). Fidel no es distinto de la mayoría de los grandes magnates a quienes les escribía yo informes anuales de sus enormes empresas (aunque, es cierto, alguno de éstos toleraba que yo le dijera que no a algunas de sus presuntamente grandes ideas), ni distinto de los presidentes del PRI como López Portillo o De Gortari, tan convencidos de su grandeza como fulcro sobre el cual habrá de apalancarse toda la historia. No son ni tan malos como creen sus adversarios ni lejanamente tan buenos como ellos se ven ante su amigo, el espejo. Hablar con Fidel era agradable porque su mayor habilidad era, precisamente, la del buen líder, el gurú, el charmer: te relajaba, te hacía sentir importante, era simpático, sabía fingir la honestidad (que, como dijo Groucho Marx, es lo más importante), el interés. Es esa capacidad singular de evocar la credibilidad que iguala, a ojos del seguidor, a Charles Manson, a Lenin, a Mandela y a Martin Luther King, por pensar en personas casi imposiblemente diferentes. Avasallaba. Pero al mismo tiempo, cualquier actitud medianamente crítica ante su despliegue mostraba al hombre fatuo, demasiado, como dice el poema de José Gorostiza: "Lleno de mí, sitiado en mi epidermis", al hombre frágil que a nada teme más que a su propio tropiezo, a aquél cuya imagen depende de la adoración de los demás. No deja de ser metafórico que el fin de Fidel comience cuando su torre de fortaleza se puso en duda con un tropezón bajando un par de escalones. Allí dejó de ser el superhombre, el de las canciones de Carlos Puebla, la luz del amanecer.

El resto de la noche fue comer y hablar. Fidel se disculpó por lo modesto del banquete (había de todo menos langostas, recuerdo) y lo atribuyó al Período Especial sin atribuirse él su casi total responsabilidad de que Cuba hubiera llegado al día de la disolución de la URSS sin ninguna capacidad de maniobra propia, y que acabara siendo salvada por los terribles y voraces hoteleros españoles atraídos por, hágame usted el favor, Fraga. Nosotros hablamos de cosas y Fidel, sin comer un bocado, se apostó en el dintel de una puerta, dos escalones por encima de nosotros, entre dos guardaespaldas impresionantes, más altos que él, hieráticos y sólidos. Allí atendió a quien quiso acercarse a hablarle, a saludarle, a pedirle u ofrecerle, como cualquier visitante a la corte, acercándose al trono para saborear el poder vicariamente o para hacerse con una esquinita del mismo, de ese manjar inmenso que es la omnipotencia. La fila ante Fidel nunca menguó mientras duró el convite.

Dos o tres horas después, el asunto se dio por terminado. Cuando salimos a la noche habanera, uno de mis amigos mexicanos se encontró con Tomás Borge, el comandante sandinista, y lo saludó efusivamente. También saludé a Borge, pese a que ya para entonces habían perdido toda autoridad moral con el saqueo de 1990, la "piñata" sandinista donde los revolucionarios se asumieron sin vergüenza alguna como oligarcas. Si hubiera sabido que Borge estaba por publicar un libro en el que loaba a Carlos Salinas de Gortari, presidente mexicano que destrozó al país en su enloquecida carrera por alcanzar la relevancia internacional como gran líder neoliberal, a él sí que le hubiera negado la mano. Pero uno nunca sabe cuán hijos de puta pueden ser los hijos de puta, qué le vamos a hacer.

Ah, sobre los amigos, los proverbiales amigos cubanos, los entrañables aunque a veces farragosos y expansivos amigos cubanos... de todos aquellos quedan en la isla dos, acaso tres. Los demás, en Canadá, en España, en Alemania, en Bélgica, en Estados Unidos, algunos murieron, los menos. Se les quiere.

Y que te lo cante Willy Colón.

19.9.15

30 años del terremoto de la Ciudad de México

Cuando tenía presentaciones audiovisuales en el Palacio de Bellas Artes, de empresas
o para el gobierno, generalmente con uno u otro presidente, solía quedarme a dormir
en el Hotel Regis en vez de ir a casa. Estaba cerca, tenía unos desayunos impresionantes
y tenía sauna, que era un lujo después de una larga noche de ensayos con la siempre
enervante presentación al día siguiente. Era un símbolo del centro de la Ciudad de
México. Tardó en caer unos minutos después del fin del terremoto.
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¿Cómo se cuenta lo que lo cambió a uno para siempre?

Empieza con una percepción vaga: todo se mueve... la lámpara Tiffany comprada en Tepito gira libre sobre su cadena y a veces toca el techo.

Hay que sacar a la familia corriendo por si el hogar se convierte en piedra de sacrificios.

Los cables de la luz se mueven, giran como cuerdas para que salten las niñas o los boxeadores, dando la vuelta completa.

Poco a poco el suelo deja de moverse. El periodista que lleva uno dentro lo hace salir a la calle con la cámara y los ojos listos. "Allí cayó un edificio" me dice alguien y señala a unas calles de mi casa, lo fotografío. "¿Ya vio el edificio de Teléfonos de México allá a la vuelta?" dice otro, y voy a la calle de Monterrey y es una ruina. Y doy vuelta sobre Insurgentes, la avenida más importante y larga de la ciudad, y es la guerra, edificios caídos sobre el pavimento a derecha e izquierda. Camino y fotografío. Llego a Álvaro Obregón y veo cómo se produce uno de los primeros rescates en un edificio cuyos pisos altos cedieron. La gente se organiza para ayudar a bajar a un superviviente aterrado. Tomo fotos. El periodista se difumina, hay que hacer cosas. Paso las siguientes tres semanas organizando y disponiendo el acopio y distribución de todo tipo de materiales: comida, café, mantas, medicamentos, sopletes, palas, picos, toallas sanitarias (allí aprendí a respetar la importancia de este invento), tiendas de campaña... para los que habían quedado sin nada y para los rescatistas voluntarios que desde la ignorancia se inventaron la capacidad de salvar a los suyos. Pasamos réplicas, falsas alarmas, descontrol, miedo.

Vimos más muertos de los que uno debería ver. Aplastados, asfixiados, quemados y menguados en tamaño, despedazados, blancos por el polvo del cemento, solitarios y en parejas y en familias enteras. Vimos la solidaridad. Vimos la indolencia de un gobierno que ponía por delante el manejo de las consecuencias políticas que la vida de la gente. Vimos a los hijos de puta de siempre que con mentiras y exageraciones se erigían en lidercillos para manipular buenas conciencias (como uno que reunía a la gente para decirle a qué hora y qué día iba a haber una réplica, algo que nadie puede saber, pero era de la Cruz Roja y se quería hacer importante).

De esto hace 30 años.

 No sé dónde estén las fotos que tomé ese 19 de septiembre.

