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29.8.17

El sueño de King, 54 años después

Estatua de Martin Luther King en el parque Abraham Lincoln
de la Ciudad de México. (Imagen CC, vía Wikimedia Commons) 
Hoy hace 54 años que Martin Luther King pronunció el discurso "I have a dream" ("Tengo un sueño") ante la estatua conmemorativa de Abraham Lincoln en Washington y para casi 300.000 manifestantes, uno de los momentos culminantes de la lucha de los negros por conseguir los mismos derechos civiles de los blancos en los Estados Unidos. Era el 28 de agosto de 1963 y algo más de 9 meses después, el 2 de julio de 1964, se promulgaba después de una feroz batalla legislativa la Ley de los Derechos Civiles, que declaraba ilegal cualquier discriminación basada en raza, color, religión, sexo u origen nacional y que, por tanto, iba más allá de la lucha original. Aún así, tardaría años en irse haciendo efectiva con la entrada de negros en las universidades, con la lucha de los latinoamericanos por su dignidad, por los movimientos feministas y altersexuales (de homosexuales, bisexuales, transexuales, etc.)

El mensaje de King era complejo y sabio. Enfrentaba a las organizaciones que buscaban no justicia, sino venganza, a los promotores de la violencia como Eldridge Cleaver (ladrón, violador confeso, uno de los líderes de los Panteras Negras y participante en actos guerrilleros que dejaron al menos dos policías heridos... y que luego devendría republicano ultraconservador) o Huey Newton (fundador de los Panteras Negras y acusado de asesinar a un policía), o el propio Malcolm X y la Nación del Islam, grupo musulmán específico de los Estados Unidos que defendía la creación de un estado racialmente puro... de sólo negros). Y anotaba en su discurso: "En el proceso de obtener nuestro lugar legítimo, no debemos ser culpables de actos indebidos. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio.

Cartel del FBI en busca
de Chaney, Goodman
y Schwerner. 
El mensaje de King era complejo y amplio, como cuando se refería a la lucha de muchos blancos conscientes en favor de los derechos civiles de todos. Esa lucha estaba vivamente ejemplificada por el asesinato de tres activistas por los derechos civiles en Mississippi apenas dos meses antes del discurso, el 21 de junio, un grupo de diez hombres bajo órdenes de varios miembros de los Caballeros Blancos del Ku Klux Klan de Mississippi asesinaron a tiros a James Chaney, joven negro de Mississipi, de 21 años de edad (a quien torturaron antes de matarlo); Andrew Goodman de 20 y Michael Schwerner de 24, dos chicos de origen judío de Nueva York. Los tres trabajaban con el Congreso para la Igualdad Racial promoviendo que los negros del Sur de los EE.UU. se empadronaran para votar y poder decidir sobre sus gobiernos.

Sus cuerpos no se encontraron sino hasta el 4 de agosto de 1964.

De ahí que King señalara en su discurso: "La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra no debe llevarnos a desconfiar de todos los blancos, pues muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a darse cuenta de que su destino está inextricablemente unido a nuestra libertad. No podemos caminar solos."

King entendía la esencia del racismo: juzgar a una persona por su aspecto externo, por su cultura o tradiciones. Juzgarla por lo que es y no por sus valores, opiniones, ideales, actos, pensamientos, sentimientos. Toda la lucha basada en la idea de que "todos los hombres son iguales", que también cita el discurso, tiene por objeto ir más allá de lo superficial para valorar a cada individuo en cuanto a lo más importante, a su mente y corazón. En ese sentido afirma: "Tengo el sueño de que mis cuatro pequeños hijos un día vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter".

Más allá de su inevitable mensaje religioso, como pastor que era, resonaba el humanismo que no dependía de la voluntad divina: "Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, luchar por la libertad juntos, sabiendo que seremos libres algún día".

Y su gran final,  producto de un orador experimentado: "Y cuando repique la libertad, cuando permitamos que repique la libertad, cuando la dejemos repicar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada estado y cada ciudad, podremos apresurarnos hacia ese día en que todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, podremos unir las manos y cantar en las palabras del viejo espiritual negro: '¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias Dios todopoderosos, somos libres al fin!'"

