14.6.14

De la censura a la ostentación


Era 1993 y yo llevaba casi cuatro años escribiendo mi columna de opinión "A contracorriente" en la página editorial de Diario de México, propiedad de Federico Bracamontes, un periódico pequeño y poco ostentoso. Inesperadamente, tuve que dejar el periódico debido a que fui objeto de censura por primera vez en mi vida periodística (que ya sumaba 17 años en diversos medios impresos y electrónicos). Y mi salida tuvo que ver con la frase que ve usted eternizada en bronce más arriba.

Durante los primeros tiempos de mi colaboración, no recuerdo cuántos, me dediqué a comentar política internacional, pero pronto el director empezó a pedirme que hablara de política nacional. Le recordé mis artículos en revistas como Jueves de Excélsior o Ahí! y cómo no era yo proclive a perdonar las tonterías del poder, de modo que si el diario me abría las puertas para eso, iban a salir chispas. El director ya me conocía. Por entonces estaba  yo escribiendo 119 entregas de una columna de humor ("Piedritas en el buche") en el diario donde antes él había sido responsable, El Gráfico, vespertino de El Universal, donde además tenía yo una colaboración semanal en la sección cultural que dirigía Paco Taibo I.

Pero insistió, y finalmente empecé a dedicar mi columna semanal a temas nacionales. Y temas no faltaban, desde la iglesia hasta las atrocidades de una justicia torcida por motivos políticos.

Promoción en ruso de la exitosa telenovela
"Los ricos también lloran"
Los ricos lloran, pero no compran

A principios de 1993, el dueño y presidente de Televisa Emilio Azcárraga Milmo, a quien le gustaba que le llamaran "El Tigre", hizo unas declaraciones tremendamente desusadas (no solía dar entrevistas) y según algunos ligeramente achispado por el éxito en Rusia de su telenovela "Los ricos también lloran":
México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. 
Los ricos, como yo, no somos clientes porque los ricos como yo no compran ni madres. 
Nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media popular. La clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o Proceso para ver qué dicen de Televisa… Estos pueden hacer muchas cosas que los diviertan, pero la clase modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene otra manera de vivir o de tener acceso a la distracción más que la televisión.
En resumen, Azcárraga establecía que la pobreza en México era para siempre, y que su resultado, los pobres, eran la fuente de su nada despreciable y siempre creciente fortuna.

Vi la oportunidad de comentar en mi columna los problemas que implicaba tener un monopolio absoluto de la comunicación televisual en un país que luchaba por la democratización, la libre expresión y, a veces, los derechos más elementales. Escribí mi columna (en Word 5, por cierto), la imprimí y la mandé al diario por fax, que era como nos mandábamos documentos antes de que la web se hiciera popular.

Poco después, quizá media hora, recibí una llamada del adusto pero amable subordinado con el que tratábamos directamente los colaboradores. El artículo, me dijo, "no pasaba" (es decir, no era aprobado editorialmente). Comenté que como artículo de opinión firmado era responsabilidad mía exclusivamente, no asunto de decisiones editoriales, y así se había tratado el tema en los más de 180 artículos sobre los más variados temas que había yo escrito en el diario. El hombre, al que recuerdo canoso y delgadísimo, me explicó que el periódico tenía algunos lucrativos tratos comerciales con Televisa y que, por tanto, criticar al dueño del emporio de las comunicaciones podía hacerles perder contratos de imprenta y publicidad que resultaban muy necesarios para la supervivencia de la empresa. Le respondí que todo eso era asunto de la empresa y que podía entenderlo pero no compartirlo, yo no era la empresa, era un periodista que intercambiaba un pago misérrimo por la certeza del respeto al ejercicio de su libertad de expresión, según convenio verbal entre caballeros. Sin conmoverse ante mi reclamo voltairiano, me dijo que, como fuera, el artículo "no pasaba" y que mandara otro.

No mandé otro.

Una semana más tarde, aproximadamente a la misma hora, el educado personaje me llamó preocupado porque el artículo de esa semana no había llegado a la hora en que solían recibir mi fax. Le expliqué, cortés pero firmemente, que estaba yo esperando que publicaran mi comentario sobre las palabras de Azcárraga, porque era mi costumbre no escribir un artículo de opinión sino hasta que el medio hubiera publicado el anterior, de modo que en cuanto ellos publicaran el enviado la semana anterior, con gusto remitiría el siguiente.

