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14.8.17

Fernando Gamboa y las naturalezas muertas

Fernando Gamboa
Sería a principios de 1987 cuando, viviendo en la ciudad de Querétaro y trabajando para la Secretaría de Cultura de ese estado mexicano de igual nombre (regenteaba una librería, hacía radio y era corrector en la editorial estatal), me encargaron hacer de anfitrión a un caballero imponente que frisaba los 80 años, bonachón y agradable. Tenía pocos datos sobre él: era un muy importante museógrafo, estaba encargado de diseñar la Galería Libertad que sería uno de los más importantes centros de artes plásticas en la ciudad y lo estábamos homenajeando mientras tanto dándole su nombre a una pequeña galería aledaña a la librería que yo llevaba.

Me tocaba, si mal no recuerdo, recibirlo y darle hospitalidad y conversación durante un par de horas. Me simpatizó de inmediato (supongo que le simpatizaba a todo mundo) y conversamos un poco sobre arte, ya que era su especialidad. La exposición con la que ese día o al siguiente se inauguraría la pequeña "Galería Fernando Gamboa" era de naturalezas muertas de distintas épocas y creadores. Ya un poco en confianza, le dije a don Fernando que las naturalezas muertas no me gustaban y me parecían uno de los géneros pictóricos más aburridos del mundo.

El museógrafo me miró con genuino horror, dijo que no era posible y me hizo entrar a la galería para empezar a explicarme, hágame usted el favor, las naturalezas muertas.

Lo que yo no sabía

Quizás porque una parte tan grande de México, y otro tanto de la cultura, de la pintura, de la literatura, del arte y la ciencia en ese país está tan teñido del exilio de la Guerra Civil Española desde 1939, resulta casi inevitable que Fernando Gamboa también hubiera jugado un papel en esa historia.

Gamboa había nacido en 1909 y había estudiado pintura y arquitectura en la más prestigiosa academia de arte de México, la de San Carlos, y su compromiso social lo llevó a los proyectos de apoyo a los maestros rurales de los primeros años del gobierno de la revolución mexicana. Colaboró en algunos murales como pintor y se interesó en la museografía. Para 1937 estaba en el Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, como "corresponsal viajero" de El Nacional (periódico oficial del gobierno mexicano, que fue el primero en el que publiqué como periodista, por cierto, en 1976), apoyando a la República Española contra el golpe de estado militar.

En 1938, el gobierno de Azaña le pone al frente del Servicio de Propaganda de la República Española en América Latina y empieza a colaborar con el embajador mexicano en Francia, Narciso Bassols. En 1939, con apenas 30 años, se le encarga ejecutar la política mexicana de asilo a los republicanos decidida por el presidente Lázaro Cárdenas. Visita los campos de concentración franceses y gestiona la salida de los refugiados, fletando los barcos Sinaia, Mexique, Ipanema y Degrasse, a los que seguirían muchos otros. Esos barcos donde llegarían a México tantos de mis profesores, los padres de mis amigos y, también, algunos participantes en los atentados contra Trotsky... y los adversarios de éstos, que hicieron de México la continuación de su campo de batalla ideológico. También se encargaría de llevar desde Nueva York a otros exiliados de relevancia como José Bergamín, Joaquín Xirau, Pedro Garfias, Pedro Carrasco Garrorena, Antonio Sacristán, Enrique Díez-Canedo, Rodolfo Halffter, Rosa Ballester, Paulino Massip, Ignacio Bolívar, Eugenio Imaz o Josep Carner.

Luego, claro, en otros años y por otros medios, seguirían llegando igual los Taibo que el Coronel Tagüeña y su familia e, incluso, en su momento, Víctor Manuel y Ana Belén o el último exiliado, Joan Manuel Serrat.