Sólo queda un asunto ligeramente amargo en este recordatorio de un gran momento del siglo XX... la idea de que algunos, hoy, algunos que también se llenan la boca con las palabras "justicia" y "libertad" y "democracia" y "pueblo" encontrarían odiosas las palabras de King si tan solo reflexionaran en ellas.

Los defensores de la política de identidades aborrecerían estos pasajes si los abordaran.

Esas personas para quienes los blancos no deben defender los derechos de los negros (o de los indostanos, o los árabes, o los latinoamericanos, o los asiáticos) y desprecian la idea de hermandad. Y dicen que los hombres no son bienvenidos en la lucha por la igualdad de la mujer, y los heterosexuales deben abstenerse de trabajar en favor de los derechos de los altersexuales. Porque todos somos diferentes y debemos mantenernos separados... segregados (decía King en su discurso: "Ahora es el momento de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación, hacia la soleada ruta de la justicia racial").

¿Qué tendrían que decir quienes afirman, insisten, exigen que la gente se defina por su color, género, sexo, preferencia sexual, estatura, peso corporal, deficiencias o no de todo tipo (discapacidades físicas o mentales de todo tipo, cada quien en su pequeño casillero, en su nicho, sin contaminarse, sin tocarse, sin hablarse y, sobre todo, sin correr el peligro de ofenderse entre sí, porque entonces la venganza y la censura y la violencia toman la palabra.

¿Acaso le reprocharían a King que usara la palabra "negroes" en lugar de emplear una fórmula que no pudieran hallar "ofensiva"(como si pudiera evitarse ofender a quien está decidido a sentirse ofendido por todo, todo el tiempo)?

Porque tenemos con nosotros todavía a los que siguen juzgando a los demás por el color de su piel y no por el contenido de su carácter. Y no son sólo los nazis (no hay neonazis, son nazis), los rescoldos del Ku Klux Klan, los supremacistas blancos, sino también algunos --no sé cuantos, espero que sean una minoría marginalísima-- que promueven el odio y la violencia, la censura y la división entre identidades mientras se fingen avatares del progreso y promotores de la justicia social. Son los que se dedican a puntuar a cada ser humano, usando el cruel ábaco del tribunal inquisitorial para decidir quién es más víctima y quién es más victimario por lo que es, sin importar lo que piense... quién es más distinto en un mundo donde no hay iguales porque la igualdad parece resultarles una idea despreciable y repugnante.

Mucho se ha avanzado en 54 años no sólo en Estados Unidos, sino en gran parte del mundo, donde no hace tanto tantos grupos humanos carecían de toda defensa legal ante la injusticia. Mucho falta por hacerse, muchísimo, no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Pero también mucho estamos retrocediendo desde que los enemigos de la razón empezaron a luchar por tomar en sus manos el timón del progreso para convertirlo en regreso y desandar el camino ya recorrido sin importar que King dijera: "A medida que caminamos, debemos hacer el juramento de que siempre marcharemos hacia adelante. No podemos volver atrás". O quizá por llevarle la contraria.

No debemos volver atrás. Aunque en el proceso algunos sean acusados del terrible pecado de preferir avanzar en lugar de volverse conservadores y policías de todos los demás.

12.10.15

Puto 12 de octubre

Un año después: He subido una segunda parte o complemento o seguimiento de esta entrada en el canal de YouTube "El rey va desnudo": 
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Usted no se lo imagina, pero esto de tener nacionalidad mexicana y española, con abuelos por igual celtas que zapotecas, alcanza su punto más fastidioso el 12 de octubre.

En este día, aniversario de aquél en el que ocurrió un acontecimiento histórico bastante reseñable (la expedición de Cristóbal Colón llegó a unas tierras desconocidas para Europa y puso en contacto a dos continentes que ignoraban todo el uno del otro), grandes grupos de personas sufren la peligrosa alucinación de que estamos en 1492 y los últimos quinientos veintitantos años no han ocurrido.

