24.6.16

No puedo votar de otra forma


(Esta entrada resume y enlaza mucho de lo que ha sido este blog, cuyos meandros aún no consigo desentrañar, pero que ha llegado hasta aquí, y luego seguirá hacia no sé dónde...)
Estoy habituado a las descalificaciones ideológicas, como cualquiera que haya opinado abiertamente de política toda su vida. Me han tocado de la derecha y de la izquierda.

Obviamente es difícil para quien piensa distinto imaginar que mi posición política no es el punto donde "renuncio" al pensamiento llevado por lo visceral, sino que es el punto al que me ha llevado la observación crítica de las sociedades tanto históricamente como personalmente en los ya no pocos años que me ha tocado vivir.

Soy socialdemócrata porque la socialdemocracia ha demostrado ser la ideología más eficaz que tenemos para transformar las sociedades de modo permanente y hacer más feliz a la gente, permitiéndoles vivir más plenamente, más tranquilamente, con mayores oportunidades de desarrollarse. Obteniendo resultados claramente más deseables que los obtenidos en sociedades organizadas sobre otras ideas. A las pruebas me remito.

Mi opción se debe a la constatación de que la socialdemocracia puede equilibrar derechos, libertades, justicia, igualdad de oportunidades, atención a los más débiles o desposeídos por medio de la solidaridad, el reparto equitativo de las cargas sociales y el diseño de una sociedad de bienestar donde la prioridad sea erradicar la pobreza y la desesperación.

La socialdemocracia es la izquierda eficaz, la que ha servido a más personas para vivir mejor, siendo menos emocionante que la épica de un discurso de cinco horas, un pelotón de fusilamiento o un himno cantado por el coro del Ejército Rojo. La socialdemocracia ha conseguido normalizar logros sociales que en sus orígenes eran rechazados por los poderosos. La educación de los hijos de los trabajadores, la sanidad pública y universal, las pensiones... todos fueron motivo de escándalo para las buenas conciencias del poder. Pero convertidos en derechos en un esquema socialista posibilista y progresivo, se volvieron la norma. Por eso la derecha cavernaria y la izquierda del espejismo los reclaman como propios, les rinden hipócrita homenaje verbal, los añaden a sus programas y se ven obligados a respetarlos más de lo que desearían.

No creo en fuerzas mágicas, ni en la de la historia ni en la del mercado porque nunca han demostrado su eficacia. No creo que desmontar al estado sea solución alguna, como no lo es convertir al estado en el poder único de una sociedad. No creo en los odios genéricos sino en la crítica puntual. No creo en la división binaria de la sociedad que vende el fascismo (de derechas o de izquierdas) sino en una diversidad desafiante. No creo en el simplismo, sino en la complejidad social y humana.

Cuando el socialismo democrático ha gobernado España, los beneficios obtenidos por la sociedad han sido muy superiores a las dificultades provocadas por sus errores. Todas las libertades, las leyes sociales, los derechos, han sido creados, defendidos y legislados por los socialistas, salvo cuando han sido bloqueados por la derecha cerril (de las más retrógradas de Europa) o por la izquierda regresiva (que oscila entre el amor a la violencia y las ínfulas de una grandiosidad imaginaria).

Los errores se estudian para superarlos, para aprender de ellos, para cambiar. Es inútil convertirlos en letanías sin contenido o en acusaciones vanas. Los socialistas han reconocido errores y han luchado por superarlos, aprender y cambiar, con resultados alentadores. No han alcanzado la perfección moral, pero ni la reclaman para sí ni admiten que otros se la adjudiquen. Quien se atribuye la perfección moral, miente, sea cura o profesor, mesías místico o laico. Y estoy harto de que tantos se la atribuyan a sí mismos o a sus líderes-fetiche.

Sé que no hay soluciones a todos los problemas, que gobernar es elegir, tomar decisiones. Me gustaría que las hubiera, pero la realidad opina distinto. Es más, sé que las soluciones son complejas, insuficientes, siempre, criticables por supuesto (desde la mala fe es posible argumentar contra cualquier acción, cualquiera) y muchas veces sólo valorables en perspectiva histórica. Y que no hay soluciones fáciles, porque la sociedad es un ente complejo cuyo avance no se decreta mediante bando solemne la soleada mañana en que el líder conquista el poder. Nunca ha ocurrido.

Adicionalmente soy antinacionalista y entiendo que el nacionalismo es ineludiblemente de derechas. Soy principista, porque sé que los partidos son herramientas, no fines. Creo en la militancia limpia y no en las militancias de la venganza, y prefiero los líderes electos libremente antes que los señalados a dedo o en listas tramposas. Todo ello me aleja igual de la derecha cerril que de la izquierda regresiva.

Votar al PSOE no significa que crea que el cambio se vaya a operar de modo milagroso, que todos vayamos a quedar satisfechos, que se instaure el paraíso en la tierra o que los problemas se disipen prodigiosamente al influjo de una investidura. Ni siquiera creo que todos los electos se ajustan a los más elevados estándares de comportamiento, algún pillo habrá, no hay familia sin él, pero espero con confianza que todo culpable sea echado, desconocido y acusado por su propio partido... porque ya ha ocurrido en el PSOE y no en otros partidos, sencillamente.

Votar al PSOE significa votar por lo que es posible. No por la grisura de quien ve en la ruina de media España la esperanza para la otra mitad (donde coinciden la izquierda regresiva y la derecha cerril, aunque defiendan mitades distintas). No por las promesas delirantes y las emociones desbordadas que nublan el razonamiento, no por el rencor acumulado, no por la revancha, no por la mentira, no por el engaño, no por el camorrismo y la altanería, no por la bajeza y la delincuencia (grande o pequeña) encubierta por la desvergüenza, no por el iluminadismo ni por el inmovilismo.

Y las agresiones, las descalificaciones, el pandillerismo, los insultos, la opacidad, el trolleo anónimo, la demagogia, la mentira como estrategia, la incondicionalidad del mal periodismo y el odio reconcomiado de quienes se presentan como opciones no hacen sino consolidar lo que es resultado de una reflexión profunda, votar al PSOE es votar a favor de lo mejor a lo que podemos aspirar y contra lo peor de quienes quieren instrumentalizar a toda una nación para servir a su ideología o a sus intereses antes que a su gente.

En conciencia, no puedo votar de otra forma.

1.6.16

Una mañana en el mostrador de quejas

(Manipulación CC de Atsme sobre fotos de Matskov~commonswiki; y Roger Blackwell.
Vía Wikimedia Commons)
-Hola, vengo a denunciar esto.

-A ver, sí... ummmm... esto está denunciado desde hace años.

-Ya, pero esto no se ha resuelto.

-No, claro.

-¿Cómo "no, claro"? ¡Si esto está denunciado ya lo saben!

-Por supuesto que lo sabemos.

-¿Y no lo han solucionado?

-Hay avances al respecto de esto, se han promulgado leyes, pero insuficientes porque no hay consenso parlamentario... y ha habido campañas y acciones, pero esto no es como hacer un huevo duro. Además, no depende del todo de nosotros. No somos magos.

-Entonces quiero denunciarlo.

-Bueno, si le hace ilusión. Póngase a la cola. La que sale de ese mostrador por la puerta 1 Norte.

-¡Óigame, pero si la cola da la vuelta a la manzana y sigue tres calles para allá!

-Pues sí, pero es la cola para denunciar esto. Todos tienen derecho a hacerlo si quieren.

-¿Lo mismo?

-Sí. A la gente le provoca gran placer denunciar esto, y nosotros tenemos que tomar la queja.

-Pero es un escándalo. Quiero hablar con la persona encarga de resolver esto.

-De momento está ocupada resolviendo otras sesenta y siete cosas. Si puede esperar, para mediados de agosto le puede atender, que es cuando toca dedicarle cuatro horas a esto.

-¿Cómo? ¡Pero si esto es un asunto social gravísimo!

-Sin duda, estoy totalmente de acuerdo con usted. La realidad es que hay otros varios miles de asuntos sociales gravísimos que hay que atender también.

-¡Pero esto es urgente!

-Y los otros asuntos también. Y algunos incluso más urgentes.

-¿Y por qué no ponen a más gente a resolver esto?

-¿Usted sería tan gentil de pagar el sueldo de una persona más para ello? ¿O al menos de ayudarnos a convencer a la gente de la cola de hacer un crowdfunding o un aumentillo de impuestos para contratar a esa persona y agilizar el asunto? Siquiera trabaje para convencer a la oposición que no quiere que se resuelva esto para que, precisamente, no se oponga. ¡Sería de gran ayuda!