Fernando Gamboa y su hermana Susana a bordo del Sinaia en 1939.
Fondo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa
Después de terminada esta misión, Gamboa sería un continuo promotor del arte mexicano, organizador de exposiciones a nivel internacional y uno de los fundadores del Instituto Nacional de Bellas Artes. Fue amigo de todos los pintores mexicanos, particularmente de Diego Rivera. Hizo la primera exposición de Picasso en México. Rescató una gran cantidad de pinturas coloniales llevadas ilegalmente a Estados Unidos. Llevó a Colombia una exposición cuyas obras tuvo que salvar entre los disparos del "bogotazo" de abril de 1948. Fue director del Museo de Arte Moderno que en mi adolescencia fue uno de mis refugios, donde conocí la pintura de Remedios Varo, de Juan O'Gorman, María Izquierdo o Luis Nishizawa. Era todo un personaje mucho más allá de lo que aparentaba.

Naturalezas muertas

Quizá si hubiera sabido quién era el que me guiaba al interior de "su" galería, me habría quedado mudo y jamás habría dicho nada de naturalezas muertas. Gamboa empezó a señalarme cuadros y a explicarme. No recuerdo --sería una hazaña-- sus palabras exactas, pero sí lo que me quedó como enseñanza que me ha acompañado por los museos que he podido visitar, por los libros de arte con los que suplo a aquellos museos donde aún no he estado.

La naturaleza muerta es un retrato de una sociedad.

Al verla, si uno es cuidadoso, sabe, primero que nada, si representa a un sector pobre o acomodado de esa sociedad. Si la mesa es de panes y patatas resulta muy distinta a si es de perdices y frutas exóticas. Si es escasa y triste o si es agobiantemente abundante. Si es un puñado de girasoles de suerte variopinta (como los del jarrón que Van Gogh pintó siete veces) resulta muy diferente a un arreglo exquisito con rozagantes flores costosas y elegantes.

¿Y la vajilla? ¿La jarra de agua? ¿El plato? ¿Son de fina porcelana o de peltre humilde, de barro o de cristal, artesanales o ya industrializados? ¿A qué estilo y a qué época pertenecen? Porque las modas de cacharros (y hasta la de las hortalizas, como la zanahoria anaranjada producto del siglo XVII) especifican también de cuándo se cuenta la historia, además de a quién.

La naturaleza muerta también nos dice de dónde es la gente que no se ve en el cuadro. Las especies de animales, verduras, frutas, los platos ya preparados o los simples ingredientes nos pueden decir si ese cuadro es del sur de Francia o de Brasil.

Y nos cuenta mucho del artista, sobre la forma en que arregla cuidadosamente y para su propia satisfacción cada elemento de su modelo, la luz, las texturas, la forma en que se relacionarán y dialogarán con su estilo personal, con el trazo grueso impresionista o el delicado detalle del maestro flamenco. Las naturalezas muertas nos pueden decir cómo va a retratar el pintor a un modelo, a un campesino o una mujer acaudalada, cómo los va a iluminar y cómo los va a tratar, si con condescendencia, con cariño o con visión inquisitiva.

Naturaleza muerta con vajilla de plata y una langosta (1641). Retrato de la opulenta clase
media holandesa beneficiaria de la Compañía de las Indias Occidentales, comida elegante,
arte y buena vajilla. Pieter Claesz 1597-1660
Cuando terminamos, era claro que nunca iba a volver a ver una naturaleza muerta con el cinismo que hasta ese día había exhibido en mi feliz ignorancia.

Nunca volví a ver a Fernando Gamboa. Murió tres años más tarde en la Ciudad de México. Pero no puedo entrar a un museo o galería sin recordarlo y agradecerle la súbita lección de arte... y el que salvara a tantos cuya suerte podría haber sido la más negra una vez que Francia se rindió a los nazis.

