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30.1.18

Cenar con Fidel

Era la segunda vez que iba yo a Cuba, pero no lograba sacudirme una sensación de poderosa irrealidad, de ser Alicia en el País de Nosébienqué. Y es que era -y supongo que es- imposible saber qué. Curiosamente, en mi primera visita, un año atrás, en el Encuentro Tres Fronteras de Literatura Policiaca, había yo sido testigo de una alucinante asamblea en la preciosa casa de la UNEAC en La Habana donde se había "analizado" la película Alicia en el Pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres, y escritores cuyo pensamiento no sólo conocía yo, sino que compartía y eran asunto de largas conversaciones igual en México que en La Habana, de pronto defendían la censura a la película y otros miraban al techo buscando murciélagos y callaban estruendosamente. ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Mi ingenuidad hallaba increíble el doble discurso, la obligación que tenían mis amigos de opinar lo que debían en público aunque ya en casa las cosas fueran distintas, y en el piso de Justo Vasco o de José Latour o de Arnaldo Correa o de algún otro que no menciono porque sigue en la isla, opinaran de otro modo y del lado de lo correcto.

La sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en La Habana.
Ir a Cuba era -no sé si aún es- como ser invitado a bailar un ritmo que uno desconoce. Le pueden explicar los pasos (un-dos-tres, vuelta cuatro-cinco, pasito, seis-siete-ocho, alto... un-dos-tres...), pero, cuando trata de hacerlos torpemente, su profesora le tiene que tirar de aquí, empujar allá, mostrarle el paso y estar a punto de echarlo a uno al suelo tropezándose con sus propios pies. Los amigos, loso amigos eran los que te decían para dónde y cómo y cuándo y si callar alto o callar bajito, si preguntar o mejor no molestar porque los signos de interrogación los tiene alguien bajo llave y los tienes que pedir con un escrito por quintuplicado dirigido al Ministerio.

No exagero. Lo juro por las noches en el asombroso ático de Juan Carlos en el Vedado.

Y lo supe con claridad, lo he contado, aquella mañana de 1989 cuando el agregado de prensa de la embajada de Cuba en México madrugó para recibirnos (a quienes formábamos un grupo de editorialistas que hacíamos desayunos políticos en el Hotel Reforma), con un pulcro expediente que explicaba por qué Cuba había fusilado a Arnaldo Ochoa. No sé con quién entraba yo al restaurante del hotel cuando vimos al diplomático cubano, pero ese compañero me dijo: "Ya fusilaron a Ochoa". De allí en delante, todo era cuesta abajo conmigo, lo admito.

Alguna vez conté mal que esta noche en concreto había ocurrido en el Encuentro Tres Fronteras de La Habana. Error mío. El Tres Fronteras había sido el año anterior, y allí anduvimos con autores estadounidenses de contrabando por La Habana y en memorable visita a la Finca Vigía de Hemigway, y fue la ocasión de mi nanoparticipación en el tráfico de moneda en la isla, años en que el dólar estaba prohibido para el cubano de a pie. Esta vez era 1992 y estábamos allí invitados a la Feria del Libro de La Habana. Recuerdo que nos alojábamos en los gemelos hoteles Tritón y Neptuno, y que el día de la marejada vi venir, saliendo de las olas visibles entre los dos hoteles, la redonda figura de Manolo Vázquez Montalbán, que se había ido a nadar jugándose el pellejo. Le dije que estaba mal de la cabeza metiéndose a un mar así, pero él me hizo a un lado con "El agua está cojonuda" y se fue a desayunar.

Los hoteles Neptuno y Tritón.
A casa de Justo Vasco se podía llegar a pie, pero el día anterior, cuando la marejada fuerte, era un río por el que pasaban zodiacs rescatando gente. Lo contaba Justo señalando por la ventana mientras su hijo Enrique armaba ordenadores con las piezas que habíamos metido de estrangis a la isla para que los amigos pudieran seguir escribiendo sus novelas, sus cuentos. Con las piezas de ordenador y diskettes y demás había objetos aún más arcaicos: cintas de máquina de escribir pedidas por uno u otro escritor cuyos manuscritos ya eran demasiado fantasmales, papel sencillo y blanco, lápices, bolígrafos...

Esa marejada inundó la Casa de las Américas, lo cual afectaba la entrega de los premios de esa institución cultural. La ceremonia programada para esa noche fue trasladada a toda velocidad al Hotel Habana Libre. Me salto muchas anécdotas para poder llegar a donde promete el título, que hasta ahora, lo sé, se ve como un objetivo lejano. Pero el Comandante, el Caballo, Alejandro, Fidel, pues, estaba allí, omnipresente. Estuvimos muy serios, escritores internacionales invitados, en la entrega de premios, cuando pasó uno de los responsables de la feria a decirnos que no hicíeramos planes para cenar. Un-dos-tres, vuelta... no, para el otro lado. ¿Qué significa eso? Buscamos a uno de los amigos cubanos para que tradujera. "Esta noche vamos al Consejo de Estado", explicó uno, que hoy es famoso, pero mucho, como si eso dejara claras las cosas. "Que cenamos con Fidel", dijo otro que, con más viajes a México, tenía más clara nuestra perplejidad.

(Un día tendré que contar cuando, en ese mismo viaje, nos invitó a cenar a la embajada de México ni más ni menos que Mario Moya Palencia, entonces embajador ante el gobierno de Castro y que de 1969 a 1976 había sido Secretario de Gobernació -Ministro del Interior- y responsable de la represión en México, dueño, pues, de nuestros expedientes de jóvenes estudiantes rebeldes y rojos, cosa que comentaba muy divertido en la cena, pues por entonces se sentía escritor.)

Terminada la premiación, efectivamente, nos subieron a un autobusito y nos depositaron en la plaza del Consejo de Estado, desde donde se nos condujo a una enorme sala de espera donde estaban, además, un congreso internacional de médicos en pleno y una delegación enorme de la patronal mexicana, la COPARMEX, que venían a ver si invertían en la Cuba a la que la URSS acababa de dejar sin su paga mensual y donde no había ni para comer, ni para vestirse ni para mantener las luces encendidas toda la noche. Era, pues, el Período Especial en su momento más gélido.

Después de una espera que recuerdo prolongada, nos pusieron en fila, cosa que confirmaba la conclusión a la que habíamos llegado en el ático de Juan Carlos, la única verdad sólida que habían dado años de debate profundo: "Independientemente del modo de producción, la burocracia es una mierda". Y la burocracia tiene como uno de sus rasgos distintivos la fila en instalaciones gubernamentales.

La sede del Consejo de Estado en La Habana.
Cuando la fila giró en una puerta, pude ver por qué avanzaba tan lento como si fuera para vacunarnos contra el cólera: Fidel estaba saludando a todos de mano. Me quedaba menos de un minuto para decidir si saludaba muy educadamente al Fidel que en la década de 1960 había inspirado a muchos en favor de la justicia y la libertad (servidor incluido) o bien le negaba la mano al dictador de gran carisma que tenía a los amigos jodidos, que era un inútil en el manejo de la economía (a ver, hijo, que Vietnam con menos ventajas en 25 años había levantado una economía mínimamente funcional, y aquí estábamos a 30 años de la toma de La Habana y no había ni para pintura), que de justicia había demostrado entender poco, pero de libertad no entendía nada y le daba palos a los que opinaban distinto. En esta decisión pesaba el que un par de días antes había yo visto en acción a una Brigada de Respuesta Rápida meterle a un chaval una paliza como para un grande. Las BRR eran -o son- grupos de militares que visten de civil dedicados a impartir sesiones gratuitas de pedagogía súbita para los más boquiflojos.

Claro que si yo decidía saludar al segundo y preguntarle si no le daba vergüenza lo que había pasado de 1959 hasta ese momento, iba a provocar un incidente diplomático de consideración, y mi embajador era quien era. Así que opté por saludar al mito, sin decirle al comandante que era evidente que todo lo que venía anunciado en el empaque de la revolución cubana era más falso que un tratamiento de cosmética francesa de mil euros.

El poeta Roberto Fernández Retamar recitaba nombres, Fidel saludaba de mano y sonreía, y un atareadísimo fotógrafo tomaba la instantánea del momento. Escuché la gravísima voz de Roberto: "Mauricio Schwarz, mexicano, escritor y periodista", y Fidel sonrió y yo le di la mano y nos tomaron la foto. Las relaciones México-Cuba habían sobrevivido a mi fugaz imagen de rebelde de la rebeldía. Le pregunté a uno de los amigos por la foto. ¿No era raro tomarse una foto con cada uno de los asistentes? Me explicó que si alguno de nosotros llegaba a ser tremendamente famoso, tenían la foto para el Granma demostrando que Fidel era amiguísimo nuestro. Mi foto, por supuesto, languidece por algún lugar del Minint.

Roberto Fernández Retamar, que había sido agregado cultural de la embajada de Cuba en México
No sé cómo fue que en la hora siguiente, antes de la cena multitudinaria (de bufete, de pie), un grupo de no más de diez de nosotros acabó en un despacho con Fidel hablando de la marejada. Era impresionante. Ciertamente era el hombre mejor informado de Cuba o, por usar una figura común en América Latina, no se movía una hoja en la isla sin que él recibiera un informe. Pero ésa, me parece, era parte de su maldición. Con cuatro informes de meteorología y cuatro de los riesgos sanitarios de la inundación de buena parte de la ciudad, hablaba como un absoluto experto en clima, aire, mar, tierra, medicina, navegación, microbiología, epidemiología y conducta humana en casos de desastre. Sin una sola duda.