-¡Por supuesto que no! Yo vengo denunciando esto como parte de la ciudadanía. ¡Conozco mis derechos! ¡Pago mis impuestos! ¡E insulto a la oposición en Twitter!

-No lo dudo. Los suyos deben ser unos derechos guapísimos y unos impuestos generosísimos. Como los de todos los demás. Pero resulta que tener derechos es sólo la primera parte del proceso de disfrutarlos y ejercerlos. Y las partes siguientes tienen problemas gordos, entre otros que sus impuestos no alcanzan para todo. Sin contar con que, quizás no se haya usted percatado, a la oposición sus insultos parecen resultarle insuficientes para convencerla de votar a favor de resolver esto... y otras muchas cosas.

-¡Pues a la calle con ellos!

-No es tan fácil. Les han votado y la gente parece tenerle cierto cariño a su voluntad electoral. Quizá usted tenga interés en trabajar voluntariamente con nosotros para resolver esto. Hay mucho qué hacer.

-¿No hay ONG que se encargan de esto?

-Claro que las hay. Pero, ¿de dónde saca usted que las ONG constan de voluntarios? En la mayoría, el presupuesto se usa principalmente para pagar salarios, de modo que se avanza poco en esto y mucho en el bienestar de los que instalan ONG. Por eso le sugiero que ofrezca su trabajo voluntario.

-¿Y con eso ya quedará resuelto esto?

-Mentiría si le dijera que sí. Esto que usted denuncia ocurre dentro de un complejo contexto que incluye percepciones públicas, actitudes sociales, realidades económicas, interacciones de fuerzas políticas, intereses encontrados entre distintas colectividades, una fuerte carga subjetiva y un conflicto serio de conceptualizaciones y proyectos de país. Por no volver a hablar del dinero.

-¿Y entonces?

-Entonces seguiremos trabajando para solucionar esto como se ha solucionado todo a lo largo de la historia: poco a poco, con las limitaciones que tenemos como organización, con los defectos horribles de los seres humanos que la conformamos, que entre nosotros luego se cuelan unos pillos que para qué le cuento...

-¡Eso hay que denunciarlo!

-También está denunciado, pero si quiere, la cola para volver a denunciarlo es la que sale por la puerta 4 Oeste.

-No, déjelo. Siga, entonces, ¿cómo dice que están solucionando esto?, porque no parece que lo estén solucionando y es indignante.

-... pues le decía, que se solucionará con dos pasitos para adelante y uno para atrás, con gritos y aspavientos, con mucha gente haciendo negocio con la denuncia, con unos pocos preocupados de verdad por resolverlo, con muchísimos convencidos de que denunciando y, como dicen ahora, "visibilizando", y con pancartas y artículos en el periódico, están impulsando la historia hacia adelante. Y al final se avanzará un poco. Si hay suerte, habrá avances sustantivos en algún momento. Sobre todo si se dan las condiciones para que el responsable de resolverlo pueda hacerlo sin que le den un tiro o insulten a sus hijos en la escuela o le acaben diciendo que no puede volver a trabajar en su vida y se tiene que ir de gondoliero a Venecia con una identidad falsa.

-Pero se resolverá.

-Para algunos.

-¿Cómo?

-Claro. Toda la gente de la cola quiere denunciar esto, pero no todos están de acuerdo en cuál es la solución correcta. Es decir, que no es posible resolverlo para todos. Algunos quedarán muy insatisfechos. Y vendrán a denunciarlo

-Aquí hay que poner a alguien que sí cambie las cosas.

-Sería un milagro... Pero los milagros no existen. Esto no depende de un alguien sino de muchos o de todos. Por eso cuando un alguien promete que lo resuelve todo fácilmente en dos días y lo ponen al frente del asunto, generalmente se retrocede décadas, en el mejor de los casos. En esto y en todo. Lea un poco de historia, por deprimente que resulte.

-¿Y las denuncias, entonces, no sirven para nada?

-Pues sí, sí sirven, para que no olvidemos que esto está allí, para que los encargados sientan la responsabilidad de resolver el asunto y para educar a otros. Incluso para que se sugieran mejores soluciones a esto. Pero sobre todo sirven para que el que denuncia se sienta bien, importante, rebelde, contestatario y supercuqui, y tenga algo de qué hablar cuando se va de cañas con los colegas el sábado.

-¡Está llamando irrelevantes a los ciudadanos conscientes que protestan y se indignan por esto..!

-No exactamente. La situación de la denuncia es como cuando ocurre un accidente de tráfico. Si no se avisara a los servicios de emergencia, no podrían llegar a tratar de salvar a los lesionados, detener a los responsables y restaurar el tránsito de vehículos. Pero si en el momento en que ocurre el accidente hay doscientas personas llamando al mismo teléfono de emergencia, pues al menos 195 de ellas son irrelevantes. Causan problemas, sobrecargan el sistema y no hacen nada por los heridos ni por detener al culpable, pero se sienten bien porque denunciaron... aunque estén viendo a otras 199 personas marcando el número de emergencia.

-¿Y entonces no quiere que llamen si ven esto?

-No he dicho eso. Pero si usted ve que hay veinte periodistas que viven de denunciar esto todos los días en los periódicos, si ve que hay tanta gente en las redes sociales repitiéndolo, pues subirse al carro no es una aportación demasiado enriquecedora, con todo respeto a su denuncia y a su justa indignación, por supuesto. ¿Pasa usted a la cola?

-¿Tiene prisa por deshacerse de mí?

-De ninguna manera. Pero es que esas doscientas personas que llegaron después de usted y están haciendo cola, pues también necesitan saber en qué cola ponerse para denunciar lo que quieren denunciar. Si mira para atrás, algunos hasta traen su pancarta y su megáfono de mano. Es como un uniforme.

-¿Y entonces?

-Pues vaya usted a su cola. Porque de lo del voluntariado y el crowdfunding y los impuestillos...

-¡Faltaba más! ¡Quiero denunciarle a usted! ¡Que no, que no, que no me representa!

-Vaya por el pasillo de la izquierda y por la puerta 3 Sur sale la cola de los que vienen a denunciarme a mí. Que tenga usted un buen día.

16.4.16

El infantilismo político y la puta realidad

"Niño llorando a la hora del almuerzo en el comedor de la granja". Pintura de August Heyn. Vía Wikimedia Commons.
Me preguntan por qué tengo la enorme osadía de votar al PSOE si este partido, las veces que ha tenido el poder en España, no ha instaurado el paraíso socialista ni ha cumplido al 100% con la totalidad de sus puntos programáticos.

Me explico: el socialismo democrático tiene entre sus principales pilares ideológicos la lucha contra la pobreza y contra la injusticia. Lo que algunas personas plantean es que el hecho de que el PSOE haya gobernado y sin embargo no haya acabado con la pobreza y la injusticia, y que además haya emprendido acciones que a muchas personas no les han gustado o incluso les han afectado negativamente, es suficiente para retirarle todo apoyo a los socialistas y pasarse a la derecha, al criptoleninismo, al marxismo inútil o a ese cajón cómodo y anodino de "apolítico" que es valedor de la peor derecha.

En concreto, me han preguntado (y la pregunta me asombra, tengo que reconocerlo) por qué siendo un ateo militante (y autor de un libro sobre el tema, perdonará usted la publicidad) no he actuado violentamente contra el PSOE, ya sea golpeando a sus dirigentes (cosa muy bien vista en algunos viejos partidos recién inaugurados) o al menos optando por votar por comunistas de diversos sabores o por neoliberales con coloridas máscaras variadas.

El problema primero es que no soy ni nunca fui comunista, y que no soy ni nunca fui tampoco neoliberal. Siempre he sido socialdemócrata y el único partido que en España defiende los ideales de la socialdemocracia desarrollados a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial es el PSOE. Pero además yo entiendo claramente por qué el PSOE no ha acabado con la pobreza, no ha acabado con la injusticia, no ha establecido un estado laico ni ha roto con el Vaticano y, además, ha tomado decisiones poco populares que le han valido los ataques de quienes rehuyen de toda complejidad, los maniqueos, los ideólogos del blanco y negro, los todoonadistas.

No soy muy fan de José Mújica porque me parece que tiene mucho de simulador y de asceta religioso, y su presidencia no fue todo lo que anunciaron sus incondicionales (especialmente los que en su vida pisaron suelo uruguayo). Pero una frase suya me parece llena de verdad: "La patología de la izquierda es el infantilismo. Es la confusión permanente de la ilusión con la realidad".

Resulta enormemente lamentable admitir que la izquierda, al menos en grandes sectores de personas que no participan de la política efectiva, tiene esa actitud de niño rico malcriado que no admite que no sea posible tener cuanto desean al momento. De hecho, en el fallido intento de recrear el 15M hace unos días en la Puerta del Sol, en Madrid, había un cartel que expresaba esta actitud con prístina claridad: "Lo queremos todo".