Por ejemplo, el excelentísimo señor don JM_Kichi, alcalde de Cádiz por carambola, nos regala la siguiente profunda reflexión:


Y uno se siente tentado a preguntar: ¿Por qué hiciste eso, Kichitín, Kichillo? ¿Cómo es que masacraste y sometiste a un continente? Eso no se hace, chaval, que vamos, que hace quinientos años cuando no había ni derechos humanos ni Ilustración ni democracia ni nada de eso, pues era lo común, pero joder, que tú vengas con tus amigotes en pleno siglo XXI a masacrar y someter en nombre de "Dios" como que aparte de poco decoroso es muy fuera de época. Por más que seas cofrade y te guste inclinarte ante señores con vestido.

Kichi malo... masacra y somete, y además el muy burro no descubre nada...

Pero no, espera... ¿el Kichi y los 46 y medio millones de españoles que pululan hoy, 2015, siglo XXI, por el mundo fueron los que masacraron y sometieron? Pues igual no. Igual el uso de la primera persona del plural es una tontería de doble cañón y calibre 12, propia de un activista que no ha estudiado historia ni siquiera para disimular...

Me imagino al Kichi, tan católico él, llegando al aeropuerto de Fiumicino en Roma, dirigirse al primer italiano que viera, con su chapita y su sonrisa, indicándole al turistaje dónde se toman los autobuses y soltarle un mamporro al grito de: "¡Ustedes mataron cristianos en el Coliseo, hijos de..!" (que, por cierto, como me explicó mi compadre Paolo Cingolani en Roma, a los cristianos los masacraban en otro lado, pero no precisamente en el Coliseo, mitos hollywoodenses que la izquierda reaccionaria asume como verdades, ay).

O bien el Kichi podría desembarcar un día del ferry Santander-Southampton, encararse con el primer súbdito de Isabel II que se le ponga a tiro y patearle una espinilla explicando: "Toma, por hacernos la putada en Trafalgar".

Por supuesto, el peninsular de la primera escena y el insular de la segunda se quedarían azorados e, independientemente de que le sacaran a pasear alguna muela al señor alcalde, quizá se darían tiempo para explicar que ellos ni habían nacido en tiempos del imperio romano o del almirante Nelson y le recomendarían a Su Señoría que fuera de regreso a la escuela a estudiar historia.

España, la España de hoy, no conquistó América. Ni para orgullo de una derechona impresentable ni para vergüenza de una izquierda que tanto monta.

Peor aún, los españoles de hoy, en su vasta mayoría, no descienden de los españoles que conquistaron América. Los descendientes de los bárbaros enlatados que masacraron a las culturas indígenas (por el oro, por cierto, Kichi, no por Dios ni boberías semejantes, que la religión es un arma, no un fin, cosa que sabrías si dejaras que los hechos y datos contaminaran tu prístina simpleza) venimos siendo nosotros... los que nacimos en México, en Guatemala, en Chile, en Uruguay... condimentados con generosas migraciones italianas, alemanas, británicas, francesas, chinas, japonesas y un largo etcétera.

Somos los descendientes de los indígenas que, en un neolítico bárbaro, cometían sacrificios humanos horribles y de los españoles que, en un renacimiento que se saltaron por si quemaba, cometían los horrores de la Inquisición. Afortunadamente, y crean lo que crean los kichis en su desorientación, eso no se hereda, no está en los genes. No nos hace a nosotros ni conquistadores ibéricos ni conquistados americanos... ¡menos va a convertir al Kichi en Diego de Ordaz con gafas!

Los españoles de hoy, incluido nuestro heroico edil carnavalero, descienden mayormente de los que se quedaron en España y tienen tanto que ver con el asunto de la conquista y posterior explotación de América como un criador de palomas de Brighton con la expedición de Shackleton.

Los indígenas que hoy son víctimas del racismo institucionalizado de la derecha latinoamericana que los desprecia y del racismo paternalista de la izquierda reaccionaria latinoamericana que los quiere salvar para que sean indios para siempre, sueño de buenos urbanitas arrogantes, no son víctimas de los españoles de hoy, ni de los de hace medio milenio, sino de los latinoamericanos de hoy. Y por supuesto no son "indígenas" de pureza alguna, su definición es vaga, más referida a lenguas y costumbres, la vasta mayoría de quienes viven en culturas herederas de las indígenas en América Latina son mestizos. Entre el 91 y el 95% de los mexicanos, por ejemplo, somos mestizos. Como lo son el 100% de los españoles, ya que empezaron antes, que lo diga mi abuelo Fernando, a ser destino de griegos, árabes, romanos, cartagineses y en general todo dios.