Conozco el sistema. Los periodistas, y en particular los divulgadores científicos, lo usamos como parte del oficio: obtienes muchos datos incompletos pero bien vertebrados, y los hilas dando un panorama general que es verdad en lo esencial y da una idea bastante buena, con las metáforas y juegos de palabras del caso, de lo que estás tratando de transmitir, especialmente cuando estás tocando temas difíciles para el público en general: cuántica, materia oscura, epigenética. Pero uno sabe que está vistiendo a la realidad con cierto ropaje para llevar una parte del conocimiento a sus lectores. Lo peligroso sería que, luego de leerse cuatro papers y doce notas periodísticas sobre seguridad nuclear para un artículo, se creyera uno capaz de ponerse al frente de la seguridad de la central nuclear de Garoña.

Que era lo que hacía Fidel. Tan desbordante como su carisma era su arrogancia, su sensación de infalibilidad. Recordaba yo casos contados por los amigos, donde después de una explicación somera Fidel se consideraba experto en robótica (software y hardware) y tomaba decisiones que al final resultaban desastrosas. Y lo mismo en genética ganadera (algo hay de una brillante idea de cruzar ganado lechero con cárnico). En fabricación de lápices (la de Batabanó es histórica). En cultivo de mandanga, en aeronáutica, en producción editorial, en recetas de jambalaya y en geopolítica de países donde nunca puso un pie.

Fidel con Fraga precisamente en 1992.
Los hombres del poder siempre son peculiares pero siempre son demasiado iguales con poquísimas excepciones (recuerdo a dos o tres: Cuauhtémoc Cárdenas, sin duda, entre ellos). Fidel no es distinto de la mayoría de los grandes magnates a quienes les escribía yo informes anuales de sus enormes empresas (aunque, es cierto, alguno de éstos toleraba que yo le dijera que no a algunas de sus presuntamente grandes ideas), ni distinto de los presidentes del PRI como López Portillo o De Gortari, tan convencidos de su grandeza como fulcro sobre el cual habrá de apalancarse toda la historia. No son ni tan malos como creen sus adversarios ni lejanamente tan buenos como ellos se ven ante su amigo, el espejo. Hablar con Fidel era agradable porque su mayor habilidad era, precisamente, la del buen líder, el gurú, el charmer: te relajaba, te hacía sentir importante, era simpático, sabía fingir la honestidad (que, como dijo Groucho Marx, es lo más importante), el interés. Es esa capacidad singular de evocar la credibilidad que iguala, a ojos del seguidor, a Charles Manson, a Lenin, a Mandela y a Martin Luther King, por pensar en personas casi imposiblemente diferentes. Avasallaba. Pero al mismo tiempo, cualquier actitud medianamente crítica ante su despliegue mostraba al hombre fatuo, demasiado, como dice el poema de José Gorostiza: "Lleno de mí, sitiado en mi epidermis", al hombre frágil que a nada teme más que a su propio tropiezo, a aquél cuya imagen depende de la adoración de los demás. No deja de ser metafórico que el fin de Fidel comience cuando su torre de fortaleza se puso en duda con un tropezón bajando un par de escalones. Allí dejó de ser el superhombre, el de las canciones de Carlos Puebla, la luz del amanecer.

El resto de la noche fue comer y hablar. Fidel se disculpó por lo modesto del banquete (había de todo menos langostas, recuerdo) y lo atribuyó al Período Especial sin atribuirse él su casi total responsabilidad de que Cuba hubiera llegado al día de la disolución de la URSS sin ninguna capacidad de maniobra propia, y que acabara siendo salvada por los terribles y voraces hoteleros españoles atraídos por, hágame usted el favor, Fraga. Nosotros hablamos de cosas y Fidel, sin comer un bocado, se apostó en el dintel de una puerta, dos escalones por encima de nosotros, entre dos guardaespaldas impresionantes, más altos que él, hieráticos y sólidos. Allí atendió a quien quiso acercarse a hablarle, a saludarle, a pedirle u ofrecerle, como cualquier visitante a la corte, acercándose al trono para saborear el poder vicariamente o para hacerse con una esquinita del mismo, de ese manjar inmenso que es la omnipotencia. La fila ante Fidel nunca menguó mientras duró el convite.

Dos o tres horas después, el asunto se dio por terminado. Cuando salimos a la noche habanera, uno de mis amigos mexicanos se encontró con Tomás Borge, el comandante sandinista, y lo saludó efusivamente. También saludé a Borge, pese a que ya para entonces habían perdido toda autoridad moral con el saqueo de 1990, la "piñata" sandinista donde los revolucionarios se asumieron sin vergüenza alguna como oligarcas. Si hubiera sabido que Borge estaba por publicar un libro en el que loaba a Carlos Salinas de Gortari, presidente mexicano que destrozó al país en su enloquecida carrera por alcanzar la relevancia internacional como gran líder neoliberal, a él sí que le hubiera negado la mano. Pero uno nunca sabe cuán hijos de puta pueden ser los hijos de puta, qué le vamos a hacer.

Ah, sobre los amigos, los proverbiales amigos cubanos, los entrañables aunque a veces farragosos y expansivos amigos cubanos... de todos aquellos quedan en la isla dos, acaso tres. Los demás, en Canadá, en España, en Alemania, en Bélgica, en Estados Unidos, algunos murieron, los menos. Se les quiere.

Y que te lo cante Willy Colón.

13.10.16

Maldito 12 de octubre

Un vídeo como complemento de la entrada de hace un año Puto 12 de octubre...

10.2.15

Follow the money (¿quién pagó el lanzamiento de Podemos?)

En su libro Todos los hombres del presidente, los reporteros del Washington Post, Robert Woodward y Carl Bernstein relatan en detalle cómo desenmarañaron el caso Watergate en 1972 a partir de los datos que les dio el informador al que llamaban "Garganta profunda" (y que décadas después se supo que había sido el director asociado del FBI, Mark Felt).

De izquierda a derecha: la dueña del Washington Post en 1972, Katherine Graham, los reporteros
Carl Bernstein y Bob Woodward, el subdirector Howard Simons y el director Ben Bradlee.
La investigación de Woodward y Bernstein fue esencial para que se viera obligado a renunciar el presidente estadounidense Richard Nixon, en un alarde de la fuerza que tiene una prensa verdaderamente libre e investigativa (de la que mucho podrían aprender los publicistas que hoy hacen de periodistas en España).

Una de las frases clave que les dijo Felt y que los reporteros anotaron en su libro fue "La clave es el dinero secreto de la campaña, y todo se debe rastrear".

En la película sobre el libro, en la que Robert Redford hizo el papel de Woodward y Dustin Hoffman el de Bernstein, el guionista William Goldman parafraseó esta recomendación del informante en una frase mucho más impactante: "Follow the money", "Sigue el dinero".

La frase, de hecho, se ha convertido en un tópico, dando nombre hasta a un videojuego. Es un principio de la investigación criminal, de muchas relaciones humanas y, por supuesto, inevitablemente, de la política.

Sigue el dinero. Follow the money.

Porque nada se puede hacer sin dinero. Ni siquiera en los países comunistas. Cuando el Che Guevara quiso desaparecer el dinero en Cuba, por primera vez se le pusieron en contra los trabajadores. Acabó firmando los billetes como fugaz Presidente del Banco de Cuba.


"Sigue el dinero" porque el dinero sale de algún lugar y tiene un recorrido antes de llegar al lugar donde nos lo encontramos. Y seguir ese recorrido en sentido inverso explica mucho en situaciones donde todo parece incomprensible o al menos altamente implausible o francamente descabellado. Todo cuesta, siempre. Al pagarlo, se pone al descubierto una hebra que puede conducir al ovillo que alguien puede querer mantener oculto.

Especule usted conmigo (en el sentido de reflexión y no de especulación financiera, para eso veremos cómo especulan otros). Con base en hechos conocidos y en conjeturas al menos razonables. Porque si algún día la prensa española quiere desentrañar realmente los mecanismos de la convulsión política de 2014-2015, tendrán que hacer lo mismo y... seguir el dinero.

En el principio fue el descontento

Imagine usted a un grupo de gente de izquierda marxista más o menos clásica, gente convencida honradamente de que los diseños sociales y económicos de Marx y Lenin son los adecuados para resolver los evidentísimos problemas que tiene el capitalismo. Y los tiene: sus pesadas injusticias, su creación de pobreza y desesperación, de inequidad y falta de oportunidades, un fatalismo económico que se multiplica en el neoliberalismo, ese movimiento que pretende la absoluta desregulación de todos los mecanismos de producción, financieros y de mercado (confiando en una misteriosa "mano invisible" que produce el equilibrio en la teoría sin haberlo hecho nunca en la práctica), que busca que el estado se retire de su función social y que pretende la desgravación de las grandes fortunas en un esquema fiscal donde todos pagan lo mismo (como en el IVA) en lugar de pagar proporcionalmente a sus ingresos (como un IRPF por segmentos).

