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31.5.15

Las revoluciones de Mack Reynolds

Hace unos días me estuve acordando de Mack Reynolds, escritor de ciencia ficción injustamente olvidado.

Dallas McCord Reynolds, escritor
que firmaba principalmente como
Mack Reynolds
Lo conocí en 1978 en la Convención Mundial de Ciencia Ficción, hicimos buenas migas y descubrí que vivía en México, en San Miguel Allende, Guanajuato, de modo que 1979 fui a hacerle una larga entrevista quedándome como huésped en su casa durante varios días, alimentado por los impresionantes platillos de su esposa Helen (responsable de la cocina de un importante hotel de la ciudad), cuyos langostinos al curry aún recuerdo 36 años después. En las comilonas, Mack me iba contando su vida como consultor de IBM y después su servicio militar en la SGM y cómo decidió convertirse en escritor en vez de volver a su trabajo anterior.

Mack hacía una ciencia ficción singular y de enorme valor que era su sello personal: la ciencia ficción socioeconómica y profundamente crítica. Su punto de partida era una visión originalmente favorable a la economía centralmente planificada del comunismo soviético que sin embargo no dejaba de ver ni los beneficios del capitalismo ni los problemas del autoritarismo y el centralismo. Me contaba cómo su padre, Verne, había sido dos veces candidato a la presidencia por el Socialist Labor Party, el más antiguo partido marxista de los Estados Unidos (que aún existe, por cierto). Mack perteneció al partido y militó en él de modo muy activo como organizador sindical y parte de la campaña presidencial de John Aiken en 1940... pero en 1958 se vio obligado a dejar el partido por su posición heterodoxa y por haber publicado el libro How To Retire Without Money (Cómo retirarse sin dinero) bajo el seudónimo de Bob Belmont, por "apoyar las afirmaciones fraudulentas de los apologistas del capitalismo, a saber, que el capitalismo ofrece incontables oportunidades a los que están 'alertas'".

Recuerdo su novela Tomorrow Might Be Different, cuya premisa era que la Unión Soviética empezaba a ganar la guerra fría inundando los Estados Unidos con productos para el consumidor baratos y de gran calidad, como cámaras fotográficas. La novela narra el contraataque estadounidense mediante la religión. La recordé mucho años después ante la fascinación que vi en Cuba por las "menudencias del mundo capitalista" que representaban algo valiosísimo para los desposeídos de la isla: pantalones vaqueros, maquillaje, zapatos, cámaras fotográficas, desodorantes... Mack se daba cuenta de lo perverso y absurdo que era que la URSS pudiera poner hombres en el espacio pero no fabricar una lavadora y una televisión decentes, ni darle de comer debidamente a su población... y lo perverso que era también que países verdaderamente ricos mantuvieran niveles de desigualdad indignantes y se pudieran dar el lujo de la pobreza.

Recuerdo otro relato donde un grupo de revolucionarios -porque Mack siempre estaba haciendo la revolución, creía que era un proceso permanente y necesario- subvertía el orden establecido vendiendo productos tan simples como jabón, pero sin marca, sin envoltura, sin colores interesantes y entregado a domicilio. Sus ofertantes eran perseguidos por la policía ya que el precio hay que ofrecían sus productos era bajísimo gracias a que se ahorraban el gasto en empaques, publicidad, comisiones de distribución y venta y otros elementos. Esto mucho antes de que existiera la profesión de plañidera del consumismo...

La visión de Mack era tan clara que le permitió prever que sobrevendrían el predominio de las tarjetas de crédito en la economía, Internet o una Europa comunitaria. No era magia, era conocer las sociedades. Y al escribir ciencia ficción se permitía audacias heterodoxas como la idea del "capitalismo del pueblo", donde la economía de libre empresa era dominada por los trabajadores como dueños de empresas privadas, o la advertencia de que el "centrismo radical" (hola, Podemos, hola Ciudadanos) podría ser una conspiración de los poderosos para volver apáticos y acríticos a los ciudadanos comunes. Era además un crítico sólido del islam, del racismo y del sexismo, como muchos pioneros de la ciencia ficción comprometida de su época.

Mack entendía algo que muchos no entienden: que el bienestar económico era sólo una parte de la satisfacción humana y que no se puede elegir entre derechos y libertades, que ambos son esenciales en una sociedad sana y justa. Por ello, en sus utopías de mundos donde ya no hay necesidades materiales, donde priva la igualdad y han desaparecido enfrentamientos como los de clase, Mack imaginaba a revolucionarios que las confrontaban para encontrar sentido a sus vidas o para romper una igualdad que resultaba injusta.

