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1.11.15

Puto Día de Todos los Santos

(Imagen Copyleft vía Wikimedia Commons)
Ayer, que era Halloween (forma escocesa de abreviar Allhallow-even es decir, la noche de todos los santos - even de evening, noche; hallow del antiguo inglés halga, santo, y all que significa todos), escribí una juguetona y provocadora publicación en mi muro de Facebook:
Usas Facebook y Twitter, Internet y todo lo haces desde tu ordenador/computadora. 
Llevas pantalones vaqueros, escuchas rock y blues, y ves cine y series de televisión procedentes del extranjero. 
Bebes Coca-Cola, te gustan los Cheetos y te consideras un gourmet de las hamburguesas. Te enorgullecen tus Ray Ban y tu cámara Nikon, quieres una Harley Davidson y compras tus muebles en Ikea. 
Estás en contra de Halloween porque es extranjero y contrario a tus raíces y tu identidad. 
Eres imbécil.
No pasaba de un chiste más ante el tsunami de puritanos culturales que, al menos en España y América Latina (y no menos en Francia, según me entero), consideran que son los árbitros de los sincretismos culturales y se consideran facultados, de modo casi preternatural, para juzgar qué elementos de otros pueblos, de otras geografías, de otras etnias o de gente que osa nacer bajo otra bandera deben ser aceptados e incorporados al acervo colectivo y cuáles son despreciables, repugnantes, colonizadores, promotores del consumismo (el demonio medieval versión anticapi), destructores de la sagrada identidad nacional (suenan himnos, se agitan antorchas, se llora una lágrima por la vaterland y la genuinidad nuestra, nuestrísima) y en resumen objeto de una puta monserga anual que es más aburrida que mascar un chicle de tres días.

Pero algunos, entre ellos gente a la que, aclaro, quiero y respeto tanto en México y en España, aunque tenga con ellos diferencias abismales (la declaración no es ociosa en este contexto, implica precisamente ese elemento de tolerancia a lo diferente que subyace al rollo), encontraron objeciones a mi broma. Resumo:
  1. No son iguales los rituales (que suelen congregar) que los patrones de consumo (que suelen disgregar).
  2.  Los rituales tienen una significación identitaria que nos define mucho más que la que deriva de los segundos.
  3. El rechazo a Halloween es protesta ante la desacralización de los días de muertos ante un festejo adoptado que no tiene sistema de símbolos reconocible y comprensible para la mayoría, de espacios de afectividad definidos y de sentido de trascendencia.
Respondí a vuelapluma (vuelatecla, pues) pero me quedé con el tema y amplío y abundo.

Así como no hace mucho hablaba de la imbecilidad del falso indigenismo y el presentismo más cretino el puto 12 de octubre, que padezco como nieto de españoles y mexicanos (ni sumo a los abuelos polacos y rusos, que el lío se vuelve monumental), no me incomoda menos el embate de los puristas contra Halloween... aclarando que a mí me da igual la fiestecita, que cuando mucho me divierte algún disfraz y que lo único que realmente me entusiasma son los maratones de películas de terror... ninguna de las cuales, para remate, es mexicana, española, boliviana, argentina, chilena, venezolana, cubana o francesa, simplemente por cuestiones históricas y sin que implique ninguna condena ni celebración de la sumisión al imperio de nuestro tiempo, ni la aceptación ciega de los actos del dicho imperio ni todo eso con lo que se arma la hoja de cargos contra quien no asume el pack completo de cierta ideología por otro lado bastante escasa de ideas, en los márgenes de la política y la sociedad. Y qué triste que haya que hacer estas aclaraciones preventivas, vacunas contra el prejuicio fácil y el pensamiento -es un decir- de la manada.

El problema que veo no es la pérdida de identidad, el consumismo, la sumisión a los designios del imperio (celta, en este caso, creo) sino el facilismo tribal, que a modo de explicación o justificación elude con gran elegancia la inversión en neurotransmisores. Vamos, que al bailar con el grupo se ahorra uno pensar.

Los rituales son identitarios, pero sólo después de que se implantan desde el poder hasta que se asumen acríticamente como si fueran propios. No "surgen del pueblo en asamblea" ni mucho menos, son elementos reciclados una y otra vez para obtener ciertos efectos, no siempre con suerte. El "día de muertos", por ejemplo no es ninguna celebración "nuestra" en contraposición con la de "ellos" porque ni somos indígenas ni elegimos libremente el sincretismo que se produjo cuando cambiaron los amos en los distintos territorios. Los sacerdotes (digamos en el México antiguo, del que tengo más datos) te imponían rituales como los sacrificios humanos al por mayor, la automortificación con espinas de maguey o aguijones de raya (el pez) en la lengua y el prepucio, los ayunos y vigilia, untamientos de chile en mucosas y ojos... vamos, una barbarie brutal. Llegaron luego los otros sacerdotes que te cambiaron eso por otros rituales que incluían quemar herejes (nunca indios, por cierto), marcas a hierro, esclavitud, abusos sexuales y un régimen de pobreza y trabajo del que se beneficiaban... pues ellos mismos... vamos, una barbarie brutal.

Lo siento, ¿cuál es mío? Ninguno. ¿Mi identidad? Ni la del azteca ni la del conquistador, ambos brutos, ambos producto de su tiempo y su contexto, no de los míos. No me sentiría a gusto en los alrededores de ninguno de sus soldados.

Todo, absolutamente todo lo que tenemos a modo de bagaje cultural es importado (y por tanto adoptado, traído, desvirtuado, enriquecido o como se quiera ver) mediante un incesante proceso de mestizajes culturales, por corrientes migratorias de personas, ideas y bienes.

Hasta, dicen ahora algunos estudios, los etíopes actuales, que viven donde apareció la especie humana, son inmigrantes... descendientes de otros que se fueron y volvieron miles y miles de años después. Los únicos que tuvieron sus raíces geográficas originarias fueron los primeros humanos de Olduvai. De entonces acá, todos somos inmigrantes e inmigrados. Y mestizos.

Fuente de la China Poblana en Puebla, México.
(Imagen C.C. de Russ Bowling via Wikimedia Commons)
Europa no era un fuerte estanco, de hecho, el encuentro con América se produce precisamente porque no lo era y demandaba los productos y haceres de lugares lejanos. Sedas y pimientas y clavo y canela. Y se profundizan las corrientes de mestizaje no sólo a través del comercio (tan odiado por quienes pueden consumir, curiosamente, clases medias opulentas con necesidades de culpas judeocristianas) sino de las ideas y la gente. Y México se inventa como heroína a "La china poblana" que es el símbolo de la mujer mexicana en el imaginario de los 40 y 50 recuperado hoy por cierta izquierda que no encuentra asidero. Una supuesta princesa indostana (o de por ahí, pero la llamaron "china" como todos los que creen que Asia es China y África es un país) llevada a México por la Nao de Filipinas y vendida como esclava con el nombre de Catarina de San Juan, cuyo reclamo de mexicanidad fue haberse cosido ropa similar a la de su origen cultural de Oriente, negarse a consumar su matrimonio con un esclavo chino (Domingo Suárez) y hacerse monja al ser manumitida. Esclava, costurera, virgen y devota católica.

¿Por qué es summum de lo mexicano esta mujer, más leyenda que historia? Por lo mismo por lo que Halloween se vuelve ritual propio: porque sí. Porque tocó ciertos botones y convino a ciertos intereses. Porque evocó emociones e identidades independientemente de su origen. Las racionalizaciones vienen después. (Y ya me pondría yo a racionalizar el odio a Malinche, esa defensora de su pueblo contra el imperio, pero que se puso del lado de los que no sabía que tampoco eran trigo limpio, pero otro día.)

Hoy, en el siglo XXI, esas corrientes de mestizaje (algunos le llaman globalización como si hubieran descubierto el agua tibia) son tan amplias que se empieza a conformar una cultura global enormemente interesante pero que se da de frente con los defensores del tribalismo. Los sospechosos habituales, que diría el capitán Renault en Casablanca: indigenistas pavimentados, neoprimitivistas con coche, puristas que se sienten más dignos si escriben desde un café de París, cantantes de protesta bien alimentados con guitarra eléctrica colgada del pescuezo y personajes similares.

¿El año nuevo chino es una celebración válida? Los puristas parecen decir que sólo lo es si puedes demostrar que tu ADN (eso se llama racismo, cuando menos) contiene alguna cantidad aceptable (ya la cuantificarán) de material proveniente de China, aunque tu familia esté en México desde 1870, cuando tu tatarabuelo chino emigrado de Guandong a Estados Unidos acabó de hacer el ferrocarril transcontinental de Iowa a San Francisco y se pasó a Sinaloa huyendo del racismo yanqui. Si yo, sin demostrar mis credenciales étnico-raciales, celebro el año nuevo chino, soy despreciable porque asumo una significación identitaria (qué sociológico suena) que no me corresponde según una definición por lo demás imprecisa estipulada por personas que no tienen ningún derecho a definir mi identidad.

Hanami o festival de "mirar las flores" en Japón. (Imagen DP vía Wikimedia Commons)
Los rituales, como el de muertos, congregan, quizá, pero espuriamente y alrededor de la necesidad o conveniencia de otros, de las iglesias, de los sacerdotes, de los que mandaron, mandan y quieren seguir mandando no porque los elijamos o nos seduzcan con sus productos y servicios (cosa que no siempre es anatema), sino porque dicen que hablan con la deidad y ésta les responde. Ningún ritual, absolutamente ninguno, tiene ningún valor por sí mismo. Como un grafismo cualquiera no es una letra salvo que haya acuerdo en un alfabeto y su significado, el símbolo es un recipiente vacío que acepta cualquier contenido. Así se interpretan y reinterpretan las religiones para atender a la conveniencia o deseos de poder de los dirigentes en cada momento. Con la misma Biblia se hace la Inquisición y se proclama la tolerancia. Con el mismo Corán se habla de la religión de la paz o se proclama el califato. 

Pero hay un problema adicional, y es el de la vida civil en contraposición con la religiosa.

