10.7.14

Puédalo usted mismo

La política, dicen algunos, es el arte de lo posible. Otros dicen que ni de broma, que la política es el arte de agarrar el poder y no soltarlo hasta que nuestra mano exánime afloje al momento de nuestra muerte. Otros, más modernos, se están creando una práctica política producto del Ikea de las ideas. Y, por supuesto, algo como Ikea es para todos los que quieran chuparse dos kilómetros de pasillos para encontrar el mismo librero que le han vendido a todo el mundo. Si otras personas lo consiguen, usted también puede tener su propio grupo político de vibrante actualidad. Y para ello le bastan unos sencillos ingredientes ya empaquetados y listos para su montaje, algo que hasta un niño podría hacer.  Esta proeza menor de bricolaje político está a su alcance.

Debe reunir primero sus herramientas. 1. Saliva, mucha. Piense en limones. Piense en limones con sal. Piense en una ensalada con vinagre suficiente como para marchitar rosas a seis pasos. 2. Unas cuerdas vocales a prueba de ácido sulfúrico. Prepárese cantando metal sinfónico a volumen máximo unos meses, cuando menos, salvo que lleve más de 20 años dando mitines cada tres días. 3. Un rostro de cuando menos clasificación 9 en la escala de dureza de Mohs (10 es el diamante) aunque si se fija bien, los maestros del hágalo usted mismo tienen cara como para tallar diamante, es decir, del 11 para arriba. 4. Dos amigos que le ayuden, uno para comenzar los aplausos animando a las masas y otro para poner quietos a los revoltosos. 5. Un micrófono. Aunque los profesionales pueden montar este mueble sin micrófono, porque alcanzan con la voz desnuda más decibelios que una Harley Davidson desbocada, no se confíe. Micrófono y un técnico de sonido al cual pedirle que suba y suba el volumen hasta que suene ese pitido molesto que indica que los enemigos del pueblo lo están saboteando porque le tienen miedo a su modesto, humilde y sencillo liderazgo internacional de estadista que marca la historia. 6. El dedo.

Con sus herramientas listas, puede comenzar.

Cabrearse es impactante. El propio Leo Buscaglia, que hablaba
de amor y bondad, podía ser acojonante con el gesto adecuado.
Practique, practique, practique.
Primero, tome usted todos los agravios que el poder político, religioso y económico de todos los tiempos haya cometido en contra de la población más bien indefensa cuando no indefendida, y denúncielos como si usted los hubiera descubierto ayer después de desayunar y nadie más se hubiera dado cuenta, vamos grite que ha descubierto el agua tibia, el mediterráneo, el hilo negro y una cosa plateada misteriosa que se ve en la noche y a la que usted, en su genialidad, ha bautizado como "Luna". Tenga cuidado con los matices: no quiere ni uno en su mueble. Todo es negro salvo usted, que es la luz del pueblo.

Por ejemplo, puede denunciar el descuido del patrimonio arquitectónico, la brutal conquista de América, la ley Gallardón, los crímenes cometidos por la república francesa contra la comuna de París (no se preocupe si en el siguiente párrafo se declara republicano, nadie se va a dar cuenta), las preferentes, la pederastia de los curas católicos, el saqueo de Persépolis a cargo de las tropas de Alejandro Magno, el calentamiento global, Eurovegas, la privatización de la sanidad española, las torturas del pinochetismo, Disneyland, el hambre en África, el reggaeton, la inequidad fiscal, la deuda externa, el tráfico de armas, los trabajadores malpagados del Tercer Mundo, las limitaciones al aborto libre, la deuda interna, los porrazos de la policía a manifestantes pacíficos o ciudadanos que pasaban por ahí y les han dado cera por si acaso simpatizaran con algún rojeras, la esclavitud en Estados Unidos, la monarquía española, la ocupación de los territorios palestinos, los terratenientes, Monsanto, el sistema D'Hondt, la democracia representativa, la homofobia, Ángela Merkel, la inquisición, la democracia directa, el sistema de partidos (aunque usted esté armando el suyo, tampoco se van a dar cuenta), la represión del alzamiento de Espartaco, los problemas del medio ambiente, los abusos a inmigrantes, la derrota de Brasil ante Alemania, los libros de Paulo Coelho, Hiroshima, el franquismo, el aceite de colza, la publicidad engañosa, la riqueza ofensiva, la miseria más ofensiva aún, el alto precio de la electricidad, Paco Marhuenda y Alfonso Rojo, la usura, la guerra de Vietnam, la pena de muerte, Dolores de Cospedal, la cruzada contra los albigenses, la Coca-Cola, las pensiones de los políticos, los sueldos de los políticos, las corbatas de los políticos, las lluvias que destruyen cosechas, las sequías, la violencia de género, las orejas del Príncipe Carlos, la reducción en las pensiones, Telecinco, la adulteración de bebidas en los locales nocturnos, la demolición de la educación pública, la discriminación contra los gitanos, el toro de La Vega, la troika, la guerra de Irak, la cacería furtiva de rinocerontes, la connivencia del poder judicial con el legislativo y, literalmente, miles, decenas de miles de otros temas (aunque recomendamos centrarse en un par de docenas, sobre todo para que se los aprenda bien de memoria).

Demóstenes no pasó a la historia (y a mejor vida)
por ciencia infusa. Practicaba y practicaba.
¿Por qué hacer esta lista?

Porque la enorme mayoría de los seres bienpensantes y biensintientes de este país y este mundo estarán de acuerdo con usted en que tales cosas no deberían pasar, y que la injusticia debe ser combatida, que el dolor debe paliarse, que los derechos deben garantizarse y que es de gente decente oponerse a todo lo malo.

Es decir, de modo sencillísimo usted se gana la simpatía y la complicidad de la mayoría de quienes le escuchan, porque les gusta ver que alguien que habla tan bonito comparta su indignación. Su público concluirá que usted está con ellos, por supuesto, que le duele lo que nos duele a todos, que le indigna lo que nos indigna a todos (menos a alguno muy hijoputa), que usted es uno más de la peña de amiguetes, compañero de penurias (independientemente de sus sueldos, dato que usted se guarda pudorosamente), colega, amigo, compinche y cófrade.

Dado el primer paso, lo que sigue es, claro, demostrar que usted puede acabar con todo eso si tan sólo le dan su voto. Pregunte: ¿por qué seguimos así? y, sin dejar que nadie más responda, responda usted: Porque a la gente la manipulan y la hacen vivir con miedo, pero usted ni los quiere manipular ni les tiene miedo (convicción, dígalo con convicción y a gritos, de ser posible), sino darles el poder (eso mola cantidad, nadie le dirá "no, no quiero").

Siempre sorpréndalos diciéndoles para dónde queda el futuro.
El dedo señala, puntualiza, entra y profundiza. Y rasca, que no es poco.
Pregunte, ¿y qué hay que hacer? Y responda antes de que se le adelanten: pues hay que cambiar las cosas, hay que ser valerosos y aprovechar la oportunidad para emprender, todos juntos y unidos contra el enemigo, como una sola voluntad, un puño decidido, la necesaria, impostergable y en realidad urgente transformación de los mecanismos del poder, del sistema de la economía... llevar a cabo una renovación que tenga en cuenta los deseos, anhelos legítimos, bienestar y sueños de las mayorías, de ellos, los que le escuchan, de la gente, de nosotros, de las víctimas, de nuestro sagrado derecho a decidir. Subraye: es el momento de decir basta y cambiar de rumbo, por las buenas o por las menos buenas, reorientar los esfuerzos del gobierno, finalmente recuperado para sus anhelos por ustedes que somos nosotros, con el altísimo fin de servir a los intereses de todos y no a los de una minoría elitista, malévola y abusiva, casta inmunda de parásitos. Y para ello implantaremos un código ético con precisas líneas rojas que no se pueden traspasar, donde el pueblo sea el que decide sin ingerencias de advenedizos. Dígales, enfáticamente: es el momento de exhibir la audacia necesaria, la alegría, la decisión y la disposición a darle un vuelco a la historia y rebootear el sistema, reinventar la toma de decisiones, ser imaginativos en la forma de gobierno, quijotescos en las decisiones, realmente democráticos, realmente representativos, artífices de nuestro destino compartido porque somos mayoría, mayoría de las más mayores y mayoritarias, con un nuevo proyecto de país. Y eso es clave, así que desgañítese un poco: un proyecto de país sólido, integral, bien diseñado, completo y generoso, un gran proyecto para un gran país en el que caben todos, sobre todo aquéllos que han sido marginados por el oprobioso sistema, con un gobierno de ideas, sobre todo de ideas. Porque nosotros tenemos un proyecto distinto del de ellos, los que van a la guillotina (metafóricamente, claro, al menos de momento). Dígales, con toda pasión, que es el momento de que ellos, pueblo sobre pueblo y pueblo pobladísimo, tomen en sus manos las riendas de su propio futuro, para darle forma con entusiasmo al país en el que habrán de vivir sus hijos y sus nietos, en una realidad más luminosa que la que nos deparan los que hoy nos pisan el cuello, los infames a los que debemos derrotar cuanto antes, los caínes, los judas, los atilas opresores, laputacasta. ¡Y los únicos que podemos salvar a la patria somos nosotros, y la vamos a salvar porque confiamos en el pueblo y no le tenemos miedo!