El valor de Mack para pensar distinto, para desafiar a los dogmáticos del capital y del marxismo, me hizo admirarlo y mantener una memorable amistad por correo (sí, de papel y cartero) los siguientes cuatro años, hasta que Helen me informó de su muerte, a la temprana edad de 65 años.

Ojalá se le leyera. Ahora hace más falta, incluso, que en los tiempos en los que escribía.

11.7.14

¿El fin justifica los tiros?

 
Me preguntan por mi posición ante la lucha armada, que fue el procedimiento de elección de buena parte de la izquierda para alcanzar el poder durante la mayor parte de los siglos XIX y XX.
Nunca simpaticé con la lucha armada en abstracto. Aún siendo muy joven y admirando con reservas al Che Guevara o a los héroes militares inevitables del panteón mexicano como José María Morelos, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria o Pancho Villa (éstos últimos a quienes sigo admirando por ciertas acciones, pero con las mismas reservas), me resultaba claro que la violencia activa raras veces consigue sus objetivos y al final la revolución francesa deviene bonapartismo y la de octubre crea a Stalin y sus huestes de dictadorzuelos, y la Gran Marcha se derrumba en la masacre ignorante del Gran Salto Adelante y en el genocidio ideológico de la Revolución Cultural. Y la revolución mexicana nos deja con un sistema cuyas profundidades de miseria moral, desprecio al otro, abuso y ofensivo caciquismo no tiene medida ni final.

Y los que generalmente ponen los muertos, cuando alguien decide que le viene en gana hacer la revolución, son los inocentes. O los más inocentes. Desde el soldado o policía víctima del "revolucionario" en misión sagrada hasta el ciudadano demócrata y libre, víctima de la intensificación de la represión paranoica del poder. Esas vidas son una moneda que no es propiedad de nadie para usarla en el pago de sus mejores intenciones. Pagar con la vida de otros es esencialmente inmoral. Siempre me lo pareció así.

La violencia es para cuando hay que defenderse del violento. No soy pacifista radical en ese sentido, ni mucho menos católico de poner la otra mejilla. Creo que los límites que vivieron, por ejemplo, los vietnamitas en la guerra que acabó en 1975 o los países invadidos por el nazismo o la República Española bajo asedio, llevan a la obligación de defenderse porque dejarse matar tampoco es una opción razonable. Pero no creo que eso sea extrapolable a la comodidad ideológica que todo lo convierte en asunto de vida o muerte y se pone a repartir muerte.

Me tocó crecer en una época en que la revolución armada era artículo de fe de casi toda la izquierda. Sus referentes eran la URSS, China, Cuba, y luego Nicaragua (esa Nicaragua que acabó saqueada por los comandantes sandinistas, que resultaron los más voraces y los más neoliberales y los más ladrones gobernantes que padeció ese pobre país centroamericano, esa Nicaragua a cuyos líderes conocí y cuya indolencia ante la muerte me sacudió de modo memorable). Y, claro, en Guatemala había caído Arbenz porque no se recurrió a la violencia. Y, claro, Allende cayó 20 años después porque no se recurrió a la violencia. La violencia era incuestionable, salvo por algunos pocos que no nos ganábamos con eso las simpatías de los ortodoxos. Que sí, había trotskistas y estalinistas, castroleninistas y gramscianos, y se rompían los dientes a la menor oportunidad, pero estando todos de acuerdo en que la revolución se hacía a tiros y la duda era cuándo, con qué dinero y bajo la dirección de cuál vanguardia.

Yo, a los 17 años, convocaba un "Frente de deserción" en el que nos reuníamos varios que teníamos la mejor disposición de desertar de cualquier ejército, regular o irregular, que nos llamara a las armas.

El tiempo enfrió los ánimos revolucionarios. El tiempo y las acciones armadas que se llevaron a lo mejor de varias generaciones, hombres y mujeres, generalmente jóvenes, que se sacrificaron creyendo realmente que iban a hacer un mundo mejor. Entre ellos, buena parte de lo mejor de mi generación, gente noble, que creía que estaba haciendo el bien mientras hacía el mal y acababa muerta llevando en la mano un fusil financiado por la URSS o China... gente que mucha falta nos hace hoy para dar la batalla por las mejores causas.

Doroteo Arango Arámbula - Pancho Villa
Hoy en día, tanto en México como en Argentina y España, tengo muchos amigos que luchan en la izquierda mediante la vía democrática, la lucha social y el activismo político... y que condenan el terrorismo en sus versiones más recientes, en particular a ETA. Recuerdo a más de uno de ellos el día en que ETA asesinó a Miguel Blanco, con cara circunspecta y guardando silencio en una España horrorizada o, quizá, cansada ya de tantos muertos con tan poco sentido. Luego indignados con el asesinato de Isaías Carrasco a manos de los mismos miserables. Era un "ya basta, que esto no va a ningún lado".