Al imbuir la cultura civil, laica y universal no sólo de rituales civiles (que ya son repugnantes porque suelen exaltar el nacionalismo) sino de rituales religiosos, excluyentes y celebratorios de la diferencia, ¿congregas? Lo dudo mucho. A menos que consigas desposeer a esos rituales de su carga de servicio a un grupo dominante, disgregas o dominas. Y eso se demuestra en el "ellos" y "nosotros" que se genera buscando la misma racionalidad que en un clásico de fútbol: "Halloween contra Día de Todos los Santos, haga sus apuestas por Internet, ahora más fácil que nunca..."

A mí, como laico, no sólo me da igual que se desacralice el día de muertos entre otras muchas celebraciones, en especial las otras tres celebraciones solares (solsticios y equinoccios, donde caen las principales festividades de todas las culturas, sorpresa), es que me parece urgente que se desacralice y se vuelva pachanga y celebración civil jubilosa sin carga sobrenatural.

Mi cultura no es la católica por más que haya nacido en el horror fanático mexicano, ni porque haya sido educado en ella, del mismo modo en que "mi cultura" no es la homofobia en la que me criaron con igual pasión y con las mismas bases religiosas, ni lo es la humillación de la mujer y la exaltación de su sumisión, también sólidos valores cristianos y que también fueron parte relevante de mi educación, por no señalar la idea de que los pobres lo son porque quieren o que protestar por la injusticia es meterse gratuitamente en líos cuando hay que pasar de largo.

Rechazar esos elementos "identitarios" de una cultura en la que nací y viví la mayor parte de mi vida parece bueno y adecuado, moral y razonable... no hay motivo para asumirlos sólo porque se han declarado "míos" por el accidente geográfico y temporal de mi nacimiento. ¿Es más horrible y despreciable que rechace el día de muertos o Día de Todos los Santos, que es la afirmación de los dogmas principales de vida eterna de la Iglesia Católica? ¿A santo de qué o por qué? Ni creo en los santos, todos o en grupos o de uno en uno, ni creo en la vida posterior a la muerte ni creo en los demás dogmas de su religión... ¿y debo hacer el día de muertos porque es "mío"? Tampoco creo en los espíritus del Samhain celta que da origen a la escenografía de Halloween (como se repite también en una justificación innecesaria): a las calabazas iluminadas y los disfraces y tal... que el protestantismo adoptó como propios donde pudo y la iglesia católica persiguió donde pudo también, como en España.

¿Debo aceptar o rechazar esos elementos según me lo diga el editorialista de turno? No lo creo. 

¿Mi identidad? Mi identidad la construyo yo y en todo caso la gente que tengo cerca. Para todos incluye el blues y a Bach, a Leonardo y los viajes espaciales, el año nuevo laico y mis jeans, a los que no sé si llamar rituales o patrones de consumo. Incluye el gusto por la fiesta de las farolas chinas pero sin sus elementos religiosos, el folk celta, a Queen y a Los Beatles, los viajes espaciales y los descubrimientos de la ciencia, casi ninguno procedente de "mis" países que me exigen nacionalismo y xenofobia cuidadosamente dirigida... Soy, somos, aquí y ahora, producto de una diversidad asombrosa y enriquecedora, somos inexplicables sin esa diversidad.

Pero cuidado (añado después de unas horas y al calor de que el debate siguió): la identidad personal se integra inevitablemente, es cierto, en "identidades colectivas" pero éstas no deben depender de simbolismos impuestos, de trasfondos religiosos, de tribalismos gratuitos y de obligaciones de origen etnolingüístico, que impliquen que "mi cultura" que tiene que ser la mía porque me lo dicen, de una especie de fatalidad social ineludible.

Ése es precisamente el problema de las políticas de "identidad" (y este debate se enmarca en ellas): convierten en central lo que se es, lo que siente, lo que se percibe, no lo que se hace, lo que se piensa, lo que se proyecta. Las "identidades colectivas" basadas en lo que uno es (o se supone que se es: mexicano, gordito, descendiente de indígenas, moreno, católico, homosexual) son agotadoras y profundamente (profundísimamente) imbéciles.

Las identidades colectivas deseables, productivas, que logran objetivos y realmente construyen futuro son las que se fincan en proyectos sociales y humanos que precisamente ignoren "lo que se es" negándole su capacidad de ser el punto definitorio de cualquier individuo. ¿No es más sólida una identidad construida con base en la lucha por la justicia social o la emancipación de las mujeres o la educación para todos o los derechos laborales que la que se basa en la nacionalidad, el género, el aspecto, el color de la piel, las preferencias sexuales, las creencias preternaturales, la estatura, la discapacidad o el compartir un área geográfica como lugar de nacimiento?

El postureo de las identidades, en el que florecen los extremismos nacionalreligiosos es el enemigo, no el aliado. Los proyectos conjuntos son otra cosa. Y la cultura es un proyecto humano completo. ¿Cómo decir que la Toccata y Fuga en Re menor o las Variaciones Goldberg son sólo para alemanes o sólo para luteranos, o sólo para hombres, o sólo para heterosexuales, cómo quitársela al mundo, cómo empobrecerse tanto sin echar a llorar si no se necesita demasiada teoría para saber que son de todos?

Bach en 1746, ¿sólo para alemanes? (Retrato de Elias Gottlob Haussmann,
imagen DP vía Wikimedia Commons) 


Los símbolos, decíamos, no tienen más valor que el que yo les atribuyo, pero si reconocemos eso, entonces es inaceptable la idea de que cierto tribalismo deba forzar el reconocimiento y significado de ciertos símbolos y el rechazo de otros (en vez de, no sé, el rechazo de miserias morales, injusticias, violencias, nos despeñamos en el símbolo... no dibujarás el escudo nacional o serás delincuente, porque un trapo vale más que un niño muerto, y ese discurso me lo sé desde las ceremonias de la bandera en la primaria, todos los lunes de exaltación patriotera en México, algo que de niño me inquietaba y de adulto me llena de náuseas; a las banderas les atribuyo, como símbolos, valor limitado y ciertamente desprovisto de xenofobia y desprecio al dolor humano). ¿Esa imposición simbólica tribal es social, humana y racionalmente defensible? Es de dudarse.

Finalmente, los espacios de afectividad no son creados por lo episódico y lo escenográfico, son individuales, humanos y personales. Como el sentido de la trascendencia. Por lo mismo, cualquier fenómeno cultural del mundo y de la historia (consumible o no, ésa es una distracción falaz) es potencialmente propiedad de cada uno de nosotros, a capricho y gusto... es tan legítimo tocar el koto en Cangas del Narcea como que un japonés toque el concierto para violín de Beethoven en Yokohama... tuyos son el bajo eléctrico, la gaita y el tlalpanhuéhuetl, vaya... tuyos son el contenido del Louvre y las piedras de Angkor Wat... tuyos son Tiziano y Cartier-Bresson... tuyo es (si quieres, vaya) el reggaetón y Guillaume de Machaut... Todo producto cultural y emocional humano te puede conmover o divertir o interesar, y puedes asumir cualquiera como parte de tu experiencia sin sentir que traicionas otra parte de tu humanidad por tus preferencias. Y sin moralistas de ocasión que pretenden imponer qué parte de esa experiencia cultural universal es malévola y qué no lo es, cuál debes aceptar y cuál rechazar a su conveniencia, y que tienen el descaro de exigirle el obligado cumplimiento de sus dictados a otros. Esos moralistas y su actitud son indudablemente imbéciles incluso en el sentido más preciso del vocablo, es decir, no sólo de "tonto en grado de comendador", sino de "escaso de razón".

Y un ejemplo adicional resalta esa imbecilidad: cuando en algún lugar del "extranjero", ese sitio mítico del que siempre queremos volver cuando estamos y al que queremos ir cuando no, se adopta alguna característica de "nuestra" cultura (sea lo que sea "nuestro" en este caso, vale la subjetividad), somos geniales, logramos que "aprecien nuestros valores, nuestro arte, nuestras tradiciones, nuestro folklore y eso". Fabada en Nueva York, fiesta generalizada, somos importantes, compango en la Gran Manzana. Hot dogs en Málaga no... no, espera, colonialismo, rechazo a nuestra identidad, ¿quién te crees?, boicot y editoriales memos en los diarios. Tribalismo y un ellos contra nosotros fácil y pequeñísimo.

El tribalismo, fenómeno que engloba, entre otros horrores, el nacionalismo y las religiones, nos pone muy lejos de una identidad universal absolutamente deseable y de una cultura humana que nos permita la apropiación general del arte, la ciencia y los modos de pasar el rato, que también son valiosos... no la identidad accidental del barrio, el pueblo, la región, la provincia, el país, el idioma, el continente... nos encierra en el fuerte de nuestras limitaciones. ¿Es sensato eso? Parece al menos relevante dudarlo.

Lo extranjero como fuente de todo mal, lo "no mío" como causa de rechazo, pertenecen a lo peor de nuestra historia. No es tarea noble reiterar y fortalecer esa xenofobia fácil, ese nacionalismo cultural, y sí lo es combatirlos.

Y todo este discurso, que de alguna manera está resumido en mi pequeño chiste sería innecesario si nos diéramos cuenta, primero, que estamos ante otro fenómeno de incoherencia y postureo de urbanitas arrogantes que sueñan con imponerle a los demás pautas de conducta pertenecientes más a su imaginario estático y pastoril que a una realidad dinámica, más a un pasado inexistente que a un futuro indispensable.

16.9.14

¿Y si no es el fin de una era?

(Foto CC Visitor7 vía Wikimedia Commons)
El fin de los tiempos, el fin del mundo es uno de los elementos fundamentales de cualquier movimiento basado en la fe de la gente, sea religioso o político, como lo expone de modo brillante Matthew Kneale en su excelente An Atheist's History of Belief, una historia de las religiones y formas de pensamiento afines desde la perspectiva de la no creencia.

El fin del mundo puede ser muchas cosas, como decía el venerable maestro Nasrudín, protagonista de numerosas historias y anécdotas del sufismo (1). Puede ser el juicio final cristiano, aunque resulta que después de ese juicio final las cosas siguen, es decir, no es un final-final, sino un hito que termina con el ciclo del cambio para inaugurar una era inamovible, el reino de dios. Puede ser el fin de la conciencia que preconizan los budistas y que representa el salto al Nirvana. Puede ser el fin de nuestro planeta por alguna catástrofe natural o artificial, ahora o cuando el Sol se expanda y lo convierta en cenizas dentro de 5 mil millones de años. Puede ser una revolución que deponga a un rey. Puede ser la conquista por parte de una potencia extranjera. Puede ser el paso a un mundo de tinieblas como el Hades de los griegos o el Mictlán de los aztecas.