1.11.15

Puto Día de Todos los Santos

(Imagen Copyleft vía Wikimedia Commons)
Ayer, que era Halloween (forma escocesa de abreviar Allhallow-even es decir, la noche de todos los santos - even de evening, noche; hallow del antiguo inglés halga, santo, y all que significa todos), escribí una juguetona y provocadora publicación en mi muro de Facebook:
Usas Facebook y Twitter, Internet y todo lo haces desde tu ordenador/computadora. 
Llevas pantalones vaqueros, escuchas rock y blues, y ves cine y series de televisión procedentes del extranjero. 
Bebes Coca-Cola, te gustan los Cheetos y te consideras un gourmet de las hamburguesas. Te enorgullecen tus Ray Ban y tu cámara Nikon, quieres una Harley Davidson y compras tus muebles en Ikea. 
Estás en contra de Halloween porque es extranjero y contrario a tus raíces y tu identidad. 
Eres imbécil.
No pasaba de un chiste más ante el tsunami de puritanos culturales que, al menos en España y América Latina (y no menos en Francia, según me entero), consideran que son los árbitros de los sincretismos culturales y se consideran facultados, de modo casi preternatural, para juzgar qué elementos de otros pueblos, de otras geografías, de otras etnias o de gente que osa nacer bajo otra bandera deben ser aceptados e incorporados al acervo colectivo y cuáles son despreciables, repugnantes, colonizadores, promotores del consumismo (el demonio medieval versión anticapi), destructores de la sagrada identidad nacional (suenan himnos, se agitan antorchas, se llora una lágrima por la vaterland y la genuinidad nuestra, nuestrísima) y en resumen objeto de una puta monserga anual que es más aburrida que mascar un chicle de tres días.

Pero algunos, entre ellos gente a la que, aclaro, quiero y respeto tanto en México y en España, aunque tenga con ellos diferencias abismales (la declaración no es ociosa en este contexto, implica precisamente ese elemento de tolerancia a lo diferente que subyace al rollo), encontraron objeciones a mi broma. Resumo:
  1. No son iguales los rituales (que suelen congregar) que los patrones de consumo (que suelen disgregar).
  2.  Los rituales tienen una significación identitaria que nos define mucho más que la que deriva de los segundos.
  3. El rechazo a Halloween es protesta ante la desacralización de los días de muertos ante un festejo adoptado que no tiene sistema de símbolos reconocible y comprensible para la mayoría, de espacios de afectividad definidos y de sentido de trascendencia.
Respondí a vuelapluma (vuelatecla, pues) pero me quedé con el tema y amplío y abundo.

Así como no hace mucho hablaba de la imbecilidad del falso indigenismo y el presentismo más cretino el puto 12 de octubre, que padezco como nieto de españoles y mexicanos (ni sumo a los abuelos polacos y rusos, que el lío se vuelve monumental), no me incomoda menos el embate de los puristas contra Halloween... aclarando que a mí me da igual la fiestecita, que cuando mucho me divierte algún disfraz y que lo único que realmente me entusiasma son los maratones de películas de terror... ninguna de las cuales, para remate, es mexicana, española, boliviana, argentina, chilena, venezolana, cubana o francesa, simplemente por cuestiones históricas y sin que implique ninguna condena ni celebración de la sumisión al imperio de nuestro tiempo, ni la aceptación ciega de los actos del dicho imperio ni todo eso con lo que se arma la hoja de cargos contra quien no asume el pack completo de cierta ideología por otro lado bastante escasa de ideas, en los márgenes de la política y la sociedad. Y qué triste que haya que hacer estas aclaraciones preventivas, vacunas contra el prejuicio fácil y el pensamiento -es un decir- de la manada.

El problema que veo no es la pérdida de identidad, el consumismo, la sumisión a los designios del imperio (celta, en este caso, creo) sino el facilismo tribal, que a modo de explicación o justificación elude con gran elegancia la inversión en neurotransmisores. Vamos, que al bailar con el grupo se ahorra uno pensar.