Y sin embargo sé, porque son mis amigos, que algunos de ellos siguen teniendo la fascinación de la violencia. Que su retirada es, digamos, temporal y circunstancial, asunto contingente, no cuestión de principios. Como dirían dos caudillos del nuevo partido, "la violencia es diferente según contra quién se ejerza", con lo que todo lo pueden relativizar. Todo.

Por eso ante las FARC, por ejemplo, suelen mirar para otro lado. Y suelen darles un espacio para que hablen, y hay solidaridades claras, por pudorosas que sean...

Uno de esos amigos, queridísimo, que condenó muchas veces los asesinatos de ETA en mi presencia, llegó a mi casa en México un día de mediados de la década de 1990, acompañado de tres personas. Los llevaba porque deseaban pedirme que yo, como periodista aunque de poco peso en la opinión nacional, diera mi apoyo a su justa causa. Eran tres abogados vascos, abogados de los etarras. Más que abogados, era obvio, eran gente de ETA, parte de la organización, que compartían estrategia, táctica e ideas con los terroristas que se pensaban revolucionarios; profesionales jurídicos y políticos cuyo objetivo era facilitar la lucha armada hasta la consecución de sus logros, no sólo garantizar los derechos legales de los procesados.

Se sentaron en mis sillas, se tomaron mi café, apagaron sus cigarrillos en mis ceniceros, sonrieron mucho y me dijeron que, si yo aceptaba su apoyo, ellos me darían abundante documentación para argumentar el caso de ETA ante el público mexicano. No me ofrecieron nada, acaso se deslizó muy tenuemente la posibilidad de publicar alguna de mis novelillas en una editorial que también simpatizaba con el grupo terrorista o era parte de él, pero no puedo decir que se me ofreciera un intercambio ni un soborno, no... se invocaba mi solidaridad como hombre de izquierda, mi compromiso con un mundo mejor, mi postura combativa en la prensa mexicana, siempre que podía, contra la injusticia y las violaciones de los derechos básicos, y en favor de la libertad.

Les dije que lo pensaría y les llamaría. Los acompañé a salir. Para cuando cerré la puerta ya lo había pensado. Y lo que pensé fue que no les llamaría. Nunca. Por ahí deben estar (quizá en la biblioteca que aún tengo en México y que estoy por rematar), sus tarjetas de visita. No recuerdo sus nombres. No sé si alguno de ellos está entre los procesados de estos días. No importa.

Tengo amigos que siempre han simpatizado con la lucha armada. Algunos han hecho sentidas biografías de uno u otro líder militar o expresan su admiración sin reservas apenas tienen oportunidad. Viven grandes batallas vicariamente y sin el dolor, el olor de la muerte ni la desesperación del que siente que se le va la vida. Es la épica cinematográfica que supone que cuando cierran el libro, como cuando el director dice "corte", los caídos se levantarán y seguirán su vida porque el dolor leído es abstracción sin sensación. Romanticismo irresponsable.

Varios amigos, conocidos y colegas que han sido parte de mi experiencia vital son personas que tomaron las armas en su momento, en México y en Argentina. No son malas personas, no sé si se cobraron vidas, pero los he escuchado justificando sus acciones. No puedo compartir su posición. (Excluyo, por lo ya dicho, a los que las tomaron defensivamente en la Guerra Civil Española y a quienes los apoyaron, a los maquis franceses y a los resistentes holandeses cuyas manos he tenido, ahí sí, el gusto y el honor de estrechar. Y excluyo a amigos míos que, como jóvenes estadounidenses, se hicieron veteranos de Vietnam, enviados casi de niños a una guerra absurda que sobrevivieron pagando precios elevadísimos.)

Tengo amigos que nunca han tirado una piedra pero que hablan con cariño de alguna acción violenta de tal cura, de tal médico, de tal anarquista, de tal comando, de tal camarada y de tal o cual organización que atacaron con éxito al enemigo. Al otro extremo conocí en persona a los dos, por entonces ya casi ancianos, principales sospechosos del asesinato de Robert Sheldon Harte, el secretario y guardaespaldas de Trotsky que fue secuestrado y ejecutado después del atentado caótico y fallido que organizó el pintor David Alfaro Siqueiros en México contra el líder soviético, con el apoyo de muchos conspiradores estalinistas... a varios de los cuales también conocí cercanamente sin proponérmelo. Más de uno veía con simpatía también a Mario Ramón Mercader Del Río, el asesino de Trotsky en el segundo atentado.