El dedo, recuerde. El dedo. Usted tiene diez, pero uno es fundamental.
Si es usted lo bastante contundente, el aplauso sobrevendrá como una cascada refrescante, munífica y nutrida que se la ponga dura como el basalto. Y de paso casi nadie (algún amargueta habrá, pero ¿quién les hace caso?) se dará cuenta de que usted no ha dicho prácticamente nada. Vamos, ha dicho que hay muchas cosas que están mal y hay que cambiarlas para que todos estemos mejor, especialmente los que están peor, conclusión que tampoco requiere un doctorado en mecánica cuántica ni una visión de estado inédita. Pero la encendida llama de su discurso de inauguración vibrante del futuro debe dejar a todos tan deslumbrados que no se den cuenta de que usted no ha ni rozado la parte difícil del tema, que sería cómo se hace todo eso, quién lo paga, cómo se consensúa, a quiénes se piensa llevar entre las patas, qué hacemos con los que opinan distinto y cómo es que usted es tan genial que a nadie se le había ocurrido que la felicidad se puede decretar a las nueve de la mañana y a las diez ya estamos en la hamaca colectiva, disfrutando la brisa colectiva con un mojito colectivo en las cansadas manos colectivas.

En el "cómo" ni se meta. Si no, en vez de poder, naufragará. porque la realidad es el enemigo número uno para este ejercicio de do it yourself.

"El demagogo", del despiadado muralista mexicano
José Clemente Orozco.
Lo que debe evitar ante todo es a los que le pueden decir algo mucho peor que "neoliberal", "fascista", "casta", "ppsoe" y hasta "agente a sueldo del imperialismo", los que le podrían llamar "demagogo". Sobre todo si esos agentes del averno saben que la demagogia es el empleo de un encendido discurso para apelar a las pasiones, prejuicios y emociones de la gente para movilizarla políticamente y hacerla actua en lugar de acudir al argumento racional, a la invitación a la reflexión. Emociones, pasiones y prejuicios pueden ser manipulados por cualquiera, neoliberal, fascista, comunista, anarquista, monárquico, falangista, maoísta línea de masas, trotskista reciclado, hippie, orador motivacional, gurú, neoconservador arisco o rapero con dientes de oro. Y está claro que la demagogia funciona, por eso la usamos, pero los que hacen preguntas incómodas quieren que la gente reflexione así, por libre, sin dirección, sin previo condicionamiento al estilo que usted prefiere que es de "piensa libremente, piensa por ti mismo y piensa esto que te estoy diciendo, que es bonito, fresco, fácil y te llevará al edén sin dolor".

A ésos no los quiere. Cuando la gente piensa lo que quiere, cuando cuestiona no sólo a los opresores, sino a los proyectos de salvadores salidos de debajo de una piedra, autoproclamados, autoelegidos, tan autoexaltados como Napoleón cuando se plantó a sí mismo la corona que lo convertía en emperador (él, tan republicano, tan defensor de la revolución francesa en Toulon, tan amigo de escribir panfletos revolucionarios y publicar periódicos populares antes de descubrir que él era la solución de Francia), es peligrosa. Cuando la rebeldía le exige cuentas también a la rebeldía y cuando la reflexión es barrera que impide que la exaltación sea el arma del orador encendido, las masas son difíciles de controlar, de gobernar, de dirigir, de llevar por el buen camino.

No le deje ni un resquicio a los preguntones, a los cuestionadores, a los que le pueden llamar demagogo.

Y, pese a que ganas no le faltarán, no les rompa las piernas, al menos no en público... o al menos mientras no tenga el poder. Ya después... veremos...

5.7.14

Historias de ceguera voluntaria

Mítica fotografía de Josef Koudelka "Tropas invasoras del Pacto de Varsovia frente
a la sede de la radio" Tomada en agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos
pusieron fin al experimento de un socialismo democrático, libertario y
popular en Checoslovaquia conocido como "La primavera de Praga" (¿alguien
pensó que la "primavera árabe" era un nombre original?). La foto señala,
en el reloj del fotógrafo, el momento de la llegada de los invasores al centro de Praga.
Una de las cosas que tiene el haber acumulado muchos años es gozar de la ventaja de la memoria. Cuando escucho hoy la defensa que muchos militantes de cierta izquierda hacen de toda buena fe de gobiernos como el venezolano, del Partido Podemos o del caudillo de la semana, la memoria pide la palabra.

Primero que nada: los entiendo perfectamente; su entusiasmo, su disposición casi suplicante de ser seducidos por una retórica luminosa que prometa libertad, justicia, bienestar para los oprimidos, escuelas, hospitales, seguridad... el paraíso sin dolor. Escuchan por primera vez hablar de lo que les apasiona y por tanto elevan a quien habla a la calidad de líder más necesario que el agua. Y, por tanto, a cualquiera que ponga en duda al líder o a alguna de sus consignas se convierte en el enemigo.

Hace muchos años, con la misma buena fe, otros que soñaban también con un mundo mejor, se indignaban exactamente igual ante críticas a los regímenes que creían (ingenua, ingenuísimamente) que defendían lo mismo que ellos. La invasión a Checoslovaquia de 1968 era aplaudible. Los gulags eran un invento del imperialismo. Los campos de la muerte de los Khmeres Rojos de Pol Pot eran propaganda de los medios occidentales vendidos. Ceaucescu o Jaruzelski o Enver Hoxa eran víctimas de la desinformación de occidente. La genocida Revolución Cultural china, la genocida colectivización forzada del campo soviético, el Gran Hermano personificado en los CDR cubanos, las barbaridades megalomaniacas de Kim Il-sung (y luego de su hijo Kim Jong-il, como hoy de su nieto Kim Jong-un, socialismo monárquico), todo, absolutamente todo se reducía a "el miedo que el imperialismo tiene a los pueblos en marcha hacia su liberación" y otras frases de elevado impacto y relación escasa con la realidad.

Pero eran hechos dolorosamente reales, los aprovechara o no la propaganda de una guerra fría en la que todos sabíamos, hasta 1990, que cada día podía ser el último, el del holocausto nuclear decisivo.

Al paso de los años, uno, joven de izquierda convirtiéndose en hombre de izquierda, empezaba a dudar de que todos los que levantaban la voz de alarma sobre los horrores en el paraíso presuntamente comunista estuvieran mintiendo, que "el enemigo" tuviera la capacidad exquisita y absoluta de controlar cuanto decían tantos. Y se preguntaba si realmente así era el paraíso de los trabajadores, el cielo por asalto, el arranque del futuro venturoso de las masas, el summum del gobierno de las mayorías desposeídas sobre las minorías poderosas.

No había en esa izquierda, de tan buena fe, insisto,  ni el intento por demostrar que los hechos no lo eran, que los datos eran imprecisos, que la información no representaba la vida cotidiana de tantos. La razón tenía prohibida la entrada. El silogismo era sencillo: "La derecha odia a la izquierda, tú criticas a la izquierda y le das armas a la derecha, ergo tú eres de derecha, su representante o siervo". ¿Que es un razonamiento lamentable? Sí, pero intentar explicarlo en asamblea era garantía para recibir desprecio, invitaciones al silencio o la ocasional paliza de los guardianes de las esencias.

Pero estaban las personas de esas mismas sociedades míticas, los ciudadanos, los libertarios de izquierda, garantistas y progresistas, defensores de los derechos de todos, periodistas honrados, trabajadores indignados, que se arriesgaban a ser denunciados como siervos del enemigo por atreverse a decir que allá se sufría y, con frecuencia, para vergüenza de todos, se sufría más que en las sociedades en las que vivíamos, tan patentemente injustas y tan claramente sufrientes. Que con demasiada frecuencia había menos libertad de la que teníamos en los países donde luchábamos por más libertades. Resultaba, asombrosamente, que era peor para la mayoría, vivir en los países donde, decían, gobernaban los "nuestros" que en algunos de los países donde el poder lo detentaba el adversario ideológico...  ¿Era eso una vindicación de la derecha, una demostración de que los sistemas injustos son mejores? ¿O era, simplemente, una condena brutal a la simulación que se cometía en nombre de ideales que se traicionaban?

Con toda buena fe, los estudiantes chinos del Movimiento por la democracia del 89 levantaron
la imagen de la diosa de la democracia en Tiananmen. Pocos días después el movimiento
era sofocado cuando el Ejército de Liberación del Pueblo chino abrió fuego contra
los manifestantes acampados, dejando entre 150 y 2500 muertos.
La burda estatua de escayola fue demolida.
Uno conoció los hechos. Le dio la mano a Fidel Castro no de buen grado, conoció a las personas comunes que no eran agentes pagados de la derecha, enfrentó el hecho de que la realidad no se parecía al sueño. La caída de la Unión Soviética hizo imposible negar las atrocidades, las masacres, la tiranía, la aristocracia depredadora, el desprecio al pueblo, la represión, el miedo, el esquema donde el Partido era el patrón, el explotador sin contrapeso alguno. Los ciegos voluntarios bajaron la cabeza y miraron para otro lado sin pedir disculpas por un encubrimiento que en vez de servir a los mejores ideales los había malversado en perjuicio de las mayorías. De las mayorías.

Nada de eso hacía mejores las injusticias de este lado. No justificaba la pobreza, la inequidad, la ley para el que puede pagarla, las libertades escasas, el hambre, las escuelas pocas y malas, las medicinas inalcanzables... Precisamente por eso, condenar los crímenes cometidos en nombre de la izquierda no era ser enemigo de la izquierda. Al contrario, esa condena era una obligación moral para defender los mejores ideales de la izquierda.

Mientras en nuestro "aquí" se buscaban mejores condiciones de trabajo, medios de comunicación independientes, un sistema legal fiable y justo, una educación científica, crítica y cuestionadora; la libertad de ser, estar y pensar; el derecho a disentir sin temer al represor, el fin de los torturadores... en el mítico "allá" era imposible siquiera luchar por los mismos ideales.

El esquema se repite hoy con algunos gobiernos presuntamente (muy presuntamente) de izquierda. Gobiernos que reeditan el caudillismo más lamentable y la demagogia más cansina, pero consiguiendo que algunos, especialmente fuera de América Latina, crean que es su peculiar "ahora sí", al que creen tener derecho por sólo ser, y por tanto rechacen en arco reflejo la denuncia de los errores, esa denuncia que debería ser una de las más altas misiones de la izquierda.