Los rituales son identitarios, pero sólo después de que se implantan desde el poder hasta que se asumen acríticamente como si fueran propios. No "surgen del pueblo en asamblea" ni mucho menos, son elementos reciclados una y otra vez para obtener ciertos efectos, no siempre con suerte. El "día de muertos", por ejemplo no es ninguna celebración "nuestra" en contraposición con la de "ellos" porque ni somos indígenas ni elegimos libremente el sincretismo que se produjo cuando cambiaron los amos en los distintos territorios. Los sacerdotes (digamos en el México antiguo, del que tengo más datos) te imponían rituales como los sacrificios humanos al por mayor, la automortificación con espinas de maguey o aguijones de raya (el pez) en la lengua y el prepucio, los ayunos y vigilia, untamientos de chile en mucosas y ojos... vamos, una barbarie brutal. Llegaron luego los otros sacerdotes que te cambiaron eso por otros rituales que incluían quemar herejes (nunca indios, por cierto), marcas a hierro, esclavitud, abusos sexuales y un régimen de pobreza y trabajo del que se beneficiaban... pues ellos mismos... vamos, una barbarie brutal.

Lo siento, ¿cuál es mío? Ninguno. ¿Mi identidad? Ni la del azteca ni la del conquistador, ambos brutos, ambos producto de su tiempo y su contexto, no de los míos. No me sentiría a gusto en los alrededores de ninguno de sus soldados.

Todo, absolutamente todo lo que tenemos a modo de bagaje cultural es importado (y por tanto adoptado, traído, desvirtuado, enriquecido o como se quiera ver) mediante un incesante proceso de mestizajes culturales, por corrientes migratorias de personas, ideas y bienes.

Hasta, dicen ahora algunos estudios, los etíopes actuales, que viven donde apareció la especie humana, son inmigrantes... descendientes de otros que se fueron y volvieron miles y miles de años después. Los únicos que tuvieron sus raíces geográficas originarias fueron los primeros humanos de Olduvai. De entonces acá, todos somos inmigrantes e inmigrados. Y mestizos.

Fuente de la China Poblana en Puebla, México.
(Imagen C.C. de Russ Bowling via Wikimedia Commons)
Europa no era un fuerte estanco, de hecho, el encuentro con América se produce precisamente porque no lo era y demandaba los productos y haceres de lugares lejanos. Sedas y pimientas y clavo y canela. Y se profundizan las corrientes de mestizaje no sólo a través del comercio (tan odiado por quienes pueden consumir, curiosamente, clases medias opulentas con necesidades de culpas judeocristianas) sino de las ideas y la gente. Y México se inventa como heroína a "La china poblana" que es el símbolo de la mujer mexicana en el imaginario de los 40 y 50 recuperado hoy por cierta izquierda que no encuentra asidero. Una supuesta princesa indostana (o de por ahí, pero la llamaron "china" como todos los que creen que Asia es China y África es un país) llevada a México por la Nao de Filipinas y vendida como esclava con el nombre de Catarina de San Juan, cuyo reclamo de mexicanidad fue haberse cosido ropa similar a la de su origen cultural de Oriente, negarse a consumar su matrimonio con un esclavo chino (Domingo Suárez) y hacerse monja al ser manumitida. Esclava, costurera, virgen y devota católica.

¿Por qué es summum de lo mexicano esta mujer, más leyenda que historia? Por lo mismo por lo que Halloween se vuelve ritual propio: porque sí. Porque tocó ciertos botones y convino a ciertos intereses. Porque evocó emociones e identidades independientemente de su origen. Las racionalizaciones vienen después. (Y ya me pondría yo a racionalizar el odio a Malinche, esa defensora de su pueblo contra el imperio, pero que se puso del lado de los que no sabía que tampoco eran trigo limpio, pero otro día.)

Hoy, en el siglo XXI, esas corrientes de mestizaje (algunos le llaman globalización como si hubieran descubierto el agua tibia) son tan amplias que se empieza a conformar una cultura global enormemente interesante pero que se da de frente con los defensores del tribalismo. Los sospechosos habituales, que diría el capitán Renault en Casablanca: indigenistas pavimentados, neoprimitivistas con coche, puristas que se sienten más dignos si escriben desde un café de París, cantantes de protesta bien alimentados con guitarra eléctrica colgada del pescuezo y personajes similares.