El piolet con el que Mercader asesinó a Trotsky, en una exposición en Filadelfia. (Imagen CC de Jack Donaghy, via Wikimedia Commons)
Por todo esto sé que simpatizar con la lucha armada o con la violencia no implica como requisito gritar "Gora ETA", no. Y menos en los tiempos que corren, cuando cualquiera que no haya vivido en una cueva los últimos 50 años sabe que un "Gora ETA" es un suicidio político salvo en ciertos entornos muy bien acotados y lejos de miradas indiscretas. Es un asentimiento de comprensión pudorosa.

Claro que la izquierda que soñó con llegar al poder por la vía de la fuerza hoy rechaza el terrorismo, y no tiene problemas en condenarlo. Lo que a mí me preocupa son los -muchos- que dicen "pero". El terrorismo es malvado, pero... La lucha democrática es el mejor camino pero... Las armas no son el camino aquí y ahora pero... Condenamos la violencia armada pero... Los que dicen lo que hoy es políticamente correcto, convencidos o no, nadie sabe, con toda la contundencia que se les pueda pedir, sin duda... pero dejando la puerta emparejada, por si acaso cambian las condiciones y vuelve a resultarles aceptable moralmente asumir la lucha armada y aspirar a ganarse un lugar en las camisetas del mañana...

Prefiero a los arrepentidos de verdad. Incluso a los que nunca se arrepintieron y creen que el error no es usar la violencia, sino perder.

Los otros, los hipócritas y los pacifistas de ocasión no son de mi equipo. Los que dicen una cosa y la otra según la compañía, según el cálculo político, según la conveniencia, siempre me dejan la idea de estar simplemente al acecho... como el ladrón arrepentido que por mucho que afirme su cambio y se muestre reinsertado socialmente, yo no dejaría a solas al alcance del patrimonio familiar.

5.7.14

Historias de ceguera voluntaria

Mítica fotografía de Josef Koudelka "Tropas invasoras del Pacto de Varsovia frente
a la sede de la radio" Tomada en agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos
pusieron fin al experimento de un socialismo democrático, libertario y
popular en Checoslovaquia conocido como "La primavera de Praga" (¿alguien
pensó que la "primavera árabe" era un nombre original?). La foto señala,
en el reloj del fotógrafo, el momento de la llegada de los invasores al centro de Praga.
Una de las cosas que tiene el haber acumulado muchos años es gozar de la ventaja de la memoria. Cuando escucho hoy la defensa que muchos militantes de cierta izquierda hacen de toda buena fe de gobiernos como el venezolano, del Partido Podemos o del caudillo de la semana, la memoria pide la palabra.

Primero que nada: los entiendo perfectamente; su entusiasmo, su disposición casi suplicante de ser seducidos por una retórica luminosa que prometa libertad, justicia, bienestar para los oprimidos, escuelas, hospitales, seguridad... el paraíso sin dolor. Escuchan por primera vez hablar de lo que les apasiona y por tanto elevan a quien habla a la calidad de líder más necesario que el agua. Y, por tanto, a cualquiera que ponga en duda al líder o a alguna de sus consignas se convierte en el enemigo.

Hace muchos años, con la misma buena fe, otros que soñaban también con un mundo mejor, se indignaban exactamente igual ante críticas a los regímenes que creían (ingenua, ingenuísimamente) que defendían lo mismo que ellos. La invasión a Checoslovaquia de 1968 era aplaudible. Los gulags eran un invento del imperialismo. Los campos de la muerte de los Khmeres Rojos de Pol Pot eran propaganda de los medios occidentales vendidos. Ceaucescu o Jaruzelski o Enver Hoxa eran víctimas de la desinformación de occidente. La genocida Revolución Cultural china, la genocida colectivización forzada del campo soviético, el Gran Hermano personificado en los CDR cubanos, las barbaridades megalomaniacas de Kim Il-sung (y luego de su hijo Kim Jong-il, como hoy de su nieto Kim Jong-un, socialismo monárquico), todo, absolutamente todo se reducía a "el miedo que el imperialismo tiene a los pueblos en marcha hacia su liberación" y otras frases de elevado impacto y relación escasa con la realidad.

Pero eran hechos dolorosamente reales, los aprovechara o no la propaganda de una guerra fría en la que todos sabíamos, hasta 1990, que cada día podía ser el último, el del holocausto nuclear decisivo.

Al paso de los años, uno, joven de izquierda convirtiéndose en hombre de izquierda, empezaba a dudar de que todos los que levantaban la voz de alarma sobre los horrores en el paraíso presuntamente comunista estuvieran mintiendo, que "el enemigo" tuviera la capacidad exquisita y absoluta de controlar cuanto decían tantos. Y se preguntaba si realmente así era el paraíso de los trabajadores, el cielo por asalto, el arranque del futuro venturoso de las masas, el summum del gobierno de las mayorías desposeídas sobre las minorías poderosas.