Más que el fin del mundo es el fin de los tiempos, o de una era.

O puede ser simplemente el fin del sufrimiento y la inauguración de un futuro venturoso, donde no existirán los problemas que nos plagan, nos sacan canas, nos impiden dormir y nos hacen la vida a veces detestable.

Pero advertir del fin del mundo, o del fin de los tiempos, o de una era, siempre ha sido una forma garantizada de atraer seguidores para quien tiene la desfachatez o la convicción de prometer una vida mejor a los suyos cuando pase el armagedón.

Todo movimiento político tiene por objeto buscar un futuro mejor para la sociedad en la que se desarrolla. Algunos se distinguen por prometer un fin de los tiempos que de una u otra forma que llevará al paraíso final, y muchos pensadores, como Bertrand Russell los han identificado con movimientos religiosos más que con acciones meramente políticas. El marxismo establece una hoja de ruta que lleva desde la revolución armada del proletariado hasta el establecimiento de una sociedad perfecta, sin clases, sin estado, sin leyes... una especie de anarquismo pacífico mundial. El hombre nuevo del mundo nuevo, frase recurrente. El independentismo suele afirmar que la independencia marcará la diferencia entre una situación desagradable y un pequeño paraíso en la tierra, donde los independizados serán felices, prósperos y más buenos que sus enemigos (y poco importa que la historia nos demuestre que eso no ha ocurrido en realidad salvo excepcionalmente). El militarismo con frecuencia establece que una vez que se derrote, humille o aniquile al odiado enemigo, todo será bueno, sus seguidores serán prósperos y felices.

Los nuevos movimientos políticos que en gran parte se originan en un sector marginal (en número y en relevancia política) de la izquierda, que busca reinventarse para rescatarse de una historia de pocos éxitos y muchos desastres, sobre todo económicos, y que buscan presentarse renovados como una opción "ni de izquierda ni de derecha" en todo el mundo (desde Occupy Wall Street hasta el 15M) tienen claramente una visión milenarista o apocalíptica: estamos ante el fin de los tiempos. De unos tiempos, al menos. Y la ilusión es tan potente que incluso otros sectores de la izquierda, tradicionalmente más apegados al análisis racional y evidencial de la realidad, parecen estar cayendo bajo la influencia de la promesa milenarista.

Arrepentíos, el fin está cerca, es el mensaje, pero desde el punto de vista político y no religioso. El modelo está caduco. ¿Cuál modelo? El modelo económico capitalista y el modelo político de la democracia. El modelo de trabajadores contra patrones, del enfrentamiento de clases, de la izquierda y la derecha, del progresismo y de la reacción, de la justicia social y la injusticia social, del laicismo y de la religión. Ya no sirven, ya no responden a las necesidades y deseos de "la mayoría" de la población. Ya no tienen capacidad de resolver problemas. Hace falta un modelo nuevo, que es más o menos una economía socialista nebulosa y una democracia directa asamblearia sin ideologías.

Esta visión es compartida por muchos en todo el mundo occidental. La sola búsqueda en Google de "modelo caduco" nos informa que lo es, a ojos de unos u otros, el capitalismo, la constitución española, la negociación colectiva sindical, Fitur, el peronismo reciclado de Cristina Kirchner, el sistema de propiedad intelectual, la federación de baloncesto, el sistema educativo español, el libre mercado, los partidos políticos, el comunismo y prácticamente cualquier cosa que se nos ocurra. Todo está mal, todo se está cayendo a pedazos y necesitamos a alguien que nos salve para no ser tragados por la tierra cuando se abra.

No se trata de debatir ahora si los nuevos movimientos tienen o no futuro político, si son honestos (ciertamente algunos no lo son, habiendo reunido en poco tiempo un catálogo de mentiras que cualquier otro político habría necesitado años para acumular), ni siquiera si sus propuestas son viables (algunas al menos ciertamente no lo son). Se trata de determinar si su aproximación a los problemas que vive la sociedad en la que se desenvuelven es lo bastante rigurosa como para ameritar que confiemos en ella. Sobre todo cuando el mensaje es tan contundente y de tantas posibles consecuencias: Es el final de una era y nosotros somos los responsables de inventar el futuro prácticamente a partir de cero porque todo lo que había antes es inservible, ayúdanos a salvarte.

El adanismo

Fue Ortega y Gasset quien creó el necesario neologismo "adanismo" para denotar a la actitud que pretende empezar todo desde cero, descontando el pasado como un error sin nada rescatable. En cierto modo, su epítome es la experiencia del joven que descubre el sexo y cree que lo está inventando todo, que sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos y básicamente todos los seres humanos antes de su generación nunca disfrutaron como él, nunca se lanzaron a las audaces y originales prácticas que él está experimentando y eran, vamos, el summum de lo ñoño y lo aburrido. Luego de mantener esa ilusión un tiempo, en algún momento de su vida se encuentran con algo como, digamos, los templos de Khajuraho, y tienen que replantearse su visión del pasado. Dejan de ser adanistas sexuales.

Friso en uno de los 20 templos de Khajuraho, Rajastán, India
(Foto CC de Dennis Jarvis, vía Wikimedia Commons)
Y el adanismo es uno de los males del mesianismo político. La idea de que todos los que en el pasado han estado a cargo de la administración de la cosa pública son ineptos, malvados, corruptos, estúpidos, miserables, desinteresados del bienestar colectivo, desorganizados y truhanescos... o preferiblemente todas las anteriores, y que para resolver las cosas basta quererlo, tener lo que llaman "voluntad política", llegar al gobierno y hacer las cosas distintas o, simplemente hacer lo contrario que hicieron todos los que vinieron antes. Vamos, que las soluciones son sencillas e indoloras y el que dude será vituperado, humillado y se le excluirá del paraíso.

Lo que nadie parece plantearse como tema de reflexión, y que uno pensaría que es razonable tener en cuenta en el cálculo de probabilidades, es si estas afirmaciones son fiables y se ajustan a los hechos con base en datos, cifras y valoraciones históricas y económicas sólidas. Es decir, si realmente el sistema se está desmoronando, si realmente su caducidad es inevitable, si estamos ante un final de los tiempos, o si estamos sólo ante una crisis cíclica de la que saldremos sin saber qué hacer. Aquí, claro, no hay respuestas, sólo preguntas

Repetiré una idea que ya he comentado sobre la forma en que nos enfrentamos a los hechos a nuestro alrededor. El primer paso para cambiar las cosas es detectar debidamente un problema o una situación indeseable. Una vez identificado el problema, procede diagnosticar sus causas. Y ya con ese diagnóstico, si es exacto, se puede proceder a solucionar las causas para hacer desaparecer, de raíz, el problema.

Ese camino, sin embargo, está lleno de peligros para cualquiera, independientemente de su buena fe.

Primero, podemos detectar un problema de modo parcial o incorrecto. Por ejemplo, un paciente puede percibir un dolor en el brazo izquierdo y una sensación de ahogo en el cuello y es necesario tener cierta experiencia médica para saber que el problema no es ése, sino que se trata de un ataque cardiaco. Por poner un ejemplo, en Europa está generalizada la idea de que estamos en una crisis económica de orden mundial, cuando los datos señalan que la mayoría de los países no sólo no están en crisis, sino que no pocos gozan de una maravillosa salud económica. De 219 países, 145 crecieron 2% o más en 2013, 117 de ellos crecieron más del 3% y sólo decrecieron 21... entre ellos, esperablemente, España, Italia, Portugal y Grecia... y 52 de ellos vivieron realmente un boom con un crecimiento económico del 5% o más. Pero sólo dos países europeos pequeños tuvieron un crecimiento de más del 5%: Moldavia y la Isla de Mann.

Vamos, que la crisis es "más mundial" cuando nos ocurre a nosotros, o al menos ése es el truco que nos juega nuestra percepción.

¿Es o no una crisis mundial? Habría que demostrarlo, por supuesto. Yo no sé si es el caso o no, no conozco todos los datos relevantes, pero los pocos que tengo me indican que es probable que no lo sea. Desafortunadamente parece ser que los que denuncian el problema tampoco tienen los datos, aunque ello no parece ser un obstáculo para que anuncien el fin de los tiempos y el sobrevenimiento de una nueva era con ellos en el papel protagónico.

Si no es una crisis mundial, si no es posible, por ejemplo, esperar que otros países se unan a acciones políticas inéditas, sean audaces o irresponsables, da igual, el análisis debe cambiar. Si resulta que el caso de España es demasiado único como para identificarlo con los de otros países con problemas económicos (Grecia, Chipre, Italia y Portugal vienen a cuento porque se han reinventado en el imaginario como "el sur de Europa" de modo extralógico pero que permite al menos escuchar "El sur también existe" de Benedetti y Serrat pensando que habla del parado madrileño de larga duración, que es bálsamo para el espíritu), entonces las acciones a emprender quizá deban ser totalmente distintas a las que se proponen cuando se cree, sin bases, que se tiene dominada la comprensión del problema.

Por supuesto, si el problema está mal detectado, el diagnóstico de sus orígenes puede estar muy desencaminado. La explicación estándar de la crisis económica es, precisamente, que todos los demás elementos que componen el sistema están en una decadencia acelerada e irreversible: el capitalismo, sobre todo en su versión neoliberal, la democracia, el mercado, la banca, la distribución y producción de bienes, la concepción misma de la cultura y las relaciones sociales y con el medio ambiente, como menos.

¿Y si no fuera así?

No quisiera que lo siguiente fuera tomado como una defensa del neoliberalismo, que he combatido desde antes de que la palabra se hiciera conocida en España, cuando las políticas de Reagan y Thatcher destrozaron a México en un delirio de privatizaciones, con la renuncia del estado a sus responsabilidades sociales y con la firma de un tratado de libre comercio brutalmente desequilibrado que el gobierno jamás intentó negociar de un modo menos lesivo. Una política económica que derivó en la crisis mexicana de 1994 que afectó a todo el mundo con el llamado "Efecto Tequila" y que fue un desastre de proporciones tales que junto a él la crisis europea actual palidece (sin despreciar el dolor individual que causa la crisis y que en todos los casos es igualmente importante y terrible).