Mi resumen, contado en el libro Todos somos Superbarrio (disponible gratuitamente para su descarga aquí) 10 años después del terremoto que nos cambió para siempre, es el siguiente.

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México, D.F., a 8.1 grados Richter de la mañana

El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana, la tierra sacudió a los habitantes del Distrito Federal y los despertó en más de un sentido.

Pocos minutos después del sismo de minuto y medio, miles de ciudadanos salimos a las calles y descubrimos con angustia que numerosos edificios habían caído, y de muchos de ellos salían voces que pedían auxilio.

Pero, sobre todo, descubrimos que no había autoridades.

Mientras, dice el rumor (que es una forma de verdad en México), en las altas esferas del gobierno se multiplicaban las dudas y se daban enfrentamientos entre quienes podían o debían hacerse cargo de la tragedia, en las calles empezaron a surgir líderes que hasta ese momento ni sabían que lo eran. Organizaron cuadrillas, dieron ideas para poner en manos de sus conciudadanos un pico, una pala, un marro, y encabezaron las tareas de rescate, abastecimiento y seguridad.

Las autoridades seguían ausentes.

Sin entrenamiento alguno, oficinistas, estudiantes, amas de casa, obreros y otros muchos aprendimos a hacer túneles en los edificios caídos para sacar a quienes estaban atrapados. Aprendimos a tomar decisiones que antes nos hubieran llenado de temor ante las autoridades. Actuamos.

La televisión privada, coloso de la comunicación que podía haber sido vínculo esencial entre los rescatistas amateurs, prefirió fingir demencia y transmitió oportunamente las telenovelas del día, incluyendo anuncios comerciales. Los medios pedían calma a la población y recomendaban que nadie saliera de sus casas. "Y eso era como una invitación para no quedarse quietos, para salir y tratar de hacer algo", señala Superbarrio.

El absurdo se apoderaba de una ciudad que ya contaba más de 18 millones de habitantes y en la cual, de pronto, al menos 500 edificios estaban derrumbados total o parcialmente.
Creo que todos tuvimos una sacudida también de conciencia, aparte de la sacudida del suelo de la ciudad. Cuando nos vimos en la calle después del terremoto, cuando no entrábamos a la vecindad por temor a que se desplomara, cuando empezamos a escuchar las ambulancias, las sirenas, supimos del incendio del Hotel Regis y las primeras noticias del tamaño de la desgracia, creo que nos sentimos como parte de la herida que había sufrido la ciudad. Y creo que no eran momentos de preocupación personal, sino que empezó a generarse una reflexión colectiva. Nos reconocimos con los vecinos de otros lugares, que en la vida habíamos platicado con ellos; los habíamos visto en la calle. Pero de repente todos nos vimos envueltos en una discusión, en un pensamiento de hacer algo, de responder inmediatamente a lo que había pasado.

Comprobamos que el gobierno no tuvo ni la voluntad ni la capacidad para atender la desgracia que había sufrido la ciudad, y eso nos obligaba a ser los protagonistas en acciones inmediatas. Recuerdo que estábamos fuera de la vecindad con todos los vecinos cuando llegaron y nos dijeron que había un derrumbe en la calle de Aztecas, en Tepito. Sin pensarlo dos veces nos trasladamos para allá. Empezamos a quitar escombros con las manos, a intentar localizar a la gente que nos decían que había quedado atrapada en ese edificio.

Después nos avisaron de otros derrumbes en la colonia Guerrero, en la Santa María la Ribera... y en mucha gente nació un afán de servir, no quedarse parado a ver, inmóvil, sino a ponerse las pilas y a localizar lo que tuviera uno, un pico, una pala, una segueta, algo para poder prestarse a la ayuda de la demás gente.

Creo que todos esos momentos, todas las primeras horas del día 19 de septiembre, fueron una inyección de realidad, de solidaridad en serio, para miles y miles de habitantes de la ciudad.
No hubo nadie que contara cuántas personas fueron salvadas por sus conciudadanos el 19 de septiembre y los días subsecuentes, mientras finalmente empezaba a reaccionar el poder. Todos supieron que las autoridades no respondieron con oportunidad a la mayor urgencia de la gente de la ciudad desde la epidemia de viruela que ayudó a Hernán Cortés a acabar con el imperio azteca. Todos vieron surgir las historias que es importante contar, pero que aún no se han contado porque son patrimonio común, historia oral para el fin de siglo que, de cuando en cuando, en cualquier reunión, lleva a los actores a platicarse entre sí qué hicieron "cuando el terremoto".

Cayeron, sobre todo, edificios viejos y construcciones defectuosas pagadas con los dineros del pueblo y encargadas por sucesivos gobiernos a constructores que se hicieron de ganancias usando materiales que, según expertos que revisaron las ruinas, eran inadecuados. Cayeron escuelas, hospitales, dependencias gubernamentales y unidades habitacionales con las cuales se pretendía cumplir con el compromiso social de la Revolución. Cayeron viejas vecindades de gente sabia en el tema de la supervivencia.

Para cuando el Estado reaccionó, muchos habitantes de la ciudad habían aprendido una lección.

Las cifras oficiales hablaron de alrededor de cuatro mil.

Las cifras del rumor revolotean entre los veinte mil y los cien mil.

La única forma de saberlo era contarlos.

Pasadas unas semanas, las motoconformadoras del gobierno del Distrito Federal procedieron a remover los escombros de la mayor parte de los edificios derrumbados.

El rumor dice que junto con los ladrillos, los trozos de concreto, la piedra y las ruinas de tantos edificios, las máquinas se llevaron vaya usted a saber cuántos cuerpos aún no rescatados, muertos que acabaron sepultados en un tiradero.

29.8.15

Periodismo de partido


Desde hace unos meses vengo utilizando en Twitter el hashtag #PeriodismoDePartido para señalar casos en que los medios de comunicación españoles directamente faltan a su responsabilidad ética para favorecer a sus opciones partidistas.

Empecemos por definir la responsabilidad del periodismo. Hace muchos años, en dos universidades mexicanas donde impartí el Taller de Géneros Periodísticos, definíamos al periodismo como "el oficio destinado a hacer efectivo el derecho de la gente a saber". Para un periodista, sin importar cuán comprometido esté políticamente, el valor primero es el derecho de la gente a saber. Y de esta concepción se deriva la idea del periodismo honesto (que sí es posible) paralelamente con el del periodismo objetivo (que es un ideal inalcanzable, aunque debe tenerse presente).

El abogado tiene por objeto hacer efectivo el derecho de la gente a una justicia equitativa y justa. El médico tiene por objeto hacer efectivo el derecho a la salud. El profesor vive para hacer efectivo el derecho a la educación. El periodista existe para hacer efectivo el derecho a la información. Simple.