La respuesta, obviamente es: "Nosotros también, pero no se puede".

¿No se puede? Ésa es una argumentación que cae en un vacío conceptual absoluto para ciertas personas y grupos, en un agujero negro de su teoría (llamémosle así a falta de otro nombre) política.

Para que el infantilismo de las bases militantes florezca, es necesario, primero que nada, que haya una voluntad demagógica entre sus dirigentes. Es decir, como ya hemos comentado ampliamente en este blog, que haya personas con la desvergüenza política de a) decir que los problemas no son complejos, b) asegurar que las soluciones a los problemas son sencillas, c) señalar que las soluciones no se dan porque quienes han tenido el poder no han querido aplicarlas (son imbéciles, son ignorantes, son malvados, o todas las anteriores) y d) prometer que si ellas llegan al poder aplicarán de modo rápido e indoloro las sencillas soluciones que harán realidad el paraíso en la tierra.

Violines.

Claro que basta reflexionar un poco para darse cuenta de que es muy probable que esto sea un vuelo de la fantasía a cambio de votos y poco más, pero la demagogia tiene como una de sus tareas básicas impedir que sus víctimas reflexionen, lo que se consigue mediante el recurso permanente a las emociones, al entusiasmo, al símbolo, a lo cursi, incluso. Como los charlatanes de la videncia, aportan numerosos símbolos y conceptos vacíos que ya la gente se encargará de llenar con sus propias aspiraciones: "tendremos una democracia real" suena bien pero no significa nada, o significa todo: para algunos será democracia directa asamblearia, para otros será un referéndum constante, para alguno más será simplemente la derogación de la monarquía... ¿de qué está hablando el que promete "democracia real ya"? Nunca lo dice, decirlo implicaría comprometerse y quedar mal con parte de su potencial electorado.

Javier Fernández, presidente socialista de Asturias, se ha comprometido "a no decirle a la gente lo que quiere oír, sino a decirle lo que tiene que saber". Es precisamente lo contrario de lo que hace la demagogia.

Así que, se concluye, quien gobernó y no decretó el paraíso es malvado. Y seguramente no es "de izquierda" (otro concepto tan vago que para alguno es el comunismo leninista, para otro la anarquía bakuniniana, para alguno el liberalismo social de Obama y para otros quemar contenedores y patear policías). Y quien así piensa (permítaseme la figura de lenguaje) se puede sentar muy contento a sentirse víctima de quien "lo traicionó".

El exarzobispo de Madrid, cardenal y prelado ultraconservador Antonio María Rouco Varela. (Imagen CC vía Wikimedia Commons)
El caso de la iglesia

He comentado cómo la modificación al artículo 135 no sólo es distinta a lo que se ha relatado a la gente sino que salvó a España de la intervención y, esto nadie lo cuenta, no entra en vigor sino hasta el 2020. Puedo relatar también que la agilización de los desahucios por parte del gobierno del PSOE abordó el problema de los inquilinos morosos profesionales, gente que alquilaba inmuebles, no pagaba y vivía años gratis porque el proceso judicial para recuperar el inmueble era de una lentitud agobiante. Como la enorme mayoría de caseros de este país son particulares y tienen su piso como única fuente de ingresos, eran terriblemente victimizados por una legislación absurda que fue la que se cambió: la legislación de desahucios por morosidad de alquiler, nada que ver con los desahucios hipotecarios, repito. Y también puedo señalar cómo la reforma laboral de Zapatero en 2010 tenía por objeto parar la oleada de despidos y el crecimiento desbocado del paro. Y al mismo tiempo se amplió la ayuda de 428 euros para los parados sin prestaciones. Se hizo para tratar de evitar el cierre o fuga de empresas ofreciendo alternativas al despido... alternativas no agradables, pero mucho mejores que el despido y cierre de las empresas. Eran medidas desagradables, pero la opción, no hacer nada, era aún peor.

Eso es lo que no suele contar la izquierda regresiva y manipuladora, que no tiene el valor de decir que los problemas son complejos, que las soluciones siempre serán insuficientes, que el camino es difícil y que los frutos que se obtendrán no serán perfectos, de modo que hace demagogia de derecha diciendo lo opuesto.

Lo mismo pasa con el problema del laicismo y la iglesia católica en España.

En la Casa del Pueblo de Avilés, impartiendo el taller de laicismo para Juventudes Socialistas de Asturias.
Recientemente impartí un taller sobre laicismo para las Juventudes Socialistas de Asturias y, por supuesto, el tema fue parte central del debate: ¿por qué el PSOE no ha abordado directamente los temas del laicismo del estado, de la religión en la educación, del concordato con el Vaticano o los impuestos a la iglesia?

El primer punto es que, de todo un programa electoral, los partidos convertidos en gobierno se ven en la necesidad de establecer prioridades. Es decir, por sinceros que sean en la expresión de sus ideales y deseos y proyectos para el país, no se puede hacer todo al mismo tiempo y menos el primer día de legislatura, y por tanto hay que hacer las cosas en orden regidos por elementos absolutamente rígidos como qué es más urgente, qué es económicamente viable aquí y ahora, qué es políticamente posible y tiene el apoyo de las mayorías.

Y es que cuando un partido gana elecciones, no puede ni debe asumir que todos sus votantes están de acuerdo con absolutamente todo su programa, proyecto o ideario.

Claro que a muchos partidos eso les da igual. Tienen el poder y no tienen interés en matizar. Yo, personalmente, prefiero a un partido capaz de matizar. Y en el caso de la relación con la iglesia y la religión hay elementos que no se pueden pasar por alto: hay muchos militantes socialistas que son religiosos, mayoritariamente católicos, y lo mismo pasa con muchos de sus votantes.  De otra parte está la capacidad movilizadora de la iglesia y su innegable poder político y económico. Y están los ordenamientos supranacionales a los que todo gobierno debe atenerse so pena de ser excluido de la comunidad internacional en la que vive y comercia.

Traducción: no se puede actuar contra los militantes y votantes, las acciones se deben emprender de tal manera que eviten las movilizaciones de la iglesia y sus grupos, y no es tan fácil, por ejemplo, cancelar el concordato (que es un instrumento con valor jurídico internacional) de modo unilateral, porque el resto del mundo se preguntaría, claro, cuál será el siguiente tratado internacional que nos vamos a ventilar.

Todo gobierno de izquierdas actuará en contra de las religiones, por principio. En nuestro caso contra la iglesia católica, sobre todo. Como señalé en el taller al que enlazo arriba, la iglesia pretende opinar (e imponer su visión) en asuntos de vida y muerte, gravísimos y muy relevantes para la sociedad: divorcio, homosexualidad, anticoncepción, matrimonio igualitario, derecho al aborto, muerte digna... Y, digan lo que digan los infantilistas que se quedan en su capricho, sin duda es más conveniente para la sociedad --y respetuoso de los principios socialistas-- gastar el capital político de un gobierno de izquierda en una legislación más progresista sobre el aborto, en el matrimonio igualitario, en la muerte digna, en la defensa de la anticoncepción y otros asuntos, sí, de vida y muerte, porque su resolución representa un mucho mayor beneficio social que otras acciones que son también parte de las propuestas del partido, como el fin de los conciertos educativos o la renegociación del concordato, pero que son menos urgentes, ofrecen menos beneficios evidentes y necesitan un consenso mayor. Los cambios constitucionales, por ejemplo, según la propia constitución, requieren de mayorías de hasta 3/5 partes de los legisladores, así que aún con mayoría absoluta no siempre es posible hacerlos, por mucho que los subraye el programa político del partido a cargo.

El gradualismo es indispensable. Yo proponía, por ejemplo, comenzar a aplicar impuestos a algunos inmuebles propiedad de la iglesia católica, que sigue siendo una de las más grandes terratenientes de este país, pero no a los templos, porque si uno empieza diciendo que se le va a cobrar impuesto sobre bienes inmobiliarios a la catedral de Sevilla, sus propios votantes lo van a poner a caldo y la jerarquía se va a lanzar a derrocarnos.

Es necesario, entonces, haber vivido en una cueva con la entrada obturada con una piedra hermética para decir que los gobiernos socialistas no han actuado contra la iglesia. No han hecho todo, cierto, este "todo" del infantilismo. Porque no se puede hacer todo. Pero lo que han hecho enfrentando al poder de la iglesia en términos de repercusión en una vida mejor para la sociedad no puede despreciarse. O para despreciarlo es necesario bajar varios escalones morales. Lo que el PSOE en el gobierno ha hecho contra la posición de la iglesia es notable: divorcio, aborto, igualdad entre los sexos, respeto a las diferencias, matrimonio igualitario, respeto a las personas sexualmente diversas, que la materia de religión dejara de ser evaluable... ¿cómo es posible no verlo y cómo es posible despreciarlo cuando así se le devolvieron derechos a grandes colectivos enfrentando con éxito (no sin raspones) al poder del Vaticano?