Pero hoy como hace 30 años, quien denuncia es sometido al mismo tratamiento por los ciegos voluntarios, los apasionados sin mayores matices ni reflexiones, y para los que el disidente, el crítico, el cuestionador, no puede ser honesto, es impensable, es imposible... quien no esté de acuerdo con "nosotros" debe ser considerado enemigo del pueblo, golpista, fascista, guarimbero, contrarrrevolucionario, imperialista, neoliberal... y punto.

En España, cercanos amigos y beneficiarios de esos gobiernos y de la teocracia iraní misógina, homófoba y con proyectos genocidas son objeto de la misma defensa irreflexiva. Son unos pocos que pretenden ocupar todo el espacio del debate político. Si San Cipriano estableció la preeminencia de la iglesia diciendo "extra Ecclesiam nulla salus", "fuera de la iglesia no hay salvación", ellos vienen a informar "la izquierda soy yo y fuera de mis membretes no hay izquierda, sólo presas legítimas de todo odio y desprecio". Y sus seguidores, entusiastas, de innegable e indudable buena fe, de nobleza sin sombra de duda, se ponen entre el astuto caudillo y la crítica, esperando así merecer la solución mágica a sus problemas, que el caudillo haga realidad la spanishrevolution que ese mismo caudillo y su entorno les prometieron primero haciéndoles creer que eran protagonistas para luego reducirlos a seguidores.

Seguidores que de nuevo eligen la ceguera, temerosos de que la crítica y la autocrítica "le den armas al enemigo", dispuestos a aceptar un acuerdo de mínimos morales que establezca lo bueno y lo malo de manera clarísima y tranquilizadora, donde lo bueno es, claro, el caudillo y su entourage, y lo malo es todo lo demás. Pensar, nada.

Y la memoria cuenta que en un futuro vendrán a enterarse de que el enemigo estaba dentro, no fuera, y que la única forma de vencerlo es, precisamente, la crítica abierta y plural, no el culto súbito a la personalidad cuyo único legado son ridículas estatuas de tantos tiranos que también inauguraron la escalera al cielo... que no fue a ninguna parte.

Cuestionar es un deber moral. La ceguera voluntaria no es un lujo que debiéramos permitirnos. Como sociedad. Como individuos. Como personas dignas.

Yo creo.

14.6.14

De la censura a la ostentación


Era 1993 y yo llevaba casi cuatro años escribiendo mi columna de opinión "A contracorriente" en la página editorial de Diario de México, propiedad de Federico Bracamontes, un periódico pequeño y poco ostentoso. Inesperadamente, tuve que dejar el periódico debido a que fui objeto de censura por primera vez en mi vida periodística (que ya sumaba 17 años en diversos medios impresos y electrónicos). Y mi salida tuvo que ver con la frase que ve usted eternizada en bronce más arriba.

Durante los primeros tiempos de mi colaboración, no recuerdo cuántos, me dediqué a comentar política internacional, pero pronto el director empezó a pedirme que hablara de política nacional. Le recordé mis artículos en revistas como Jueves de Excélsior o Ahí! y cómo no era yo proclive a perdonar las tonterías del poder, de modo que si el diario me abría las puertas para eso, iban a salir chispas. El director ya me conocía. Por entonces estaba  yo escribiendo 119 entregas de una columna de humor ("Piedritas en el buche") en el diario donde antes él había sido responsable, El Gráfico, vespertino de El Universal, donde además tenía yo una colaboración semanal en la sección cultural que dirigía Paco Taibo I.

Pero insistió, y finalmente empecé a dedicar mi columna semanal a temas nacionales. Y temas no faltaban, desde la iglesia hasta las atrocidades de una justicia torcida por motivos políticos.

Promoción en ruso de la exitosa telenovela
"Los ricos también lloran"
Los ricos lloran, pero no compran

A principios de 1993, el dueño y presidente de Televisa Emilio Azcárraga Milmo, a quien le gustaba que le llamaran "El Tigre", hizo unas declaraciones tremendamente desusadas (no solía dar entrevistas) y según algunos ligeramente achispado por el éxito en Rusia de su telenovela "Los ricos también lloran":
México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. 
Los ricos, como yo, no somos clientes porque los ricos como yo no compran ni madres. 
Nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media popular. La clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o Proceso para ver qué dicen de Televisa… Estos pueden hacer muchas cosas que los diviertan, pero la clase modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene otra manera de vivir o de tener acceso a la distracción más que la televisión.
En resumen, Azcárraga establecía que la pobreza en México era para siempre, y que su resultado, los pobres, eran la fuente de su nada despreciable y siempre creciente fortuna.

Vi la oportunidad de comentar en mi columna los problemas que implicaba tener un monopolio absoluto de la comunicación televisual en un país que luchaba por la democratización, la libre expresión y, a veces, los derechos más elementales. Escribí mi columna (en Word 5, por cierto), la imprimí y la mandé al diario por fax, que era como nos mandábamos documentos antes de que la web se hiciera popular.

Poco después, quizá media hora, recibí una llamada del adusto pero amable subordinado con el que tratábamos directamente los colaboradores. El artículo, me dijo, "no pasaba" (es decir, no era aprobado editorialmente). Comenté que como artículo de opinión firmado era responsabilidad mía exclusivamente, no asunto de decisiones editoriales, y así se había tratado el tema en los más de 180 artículos sobre los más variados temas que había yo escrito en el diario. El hombre, al que recuerdo canoso y delgadísimo, me explicó que el periódico tenía algunos lucrativos tratos comerciales con Televisa y que, por tanto, criticar al dueño del emporio de las comunicaciones podía hacerles perder contratos de imprenta y publicidad que resultaban muy necesarios para la supervivencia de la empresa. Le respondí que todo eso era asunto de la empresa y que podía entenderlo pero no compartirlo, yo no era la empresa, era un periodista que intercambiaba un pago misérrimo por la certeza del respeto al ejercicio de su libertad de expresión, según convenio verbal entre caballeros. Sin conmoverse ante mi reclamo voltairiano, me dijo que, como fuera, el artículo "no pasaba" y que mandara otro.

No mandé otro.

Una semana más tarde, aproximadamente a la misma hora, el educado personaje me llamó preocupado porque el artículo de esa semana no había llegado a la hora en que solían recibir mi fax. Le expliqué, cortés pero firmemente, que estaba yo esperando que publicaran mi comentario sobre las palabras de Azcárraga, porque era mi costumbre no escribir un artículo de opinión sino hasta que el medio hubiera publicado el anterior, de modo que en cuanto ellos publicaran el enviado la semana anterior, con gusto remitiría el siguiente.

En 21 años no lo han publicado, así que supongo que ya no volveré a colaborar en Diario de México.

Era la primera, pero no la última vez, que el intento de un director por censurarme acababa en mi ruptura de relaciones con un medio.

En televisión y en radio

En el plató de "Y usted qué opina", con Nino Canún,
discutiendo con la gente de Pro-Vida
Me volvería yo a encontrar con las palabras de Azcárraga en las condiciones más extrañas, en un debate realizado en octubre o noviembre de ese mismo año en el programa de Nino Canún. El curioso tema era el concierto "Girlie Show" de Madonna y era tema porque el grupo integrista y ocasionalmente violento "Comité Nacional Pro-Vida" y su entonces presidente, Jorge Serrano Limón, habían emprendido una absurda campaña para prohibir el concierto porque atentaba contra la moral y "los valores mexicanos", que por alguna causa ese grupúsculo fanático no sólo creía conocer al dedillo, sino que suponía que tenía la obligación de defenderlo contra los malvados de fuera... nacionalismo y fanatismo religioso que son, como todo mundo sabe, una mezcla explosiva.

La historia de ese enfrentamiento donde me di el gusto de sacar de sus casillas a las huestes de Serrano Limón ya la conté en "El retorno de los charlatanes" cuando resumí la historia de Pro-Vida y de su líder, y no la repetiré aquí.

Con estos antecedentes, lo curioso fue que en 1995 fuera yo invitado por Ricardo Rocha, por entonces presidente de Televisa Radio, junto con Mario Méndez Acosta y Mónica Lavín, a crear un programa de divulgación científica dirigido precisamente a esa clase "media popular" (que se llamaría "muy pobre" en cualquier otro país donde no existiera la pobreza extrema o miseria lacerante que aún azota a casi cuatro millones de mexicanos). Como Editorial Televisa era (y es) dueña de la edición mexicana de la revista Muy interesante, Rocha acordó que nos prestarían el nombre a cambio de que le diéramos amplia publicidad a la revista, por entonces la única que en México hacía algo de divulgación científica.

Durante dos años y medio, de lunes a viernes, dos horas todos los días, primero en la emisora XEQ y después en el mascarón de proa del imperio, la XEW, intentamos demostrar que esa gente a la que se refería el dueño de la empresa podía tener a su alcance otra forma de vivir y de ver que aquélla que le ofrecía una televisión concebida para eternizarlos en la miseria. Entrevistamos a un gran número de investigadores, científicos y técnicos mexicanos, demostrando que eran "gente normal" y no signos de interrogación con bata blanca, cubrimos acontecimientos como la muerte de Carl Sagan o el suicidio de la secta ufolátrica Puerta del Cielo y fuimos, de algún modo, los jodidos tras el micrófono, que no es poca cosa según dónde y cómo: una mínima incursión jodida en las filas de los "Soldados del PRI y del presidente", como definió en otra ocasión Azcárraga a su empresa y a él mismo.