En pocas semanas a partir del 20 de diciembre de 1994, la moneda mexicana se devaluó en más
de 50% y los tipos de interés alcanzaron el 140% anual, dejando sin casa a millones y con
deudas impagables a otros tantos.
Por otro lado sé que, vista con mala fe, indecencia y falta de escrúpulos, cualquier afirmación puede ser retorcida hasta convertirla en una condena (en realidad preestablecida) al que la hace, así que tampoco intentaré condescender con quienes estarán en desacuerdo con este artículo incluso antes de leerlo.

El capitalismo ha tenido numerosas crisis en las cuales, por cierto, hubo bancos que quebraron y sus ahorradores perdieron su dinero o tuvieron que ser rescatados con dinero público, algo de lo que mucha gente no parece estar consciente, creyendo que las crisis se inventaron cuando quebró Lehman Brothers.

Sólo en el siglo XIX tenemos el pánico de 1819 en los EE.UU., el pánico de 1825 en el Reino Unido, el pánico de 1837 nuevamente en EE.UU. con una depresión de 5 años; el pánico de 1847 nuevamente a cargo de los británicos, el pánico de 1857 en EE.UU., el pánico de 1866 a nivel internacional debido a la quiebra de Overend, Gurney and Company de Londres, una depresión prolongada que se inició en 1873 con otro pánico en EE.UU. y que incluyó nuevos ataques de pánico en 1884, 1890, 1893 y 1896. Esto dejó listo al mundo para el siglo XX con una recesión en 1901, otra en 1907, el desastre de Wall Street en 1929 y su consecuente depresión de diez, el desastre petrolero de 1973, crisis bancarias en el Reino Unido en 1973–1975, en Japón en 1986–2003, en Israel en 1983, el lunes negro de 1987, la crisis de las cajas de ahorros estadounidenses que ocupó las décadas de 1980 y 1990 (y costó 220 mil millones de dólares de entonces, 330 mil millones a precio de hoy), crisis en los 90 en la India, Finlandia, Suecia, México, Asia y Rusia, culminando con el "corralito" argentino en 1999.

El punto es que en todas esas crisis se predijo fallidamente el derrumbe del sistema capitalista y de mercado. De hecho, las predicciones de Marx se desprendieron de su análisis de las crisis de 1819 y 1837. Para él, el colapso del sistema era inminente.

Pero, se nos dice, hoy las cosas son distintas. Por ejemplo, la cultura, la educación y los grandes valores espirituales "se han convertido en mercancía", se ha caído en un materialismo que no es ni el filosófico ni el dialéctico, en un consumismo inédito que amerita intervención.

¿Es así? ¿Esto ocurre desde que comenzó la crisis, o desde el siglo XX; desde la revolución industrial, desde el Renacimiento o desde cuándo? ¿En qué momento podemos decir que el valor de intercambio no influía en la creación del arte, en la cultura, en la educación? ¿Podemos estar seguros de que el pintor de Altamira no obtenía beneficios materiales a cambio de su labor? ¿Podríamos decir que esa obtención de beneficios materiales es ilegítima o malévola, o la asumimos como el pago a un trabajador que tiene derecho, como todos los trabajadores, a una remuneración justa y creciente de su trabajo? ("Creciente" es un concepto importante,  para ello se hace la organización social, sindical, gremial y de barrio.)

Si resulta que las cosas fueron mercancías siempre, o durante mucho tiempo, no lo sé, pero lo parece a primera vista; si en Babilonia, como era el caso, el templo del sol era el banco y si los ciudadanos griegos y los patricios romanos vivían de prestar dinero, si pintores, compositores, actores, profesores y demás cobraban siempre por su trabajo, ¿acaso tenemos un problema de percepción de la realidad?, ¿o es que no sabemos suficiente historia (quizá nunca sabemos suficiente historia)?, ¿o es que realmente la etapa neoliberal del capitalismo (una reacción que busca arrebatar a las mayorías de concesiones que se le hicieron preventivamente porque parecían fuertes mientras que ahora parecen débiles y poco amenazantes) ha representado un cambio cualitativo en la relaciones económicas? ¿Y si queremos cambiar esto, no amerita soluciones más audaces que una especie de vuelta a un pasado bucólico inexistente, característica de todos los movimientos pastoriles, sino plantear realmente cómo se pueden superar esas tendencias que parecen dominar la historia? ¿O si no se pueden erradicar, cómo se puede administrar el estado para que no lo dominen todo sin brida ni responsabilidad social alguna? ¿Qué se hace, cómo se hace, quién lo paga y quién se beneficia?

La respuesta a estas y a muchas otras preguntas que faltan, claro, y que pueden y deberían plantear personas mucho mejor informadas, nos indicaría caminos distintos a tomar que los propuestos para enfrentar la situación y sacar de ella el mejor provecho posible para las mayorías (que es lo que quiere la izquierda, yo no sé qué quiera la "ni-derecha-ni-izquierda") e impedir que salgan beneficiadas a costa de las mayorías las peores élites, los peores empresarios, las aristocracias acostumbradas a mandar y sus siervos (que es lo que quiere la derecha, claro).

Si el diagnóstico es incorrecto, el tratamiento propuesto del problema tiene aún más probabilidades de estar equivocado. Gravemente equivocado. Y entonces respaldarlo puede ser igualmente erróneo.

¿Y si nos equivocamos?

¿Qué pasa si tampoco se hacen realidad las predicciones esta vez y entonces, como sociedad, tenemos que seguir lidiando en el futuro con el capitalismo neoliberal y los retos que plantea su regulación desde un estado representativo electo por mayoría? ¿Qué pasa si los políticos siguen siendo, independientemente de sus ideas originarias, que en general nunca parecen haber sido relevantes una vez que se tiene el poder (Napoleón era un revolucionario, no lo olvidemos), individuos situados a caballo entre la presión de unas mayorías poco poderosas económicamente pero que demandan representatividad e intervención en las decisiones basadas en su número y unas minorías poderosas económicamente pero que no tienen la fuerza del estado? ¿Cuáles serían las propuestas o formas de acción razonables en ese caso? ¿Qué se podría aprender de lo acontecido para tomar decisiones políticas que reviertan el daño y logren algo o mucho de lo que las mayorías quieren, pero en condiciones de un "no-fin-de-los-tiempos"?

Los que nos informan que el problema es generalizado y sus causas son un agotamiento de ciertos modelos -o todos- y cuál es la solución que de su mano nos llevará a un mañana dorado en que los ríos manarán leche y miel, nos regalarán dinero y todos seremos hermanos parecen demasiado seguros de sí mismos, demasiado convencidos de su aprehensión en exclusiva de la verdad, demasiado poco dispuestos a plantearse la posibilidad de estarse equivocando. Eso puede ser sumamente atractivo para quienes están desesperados porque la crisis se haya cebado en ellos especialmente, y hay muchos, y la promesa es seductora. Pero no es sano. Esa alerta de la posibilidad de error, de la falibilidad humana que tienen los científicos siempre en su trabajo (y que cuando falla provoca ridículos históricos) no parecen tenerla personas como los políticos, los politólogos y los mesías. Y son ellos los que con frecuencia conducen a las sociedades a acciones que resultan remedios peores que la enfermedad, o a abrazarse a creencias irracionales que, al desvanecerse, representan un golpe feroz a la mejor buena fe de sus seguidores sin, además, mejorar su situación en lo más mínimo.

Pasa, ha pasado. Nada garantiza que "esta vez no pasará", nada nos asegura que realmente "yo soy distinto", que finalmente nos lo han dicho todos.

Despreciar la posibilidad de estar equivocados cuando se lanza a parte de la sociedad a un proceso acelerado de "ya veremos", que pretende inaugurar el paraíso sin haber construido sus cimientos y que está preparando el funeral de un sistema que ha demostrado ser bastante resistente, podría ser un error.

Quizás haríamos bien en plantearlo, por políticamente incorrecto que sea, y exigir respuestas a preguntas que no se están haciendo.

Yo creo.
_________________________

(1)
Alguien preguntó al mulá Nasrudín:
—Nasrudín, ¿cuándo llegará el fin del mundo?
—¿Cuál fin del mundo? —contestó el maestro.
—¿Qué quieres decir? ¿Cuántos fines del mundo hay?
—Dos —dijo Nasrudín—. Si muere mi mujer, ése es el fin del mundo menor. Si muero yo, es el fin del mundo mayor.

2.6.14

Carta abierta a Pablo Echenique-Robba

(Los antecedentes de este comentario se pueden encontrar en la entrevista que le hizo Materia a Pablo Echenique-Robba, físico y eurodiputado electo del nuevo partido Podemos, en un artículo de Fernando Cervera en Naukas comentando dicha entrevista, en los muchos comentarios (que siguen, ya a la deriva) de ese artículo, y en la respuesta de Echenique-Robba en Materia, además de algunos intercambios en Twitter. No es razonable siquiera que intente resumir el debate y siempre hay un riesgo de que al hacerlo haga yo alguna interpretación subjetiva que eche más leña al fuego gratuitamente.)

Trofim Denisovich Lysenko
Estimado Pablo,

Perdonarás que opine sin integrarme a tu partido. Supongo que te pareció muy natural limitar tus comentarios en Naukas a invitarnos a ser parte de Podemos para cambiar su programa, pero no es razonable. Y por otro lado me hiciste una invitación en Twitter.

Quiero comentarte dos cosas, como ciudadano que se dirige a un político con responsabilidades voluntariamente asumidas y obtenidas mediante votos. Primero, en un artículo en Materia hablaste de algunos (no sabemos cuántos) de quienes disienten de ti sin entrar en los argumentos que te ofrecieron, y que fueron todos, me consta, serenos, respetuosos, basados en datos y poniendo a tu alcance conocimientos que tú mismo admites no tener en ciertos temas sobre los cuales has opinado. Segundo, en Twitter hiciste varios señalamientos sobre la democracia, indicando que en tu visión, si la gente vota porque no se apliquen ciertas vacunas o si el estado debe financiar pseudomedicinas, se debe hacer sin más. Como parte de ello está el tuit que reproduzco al final.