Movilización de la iglesia católica contra el matrimonio igualitario y el presidente Zapatero.
Cuando el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero estaba bajo asedio por la iglesia y sus huestes debido al matrimonio igualitario, cuando la canalla de HazteOir salía cada semana a la calle, jaleada por los medios de comunicación de la caverna, no vimos en las calles defendiendo al gobierno a quienes hoy reclaman que, además, debilitado y apedreado, Zapatero no hubiera decidido incumplir el concordato, imponerle impuestos a los inmuebles de la iglesia, quitar el financiamiento a la iglesia (que existe por ley, es decir, actuando como autarca o dictador) y decretar la anulación de la materia de religión. Nada de eso, muy deseable y que defiendo e incluso me parece poco, habría sido viable.

Y menos con quienes se proclaman de izquierda saboteando al gobierno de Zapatero con tanto o más entusiasmo que las hordas de derecha y ultraderecha. Con el entusiasmo con el que no han saboteado, por cierto, al gobierno de Rajoy.

Y es que la iglesia no es Rouco tartajeando imbecilidades. A una ruptura de las reglas por parte del gobierno puede venir otra ruptura, digamos, una huelga fiscal de los grandes empresarios católicos (claramente mayoritarios). Huelgas en los centros educativos para azuzar a los padres contra el gobierno y otras consecuencias. No se puede hacer si no se tiene la fuerza política y el apoyo de las mayorías.

Es política real, no caprichos. Es la realidad, la puta realidad, y no el reino fantástico donde se cree como niños que la voluntad política (como solía afirmar Juan Carlos Monedero, el asesor mejor pagado del planeta) basta para que haya dinero suficiente a fin de emprender un aumento de 100 mil millones de euros en el gasto anual, o donde individuos y organizaciones se pliegan dóciles a los designios de los amos o se manda a la policía a romperles la contrarrevolución a palos (cosa que ya ni en Venezuela es tan eficaz).

Uno de los jóvenes organizadores del taller me contaba que él había sido concejal en el ayuntamiento de su pueblo y, como ateo y antirreligioso, se había propuesto no asistir a festividades religiosas, pero que la presión de su comunidad fue muy intensa hasta que decidió acompañarlos en sus saraos.

Y comentábamos que, precisamente, un gobierno sensato tiene que gobernar para todos, no sólo para sus votantes, sino para quienes no le votaron (salvo que uno se adhiera a las ideas de los líderes de Podemos que afirman que para consolidar el poder es necesario polarizar a la sociedad, crear al "pueblo-nosotros" y al "antipueblo-ellos" y gobernar sobre la confrontación, no sólo política, sino violenta en las calles, a fin de que el cambio se haga irreversible; es una visión, pero personalmente me parece repugnante).

Todo esto presenta un panorama bastante más complejo que el que se percibe desde el infantilismo. La izquierda regresiva e infantilista en España poco a poco se ha ido dando de frente con esa realidad, esa puta realidad, en la que el voluntarismo y las ideas más elevadas se tropiezan con hechos reales que hacen que el hada madrina no pueda mover la varita y resolver todo. En Cádiz, en Madrid, en Barcelona, los votantes ilusionados con la cascada de promesas de los promotores del infantilismo están empezando a ser presas de la ira... ni hay empleos, ni se han detenido los desahucios, ni se han resuelto los problemas de la gente. Los milenaristas y adanistas se han dado cuenta de que si tienes 10 para gastar y tienes 20 personas que te piden 2 cada una, hagas lo que hagas acabarás con 15 personas muy molestas, más aún si les habías prometido 4.

Lo mismo ha ocurrido en Grecia. Cuando Syriza dio a conocer los 40 puntos de su programa electoral, algunos dijimos claramente que la mitad, al menos, eran absolutamente imposibles de cumplir, que eran brindis al sol, que resultaban un embuste. La agresión de la que fuimos objeto por tal osadía era previsible. Pero teníamos razón. Al final Tsipras fue víctima de la puta realidad.


Ojalá y más votantes se desprendan del infantilismo promovido por la demagogia y comprendan que la complejidad se gestiona lo mejor que se puede, no como se quiere, y dejen atrás consignas fáciles, de frases precocinadas sobre la maldad de los socialistas (que son imperfectos, eso no se discute, pero se vota para tener un gobierno, no un coro de ángeles ni un papá) y antes que preguntar "qué hay de lo mío" se presenten a decir "qué hago para ayudar con lo nuestro".

Soñar no cuesta nada.

21.2.16

La fácil oposición

Actualización el 22 de febrero: Casualmente alguien citó algún estudio de uno de los teóricos de Podemos, Íñigo Errejón, que me pareció interesante. Conseguí el PDF de "Estados en transición: nuevas correlaciones de fuerzas y la construcción de irreversibilidad", ponencia que presentó en un seminario en Ecuador hace un par de años y que precisamente va en contra de lo que aquí planteo. Como allá dijo lo que nunca diría en España y en público, y como tiene que ver con esta entrada y con los desmanes de su gente en la tarea de gobierno, copio: "... la construcción de un pueblo requiere siempre la construcción de un “afuera”, de algo que no es el pueblo, de un “anti-pueblo”. Y en la gestión del anti-pueblo, uno tiene que tender a reconciliar al conjunto de la comunidad política pero a la vez un gobierno popular no puede disolver el antagonismo, no puede “gobernar para todos”. Es más, no puede dar siquiera la imagen de que gobierna para todos porque eso sería tanto como disolver la identidad popular que lo ha hecho mayoritario."
Gráfico de Gapminder mostrando la expectativa de vida comparada con los ingresos por persona. Este sitio y su creador, Hans Rosling, utilizan datos para darnos una visión más fiable de la realidad social, económica y de salud del mundo, información útil para cambiarlo.
No estoy de acuerdo con que haya gente sin hogar. No estoy de acuerdo con que haya niños sin una alimentación adecuada. No estoy de acuerdo en que haya gente en el paro. No estoy de acuerdo en que algunas personas pierdan su vivienda por impago de alquiler o de hipoteca. No estoy de acuerdo con que baje la calidad del sistema sanitario. No estoy de acuerdo con la guerra. No estoy de acuerdo con que los trabajadores no reciban salarios suficientes, ni que carezcan de un ambiente de trabajo seguro, sano, cuidado y respetuoso. No estoy de acuerdo con... bueno, es la idea.

¿Usted sí?

Quiero pensar que quien esté de acuerdo con que ocurra todo esto es una minoría, incluso en la derecha (al menos la que no depende de su más obsecuente visceralidad).

Oponerse a lo malo es fácil. Es más, es sencillísimo. No requiere demasiado esfuerzo intelectual ni hacerse cuestionamientos morales demasiado complejos. Es directo, en blanco y negro y lo deja a uno sintiéndose como un campeón de la justicia social.

Esta oposición obvia sin embargo dos asuntos fundamentales que deben venir después de la lamentación sobre el estado de las cosas: entender las causas de estos hechos perjudiciales y encontrar formas de resolverlos, de eliminarlos de nuestra sociedad. Y allí es donde solemos tropezar con la enormidad, la verdadera enormidad de algunos problemas, causalidades múltiples, responsabilidades compartidas, a veces errores de diseño en el sistema, a veces mala fe a carretadas, a veces el maldito azar y siempre, siempre, la imposibilidad de generalizar. No es igual, pongamos por ejemplo, quien no puede alimentar a sus hijos porque tiene un salario infame a manos de un empleador voraz que aprovecha que el empleo que ofrece es la última esperanza de un trabajador en una sociedad con un asfixiante 25% de desempleo, y quien no los alimenta porque aunque obtiene enormes ganancias de la venta de drogas, se las gasta en drogas para sí mismo, en timbas de póker y en borracheras. Ya sé que es un extremo, pero entre ambos extremos hay una gama enorme de matices, aplicables a todos los problemas, como los enumerados al principio de esta nota.

Uno, que ha vivido en la oposición, sabe que su posición es, en una u otra medida, extrema. Yo, pongo un ejemplo, deseo que las religiones organizadas desaparezcan, que el estado no financie a las iglesias y sus fiestas, que los medios de comunicación no emitan saraos religiosos y que la separación iglesia-estado no sea una meta, sino sólo el punto de partida del combate final de la razón contra la superstición. Al final, desearía que la religión fuera una memoria de la infancia intelectual de la humanidad y que las iglesias se convirtieran en museos y en bibliotecas.