Don Kichi pone una foto de una presunta indígena, una mujer mbiyá de la cultura guaraní, mestiza de la región fronteriza de Argentina y Paraguay, porque "le suena a india" y eso le basta. Se ve pobre y es morena, ¿no? (Por cierto, Kichi, al menos dale crédito a Marco Vernaschi, fotógrafo argentino autor de ésa y otras muchas cojonudas fotos de su altamente mestiza Argentina, como lo revela su propio apellido, que una persona perspicaz vería que es italiano.)

Don Kichi se equivoca. Si quiere indignarse por la tragedia de los indígenas americanos hoy (los que viven en culturas herederas de las indígenas, tengan o no ojos azules o tez clara), que luche para que tengan escuelas, electricidad, ordenadores, agua corriente, agua de riego, semilla mejorada, industrias, bicicletas, libros, atención médica, reproductores mp3, lavadoras de ropa (y ropa qué lavar en ellas) y mejores casas... aunque sea menos guay que rasgarse la camisa (porque siempre tiene otra en el armario, muchos indígenas no) por lo que pasó hace quinientos veintitantos años con otras personas en otras circunstancias y que ni siquiera sirve de lección cuando la ignorancia se viste de salvamundos. Y menos si lo que se le ocurre es defender la presunta "resistencia indígena" (generalmente orquestada por cretinos de ciudad que quieren folklore a costa de mantener a los indígenas para siempre en el siglo XVI, por cierto).

¿Me entiende usted lo jodido que es esto de ser mexicano y español el puto 12 de octubre?

Felicidades a todos, que aunque les joda, somos producto de los acontecimientos históricos que nos precedieron, agradables o desagradables.

A ver si alguno nos viene a visitar en el siglo XXI.

5.7.14

Historias de ceguera voluntaria

Mítica fotografía de Josef Koudelka "Tropas invasoras del Pacto de Varsovia frente
a la sede de la radio" Tomada en agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos
pusieron fin al experimento de un socialismo democrático, libertario y
popular en Checoslovaquia conocido como "La primavera de Praga" (¿alguien
pensó que la "primavera árabe" era un nombre original?). La foto señala,
en el reloj del fotógrafo, el momento de la llegada de los invasores al centro de Praga.
Una de las cosas que tiene el haber acumulado muchos años es gozar de la ventaja de la memoria. Cuando escucho hoy la defensa que muchos militantes de cierta izquierda hacen de toda buena fe de gobiernos como el venezolano, del Partido Podemos o del caudillo de la semana, la memoria pide la palabra.

Primero que nada: los entiendo perfectamente; su entusiasmo, su disposición casi suplicante de ser seducidos por una retórica luminosa que prometa libertad, justicia, bienestar para los oprimidos, escuelas, hospitales, seguridad... el paraíso sin dolor. Escuchan por primera vez hablar de lo que les apasiona y por tanto elevan a quien habla a la calidad de líder más necesario que el agua. Y, por tanto, a cualquiera que ponga en duda al líder o a alguna de sus consignas se convierte en el enemigo.

Hace muchos años, con la misma buena fe, otros que soñaban también con un mundo mejor, se indignaban exactamente igual ante críticas a los regímenes que creían (ingenua, ingenuísimamente) que defendían lo mismo que ellos. La invasión a Checoslovaquia de 1968 era aplaudible. Los gulags eran un invento del imperialismo. Los campos de la muerte de los Khmeres Rojos de Pol Pot eran propaganda de los medios occidentales vendidos. Ceaucescu o Jaruzelski o Enver Hoxa eran víctimas de la desinformación de occidente. La genocida Revolución Cultural china, la genocida colectivización forzada del campo soviético, el Gran Hermano personificado en los CDR cubanos, las barbaridades megalomaniacas de Kim Il-sung (y luego de su hijo Kim Jong-il, como hoy de su nieto Kim Jong-un, socialismo monárquico), todo, absolutamente todo se reducía a "el miedo que el imperialismo tiene a los pueblos en marcha hacia su liberación" y otras frases de elevado impacto y relación escasa con la realidad.