No había en esa izquierda, de tan buena fe, insisto,  ni el intento por demostrar que los hechos no lo eran, que los datos eran imprecisos, que la información no representaba la vida cotidiana de tantos. La razón tenía prohibida la entrada. El silogismo era sencillo: "La derecha odia a la izquierda, tú criticas a la izquierda y le das armas a la derecha, ergo tú eres de derecha, su representante o siervo". ¿Que es un razonamiento lamentable? Sí, pero intentar explicarlo en asamblea era garantía para recibir desprecio, invitaciones al silencio o la ocasional paliza de los guardianes de las esencias.

Pero estaban las personas de esas mismas sociedades míticas, los ciudadanos, los libertarios de izquierda, garantistas y progresistas, defensores de los derechos de todos, periodistas honrados, trabajadores indignados, que se arriesgaban a ser denunciados como siervos del enemigo por atreverse a decir que allá se sufría y, con frecuencia, para vergüenza de todos, se sufría más que en las sociedades en las que vivíamos, tan patentemente injustas y tan claramente sufrientes. Que con demasiada frecuencia había menos libertad de la que teníamos en los países donde luchábamos por más libertades. Resultaba, asombrosamente, que era peor para la mayoría, vivir en los países donde, decían, gobernaban los "nuestros" que en algunos de los países donde el poder lo detentaba el adversario ideológico...  ¿Era eso una vindicación de la derecha, una demostración de que los sistemas injustos son mejores? ¿O era, simplemente, una condena brutal a la simulación que se cometía en nombre de ideales que se traicionaban?

Con toda buena fe, los estudiantes chinos del Movimiento por la democracia del 89 levantaron
la imagen de la diosa de la democracia en Tiananmen. Pocos días después el movimiento
era sofocado cuando el Ejército de Liberación del Pueblo chino abrió fuego contra
los manifestantes acampados, dejando entre 150 y 2500 muertos.
La burda estatua de escayola fue demolida.
Uno conoció los hechos. Le dio la mano a Fidel Castro no de buen grado, conoció a las personas comunes que no eran agentes pagados de la derecha, enfrentó el hecho de que la realidad no se parecía al sueño. La caída de la Unión Soviética hizo imposible negar las atrocidades, las masacres, la tiranía, la aristocracia depredadora, el desprecio al pueblo, la represión, el miedo, el esquema donde el Partido era el patrón, el explotador sin contrapeso alguno. Los ciegos voluntarios bajaron la cabeza y miraron para otro lado sin pedir disculpas por un encubrimiento que en vez de servir a los mejores ideales los había malversado en perjuicio de las mayorías. De las mayorías.

Nada de eso hacía mejores las injusticias de este lado. No justificaba la pobreza, la inequidad, la ley para el que puede pagarla, las libertades escasas, el hambre, las escuelas pocas y malas, las medicinas inalcanzables... Precisamente por eso, condenar los crímenes cometidos en nombre de la izquierda no era ser enemigo de la izquierda. Al contrario, esa condena era una obligación moral para defender los mejores ideales de la izquierda.

Mientras en nuestro "aquí" se buscaban mejores condiciones de trabajo, medios de comunicación independientes, un sistema legal fiable y justo, una educación científica, crítica y cuestionadora; la libertad de ser, estar y pensar; el derecho a disentir sin temer al represor, el fin de los torturadores... en el mítico "allá" era imposible siquiera luchar por los mismos ideales.

El esquema se repite hoy con algunos gobiernos presuntamente (muy presuntamente) de izquierda. Gobiernos que reeditan el caudillismo más lamentable y la demagogia más cansina, pero consiguiendo que algunos, especialmente fuera de América Latina, crean que es su peculiar "ahora sí", al que creen tener derecho por sólo ser, y por tanto rechacen en arco reflejo la denuncia de los errores, esa denuncia que debería ser una de las más altas misiones de la izquierda.

Pero hoy como hace 30 años, quien denuncia es sometido al mismo tratamiento por los ciegos voluntarios, los apasionados sin mayores matices ni reflexiones, y para los que el disidente, el crítico, el cuestionador, no puede ser honesto, es impensable, es imposible... quien no esté de acuerdo con "nosotros" debe ser considerado enemigo del pueblo, golpista, fascista, guarimbero, contrarrrevolucionario, imperialista, neoliberal... y punto.