Iglesia dominica de Maastricht convertida en librería. (Imagen CC de Bert Kaufmann, via Wikimedia Commons)
Sin embargo, si yo llegara a ejercer algún poder político (esperemos que nunca ocurra tal desgracia), y lo obtuviera por la vía democrática, claro, tendría que moderar mis posiciones personales con la responsabilidad de gobernar para todos, incluidos los que están en desacuerdo conmigo y con mis sólidas y bien fundamentadas ideas. Incluso si mi programa de gobierno incluyera esa separación iglesia-estado tajante y decisiva, e incluso si obtuviera la mayoría absoluta, un 65% del voto, estaría obligado a entender que ese 65% de los votantes puede no estar totalmente de acuerdo con todo mi programa, sino que me han votado por el conjunto de propuestas y compromisos que asumo. Es decir, que aún en esas condiciones no estaría yo legitimado para ser el líder de la dictadura de las mayorías y cerrar iglesias para convertirlas en bibliotecas con un sonoro encadenamiento de dictados de un "¡Exprópiese!" evocador de Hugo Chávez en sus peores momentos.

¿Por qué? Porque sería mi obligación tener en cuenta a los creyentes, a quienes usan esas iglesias, a quienes apoyan su existencia por más que me moleste, a quienes están en desacuerdo conmigo y tienen, qué cosas, derechos y libertades que debo respetar.

Puedo, sí, por poner otro ejemplo y si consigo el presupuesto necesario, incrementar la educación sobre religión a fin de conseguir que el número de creyentes descienda o que los propios creyentes acepten que es mejor usar las iglesias como bibliotecas y circunscribir los actos de culto al espacio privado en el que más cómodos están.

Yo administrando la política de relación con las religiones y las iglesias en un gobierno democrático, por supuesto, sería un desastre. Enfrentaría al episcopado y su poder, facilitando que me echaran encima a sus huestes de incondicionales como Hazteoir lo hizo con Rodríguez Zapatero; denunciaría a los islamistas radicales, me negaría a que el Papa pusiera un pie en España, cancelaría los conciertos educativos con la iglesia, impondría no sólo el IBI, sino impuestos especiales a las fabulosas riquezas que la iglesia tiene dentro de sus inmuebles... haría muchas cosas que provocarían muchos problemas y resolverían pocos, aún si me circunscribiera al marco legal. También dentro de ese marco legal haría lo posible por que los curas pederastas respondieran ante la ley, impidiendo que los ocultaran sus compañeros de profesión, y aplicaría igualmente la ley con quien cometiera violencia de género, sin importarme para ello que tanto el agresor como la agredida fueran musulmanes y estuvieran de acuerdo en que el Profeta dijo que él le podía zumbar a ella. Pero todo ello, claro, lo tendría que hacer con arreglo a las leyes vigentes y, en todo caso, luchar por cambiar las leyes cuando son repugnantes, a fin de tener un marco legal más avanzado.

Mientras, provocaría un lío de proporciones.

Esto es enormemente aburrido. Es lento. Es tortuoso. Implica negociar con fuerzas diversas... implica tener en consideración a quien yo estoy seguro de que se equivoca, hombre ya. ¡Qué distinto es del sueño de tomar el cielo por asalto y decretar la felicidad de las masas agradecidas, de acabar con el mal, de cambiarlo todo, de gobernar por edicto, de prohibir y disponer como Iván el Terrible! Además de que esa revolución absoluta sin duda lograría que nos erigieran algunas estatuas que nos dejarán muy orondos por esa extraña idea humana de que el mejor homenaje a nuestros ciudadanos distinguidos es convertirlos en cagaderos de palomas.

Eso es lo que están descubriendo los profesionales de la oposición sin neuronas que han llegado a disfrutar algún poder en algunos ayuntamientos españoles por obra y gracia de la demagogia. El baño de realidad que se están dando es espectacular y lo resienten los asaltantes del cielo pero más lo resienten quienes les votaron porque sinceramente creyeron que los iluminados iban a arreglarlo todo con la varita mágica. Porque los problemas, según ellos, no eran complejos ni multifactoriales... eran todos asunto de voluntad política, la culpa era sencilla de atribuir: son ellos... los quitas a ellos, me pones a mí, y te mandaré un cheque de mil euros a tu casa todos los meses porque eres guapo. Y los pusieron al frente de las instituciones y ahora resulta que siempre no, que esperen, que esto no era tan simple como parecía...
Nota de El Mundo, 20 de febrero de 2016
Los trabajadores quieren demasiado, descubre Ada Colau, que además de repente entiende lo que nunca entendió cuando dirigía a las masas enfervorecidas hacia la tierra prometida del colauismo: que hay "limitaciones presupuestales". ¡Qué sorpresa! ¡No existen vastas cavernas llenas de oro que los malditos de la casta guardaban para sí, despilfarrándolo en odaliscas y mancebos y vino denominación de origen mientras el pueblo clamaba por pan a sus puertas! ¡No hay la discrecionalidad que se exigía que ejercieran los odiados de la casta para resolver los problemas prohibiendo acá y ordenando allá! El espacio de maniobra del poder político está acotadísimo por leyes y reglamentos y protocolos y exigencias insalvables en el ejercicio fiscal, en el cobro de impuestos y en su aplicación y casi todo el dinero que entra ya tiene destino, con él se pagan servicios, bienes, trabajadores, todo el aparato de administración.

Y aún cuando detienes el gasto superfluo y las irregularidades que cometían los que estaban antes, lo que sobra no es precisamente cantidad suficiente para resolver los problemas de una enorme ciudad. 2 millones de euros será -es- una fortuna para un ciudadano de a pie (reconvertido en pillo en Audi merced a su deshonestidad) pero cuando tu presupuesto ya comprometido es de 2.550.600.000€ (sí, más de dos mil quinientos millones de euros, que es el presupuesto de Barcelona para 2015), dos millones no te dan ni para limpiarte los mocos... menos aún para darle a todos los trabajadores de la ciudad, o del propio ayuntamiento, una remuneración de dos salarios mínimos al mes.
Nota de Europa Press del 18 de febrero de 2016.
El entorno de Manuela Carmena (víctima si las hay) descubre también que no es igual tomar una capilla o mearse a media calle descojonada de la risa como performance que imponerle las mismas historias a toda una ciudad que, cierto, quiere cambios, pero no forzosamente todos los cambios con los que sueñan los alrededores de la alcaldesa, que finalmente sólo conocen la realidad a través del lente teórico de cinco autores apreciadísimos en la facu y que si los lees y repites, sacas notable. Que los títeres y el madrenuestra y los coños por las paredes que son tan rechupiguay como suma contestataria en espacios minoritarios no eran exactamente lo que "la gente" quería. Quizá descubran que para que la gente aprenda a tolerarlo deberá pasar por un proceso de educación que no se les había ocurrido... ¿por qué si ellos eran la solución, la única y sencillísima solución a todo, al aspecto económico, sobre todo, pero también a las taras conservadoras de una sociedad que aún no se sacude el franquismo ni al episcopado ni la idea de que todos los rojos son como los rojos de caricatura del ABC (cosa que algunos rojos insisten en confirmar), y que si asumen la aburrida administración cotidiana de los problemas, necesidades y ocurrencias de cada uno de los 3.141.991 habitantes de Madrid a los que tiene que atender el Ayuntamiento, no tienen puta idea de qué va la cosa.

Y entonces es el momento de los "usted disculpe" y de los "lo hice sin pensar" y los "era una broma" y los "era joven y necesitaba el dinero" y los "pues presentamos una querella contra esos guarretes" y todo eso que deberían haber sabido que vendría porque el mundo, este mundo, su gente, esta gente, sus problemas, sus soluciones y su enorme complejidad no tienen nada que ver con las fantasías en las que viven en la academia endogámica, en las élites perfumadas, en quien nunca respiró nada más peligroso que el polvo de tiza.
Nota de larepublica.es del 5 de febrero de 2016.
Y así se está dando de narices con la realidad el alcalde de Cádiz, al que la ciudad y sus problemas se le han convertido en un acertijo matemático de altísimo nivel que pretende resolver callando a los concejales opositores y advirtiendo que él tiene una carrera... con esa arrogancia que, ingenuos, pensamos que era privativa de una derecha caciquil, autocomplaciente y arrogante.