Es honesto que si el partido político o el dirigente con los que un periodista se siente identificado hacen algo incorrecto, el periodista lo informe al público. Es deshonesto ocultarlo. Uno lo puede hacer con dolor, incluso, pero entiende que en una sociedad libre, el derecho de la gente a saber es fundamental porque al final es lo más sano para la democracia. Lo mismo cuando un partido político o dirigente de otras opciones que el periodista aborrece actúan correctamente o hacen algo relevante. No se puede mentir. Es la regla principal. Ni por omisión, ni por acción, ni por sesgo. Los medios tienen un espacio para la opinión: su página editorial. Pero el resto de las notas no deberían contener sesgos editoriales, sino que deberían estar investigadas, redactadas y enfocadas de modo tal que quien las lea se entere de los hechos, nada más.

(Añadido el 25 de octubre: La columnista Ashe Schow dio hace poco un ejemplo clarísimo de esto. Es políticamente conservadora, republicana y enemiga de los demócratas, y nunca lo ha negado, es abiertamente partidista, y en la crónica que hizo sobre la audiencia de Hillary Clinton ante un comité del Congreso de los EE.UU. con el tema del atentado de Benghazi no oculta su antipatía hacia la política, ni su posición personal, pero relata los hechos puntualmente y llega a las conclusiones a las que la llevan los hechos aunque no le guste. El periodismo honesto desde el partidismo, es posible. Basta tener principios.)

En lo personal, como simpatizante del PRD en México (cuando era un partido de izquierda plural y no una agencia de colocaciones afiliada al PRI) tuve en ocasiones que informar de acciones que me parecían absolutamente inaceptables, como el voto de los diputados del partido para el reestablecimiento de las relaciones con el Vaticano en 1992. Lo mismo me ha pasado con otros partidos y grupos con los que me identifico. Incluso en España, en 2011, fui, hasta donde recuerdo, el primero o uno de los primeros que denunció con gran desazón la barbaridad que representaba que la entonces senadora por el PSOE, Leire Pajín, se paseara en público con una pulsera mágica "PowerBalance".

En los medios masivos de España esto no ocurre. Simplemente no ocurre. La prensa se ha convertido en un coro de sicofantes lamentable y, lo peor, autocomplaciente y desprovista de todo sentido de la autocrítica. Todo periodista es un pontífice. Toda tribuna es un púlpito desde el cual se predica antes que informar.

Si eres periodista en un medio presuntamente de izquierda, no te atreverás (aún si lo consideraras así) a expresar que Ada Colau (alcaldesa de Barcelona) o Manuela Carmena (alcaldesa de Madrid) han cometido un error. Quienes te lean, jamás sabrán de esos ayuntamientos más que lo bueno o, en el mejor de los casos, te verán haciendo la defensa contra sus opositores, críticos o disidentes.

Si no lo haces así, tu medio (autodefinido de izquierda, repito) te mandará a cubrir los partidos de la segunda división de la liga de fútbol de Chechenia.

Si eres periodista de derecha, por supuesto, no te atreverás a decir que ninguna de las dos alcaldesas puede haber tomado una decisión inteligente, beneficiosa y honestamente adecuada para la ciudadanía. Tus opciones son callar el tema, que ojos que no ven, corazón que no siente, o bien reinterpretarlo de modo tal que resulte que la decisión es maligna, deshonesta, estúpida y parte de un complot de la maldita izquierda para lanzar a España a un agujero negro.

Por supuesto, las críticas que se pueden hacer contra el #PeriodismoDePartido son mucho más ácidas y enérgicas contra quienes se venden como "medios de izquierda". ¿Por qué? Porque la derecha no cree ni se plantea creer en la libertad de pensamiento, de opinión y de información, abortos de la Ilustración que atentan contra el derecho divino de las aristocracias, las jerarquías religiosas y los dueños del dinero. Porque la derecha está en su papel al hacer un periodismo tendencioso, rastrero, servil, deshonesto y manipulador.

Pero cuando los medios de izquierda (o reputadamente de izquierda, o percibidos como de izquierda, o autoproclamados como de izquierda, a veces ya no lo sabemos) hacen un periodismo tendencioso, rastrero, servil, deshonesto y manipulador pero sirviendo supuestamente a ideales opuestos a los de la derecha, lo que hace es mucho peor, porque además de desvirtuar el oficio periodístico, desvirtúa la posición ideológica que pretende conjuntar en un malabarismo extraordinario los derechos, las libertades, la justicia, las oportunidades y la verdad. ¿Cómo se defiende la verdad mintiendo?

Sólo un ejemplo: eldiario.es


En eldiario.es, empresa del periodista Ignacio Escolar, como un ejemplo especialmente sangriento, el partido Podemos es tema del día todos los días desde hace año y medio, incluso los días en que no hace nada. El PP y el PSOE no son tema del día nunca, hagan lo que hagan.

El redactor jefe del diario digital, Andrés Gil, se especializa en escribir artículos sobre Podemos o temas afines. De los últimos 40 que escribió antes de irse de veraneo, 21 fueron sobre la crisis de la deuda griega, Tsipras y Syriza, con frecuentes referencias a Podemos y a Pablo Iglesias mientras que 19 fueron directamente sobre Podemos y Pablo Iglesias, de los cuales dos estaban enfocados a las candidaturas de "Unidad Popular" que desafían el liderazgo pleno de Iglesias en la izquierda residual. Ni una palabra de ningún otro partido español. El redactor jefe.

El director y principal accionista del medio, Ignacio Escolar, escribe más sobre el PP. Durante toda la campaña de las municipales se dedicó a denunciar tropelías del partido de derecha y a promover principalmente a los candidatos de los alrededores de Podemos, como Manuela Carmena y Ada Colau. No dedicó un solo artículo al PSOE durante toda la campaña pese a tratarse del segundo partido en cuanto a votantes.

Tres de sus últimos 40 artículos (a la fecha de escribir esto) llaman la atención. En uno se defiende por un artículo que sus clientes identificaron como un ataque a Podemos y que provocó una reacción encendida y probablemente costosa en lo económico para el medio. Escolar asegura en su pieza que no hace periodismo de partido, cuando todas las evidencias están en contra, preocupado evidentemente por la reacción de quienes le pagan el sueldo, los "socios" del periódico.

En dos ocasiones, solamente, el director de un diario en un país con 7 millones de votantes socialistas ha mencionado al PSOE o a alguno de sus militantes en esos 40 artículos: primero cuando dio una información falsa sobre el borrado de tuits de Antonio Carmona (en el contexto de la defensa de un concejal de Ahora Madrid) y después cuando, 24 horas después, se vio obligado a rectificarla. Curiosamente, el infundio aparece como gran "Exclusiva" en el cuerpo del periódico y la rectificación apenas aparece en el blog personal del director.