Un grave error de cierta parte de la izquierda es la tendencia a valorar algunos fenómenos de modo emocional, despreciando los datos, hechos y cifras que los describen, dándoles una lectura torcida, basada en falsedades, exageraciones, interpretaciones sesgadas y tendenciosas pero convenientes. Pasa con los transgénicos, las vacunas, las pseudomedicinas y la quimiofobia, por ejemplo.

Aclaro que no hablo de tu partido, sino de tus palabras, las que empezaron con el prometedor título “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica” y que han ocasionado una severa respuesta por parte de un grupo animalista de tu propio partido ante tu apoyo a la experimentación animal mientras no haya una alternativa viable.

Descalificar sin responder

En tu última respuesta en Materia hablas de algunas personas que expresaron ideas divergentes de las tuyas. Por desgracia no encuentro lo que les atribuyes en ninguna de las intervenciones publicadas. Es el problema de no citar fuentes, que bien conoces. Les atribuyes la pretensión de que la ciencia ocupe el espacio de la política, como tecnócratas o científicos locos de película B. Denuncias, concretamente, la posición "de aquellos que, inocentemente, piensan que las soluciones a todos los problemas son científico-técnicas, que los conflictos de intereses no existen o no son legítimos".

Nadie expresó tal idea, ciertamente arrogante a más de inocente, ni mucho menos sugirió quitarle importancia o legitimidad a los conflictos de intereses, ni que "el bienestar de los trabajadores de Monsanto no es una variable a tener en cuenta cuando hablamos de transgénicos". Estos argumentos son hombres de paja: reelaboraciones y reinterpretaciones convenientes de los argumentos añadiendo la lectura de intenciones y posiciones filosóficas de quienes los expresaron, hablando no de lo que se dijo, sino de esa reinterpretación, esa caricatura fácil.

¿Argumentos? Yo comenté que la prohibición de transgénicos que propones tiene más posibilidades de perpetuar, no eliminar, la preeminencia de las grandes empresas que denuncias, imposibilitando la investigación y comercialización de transgénicos producidos por instituciones públicas y universidades. Un profesional del ramo, JM Mulet, mencionó el trigo sin gluten para celíacos resultado del trabajo del CSIC (donde tú investigas) y cómo acabará beneficiando a los consumidores de fuera de la UE pero no llegaría a los europeos bajo la prohibición que propones. De ello no has dicho ni una palabra.

El uso de la argucia retórica de los supuestos, fantasiosos científicos que creen saberlo todo es idéntica a la que suele emplear el relativismo posmodernista, el new age y esa izquierda anticientífica que muchos lamentamos. Presentar a quienes ofrecen datos como "fanáticos de la ciencia" que ciegamente pretenden, en tus palabras, "elevar la ciencia al status de una nueva religión, de una nueva ideología" y que además creen, lo cual ya los colocaría más allá de la estupidez "que nos ahorra la necesidad de hacer política" es retórica de lavabo, y creo que lo sabes. Llegas a sugerir que alguien (que de existir no conocería la historia del pensamiento) cree que la ciencia "no se equivoca casi nunca". No es una posición que vea yo en quienes opinaron. (Aunque, si alguien te ofrece datos sobre comercio de semillas y además cree en esa tontería o en la divinidad de Zeus, lo importante seguirían siendo sus datos.)

Sólo faltó decir, como gusta repetir cierto sacerdote (y cosmólogo) frecuente en las tertulias de la derechona: "La ciencia no puede explicar una poesía"... lo cual es cierto, pero no significa nada. Es tan vacío como decir que la escala de fa menor no explica la síntesis de proteínas.

La cienciofobia suele echar mano de esas argucias y falacias para eludir el debate de los datos, hechos, pruebas y cifras. Caes así en lo mismo que denunciabas en tu primera entrevista. Sin contar con que presentar a los disidentes como necios, extremistas, irracionales, malvados y bobos, es viejo truco, arco reflejo del político que desestima a los ciudadanos disidentes y hace a un lado sus preocupaciones con acusaciones vagas como "su crítica no es productiva".

¿Tecnocracia? No, información

Por si quedara alguna duda, nadie parece proponer que la política la hagan los científicos, ni ninguna forma de tecnocracia cocinada por Saint Simon o sus herederos. No parece una buena idea. Lo que se sugiere, de modo razonable, es que los políticos tomen posiciones con base en los mejores y más fiables datos que tengan a su disposición en cada momento.

Los datos cambian, los científicos son falibles (¡y humanos!) y el conocimiento evoluciona a diario. Eso no exime a los políticos de tenerlos en cuenta al tomar posiciones, y ajustar dichas posiciones conforme cambian. No actuar cuando no había datos sobre el calentamiento global antropogénico pudo ser una buena política entonces. Pero, cuando los datos acumulados indican que hay evidencias sólidas de una fuerte componente antropogénica en el cambio climático, seguir sin hacer nada ya no es una buena política.

El político sólo tiene esos datos, obtenidos con el mejor método que tenemos hoy (con sus defectos, problemas, imprecisiones, inexactitudes, modelos cambiantes, presiones académicas, científicos tramposos y lo que quieras, warts and all) como punto de partida de sus decisiones políticas

Por supuesto que se pueden opinar cosas muy distintas acerca de los conocimientos certeros. Pero no alterar los datos. Nos puede gustar o no que pi sea un número irracional de infinitos decimales, pero no es razonable opinar que vale 2,5 ni determinar democráticamente que vale 3,2 y legislarlo.

Gobernar contra los datos: Lysenko y Tshabalala-Msimang

Alterar o negar los datos (que no son culpa de los científicos que los describen, ni de las teorías que pretenden modelarlos) no es algo que sólo hagan los creacionistas y los posmodernos.

Cuando la opinión o la conveniencia política se ponen por delante de los hechos, el riesgo no es despreciable y pocos ejemplos mejores que el del Trofim Lysenko y la forma en que destrozó el estudio de la genética en la Unión Soviética y liquidó a sus practicantes.

Podrías argumentar, legítimamente, que nadie ha demostrado científicamente de modo incontrovertible que la genética basada en evidencias hubiera evitado las hambrunas de la URSS y China. Pero la pregunta sería ¿cuál era la mejor apuesta? La política implica decidir ante la diversidad de opiniones a partir de las premisas más sólidas posibles. No es asunto de certezas de científicos teocráticos, de filosofía de la ciencia o de devaneos epistemológicos.

Y eso es lo que se te pedía, y reitero: que obtengas los datos. Puedes no cambiar de opinión, pero no vale que sustentes la que tienes en afirmaciones demostrablemente erróneas, cuando hay datos más certeros aquí y ahora, claro que de modo provisional y contingente.

Otro caso que ocasionó una cantidad de muertes desconocida pero que se calcula elevadísima fue el del gobierno de Thabo Mbeki en Sudáfrica, cuya política sobre el SIDA, encabezada por su ministra de sanidad, Manto Thsabalala-Msimang, decidió creer, contra todos los datos, que el VIH-SIDA no requería antirretrovirales para su tratamiento, sino que bastaba consumir remolacha, ajo, limón, cerveza y patatas africanas para curarse. Las políticas de sanidad en Sudáfrica entre 1999 y 2008 fueron un desastre sin paliativos.

Y probablemente la mayoría de los sudafricanos estaban de acuerdo con la máster en salud pública (título que recibió doña Manto de la Universidad de Antwerp, Bélgica). El miedo al SIDA y la desinformación han jugado un papel terrible en la pandemia.

La política no es ciencia, ni viceversa

La política es un juego impreciso de percepciones, deseos, pasiones e intereses que van mucho más allá de tu idea de que termina haciendo "lo que la gente quiera" (y que conduce a lugares donde no es deseable viajar, como las dictaduras de las mayorías). Por ello se habla incluso del arte de la política, como una metáfora útil que expresa las enormes dosis de subjetividad que implican tanto la toma de posiciones ideológicas como las decisiones de los políticos cuando proponen o ejecutan leyes y disposiciones que afectan a toda una sociedad. Por ello también implica servir al bien común con el criterio suficiente como para no limitarse al asambleísmo o la demagogia. La política también requiere audacia y buena fe.

Un último punto abusando de tu paciencia (pero mejor ahora y no cuando estés viajando todas las semanas a Bruselas y aprendiendo los detalles de tu nueva profesión). Quizás ya desesperado al ver cómo tus palabras formaban un súbito tsunami a tu alrededor, alguien te preguntaba si la homeopatía sería aceptable "si la gente la votara", y expresaste de la siguiente manera tu desprecio por el asunto:


La respuesta, Pablo, es no, no es "el problema". Nada es "el problema". Pero los políticos tienen la responsabilidad de atender a todos los problemas, no atender únicamente a su percepción de cuál es "el problema".

Los problemas son muchos. La anticiencia, que primero denunciabas para luego satanizar a algunos adoptando su discurso más facilón, es uno de los problemas. Y los problemas, en política, no se pueden aislar como en un laboratorio para dejar una sola variable en acción controlando las demás. Están interrelacionados. Que la gente crea que el agua azucarada es medicina se relaciona con su rechazo a la medicina, su suspicacia ante la ciencia, creencias de salud perjudiciales e, incluso, desinterés cuando un gobierno le mete un hachazo brutal a los presupuestos de investigación científica, cortando a la mitad proyectos prometedores y echando del país a investigadores que tú y yo conocemos, igual físicos que inmunólogos y demás. Parte de ello redundará en una transferencia de recursos a otros países que incide también en la pobreza.

No hay un solo problema y no hay una sola solución. El simplismo no es una aproximación política deseable. Aunque sea cómodo. Es razonable que dediques más atención a los problemas más sensibles y grandes, pero ello no justifica despreciar los demás.

Por último, la sorpresa que te ha producido lo acontecido en los últimos dos días, me sugiere que quizás no habías pensado que serías visto como político y sometido al mismo escrutinio que ejercemos sobre los demás. La ilusión de unanimidad que puedan haber tenido en Podemos, reforzada por unos resultados electorales sorprendentes, oscureció quizá esta consideración. Espero que pronto comprendas que los ciudadanos no te van a tener más consideraciones que a Rita Barberá, a Gaspar Llamazares o a Beatriz Talegón. Tú representas a los ciudadanos, te pagan, la responsabilidad es tuya y ellos no suelen considerar (y con razón) que tengan responsabilidades hacia ti.