Claro que hay que pedir que las iglesias se conviertan en bibliotecas y ser, como la vieja revista mexicana El hijo del ahuizote, "de oposición feroz e intransigente con todo lo malo". Con todo. Pero para hacer efectivos los ideales hay que conocer las limitaciones de la realidad, el enorme trecho que media entre estar en desacuerdo con las atrocidades que me rodean y resolverlas. Entre querer y poder. Uno puede querer volar con la capa ideal de Supermán, pero cuando decide tirarse de un séptimo piso munido solamente con dicho trapo, sus posibilidades de éxito son, por decirlo amablemente, escasísimas.


Cuando crees que puedes pasar del espacio de la denuncia y la justa indignación al espacio de las soluciones sin realmente haber entendido el problema... eres parte del problema. La realidad te impartirá un curso acelerado, sin duda, pero quien lo pagará no serás tú, sino la gente a la que le contaste tu cuento. Y que es finalmente a la que lanzas del séptimo piso con tu capa mágica.

17.2.16

¿Contra quién dices que protestas?

Como defensor de la libre expresión, como crítico de la religión, como ateo militante y como hombre de izquierda, siento que resulta razonable que haga una toma de posición ante el juicio que comienza ahora contra Rita Maestre.


Boceto rápido de retrato: Maestre, 26 años, ha sido militante de grupos de los creadores y jefes de Podemos, en particular de Contrapoder, organización creada por Pablo Iglesias y con la que controlan desde hace años la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, y de "Juventud sin futuro", uno de los colectivos organizadores del 15M. Maestre ha tenido una carrera curiosamente fulgurante en poco tiempo: de la capilla a trabajar en el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), consultoría política asesora del gobierno venezolano, entre otros, cuyo director es muy apreciado por el presidente de ese país y en el que han tenido actividad las cabezas visibles de Podemos. De allí, saltó a puestos de decisión en Podemos y, finalmente, a la lista electoral de "Ahora Madrid", hasta convertirse en concejala y portavoz del ayuntamiento presidido por Manuela Carmena.

Los hechos, hasta donde se conocen: el 10 de marzo de 2011, un grupo de militantes de Contrapoder recorrieron el camino entre su facultad y la Psicología, pasando el Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI) y la biblioteca de económicas, hasta llegar a la capilla católica que está en el bajo de un edificio de psicología al otro extremo del campus. Su objetivo era exigir que se cerrara la capilla, entendiendo que no tiene nada qué hacer en una universidad pagada con dinero público.


La reconstrucción de los hechos es difícil, sobre todo porque el tema fue profusamente cubierto por la prensa de derechas y religiosa, con la saña que le es característica, mientras que la prensa afín a la izquierda arcaica se dedicó más a defender a los manifestantes que considera "de los suyos" y sus acciones que a informar de qué había ocurrido realmente, así que todo testimonio y relato resulta sospechoso y escaso de hechos. Trato de separar hechos de valoraciones y reportes interesados: entre 50 y 70 personas de Contrapoder, encabezadas por unas 20 mujeres con pañuelos morados (era todavía sólo el color de la lucha feminista, Podemos no existía ni se había apropiado de él) entraron en la capilla de Psicología, interrumpieron una oración, algunas de ellas se desnudaron total o parcialmente de cintura para arriba y corearon consignas como "Vamos a quemar la Conferencia Episcopal", "Me cago en Dios, me río de la virginidad de la Vírgen María", "Menos rosarios y más bolas chinas" o "Contra el Vaticano, poder clitoriano" (son en las que coinciden varias fuentes, aunque alguna atribuye a Maestre la amenaza "Arderéis como en el 36").


Las activistas publicaron fotografías de su acción en sitios como "Fotogracción" y después exigieron que fueran borradas sin dar explicaciones. Unos días después, algunos participantes y organizadores eran detenidos por una denuncia del pseudosindicato de ultraderecha "Manos limpias" que se apoyaba en los artículos del Código Penal que tipifican delitos tan extravagantes como la "profanación" y la "ofensa de los sentimientos religiosos". 13 días después, el diario Público (que patrocina el programa "La tuerka" del grupo de Somosaguas) organizaba un chat para que se defendiera Rita Maestre, cuya carrera política se catapultó a partir de esta acción. En él dijo que se trató de una "performance; en todo caso, una acción simbólica y pacífica de protesta", se apresuró a decir que ella, en lo personal, "no participó" en la protesta y, de hecho, que la Asociación Universitaria Contrapoder en la que militaba también se deslindaba. En resumen, unas chicas que no tienen nada que ver con ningún grupo político pasaron por allí y decidieron protestar porque no tenían nada mejor qué hacer. Poco plausible, y menos al ver las fotos de unas 50 personas saliendo de la FCPS y caminando a la capilla. El juicio finalmente comienza ahora, 5 años después.

Finalmente, hace unos días, la joven política pidió una entrevista privada con el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, a quien le presentó disculpas por su acción de hace cinco años. Astuto, el arzobispo decidió mostrarse misericordioso y perdonarla, aunque uno sospeche que su actitud es tan profundamente insincera como la de Maestre, de pronto más interesada en proteger su carrera que en promover el laicismo.

Es fácil ver que en el asunto se mezclan muchos elementos y para poderlo analizar hay que deslindar y categorizar cada uno.

Primero que nada: una capilla no tiene nada qué hacer en una universidad pública, por supuesto. Sería razonable y deseable que se emprendieran las acciones necesarias para presionar a la rectoría de la Universidad Complutense de modo que cancele las concesiones correspondientes a las capillas aún existentes. Cierto que hay alumnos católicos, pero también los habrá de otras confesiones religiosas que no tienen templos propios en la universidad. Las escuelas, y en particular las universidades, son los espacios de todo lo contrario a la religión: del pensamiento, de la crítica, del cuestionamiento libre, de la exploración del universo y del conocimiento antes que de las creencias (omito por el momento el debate de que en algunas disciplinas sociales que se estudian en las universidades esto es sólo un objetivo lejano y en modo alguno una realidad, por desgracia). No es defensible, ni siquiera históricamente, la existencia de estos espacios. Cómo conseguir que se eliminen ya es otro tema y pasa por lugares muy lejanos a la pequeña capilla.


Segundo: la libre expresión de la que hablábamos en la anterior entrada de este blog es una libertad clave en este panorama, es decir, no se debe penalizar a nadie por expresar opiniones, por ofensivas que puedan ser consideradas por otra persona. La persecución judicial -orquestada además por un grupo de la ultraderecha española- parece excesiva, absurda, revanchista y echa mano de otros de los artículos más lamentables del Código Penal, el 524 y 525 que tipifican el delito de opinión, uno de los más repugnantes para una sociedad ilustrada. Tales artículos deberían pasar a ser parte del pasado, mientras más pronto mejor, en busca de una sociedad donde la libertad de hablar sea más importante que el hecho de que alguien pueda sentirse ofendido por lo dicho. Pero derogar esos artículos es otro tema y pasa por lugares muy alejados de la pequeña capilla

Tercero: la acción de las militantes de Contrapoder es una estupidez sin sentido, una búsqueda de notoriedad para su proyecto político que no hace nada por la promoción de un estado laico y menos aún por la libre expresión. Por no decir que en lugar de ayudar a la lucha contra las creencias y la iglesia, lo que consigue es precisamente lo contrario, como se vio en el cierre de filas del catolicismo madrileño a resultas del presunto "performance" que se apresuraron en llamar "profanación" apoyados en las leyes vigentes, aunque repugnantes.

Me explico: la crítica a las iglesias, a la religión organizada y a sus efectos perniciosos, no es útil cuando se hace en un lugar donde no están ni los jerarcas religiosos ni los políticos que pueden tomar decisiones. Lo que había en esa capilla universitaria era un grupo pequeño de creyentes que se ven de pronto avasallados, invadidos, culpabilizados y humillados. Conociendo el tipo de activismo de la izquierda arcaica (de cerca, que uno nunca fue de la élite académica ni política) y viendo las fotos, no es creíble la performance pacífica, y sí es más probable la descarga de adrenalina contra una institución despreciable, la expresión de furia aunque no haya amenaza física. ¿Tiene sentido esa expresión ante un grupo de creyentes que son, lo he dicho y lo repito víctimas desde su niñez precisamente de esa religión y de las prácticas reprobables que la caracterizan? ¿Qué responsabilidad o capacidad de decisión tiene el puñado de personas que fueron público involuntario de la acción política de Contrapoder? No las tienen, por supuesto, fueron elegidas para ser la escenografía de un espectáculo público de promoción política, y poco más. Peones improvisados de una estrategia hegemónica bien diseñada por los líderes de Contrapoder, los "Cinco de Somosaguas" y su entorno.