En España, cercanos amigos y beneficiarios de esos gobiernos y de la teocracia iraní misógina, homófoba y con proyectos genocidas son objeto de la misma defensa irreflexiva. Son unos pocos que pretenden ocupar todo el espacio del debate político. Si San Cipriano estableció la preeminencia de la iglesia diciendo "extra Ecclesiam nulla salus", "fuera de la iglesia no hay salvación", ellos vienen a informar "la izquierda soy yo y fuera de mis membretes no hay izquierda, sólo presas legítimas de todo odio y desprecio". Y sus seguidores, entusiastas, de innegable e indudable buena fe, de nobleza sin sombra de duda, se ponen entre el astuto caudillo y la crítica, esperando así merecer la solución mágica a sus problemas, que el caudillo haga realidad la spanishrevolution que ese mismo caudillo y su entorno les prometieron primero haciéndoles creer que eran protagonistas para luego reducirlos a seguidores.

Seguidores que de nuevo eligen la ceguera, temerosos de que la crítica y la autocrítica "le den armas al enemigo", dispuestos a aceptar un acuerdo de mínimos morales que establezca lo bueno y lo malo de manera clarísima y tranquilizadora, donde lo bueno es, claro, el caudillo y su entourage, y lo malo es todo lo demás. Pensar, nada.

Y la memoria cuenta que en un futuro vendrán a enterarse de que el enemigo estaba dentro, no fuera, y que la única forma de vencerlo es, precisamente, la crítica abierta y plural, no el culto súbito a la personalidad cuyo único legado son ridículas estatuas de tantos tiranos que también inauguraron la escalera al cielo... que no fue a ninguna parte.

Cuestionar es un deber moral. La ceguera voluntaria no es un lujo que debiéramos permitirnos. Como sociedad. Como individuos. Como personas dignas.

Yo creo.

29.1.14

El anonimato en Internet

Me preguntan sobre el anonimato en Internet y por qué en ocasiones critico o bloqueo a algunos interlocutores por acogerse a dicho anonimato en las redes sociales.
En mi opinión, el anonimato en Internet tiene un valor para la libre expresión de las ideas y el libre intercambio de la información en los espacios donde priman la represión, la censura y el pensamiento único impuesto por la vía de la fuerza, y dar la cara es peligroso.

Si eres joven y vives en países como los de Europa Occidental, los Estados Unidos, Japón o los de la Mancomunidad Británica, entre otros, lo más probable es que no hayas sabido nunca lo que es vivir con el miedo constante a un sistema dictatorial donde decir ciertas cosas puede traer graves consecuencias: pérdida del empleo, daños a la familia, golpizas, campañas de desprestigio e, incluso, la muerte. Revelar que eres gay, o que no eres virgen, o que eres ateo, denunciar las atrocidades del régimen, exigir libertad, derechos o democracia, puede destruir tu vida, o acabar con ella. Las historias de la represión contra disidentes por hablar en las redes sociales o en blogs son desgraciadamente corrientes.

En esos sistemas se usan medios anónimos para difundir datos e ideas. Antes eran folletos, volantes, panfletos, libros, canciones, pinturas... Este anonimato es válido también para eludir a enemigos poderosos. El grupo "Anonymous", del tablero de imágenes 4chan, adquirió su imagen pública al enfrentarse a la iglesia de la cienciología convocando a una serie de manifestaciones el 10 de febrero de 2008, en las que muchos llevaron máscaras del terrorista católico Guy Fawkes, reconvertido en personaje de cómic. (Cierto activismo le ha representado a Time Warner una fortuna en venta de máscaras desde entonces.) El anonimato era para evitar represalias de la cienciología, conocida por despiadada.

Superbarrio, activista de la Asamblea de Barrios de
la Ciudad de México. (Foto GFDL de Bernardo
Bolaños vía Wikimedia Commons)
Hay otras formas de anonimato que podemos considerar responsables y hasta justicieras, que pueden ser incluso armas de propaganda de luchas populares legítimas como la máscara que llevó durante años Superbarrio, portavoz de la lucha del Movimiento Urbano Popular de México (y del que yo soy biógrafo por azares del destino) o los pasamontañas de los zapatistas, al menos en sus primeros tiempos.

El problema es que el anonimato tiene aspectos que no son tan respetables, tan responsables o tan simpáticos, y por ello la defensa a rajatabla de "el anonimato" sin matices es un simplismo que no me parece aceptable y no lo puedo compartir.

De una parte, no es infrecuente que las tiranías lo usen como arma contra la oposición, o que lo usen los fascistas, los defensores de la violencia, los dictadores y sus valedores.