Bienvenido a la política.

29.1.14

El anonimato en Internet

Me preguntan sobre el anonimato en Internet y por qué en ocasiones critico o bloqueo a algunos interlocutores por acogerse a dicho anonimato en las redes sociales.
En mi opinión, el anonimato en Internet tiene un valor para la libre expresión de las ideas y el libre intercambio de la información en los espacios donde priman la represión, la censura y el pensamiento único impuesto por la vía de la fuerza, y dar la cara es peligroso.

Si eres joven y vives en países como los de Europa Occidental, los Estados Unidos, Japón o los de la Mancomunidad Británica, entre otros, lo más probable es que no hayas sabido nunca lo que es vivir con el miedo constante a un sistema dictatorial donde decir ciertas cosas puede traer graves consecuencias: pérdida del empleo, daños a la familia, golpizas, campañas de desprestigio e, incluso, la muerte. Revelar que eres gay, o que no eres virgen, o que eres ateo, denunciar las atrocidades del régimen, exigir libertad, derechos o democracia, puede destruir tu vida, o acabar con ella. Las historias de la represión contra disidentes por hablar en las redes sociales o en blogs son desgraciadamente corrientes.

En esos sistemas se usan medios anónimos para difundir datos e ideas. Antes eran folletos, volantes, panfletos, libros, canciones, pinturas... Este anonimato es válido también para eludir a enemigos poderosos. El grupo "Anonymous", del tablero de imágenes 4chan, adquirió su imagen pública al enfrentarse a la iglesia de la cienciología convocando a una serie de manifestaciones el 10 de febrero de 2008, en las que muchos llevaron máscaras del terrorista católico Guy Fawkes, reconvertido en personaje de cómic. (Cierto activismo le ha representado a Time Warner una fortuna en venta de máscaras desde entonces.) El anonimato era para evitar represalias de la cienciología, conocida por despiadada.

Superbarrio, activista de la Asamblea de Barrios de
la Ciudad de México. (Foto GFDL de Bernardo
Bolaños vía Wikimedia Commons)
Hay otras formas de anonimato que podemos considerar responsables y hasta justicieras, que pueden ser incluso armas de propaganda de luchas populares legítimas como la máscara que llevó durante años Superbarrio, portavoz de la lucha del Movimiento Urbano Popular de México (y del que yo soy biógrafo por azares del destino) o los pasamontañas de los zapatistas, al menos en sus primeros tiempos.

El problema es que el anonimato tiene aspectos que no son tan respetables, tan responsables o tan simpáticos, y por ello la defensa a rajatabla de "el anonimato" sin matices es un simplismo que no me parece aceptable y no lo puedo compartir.

De una parte, no es infrecuente que las tiranías lo usen como arma contra la oposición, o que lo usen los fascistas, los defensores de la violencia, los dictadores y sus valedores.

El Móndrigo, intento de desprestigio de un
movimiento que puso en cuestión
al gobierno mexicano en 1968.
Recuerdo, como panfleto denigratorio en México, ¡El móndrigo! Bitácora del Consejo Nacional de Huelga, supuesto diario de un "líder" que contaba "verdades atroces" sobre el movimiento estudiantil-popular de 1968. Fue elaborado por la Dirección Federal de Seguridad y distribuido en 1969 para desprestigiar al movimiento y a sus líderes diciendo que todo había sido resultado de un complot comunista con financiamiento soviético y cubano para derrocar al gobierno mexicano. Al paso de los años y al desclasificarse documentos de inteligencia de los EE.UU. se ha revelado que incluso los muy paranoicos analistas estadounidenses no encontraron evidencia alguna de injerencia extranjera en el movimiento ni en el CNDH.

Igualmente lo es la promoción que hacen los sistemas autoritarios políticos y religiosos de la denuncia anónima donde el acusador no tiene que enfrentar al desprotegido acusado para sustentar sus afirmaciones. Fue el sistema usado por la Inquisición para llenar sus mazmorras, y fue –y es– práctica alentada por las dictaduras también en la forma del infiltrado, el informante y el traidor, el rencoroso, el adalid del odio y el cobarde.

En muchos casos, el anonimato funciona como desinhibidor, como la máscara que permite en carnaval que la gente realice actos que no se atrevería a hacer su portador a cara descubierta. O funciona como la capucha del verdugo y la careta del delincuente que no quiere ser reconocido.

Los miembros del Ku Klux Klan ocultaban sus rostros
para poder perseguir, aterrorizar y linchar impunemente
a la población negra del sur de EE.UU.
Los trolls anónimos, los acosadores políticos o sexuales, los distribuidores de spam, los terroristas religiosos o políticos, incluso los que practican el phishing, también se benefician del anonimato, obviamente para fines menos respetables que quienes protegen su intimidad o su supervivencia. El anonimato cobarde tiene como ejemplo ya no la máscara de Batman o el pasamontañas zapatista, sino la capucha del KKK.

Envalentonados por el anonimato, muchos lo utilizan simplemente para comportarse como imbéciles arrogantes, como lo recoge un reciente estudio. Pero no se trata únicamente de quienes se refugian en él para decir tonterías, difundir falsedades y sentirse poderosos, sino de sitios Web, movimientos sociales enteros, que en sus apartados de "Quiénes somos" no dicen quiénes son sino que se refugian en vaguedades demagógicas: "Somos un grupo de ciudadanos como tú que nos hemos hartado de cómo se hacen las cosas", "Somos un equipo profesional de una pseudoterapia", "Somos una red ciudadana que permite instaurar una verdadera democracia", "Somos hombres y mujeres preocupados por el avance de nuestra sociedad" y así...

Y así tenemos la casi increíble contradicción de grupos supuestamente "activistas" (palabra devaluada, malversada y humillada) que le exigen "transparencia" a políticos, empresas y personas individuales mientras ellos permanecen opacos tras sus caretas. Los conflictos morales y políticos que plantea esto son relevantes. Si uno afirma tener derecho al anonimato, a ejercer la opacidad y actuar y hablar sin ser personalmente responsable de ello... ¿qué objeción moral le pone a que otras personas, empresas, grupos, partidos, asociaciones, policías, kukluxklanes, bandas o gobiernos hagan exactamente lo mismo? ¿No es más sano para una sociedad y un estado de derecho que todos se vean obligados a respetar la legislacion y el anonimato sea una excepción y no una norma consagrada por el "y tú mas"?

No está delimitado en qué casos el anonimato es aceptable y en qué otros no, y quién y cómo debería desvelar la identidad de quien delinque en la red. Mientras no se resuelve la contradicción, el riesgo es que el enmascarado se convierta en un grupo de poder ilegítimo e incontrolable contra ciudadanos que no pueden defenderse ante él... lo que se llama, de nuevo, dictadura.

Jaron Lanier que, además de pionero de la realidad virtual y escritor, es músico y compositor.
(Foto CC de Allan J. Cronyn, vía Wikimedia Commons)
Comparto en lo esencial la preocupación del pionero de la realidad virtual Jaron Lanier sobre el riesgo de las turbamultas linchadoras en la red. Al menos en algunos casos ya hemos visto cómo el entusiasmo de la gente por proclamas, afirmaciones y llamamientos a la acción hechos por personajes anónimos ha derivado en ataques contra ciertas personas, especialmente personalidades públicas, sin que se cotejara la verdad. O acusaciones anónimas que se han vuelto virales y han resultado ser falsas, pero que sobreviven y resurgen de cuándo en cuándo sin que nadie se haga responsable de sus peores efectos, dejando a las víctimas en la indefensión.

Es la propaganda más basta, multiplicada exponencialmente por la red y proveniente de una autoridad a la que nadie ha elegido, que a nadie rinde cuentas, que no tiene ni asume responsabilidades ni obligaciones y que por tanto puede descarrilar fácilmente, pero que tiene por otro lado una inexplicable credibilidad en ciertos sectores, principalmente de jóvenes. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, y eso a estas alturas no debería ser ninguna novedad. Cito a Lanier: "¿Cómo puedes saber cuándo eres el desamparado y cuándo eres el poderoso? Cuando te equivocas en esa percepción, te puedes comportar bastante mal con mucha facilidad".

No conozco la solución. Creo que el anonimato es un valor en ciertos casos, pero también que no debe ser cobertura de la malevolencia, la delincuencia, la brutalidad, el bullying, el acoso y el daño caprichoso a otros individuos u organizaciones sustituyendo al sistema jurídico.

Personalmente opino que todos debemos ser transparentes en nuestro accionar público, y al mismo tiempo tenemos derecho a la privacidad en nuestro ámbito íntimo. Pero, de nuevo en palabras de Lanier: "No publiques anónimamente a menos que realmente puedas estar en peligro".

No tengo problema con quien opta por ser anónimo en Internet siempre y cuando no use su anonimato como patente de corso para la impunidad cobarde, ni para actuar como un imbécil, ni para caer en contradicciones que representan un conflicto moral. Cuando alguien usa así el anonimato, yo dejo de dialogar, dejo de escuchar, bloqueo y omito. Su derecho a hablar en público no es mi obligación de escucharlos, ni el derecho a meterse a gritar y amenazar a otros en los espacios personales de Internet, y por ello no puede esperar sino ser echado de allí.

Y no forzosamente con buenos modos.

12.1.14

La doctrina del shock

¿Qué opinas de este artículo? ¿está en lo cierto o no? Tiene que ver con el libro La doctrina del shock. 
Naomi Klein en 2007.
(Foto GFDL de Ministry of Truth,
vía Wikimedia Commons
No, no creo que esté en lo cierto, como no lo está ninguna otra teoría de la conspiración. Y, como todas las teorías de la conspiración, favorece una explicación simplista sobre una compleja para una serie de fenómenos diversos y a su vez complicados.