Activista de Femen Ucrania frente a la oficina del presidente Yanukovich, protestando contra la docilidad de éste ante Rusia, 2010. (Imagen CC de Femen, via Wikimedia Commons)
Encuentro mucho más válido, valiente y valioso el activismo, mucho más brusco aún, de Femen, aunque en ocasiones me parezca muy mejorable y no lo suscriba del todo, convencido de que es sólo una forma de lucha, pero nada más, porque al menos ellas van a enfrentarse a quienes tienen responsabilidad de que las cosas sean como son: a obispos, arzobispos, al papa, a legisladores y políticos como Merkel o Putin. Pero Femen, además, no es parte de otra estrategia política superestructural de la que sea una ficha a jugarse, su objetivo es única y exclusivamente el activismo por los derechos e igualdad de la mujer, no son un grupo que vaya cambiando de causa conforme lo vaya pidiendo el vaivén cotidiano del interés público según el encabezado del día. Y además, las activistas de Femen asumen lo que hacen en lugar de excusarse con "yo sólo estaba mirando". Las grabaciones demuestran que Rita Maestre hacía algo más que mirar, participó en consignas y quitándose la camiseta, cosa que por supuesto no es ni debe ser delito, lo desagradable es la mentira por miedo a enfrentar responsabilidades personales, y en un político mucho más. Y ninguna se ha pasado aún a la política profesional.

Otro detalle, acaso un poco menos relevante: la acción se realizó en un espacio que la universidad ha concedido a la Conferencia Episcopal y que, por tanto, no puede considerarse un espacio público, y donde los responsables pueden establecer reglas que limiten la libertad de expresión. Esto lo admitimos en muchas ocasiones: hay reglas de conducta que se asumen colectivamente para mantener la lubricación social aunque impliquen moderar nuestro lenguaje o actitud. No significan renunciar a la libre expresión (porque entonces serían despreciables), sino establecer reglas comunes de acuerdo temporal en espacios bien acotados. Todo mundo tiene derecho a tocar un balón de fútbol con las manos, sería absurda una ley que encarcelara a quien lo hiciera... pero para jugar al fútbol uno tiene que aceptar las reglas que dicen que, mientras el balón esté en juego, sólo el portero lo puede tocar con las manos, los demás que lo hagan sufrirán una penalización.


Si Podemos o Contrapoder tienen un despacho, sede, edificio u oficina, sería considerado ilegítimo, incluso delictivo o al menos bastante poco elegante, que se presentaran 70 personas y entraran a una reunión de pocos integrantes del partido, ninguno dirigente, a gritarles algunos insultos poco creativos y lanzar consignas contra un liderazgo ausente por estar en total desacuerdo con la formación política y sus posicionamientos. Y más si, como en este caso, alguien se pone en la puerta para impedir que entren los manifestantes y lo aparten de un empellón (que ya no es libre expresión) como asegura el capellán que hizo con él la propia política Maestre. En ese caso, Podemos hablaría de allanamiento y de violencia contra uno de los suyos, apartado a empujones, además de una espectacular falta de respeto a las reglas del juego democrático. Los activistas de Contrapoder -no tiene sentido negar que lo son- tienen suerte de que el arzobispado, con su tradicional sed de venganza, no se decantara por esta visión para perseguirlos por faltas ya no de opinión, sino de delitos que están mucho más objetivamente tipificados.

Una y otra vez he insistido en que el ateísmo militante, la lucha por el laicismo y la crítica de la religión no se hacen, o no se deben hacer, por disfrutar la satisfacción que puede darnos sentirnos moralmente superiores, más inteligentes, más guapos, más agudos, más cultos o mejores personas que quienes rezan fervorosamente de hinojos en el banco de una iglesia. Eso no es sino mezquindad y autocomplacencia. Y es también olvidar que cualquiera de los ateos y laicistas de hoy, nosotros, a poco que nuestra historia personal fuera ligeramente distinta, podría estar allí, de rodillas, entregado, creyendo honradamente que está en manos de un poder superior, sea Jehová, Xenu o la Pacha Mama.

La militancia contra creencias y religiones se hace, sobre todo, por los creyentes, por su libertad, por su derecho a decidir, por su integridad y dignidad.



Y es allí donde, en ejercicio de su libre expresión (más o menos) y con una reivindicación más que legítima (pero que sólo asumieron un día cuando el problema es cotidiano y grave), la política profesional Rita Maestre y su grupo activista han actuado de modo moralmente cuestionable al ir al eslabón más débil de la cadena, a las víctimas, a los que ponen el dinero, la fe, la confianza, la oración y la defensa de quienes abusan de ellos. Es como ir a un orfanato a gritarle a los niños que estamos en contra del abandono infantil.

Puede ser legal, pero es profundamente imbécil, arrogante e insensible.

8.2.16

Libre expresión... ¿cuánta?

John Stuart Mill (1806 -1873), filósofo de la ciencia, pensador político y social,
feminista y servidor público, retratado por George Frederic Watts.
(Imagen D.P. vía Wikimedia Commons)

España, como otros muchos países, mantiene leyes que penalizan la expresión verbal o escrita de las opiniones. Es decir, la libre expresión de las ideas. Decir o escribir ciertas palabras que correspondan a ciertas ideas puede conducir a la cárcel, la multa, el juicio y la vergüenza pública.

Excluyamos, porque sé que de inmediato los enemigos de la libre expresión echan mano de este recurso, a la mentira, la estafa, el timo, la revelación de secretos, la publicidad engañosa y otros casos en los que lo que se expresa no son ideas, opiniones o posiciones personales, sino afirmaciones que se presentan como hechos reales, y de cuya veracidad sí se puede hacer responsable a quien las dice. El que afirma curar el cáncer con un yerbajo, por poner un caso, está poniendo en riesgo la vida de otros al hacer una afirmación fáctica sujeta a que se demuestre su veracidad o no, y responsabilizarlo de ella incluso penalmente.

Así que acotamos: hablamos de la libre expresión de las ideas, de las opiniones, de las creencias, de las posiciones políticas, religiosas, etc., no de afirmaciones sobre hechos contrastable. En esa acotación, cualquiera tiene derecho a decir "yo creo que este yerbajo cura el cáncer".

Las democracias hijas de la ilustración, y en no pocos casos las dictaduras de distintos signos y orígenes, han rendido pleitesía verbal a la libre expresión, pero siempre coartándola de un modo u otro. (Cuando no directamente dicen que no es uno de sus valores, como solía repetir Fidel Castro cada vez que lo entrevistaba Bárbara Walters: "Nosotros no tenemos el concepto de libertad de prensa que tienen ustedes".) La verdadera libertad de expresión es anatema incluso para los grupos o colectivos (más o menos vagos o precisos) que se presentan como progresistas, defensores de los derechos, etcétera.

Un ejemplo reciente en España lo exhibe de manera descarnada. Un grupo de titiriteros (espectacularmente malos, por añadido), contratado por el Ayuntamiento de Madrid para las festividades del carnaval, presentó un espectáculo que indignó a algunos padres de los niños que asistían a la función callejera (anunciada por el propio Ayuntamiento como "recomendada para niños").
Captura de la página del Ayuntamiento de Madrid anunciando
el espectáculo
Que la historia sea o no para niños es cosa de los padres y discutirlo desvía la atención de lo esencial (que es lo que ha pasado, se ha desviado). La obra es un panfleto ideológico (legítimo) que incluye violaciones, asesinatos y el intento de encarcelar a una mujer atribuyéndole un cartel que, más o menos veladamente hace referencia a la organización terrorista ETA, lo cual provocó que alguno de los presentes llamara a la policía. (Esto será difícil de entender para quien no vive en España, pero los 800 asesinatos cometidos por los supuestos libertadores de ETA pesan mucho en las relaciones sociales e incluso en las ideológicas, de modo verdaderamente alucinante.)

Los policías que acudieron decidieron que podía haber un delito de "enaltecimiento del terrorismo" (uno de los delitos de opinión que existen en el código penal español, artículo 578), detuvo a dos de los titiriteros y se desató poco más o menos que la tormenta. La derecha española exigiendo todo el rigor de la ley para los desafortunados y poco originales titiriteros, y la izquierda dedicándose a demostrar con hordas de ejemplos que los niños ven cosas igual de horrendas a diario en la televisión, en los cristos sangrantes de las iglesias y demás situaciones. Recurriendo, pues, a la falacia del Tu quoque (o "y tú más") como justificación no sólo de los titiriteros, sino de los despistados que en el Ayuntamiento los contrataron y los anunciaron como espectáculo infantil.