El Móndrigo, intento de desprestigio de un
movimiento que puso en cuestión
al gobierno mexicano en 1968.
Recuerdo, como panfleto denigratorio en México, ¡El móndrigo! Bitácora del Consejo Nacional de Huelga, supuesto diario de un "líder" que contaba "verdades atroces" sobre el movimiento estudiantil-popular de 1968. Fue elaborado por la Dirección Federal de Seguridad y distribuido en 1969 para desprestigiar al movimiento y a sus líderes diciendo que todo había sido resultado de un complot comunista con financiamiento soviético y cubano para derrocar al gobierno mexicano. Al paso de los años y al desclasificarse documentos de inteligencia de los EE.UU. se ha revelado que incluso los muy paranoicos analistas estadounidenses no encontraron evidencia alguna de injerencia extranjera en el movimiento ni en el CNDH.

Igualmente lo es la promoción que hacen los sistemas autoritarios políticos y religiosos de la denuncia anónima donde el acusador no tiene que enfrentar al desprotegido acusado para sustentar sus afirmaciones. Fue el sistema usado por la Inquisición para llenar sus mazmorras, y fue –y es– práctica alentada por las dictaduras también en la forma del infiltrado, el informante y el traidor, el rencoroso, el adalid del odio y el cobarde.

En muchos casos, el anonimato funciona como desinhibidor, como la máscara que permite en carnaval que la gente realice actos que no se atrevería a hacer su portador a cara descubierta. O funciona como la capucha del verdugo y la careta del delincuente que no quiere ser reconocido.

Los miembros del Ku Klux Klan ocultaban sus rostros
para poder perseguir, aterrorizar y linchar impunemente
a la población negra del sur de EE.UU.
Los trolls anónimos, los acosadores políticos o sexuales, los distribuidores de spam, los terroristas religiosos o políticos, incluso los que practican el phishing, también se benefician del anonimato, obviamente para fines menos respetables que quienes protegen su intimidad o su supervivencia. El anonimato cobarde tiene como ejemplo ya no la máscara de Batman o el pasamontañas zapatista, sino la capucha del KKK.

Envalentonados por el anonimato, muchos lo utilizan simplemente para comportarse como imbéciles arrogantes, como lo recoge un reciente estudio. Pero no se trata únicamente de quienes se refugian en él para decir tonterías, difundir falsedades y sentirse poderosos, sino de sitios Web, movimientos sociales enteros, que en sus apartados de "Quiénes somos" no dicen quiénes son sino que se refugian en vaguedades demagógicas: "Somos un grupo de ciudadanos como tú que nos hemos hartado de cómo se hacen las cosas", "Somos un equipo profesional de una pseudoterapia", "Somos una red ciudadana que permite instaurar una verdadera democracia", "Somos hombres y mujeres preocupados por el avance de nuestra sociedad" y así...

Y así tenemos la casi increíble contradicción de grupos supuestamente "activistas" (palabra devaluada, malversada y humillada) que le exigen "transparencia" a políticos, empresas y personas individuales mientras ellos permanecen opacos tras sus caretas. Los conflictos morales y políticos que plantea esto son relevantes. Si uno afirma tener derecho al anonimato, a ejercer la opacidad y actuar y hablar sin ser personalmente responsable de ello... ¿qué objeción moral le pone a que otras personas, empresas, grupos, partidos, asociaciones, policías, kukluxklanes, bandas o gobiernos hagan exactamente lo mismo? ¿No es más sano para una sociedad y un estado de derecho que todos se vean obligados a respetar la legislacion y el anonimato sea una excepción y no una norma consagrada por el "y tú mas"?

No está delimitado en qué casos el anonimato es aceptable y en qué otros no, y quién y cómo debería desvelar la identidad de quien delinque en la red. Mientras no se resuelve la contradicción, el riesgo es que el enmascarado se convierta en un grupo de poder ilegítimo e incontrolable contra ciudadanos que no pueden defenderse ante él... lo que se llama, de nuevo, dictadura.

Jaron Lanier que, además de pionero de la realidad virtual y escritor, es músico y compositor.
(Foto CC de Allan J. Cronyn, vía Wikimedia Commons)
Comparto en lo esencial la preocupación del pionero de la realidad virtual Jaron Lanier sobre el riesgo de las turbamultas linchadoras en la red. Al menos en algunos casos ya hemos visto cómo el entusiasmo de la gente por proclamas, afirmaciones y llamamientos a la acción hechos por personajes anónimos ha derivado en ataques contra ciertas personas, especialmente personalidades públicas, sin que se cotejara la verdad. O acusaciones anónimas que se han vuelto virales y han resultado ser falsas, pero que sobreviven y resurgen de cuándo en cuándo sin que nadie se haga responsable de sus peores efectos, dejando a las víctimas en la indefensión.