Pasemos por alto que nunca se ha demostrado que, efectivamente, las propuestas marxistas sean el remedio de la enfermedad evidente y que, de hecho, en muchos aspectos han sido peor que la enfermedad, por problemas de origen que no vamos a discutir aquí pero que puede usted conocer ya leyendo algo como las novelas de George Orwell Mil novecientos ochenta y cuatro o Rebelión en la granja, o el pequeño libro que escribió Bertrand Russell después de su visita a la URSS en 1920 Práctica y teoría del bolchevismo.

El punto es que desde los 70, el marxismo, en algunas de sus distintas advocaciones, asumió la vía legal de la democracia ("democracia burguesa", siempre, en el argot de esa izquierda) esperando convencer a las masas trabajadoras de que le votaran y el estatismo económico se consiguiera por la vía de los votos y no por la vía privilegiada desde Marx hasta fines del siglo XX: la revolución armada.

La Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense en Somosaguas,
Madrid (Fotografía de El Plural.)
Años y años de no conseguir más allá de un puñado miserable de votos hace que se reúnan para plantearse alternativas unos activistas y politólogos ciertamente no tontos (quizá menos brillantes de lo que creen ser), reunidos en un espacio aislado como podría ser una facultad de ciencias políticas que controlan férreamente a través de grupos de alumnos, organización asamblearia y muestras de fuerza (lo común en las universidades ideologizadas como sabe quien haya estudiado en una de ellas, algo he contado a nivel anécdota de mis andanzas con los trotskistas en la Escuela Nacional de Antropología e Historia allá por 1975) que se encuentran además vinculados, no es claro aún cómo, con el proceso de toma del poder de Hugo Chávez en Venezuela.

El otro comandante

Chávez en ese momento es hipnótico, tiene un enorme carisma tropical, tiene todos los atributos del caudillo latinoamericano de derecha o izquierda, da igual, macho alfa, burlón, despreciativo, con una absoluta seguridad en sí mismo, entrañable y cercano, despiadado y gran comunicador. Y emprende una jugada no muy novedosa que sin embargo consigue con enorme éxito: se presenta a las elecciones como un demócrata incluso anticomunista (olvidando el golpe de estado que él mismo encabezó años antes, y logrando que los electores lo olviden) y hombre de paz. Una vez que alcanza el poder, en 1999, revela su intención de fundar el socialismo del siglo XXI y emprende una serie de reformas que NO estaban en su programa original. Con la riqueza petrolera de su país, consigue financiar programas que entusiasman a la izquierda y pretenden equilibrar las profundas injusticias de Venezuela. Era la reedición electoral del triunfo militar de Fidel Castro, que se declaró demócrata hasta que, el 2 de diciembre de 1961, anunció que era y sería siempre marxista-leninista, y emprendió así el camino que lleva a la Cuba de hoy.

Hugo Chávez en Brasil en 2003. (Foto CC Victor Soares/ABr via Wikimedia Commons.)
Los politólogos españoles cayeron de pie en el mundo chavista. Sus conocimientos y su entusiasmo, su compromiso ideológico firme e indudable, les dan un lugar cerca del presidente venezolano que ya no dejaría el poder hasta su muerte. Uno de ellos tiene despacho en el propio palacio presidencial de Miraflores, y de otro se dice que en sus estancias en Caracas vivía en la misma residencia que Hugo Chávez, para estar siempre a mano del presidente. (Otro, que encabeza una organización de asesoría a la que pertenecen los demás, llegaría a ser llamado, años después, "El Jesucristo de la economía" por el sucesor de Chávez, Maduro.) Pero algunos de los cambios en Venezuela, sobre todo los autoritarios que cancelan libertades y derechos, encuentran resistencia... y la fachada de democracia se derrumba: el triunfo electoral establece que quien no apoya absolutamente, incondicionalmente, al régimen bolivariano que instaura Chávez es un enemigo, es casta, es fascista, es enemigo del pueblo, es alguien que está preparando un golpe de estado, es alguien cuyos derechos y libertades quedan cancelados debido a que su opinión difiere de la oficial. La jubilosa revolución chavista se despeña a La Terreur de sus propias contradicciones.

Y, en todo momento, los politólogos españoles están allí. Ven el surgimiento de movimientos afines a Chávez que triunfan electoralmente empleando el mismo sistema de simulación electoral: Rafael Correa, los Kirchner, Evo Morales... en la Suramérica nueva (que deja de interesar a Estados Unidos finalizada la Guerra Fría), sólo Lula da Silva y su sucesora Dilma Roussef, y Tabaré Vázquez (y su sucesor y luego antecesor, José Mújica) son declaradamente de izquierda y compiten electoralmente con plataformas socialdemócratas. Son también los que menos entusiasmo sienten por el liderazgo que Chávez cree tener. Y ese liderazgo se sustenta en un culto a la personalidad casi stalinista o maoísta, al que los politólogos españoles se apuntan entusiastas con frases que desbordan la admiración para llegar a un éxtasis religioso que recuerda a Santa Teresa ("Querer a Chávez nos hace tan humanos", cantaba uno de ellos).

El planteamiento siguiente no es perverso ni oscuro, sino consecuencia razonable de su vivencia y su compromiso ideológico, porque quien participa en política lo hace para obtener el poder político, por supuesto, en mayor o menor medida. Los politólogos españoles se preguntan si pueden hacer en España lo mismo que se ha hecho en esos países que admiran (y que, además, los están agasajando con jugosos contratos de asesoría, con relevancia profesional). Pululan (y cobran) en los partidos de la izquierda electoralmente marginal española (Izquierda Anticapitalista, Izquierda Unida, Partido Comunista), analizan el descontento y buscan una oportunidad.

No pretenden, ni se plantean, "hacer lo mismo" en el sentido de aplicar al pie de la letra las políticas chavistas (como acusa el facilismo de la prensa de derechas, tan poco seria como la de presunta izquierda), empezando porque España no tiene una riqueza petrolera que pueda despilfarrar en proyectos populistas no sostenibles. "Hacer lo mismo" en cuanto a tomar el poder simulando respeto a una democracia que la propia ideología desprecia, a las instituciones democráticas que la propia ideología se propone demoler, utilizando las elecciones que los propios implicados consideran inválidas e inaceptables, para tomar el poder y entonces mostrar sus cartas e implantar las políticas que su ideología propone como solución inevitable, que para eso son politólogos, profesionales... todo ello sin que los electores se den cuenta hasta que sea tarde y esperando que, viendo su bondad, los apoyen porque es "por su bien".

Prepararse para tomar el poder

En el proceso, esperando una oportunidad y ayudando a crearla, los cabezas del grupo y su gente fundan distintas organizaciones o membretes que cumplen funciones diversas: la Fundación CEPS (2002), que da asesorías a los países mencionados y CELAG, con sede en Caracas, directamente. El grupo estudiantil Contrapoder, controlado por los profesores, y el grupo de profesores La Promotora. Ambos empiezan en 2010 a hacer el programa político La Tuerka, que pronto es asumido por una empresa propiedad de los mismos politólogos, Producciones Con Mano Izquierda, que más adelante hará otro programa similar: Fort Apache, para HispanTV y que tendrá como sucesora a Motiva2 Caja de Resistencia.


El 15M marca esa oportunidad. Un grupo de activistas ya sazonados en la lucha organizan un movimiento que parece "espontáneo" pero cuyo decurso controlan cuidadosamente. Los elementos del márketing y la comunicación son profesionales: logotipos, tipografía, dominios de Internet y consignas pocas y sencillas, sin el tufillo a izquierda marxista que repele, demostradamente, a las mayorías electorales españolas y en general a las del mundo. La movilización del 15M y su simplismo son un éxito y los aprovechan políticamente al máximo (como lo haría cualquiera). Una primera propuesta de partido "transversal" de ideología simulada o disimulada, de "ni derecha ni izquierda", el Partido X, no alcanza a despegar. En enero de 2014 se lanza finalmente el proyecto de toma del poder del grupo centralizado en un líder que pretende ser una versión posthippie de Hugo Chávez.

Su comunicación es eficaz acudiendo a las bases más elementales de la demagogia que ya consagraban desde Platón en La república hasta Maquiavelo en El príncipe y, por supuesto, Ernesto Laclau, uno de los ideólogos de todo el movimiento, desde Chávez hasta Grecia. Consiguen que se pasen por alto o se perdonen (o se oculten, en el peor de los casos) algunas de sus afirmaciones más inquietantes de los últimos años, dichas en sus programas de televisión, en sus mítines o en intervenciones de reuniones como las de la Universidad Anticapitalista de Izquierda Anticapitalista o de Juventudes Comunistas. Consiguen que los medios y sus adeptos sean selectivos y cierren los ojos a ciertas afirmaciones.

Consiguen 5 eurodiputados y lanzan un órdago de inmediato por el gobierno de España, que se relevará en noviembre de 2015. Su comunicación se vuelve omnipresente: publicidad pagada en las redes sociales (YouTube, principalmente, ya que su medio de comunicación ha sido la televisión más que la palabra escrita), medios privados volcados a su promoción incesante: La Sexta de Atresmedia, Cuatro de Mediaset, el diario Público y eldiario.es, el más reciente periódico español a cargo de Ignacio Escolar.