Pero eran hechos dolorosamente reales, los aprovechara o no la propaganda de una guerra fría en la que todos sabíamos, hasta 1990, que cada día podía ser el último, el del holocausto nuclear decisivo.

Al paso de los años, uno, joven de izquierda convirtiéndose en hombre de izquierda, empezaba a dudar de que todos los que levantaban la voz de alarma sobre los horrores en el paraíso presuntamente comunista estuvieran mintiendo, que "el enemigo" tuviera la capacidad exquisita y absoluta de controlar cuanto decían tantos. Y se preguntaba si realmente así era el paraíso de los trabajadores, el cielo por asalto, el arranque del futuro venturoso de las masas, el summum del gobierno de las mayorías desposeídas sobre las minorías poderosas.

No había en esa izquierda, de tan buena fe, insisto,  ni el intento por demostrar que los hechos no lo eran, que los datos eran imprecisos, que la información no representaba la vida cotidiana de tantos. La razón tenía prohibida la entrada. El silogismo era sencillo: "La derecha odia a la izquierda, tú criticas a la izquierda y le das armas a la derecha, ergo tú eres de derecha, su representante o siervo". ¿Que es un razonamiento lamentable? Sí, pero intentar explicarlo en asamblea era garantía para recibir desprecio, invitaciones al silencio o la ocasional paliza de los guardianes de las esencias.

Pero estaban las personas de esas mismas sociedades míticas, los ciudadanos, los libertarios de izquierda, garantistas y progresistas, defensores de los derechos de todos, periodistas honrados, trabajadores indignados, que se arriesgaban a ser denunciados como siervos del enemigo por atreverse a decir que allá se sufría y, con frecuencia, para vergüenza de todos, se sufría más que en las sociedades en las que vivíamos, tan patentemente injustas y tan claramente sufrientes. Que con demasiada frecuencia había menos libertad de la que teníamos en los países donde luchábamos por más libertades. Resultaba, asombrosamente, que era peor para la mayoría, vivir en los países donde, decían, gobernaban los "nuestros" que en algunos de los países donde el poder lo detentaba el adversario ideológico...  ¿Era eso una vindicación de la derecha, una demostración de que los sistemas injustos son mejores? ¿O era, simplemente, una condena brutal a la simulación que se cometía en nombre de ideales que se traicionaban?

Con toda buena fe, los estudiantes chinos del Movimiento por la democracia del 89 levantaron
la imagen de la diosa de la democracia en Tiananmen. Pocos días después el movimiento
era sofocado cuando el Ejército de Liberación del Pueblo chino abrió fuego contra
los manifestantes acampados, dejando entre 150 y 2500 muertos.
La burda estatua de escayola fue demolida.
Uno conoció los hechos. Le dio la mano a Fidel Castro no de buen grado, conoció a las personas comunes que no eran agentes pagados de la derecha, enfrentó el hecho de que la realidad no se parecía al sueño. La caída de la Unión Soviética hizo imposible negar las atrocidades, las masacres, la tiranía, la aristocracia depredadora, el desprecio al pueblo, la represión, el miedo, el esquema donde el Partido era el patrón, el explotador sin contrapeso alguno. Los ciegos voluntarios bajaron la cabeza y miraron para otro lado sin pedir disculpas por un encubrimiento que en vez de servir a los mejores ideales los había malversado en perjuicio de las mayorías. De las mayorías.

Nada de eso hacía mejores las injusticias de este lado. No justificaba la pobreza, la inequidad, la ley para el que puede pagarla, las libertades escasas, el hambre, las escuelas pocas y malas, las medicinas inalcanzables... Precisamente por eso, condenar los crímenes cometidos en nombre de la izquierda no era ser enemigo de la izquierda. Al contrario, esa condena era una obligación moral para defender los mejores ideales de la izquierda.

Mientras en nuestro "aquí" se buscaban mejores condiciones de trabajo, medios de comunicación independientes, un sistema legal fiable y justo, una educación científica, crítica y cuestionadora; la libertad de ser, estar y pensar; el derecho a disentir sin temer al represor, el fin de los torturadores... en el mítico "allá" era imposible siquiera luchar por los mismos ideales.