¿El año nuevo chino es una celebración válida? Los puristas parecen decir que sólo lo es si puedes demostrar que tu ADN (eso se llama racismo, cuando menos) contiene alguna cantidad aceptable (ya la cuantificarán) de material proveniente de China, aunque tu familia esté en México desde 1870, cuando tu tatarabuelo chino emigrado de Guandong a Estados Unidos acabó de hacer el ferrocarril transcontinental de Iowa a San Francisco y se pasó a Sinaloa huyendo del racismo yanqui. Si yo, sin demostrar mis credenciales étnico-raciales, celebro el año nuevo chino, soy despreciable porque asumo una significación identitaria (qué sociológico suena) que no me corresponde según una definición por lo demás imprecisa estipulada por personas que no tienen ningún derecho a definir mi identidad.

Hanami o festival de "mirar las flores" en Japón. (Imagen DP vía Wikimedia Commons)
Los rituales, como el de muertos, congregan, quizá, pero espuriamente y alrededor de la necesidad o conveniencia de otros, de las iglesias, de los sacerdotes, de los que mandaron, mandan y quieren seguir mandando no porque los elijamos o nos seduzcan con sus productos y servicios (cosa que no siempre es anatema), sino porque dicen que hablan con la deidad y ésta les responde. Ningún ritual, absolutamente ninguno, tiene ningún valor por sí mismo. Como un grafismo cualquiera no es una letra salvo que haya acuerdo en un alfabeto y su significado, el símbolo es un recipiente vacío que acepta cualquier contenido. Así se interpretan y reinterpretan las religiones para atender a la conveniencia o deseos de poder de los dirigentes en cada momento. Con la misma Biblia se hace la Inquisición y se proclama la tolerancia. Con el mismo Corán se habla de la religión de la paz o se proclama el califato. 

Pero hay un problema adicional, y es el de la vida civil en contraposición con la religiosa.

Al imbuir la cultura civil, laica y universal no sólo de rituales civiles (que ya son repugnantes porque suelen exaltar el nacionalismo) sino de rituales religiosos, excluyentes y celebratorios de la diferencia, ¿congregas? Lo dudo mucho. A menos que consigas desposeer a esos rituales de su carga de servicio a un grupo dominante, disgregas o dominas. Y eso se demuestra en el "ellos" y "nosotros" que se genera buscando la misma racionalidad que en un clásico de fútbol: "Halloween contra Día de Todos los Santos, haga sus apuestas por Internet, ahora más fácil que nunca..."

A mí, como laico, no sólo me da igual que se desacralice el día de muertos entre otras muchas celebraciones, en especial las otras tres celebraciones solares (solsticios y equinoccios, donde caen las principales festividades de todas las culturas, sorpresa), es que me parece urgente que se desacralice y se vuelva pachanga y celebración civil jubilosa sin carga sobrenatural.

Mi cultura no es la católica por más que haya nacido en el horror fanático mexicano, ni porque haya sido educado en ella, del mismo modo en que "mi cultura" no es la homofobia en la que me criaron con igual pasión y con las mismas bases religiosas, ni lo es la humillación de la mujer y la exaltación de su sumisión, también sólidos valores cristianos y que también fueron parte relevante de mi educación, por no señalar la idea de que los pobres lo son porque quieren o que protestar por la injusticia es meterse gratuitamente en líos cuando hay que pasar de largo.

Rechazar esos elementos "identitarios" de una cultura en la que nací y viví la mayor parte de mi vida parece bueno y adecuado, moral y razonable... no hay motivo para asumirlos sólo porque se han declarado "míos" por el accidente geográfico y temporal de mi nacimiento. ¿Es más horrible y despreciable que rechace el día de muertos o Día de Todos los Santos, que es la afirmación de los dogmas principales de vida eterna de la Iglesia Católica? ¿A santo de qué o por qué? Ni creo en los santos, todos o en grupos o de uno en uno, ni creo en la vida posterior a la muerte ni creo en los demás dogmas de su religión... ¿y debo hacer el día de muertos porque es "mío"? Tampoco creo en los espíritus del Samhain celta que da origen a la escenografía de Halloween (como se repite también en una justificación innecesaria): a las calabazas iluminadas y los disfraces y tal... que el protestantismo adoptó como propios donde pudo y la iglesia católica persiguió donde pudo también, como en España.