En el siguiente año constituyen partido, viajan por España y el mundo, hacen mitines por todos lados, alquilan escenarios, sonido, seguridad, pancartas... Garantizan su control absoluto sobre el partido al mismo tiempo que afirman tener, porque suena bien, una voluntad asamblearia y transversal que es continuamente aplastada por la voluntad de los líderes.

Su éxito es doble: la gente de izquierda marxista sabe que son de los suyos y les apoyan por lo mismo, pero la gente que rechaza esa versión de la izquierda prefiere creer el discurso transversal de que no son ni de izquierda ni de derecha y que serán buenos chicos, mejores que lo que se ha tenido (y todo lo que se ha tenido, todo el pasado, ha sido también objeto de la campaña de comunicación para presentarlo como una sucesión de fracasos sin un solo logro destacable).

Follow the money

Todo lo que hace el nuevo partido (que el lector astuto notará que no hemos mencionado, como no hemos mencionado a sus cinco cabezas) cuesta dinero.

Mucho dinero.

La organización de actividades fue precisamente, no lo olvide usted, la fuente de la trama Gürtel. Los señores amigos de Aznar no vendían drogas, no tenían constructoras defraudadoras de bancos, no traficaban con armas. Su gran negocio era alquilar equipos de sonido, de iluminación, decoraciones, pancartas, stands de feria, logotipos, escenarios.

Es un gran negocio.

HispanTV, la televisión de la teocracia iraní dedicada a la propaganda para los países hispanohablantes.
Y el problema básico del nuevo partido es que nadie sabe de dónde salió el dinero. De cierta parte se tienen informes y no son agradables, como el dinero que reciben las productoras de los cabezas visibles del partido de HispanTV, el canal en español de la televisión oficial de la teocracia iraní, por el programa Fort Apache, que es el mascarón de proa de tal canal. Pero la productora del programa CMI, antes que producir dinero, dice la versión oficial, lo consume de modo voraz. Su presentador le "dona" a la empresa (privada) parte de su sueldo de eurodiputado. Otro de los fundadores del partido le "dona" a la empresa más de 200 mil euros. Y pese a ello la productora paga sueldos simbólicos a sus colaboradores. Todo unido en un reciente escándalo sobre los cobros del hombre de los más de 200.000 euros.

Pero hay más. Está lo que ha ingresado la productora por su trabajo haciéndole vídeos y materiales de comunicación a Izquierda Unida y otros clientes. Están los 3,7 millones de euros cobrados por la fundación CEPS a Venezuela (y cifras desconocidas de los demás países a los que sirve, y finanzas oscuras en las demás organizaciones) y cuyo destino es desconocido.

¿De dónde sale el dinero? Follow the money. Los intentos por enmascarar los ingresos por la vía del crowdfunding han dejado mucho qué desear. Sobre todo cuando se olvidan de hacer dicho crowdfunding para actos costosos como el lanzamiento del candidato oficial de la cúpula para encabezar el partido en Madrid (y de paso ser el candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid).

Las "donaciones de Paypal" de los crowdfundings. Miles
y miles de euros depositados sin que se sepa quién lo hizo.

Un elemento clave del posicionamiento de mercado del nuevo partido (y así lo manejan ellos mismos, no ironizamos) ha sido la transparencia y la lucha contra el fraude, especialmente el fiscal, y contra la utilización patrimonialista del poder (dos cosas con las que pocos pueden estar en desacuerdo). Pero no lo han sabido simular efectivamente. Acostumbrados a que nadie en su red de organizaciones (repitamos: Contrapoder, La Promotora, Fundación CEPS, CELAG, Producciones CMI, Motiva2 Caja de Resistencia, Herramientas de Pensamiento, La Barraca y otras, no sabemos cuántas) les llame a responder, la rendición de cuentas no es su fuerte. Han simulado sin producir los datos que hagan efectiva esa transparencia.

Seguir el dinero. ¿Viene de Venezuela, de Irán, de los negocios empresariales de una izquierda paradójicamente capitalista, de donantes privados con intereses en los medios, de alguien más, se encontraron el tesoro de Barbanegra o se sacaron la lotería como Fabra? Nadie parece estar siguiendo el dinero. ¿Es perfectamente legítimo o podría evocar dudas en el elector y preguntas de difícil respuesta? No lo sabemos y no lo sabremos hasta que los medios decidan hacerlo.

Y cada día parece más claro que el dinero es el talón de Aquiles de los cinco amigos que un día decidieron que su misión en la vida era tomar el poder en España a cualquier precio. ¿Cuál es el precio, en dinero y qué compró en realidad con él quien lo pagó? ¿Y cuánto le va a costar al españolito de a pie, sin asesorías, sin cuentas gordas en el banco, sin acceso al dinero público de dos continentes? Porque quien aporta dinero espera obtener algo a cambio, ya sea en plan bondadoso (si dono dinero a una ONG espero que se use para acciones nobles) o de negocios (espero un beneficio) o político (espero lealtad y complicidad) o algo más.

Uno pensaría que los electores españoles tienen derecho a saberlo. Lo difícil será que estén de acuerdo en seguir el dinero y contarnos la historia tanto los cinco señores del partido como los medios de comunicación claramente afines a su proyecto. Porque, claro... "La clave es el dinero secreto de la campaña, y todo se debe rastrear".

28.7.14

Drogas, drogadictos y comerciantes

Con cierta frecuencia me preguntan mi opinión sobre las drogas, tanto a nivel personal como desde el punto de vista político y social.

La versión corta es: 1. Personalmente estoy contra las drogas (incluyo el alcohol, que es una droga), no consumo más que café, no las promuevo y no me gusta estar con personas cuando están bajo su influencia. 2. Creo que a veces los consumidores se extralimitan afirmando que sus aficiones son totalmente inocuas. 3. Creo que los antidrogas se extralimitan muchísimo más pintando escenarios aterradores y falsos sobre el consumo de drogas. 4. Creo que toda persona tiene derecho a consumir drogas como parte de su libertad para hacer con su cuerpo lo que quiera (mientras no dañe directamente a quienes les rodean). 5. La prohibición no ha funcionado. Por el contrario, el precio que se ha pagado en dinero, recursos y vidas combatiendo las drogas es colosalmente mayor del que se pagaría si fueran legales, si los que las consumen pudieran tener acceso a un producto de calidad controlada, con información fiable sobre qué es y qué hace, y cómo se deja una adicción con apoyo profesional (sin moralinas). 6. Defiendo la total y absoluta despenalización del consumo para adultos responsables, el control de la producción, su integración en la economía y que aporte al tesoro público recursos que puedan servir para fomentar lo mencionado al final del punto 5.

La versión larga, abajo, incluye trozos de varias respuestas que he dado en Spring Me y en ask. Y empieza con la toma de posición personal.

Janis Joplin en junio de 1970, tres meses antes de
su muerte por sobredosis (Foto: Grossman
 Glotzer Management Corporation via
Wikimedia Commons)

Personalmente: no

Las drogas no me gustan en general. Somos nuestro cerebro, punto, y someterlo a un desequilibrio químico sin una clara idea de qué implica eso me parece bastante bobo. Es un riesgo elevado meterle mano aleatoriamente a los mecanismos bioquímicos del cerebro porque alguien nos dijo que tal sustancia es genial y "expande la conciencia" y "cambia la visión", lo cual además no es cierto.

No creo que las drogas ayuden a la creación ni le impartan talento a quien no lo tiene, no son una forma de optimizar la percepción o creación artística ni llevan a la iluminación espiritual ni son, ciertamente, una forma de rebeldía político-social ni nada por el estilo. Las drogas sirven para obtener efectos placenteros, para drogarse, y lo demás son coartadas.

Todos los borrachos actúan como borrachos, su conducta es más uniforme cuanto más borrachos están. De hecho solemos decir que en algunos casos quien actúa o quien habla "es el alcohol" y no la persona. La frase tiene su sentido. Los cerebros reaccionan exactamente igual ante el alcohol, la heroína, el opio, el THC, el alcohol, la cocaína, etc. Un profesional experimentado (un policía o un médico) puede saber con bastante certeza qué droga ha consumido alguien con sólo observarlo y hablar con él. Las drogas uniforman porque apagan nuestra personalidad individual... Apagar selectivamente partes de nuestra personalidad, capacidad de pensamiento, emocionalidad desarrollada, etc. me parece idiota, sobre todo si se hace continuamente.

Es más, con los miles de creadores que he conocido a los largo de mi vida como escritor, puedo decir que los muy talentosos que consumen drogas lo son pese a sus aficiones químicas y no, como creen algunos, debido a ellas. El que no tiene talento ya puede beber láudano a litros, comer LSD a cucharadas, fumarse porros o churros de metro cuarenta de largo, beberse un buquetanque de alcohol y meterse otros psicoactivos en el cuerpo, y su poesía, música, pintura, narrativa, escultura etc. seguirán siendo las de alguien con poco talento. Vamos, que millones de personas se drogan y beben, y generalmente se comportan como bestias de carga, no como sublimes creadores.

Keith Richards
(Foto GFDL de Kelseytracey
via Wikimedia Commons)
Esto me molesta desde la muerte de Janis Joplin, cuando menos, y de eso hace ya mucho tiempo. Porque no me gusta que gente creativa y talentosa se rinda a las drogas y deje la vida en ellas.