El esquema se repite hoy con algunos gobiernos presuntamente (muy presuntamente) de izquierda. Gobiernos que reeditan el caudillismo más lamentable y la demagogia más cansina, pero consiguiendo que algunos, especialmente fuera de América Latina, crean que es su peculiar "ahora sí", al que creen tener derecho por sólo ser, y por tanto rechacen en arco reflejo la denuncia de los errores, esa denuncia que debería ser una de las más altas misiones de la izquierda.

Pero hoy como hace 30 años, quien denuncia es sometido al mismo tratamiento por los ciegos voluntarios, los apasionados sin mayores matices ni reflexiones, y para los que el disidente, el crítico, el cuestionador, no puede ser honesto, es impensable, es imposible... quien no esté de acuerdo con "nosotros" debe ser considerado enemigo del pueblo, golpista, fascista, guarimbero, contrarrrevolucionario, imperialista, neoliberal... y punto.

En España, cercanos amigos y beneficiarios de esos gobiernos y de la teocracia iraní misógina, homófoba y con proyectos genocidas son objeto de la misma defensa irreflexiva. Son unos pocos que pretenden ocupar todo el espacio del debate político. Si San Cipriano estableció la preeminencia de la iglesia diciendo "extra Ecclesiam nulla salus", "fuera de la iglesia no hay salvación", ellos vienen a informar "la izquierda soy yo y fuera de mis membretes no hay izquierda, sólo presas legítimas de todo odio y desprecio". Y sus seguidores, entusiastas, de innegable e indudable buena fe, de nobleza sin sombra de duda, se ponen entre el astuto caudillo y la crítica, esperando así merecer la solución mágica a sus problemas, que el caudillo haga realidad la spanishrevolution que ese mismo caudillo y su entorno les prometieron primero haciéndoles creer que eran protagonistas para luego reducirlos a seguidores.

Seguidores que de nuevo eligen la ceguera, temerosos de que la crítica y la autocrítica "le den armas al enemigo", dispuestos a aceptar un acuerdo de mínimos morales que establezca lo bueno y lo malo de manera clarísima y tranquilizadora, donde lo bueno es, claro, el caudillo y su entourage, y lo malo es todo lo demás. Pensar, nada.

Y la memoria cuenta que en un futuro vendrán a enterarse de que el enemigo estaba dentro, no fuera, y que la única forma de vencerlo es, precisamente, la crítica abierta y plural, no el culto súbito a la personalidad cuyo único legado son ridículas estatuas de tantos tiranos que también inauguraron la escalera al cielo... que no fue a ninguna parte.

Cuestionar es un deber moral. La ceguera voluntaria no es un lujo que debiéramos permitirnos. Como sociedad. Como individuos. Como personas dignas.

Yo creo.

22.1.14

Transhumanismo y conciencia

Mauricio, viendo tu último post (en Los expedientes occam), ¿crees que algún dia se "clonará" la conciencia o el cerebro humano y podremos substituir partes del cerebro dañadas o directamente hacer cópias de uno mismo (Kurzweil)?
Ray Kurzweil, ¿vivir para siempre?
(Foto CC de Roland Dobbins vía
Wikimedia Commons)
Por supuesto que algún día se clonará el cerebro. De la conciencia lo tengo menos claro porque no sabemos cómo se produce. Apenas sabemos algo: la memoria y la evolución del cerebro se expresan en el número y tipos de nuevas conexiones neuronales. Así que no es lo mismo clonar neuronas y células gliales en estructuras tales que formen un cerebro humano que clonar la "conciencia".

Este conocimiento también representa un problema para "sustituir partes del cerebro dañadas". Se pueden sustituir las neuronas, pero es difícil pensar, al menos ahora, cómo reproducir las conexiones que daban su calidad individual a esas partes dañadas. Si se sustituyen estructuras como, digamos, la amígdala, ¿siguen siendo "tuyas" las sensaciones de miedo que experimentas? Bueno, probablemente sí. ¿Si se sustituye la corteza visual sigues siendo tú quien ve? Supongamos que sí, también. Pero, ¿si se sustituyen las neuronas corticales que se pierden en el progreso de la enfermedad de Alzheimer, sigues siendo "tú"? ¿Cuál es el límite en cuanto a número de neuronas, número de conexiones, calidad de las conexiones, ubicación en distintas estructuras, que forma eso que llamamos "mi conciencia de mí mismo" y a partir del cual ya eres otra persona?