Lo que más me ha llamado la atención es que la defensa de una buena parte de esa izquierda, la más cercana al Ayuntamiento de Madrid, no ha pasado casi por la defensa de la libre expresión como concepto, como libertad fundamental, como derecho sin el cual se deprecian todos los demás. Es decir: a los titiriteros no se les debe perseguir ni encarcelar ni multar si uno cree que la libre expresión debe ser un valor social. Deben ser libres porque creemos en su libertad de decir lo que sea. Si el Ayuntamiento de Madrid debió o no pagarlo, o anunciarlo como espectáculo infantil, que haya responsabilidades políticas, pero ése es otro tema.

Hay una izquierda regresiva (por llamarle de algún modo, y no sé, ni pretendo saber si es minoritaria o mayoritaria), que al darse el atentado contra la revista Charlie Hebdo en París, así como el asesinato de Theo Van Gogh, los motines por las caricaturas de Mahoma en el diario danés Jylland-Posten (que dejaron más de 200 muertos) y otros casos, hizo un ejercicio de cierta justificación de la violencia: los musulmanes se habían sentido "ofendidos" y su profunda ofensa "explicaba" que reaccionaran matando a quien dibuja o hace cine. El mensaje, claro, era que la "libertad de expresión" tenía y debía tener sus límites, que "no vale todo".

Esa misma izquierda regresiva es, con frecuencia, defensora de muchas formas de lo que se conoce como "corrección política" y que no es sino la imposición de límites cada vez más estrechos y caprichosos a la libertad de expresión. Decir algo incorrecto respecto de ciertos temas considerados sagrados, especialmente en el ámbito de la política de identidades, puede ser no sólo censurado, sino pretexto para que alguien sea despedido, humillado públicamente, que se le retiren honores o reconocimientos por actividades que nada tienen que ver con la expresión considerada ofensiva y lo deja, para todo efecto práctico, indefenso (e indefendible, su culpa se contagia a quien comente contra la politicorrección) y declarado culpable sin mediar más que el consenso de un grupo determinado...

Y luego se encuentran con que defender la libre expresión les queda como unos pantalones cuatro tallas demasiado grandes.

El grupo universitario "Contrapoder", comandado por los hoy
dirigentes de Podemos, defiende la libre expresión del
etarra De Juana Chaos...
... y el mismo grupo "Contrapoder" impide la libre expresión de
Rosa Díez en octubre de 2010.
Un ejemplo claro es lo que se ha vivido en la facultad de ciencias políticas de la Universidad Complutense donde en 2005 el grupo Contrapoder defendía al terrorista Iñaki de Juana Chaos diciendo que estaba "Preso por escribir" (se le había recluido en prisión por 25 asesinatos y, una vez libre legalmente, se le volvió a detener por expresar "amenazas" en unos artículos periodísticos)... pero en 2010 se escrachaba a la dirigente del hoy agónico partido de derecha liberal nacionalista UPyD, Rosa Díez, para impedir que hablara en el auditorio de esa misma facultad, como si sus palabras no merecieran la misma consideración.

Esta contradicción es igualmente inaceptable sin importar en dónde ocurra, en un grupo dominado por la derecha o en cualquier otro de ideología compartida que excluya de una libertad fundamental a todos menos los propios de modo hipócrita. Y esto es independiente de lo que uno personalmente pueda opinar de Rosa Díez o de De Juana Chaos.

Y es exactamente lo mismo que ha hecho la derecha, los antiprogresistas, los autoritarios y los reaccionarios: el fascismo y el nazismo, el macartismo, la dictadura franquista, las dictaduras militares suramericanas de los 50 a los 80, la "dictablanda" mexicana (en la que han ocurrido múltiples atropellos, el menor de los cuales sería que a quien esto escribe se le negara un puesto de trabajo por ser "comunista" --sólo era de izquierda, pero quien decidía no entendía de matices en cuanto a izquierda, todos, hasta Obama, le parecen comunistas y ya)... es decir, mantener una opinión política en esas sociedades era igualmente peligroso. Se podía perder el empleo, la libertad, la vida o, al menos, oportunidades diversas y consideración social.

Resulta lamentable que los perseguidos se vuelvan tan alegres perseguidores, que las posiciones de censor y censurado se intercambien tan fácilmente y con tan poco análisis crítico de los peligros que comporta hacer lo mismo que el adversario o, directamente, convertirse en lo mismo que el adversario sacrificando los principios a los dogmas. Porque algunos han asumido como propia una de las posiciones clásicas de la derecha contrailustrada: la idea de que el libre pensamiento y la libre expresión de sus productos no son ni deben ser sagrados, que alguien, alguna autoridad, algún caudillo, algún grupo hegemónico, algún sacerdote, algún imam, algún dictador, tiene no sólo el derecho, sino la obligación de poner límites.

Índice de libros prohibidos por el Vaticano, 1564.

Todos sabemos que hay cosas que detestamos escuchar, opiniones que juzgamos deleznables, palabras que nos ofenden profundamente. La pregunta, la única pregunta verdadera es si estamos dispuestos a prohibir o perseguir esas palabras y a quien las dice o las escribe, y pagar el precio por hacerlo. Todos podemos imaginar una línea a partir de la cual se podría empezar a prohibir la libre expresión; pero una vez que se abre la veda y prohibimos o coartamos lo que nos ofende a nosotros, también se hace posible que se prohíba y coarte lo que ofende a otros. Y muchas de las ideas que consideramos importantes y valiosas y que merecen ser difundidas seguramente son ofensivas para alguien más y por tanto son susceptibles de ser prohibidas y coartadas con la misma legitimidad.

Podría parecer increíble, pero este debate ya estaría esencialmente zanjado desde la Ilustración, al menos en lo teórico... considerando que antes de ella la sola idea de discurrir y hablar libremente era anatema para la sociedad y sus poderes, como lo atestigua la ejecución de Giordano Bruno en el año l600 por pensar libremente -y cuestionar- cosas como la virginidad de María, la Santísima Trinidad, la divinidad de Cristo, la existencia del Espíritu Santo y otras cosas que era obligatorio, si no creer, al menos decir que se creían... y guardarse las opiniones propias.

En su monumental y esencial ensayo On Liberty (Sobre la libertad) de 1859, el pensador británico John Stuart Mill exploró ampliamente el tema de la libre expresión. La exposición del breve ensayo, recomendable en su totalidad, es esclarecedora:
Es extraño que, reconociendo los hombres el valor de los argumentos en favor de la libre discusión, les repugne llevar estos argumentos "hasta su último extremo", sin advertir que, si las razones dadas no son buenas para un caso extremo, no tienen valor en absoluto. Otra singularidad: creen no pecar de infalibilidad al reconocer que la discusión debe ser libre en cualquier asunto que pueda parecer dudoso, y, al mismo tiempo piensan que hay doctrinas y principios que deben quedar libres de discusión, porque son ciertos, es decir, porque ellos poseen la certeza de que tales principios y doctrinas son ciertos. Tener por cierta una proposición, mientras existe alguien que negaría su certeza si se le permitiera hacerlo, pero que no se le permite, es como afirmar que nosotros, y los que comparten nuestra opinión, somos los jueces de la certeza, aunque jueces que no escuchan a la parte contraria.
La sociedad se beneficia del libre intercambio de las ideas, de eso no hay duda. Lo que nos falta es aprender a asumir que debemos tolerar a quien dice lo que no nos gusta, que ésa es una de las bases de una sociedad sana y dinámica, sin la grisura del 1984 de Orwell o de la Alemania nazi, de la Corea del Norte de la dinastía Kim o del sufriente Zimbabwe de Robert Mugabe.

En la herida España de hoy, empero, sin una prensa libre (quizás, en todo caso, libre para decidir los sesgos políticos que asume traicionando al público), con una cultura perseguida y con una visión política a izquierda y derecha que hace de la libertad de opinión un arma arrojadiza que se defiende cuando conviene y se ataca cuando conviene más, quizá no sea muy popular decir que hay que dejar hablar a comunistas y anarquistas, a nazis y a franquistas, a racistas y a machistas, a enemigos y defensores del sistema, a taurinos y a antitaurinos, a pronucleares y a antinucleares... a todos los que puedan tener una opinión que nos repugne... porque es el precio -bajísimo- a pagar por poder expresar nuestras propias opiniones sin importar a quién ofendan. Y porque nos da, claro, la oportunidad de contraargumentar, de defender posiciones que juzgamos más nobles y justas, de convencer en lugar de reprimir.

La libre expresión es un derecho. "No ser ofendido" no lo es.

Y ya en esto, quizá es momento que un nuevo gobierno en España, antes que plantearse el "control" de los medios, se proponga eliminar los delitos de opinión que aún ensucian sus leyes y establecer garantías más sólidas para la libre expresión como libertad fundamental, abandonando la tibieza censora del artículo 20 de la Constitución. Es una idea.