No es sorprendente porque Naomi Klein es desde hace años la gran negociante del antinegocio, la capitalista del anticapitalismo (ay, qué Stalin suena eso), la intelectual exquisita que ha acumulado millones de dólares con sus libros y conferencias sobre lo malo que es vender cosas y así. Me parece claro que tiene una serie de ideas firmes que no desafía en sus libros y que no somete a la prueba de los datos, y tiene un público fiel que sólo le seguirá pagando y la seguirá endiosando si sustenta ciertas convicciones que comparte dicho público y no les propone una visión crítica, cuestionadora o basada en datos que pudieran no endulzarle la oreja a los militantes del New Age. Es el estatus social de Klein que ya criticaban Heath y Potter en Rebelarse vende y que es como vender camisetas del Che, botas Doc Martens o máscaras de Guy Fawkes (copyright de la Warner) y decir que así se está haciendo la revolución.

Sólo como pinceladas para ejemplificar las sobresimplificaciones de Klein y de cómo parece que está jugando a reescribir la historia aprovechando que las atroces dictaduras en el Cono Sur ocurrieron hace mucho tiempo y ya nadie se acuerda de ellas (sobre todo entre su público, formado por gente muy joven, sobre todo europeos y estadounidenses y que desprecian mucho la historia, sobre todo cuando no les da la razón, como es el caso de ella, que tenía 3 años cuando los golpes de estado de Chile y Uruguay, y 6 años cuando el golpe militar en Argentina, 12 años cuando terminó la dictadura en Argentina y 15 cuando terminó la de Uruguay) y de que tuvieron características y orígenes no muy similares.

Cierto que los militares de la zona dieron golpes de estado y se apoyaron en Estados Unidos. Pero los soldadotes latinoamericanos siempre han hecho eso. Lo hacían antes de la guerra fría (pienso en el apoyo de la embajada de EE.UU. al golpe de estado de Victoriano Huerta en México en 1913). Ya lo hacían en el siglo XIX.

En el caso de las dictaduras de los 60-70, los golpistas sabían que los EE.UU. iban a apoyar y además tenían algunas claras coincidencias con los responsables de la política exterior en EE.UU. (en aquellos años la política exterior de Estados Unidos tampoco era un dechado de complejidad, se definía con una sola palabra: anticomunismo, en un espacio mental tan estrecho que "comunistas" venían siendo hasta los demócratas pacifistas liberales capitalistas que en Estados Unidos habrían ganado una elección por el Partido Demócrata, los escritores, los estudiantes, cualquiera que se preguntara cosas o quisiera libertades o estado de derecho... además, claro, de los comunistas que sí pretendían instaurar el comunismo en los países latinoamericanos, y que también existían).

Así que para "luchar contra el comunismo" Estados Unidos montó un sistema de apoyo a todo el que se llamara "anticomunista", fuera un periodista de cuarta categoría en México o un empresario medio subnormal en Bolivia, un político paranoico brasileño o un militarote chileno. No negaremos que la URSS por su parte montó un sistema de apoyo a todos los que se proclamaran luchadores por el comunismo, desde el financiamiento de armas hasta el turismo político a Cuba y los países de la zona de influencia soviética.

En Chile, el golpe de estado de 1973 fue apoyado por Estados Unidos: un régimen democráticamente electo estaba nacionalizando la economía y estableciendo un modo de producción comunista por decreto. Y peor, estaba por convocar un referéndum que podía ganar. Las relaciones entre Pinochet y algunas empresas estadounidenses, así como con la CIA y el Departamento de Estado, en el proceso de preparación y ejecución del golpe no son noticia, sin embargo. Ya estaban documentadas en libros para 1974, un año después del golpe, cosa que recordamos los que lo vivimos. Pero Klein aprovecha que su público carece de datos al respecto para reinventarles la historia en términos que los emocionen. En Chile no había una guerrilla comunista, pues, sino un gobierno comunista, pero democráticamente electo. La guerrilla se lanza 10 años después del golpe, tan débil que nunca representó un enemigo real. La dictadura hizo una masacre de inocentes sin más.

En Argentina por entonces y desde los 60, había al menos tres movimientos guerrilleros bien organizados desde tiempo atrás, Montoneros, ERP y FAP, pero nunca estuvieron ni cerca de llegar al poder. Gobernaba Isabel Perón, viuda del inexplicable Juan Domingo Perón manipulada por asesores delirantes como López Rega. Su gobierno ya había iniciado la guerra sucia contra la guerrilla de izquierda (es decir, la exterminación sin ajustarse al estado de derecho) un año antes del golpe. Lo que hacen los militares al frente del golpe es intensificar esa guerra sucia presuntamente anticomunista con el principal argumento de combatir el "terrorismo marxista" o algo así de duro, pero masacrando demócratas, libertarios, socialistas, liberales sociales, garantistas, constitucionalistas y, sí, a quienes estaban levantados en armas tratando de instaurar un régimen socialista en Argentina.

En Uruguay todo esto ocurrió antes (no después del golpe de Chile como alucina el artículo). La guerra sucia había comenzado en 1971 contra los Tupamaros (uno de cuyos combatientes hoy es presidente de Uruguay, por cierto). El gobierno electo de Bordaberry en 1972 se dio un autogolpe de estado en junio de 1973 y siguió su lucha anticomunista con el apoyo de Estados Unidos.

Así que la presencia de una guerrilla de izquierda es fundamental y no parece ser considerada como un factor por Klein, quien olvida un hecho tan colosal y determinante como la guerra fría, y el hecho de que la URSS, generalmente vía Cuba, apoyaba, financiaba y entrenaba a esos grupos guerrilleros en toda América Latina (la excepción, Cuba nunca financió guerrilleros en México, dicen los historiadores, por motivos no muy claros).

Lo que quizás un latinoamericano veía como una simple lucha contra las históricas injusticias cometidas contra los más pobres de su tierra por parte de los dueños del poder económico y político era, en Washington y Moscú, no más que parte del ajedrez de la guerra fría, del enfrentamiento entre dos imperios geoeconómicos que se disfrazaba de lucha entre "comunismo asesino y democracia libertaria" según los estadounidenses o de "comunismo justiciero e imperialismo asesino" según la URSS.

Y había muchos otros factores en juego en esa época. Al militarote latinoamericano no lo inventaron los Estados Unidos, hay un fenómeno histórico no despreciable detrás, relacionado con los esquemas de gobierno teocrático indígenas sumados a los esquemas monárquicos y de explotación de la conquista y la colonia que se convirtieron en el enfrentamiento liberal-conservador en la América independiente con distintas expresiones en distintos países durante todo el siglo XIX. No es lo mismo México que Colombia en los años 70, entre otras cosas porque la guerrilla mexicana rural siempre fue indígena y popular, sin apoyo de Cuba, y en México no se producía coca.

Toda esta complejidad se le va a Naomi Klein, que finalmente tiene que demostrar que lo que ella cree es lo correcto: todo mal viene del capitalismo, y todo bien parece venir de denunciarlo en un bestseller que le meta algunos millones de asquerosos dólares en la cuenta bancaria.

Reagan y Thatcher, aliados firmes.
(Foto DP, vía Wikimedia Commons)
Un último punto que en varias críticas me ha llamado la atención de cómo se reinventa la historia esta señora: según su teoría, Margaret Thatcher creó el conflicto de las Malvinas/Falklands para aplastar a los sindicatos y promover su agenda ultraneoliberal. No seré yo quien defienda a Thatcher, pero esto simplemente no es verdad. Y ciertamente la primera ministra no necesitaba un conflicto bicicletero al otro lado del mundo para hacer lo que hizo contra los trabajadores ingleses.

Basta atenerse a la cronología que Naomi Klein ignora o estira y comprime como un chicle: la guerra de las Malvinas es en 1982, la gran huelga minera que consolida el poder de Thatcher e implanta el neoliberalismo cavernario ocurre en 1984-1985, y los motines del impuesto por existir (poll tax) son en 1989 y de hecho la acaban llevando a renunciar. Pero en 1982 no pasaba nada de eso.

Fue Leopoldo Fortunato Galtieri, el dictador militar argentino, quien fue creando la tensión para impulsar el sentimiento patriótico argentino y buscar en él un punto de apoyo para mantenerse en el poder pese al desastre económico que vivía la dictadura militar. Todas las acciones que llevaron a la guerra fueron emprendidas por el gobierno argentino, hasta llegar a la ocupación militar de las islas el 2 de abril de 1982. La apuesta clara de Galtieri es que GB no se atreverá a responder y que Thatcher tiene otros problemas como un desempleo de 3 millones y la reorganización de todo su gobierno. La movilización británica, además, fue mínima y suficiente, porque Galtieri envió a los combatientes argentinos a las Malvinas/Falklands sin equipamiento ni ropa ni elementos de supervivencia; directamente al matadero, pues. Los soldados británicos que llegaron a las islas el 21 de mayo (así de poco preparada estaba Gran Bretaña para una chifladura como la de Galtieri) rescataron del congelamiento a más soldados argentinos que los 649 que murieron (muchos congelados). Peor aún, Galtieri contaba con que Estados Unidos, valedor de la dictadura, apoyara a Argentina con base en la doctrina Monroe que rechaza la intervención de otros países en asuntos del continente americano. Pero se llevó el chasco de que Reagan apoyó logísticamente y con inteligencia la respuesta militar británica. Pocos aliados ha habido tan cercanos como Reagan y Thatcher, que compartían un proyecto neoliberal extremo, una visión conservadora y brutal, y la decisión de acabar con la Unión Soviética a como diera lugar.

Todo esto no sólo era claro para quienes vivimos el desarrollo de los hechos siguiendo las noticias día a día, sino que históricamente está más que documentado. Como suele hacer la contracultura y el New Age, la enorme, casi exquisita complejidad de los acontecimientos de 40 años se reduce a una "doctrina" que se aplicó perfectamente (como todas las conspiraciones, sin error alguno) a partir de un manual de los años 50.

Conspiranoia la de Naomi Klein con algunas más pretensiones que la de Icke y Alex Jones, pero no esencialmente distinta. La realidad siempre es más compleja.