Lo mismo pasa en Público, donde de hecho están cobrando en plantilla varios de los creadores de Podemos, el equipo de profesores de "ciencias políticas" de Somosaguas, y es en ese diario donde difunden su programa de televisión. Otros que se han posicionado "a la izquierda" (si uno es capaz de aceptar tal posicionamiento de gente como García Ferreras, en cuyo caso probablemente también cree en unicornios) en La Sexta o Cuatro han hecho exactamente lo mismo que el medio de Escolar. Que es lo mismo que al otro lado de la cerca hacen Intereconomía, Telemadrid, RTVE bajo el mando del PP, La Gaceta, ABC y ese monumento a la ignominia periodística que es La Razón.

¿Qué va a pasar si Carmena, Colau, "El Kichi" u otro político de Podemos o sus alrededores cometen un grave error, fallan a sus electores o actúan de un modo que sería incompatible con la ética más sencilla? No lo sabremos por una prensa de izquierda honesta, comprometida con la verdad y libre, no. Lo esperable, tristemente, es que quienes se afirman de izquierda oculten, justifiquen o reinterpreten los hechos. ¿Cómo nos vamos a enterar entonces? Pues por la prensa de la derecha, que estará muy atenta a cada error, pero también a exagerar, acusar e interpretar malévolamente cualquier palabra de alguien que no sea de su partido, acudiendo al más basto amarillismo.

Es decir, en ninguna instancia tendremos una cobertura equilibrada, fiable, honesta y limitada a los hechos que nos informe del error o la chapuza, de sus dimensiones y de los niveles de responsabilidad que implica. Como si no fuera asunto nuestro. Somos víctimas de la desinformación.

Recuerdo que en los años en que impartía ese taller de periodismo no sólo a universitarios, sino a periodistas ya formados que deseaban estructurar los conocimientos que habían obtenido empíricamente (y con algunos de los cuales aún mantengo relaciones cordiales) mi ejemplo todavía era la prensa española de la transición. Una prensa valiente, digna, con grandes ejemplos de periodistas dispuestos a contar la verdad porque descubrían que la libertad era un aire fresco que revitalizaba todos los aspectos de una sociedad anulada y empobrecida por cuarenta años de dictadura.

Hoy, la verdad no es moneda de cambio en la prensa española. Al menos no toda la verdad. Se elige la parte de la verdad que nos conviene por dinero, por ideología, por compromiso, por amistad (como la de ese dueño de un medio que desde hace veinte largos años le presenta sus libros a cierto político cincuentón que se presenta como joven dirigente  de un partido de nuevo cuño), por capricho o por iluminadismo (palabra que no encontrará usted en la RAE).

Pero la gente tiene derecho a conocer toda la verdad. El lector de un diario debe informarse incluso de eso que le molesta, de lo que haya hecho su partido o sus políticos favoritos de modo incorrecto, de sus errores y fallos humanos. Esta procesión de iconos inmarcesibles del PP y de Podemos y cercanías en la prensa hispana no es sana para ninguna sociedad. (El lector, sobre todo no español, se preguntará por qué no hablamos de los medios del PSOE, y es que ese partido no tiene un medio relevante a su servicio... ni debería tenerlo para "equilibrar el tablero", no, sino que debería ser sujeto de información igual que los demás partidos en todos los medios.)

Vivimos la era del #PeriodismoDePartido a caballo entre Stalin y Goebbels y desgraciadamente muy lejos de George Orwell o Enrique Meneses.

7.2.15

Los euros de Monedero y la fantasía interminable

Me traigo, apenas corregida, aumentada y con fuentes, una reflexión que hice ayer en Facebook sobre el asunto de los 425.000 euros de Juan Carlos Monedero, uno de los cinco creadores y amos de Podemos. Siento que todo mundo se ha dejado convencer de que el problema es si trató o no de evadir impuestos (sí, sí trató) y si su rápida reacción de huida de las notificaciones de Hacienda y su pago de los impuestos eludidos lo libera de toda responsabilidad legal, moral, ética, política, económica y personal.

Dejo a otros la tarea de analizar este punto y prefiero concentrarme en un tema que está antes de ése y que es el origen del dinero que acabó en la empresa de Monedero, Caja de Resistencia Motiva2 y el origen de esta misma.

La versión oficial de Juan Carlos Monedero y su partido es la siguiente: Monedero fue contratado por Bolivia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua en un proyecto de una moneda común para Latinoamérica, y que esto se debe a que trabajó con el BCE evaluando el impacto del euro en España (el asunto no es claro, porque al parecer fue parte de un grupo de consultoría externa lo que parece confirmar el propio documento que elaboraron) y ello llamó la atención de estos países latinoamericanos que lo contrataron "a precio de mercado". Si es "precio de mercado", quiere decir que cobró 200.000 euros al año por su asesoría al grupo de trabajo que hizo el informe.

Y suena extraño.

1. Los estudios para la creación de una moneda que una económicamente a varios países no los realiza un politólogo, los hacen sobre todo economistas. Y menos lo hace un politólogo que ha cobrado durante muchísimos años en Venezuela, en el Centro Internacional Mira como “responsable del Diploma de Gobierno y Poder Ciudadano de formación de cuadros técnicos y políticos, con vistas a aumentar la capacidad institucional y política de los servicios públicos en Venezuela y Ecuador…” cosa que suena cojonuda pero que no tiene absolutamente nada que ver con cuestiones monetarias. Y NO lo hace una sola persona, es el tipo de trabajos interdisciplinarios donde hay varios profesionales en un equipo... el superpoder de Monedero de hacer sin ayuda un trabajo para el que no está capacitado es tan poco creíble como el sentido arácnido de Peter Parker.

2. La idea de una moneda única sudamericana fue puesta en el congelador desde 2011 a reserva de que se equilibrara la situación de los países del Mercosur. Ya en 2009 los equipos técnico-económicos de Venezuela, Cuba, Bolivia, Honduras, Nicaragua, Dominica y Ecuador habían hecho los estudios para la moneda propuesta, el Sucre, pero el asunto se detuvo por las disparidades económicas de los países implicados y la reticencia de Brasil con su sólida moneda. Chávez siguió insistiendo en el Sucre sin que le hicieran mucho caso, y después de su muerte (ocurrida a fines de 2012 o principios de 2013, hay reportes conflictivos) el asunto se disolvió bastante.

3. Si contratas a un politólogo segundón para hacer un estudio económico, no le pagas 200.000 euros al año, simplemente. Y muchísimo menos si ni siquiera va a estar presente en los alrededores (en este caso, trabajando a distancia, como su cófrade Errejón). Es más de lo que gana Seth E. Wheeler, al que usted no conoce pero es el principal asesor económico de la Casa Blanca (225.000 dólares o 197.000€ a precio de hoy). Es la mitad del sueldo de Barack Obama. Es 2/3 partes del sueldo de Angela Merkel. Es más del doble de lo que gana Rajoy. Es más de cuatro veces el sueldo de Nicolás Maduro o de Rafael Correa. Y todos ésos, por cierto, trabajan de tiempo completo, no mandando correos desde el mitín de Villaboyuyos de Arriba.