Debo reiterar que Ricardo Rocha respetó íntegramente nuestra libertad de expresión, incluso pese a algún dolor de cabeza que le causamos cuando el arzobispado mexicano, entre otros damnificados por nuestros comentarios, le llamaba pidiendo nuestra cabeza y el fin del programa. Pero cuando se acercaba el mundial de fútbol de 1998, nuestro horario se volvió apetitoso para el negocio y la emisión murió para mayor gloria del balompié (sin lograr, sin embargo, que dejara de gustarme el fútbol).

Algún oyente atento, mil gracias, grabó algunas de emisiones como las arriba enlazadas y otras, y las ha ido subiendo a Internet, testimonio de esos alrededor de 300 programas que hicimos convencidos de que la ciencia es asunto de todos, frase en la que siempre he creído.

Hoy me entero de que esa placa que consagra como gracejada o como declaración de política noble, o incluso como desafío, del ya fallecido Emilio Azcárraga (la empresa hoy es de su hijo, tercero del mismo nombre) ha sido convertida en una obra de arte-denuncia pero que muchísimas personas, incluidos ejecutivos y empleados de Televisa, creen que está orgullosamente fijada en sus instalaciones. Lo que hace más de 20 años eran palabras cuya repetición y crítica eran suficientes para censurar a un modesto periodista y causar terror a otro con una brillante carrera en televisión, hoy son irrelevantes, para un lado y para otro, su significado erosionado o asumido, no lo sé, por todos los implicados: la empresa, sus anunciantes, el gobierno al que apoya y sus espectadores. La obra de arte ni siquiera levantó demasiadas ampollas. Pero hoy las palabras de Azcárraga ya no son el secreto en el que se les quiso convertir a posteriori.

¿Se puede sacar alguna lección de esto? No lo sé. Quizás que la lucha por la libre expresión vale la pena, o que a veces damos una importancia enorme a lo que mañana no lo tendrá. O incluso que los serviles ante el poder, por ricos y famosos que sean, a la larga son exhibidos en su pequeñez moral, mientras que los pequeños que sólo tienen como patrimonio su honestidad, que casi los condena a la pobreza, y su compromiso con los lectores, a veces pueden sentirse un poco (sin excesos) orgullosos de haber dicho algún "no" cuando nadie se hubiera enterado de ello y cuando el "sí" era más cómodo y mejor negocio.

2.6.14

Carta abierta a Pablo Echenique-Robba

(Los antecedentes de este comentario se pueden encontrar en la entrevista que le hizo Materia a Pablo Echenique-Robba, físico y eurodiputado electo del nuevo partido Podemos, en un artículo de Fernando Cervera en Naukas comentando dicha entrevista, en los muchos comentarios (que siguen, ya a la deriva) de ese artículo, y en la respuesta de Echenique-Robba en Materia, además de algunos intercambios en Twitter. No es razonable siquiera que intente resumir el debate y siempre hay un riesgo de que al hacerlo haga yo alguna interpretación subjetiva que eche más leña al fuego gratuitamente.)

Trofim Denisovich Lysenko
Estimado Pablo,

Perdonarás que opine sin integrarme a tu partido. Supongo que te pareció muy natural limitar tus comentarios en Naukas a invitarnos a ser parte de Podemos para cambiar su programa, pero no es razonable. Y por otro lado me hiciste una invitación en Twitter.

Quiero comentarte dos cosas, como ciudadano que se dirige a un político con responsabilidades voluntariamente asumidas y obtenidas mediante votos. Primero, en un artículo en Materia hablaste de algunos (no sabemos cuántos) de quienes disienten de ti sin entrar en los argumentos que te ofrecieron, y que fueron todos, me consta, serenos, respetuosos, basados en datos y poniendo a tu alcance conocimientos que tú mismo admites no tener en ciertos temas sobre los cuales has opinado. Segundo, en Twitter hiciste varios señalamientos sobre la democracia, indicando que en tu visión, si la gente vota porque no se apliquen ciertas vacunas o si el estado debe financiar pseudomedicinas, se debe hacer sin más. Como parte de ello está el tuit que reproduzco al final.

Un grave error de cierta parte de la izquierda es la tendencia a valorar algunos fenómenos de modo emocional, despreciando los datos, hechos y cifras que los describen, dándoles una lectura torcida, basada en falsedades, exageraciones, interpretaciones sesgadas y tendenciosas pero convenientes. Pasa con los transgénicos, las vacunas, las pseudomedicinas y la quimiofobia, por ejemplo.

Aclaro que no hablo de tu partido, sino de tus palabras, las que empezaron con el prometedor título “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica” y que han ocasionado una severa respuesta por parte de un grupo animalista de tu propio partido ante tu apoyo a la experimentación animal mientras no haya una alternativa viable.

Descalificar sin responder

En tu última respuesta en Materia hablas de algunas personas que expresaron ideas divergentes de las tuyas. Por desgracia no encuentro lo que les atribuyes en ninguna de las intervenciones publicadas. Es el problema de no citar fuentes, que bien conoces. Les atribuyes la pretensión de que la ciencia ocupe el espacio de la política, como tecnócratas o científicos locos de película B. Denuncias, concretamente, la posición "de aquellos que, inocentemente, piensan que las soluciones a todos los problemas son científico-técnicas, que los conflictos de intereses no existen o no son legítimos".

Nadie expresó tal idea, ciertamente arrogante a más de inocente, ni mucho menos sugirió quitarle importancia o legitimidad a los conflictos de intereses, ni que "el bienestar de los trabajadores de Monsanto no es una variable a tener en cuenta cuando hablamos de transgénicos". Estos argumentos son hombres de paja: reelaboraciones y reinterpretaciones convenientes de los argumentos añadiendo la lectura de intenciones y posiciones filosóficas de quienes los expresaron, hablando no de lo que se dijo, sino de esa reinterpretación, esa caricatura fácil.

¿Argumentos? Yo comenté que la prohibición de transgénicos que propones tiene más posibilidades de perpetuar, no eliminar, la preeminencia de las grandes empresas que denuncias, imposibilitando la investigación y comercialización de transgénicos producidos por instituciones públicas y universidades. Un profesional del ramo, JM Mulet, mencionó el trigo sin gluten para celíacos resultado del trabajo del CSIC (donde tú investigas) y cómo acabará beneficiando a los consumidores de fuera de la UE pero no llegaría a los europeos bajo la prohibición que propones. De ello no has dicho ni una palabra.

El uso de la argucia retórica de los supuestos, fantasiosos científicos que creen saberlo todo es idéntica a la que suele emplear el relativismo posmodernista, el new age y esa izquierda anticientífica que muchos lamentamos. Presentar a quienes ofrecen datos como "fanáticos de la ciencia" que ciegamente pretenden, en tus palabras, "elevar la ciencia al status de una nueva religión, de una nueva ideología" y que además creen, lo cual ya los colocaría más allá de la estupidez "que nos ahorra la necesidad de hacer política" es retórica de lavabo, y creo que lo sabes. Llegas a sugerir que alguien (que de existir no conocería la historia del pensamiento) cree que la ciencia "no se equivoca casi nunca". No es una posición que vea yo en quienes opinaron. (Aunque, si alguien te ofrece datos sobre comercio de semillas y además cree en esa tontería o en la divinidad de Zeus, lo importante seguirían siendo sus datos.)

Sólo faltó decir, como gusta repetir cierto sacerdote (y cosmólogo) frecuente en las tertulias de la derechona: "La ciencia no puede explicar una poesía"... lo cual es cierto, pero no significa nada. Es tan vacío como decir que la escala de fa menor no explica la síntesis de proteínas.

La cienciofobia suele echar mano de esas argucias y falacias para eludir el debate de los datos, hechos, pruebas y cifras. Caes así en lo mismo que denunciabas en tu primera entrevista. Sin contar con que presentar a los disidentes como necios, extremistas, irracionales, malvados y bobos, es viejo truco, arco reflejo del político que desestima a los ciudadanos disidentes y hace a un lado sus preocupaciones con acusaciones vagas como "su crítica no es productiva".

¿Tecnocracia? No, información

Por si quedara alguna duda, nadie parece proponer que la política la hagan los científicos, ni ninguna forma de tecnocracia cocinada por Saint Simon o sus herederos. No parece una buena idea. Lo que se sugiere, de modo razonable, es que los políticos tomen posiciones con base en los mejores y más fiables datos que tengan a su disposición en cada momento.

Los datos cambian, los científicos son falibles (¡y humanos!) y el conocimiento evoluciona a diario. Eso no exime a los políticos de tenerlos en cuenta al tomar posiciones, y ajustar dichas posiciones conforme cambian. No actuar cuando no había datos sobre el calentamiento global antropogénico pudo ser una buena política entonces. Pero, cuando los datos acumulados indican que hay evidencias sólidas de una fuerte componente antropogénica en el cambio climático, seguir sin hacer nada ya no es una buena política.

El político sólo tiene esos datos, obtenidos con el mejor método que tenemos hoy (con sus defectos, problemas, imprecisiones, inexactitudes, modelos cambiantes, presiones académicas, científicos tramposos y lo que quieras, warts and all) como punto de partida de sus decisiones políticas

Por supuesto que se pueden opinar cosas muy distintas acerca de los conocimientos certeros. Pero no alterar los datos. Nos puede gustar o no que pi sea un número irracional de infinitos decimales, pero no es razonable opinar que vale 2,5 ni determinar democráticamente que vale 3,2 y legislarlo.

Gobernar contra los datos: Lysenko y Tshabalala-Msimang

Alterar o negar los datos (que no son culpa de los científicos que los describen, ni de las teorías que pretenden modelarlos) no es algo que sólo hagan los creacionistas y los posmodernos.