Ciertamente casos como los de Robert Plant o Keith Richards son hasta divertidos: se metieron todas las sustancias imaginables y, más o menos averiados, ahí están. Pero detrás de ellos tenemos, por mencionar sólo a dos de sus compañeros de bandas, a John Bonham y Brian Jones, a los que no les fue tan bien. Las muertes evitables son desagradables, sobre todo de gente que puede aportar tanto, sean Hemingway o Jimi Hendrix o Keith Moon. Y yo, como todos en mi generación, cargo con una buena cantidad de amigos y conocidos a los que he enterrado prematuramente, sobre todo víctimas del alcohol: periodistas, historiadores, lingüistas, pintores, escritores, que podrían haber hecho muchísimo más que dejarse morir por su afición.  Y he visto a muchos jóvenes brillantes convertirse en adultos apáticos (aunque simpáticos) que viven a medio gas por una adicción de décadas.

Me duele pero los respeto. También algunos de ellos son prueba, sin embargo, de que su consumo no tiene los efectos desastrosos, mortales y aterradores que anunciaban los agoreros del desastre... pero también son testigos de que no es inocua como les gusta afirmar a ellos. Lo cual no debería sorprender a nadie: toda sustancia consumida durante años causa efectos fisiológicos y cognitivos, así sean leves (según distintas drogas, pueden ser mucho peores).

Ni consumo (salvo café, que finalmente es la droga más extendida del mundo) ni recomiendo ni me gusta el consumo de drogas. Pero ésa es una posición personal que se resuelve, en mi caso, no consumiendo, manteniéndome apartado de la gente cuando están colocados o borrachos (no sé cómo manejarlos y me resultan siempre muy aburridos), y dando mi opinión.

Porque, personalmente, también creo en el derecho de todo ser humano adulto a disponer de su vida como le dé la gana. Puede meter la pata, puede emprender acciones por motivos incorrectos y es posible tratar de apoyarlo y evitar que, por ejemplo, caiga en una adicción por una depresión. Pero no se puede tratar a todos como niños. Hay gente muy valiosa, muy responsable y muy seria que simple y sencillamente consume drogas más o menos ocasionalmente sin hacerse daño ni hacérselo a nadie. La mayoría de los consumidores, me atrevo a decir, no son unos cavernarios y ciertamente no son drogadictos. Son gente común que tiene su vida, su escuela, su trabajo, su familia. Y consumen drogas. Como otros beben. Como otros tienen otras diversiones con más o menos riesgo de perjudicarse.

Desde el punto de vista ético y moral cualquier adulto tiene derecho a consumir lo que se le dé la gana mientras no afecte directamente a otros con ese consumo o al hacer ciertas cosas cuando está bajo la influencia de esa droga. Tiene derecho a beber, pero no a conducir borracho. Tiene derecho a inyectarse heroína, pero no tiene derecho a convencer a otros de que se la inyecten y menos a dársela a menores de edad. Tiene derecho a fumar toda la marihuana que quiera, pero no a operar maquinaria pesada o asumir posiciones de responsabilidad cuando está disminuido por los efectos del THC. Tiene derecho a cortarse una pierna y comérsela o a tirarse de una ventana mientras no aplaste a nadie y de preferencia dejando pagadas la limpieza de la calle y su funeral, etc.

Cultivo de amapola en Afganistán.
Lo único que me inquieta es que esta forma de diversión u ocio legítimo es su conflicto ético cuando depende de narcotraficantes. Para satisfacer su placer, los usuarios suelen cerrar los ojos al mal que provoca el narcotráfico, y esa actitud me parece poco ética. Desde mi adolescencia me pregunté cómo era posible que quienes consumen drogas consideraran que su afición era una forma de rebeldía, cuando en la mayoría de los casos es ponerse al servicio de lo peor del sistema vigente. Sí, el gobierno no quiere que te drogues, pero vamos a ver, que los que sí quieren que te drogues no son mejores que el gobierno y pueden ser infinitamente peores.

El consumo de drogas ilegales fortalece a las organizaciones ilegales que las suministran, y es por tanto parte de las otras cosas que hacen esas organizaciones ilegales, incluidos los asesinatos, la degradación de sociedades enteras, la destrucción hasta dejarlas inútiles de naciones completas como Colombia o México, donde todos sus habitantes han sufrido inmensamente por causa del narcotráfico que, con el dinero del que se fuma, aspira, esnifa, esnortea o se inyecta sus productos corrompen políticos, compran armas para matarse entre sí (llevándose a muchos inocentes de camino) y degradan a las sociedades que tienen la desgracia de ser su entorno. Sin contar los violentos que afirman tener motivos políticos o religiosos y que se financian mediante el tráfico de drogas.

Los más contradictorios son quienes protestan contra toda empresa privada afirmando que es enemiga de la ética (séalo o no) y que se comporta de modo inhumano y cruel... pero no protestan contra el narcotráfico y las grandes fortunas de delincuentes que matan, torturan y destruyen... Al contrario, consumen sus productos y se hacen corresponsables de las desgracias que ocasiona el narcotráfico en todas las sociedades, desde las productoras y comercializadoras (de nuevo Colombia y México) hasta las grandes consumidoras, como España y Estados Unidos. Y a veces ni siquiera se dan cuenta de su contradicción.

Así, a quien actualmente consume drogas recreativas ilegales, incluida la marihuana, sí le asignaría cierta responsabilidad moral y ética en cuanto a los efectos nocivos del narcotráfico y el crimen organizado. Y el enganche de jóvenes como consumidores, que es fundamental para que el narcotráfico tenga un mercado creciente. Esta responsabilidad seguirá presente mientras las drogas no sean legales y los consumidores deben asumirla y reflexionar sobre ella.

Personalmente, no le recomendaría a nadie que hiciera nada que tuviera como único objetivo impedir, obstaculizar o anular sus capacidades mentales, idiotizar, uniformar, anular la individualidad y borrar la parte civilizada de sus consumidores. Pero tampoco veo mal que alguien consuma ocasionalmente para divertirse. Cualquier diversión, pues, vista de cierto modo, puede conllevar perjuicios. Eso es asunto de cada quién.

Pero mi opinión personal no tiene por qué regular lo que los demás hacen.

El absurdo de la ilegalización

La prohición no ha funcionado para controlar el comercio y consumo de drogas.

Punto.

Las campañas de propaganda antidrogas (generalmente basadas en falsedades) tampoco han funcionado.

Punto.

Nunca ha habido escasez alguna de ninguna droga nueva o vieja en las calles de Estados Unidos, el gran promotor de la guerra contra las drogas. Es decir, que la estrategia no ha servido para nada. Nunca se ha anulado a un grupo de producción y tráfico de drogas sin que surja otro más brutal, más decidido, más poderoso (incluso en otro país). Nunca se ha logrado disminuir la cantidad de consumidores ni de adictos (que son, como decíamos, dos categorías distintas).

Si lo que se desea es disminuir el daño que las drogas causan a la sociedad y a los individuos, la única acción razonable es despenalizarlas, regularlas, dejar de lado la moralina y dejar de tratar a los adultos como si fueran niños.

Despenalización no implica los extremos que los histéricos han fantaseado en falacias de pendiente resbaladiza donde todos seremos drogadictos. No implica poner droga en máquinas expendedoras ni hacerlas de venta libre y sin legislar, como no es de venta libre el alcohol ni mil productos más que no se le venden a los niños y para los cuales se deben cumplir ciertos requisitos. Las drogas se pueden legalizar de un modo tal que se limiten los excesos, eso por descontado... lo relevante es que de pronto, de un día para otro, los narcos verían alterado su esquema de producción y abasto, y su sanguinario mercado local y su lucha por los puntos de venta.

Los ejemplos de despenalización del consumo de drogas como los llevados a cabo en Holanda y sobre todo en Portugal demuestran que lo suyo no es sino una falacia de pendiente resbaladiza no sustentada en ningún estudio serio. No, la gente no se va a convertir masivamente en adicta. No, la sociedad no se va a disolver. Al contrario.

Otro efecto de la despenalización sería la reducción inmediata de la violencia producto del comercio ilegal de drogas, al quitarle la enorme plusvalía que le da precisamente la ilegalidad como el mejor y más rentable negocio del mundo. Porque lo es.

La metanfetamina se puede producir a 300 dólares/kilo y se vende en la calle en 60.000 dólares... o más... No hay nada en el mundo, absolutamente nada, que pueda comparársele en cuanto a nivel de ganancias. Si la policía requisara el 90% de esos 60.000 dólares y sólo quedaran 600, la utilidad seguiría siendo del 100%. Es precisamente por eso que el narcotráfico tiene más dinero y poder que ninguna otra forma de organización delictiva. Y por eso se pueden dar el lujo de perder algunas toneladas de droga por aquí para meter en un país otras muchas toneladas por detrás. Y esto despierta una ambición tan enorme que matar o morir se vuelve cotidiano y normal porque sus beneficios económicos son abrumadores. Y el dinero y la violencia se traducen en poder político, como un cáncer para la sociedad en la que se desarrolla (Colombia y México, insistamos, son ejemplos lacerantes de países destrozados no sólo por el narcotráfico, sino por la lucha contra el narcotráfico, una lucha en la que los estados llevan todas las de perder).