Mientras no sepamos eso, por supuesto, todo es especulación.

Ahora, hacer copias de uno mismo (viejo sueño de la ciencia ficción) presenta exactamente los mismos problemas. Te pongo un caso tajante que es la teleportación tipo Star Trek. Tus moléculas se disgregan, se envían de cierto modo a otro lugar en el espacio y se recomponen con absoluta precisión por algún procedimiento asombrosamente avanzado... ¿sigues siendo tú? Es verdad que son las mismas moléculas, pero han dejado de ser tú y tú has empezado a existir de esa forma en el momento en que Scotty termina el proceso de "beam me up" o "down"? La especulación no es nueva.

Pero entonces, si consiguieras hacer una copia de ti mismo que ya no genética, sino a nivel molecular, ¿ambos son tú? Es plausible pensar que la copia siente que es tú, pero ¿tú te enteras de que te has copiado?, ¿tu conciencia individual se ha extendido hasta hacerte dos o simplemente tienes un gemelo idéntico que desde ese instante tiene una personalidad propia y una epigenética y exposición a sustancias químicas y gérmenes patógenos y estímulos medioambientales ligeramente distinta a la tuya? ¿Si te matan a ti sientes que no has muerto porque habría una conexión místicoesotérica con la copia de ti mismo? Suena poco plausible. Y, ¿durante cuánto tiempo es razonable llamar a esa copia "otro tú" y en qué momento es un individuo independiente?

Piensa que viendo los dos el mismo objeto desde dos puntos de vista, dos ángulos ligeramente distintos (aún puestos de pie uno junto al otro), sus ojos y aparato visual están registrando estímulos distintos en cuanto a forma, luminosidad, profundidad, etc., de modo que desde el primer instante se van diferenciando.

Lo mismo ocurre cuando se "carga la conciencia en un ordenador/computadora", como dice con toda frescura Kurzweil (hablar es gratis, y los especuladores futuristas siempre hablan demasiado, ya que ni siquiera tienen la obligación de hacerlo artísticamente como los escritores de ciencia ficción), ¿el cerebro de la "conciencia original" percibe lo que está viviendo la conciencia copiada, clonada, reconstruida, impresa con una impresora tridimensional subatómica de precisión infinita? A menos que se postulen fuerzas ajenas a las que conocemos en el universo (las "energías" de las varias pseudociancias) capaces de la transmisión de cantidades tremendas de información instantáneamente, la respuesta es "claro que no".

Kurzweil, que por otra parte es un gran inventor en terrenos como el reconocimiento de caracteres, el reconocimiento de voz y los instrumentos electrónicos, todo lo cual nada tiene que ver con el tema del futurismo y la sigularidad, ha hecho un esfuerzo enorme por sumarse a las filas de los profetas fallidos (no todos místicos, recuerdo cuando Alvin Toffler ocupaba su lugar como gurú adivinatorio no sobrenatural, y mucho antes de él a Malthus, claro). Predicen ciertas cosas especulando sobre el desarrollo continuado lineal de ciertas tendencias y prevén ciertas maravillas que al paso de los años se parecen más y más a la casa de los Supersónicos o los Jetsons, un futuro anticuado e inocente.

Su desgracia suele ser múltiple. Comento algunos puntos:

a) Muchas tendencias no son lineales, geométricas o logarítmicas, no son continuas... hay saltos cualitativos que "cambian la jugada" del todo, por ejemplo, la revolución verde de Borlaug, el teléfono móvil o la fibra de carbono, que dan al traste con las previsiones de continuación de las tendencias; ya he comentado que si la madera se hubiera seguido consumiendo de acuerdo con las tendencias del siglo XVII y los inicios de la revolución industrial, habríamos quemado hasta el último árbol del planeta hace mucho, pero esto no ocurrió porque la transición hacia los combustibles fósiles cambió la jugada, de hecho los bosques que se usaban para hacer carbón pasaron a ser campos agrícolas que ayudaron a alimentar a poblaciones de tamaños que el malthusianismo consideraba inviables.