Cuando la opinión o la conveniencia política se ponen por delante de los hechos, el riesgo no es despreciable y pocos ejemplos mejores que el del Trofim Lysenko y la forma en que destrozó el estudio de la genética en la Unión Soviética y liquidó a sus practicantes.

Podrías argumentar, legítimamente, que nadie ha demostrado científicamente de modo incontrovertible que la genética basada en evidencias hubiera evitado las hambrunas de la URSS y China. Pero la pregunta sería ¿cuál era la mejor apuesta? La política implica decidir ante la diversidad de opiniones a partir de las premisas más sólidas posibles. No es asunto de certezas de científicos teocráticos, de filosofía de la ciencia o de devaneos epistemológicos.

Y eso es lo que se te pedía, y reitero: que obtengas los datos. Puedes no cambiar de opinión, pero no vale que sustentes la que tienes en afirmaciones demostrablemente erróneas, cuando hay datos más certeros aquí y ahora, claro que de modo provisional y contingente.

Otro caso que ocasionó una cantidad de muertes desconocida pero que se calcula elevadísima fue el del gobierno de Thabo Mbeki en Sudáfrica, cuya política sobre el SIDA, encabezada por su ministra de sanidad, Manto Thsabalala-Msimang, decidió creer, contra todos los datos, que el VIH-SIDA no requería antirretrovirales para su tratamiento, sino que bastaba consumir remolacha, ajo, limón, cerveza y patatas africanas para curarse. Las políticas de sanidad en Sudáfrica entre 1999 y 2008 fueron un desastre sin paliativos.

Y probablemente la mayoría de los sudafricanos estaban de acuerdo con la máster en salud pública (título que recibió doña Manto de la Universidad de Antwerp, Bélgica). El miedo al SIDA y la desinformación han jugado un papel terrible en la pandemia.

La política no es ciencia, ni viceversa

La política es un juego impreciso de percepciones, deseos, pasiones e intereses que van mucho más allá de tu idea de que termina haciendo "lo que la gente quiera" (y que conduce a lugares donde no es deseable viajar, como las dictaduras de las mayorías). Por ello se habla incluso del arte de la política, como una metáfora útil que expresa las enormes dosis de subjetividad que implican tanto la toma de posiciones ideológicas como las decisiones de los políticos cuando proponen o ejecutan leyes y disposiciones que afectan a toda una sociedad. Por ello también implica servir al bien común con el criterio suficiente como para no limitarse al asambleísmo o la demagogia. La política también requiere audacia y buena fe.

Un último punto abusando de tu paciencia (pero mejor ahora y no cuando estés viajando todas las semanas a Bruselas y aprendiendo los detalles de tu nueva profesión). Quizás ya desesperado al ver cómo tus palabras formaban un súbito tsunami a tu alrededor, alguien te preguntaba si la homeopatía sería aceptable "si la gente la votara", y expresaste de la siguiente manera tu desprecio por el asunto:


La respuesta, Pablo, es no, no es "el problema". Nada es "el problema". Pero los políticos tienen la responsabilidad de atender a todos los problemas, no atender únicamente a su percepción de cuál es "el problema".

Los problemas son muchos. La anticiencia, que primero denunciabas para luego satanizar a algunos adoptando su discurso más facilón, es uno de los problemas. Y los problemas, en política, no se pueden aislar como en un laboratorio para dejar una sola variable en acción controlando las demás. Están interrelacionados. Que la gente crea que el agua azucarada es medicina se relaciona con su rechazo a la medicina, su suspicacia ante la ciencia, creencias de salud perjudiciales e, incluso, desinterés cuando un gobierno le mete un hachazo brutal a los presupuestos de investigación científica, cortando a la mitad proyectos prometedores y echando del país a investigadores que tú y yo conocemos, igual físicos que inmunólogos y demás. Parte de ello redundará en una transferencia de recursos a otros países que incide también en la pobreza.

No hay un solo problema y no hay una sola solución. El simplismo no es una aproximación política deseable. Aunque sea cómodo. Es razonable que dediques más atención a los problemas más sensibles y grandes, pero ello no justifica despreciar los demás.

Por último, la sorpresa que te ha producido lo acontecido en los últimos dos días, me sugiere que quizás no habías pensado que serías visto como político y sometido al mismo escrutinio que ejercemos sobre los demás. La ilusión de unanimidad que puedan haber tenido en Podemos, reforzada por unos resultados electorales sorprendentes, oscureció quizá esta consideración. Espero que pronto comprendas que los ciudadanos no te van a tener más consideraciones que a Rita Barberá, a Gaspar Llamazares o a Beatriz Talegón. Tú representas a los ciudadanos, te pagan, la responsabilidad es tuya y ellos no suelen considerar (y con razón) que tengan responsabilidades hacia ti.

Bienvenido a la política.

11.5.14

La masonería, ¡qué miedo!... o no

¿Qué opina de la masonería? ¿Cree que hay algo de verdad en las teorías conspiratorias de la historia sobre ella o son simple mito?

El "Gran Arquitecto del Universo", la imagen
de la deidad que desarrolló la masonería en
sustitución de la deidad cristiana.
La masonería fue una buena idea en el siglo XVII-XIX, hoy es un anacronismo curioso pero poco relevante porque hoy en día no es necesario esconderse en un sótano y tener un santo y seña para un grupo que discuta cualquier cosa, desde la revolución comunista estilo Mao hasta la reconstrucción del Tercer Reich, la necesidad de igualdad de oportunidades y derechos para la mujer o la exigencia de sumisión de la mujer... hoy se puede hablar de política, atacar al rey, al cardenal y al presidente, sugerir opciones de organización social, política y económica, hacer el orgullo gay e incluso promover la homofobia al estilo Intereconomía. Es decir, el pensamiento ilustrado nos dio la libertad de expresión de las ideas.

En las sociedades donde hay libre expresión de las ideas, una sociedad secreta para hablar libremente es un poco idiota. Y de hecho conozco a algunos masones a los que esto les duele mucho, por cierto. Cualquier mutualidad, fraternidad, hermandad, sindicato, organización gremial o colegio, por otra parte, cumple hoy además la otra función que tuvo la masonería: la de ayudar a sus miembros cuando se metían en líos principalmente por motivos políticos.

La masonería fue el centro de la política burguesa de la ilustración. Pero no por nada siniestro o esotérico. El motivo es que era en las logias masónicas donde se podía hablar libremente de ideas que no resultaban muy simpáticas para las cabezas coronadas, las sotanas y las aristocracias parásitas de la época. Los masones se consideraban libres, y defendían el libre pensamiento y la libre opinión, así que no es extraño que participaran en los principales movimientos sociales y políticos de la época como la revolución francesa, los procesos independentistas americanos. El 25% de los miembros de la asamblea francesa resultado de la revolución eran masones. Los independentistas en toda América eran en general masones. Vamos, que cualquier amante de la libertad de hoy en día habría sido masón, lógicamente, de haber vivido en el XVIII-XIX.

Mozart en su logia masónica.
Las teorías conspiratorias se basan esencialmente en la ignorancia popular acerca de la relevancia que tuvo la masonería. Cuando se derrumbó la monarquía francesa, cuando los pueblos americanos ya eran independientes, desapareció la necesidad del secreto (o "discreción", palabra que les gusta más) de los masones. Por supuesto, los promotores de la contrailustración, los defensores de monarcas, aristocracias y la obediencia ciega a la iglesia necesitaban demostrar que la Revolución Francesa era ilegítima, que "la gente" en realidad no la quería sino que le fue impuesta por una horrenda conspiración. Así, Barruel, Robinson y otros le atribuyeron la conspiración a los masones y a otra sociedad secreta a la que, como no podía defenderse por no existir, le podían atribuir todos los horrores imaginarios, los Illuminati, que habían existido apenas de 1776 a 1785 (cuatro años antes de la Revolución Francesa).

En México, por citar un caso que conozco, los partidos políticos que se disputaron el poder inmediatamente después de la independencia eran los yorkinos y los escoceses. No había ningún "secreto". Los escoceses (miembros del rito masónico escocés) eran conservadores –había entre ellos hasta algún virrey español en México– y los yorkinos (del rito de York, obvio) eran liberales. El primer presidente de México, un personaje maravilloso, Guadalupe Victoria, y buena parte de su gabinete eran yorkinos. Los periódicos de la época, los libros de la época, los discursos de la época, hablaban abiertamente de yorkinos y escoceses como hoy se habla de socialdemócratas y democristianos.

En Estados Unidos y en todos los países latinoamericanos, las logias masónicas eran la base de los partidos políticos, y a nadie le parecía raro ni reseñable. Usaban sus símbolos como todo el mundo (hasta el Club de Mickey Mouse) y trabajaban abiertamente. Lo asombroso es que ahora eso se venda como si hubiera sido un complot secreto que viene a descubrir algún paranoico que se come los bigotes y ve conspiraciones hasta en la forma de los tomates.

Gran sala masónica de Londres
A fines del XIX las logias ya no sirven a esa función, la libertad política y las nuevas ideas como el socialismo marxista, el anarquismo, el desarrollo del liberalismo económico y social, hacen que se vayan diluyendo porque la gente puede y quiere participar en política sin necesidad de pertenecer a las logias masónicas. Puede haber tradiciones (por ejemplo, hay logias que nombran Gran Maestro a cualquiera que sea presidente de ciertos países latinoamericanos, pero esto tiene tanto significado como que Juan Pablo II fuera miembro de honor de la Academia Chilena de la Lengua correspondiente de la Española –que lo fue), pero no son sustantivas. La consolidación de la revolución industrial cargó con la masonería, su ingenuidad y su relevancia. La tradición de los grupos gremiales que dio origen a la masonería se vio sustituida por las organizaciones de trabajadores, de obreros asalariados de una nueva clase: los sindicatos.