Tirando alcohol por las alcantarillas durante la prohibición
estadounidense.
Estados Unidos debe ser uno de los países que despenalicen, no sólo porque muchos gobiernos del mundo siguen su paso casi automáticamente (cosas de ser el imperio) sino porque es reconocer que ha errado en la posición cómoda que ha mantenido desde que ilegalizó las drogas en 1932, y que es, básicamente, que otros pongan los muertos y peleen su guerra, ya sea en Colombia, en Perú o en México. La reducción súbita del flujo de ingresos obviamente moverá al crimen organizado a otros espacios delictivos, para eso no hay que ser Einstein, pero son espacios de menos dinero, de menos violencia por territorios, de menos poder y menos capacidad de infiltración.

Un momento que invita a la reflexión es la prohibición del alcohol en Estados Unidos 1919-1933. El fin de las leyes antialcohol, debida a una población cansada de la violencia, la corrupción, la inseguridad y la hipocresía que implicaba la prohibición, resolvió muchos problemas (todos creados por la propia prohibición, que a su vez resolvió muy pocos). Incluso, aunque el crimen organizado que obtuvo el gran impulso de la prohibición sigue activo hoy en día, sus niveles de violencia (sobre todo hacia los "civiles" o inocentes) bajaron brutalmente, e incluso de consumo de destilados de alcohol cayó en picado desde que se abolió la prohibición. El comportamiento de la tasa de homicidios en los EE.UU. es revelador, como lo muestra este gráfico:

La prohibición del comercio y consumo de alcohol en los Estados
Unidos duró de 1920 a 1933.

Con todos estos datos, (no con "sentido común", con "yo creo" o con afirmaciones francamente fantasiosas) la propuesta de legalización de las drogas es una posibilidad real de parar las matanzas y emprender políticas basadas en hechos y no en histerias.

El consumo de drogas (entre adultos responsables), como otras muchas actividades que corresponden al fuero interno y la libertad de cada individuo, no debería estar penado porque no causa víctimas directas (ya, la familia puede sufrir, pero también puede sufrir si el imbécil se gasta el dinero en una colección de mocos de estrellas del rock, en las carreras de caballos o en hamburguesas de triple grasa, todo lo cual no es argumento para prohibir ni el coleccionismo, ni los mocos, ni el rock, ni las carreras de caballos ni las hamburguesas). Del mismo modo que lo son el suicidio (que sí, en muchos países es "un delito") y otros de los llamados "delitos sin víctimas". En legislación penal se habla de estos delitos como penados por "el principio de ofensa", es decir, que alguien se ofende por ello (incluso dios, según avisa con sus representantes) y debe penarse, aunque nadie resulte directamente dañado como sí lo resultan en los delitos con víctima que se penan por el "principio del daño", mucho más objetivo.

La legalización también permitiría que se trabajara para que la gente tuviera información sólida, clara y constatable sobre las drogas y sus efectos, sin las exageraciones o las minimizaciones de militantes de uno u otro bando. Como en el caso de todos los demás productos, el consumidor tiene derecho a estar bien informado para tomar sus decisiones con toda libertad.

Otro detalle que hay que tener en cuenta es que la prohibición de las drogas incluye la de realizar investigación científica con ellas en la mayoría de los casos, lo que hace difícil poder averiguar con certeza y un método adecuado si algunas sustancias de algunas de ellas tienen algún valor terapéutico, o si sus efectos generales puede ser útiles (se especuló mucho sobre el potencial antipsicótico del LSD ya que provoca estados similares a los psicóticos en consumidores normales, se habla de varias aplicaciones de distintas sustancias de la mariguana (a veces con intereses no muy claros), la cocaína fue un medicamento y quizá tiene aplicaciones como las tiene la morfina, un derivado de la heroína). Ese bloqueo científico es otra expresión de la tontería y pacatería que ha significado una prohibición irracional.

Cada día que no se despenalizan las drogas hay muertos prevenibles, destrucción social prevenible, gastos enormes en una guerra imposible de ganar y problemas crecientes de coherencia.

11.7.14

¿El fin justifica los tiros?

 
Me preguntan por mi posición ante la lucha armada, que fue el procedimiento de elección de buena parte de la izquierda para alcanzar el poder durante la mayor parte de los siglos XIX y XX.
Nunca simpaticé con la lucha armada en abstracto. Aún siendo muy joven y admirando con reservas al Che Guevara o a los héroes militares inevitables del panteón mexicano como José María Morelos, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria o Pancho Villa (éstos últimos a quienes sigo admirando por ciertas acciones, pero con las mismas reservas), me resultaba claro que la violencia activa raras veces consigue sus objetivos y al final la revolución francesa deviene bonapartismo y la de octubre crea a Stalin y sus huestes de dictadorzuelos, y la Gran Marcha se derrumba en la masacre ignorante del Gran Salto Adelante y en el genocidio ideológico de la Revolución Cultural. Y la revolución mexicana nos deja con un sistema cuyas profundidades de miseria moral, desprecio al otro, abuso y ofensivo caciquismo no tiene medida ni final.

Y los que generalmente ponen los muertos, cuando alguien decide que le viene en gana hacer la revolución, son los inocentes. O los más inocentes. Desde el soldado o policía víctima del "revolucionario" en misión sagrada hasta el ciudadano demócrata y libre, víctima de la intensificación de la represión paranoica del poder. Esas vidas son una moneda que no es propiedad de nadie para usarla en el pago de sus mejores intenciones. Pagar con la vida de otros es esencialmente inmoral. Siempre me lo pareció así.

La violencia es para cuando hay que defenderse del violento. No soy pacifista radical en ese sentido, ni mucho menos católico de poner la otra mejilla. Creo que los límites que vivieron, por ejemplo, los vietnamitas en la guerra que acabó en 1975 o los países invadidos por el nazismo o la República Española bajo asedio, llevan a la obligación de defenderse porque dejarse matar tampoco es una opción razonable. Pero no creo que eso sea extrapolable a la comodidad ideológica que todo lo convierte en asunto de vida o muerte y se pone a repartir muerte.

Me tocó crecer en una época en que la revolución armada era artículo de fe de casi toda la izquierda. Sus referentes eran la URSS, China, Cuba, y luego Nicaragua (esa Nicaragua que acabó saqueada por los comandantes sandinistas, que resultaron los más voraces y los más neoliberales y los más ladrones gobernantes que padeció ese pobre país centroamericano, esa Nicaragua a cuyos líderes conocí y cuya indolencia ante la muerte me sacudió de modo memorable). Y, claro, en Guatemala había caído Arbenz porque no se recurrió a la violencia. Y, claro, Allende cayó 20 años después porque no se recurrió a la violencia. La violencia era incuestionable, salvo por algunos pocos que no nos ganábamos con eso las simpatías de los ortodoxos. Que sí, había trotskistas y estalinistas, castroleninistas y gramscianos, y se rompían los dientes a la menor oportunidad, pero estando todos de acuerdo en que la revolución se hacía a tiros y la duda era cuándo, con qué dinero y bajo la dirección de cuál vanguardia.

Yo, a los 17 años, convocaba un "Frente de deserción" en el que nos reuníamos varios que teníamos la mejor disposición de desertar de cualquier ejército, regular o irregular, que nos llamara a las armas.

El tiempo enfrió los ánimos revolucionarios. El tiempo y las acciones armadas que se llevaron a lo mejor de varias generaciones, hombres y mujeres, generalmente jóvenes, que se sacrificaron creyendo realmente que iban a hacer un mundo mejor. Entre ellos, buena parte de lo mejor de mi generación, gente noble, que creía que estaba haciendo el bien mientras hacía el mal y acababa muerta llevando en la mano un fusil financiado por la URSS o China... gente que mucha falta nos hace hoy para dar la batalla por las mejores causas.

Doroteo Arango Arámbula - Pancho Villa
Hoy en día, tanto en México como en Argentina y España, tengo muchos amigos que luchan en la izquierda mediante la vía democrática, la lucha social y el activismo político... y que condenan el terrorismo en sus versiones más recientes, en particular a ETA. Recuerdo a más de uno de ellos el día en que ETA asesinó a Miguel Blanco, con cara circunspecta y guardando silencio en una España horrorizada o, quizá, cansada ya de tantos muertos con tan poco sentido. Luego indignados con el asesinato de Isaías Carrasco a manos de los mismos miserables. Era un "ya basta, que esto no va a ningún lado".

Y sin embargo sé, porque son mis amigos, que algunos de ellos siguen teniendo la fascinación de la violencia. Que su retirada es, digamos, temporal y circunstancial, asunto contingente, no cuestión de principios. Como dirían dos caudillos del nuevo partido, "la violencia es diferente según contra quién se ejerza", con lo que todo lo pueden relativizar. Todo.

Por eso ante las FARC, por ejemplo, suelen mirar para otro lado. Y suelen darles un espacio para que hablen, y hay solidaridades claras, por pudorosas que sean...

Uno de esos amigos, queridísimo, que condenó muchas veces los asesinatos de ETA en mi presencia, llegó a mi casa en México un día de mediados de la década de 1990, acompañado de tres personas. Los llevaba porque deseaban pedirme que yo, como periodista aunque de poco peso en la opinión nacional, diera mi apoyo a su justa causa. Eran tres abogados vascos, abogados de los etarras. Más que abogados, era obvio, eran gente de ETA, parte de la organización, que compartían estrategia, táctica e ideas con los terroristas que se pensaban revolucionarios; profesionales jurídicos y políticos cuyo objetivo era facilitar la lucha armada hasta la consecución de sus logros, no sólo garantizar los derechos legales de los procesados.