¿Debo aceptar o rechazar esos elementos según me lo diga el editorialista de turno? No lo creo

¿Mi identidad? Mi identidad la construyo yo y en todo caso la gente que tengo cerca. Para todos incluye el blues y a Bach, a Leonardo y los viajes espaciales, el año nuevo laico y mis jeans, a los que no sé si llamar rituales o patrones de consumo. Incluye el gusto por la fiesta de las farolas chinas pero sin sus elementos religiosos, el folk celta, a Queen y a Los Beatles, los viajes espaciales y los descubrimientos de la ciencia, casi ninguno procedente de "mis" países que me exigen nacionalismo y xenofobia cuidadosamente dirigida... Soy, somos, aquí y ahora, producto de una diversidad asombrosa y enriquecedora, somos inexplicables sin esa diversidad.

Pero cuidado (añado después de unas horas y al calor de que el debate siguió): la identidad personal se integra inevitablemente, es cierto, en "identidades colectivas" pero éstas no deben depender de simbolismos impuestos, de trasfondos religiosos, de tribalismos gratuitos y de obligaciones de origen etnolingüístico, que impliquen que "mi cultura" que tiene que ser la mía porque me lo dicen, de una especie de fatalidad social ineludible.

Ése es precisamente el problema de las políticas de "identidad" (y este debate se enmarca en ellas): convierten en central lo que se es, lo que siente, lo que se percibe, no lo que se hace, lo que se piensa, lo que se proyecta. Las "identidades colectivas" basadas en lo que uno es (o se supone que se es: mexicano, gordito, descendiente de indígenas, moreno, católico, homosexual) son agotadoras y profundamente (profundísimamente) imbéciles.

Las identidades colectivas deseables, productivas, que logran objetivos y realmente construyen futuro son las que se fincan en proyectos sociales y humanos que precisamente ignoren "lo que se es" negándole su capacidad de ser el punto definitorio de cualquier individuo. ¿No es más sólida una identidad construida con base en la lucha por la justicia social o la emancipación de las mujeres o la educación para todos o los derechos laborales que la que se basa en la nacionalidad, el género, el aspecto, el color de la piel, las preferencias sexuales, las creencias preternaturales, la estatura, la discapacidad o el compartir un área geográfica como lugar de nacimiento?

El postureo de las identidades, en el que florecen los extremismos nacionalreligiosos es el enemigo, no el aliado. Los proyectos conjuntos son otra cosa. Y la cultura es un proyecto humano completo. ¿Cómo decir que la Toccata y Fuga en Re menor o las Variaciones Goldberg son sólo para alemanes o sólo para luteranos, o sólo para hombres, o sólo para heterosexuales, cómo quitársela al mundo, cómo empobrecerse tanto sin echar a llorar si no se necesita demasiada teoría para saber que son de todos?

Bach en 1746, ¿sólo para alemanes? (Retrato de Elias Gottlob Haussmann,
imagen DP vía Wikimedia Commons) 


Los símbolos, decíamos, no tienen más valor que el que yo les atribuyo, pero si reconocemos eso, entonces es inaceptable la idea de que cierto tribalismo deba forzar el reconocimiento y significado de ciertos símbolos y el rechazo de otros (en vez de, no sé, el rechazo de miserias morales, injusticias, violencias, nos despeñamos en el símbolo... no dibujarás el escudo nacional o serás delincuente, porque un trapo vale más que un niño muerto, y ese discurso me lo sé desde las ceremonias de la bandera en la primaria, todos los lunes de exaltación patriotera en México, algo que de niño me inquietaba y de adulto me llena de náuseas; a las banderas les atribuyo, como símbolos, valor limitado y ciertamente desprovisto de xenofobia y desprecio al dolor humano). ¿Esa imposición simbólica tribal es social, humana y racionalmente defensible? Es de dudarse.