Llega el siglo XX y los nuevos totalitarismos (y los chifladitos) necesitan un enemigo a modo, y se les ocurre que la masonería es un buen fantasma, considerando que ya le sirvió a otros reaccionarios como Berruel. Cierto que en España las logias seguían teniendo participación política, pero no sirviendo a algunos intereses oscuros masónicos, sino siguiendo sus diversas inspiraciones políticas: unos centralistas y otros federalistas, unos liberales y otros conservadores... como en todo el mundo. Para el fascismo, que es rescoldo del pensamiento antiilustración (hasta la fecha), fue fácil amalgamar en su imaginario demagógico a la masonería con el comunismo (y luego con el judaísmo, en un ejercicio de contradicciones que nunca se justificó de modo medianamente plausible).

En la segunda mitad del siglo XX, acabadas las guerras y al menos temporalmente derrotado el fascismo brutal e irracional, otros grupos se ven necesitados de un chivo expiatorio para sus propias demagogias, y la masonería ofrece enormes ventajas para crear una cacería de brujas conspiranoica sin mucho riesgo: a) para entonces el común de la gente no tiene idea de qué es la masonería, porque ya hace algunas generaciones que perdió relevancia en la vida pública, así que se puede contar cualquier milonga sobre la masonería y la gente se lo tragará, b) la masonería está tan debilitada que no puede hacer nada (absolutamente nada) para defenderse (ya esto por sí mismo debería ser indicativo de su irrelevancia y su incapacidad de seguir influyendo en el curso de los acontecimientos) y c) la huella de la masonería en el pensamiento ilustrado del siglo XVIII y las luchas políticas del XIX es demostrablemente lo bastante profunda como para presentarlos como una realidad merecedora de temor.

Entonces "la masonería" o "lo masónico" se convierte en una palabra milusos que mezcla bien con cualquier bebida conspiranoica: illuminati, reptilianos, nuevo orden mundial, comunismo, ovnis nazis, helicópteros negros, anarquistas, Skull and Bones, antisistema, Bilderberg, etc., etc.

Y ya. Sigue habiendo logias masónicas y en ellas puede haber personas poderosas, muchas veces por tradición familiar, pero esto no significa que el pensamiento o mecanismos internos de las logias dicte la forma en que se ejerce el poder. La realidad ha rebasado a la masonería yo creo que de modo irreparable porque es un anacronismo, una forma de organización que respondió a un momento histórico y a un espacio geográfico bastante delimitados. A su vez, como herramienta del pensamiento ilustrado, ya rebasó en general a sus primeros adversarios, los defensores de la monarquía y el derecho divino a gobernar por virtud de la herencia. Salvo excepciones, el poder de los monarcas está acotadísimo si lo comparamos con lo que era apenas en 1789, por ejemplo, del mismo modo en que nadie se plantea en serio ser "emperador de la Argentina" o "rey de Estados Unidos", salvo algunos chifladitos que sirven para entretenerse pero cuyas posibilidades reales son como las que tiene Keith Richards de ganar un Premio Nobel de Física.

11.4.14

El nacionalismo como enemigo

Me preguntan con frecuencia sobre el nacionalismo, especialmente sobre los nacionalismos más estridentes en España, el vasco y el catalán (el nacionalismo español es aún más estridente, pero sobre ése casi no me preguntan), y por el nacionalismo mexicano, tan frecuentemente expresado en la forma de patrioterismo y xenofobia, y por qué creo que el nacionalismo es de derecha por definición.



El nacionalismo es una forma del gregarismo humano, que es a su vez un sentimiento indispensable para sobrevivir. Individualmente, el entorno nos puede comer con facilidad, matarnos de frío, anularnos. Solos somos débiles, vulnerables, primates temerosos salvo muy contadas excepciones. Históricamente, el ser humano sólo se entiende en grupo: caza en grupo, defiende a sus crías en grupo, decide en grupo y acumula y transmite conocimiento en grupo.

El problema es que esa conciencia de nuestro grupo, de "nosotros", implica con frecuencia como elemento definitorio a "ellos", "los otros", la tribu de aquel lado del río, el reino de junto, la gente del otro edificio, los individuos de color desusado, los que vienen de detrás de las montañas, los que le rezan a dioses sospechosos, los que hablan raro, etc. Facilita la definición de nuestro grupo por exclusión, por lo que queda fuera: "nosotros" somos los que no son "los otros".

Este tribalismo es comprensible a ciertos niveles, inevitable a veces, pero lamentable cuando va más allá del chiste, el júbilo deportivo o la pasión por la música y los disfraces (perdón, trajes regionales) de nuestra infancia o juventud y se convierte en motivo de acción política excluyente y de odio en nombre de un trapo (digo, una bandera), una canción militar mala (digo, el himno nacional) y un orgullo definido porque ellos hablan raro y además creen que hablamos raro (digo, el orgullo del idioma nacional).

Pero como tantas tonterías del pasado, estorba.

Todos experimentamos ese gregarismo porque es una forma cálida de la lírica: los héroes del pasado soñaron un futuro mejor para nosotros sin conocernos; somos agradecidos porque nuestra tribu no nos mató al nacer y nos dio idioma, educación, forma de ser; nos guste o no nuestra cultura es bastante definitoria, al menos como punto de partida para buscar el cosmopolitismo o la universalidad.

Carl Sagan con la sonda
marciana Viking.
(Foto DP de la Nasa,
vía Wikimedia Commons)
Carl Sagan decía (si mal no recuerdo) que el avance del hombre había ido a la par del avance de la familia al clan, a la tropa, a la tribu, a la ciudad estado, a las uniones regionales, al estado nacional, a las federaciones supranacionales (como la UE)... es decir, el progreso forma un continuo en el que la idea de "nosotros" va ampliándose y al ampliarse nos fortalece en lugar de debilitarnos como creen los tribalistas que siguen temiendo que los recursos escaseen por compartir con los otros. Es por tanto dable pensar que si es mejor ser pueblo que tribus, si nos resulta más beneficioso ser nación que ser pueblos aislados, lo ideal es intentar avanzar hacia un "nosotros" que incluya a los siete mil millones de seres humanos que habitamos este planeta.

Sí, en un pasado lejano o en condiciones extremas, es posible que el usufructo de recursos de "los otros" nos pusiera en peligro de hambruna, de ser devorados por depredadores, de perder cobijo y morir de frío, y esto fortalecía al gregarismo. Y si bien es parte de nosotros mismos, culturalmente nuestra obligación es evitar que sobrepase ciertos límites, como lo hacemos con otras partes de nosotros mismos, como la tendencia a la violencia o el miedo irracional. Está muy bien tener un equipo de fútbol y desear que gane y venza a "los otros" y gritar un gol y saltar como monos de película cuando ganamos una copa o algún otro símbolo sin valor intrínseco y que realmente no nos da nada a nosotros... pero esto no debe implicar también romperle la crisma a los otros, a los partidarios del equipo vencido, matarlos o violar a sus mujeres y comernos a sus hijos.

Ese cambio es la civilización, la revolución en la evolución que iniciaron especies anteriores a la nuestra. Por ello nuestra sociedad no sólo es de recursos materiales. Es fundamentalmente de conocimiento, sin el cual no podemos operar efectivamente sobre los recursos (minería, agricultura, transporte).

El conocimiento tiene dos características singulares que no estaban en el guión original de la vida. Primero que nada que, a diferencia de las manzanas, el sílex o los autos deportivos, el conocimiento se multiplica al compartirlo. Y, segundo, el conocimiento multiplica los satisfactores: con mejor conocimiento, el número de zapatos y los kilos de arroz, los hectolitros de agua potable y los archivos MP3 son mayores que en estado de ignorancia y mientras más gente tenga conocimiento, más multiplicará los satisfactores, y encontrará nuevas y mejores formas de obtenerlos.

Pero en tiempos de crisis, la idea tribal resurge con fuerza porque es la más fácil coartada para el demagogo. Si faltan satisfactores (comida, crédito, empleo, escuela) buscamos culpables, buscamos a "los otros" responsables de nuestra desgracia. Y resurge el peor rostro del tribalismo primigenio: los inmigrantes nos quitan el trabajo, los vecinos se aprovechan de nosotros, el otro nos roba, los políticos se confabulan contra nosotros (todo esto puede tener alguna dosis de verdad, pero no es la verdad completa ni mucho menos), la culpa de todo la tienen los alemanes (rusos, estadounidenses, franceses, chinos, urdus)... estaríamos mejor decidiendo por nosotros mismos y sin pensar en ellos qué queremos hacer (entendido ese "nosotros" como otra construcción tan arbitraria como cualquier otra). Si nos separamos de ellos (o los matamos, o los expulsamos, o los esclavizamos) todo se resolverá.

(El nacionalismo nunca ha sido una solución, siempre ha sido un problema, por cierto.)

Y éste es el discurso más propio de la derecha, el más básico, el más brutal. El de Hitler en la Alemania arruinada por el Tratado de Versalles que condena como culpables de sus males a todos los "otros", los de adentro (discapacitados, comunistas, homosexuales, miembros de religiones desusadas, judíos) y los de afuera (polacos, checos, franceses, ingleses). El discurso de los neonazis griegos machacando inmigrantes y golpeando a políticos con toda impunidad. El de los políticos del PP que excluyen a los inmigrantes de "nuestra" sanidad como si ello realmente significara más aspirinas para todos (cuando lo demostrable es precisamente lo contrario, se pone en peligro la salud de todos, inmigrantes o "cristianos viejos"). El de los militantes del 15M que hacen un movimiento de "todos" excepto una lista impresionantemente larga y diversa de personas y colectivos (militantes de partidos tradicionales, disidentes, empresarios, políticos, pensadores independientes, etc.) donde los de afuera acabaron siendo más que los "todos" de adentro.