Vamos, hijos, que es una puta pila de plata enorme que no se le paga a un profesorcillo que hace asesorías ocasionales mientras hace un partido con sus colegas de la facultad y no tiene ninguna presencia académica internacional seria.

4. Si no es razonable, y es merecedora de una visión muy escéptica, la historia oficial del origen de la brutal cantidad de plata que se embolsó Juan Carlos Primero de Podemos sí hay otras historias (como la del intento de compra de Canal 33 por parte de TeleSur de Venezuela, sustentada en documentos y confirmada por el dueño de Canal 33) que son más plausibles. E incluyen los problemas aparentes de la anterior empresa de ambos amigos, "Producciones Con Mano Izquierda" que actuaba lucrativamente vendiendo servicios pero luego recibía beneficios fiscales como si no tuviera ánimo de lucro, asunto que, se informa, dio origen a la empresa de Monedero, Caja de Resistencia Motiva2, dedicada curiosamente a la producción audiovisual y la asesoría política. Mucho más plausibles.

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5. Que el dinero se haya usado para La Tuerka es otro asunto más que dudoso. Según los documentos que se han publicado, y dado que los trabajadores del programa y de la productora "Con Mano Izquierda" recibían una miseria por su trabajo (se les considera militantes y voluntarios), el programita de los chicos de Podemos costaba la friolera de 3.800 euros al mes. Con lo cobrado por Monedero, menos los 70.000 que pagó de impuestos, tienen para producir La Tuerka durante ¡casi 8 años! Y eso sin contar la parte del sueldo de Pablo Iglesias que teóricamente también se invierte en su programa (lo que se llama "donarle tu sueldo a tu empresa" y que algunos creen que es un acto de altruismo como para derramar una lágrima cuando el donante cobra de sus muchos empleos sueldos por 70.000 euros "de los de abajo" que los de abajo no cobran en un año, sino en 9 o 10), con la cual se puede producir el programa otra pila de años. Suena extraño.

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6. Tampoco es creíble, pues, que ese caudal estrepitoso de pasta de diversos orígenes (la TV iraní en español HispanTV, otras producciones para varios clientes, el dinero de Monedero, el dinero de Pablo) se use para un programa que, además, recibe dinero del diario Público de Roures, uno de sus más abiertos exégetas en los medios. Si Público ya pagaba y no tenían problemas para gastar 3.800 euros al mes en 2013, ¿en qué se usan los 350.000 euros de Monedero y la donación mensual de Iglesias? Dice Monedero que las cuentas de La Tuerka son públicas, pero no lo son en Internet, al menos. Quizá están en alguna oficina oscura latinoamericana donde, si uno se entera y va y pregunta, le dirán "aquí están las cuentas de La Tuerka, públicas para quien las pida".

7. La hipótesis razonable es, claro, que el dinero se ha usado para financiar el proyecto de Podemos. Como dice el propio Monedero se están gastando el dinero en cambiar al país. Podría ser un lapsus porque desde La Tuerka no se cambia al país, se hace montando un asalto a la Moncloa con un partido nacido días después de ingresar el dinero, estrategia, márketing y mucha pasta. ¿Es el caso? No hay forma de saberlo, pero no es descabellado. En muy poco tiempo (de junio a noviembre de 2014 según su propio portal, que no se ha actualizado en tres meses) el partido pasó de no tener un puto duro a contar con ingresos declarados (que no demostrados) de 600.000 euros.


Porque no es "transparente" anotar que el 8 de mayo tuviste ingresos de 7.752,41€ por una "donación de PayPal" y el día anterior de más de 4 mil euros y al día siguiente de más de 3 mil... sin decir quién la hizo... porque no es descabellado pensar que las fuentes de ingresos del grupo sean las "donantes" a su propio partido. ¿En qué se gastó Monedero la fortuna que recibió a saber de dónde? Nadie lo sabe. No se sabe siquiera si La Tuerka o su productora CMI "donan" dinero al partido vía PayPal. Opacidad total. Pero con donaciones de mil euros diarios, el dinero de Monedero pasa a Podemos en un año sin problema. Y con donaciones de 4 mil, lo consigue en menos de tres meses.


Añado, por su relevancia, el tema del "crowdfunding" al que le atribuyen una capacidad de financiamiento verdaderamente asombrosa. Como cuenta Miquel Villanueva, algo raro ocurrió con el financiamiento de la asamblea fundacional del partido vía el comodísimo crowdfunding, pues a las 11:33 de la mañana del 18 de octubre aparecía con una sana cantidad de 70.927 euros recaudados (de un objetivo de 132.711.



Cuando Villanueva hizo notar públicamente que esta cifra procedía de sólo 35 donantes ciertamente acaudalados (al son de más de 2.000 euros por peluca), en cuatro horas aparecieron 164 donantes más que en conjunto apenas pusieron 1.550,95€, es decir, algo menos de diez euros por sombrero. ¿Esto prueba una irregularidad? Pues no. Pero normal, normal, no es.



8. La liquidez de Monedero sí que es asombrosa. En cosa de una semana consiguió 130.000 euros contantes y sonantes para depositarlos en Hacienda y evitar que lo procesaran por fraude fiscal. ¿Un modesto profesor, que se considera "de los de abajo" (o, como le escuché decir con toda la cara, que afirma que "los parados somos nosotros" aunque él cope empleos y sueldos varios en dos continentes), puede sacar de la nada 130.000 euros que son casi 17 años de salario mínimo interprofesional, o sea, técnicamente, un pastón? Recordemos que alguien que presuntamente se ha robado hasta los cubiertos de los restaurantes, Luis Bárcenas, las pasó putas para reunir en tiempo similar 200.000 euros a fin de pagar la fianza que le diera al fin la libertad.

9. Lo más plausible, a reserva de tener información, pruebas, datos, cifras y transparencia por parte de Podemos (cosa que no hay esperanzas de que ocurra) es que Juan Carlos Monedero se ha comido un marrón político gordo por haber abierto una empresa y recibir un dinero de origen desconocido para fines igualmente desconocidos que no son personales, sino parte del proyecto político que comparte con Iglesias, Alegre, Errejón y Bescansa. Dado que decir la verdad comprometería seriamente el envite del grupo para hacerse con el poder en España, se ha inventado lo que parece claramente ser una trola como una hormigonera y se está comiendo sacrificadamente los golpes en bien de sus cuatro compañeros de la oligarquía de Podemos, que a su vez garantizarán que Monedero no sea objeto de ningún proceso de garantías interno del partido sino que obtenga alguno de sus sueños, como la candidatura a la alcaldía de Madrid o el Ministerio de Hacienda.