Finalmente, los espacios de afectividad no son creados por lo episódico y lo escenográfico, son individuales, humanos y personales. Como el sentido de la trascendencia. Por lo mismo, cualquier fenómeno cultural del mundo y de la historia (consumible o no, ésa es una distracción falaz) es potencialmente propiedad de cada uno de nosotros, a capricho y gusto... es tan legítimo tocar el koto en Cangas del Narcea como que un japonés toque el concierto para violín de Beethoven en Yokohama... tuyos son el bajo eléctrico, la gaita y el tlalpanhuéhuetl, vaya... tuyos son el contenido del Louvre y las piedras de Angkor Wat... tuyos son Tiziano y Cartier-Bresson... tuyo es (si quieres, vaya) el reggaetón y Guillaume de Machaut... Todo producto cultural y emocional humano te puede conmover o divertir o interesar, y puedes asumir cualquiera como parte de tu experiencia sin sentir que traicionas otra parte de tu humanidad por tus preferencias. Y sin moralistas de ocasión que pretenden imponer qué parte de esa experiencia cultural universal es malévola y qué no lo es, cuál debes aceptar y cuál rechazar a su conveniencia, y que tienen el descaro de exigirle el obligado cumplimiento de sus dictados a otros. Esos moralistas y su actitud son indudablemente imbéciles incluso en el sentido más preciso del vocablo, es decir, no sólo de "tonto en grado de comendador", sino de "escaso de razón".

Y un ejemplo adicional resalta esa imbecilidad: cuando en algún lugar del "extranjero", ese sitio mítico del que siempre queremos volver cuando estamos y al que queremos ir cuando no, se adopta alguna característica de "nuestra" cultura (sea lo que sea "nuestro" en este caso, vale la subjetividad), somos geniales, logramos que "aprecien nuestros valores, nuestro arte, nuestras tradiciones, nuestro folklore y eso". Fabada en Nueva York, fiesta generalizada, somos importantes, compango en la Gran Manzana. Hot dogs en Málaga no... no, espera, colonialismo, rechazo a nuestra identidad, ¿quién te crees?, boicot y editoriales memos en los diarios. Tribalismo y un ellos contra nosotros fácil y pequeñísimo.

El tribalismo, fenómeno que engloba, entre otros horrores, el nacionalismo y las religiones, nos pone muy lejos de una identidad universal absolutamente deseable y de una cultura humana que nos permita la apropiación general del arte, la ciencia y los modos de pasar el rato, que también son valiosos... no la identidad accidental del barrio, el pueblo, la región, la provincia, el país, el idioma, el continente... nos encierra en el fuerte de nuestras limitaciones. ¿Es sensato eso? Parece al menos relevante dudarlo.

Lo extranjero como fuente de todo mal, lo "no mío" como causa de rechazo, pertenecen a lo peor de nuestra historia. No es tarea noble reiterar y fortalecer esa xenofobia fácil, ese nacionalismo cultural, y sí lo es combatirlos.

Y todo este discurso, que de alguna manera está resumido en mi pequeño chiste sería innecesario si nos diéramos cuenta, primero, que estamos ante otro fenómeno de incoherencia y postureo de urbanitas arrogantes que sueñan con imponerle a los demás pautas de conducta pertenecientes más a su imaginario estático y pastoril que a una realidad dinámica, más a un pasado inexistente que a un futuro indispensable.

31.12.13

Los puristas del arte

Que opinas de los puristas anti HDR y efectos digitales en la fotografía?.
Lo mismo que opino de todos los puristas en todo: que son imbéciles.

Pero luego resulta que pienso lo mismo de las vanguardias vacías.

Modelo: Elsa Villar. Fotografía
copyright © Mauricio-José Schwarz
Como aquí no hay leyes fijas, sólo tenemos experiencias subjetivas. Por ejemplo, tengo a los puristas de la música clásica que decían que el jazz y el rock eran abominación. Y luego tengo a Leonard Bernstein, que era fan de los Beatles, y escribió esa maravilla de soundtrack de West Side Story. Tengo a los puristas del folklore que pretendían que los urbanitas sonáramos como si fuéramos bucólicos nativos de cien años atrás y luego tengo a todo el folk eléctrico como el de Steeleye Span, Malicorne o Corvus Córax.