Se sentaron en mis sillas, se tomaron mi café, apagaron sus cigarrillos en mis ceniceros, sonrieron mucho y me dijeron que, si yo aceptaba su apoyo, ellos me darían abundante documentación para argumentar el caso de ETA ante el público mexicano. No me ofrecieron nada, acaso se deslizó muy tenuemente la posibilidad de publicar alguna de mis novelillas en una editorial que también simpatizaba con el grupo terrorista o era parte de él, pero no puedo decir que se me ofreciera un intercambio ni un soborno, no... se invocaba mi solidaridad como hombre de izquierda, mi compromiso con un mundo mejor, mi postura combativa en la prensa mexicana, siempre que podía, contra la injusticia y las violaciones de los derechos básicos, y en favor de la libertad.

Les dije que lo pensaría y les llamaría. Los acompañé a salir. Para cuando cerré la puerta ya lo había pensado. Y lo que pensé fue que no les llamaría. Nunca. Por ahí deben estar (quizá en la biblioteca que aún tengo en México y que estoy por rematar), sus tarjetas de visita. No recuerdo sus nombres. No sé si alguno de ellos está entre los procesados de estos días. No importa.

Tengo amigos que siempre han simpatizado con la lucha armada. Algunos han hecho sentidas biografías de uno u otro líder militar o expresan su admiración sin reservas apenas tienen oportunidad. Viven grandes batallas vicariamente y sin el dolor, el olor de la muerte ni la desesperación del que siente que se le va la vida. Es la épica cinematográfica que supone que cuando cierran el libro, como cuando el director dice "corte", los caídos se levantarán y seguirán su vida porque el dolor leído es abstracción sin sensación. Romanticismo irresponsable.

Varios amigos, conocidos y colegas que han sido parte de mi experiencia vital son personas que tomaron las armas en su momento, en México y en Argentina. No son malas personas, no sé si se cobraron vidas, pero los he escuchado justificando sus acciones. No puedo compartir su posición. (Excluyo, por lo ya dicho, a los que las tomaron defensivamente en la Guerra Civil Española y a quienes los apoyaron, a los maquis franceses y a los resistentes holandeses cuyas manos he tenido, ahí sí, el gusto y el honor de estrechar. Y excluyo a amigos míos que, como jóvenes estadounidenses, se hicieron veteranos de Vietnam, enviados casi de niños a una guerra absurda que sobrevivieron pagando precios elevadísimos.)

Tengo amigos que nunca han tirado una piedra pero que hablan con cariño de alguna acción violenta de tal cura, de tal médico, de tal anarquista, de tal comando, de tal camarada y de tal o cual organización que atacaron con éxito al enemigo. Al otro extremo conocí en persona a los dos, por entonces ya casi ancianos, principales sospechosos del asesinato de Robert Sheldon Harte, el secretario y guardaespaldas de Trotsky que fue secuestrado y ejecutado después del atentado caótico y fallido que organizó el pintor David Alfaro Siqueiros en México contra el líder soviético, con el apoyo de muchos conspiradores estalinistas... a varios de los cuales también conocí cercanamente sin proponérmelo. Más de uno veía con simpatía también a Mario Ramón Mercader Del Río, el asesino de Trotsky en el segundo atentado.

El piolet con el que Mercader asesinó a Trotsky, en una exposición en Filadelfia. (Imagen CC de Jack Donaghy, via Wikimedia Commons)
Por todo esto sé que simpatizar con la lucha armada o con la violencia no implica como requisito gritar "Gora ETA", no. Y menos en los tiempos que corren, cuando cualquiera que no haya vivido en una cueva los últimos 50 años sabe que un "Gora ETA" es un suicidio político salvo en ciertos entornos muy bien acotados y lejos de miradas indiscretas. Es un asentimiento de comprensión pudorosa.

Claro que la izquierda que soñó con llegar al poder por la vía de la fuerza hoy rechaza el terrorismo, y no tiene problemas en condenarlo. Lo que a mí me preocupa son los -muchos- que dicen "pero". El terrorismo es malvado, pero... La lucha democrática es el mejor camino pero... Las armas no son el camino aquí y ahora pero... Condenamos la violencia armada pero... Los que dicen lo que hoy es políticamente correcto, convencidos o no, nadie sabe, con toda la contundencia que se les pueda pedir, sin duda... pero dejando la puerta emparejada, por si acaso cambian las condiciones y vuelve a resultarles aceptable moralmente asumir la lucha armada y aspirar a ganarse un lugar en las camisetas del mañana...

Prefiero a los arrepentidos de verdad. Incluso a los que nunca se arrepintieron y creen que el error no es usar la violencia, sino perder.

Los otros, los hipócritas y los pacifistas de ocasión no son de mi equipo. Los que dicen una cosa y la otra según la compañía, según el cálculo político, según la conveniencia, siempre me dejan la idea de estar simplemente al acecho... como el ladrón arrepentido que por mucho que afirme su cambio y se muestre reinsertado socialmente, yo no dejaría a solas al alcance del patrimonio familiar.

12.1.14

La doctrina del shock

¿Qué opinas de este artículo? ¿está en lo cierto o no? Tiene que ver con el libro La doctrina del shock. 
Naomi Klein en 2007.
(Foto GFDL de Ministry of Truth,
vía Wikimedia Commons
No, no creo que esté en lo cierto, como no lo está ninguna otra teoría de la conspiración. Y, como todas las teorías de la conspiración, favorece una explicación simplista sobre una compleja para una serie de fenómenos diversos y a su vez complicados.

No es sorprendente porque Naomi Klein es desde hace años la gran negociante del antinegocio, la capitalista del anticapitalismo (ay, qué Stalin suena eso), la intelectual exquisita que ha acumulado millones de dólares con sus libros y conferencias sobre lo malo que es vender cosas y así. Me parece claro que tiene una serie de ideas firmes que no desafía en sus libros y que no somete a la prueba de los datos, y tiene un público fiel que sólo le seguirá pagando y la seguirá endiosando si sustenta ciertas convicciones que comparte dicho público y no les propone una visión crítica, cuestionadora o basada en datos que pudieran no endulzarle la oreja a los militantes del New Age. Es el estatus social de Klein que ya criticaban Heath y Potter en Rebelarse vende y que es como vender camisetas del Che, botas Doc Martens o máscaras de Guy Fawkes (copyright de la Warner) y decir que así se está haciendo la revolución.

Sólo como pinceladas para ejemplificar las sobresimplificaciones de Klein y de cómo parece que está jugando a reescribir la historia aprovechando que las atroces dictaduras en el Cono Sur ocurrieron hace mucho tiempo y ya nadie se acuerda de ellas (sobre todo entre su público, formado por gente muy joven, sobre todo europeos y estadounidenses y que desprecian mucho la historia, sobre todo cuando no les da la razón, como es el caso de ella, que tenía 3 años cuando los golpes de estado de Chile y Uruguay, y 6 años cuando el golpe militar en Argentina, 12 años cuando terminó la dictadura en Argentina y 15 cuando terminó la de Uruguay) y de que tuvieron características y orígenes no muy similares.

Cierto que los militares de la zona dieron golpes de estado y se apoyaron en Estados Unidos. Pero los soldadotes latinoamericanos siempre han hecho eso. Lo hacían antes de la guerra fría (pienso en el apoyo de la embajada de EE.UU. al golpe de estado de Victoriano Huerta en México en 1913). Ya lo hacían en el siglo XIX.

En el caso de las dictaduras de los 60-70, los golpistas sabían que los EE.UU. iban a apoyar y además tenían algunas claras coincidencias con los responsables de la política exterior en EE.UU. (en aquellos años la política exterior de Estados Unidos tampoco era un dechado de complejidad, se definía con una sola palabra: anticomunismo, en un espacio mental tan estrecho que "comunistas" venían siendo hasta los demócratas pacifistas liberales capitalistas que en Estados Unidos habrían ganado una elección por el Partido Demócrata, los escritores, los estudiantes, cualquiera que se preguntara cosas o quisiera libertades o estado de derecho... además, claro, de los comunistas que sí pretendían instaurar el comunismo en los países latinoamericanos, y que también existían).

Así que para "luchar contra el comunismo" Estados Unidos montó un sistema de apoyo a todo el que se llamara "anticomunista", fuera un periodista de cuarta categoría en México o un empresario medio subnormal en Bolivia, un político paranoico brasileño o un militarote chileno. No negaremos que la URSS por su parte montó un sistema de apoyo a todos los que se proclamaran luchadores por el comunismo, desde el financiamiento de armas hasta el turismo político a Cuba y los países de la zona de influencia soviética.