No sé si mis conclusiones sean sólidas, insisto, son simplemente la aplicación de cuestionamientos razonables a historias incompletas que se han contado a despecho de lo que se ha publicado en los últimos años sobre las actividades del grupo que creó Podemos. Historias, datos y documentos que los muchos medios afines a Podemos ocultan bajo la alfombra haciendo dejación de su responsabilidad de informar... y que sus adversarios (en la ultraderecha, porque la izquierda crítica no existe ante Podemos, desgraciadamente) sí han deshilado, pero que hay que tomar con reservas porque la intencionalidad política es demasiado obvia como para no verla. Aún así, si el dato es creíble y documentado, no importa quién lo ofrece, por supuesto, y lo raro es que tantos medios informativos finjan que no existe.

Pero joder, amiguitos podemeros, ¿no podrían por lo menos someter toda la historia a un análisis mínimamente crítico y pedir no sólo explicaciones, sino pruebas, evidencias, números y datos? ¿Reflexionar sobre los hechos en vez de acudir al arco reflejo de "defender a los nuestros" hasta cuando nos están apuñalando la confianza y la buena fe? ¿No rechazar los datos por su origen o porque no gustan sino enfrentar la realidad y tratar de conocer los hechos reales? ¿Hacer un análisis racional antes que un ejercicio de fe religiosa y ver que, parafraseando a Hamlet, hay algo podrido en Somosaguas?

Ah, que no...

5.7.14

Historias de ceguera voluntaria

Mítica fotografía de Josef Koudelka "Tropas invasoras del Pacto de Varsovia frente
a la sede de la radio" Tomada en agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos
pusieron fin al experimento de un socialismo democrático, libertario y
popular en Checoslovaquia conocido como "La primavera de Praga" (¿alguien
pensó que la "primavera árabe" era un nombre original?). La foto señala,
en el reloj del fotógrafo, el momento de la llegada de los invasores al centro de Praga.
Una de las cosas que tiene el haber acumulado muchos años es gozar de la ventaja de la memoria. Cuando escucho hoy la defensa que muchos militantes de cierta izquierda hacen de toda buena fe de gobiernos como el venezolano, del Partido Podemos o del caudillo de la semana, la memoria pide la palabra.

Primero que nada: los entiendo perfectamente; su entusiasmo, su disposición casi suplicante de ser seducidos por una retórica luminosa que prometa libertad, justicia, bienestar para los oprimidos, escuelas, hospitales, seguridad... el paraíso sin dolor. Escuchan por primera vez hablar de lo que les apasiona y por tanto elevan a quien habla a la calidad de líder más necesario que el agua. Y, por tanto, a cualquiera que ponga en duda al líder o a alguna de sus consignas se convierte en el enemigo.

Hace muchos años, con la misma buena fe, otros que soñaban también con un mundo mejor, se indignaban exactamente igual ante críticas a los regímenes que creían (ingenua, ingenuísimamente) que defendían lo mismo que ellos. La invasión a Checoslovaquia de 1968 era aplaudible. Los gulags eran un invento del imperialismo. Los campos de la muerte de los Khmeres Rojos de Pol Pot eran propaganda de los medios occidentales vendidos. Ceaucescu o Jaruzelski o Enver Hoxa eran víctimas de la desinformación de occidente. La genocida Revolución Cultural china, la genocida colectivización forzada del campo soviético, el Gran Hermano personificado en los CDR cubanos, las barbaridades megalomaniacas de Kim Il-sung (y luego de su hijo Kim Jong-il, como hoy de su nieto Kim Jong-un, socialismo monárquico), todo, absolutamente todo se reducía a "el miedo que el imperialismo tiene a los pueblos en marcha hacia su liberación" y otras frases de elevado impacto y relación escasa con la realidad.

Pero eran hechos dolorosamente reales, los aprovechara o no la propaganda de una guerra fría en la que todos sabíamos, hasta 1990, que cada día podía ser el último, el del holocausto nuclear decisivo.

Al paso de los años, uno, joven de izquierda convirtiéndose en hombre de izquierda, empezaba a dudar de que todos los que levantaban la voz de alarma sobre los horrores en el paraíso presuntamente comunista estuvieran mintiendo, que "el enemigo" tuviera la capacidad exquisita y absoluta de controlar cuanto decían tantos. Y se preguntaba si realmente así era el paraíso de los trabajadores, el cielo por asalto, el arranque del futuro venturoso de las masas, el summum del gobierno de las mayorías desposeídas sobre las minorías poderosas.

No había en esa izquierda, de tan buena fe, insisto,  ni el intento por demostrar que los hechos no lo eran, que los datos eran imprecisos, que la información no representaba la vida cotidiana de tantos. La razón tenía prohibida la entrada. El silogismo era sencillo: "La derecha odia a la izquierda, tú criticas a la izquierda y le das armas a la derecha, ergo tú eres de derecha, su representante o siervo". ¿Que es un razonamiento lamentable? Sí, pero intentar explicarlo en asamblea era garantía para recibir desprecio, invitaciones al silencio o la ocasional paliza de los guardianes de las esencias.

Pero estaban las personas de esas mismas sociedades míticas, los ciudadanos, los libertarios de izquierda, garantistas y progresistas, defensores de los derechos de todos, periodistas honrados, trabajadores indignados, que se arriesgaban a ser denunciados como siervos del enemigo por atreverse a decir que allá se sufría y, con frecuencia, para vergüenza de todos, se sufría más que en las sociedades en las que vivíamos, tan patentemente injustas y tan claramente sufrientes. Que con demasiada frecuencia había menos libertad de la que teníamos en los países donde luchábamos por más libertades. Resultaba, asombrosamente, que era peor para la mayoría, vivir en los países donde, decían, gobernaban los "nuestros" que en algunos de los países donde el poder lo detentaba el adversario ideológico...  ¿Era eso una vindicación de la derecha, una demostración de que los sistemas injustos son mejores? ¿O era, simplemente, una condena brutal a la simulación que se cometía en nombre de ideales que se traicionaban?

Con toda buena fe, los estudiantes chinos del Movimiento por la democracia del 89 levantaron
la imagen de la diosa de la democracia en Tiananmen. Pocos días después el movimiento
era sofocado cuando el Ejército de Liberación del Pueblo chino abrió fuego contra
los manifestantes acampados, dejando entre 150 y 2500 muertos.
La burda estatua de escayola fue demolida.
Uno conoció los hechos. Le dio la mano a Fidel Castro no de buen grado, conoció a las personas comunes que no eran agentes pagados de la derecha, enfrentó el hecho de que la realidad no se parecía al sueño. La caída de la Unión Soviética hizo imposible negar las atrocidades, las masacres, la tiranía, la aristocracia depredadora, el desprecio al pueblo, la represión, el miedo, el esquema donde el Partido era el patrón, el explotador sin contrapeso alguno. Los ciegos voluntarios bajaron la cabeza y miraron para otro lado sin pedir disculpas por un encubrimiento que en vez de servir a los mejores ideales los había malversado en perjuicio de las mayorías. De las mayorías.