b) Las maravillas que sueñan son implausibles y muchas veces se enuncian sólo para conseguir la atención del público o por una creencia íntima irracional (parece ser el caso de Kurzweil, que come vitaminas y se inyecta múltiples sustancias para "vivir para siempre", como si hubiera datos (que no los hay) de que sea posible que un ser humano viva para siempre riéndose de los factores que provocan el envejecimiento, tanto los que conocemos (como los telómeros) como los muchos que sabemos que aún nos faltan en la ecuación.

c) Muchos aspectos del avance científico en el que se basan los futuristas resultan inviables, inaplicables o, con enorme frecuencia, muchísimo más complicados de lo que parecía en un principio. Dicho de otro modo, no toda ciencia pura se convierte en ciencia aplicada. La clonación es un buen ejemplo. Dolly fue la gran sorpresa (a mí me tocó dar la noticia en la radio mexicana, en un programa de divulgación que teníamos) y muchos escribieron largos artículos sobre cómo la clonación iba a resolverlo todo, desde el hambre en el mundo hasta el lujo de abrigos de visón para todos. Luego resultó que el asunto era más complejo, algunos animales no han podido ser clonados, las técnicas tienen que refinarse mucho más y quizás no vale la pena hacerlo industrialmente. La revolución de la clonación tal como se anunció en 1996 sigue sin ocurrir, pero nos permitió desarrollar otras técnicas de laboratorio que han sido útiles en otras áreas de la investigación.

d) Las predicciones obvias que sí tienen desarrollos continuados y en las que aciertan (y ocasionalmente alguna poco plausible en la que también aciertan) se utilizan como base para su prestigio social y mediático. En eso sí son iguales a cualquier Nostradamus de la televisión nocturna que hace una pila de predicciones (lo que se llama apuntarle a todo el monte con la escopeta grande) y luego se anuncia como un genio o un gran profeta empleando las tres en las que acertó. Para acertar esa cantidad de veces no es necesario ser un genio ni mucho menos, claro. Pero el público en general y los medios no lo tienen claro y exaltan a cualquiera que haya predicho algo acertadamente, así fuera de una obviedad apabullante. En el caso de Kurzweil, creo que hasta hoy no ha acertado ni una, pero podría equivocarme.

12.12.13

La izquierda que yo quiero

Quiero una izquierda con el valor necesario para defender la biotecnología y la energía nuclear con base en los estudios científicos que existen abundantemente, no que se declare antitransgénica y antinuclear porque gana votos y parece guay y además se puede aliar con algunos u otros "verdes".

Quiero una izquierda con el valor necesario para defender abiertamente los valores de la ilustración, los derechos humanos y la dignidad de mujeres, niños, homosexuales, ateos y disidentes en el mundo islámico, en el mundo budista, en el mundo mormón, y que no se agote en comentar si el papa les parece un poco más light o un poco menos.

Quiero una izquierda con el valor necesario para denunciar las pseudociencias y promover la investigación científica sin caer en el truco neoliberal de aliar la ciencia al "desarrollo" y a la "innovación" y los "emprendedores", sino con la convicción profunda de que la investigación científica por sí misma genera riqueza.

Quiero una izquierda que no defienda ningún tipo de represión para conductas o acciones que no sean dañinas directamente para terceros y que tenga la inteligencia para buscar soluciones a los problemas más allá de "prohibir, prohibir y prohibir", respetuosa del hecho obvio de que una sociedad no puede ser libre si no son libres los individuos que la componen.

Quiero una izquierda capaz de enfrentar a todos los nacionalismos, a todos, como proyectos de derecha que dividen a los trabajadores a lo largo de líneas ficticias, en lugar de unirlos por sus intereses sin importar su color, su idioma o su absurdo orgullo fantasioso de que son mejores porque alguien en el pasado nació más o menos en las mismas coordenadas geográficas, como si mágicamente todo vienés tuviera el espíritu de Mozart.

Quiero una izquierda capaz de movilizarse desde las bases en favor de reivindicaciones concretas en vez de pasarse años planeando todo para cuando se consiga tomar el cielo por asalto. La historia de "no hagamos nada para agudizar las contradicciones del sistema" ya se demostró idiota durante más de 100 años, y no verlo es absurdo.

Quiero demasiadas cosas, parece. Porque esto ya se hizo largo y me falta mucho, mucho...