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Añadido a los pocos minutos: 
Sólo por dejar constancia, durante un par de años, junto con un grupo de compañeros periodistas y escritores brillantes como Mario Méndez Acosta, Carlos Laguna y otros, me vi implicado en dar una serie de conferencias promovidas por el ISSSTE por todo México todos los sábados. Volábamos el sábado en la mañana, dábamos la conferencia y regresábamos el domingo a casa. 
En una ocasión quizá en 1984-85, me tocó viajar con el poeta guatemalteco Otto-Raúl González a Chetumal, estado Quintana Roo, a dar la conferencia de rigor y por la noche salimos a tomar algo. En un momento dado, Otto tuvo un pequeño altercado con un joven rubio, alto y con corte de pelo militar, con el añadido de que Otto no sabía inglés, así que intervine para calmar los ánimos al tiempo que llegaba para lo mismo un tipo rubio, alto y con corte de pelo militar pero con bastantes más años, que resultó el superior del joven, ambos del ejército británico. Otto se encontró con otro amigo y el superior me invitó a sentarme con su grupo de subordinados, de un regimiento de paracaidistas. Resultó que pertenecían a las fuerzas destacadas en Belice para proteger al pequeño país recién independizado de GB (en 1981) de los intentos guatemaltecos por anexárselo. Al parecer Belice era aburridísimo y los soldados británicos preferían viajar unas decenas de kilómetros para divertirse en Chetumal, que tampoco era como un paraíso de la vida nocturna. 
El caso es que, conversando, el capitán (creo) de los británicos me relató sus anécdotas de la guerra de las Malvinas/Falklands, como parte de la fuerza invasora británica, al frente de un batallón de paracaidistas. El tipo era duro, obviamente, y por lo mismo me impresionó que se conmoviera al contar cómo, al llegar a las islas en paracaídas, se vieron movidos más a salvar que a disparar a los chicos argentinos (muchos de ellos conscriptos, es decir, haciendo el servicio militar, no soldados profesionales como los británicos) medio helados, hambrientos y sedientos, y llevarlos a los buques hospital que tenían estacionados al norte. Le había impactado la asimetría y decía que era casi un abuso combatir contra ellos en esas circunstancias. Comparaba el equipamiento profesional del ejército británico, explicándome su ropa térmica, sus comunicaciones, su apoyo logístico, con las condiciones lamentables en las que Galtieri había mandado a su ejército a un lugar tan frío e inhóspito. No conozco mejor testimonio del absurdo inmenso que fue esa guerra de 10 semanas, y de cómo los militares argentinos sacrificaban gente inocente, incluso a sus propias fuerzas, con menos compasión de la que podían sentir quienes eran sus oponentes en un conflicto armado.

1.1.14

Orcas vejadas

Hola Mauricio ¿que opinión te merecen los boicots a los centros acuáticos para defender a las orcas de las vejaciones que ahí sufren? ¿Debe prevalecer la economía y la diversión que estos centros generan sobre el sufrimiento de estas especies?
Siete años (en que se supone que "no sufrió")
y 20 millones de dólares se dedicaron a que la
orca Keiko fuera "liberada" y muriera joven para
satisfacer la tendencia a la antropomorfización
de ciertos grupos.
(Foto DP Departamento de Defensa de los EE.UU.
vía Wikimedia Commons)
Los estudiosos del comportamiento animal, los etólogos, nos advierten una y otra vez sobre los peligros de la antropomorfización, compleja palabra que significa "darle forma humana" a algo, en este caso a los animales. Es el complejo Walt Disney: "mi canario está triste", "a mi burro le divierten las mariposas", "mi gato está ofendido". Son interpretaciones que hacemos con las que le damos sentido a nuestra relación con los animales fingiendo que son como humanos (antropomorfos), pero siempre debemos tener claro que se trata de una ficción nuestra.

Así como hablamos de que no podemos estar seguros de que nuestra experiencia subjetiva individual sea igual a la de otros humanos, mucho menos podemos estarlo cuando tratamos con otros seres vivos, y atribuirles nuestra subjetividad puede ser un error costoso.

Por ejemplo, mirar fijamente a un chimpancé puede disparar en él reacciones agresivas, porque para muchísimos animales, incluidos nuestros cercanos parientes, la mirada fija es un desafío. Y más de un inocente ha extendido una mano hacia un chimpancé que parecía feliz ya que "me estaba sonriendo" cuando en realidad la "sonrisa" de los miembros de esta especie es una advertencia de agresión que antecede inmediatamente al mordisco. O tratan de aliviar el "dolor de parto" de las vacas, que no muestran ningún signo de dolor porque en la evolución sus cuerpos no se han visto modificados como el del ser humano, cuyo canal de parto se ha convertido en un espacio desafiante y difícil que provoca dolor y todavía mata a 590.000 mujeres al año. Para la vaca o en general cualquier mamífero placentario, por no decir los marsupiales, el parto es un asunto sencillo y limpio.

Pero los militantes siempre usan la metáfora humana, la antropomorfización: "Si a ti te encerraran en una piscina sin poder recorrer los mares, ¿qué sentirías?" La respuesta razonable es "Frío y ganas de salirme, no de recorrer los mares. Soy un puto mamífero terrestre, un hominino, no un cetáceo, idiota". O "¿Qué sentirías si te hicieran correr con un tipo encima de ti dándote con una fusta?" ¿Pues sentiría que me caigo, lógicamente, y que el tipo se va a comer la fusta porque es muy imbécil si no se da cuenta de la diferencia de espesor e inervación que hay entre la piel de mis nalgas y la de la grupa de un puto caballo, y del peso que ambos podemos llevar a cuestas".

Entonces siempre tenemos el problema de que quien dice "las orcas sufren una vejación" está actuando como telépata transespecífico, o como un antropomorfizador ignorante. Tenemos que creerle que las orcas tienen el concepto de vejación, y que además interpretan su situación como una vejación y han conseguido comunicárselo al animalista en cuestión. Todo demasiado dudoso.

Lo mismo pasa al hablar del "sufrimiento" de estas especies. Aceptando para el diálogo, pero sin conceder, que puedan sufrir, ¿su sufrimiento es como el nuestro? No lo sabemos. En algunas especies podemos interpretar (a veces erróneamente, pero en general no parece del todo absurdo) que sufren porque realizan comportamientos similares a los nuestros cuando sufrimos, por ejemplo lamentos o intento de apartarse del estímulo aversivo, conductas que llamamos de "evitación" porque se alejan físicamente de algo. No parece tonto decir "a mi perro no le gusta tal alimento" si no lo come o lo aparta en su plato, o decir "al león de duele la pata" porque cojea y se la lame. No sabemos si sufren igual que nosotros (porque nuestro sufrimiento es consciente, tiene una percepción del yo que no sabemos si tienen otros animales), pero una idea nos damos cuando hay dolor o aversión.

Así, por ejemplo, gran parte de los lineamientos éticos que se han desarrollado para la investigación en animales (y que no siguen, qué curioso, los pseudoecologistas como Séralini) se han desarrollado para disminuir al máximo lo que nosotros percibimos como sufrimiento porque a nosotros nos parece correcto hacerlo así debido a nuestra visión moral, no porque sepamos que los animales sufren como nosotros ni porque tengan derechos concretos.

Pero esto no pasa con las orcas. No tenemos comportamientos compartidos que podamos interpretar, es todo telepatía. Cuando la "bondad" humana ha logrado hacer realidad la bonita fantasía de Liberen a Willy (como lo hicieron precisamente con Keiko, la orca que interpretó a Willy en la película y que estaba en el parque de diversiones de Reino Aventura en México) el resultado ha sido atroz. Keiko no se alejaba de las personas, es decir, hallaba aversivo ese mundo natural idealizado por la Save Willy Foundation que finalmente abandonó a la orca a su suerte, mientras que las demás orcas mostraban conducta de evitación hacia Keiko. La orca parecía buscar la cercanía de los malvados seres humanos en la bahía de Noruega donde finalmente murió de neumonía a una edad relativamente joven para una orca. (Pero los que vivieron de "liberar a Keiko" siguen pidiendo donativos y viviendo de eso, lo cual me parece repugnante.)

En tu pregunta sólo falta decir que la gente va a los parques acuáticos a disfrutar malévola y sádicamente del sufrimiento de los animales (argumento por lo demás frecuente, también en los circos, carreras de caballos, etc.), cosa que claramente es falsa.

Así que cambiaría yo la pregunta por "¿Debe prevalecer el disfrute de muchos seres humanos al poder acercarse a una serie de especies que no vería nunca en la naturaleza, el conocimiento que se obtiene sobre el comportamiento y adaptabilidad de estas especies estudiadas en cautiverio,  el empleo de muchos seres humanos que se dedican a cuidar y mantener esos animales para que los vean y admiren y estudien otros sobre las creencias de unas personas que no saben biología y no saben etología pero están íntimamente convencidos de que tienen una misión de salvar al resto del mundo del horrible ser humano?"

Yo creo que sí, merece prevalecer si los animales son debidamente cuidados y sin antropomorfizar. Las presas, finalmente, están privilegiadamente libres de los depredadores, y los depredadores están alimentados sin tener que hacer los ejercicios de jugar con leones marinos vivos de las orcas y que si antropomorfizamos son terriblemente crueles.

Finalmente, siempre me parece muy curioso que se defienda a ciertos animales en función de su "factor auh", es decir, los que te hacen decir "auh, qué chulo". Se defiende poco a los cerdos aunque son de los seres más inteligentes, lo mismo se puede decir de los pulpos. Tienen mucho menos puntuación en la escala auh que un panda o un panda rojo o un delfín que parece que esta sonriéndote (al menos una especie, sin pensar para nada en el terrible espectáculo que es un delfín violando a un delfín bebé).

Ya eso de entrada me parece que revela una profunda ignorancia o una delirante hipocresía. O se lucha por tener un mundo donde se ayude a mantener la dinámica de los ecosistemas (no que se les inmortalice en bronce, todo ecosistema es dinámico y cambiante, siempre variará, siempre desaparecerán especies) y se encuentren puntos de equilibrio entre las necesidades humanas y las de su entorno o actúa uno como talabosques irracional y cazador de bisontes en ferrocarril, a lo idiota. Pero la idea de "voy a defender a este animalito bonito porque auh pero no a aquél otro feo porque agh" pues no me parece una base sólida sobre la cual construir una política de manejo de los recursos del planeta.

Y en estos casos siempre hay que recordar que el único animal que se da cuenta del daño que puede hacerle a su entorno y el único animal que está haciendo algo por minimizarlo y cambiar las cosas y reducir lo que le parece sufrimiento y comportarse como debe es el ser humano, debido a que tiene algo que lo diferencia radicalmente de los demás animales, su moral.

Eso debe darnos algunos puntos, ¿no?