Nada de eso hacía mejores las injusticias de este lado. No justificaba la pobreza, la inequidad, la ley para el que puede pagarla, las libertades escasas, el hambre, las escuelas pocas y malas, las medicinas inalcanzables... Precisamente por eso, condenar los crímenes cometidos en nombre de la izquierda no era ser enemigo de la izquierda. Al contrario, esa condena era una obligación moral para defender los mejores ideales de la izquierda.

Mientras en nuestro "aquí" se buscaban mejores condiciones de trabajo, medios de comunicación independientes, un sistema legal fiable y justo, una educación científica, crítica y cuestionadora; la libertad de ser, estar y pensar; el derecho a disentir sin temer al represor, el fin de los torturadores... en el mítico "allá" era imposible siquiera luchar por los mismos ideales.

El esquema se repite hoy con algunos gobiernos presuntamente (muy presuntamente) de izquierda. Gobiernos que reeditan el caudillismo más lamentable y la demagogia más cansina, pero consiguiendo que algunos, especialmente fuera de América Latina, crean que es su peculiar "ahora sí", al que creen tener derecho por sólo ser, y por tanto rechacen en arco reflejo la denuncia de los errores, esa denuncia que debería ser una de las más altas misiones de la izquierda.

Pero hoy como hace 30 años, quien denuncia es sometido al mismo tratamiento por los ciegos voluntarios, los apasionados sin mayores matices ni reflexiones, y para los que el disidente, el crítico, el cuestionador, no puede ser honesto, es impensable, es imposible... quien no esté de acuerdo con "nosotros" debe ser considerado enemigo del pueblo, golpista, fascista, guarimbero, contrarrrevolucionario, imperialista, neoliberal... y punto.

En España, cercanos amigos y beneficiarios de esos gobiernos y de la teocracia iraní misógina, homófoba y con proyectos genocidas son objeto de la misma defensa irreflexiva. Son unos pocos que pretenden ocupar todo el espacio del debate político. Si San Cipriano estableció la preeminencia de la iglesia diciendo "extra Ecclesiam nulla salus", "fuera de la iglesia no hay salvación", ellos vienen a informar "la izquierda soy yo y fuera de mis membretes no hay izquierda, sólo presas legítimas de todo odio y desprecio". Y sus seguidores, entusiastas, de innegable e indudable buena fe, de nobleza sin sombra de duda, se ponen entre el astuto caudillo y la crítica, esperando así merecer la solución mágica a sus problemas, que el caudillo haga realidad la spanishrevolution que ese mismo caudillo y su entorno les prometieron primero haciéndoles creer que eran protagonistas para luego reducirlos a seguidores.

Seguidores que de nuevo eligen la ceguera, temerosos de que la crítica y la autocrítica "le den armas al enemigo", dispuestos a aceptar un acuerdo de mínimos morales que establezca lo bueno y lo malo de manera clarísima y tranquilizadora, donde lo bueno es, claro, el caudillo y su entourage, y lo malo es todo lo demás. Pensar, nada.

Y la memoria cuenta que en un futuro vendrán a enterarse de que el enemigo estaba dentro, no fuera, y que la única forma de vencerlo es, precisamente, la crítica abierta y plural, no el culto súbito a la personalidad cuyo único legado son ridículas estatuas de tantos tiranos que también inauguraron la escalera al cielo... que no fue a ninguna parte.

Cuestionar es un deber moral. La ceguera voluntaria no es un lujo que debiéramos permitirnos. Como sociedad. Como individuos. Como personas dignas.

Yo creo.

14.6.14

De la censura a la ostentación


Era 1993 y yo llevaba casi cuatro años escribiendo mi columna de opinión "A contracorriente" en la página editorial de Diario de México, propiedad de Federico Bracamontes, un periódico pequeño y poco ostentoso. Inesperadamente, tuve que dejar el periódico debido a que fui objeto de censura por primera vez en mi vida periodística (que ya sumaba 17 años en diversos medios impresos y electrónicos). Y mi salida tuvo que ver con la frase que ve usted eternizada en bronce más arriba.

Durante los primeros tiempos de mi colaboración, no recuerdo cuántos, me dediqué a comentar política internacional, pero pronto el director empezó a pedirme que hablara de política nacional. Le recordé mis artículos en revistas como Jueves de Excélsior o Ahí! y cómo no era yo proclive a perdonar las tonterías del poder, de modo que si el diario me abría las puertas para eso, iban a salir chispas. El director ya me conocía. Por entonces estaba  yo escribiendo 119 entregas de una columna de humor ("Piedritas en el buche") en el diario donde antes él había sido responsable, El Gráfico, vespertino de El Universal, donde además tenía yo una colaboración semanal en la sección cultural que dirigía Paco Taibo I.

Pero insistió, y finalmente empecé a dedicar mi columna semanal a temas nacionales. Y temas no faltaban, desde la iglesia hasta las atrocidades de una justicia torcida por motivos políticos.

Promoción en ruso de la exitosa telenovela
"Los ricos también lloran"
Los ricos lloran, pero no compran

A principios de 1993, el dueño y presidente de Televisa Emilio Azcárraga Milmo, a quien le gustaba que le llamaran "El Tigre", hizo unas declaraciones tremendamente desusadas (no solía dar entrevistas) y según algunos ligeramente achispado por el éxito en Rusia de su telenovela "Los ricos también lloran":
México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. 
Los ricos, como yo, no somos clientes porque los ricos como yo no compran ni madres. 
Nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media popular. La clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o Proceso para ver qué dicen de Televisa… Estos pueden hacer muchas cosas que los diviertan, pero la clase modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene otra manera de vivir o de tener acceso a la distracción más que la televisión.
En resumen, Azcárraga establecía que la pobreza en México era para siempre, y que su resultado, los pobres, eran la fuente de su nada despreciable y siempre creciente fortuna.

Vi la oportunidad de comentar en mi columna los problemas que implicaba tener un monopolio absoluto de la comunicación televisual en un país que luchaba por la democratización, la libre expresión y, a veces, los derechos más elementales. Escribí mi columna (en Word 5, por cierto), la imprimí y la mandé al diario por fax, que era como nos mandábamos documentos antes de que la web se hiciera popular.