En Chile, el golpe de estado de 1973 fue apoyado por Estados Unidos: un régimen democráticamente electo estaba nacionalizando la economía y estableciendo un modo de producción comunista por decreto. Y peor, estaba por convocar un referéndum que podía ganar. Las relaciones entre Pinochet y algunas empresas estadounidenses, así como con la CIA y el Departamento de Estado, en el proceso de preparación y ejecución del golpe no son noticia, sin embargo. Ya estaban documentadas en libros para 1974, un año después del golpe, cosa que recordamos los que lo vivimos. Pero Klein aprovecha que su público carece de datos al respecto para reinventarles la historia en términos que los emocionen. En Chile no había una guerrilla comunista, pues, sino un gobierno comunista, pero democráticamente electo. La guerrilla se lanza 10 años después del golpe, tan débil que nunca representó un enemigo real. La dictadura hizo una masacre de inocentes sin más.

En Argentina por entonces y desde los 60, había al menos tres movimientos guerrilleros bien organizados desde tiempo atrás, Montoneros, ERP y FAP, pero nunca estuvieron ni cerca de llegar al poder. Gobernaba Isabel Perón, viuda del inexplicable Juan Domingo Perón manipulada por asesores delirantes como López Rega. Su gobierno ya había iniciado la guerra sucia contra la guerrilla de izquierda (es decir, la exterminación sin ajustarse al estado de derecho) un año antes del golpe. Lo que hacen los militares al frente del golpe es intensificar esa guerra sucia presuntamente anticomunista con el principal argumento de combatir el "terrorismo marxista" o algo así de duro, pero masacrando demócratas, libertarios, socialistas, liberales sociales, garantistas, constitucionalistas y, sí, a quienes estaban levantados en armas tratando de instaurar un régimen socialista en Argentina.

En Uruguay todo esto ocurrió antes (no después del golpe de Chile como alucina el artículo). La guerra sucia había comenzado en 1971 contra los Tupamaros (uno de cuyos combatientes hoy es presidente de Uruguay, por cierto). El gobierno electo de Bordaberry en 1972 se dio un autogolpe de estado en junio de 1973 y siguió su lucha anticomunista con el apoyo de Estados Unidos.

Así que la presencia de una guerrilla de izquierda es fundamental y no parece ser considerada como un factor por Klein, quien olvida un hecho tan colosal y determinante como la guerra fría, y el hecho de que la URSS, generalmente vía Cuba, apoyaba, financiaba y entrenaba a esos grupos guerrilleros en toda América Latina (la excepción, Cuba nunca financió guerrilleros en México, dicen los historiadores, por motivos no muy claros).

Lo que quizás un latinoamericano veía como una simple lucha contra las históricas injusticias cometidas contra los más pobres de su tierra por parte de los dueños del poder económico y político era, en Washington y Moscú, no más que parte del ajedrez de la guerra fría, del enfrentamiento entre dos imperios geoeconómicos que se disfrazaba de lucha entre "comunismo asesino y democracia libertaria" según los estadounidenses o de "comunismo justiciero e imperialismo asesino" según la URSS.

Y había muchos otros factores en juego en esa época. Al militarote latinoamericano no lo inventaron los Estados Unidos, hay un fenómeno histórico no despreciable detrás, relacionado con los esquemas de gobierno teocrático indígenas sumados a los esquemas monárquicos y de explotación de la conquista y la colonia que se convirtieron en el enfrentamiento liberal-conservador en la América independiente con distintas expresiones en distintos países durante todo el siglo XIX. No es lo mismo México que Colombia en los años 70, entre otras cosas porque la guerrilla mexicana rural siempre fue indígena y popular, sin apoyo de Cuba, y en México no se producía coca.

Toda esta complejidad se le va a Naomi Klein, que finalmente tiene que demostrar que lo que ella cree es lo correcto: todo mal viene del capitalismo, y todo bien parece venir de denunciarlo en un bestseller que le meta algunos millones de asquerosos dólares en la cuenta bancaria.

Reagan y Thatcher, aliados firmes.
(Foto DP, vía Wikimedia Commons)
Un último punto que en varias críticas me ha llamado la atención de cómo se reinventa la historia esta señora: según su teoría, Margaret Thatcher creó el conflicto de las Malvinas/Falklands para aplastar a los sindicatos y promover su agenda ultraneoliberal. No seré yo quien defienda a Thatcher, pero esto simplemente no es verdad. Y ciertamente la primera ministra no necesitaba un conflicto bicicletero al otro lado del mundo para hacer lo que hizo contra los trabajadores ingleses.

Basta atenerse a la cronología que Naomi Klein ignora o estira y comprime como un chicle: la guerra de las Malvinas es en 1982, la gran huelga minera que consolida el poder de Thatcher e implanta el neoliberalismo cavernario ocurre en 1984-1985, y los motines del impuesto por existir (poll tax) son en 1989 y de hecho la acaban llevando a renunciar. Pero en 1982 no pasaba nada de eso.

Fue Leopoldo Fortunato Galtieri, el dictador militar argentino, quien fue creando la tensión para impulsar el sentimiento patriótico argentino y buscar en él un punto de apoyo para mantenerse en el poder pese al desastre económico que vivía la dictadura militar. Todas las acciones que llevaron a la guerra fueron emprendidas por el gobierno argentino, hasta llegar a la ocupación militar de las islas el 2 de abril de 1982. La apuesta clara de Galtieri es que GB no se atreverá a responder y que Thatcher tiene otros problemas como un desempleo de 3 millones y la reorganización de todo su gobierno. La movilización británica, además, fue mínima y suficiente, porque Galtieri envió a los combatientes argentinos a las Malvinas/Falklands sin equipamiento ni ropa ni elementos de supervivencia; directamente al matadero, pues. Los soldados británicos que llegaron a las islas el 21 de mayo (así de poco preparada estaba Gran Bretaña para una chifladura como la de Galtieri) rescataron del congelamiento a más soldados argentinos que los 649 que murieron (muchos congelados). Peor aún, Galtieri contaba con que Estados Unidos, valedor de la dictadura, apoyara a Argentina con base en la doctrina Monroe que rechaza la intervención de otros países en asuntos del continente americano. Pero se llevó el chasco de que Reagan apoyó logísticamente y con inteligencia la respuesta militar británica. Pocos aliados ha habido tan cercanos como Reagan y Thatcher, que compartían un proyecto neoliberal extremo, una visión conservadora y brutal, y la decisión de acabar con la Unión Soviética a como diera lugar.

Todo esto no sólo era claro para quienes vivimos el desarrollo de los hechos siguiendo las noticias día a día, sino que históricamente está más que documentado. Como suele hacer la contracultura y el New Age, la enorme, casi exquisita complejidad de los acontecimientos de 40 años se reduce a una "doctrina" que se aplicó perfectamente (como todas las conspiraciones, sin error alguno) a partir de un manual de los años 50.

Conspiranoia la de Naomi Klein con algunas más pretensiones que la de Icke y Alex Jones, pero no esencialmente distinta. La realidad siempre es más compleja.

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Añadido a los pocos minutos: 
Sólo por dejar constancia, durante un par de años, junto con un grupo de compañeros periodistas y escritores brillantes como Mario Méndez Acosta, Carlos Laguna y otros, me vi implicado en dar una serie de conferencias promovidas por el ISSSTE por todo México todos los sábados. Volábamos el sábado en la mañana, dábamos la conferencia y regresábamos el domingo a casa. 
En una ocasión quizá en 1984-85, me tocó viajar con el poeta guatemalteco Otto-Raúl González a Chetumal, estado Quintana Roo, a dar la conferencia de rigor y por la noche salimos a tomar algo. En un momento dado, Otto tuvo un pequeño altercado con un joven rubio, alto y con corte de pelo militar, con el añadido de que Otto no sabía inglés, así que intervine para calmar los ánimos al tiempo que llegaba para lo mismo un tipo rubio, alto y con corte de pelo militar pero con bastantes más años, que resultó el superior del joven, ambos del ejército británico. Otto se encontró con otro amigo y el superior me invitó a sentarme con su grupo de subordinados, de un regimiento de paracaidistas. Resultó que pertenecían a las fuerzas destacadas en Belice para proteger al pequeño país recién independizado de GB (en 1981) de los intentos guatemaltecos por anexárselo. Al parecer Belice era aburridísimo y los soldados británicos preferían viajar unas decenas de kilómetros para divertirse en Chetumal, que tampoco era como un paraíso de la vida nocturna. 
El caso es que, conversando, el capitán (creo) de los británicos me relató sus anécdotas de la guerra de las Malvinas/Falklands, como parte de la fuerza invasora británica, al frente de un batallón de paracaidistas. El tipo era duro, obviamente, y por lo mismo me impresionó que se conmoviera al contar cómo, al llegar a las islas en paracaídas, se vieron movidos más a salvar que a disparar a los chicos argentinos (muchos de ellos conscriptos, es decir, haciendo el servicio militar, no soldados profesionales como los británicos) medio helados, hambrientos y sedientos, y llevarlos a los buques hospital que tenían estacionados al norte. Le había impactado la asimetría y decía que era casi un abuso combatir contra ellos en esas circunstancias. Comparaba el equipamiento profesional del ejército británico, explicándome su ropa térmica, sus comunicaciones, su apoyo logístico, con las condiciones lamentables en las que Galtieri había mandado a su ejército a un lugar tan frío e inhóspito. No conozco mejor testimonio del absurdo inmenso que fue esa guerra de 10 semanas, y de cómo los militares argentinos sacrificaban gente inocente, incluso a sus propias fuerzas, con menos compasión de la que podían sentir quienes eran sus oponentes en un conflicto armado.