Es la propaganda más basta, multiplicada exponencialmente por la red y proveniente de una autoridad a la que nadie ha elegido, que a nadie rinde cuentas, que no tiene ni asume responsabilidades ni obligaciones y que por tanto puede descarrilar fácilmente, pero que tiene por otro lado una inexplicable credibilidad en ciertos sectores, principalmente de jóvenes. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, y eso a estas alturas no debería ser ninguna novedad. Cito a Lanier: "¿Cómo puedes saber cuándo eres el desamparado y cuándo eres el poderoso? Cuando te equivocas en esa percepción, te puedes comportar bastante mal con mucha facilidad".

No conozco la solución. Creo que el anonimato es un valor en ciertos casos, pero también que no debe ser cobertura de la malevolencia, la delincuencia, la brutalidad, el bullying, el acoso y el daño caprichoso a otros individuos u organizaciones sustituyendo al sistema jurídico.

Personalmente opino que todos debemos ser transparentes en nuestro accionar público, y al mismo tiempo tenemos derecho a la privacidad en nuestro ámbito íntimo. Pero, de nuevo en palabras de Lanier: "No publiques anónimamente a menos que realmente puedas estar en peligro".

No tengo problema con quien opta por ser anónimo en Internet siempre y cuando no use su anonimato como patente de corso para la impunidad cobarde, ni para actuar como un imbécil, ni para caer en contradicciones que representan un conflicto moral. Cuando alguien usa así el anonimato, yo dejo de dialogar, dejo de escuchar, bloqueo y omito. Su derecho a hablar en público no es mi obligación de escucharlos, ni el derecho a meterse a gritar y amenazar a otros en los espacios personales de Internet, y por ello no puede esperar sino ser echado de allí.

Y no forzosamente con buenos modos.

12.12.13

Antes que te vayas, Benedicto

Mi despedida a Benedicto XVI al anunciarse su jubilación. Publicado el 12 de febrero de 2013. Las peticiones se trasladan mutatis mutandi al Papa Paco.
Benedicto, ya que te vas, y te quedan unos días para hacer maletas (no vas muy lejos), hay un par de pendientes a los que quizás les podrías prestar tu atención, si no es mucha molestia.

Ya sabes que San Pablo/Saulo de Tarso odiaba a las mujeres y como que organizó toda la iglesia contra ellas y acusándolas de todo y cosas que hacen suponer que tenía ciertos problemas. Pero eso es el pasado, pelillos a la mar. Hoy, en febrero de 2013, sería un detalle de caballero que le devolvieras su dignidad a las mujeres, aceptando que ni son inferiores, ni llevan al pecado, ni son las culpables de la expulsión del Edén ni tienen la obligación de parir incesantemente hijos pues pueden disfrutar otras satisfacciones.

Puestos en esa tesitura, de un plumazo puedes devolverle también su dignidad a los homosexuales y otros miembros de la comunidad LGBT. Basta que digas "son diferentes, pero no hacen nada malo", y les vas a ahorrar muchos ratos corriendo frente a bandas de ratas neonazis que dicen inspirarse en el Vaticano. ¿Cómo ves?

Y decir que en realidad ni a ti ni a dios les importa un pito si se casan o no, mientras se quieran y se respeten. Suena supercristiano y se supone que tú eres el supercristiano aquí, ¿no?

Si sigo pidiendo, dirás que parece que tengo boquita de fraile, pero son las influencias del Opus Dei en el que milité de modo breve pero intenso. Así que pediría también que te pases por Campo DiFiore, que está a unas 15 calles de donde vives tú y seguro te llevan en la vitrina ésa con ruedas que usas. Allí, te acercas a la estatua de Giordano Bruno y le pides disculpas por quemarlo en la hoguera. La oportunidad sería maravillosa también para pedir perdón, en voz alta, que se oiga, a los varios miles de personas que la Inquisición quemó, desolló, ahorcó, torturó y de otras formas les arrancó su dignidad.

Por pedir, pues una cosilla más, pequeñita, para los pequeñitos, y para los que hoy siendo mayores sufrieron de pequeñitos, ¿qué te parece pedir perdón a todos los niños violados, aterrorizados, depredados y deshumanizados por la bestialidad de tu ejército de célibes que no lo son tanto? Perdón y un juicio justo a los monstruos que les arrancaron la niñez, ¿no sería un regalo agradable para recordarte con cierto cariño o respeto?

Y si vas a descargar tu conciencia, podrías hacer miles de cosas más que se me ocurren, pero te las voy a dejar en dos sentidas peticiones: que denuncies al mundo los crímenes de desprecio a la humanidad de Teresa de Calcuta y que confieses pública y humildemente, que dios no habla contigo y que vas tan a ciegas como todos los demás que quieren encontrar inspiración en fantasías diversas.

O quizá eso último ya es pedirte mucho. Me conformo con los puntos previos.

Buena jubilación, que no te faltará nada, estoy seguro.

M.