¿Izquierda nacionalista?

Si el progreso se beneficia de la unión de más grupos humanos formando colectivos más amplios, más diversos y por ende más fuertes, lo mismo se puede decir del esfuerzo político por conseguir una sociedad más igualitaria.

El sindicato es la forma que han encontrado los trabajadores de no negociar inevitablemente desde una posición de debilidad, por ejemplo. Un trabajador sentado ante el representante de Recursos Humanos de una empresa (incluso la empresa más consciente, noble y justa que podamos imaginar) es infinitamente más débil que un representante de 250 trabajadores, que es fuerte y puede negociar.

Y una federación de sindicatos es más fuerte que los sindicatos solos.

La democracia es la fuerza de los números, ni más ni menos.

La izquierda ha planteado precisamente que las subdivisiones entre seres humanos son arbitrarias, empobrecedoras, injustas y debilitantes (y la ciencia poco a poco va validando esta idea: no hay razas, no hay "estirpes superiores", no hay inferioridad por nacionalidad, origen étnico, género, preferencias sexuales, religión y etcétera). Todos los seres humanos son diferentes pero iguales, todos merecen los mismos derechos, las mismas oportunidades y las mismas libertades incluso pese a las desigualdades que inevitablemente van a surgir, por méritos, por vocaciones o por cualquier otro motivo. La izquierda rechaza los privilegios hereditarios, las monarquías y los esquemas nobiliarios.

Inevitablemente, entonces, la izquierda es internacionalista, porque su solidaridad y convicciones no se detienen en las fronteras y entiende que las diferencias entre las naciones son accidentales (como la cultura o el idioma) o producto de injusticias que deben solventarse.

El nacionalismo, sin embargo, parte necesariamente de la base de que los valores propios son intrínsecamente superiores, mejores, preferibles, más bonitos que otros, y merecen un trato de privilegio mientras que los valores del otro son menores, despreciables y malévolos. El nacionalismo implica creer que el que nace de aquel lado de una línea arbitraria e imaginaria trazada sobre la tierra no merece lo mismo que los que nacen de este lado, que merecen privilegios especiales porque son de "nuestra" nación, y que no deben tomar en cuenta a "ellos", a "los otros" en sus decisiones y accionar porque son "extranjeros", de otra nación, adversarios y competidores.

Que una persona pueda mantener al mismo tiempo una posición de izquierda y llamarse nacionalista me parece una disonancia cognitiva de primer orden, cuando menos.

Al final, y atengámonos a los ejemplos que podemos ver en la historia y en lo cotidiano, esa supuesta "izquierda nacionalista" siempre termina apropiándose de todo el imaginario xenofóbico so pretexto de la "autodeterminación de los pueblos" (con una raya en el agua decidiendo, por alguna característica arbitraria como si se habla o no de cierta manera, dónde termina "su" pueblo y dónde comienza "el otro" odiado pueblo, que ya se puede morir de hambre si quiere). Es una izquierda que sí, busca un mejor futuro, quizá incluso con una economía más o menos socializada, un estado de bienestar, una sociedad justa y justiciera, pero sólo para los que tengan la suerte de quedar de este lado de la raya... cosa que parece lo contrario al solidarismo, el internacionalismo y la justicia que deberían caracterizar a la izquierda.

Los trabajadores y los progresistas divididos por fronteras y enfrentados por banderas tienen menos probabilidades de hacer efectivas sus reivindicaciones que si luchan unidos.

Independentismo y nacionalismo

En el caso de España, ante el secuestro de la nación y su necesaria simbología por parte de los vencedores de la Guerra Civil, que identificaron al nacionalismo español con el fascismo, el refugio natural del gregarismo fue la provincia o la comunidad autónoma, formando nacionalismos menos numerosos pero igualmente capaces de rechazar lo ajeno como inferior, y por ello igualmente lamentables. Aunque decir que el facha de "Viva España" y el pretenso izquierdista de "Visca Cataluny" o "Gora Euskadi" o "Asturies ye nación" son indistinguibles es políticamente muy incorrecto.

Pero incluso ese nacionalismo no justifica el independentismo, que es un asunto diferente. El independentismo es una reacción natural cuando existe una situación objetiva en la que un grupo (nacional, lingüístico, religioso, regional) está sometido a una dependencia política, opresión y control respecto de otro, en cuyas instancias de gobierno no tiene representatividad y donde generalmente hay una transferencia de recursos unívoca del colonizado al colonizador.

Obviamente, cuando los habitantes de una nación están siendo objetivamente oprimidos, la independencia es un deber y es defensible.

El problema es cuando el nacionalismo se inventa una situación colonial sin que se den las condiciones objetivas de la misma, sustentada en un discurso propagandístico de confusión de conceptos para justificar una lucha basada en la subjetividad nacionalista excluyente, de desprecio y odio al otro.

Pero ninguna población de la Europa opulenta está en la situación, digamos, de América Latina, África o el Sudeste asiático en sus épocas coloniales, o de los kurdos en Iraq, o que los armenios en la Turquía de 1915.

Los catalanes independentistas pueden aducir motivos económicos fácilmente rebatibles, pero el tema de su independentismo es principalmente de nacionalismos, de "yo no soy como mi vecino del otro lado de esta raya imaginaria donde acaba Cataluña" y del establecimiento de su "nosotros" en función de un "ellos" despreciable, malévolo, abusón, injusto, feo, vulgar y tonto. Y la promesa demagógica de que sin el lastre de los 40 millones de malvados españoles, podremos brillar de modo rico, bondadoso, amable, justo, guapo, elitista e inteligente, que es como realmente somos "nosotros". Y habrá ríos de leche y miel, y nuestros hijos serán más bonitos y no habrá criminalidad y nuestra economía florecerá por siempre jamás.

Lo cual no es cierto.

Hace un año di una charla en Barcelona y luego pasé una larga cena y toda la noche conversando con un grupo de lo más diverso: un líder del Partido Pirata, un par de marxistas leninistas modelo 1917 en el paquete sin abrir, nacionalistas catalanes de izquierda y otras buenas, buenas personas, aclaro. Cuando me hablaron de las naciones catalanas, me atreví a preguntar si el proyecto era que Girona, Lleida, Tarragona y Barcelona formaran cuatro países independientes. Me miraron sorprendidos. No, explicaron, por supuesto que no, la identidad catalana se debe mantener, no se puede romper Cataluña, eso de hacer cuatro países (o seis, hay versiones contradictorias) sería absurdo, debilitaría a Cataluña y no le convendría a nadie. Insistí: ¿qué pasaría si los tarraconenses pidieran una consulta para escindirse de Cataluña? Me dijeron que no podía pasar.

Como es gente inteligente entendieron que se habían pillado los dedos en la ratonera y creo que pasamos a hablar de rock.

Creo que quien, a partir del estado nacional, quiera volver a un colectivo más pequeño es forzosamente reaccionario, está en pugna con todos los que no pertenecemos a lo que concibe como su cultura/raza/idioma/religión superior y acaba siendo enemigo de la fuerza colectiva, sirviendo a quien prefiere vernos divididos.

"Calle sin odio" en Antwerp, Bélgica, como parte
de una campaña antixenófoba en 2006.
(Foto D.P. Wasily vía Wikimedia Commons)
Antinacionalismo

Ser enemigo de los mitos nacionalistas no implica buscar anular las identidades y pluralidad de los grupos humanos. Sería una tarea titánica. Pero sí se puede promover la integración de las distintas identidades en una identidad superior, sumar en vez de sustituir. El antinacionalismo no exige que nadie deje de sentirse como se siente, sólo busca que esa identidad básica se amplíe generosamente lo más posible: soy vasco o asturiano o gallego como punto de partida, pero soy español pero soy europeo pero soy humano. Y, de paso, lo mejor de todas las culturas me pertenece. No me puedo excluir de la pintura francesa por no ser francés, ni del blues del Mississippi por no ser estadounidense, negro y del sur.

Si Tsiolkovsky dijo, para argumentar en favor de los viajes espaciales, que la Tierra era la cuna del ser humano, pero el hombre no puede vivir para siempre en la cuna, lo mismo se puede decir de los regionalismos y los nacionalismos. Uno nace en su familia, su barrio, su población, su región y su nación. Pero no puede, ni debe, ni le conviene en justicia como individuo y como parte de una sociedad, quedarse allí para siempre.

La nación se basa precisamente en convicciones como "yo pertenezco aquí - yo no pertenezco allá - ellos pertenecen allá - ellos no pertenecen aquí". El antinacionalismo tiende a la destrucción de los estados nacionales en favor de una visión federal global. Yo pertenezco aquí y también en todo el mundo. No soy extranjero en ningún lugar y no veo a nadie como extranjero.

El nacionalismo es una de las más notables formas de la estupidez individual y colectiva, y la historia lo demuestra reiteradamente. Por eso me merece exactamente tan poco respeto como las religiones... finalmente porque en cierto modo es una forma de religión. Progresar hacia un mundo más justo, más equitativo y más libre exige no sólo luchar por la desaparición de los estados nacionales, sino la educación en la identidad esencial de todos los seres humanos, donde el hambre de otro valga tanto como la de uno mismo. Vamos, lo que ya dijo John Donne en el siglo XVII: "La muerte de cada hombre me disminuye porque estoy implicado en la humanidad" (any man's death diminishes me, because I am involved in mankind).

8.3.14

Sofía Trejo Pineda, mujer trabajadora

Sofía Trejo Pineda hacia 1960.
Mi abuela no era feminista. Creo que nunca escuchó la palabra "feminismo" y no la hubiera entendido mucho (aunque los hippies le caían bien en los 70) o habría pensado que era cosa de otra realidad y otro mundo. Tampoco conoció Internet y, por supuesto, su nombre sólo aparece en la red porque alguno de mis primos lo anotó en un sitio de genealogía, pero sin más datos que su nombre y su pesada maternidad de 12 hijos de los que, como se decía en esos tiempos de incertidumbre médica, "le vivieron" 11.