Poco después, quizá media hora, recibí una llamada del adusto pero amable subordinado con el que tratábamos directamente los colaboradores. El artículo, me dijo, "no pasaba" (es decir, no era aprobado editorialmente). Comenté que como artículo de opinión firmado era responsabilidad mía exclusivamente, no asunto de decisiones editoriales, y así se había tratado el tema en los más de 180 artículos sobre los más variados temas que había yo escrito en el diario. El hombre, al que recuerdo canoso y delgadísimo, me explicó que el periódico tenía algunos lucrativos tratos comerciales con Televisa y que, por tanto, criticar al dueño del emporio de las comunicaciones podía hacerles perder contratos de imprenta y publicidad que resultaban muy necesarios para la supervivencia de la empresa. Le respondí que todo eso era asunto de la empresa y que podía entenderlo pero no compartirlo, yo no era la empresa, era un periodista que intercambiaba un pago misérrimo por la certeza del respeto al ejercicio de su libertad de expresión, según convenio verbal entre caballeros. Sin conmoverse ante mi reclamo voltairiano, me dijo que, como fuera, el artículo "no pasaba" y que mandara otro.

No mandé otro.

Una semana más tarde, aproximadamente a la misma hora, el educado personaje me llamó preocupado porque el artículo de esa semana no había llegado a la hora en que solían recibir mi fax. Le expliqué, cortés pero firmemente, que estaba yo esperando que publicaran mi comentario sobre las palabras de Azcárraga, porque era mi costumbre no escribir un artículo de opinión sino hasta que el medio hubiera publicado el anterior, de modo que en cuanto ellos publicaran el enviado la semana anterior, con gusto remitiría el siguiente.

En 21 años no lo han publicado, así que supongo que ya no volveré a colaborar en Diario de México.

Era la primera, pero no la última vez, que el intento de un director por censurarme acababa en mi ruptura de relaciones con un medio.

En televisión y en radio

En el plató de "Y usted qué opina", con Nino Canún,
discutiendo con la gente de Pro-Vida
Me volvería yo a encontrar con las palabras de Azcárraga en las condiciones más extrañas, en un debate realizado en octubre o noviembre de ese mismo año en el programa de Nino Canún. El curioso tema era el concierto "Girlie Show" de Madonna y era tema porque el grupo integrista y ocasionalmente violento "Comité Nacional Pro-Vida" y su entonces presidente, Jorge Serrano Limón, habían emprendido una absurda campaña para prohibir el concierto porque atentaba contra la moral y "los valores mexicanos", que por alguna causa ese grupúsculo fanático no sólo creía conocer al dedillo, sino que suponía que tenía la obligación de defenderlo contra los malvados de fuera... nacionalismo y fanatismo religioso que son, como todo mundo sabe, una mezcla explosiva.

La historia de ese enfrentamiento donde me di el gusto de sacar de sus casillas a las huestes de Serrano Limón ya la conté en "El retorno de los charlatanes" cuando resumí la historia de Pro-Vida y de su líder, y no la repetiré aquí.

Con estos antecedentes, lo curioso fue que en 1995 fuera yo invitado por Ricardo Rocha, por entonces presidente de Televisa Radio, junto con Mario Méndez Acosta y Mónica Lavín, a crear un programa de divulgación científica dirigido precisamente a esa clase "media popular" (que se llamaría "muy pobre" en cualquier otro país donde no existiera la pobreza extrema o miseria lacerante que aún azota a casi cuatro millones de mexicanos). Como Editorial Televisa era (y es) dueña de la edición mexicana de la revista Muy interesante, Rocha acordó que nos prestarían el nombre a cambio de que le diéramos amplia publicidad a la revista, por entonces la única que en México hacía algo de divulgación científica.

Durante dos años y medio, de lunes a viernes, dos horas todos los días, primero en la emisora XEQ y después en el mascarón de proa del imperio, la XEW, intentamos demostrar que esa gente a la que se refería el dueño de la empresa podía tener a su alcance otra forma de vivir y de ver que aquélla que le ofrecía una televisión concebida para eternizarlos en la miseria. Entrevistamos a un gran número de investigadores, científicos y técnicos mexicanos, demostrando que eran "gente normal" y no signos de interrogación con bata blanca, cubrimos acontecimientos como la muerte de Carl Sagan o el suicidio de la secta ufolátrica Puerta del Cielo y fuimos, de algún modo, los jodidos tras el micrófono, que no es poca cosa según dónde y cómo: una mínima incursión jodida en las filas de los "Soldados del PRI y del presidente", como definió en otra ocasión Azcárraga a su empresa y a él mismo.

Debo reiterar que Ricardo Rocha respetó íntegramente nuestra libertad de expresión, incluso pese a algún dolor de cabeza que le causamos cuando el arzobispado mexicano, entre otros damnificados por nuestros comentarios, le llamaba pidiendo nuestra cabeza y el fin del programa. Pero cuando se acercaba el mundial de fútbol de 1998, nuestro horario se volvió apetitoso para el negocio y la emisión murió para mayor gloria del balompié (sin lograr, sin embargo, que dejara de gustarme el fútbol).

Algún oyente atento, mil gracias, grabó algunas de emisiones como las arriba enlazadas y otras, y las ha ido subiendo a Internet, testimonio de esos alrededor de 300 programas que hicimos convencidos de que la ciencia es asunto de todos, frase en la que siempre he creído.

Hoy me entero de que esa placa que consagra como gracejada o como declaración de política noble, o incluso como desafío, del ya fallecido Emilio Azcárraga (la empresa hoy es de su hijo, tercero del mismo nombre) ha sido convertida en una obra de arte-denuncia pero que muchísimas personas, incluidos ejecutivos y empleados de Televisa, creen que está orgullosamente fijada en sus instalaciones. Lo que hace más de 20 años eran palabras cuya repetición y crítica eran suficientes para censurar a un modesto periodista y causar terror a otro con una brillante carrera en televisión, hoy son irrelevantes, para un lado y para otro, su significado erosionado o asumido, no lo sé, por todos los implicados: la empresa, sus anunciantes, el gobierno al que apoya y sus espectadores. La obra de arte ni siquiera levantó demasiadas ampollas. Pero hoy las palabras de Azcárraga ya no son el secreto en el que se les quiso convertir a posteriori.

¿Se puede sacar alguna lección de esto? No lo sé. Quizás que la lucha por la libre expresión vale la pena, o que a veces damos una importancia enorme a lo que mañana no lo tendrá. O incluso que los serviles ante el poder, por ricos y famosos que sean, a la larga son exhibidos en su pequeñez moral, mientras que los pequeños que sólo tienen como patrimonio su honestidad, que casi los condena a la pobreza, y su compromiso con los lectores, a veces pueden sentirse un poco (sin excesos) orgullosos de haber dicho algún "no" cuando nadie se hubiera enterado de ello y cuando el "sí" era más cómodo y mejor negocio.