Siempre en el arte (y en la vida, qué carajo, en la política y la sociedad) hay quien tira para atrás porque la fotografía, la pintura al óleo, la música, la moda, la revolución social, etc. "deberían ser" de tal o cual forma. Y habitualmente la historia lo que ha hecho es pasarles por encima alegremente y dejarlos atrás.

Y es que, en general, cuando descubrimos algo apasionante queremos que lo domine todo. Si nos seduce el blues, nos ponemos en plan fanático y decimos que no hay vida fuera del blues. O del hiperrealismo. O de la fotografía con luz natural y emulsión fresca en placa de cobre. Todos pasamos por eso, supongo, hasta que nos damos cuenta de que la existencia de Bach no amenaza a Janis Joplin ni viceversa.

Mi opinión personal no será compartida por otros fotógrafos, pero, bueno, yo no intento imponerle mi visión a nadie, sólo es válida para mí y, en todo caso, para mis modelos.

Yo creo que la fotografía es esencialmente tan mentira, tan fantasía y tan simbólica como la poesía o la pintura. No es realidad. La realidad ocurre en cuatro dimensiones, en flujo continuo, a todo nuestro alrededor, como un tsunami sensorial. De allí, la fotografía selecciona un trocito cuadrado o rectangular durante una fracción de segundo, en una gama de colores y luminosidad muy inferior a la de nuestra vista (ya no digamos en las demás frecuencias del espectro electromagnético), sin sonido, sin temperatura, sin olor ni textura, la plancha en dos dimensiones y te la enseña. Eso NO es la realidad. Así que cada quién cuenta su mentira, su fantasía, su visión, su subjetiva aproximación, a su manera.

Yo proceso mucho mis retratos para tratar de optimizar el contraste local, lo que tiene mucho que ver con el concepto de HDR, pero trato de no cambiar los píxeles de la foto que tomé, no le suavizo la piel a mis modelos, no les quito arrugas, lunares, nada que sea propio de cómo son ellas, sólo manipulo el contraste entre uno y otro píxel para que se asemejen más a lo que yo veo. Esto implica a veces tres y cuatro tratamientos distintos, algunos tomados de la foto analógica, algunos sólo posibles en lo digital. En paisajes confieso que he cometido horrores en HDR, pero al paso del tiempo he ido aprendiendo a domar a la bestia para hacer los HDR que a mí me gustan (no que sean mejores ni peores) y no me gustan los excesos en el HDR, pero hay a quien le encantan.

En cuanto a efectos digitales, todo depende de qué y para qué. Si se trata de engañar al público no me parecen correctos. Si obtienen un resultado que provoca una emoción en el espectador, creo que han cumplido su tarea como arte, que es evocar emociones, sensaciones, sentimientos, pasiones. Creo que todo se vale para conseguir ese objetivo en el arte, sea literatura, cine, música, pintura, escultura o, claro, fotografía.

Al final personalmente me he quedado con todo salvo excepciones. Me encanta la guitarra superprocesada de Brian May o de Alex Leifson, pero al mismo tiempo me fascina la guitarra directa y sencilla de Buddy Guy. Me gusta la fotografía ultranaturalista de Cartier-Bresson (que ni flash usaba) o Josef Koudelka, pero también me dice mucho la iluminación fantasmagórica del light painting de Emil Schildt, el surrealismo de Laurentiu Margalin o los crecientes delirios de Mehmet Urgut. Puedo disfrutar la escultura de Fidias, de Rodin y de Duane Hanson. No estoy comprometido emocionalmente tanto con una forma como para despreciar las demás, y eso me permite, sin hipérbole, disfrutar muchísimo con el arte y no aburrirme.

Otros fotógrafos te dirán que eso es una herejía, claro.