La primera vez que tuve una responsabilidad de trabajo fue a los 7 u 8 años, en la sedería "La Princesa", situada en el centro mismo de la Ciudad de México, en Bolívar casi esquina con Mesones, entre el olor de las máscaras de cartón y fuerte pegamento que representaban al diablo, a Cantinflas o al Pato Donald. Ahí despachaba metros de listón, botones, canicas para los niños y otras curiosidades de la panoplia abigarrada que ocupaba el pequeño mostrador de vidrio y madera pintada de verde, la estantería de la izquierda (vista desde nuestro parapeto tras el mostrador, pequeñísimos comerciantes), el teléfono público de monedas de veinte centavos de cobre y las dos vitrinas del mismo color verde pistache apagado que colgaba en la puerta todas las mañanas mi tío Miguel para aumentar el reclamo de colores y brillos hacia el oscuro interior del diminuto establecimiento. Comíamos de la fiambrera que se llevaba para mi abuela, mi tío y el nieto o los nietos que tuviéramos la divertida suerte de estar allí ese día. Muchos pasamos por allí. Somos muchos, más de 30, los nietos de la dueña de la sedería, que nació Sofía Trejo Pineda, después fue Sofía Trejo de Huerta y, desde la muerte de mi abuelo el 6 de enero de 1930, Sofía Trejo viuda de Huerta.

En alguno de estos locales (probablemente el que tiene enfrente un letrero azul  o uno de los dos
siguientes, de muro amarillo) de la calle de Bolívar, a tres calles de la cantina "El Gallo de Oro",
estuvo la sedería "La Princesa" de Sofía Trejo viuda de Huerta, mujer trabajadora. (Google Earth)
Mi abuelo había llegado a México como tantos asturianos echados de su tierra porque no cabían todos. Cualquier tierra que poseyera la familia era para el primogénito y, a los demás, llegado el momento, se les daba un traje, un poco de dinero y un pasaje en un vapor a Cuba, Venezuela, Argentina o México. Así, Fernando Huerta Turanzas bajó de las montañas donde se encuentra Palacio de Ardisana, en Llanes, Asturias, para embarcarse hacia Veracruz, a saber en qué puerto. Me gusta creer que se embarcó en Gijón porque es la ciudad en la que vivo hace 15 años. Documentos hay pocos de aquel entonces, 1890, poco más o menos, sobre todo porque entre entonces y hoy hubo una terrible guerra civil. La partida de nacimiento de mi abuelo, sin embargo, sí que sobrevivió en la parroquia de su pueblo.

Fernando Huerta Turanzas
Fernando trabajó como trabajan los inmigrantes en todo el mundo: muy duro, mucho, muchas horas de muchos días a la semana. Logró convertirse en Don Fernando y reunir una pequeña fortuna, y decidió entonces casarse con la joven hija de sus vecinos, Sofía Trejo Pineda, de 15 años de edad que, se cuenta, cuando se enteró de que la iban a casar con el bigotudo español de 40 años de edad se puso a llorar y, para que se calmara, le sacaron una silla al corredor del patio y le dieron a leer unos cuentos de Calleja que disfrutaba mucho.

Vivieron bien, se cuenta. Don Fernando había sido tesorero fundador del Centro Asturiano de México (que ahí sigue) y hay fotos de las hijas mayores de la pareja disfrutando la fiesta de la virgen de Covadonga en los terrenos del centro. Tenía una cantina de postín en el centro de la ciudad, "El Gallo de Oro", y un negocio de importaciones de productos españoles.

"El Gallo de Oro", la cantina regenteada por Fernando Huerta Turanzas en Bolívar y Venustiano Carranza, Ciudad de México, en la actualidad. (Google Earth)
Pero al morir súbitamente a los 60 años Don Fernando, los socios, amigos y demás personajes a su alrededor se ocuparon de llevarse hasta la pelusa de las alfombras. Con entre 35 y 40 años, Sofía Trejo, la sorprendida viuda, se encontró con que por no tener no tenía ni en qué caerse muerta y por tener tenía 11 bocas que alimentar, que con su 50% de genética asturiana básicamente eran de buen y mucho comer. No tenía tampoco idea alguna de los negocios de Don Fernando, ni cuánto tenía ni dónde, ni si había cuentas bancarias, guardaditos de monedas de oro, empresas, establecimientos, inversiones en México o en Estados Unidos o cualquier otra cosa que pudiera haber tenido... lo cual facilitó que a la familia la desplumaran con asombrosa eficacia.

Las niñas que estudiaban para "señoras de" en alguna escuela de monjas fueron rápidamente trasladadas a academias donde aprendieron mecanografía, taquigrafía y habilidades similares para los trabajos que antes de la Segunda Guerra Mundial eran los únicos a los que podía aspirar la mayoría de las mujeres. Los cuatro hijos varones se pusieron a trabajar, también. Pero no alcanzaba. Varias eran demasiado pequeñas para trabajar y los tiempos no eran del todo buenos.

Doña Sofía, de luto permanente hasta casi el último día de su vida, se arremangó la blusa y se puso a trabajar. ¿Qué sabía hacer? Tener hijos y atender visitantes. ¿Cuánto sabía de negocios y de la vida real fuera de la confortable casa de su bien situado señor? Nada. Aprendería.

Recuerdo una película de 8mm tomada por mi padre, y la recuerdo vivamente y sorprendido porque es de unas vacaciones en Acapulco cuando yo tendría 3 años y mi abuela nos había acompañado. En la filmación casera aparece con un vestido blanco de grandes flores rojas. La única vez que no la vi de luto, de negro con, cuando mucho, alguna blusa blanca.

Doña Sofía se puso a trabajar. ¿En qué? Los datos son confusos, pero para cuando yo atendía a los clientes de la sedería, llevaba más de 30 años trabajando duro. Tenía los sesentaytantos que se tenían en la década de 1960, es decir, una edad de achaques, cabello blanco, problemas de articulaciones, digestión complicada... nada que ver con sexagenarios como Bruce Springsteen o Mick Jagger o Jane Seymour o casi cualquiera de 60 que usted conozca hoy y que tenga la triple bendición de la medicina moderna, una nutrición más razonable y el rock como motor para seguir navegando.

Doña Sofía no tenía nada de eso. Pero era fuerte. No se le había ocurrido buscarse otro bigotón que se ocupara de su vasta prole porque al final le había gustado el primer bigotón pese a las condiciones de su enlace (comunes en la primera década del siglo XX), ni pensó en entregar a los niños a la caridad pública o monjil, ni plantarse en la calle con cara compungida estirando la mano para depender de la caridad de los peatones. Había que sacar adelante una familia, pues se saca adelante, sin derrumbarse en angustias existenciales propias de filósofo bien alimentado.

Sofía Trejo y los 11 hijos a los que sacó adelante.
Sofía, mi abuela, la sacó adelante. Mucho le habría beneficiado contar con el apoyo de otras muchas mujeres como las que hoy celebran el Día Internacional de la Mujer, saber que estaba poniendo el ejemplo de lo que luego se iba a llamar feminismo, contar con algún sustento ideológico para las noches en que el trabajo terminaba con dolor de pies y un largo camino a casa, pensar que años después habría tenido los derechos que su tiempo y circunstancia le negaron, y de entre los cuales pudo rescatar apenas algunos, ninguno sin pagar el precio.

El día que llegamos a la Luna (sí, todos), varios nietos estábamos en casa de mi abuela. Nos atraía poderosamente, le sobraba cariño, fuerza, comprensión, historias, sonrisas. Tendría más de 70 años. No sé cuántos éramos, pero algunos, ya adolescentes, estábamos sentados en el suelo, en unos cojines de terciopelo brocado rojos de un lado y verdes del otro en los que, cuando niños, habíamos escuchado los cuentos que nos contaba. Mientras esperábamos a que en la borrosa imagen en blanco y negro se viera a Neil Armstrong salir y bajar a la Luna, mi abuela nos contaba desde su silla cuando muy niña, muy niña, vio llegar los primeros automóviles a la Ciudad de México, el miedo que le daban a la gente con sus ruidos, su velocidad y sus humos. Y ahora estaba viendo al hombre llegar a la Luna. Le divertía y le satisfacía.


Doña Sofía era medio de izquierda sin saberlo. Medio rebelde sin haberlo podido expresar en voz alta. Apoyaba todo lo que sonaba a mejoría respecto de lo que había vivido. Y un día a los ochenta y tantos, después de comer, subió a su habitación para dormir una siesta y ya luego ver alguna telenovela, el noticiero, cenar, recibir del trabajo a la hija que vivía con ella (casi todas sus hijas, claro, trabajaron siempre y duro, unas más pobres que otras, pero todas ajustadas al ejemplo de Sofía, arremangándose porque si hay que remar no se piensa en remar, sino que se rema). La siesta se prolongó hasta siempre. Murió en su sueño. Y al menos ésa es una muerte justa y noble para alguien así.

Mi abuela es cada día más sabia. Recuerdo con frecuencia las cosas que decía, los consejos, la visión de una mujer ignorante, bastante zarandeada por la vida, pero que de todo había creado una sabiduría que sobrevive en sus nietos y sus bisnietos.

Doña Sofía no tenía más día para celebrarse que su cumpleaños. Por eso hoy quiero dedicarle este 8 de marzo. Mujer trabajadora madre de mujeres trabajadoras, con nietas trabajadoras y bisnietas trabajadoras que quizá algo aprendieron de lo que ella dejó.