En 21 años no lo han publicado, así que supongo que ya no volveré a colaborar en Diario de México.

Era la primera, pero no la última vez, que el intento de un director por censurarme acababa en mi ruptura de relaciones con un medio.

En televisión y en radio

En el plató de "Y usted qué opina", con Nino Canún,
discutiendo con la gente de Pro-Vida
Me volvería yo a encontrar con las palabras de Azcárraga en las condiciones más extrañas, en un debate realizado en octubre o noviembre de ese mismo año en el programa de Nino Canún. El curioso tema era el concierto "Girlie Show" de Madonna y era tema porque el grupo integrista y ocasionalmente violento "Comité Nacional Pro-Vida" y su entonces presidente, Jorge Serrano Limón, habían emprendido una absurda campaña para prohibir el concierto porque atentaba contra la moral y "los valores mexicanos", que por alguna causa ese grupúsculo fanático no sólo creía conocer al dedillo, sino que suponía que tenía la obligación de defenderlo contra los malvados de fuera... nacionalismo y fanatismo religioso que son, como todo mundo sabe, una mezcla explosiva.

La historia de ese enfrentamiento donde me di el gusto de sacar de sus casillas a las huestes de Serrano Limón ya la conté en "El retorno de los charlatanes" cuando resumí la historia de Pro-Vida y de su líder, y no la repetiré aquí.

Con estos antecedentes, lo curioso fue que en 1995 fuera yo invitado por Ricardo Rocha, por entonces presidente de Televisa Radio, junto con Mario Méndez Acosta y Mónica Lavín, a crear un programa de divulgación científica dirigido precisamente a esa clase "media popular" (que se llamaría "muy pobre" en cualquier otro país donde no existiera la pobreza extrema o miseria lacerante que aún azota a casi cuatro millones de mexicanos). Como Editorial Televisa era (y es) dueña de la edición mexicana de la revista Muy interesante, Rocha acordó que nos prestarían el nombre a cambio de que le diéramos amplia publicidad a la revista, por entonces la única que en México hacía algo de divulgación científica.

Durante dos años y medio, de lunes a viernes, dos horas todos los días, primero en la emisora XEQ y después en el mascarón de proa del imperio, la XEW, intentamos demostrar que esa gente a la que se refería el dueño de la empresa podía tener a su alcance otra forma de vivir y de ver que aquélla que le ofrecía una televisión concebida para eternizarlos en la miseria. Entrevistamos a un gran número de investigadores, científicos y técnicos mexicanos, demostrando que eran "gente normal" y no signos de interrogación con bata blanca, cubrimos acontecimientos como la muerte de Carl Sagan o el suicidio de la secta ufolátrica Puerta del Cielo y fuimos, de algún modo, los jodidos tras el micrófono, que no es poca cosa según dónde y cómo: una mínima incursión jodida en las filas de los "Soldados del PRI y del presidente", como definió en otra ocasión Azcárraga a su empresa y a él mismo.

Debo reiterar que Ricardo Rocha respetó íntegramente nuestra libertad de expresión, incluso pese a algún dolor de cabeza que le causamos cuando el arzobispado mexicano, entre otros damnificados por nuestros comentarios, le llamaba pidiendo nuestra cabeza y el fin del programa. Pero cuando se acercaba el mundial de fútbol de 1998, nuestro horario se volvió apetitoso para el negocio y la emisión murió para mayor gloria del balompié (sin lograr, sin embargo, que dejara de gustarme el fútbol).

Algún oyente atento, mil gracias, grabó algunas de emisiones como las arriba enlazadas y otras, y las ha ido subiendo a Internet, testimonio de esos alrededor de 300 programas que hicimos convencidos de que la ciencia es asunto de todos, frase en la que siempre he creído.

Hoy me entero de que esa placa que consagra como gracejada o como declaración de política noble, o incluso como desafío, del ya fallecido Emilio Azcárraga (la empresa hoy es de su hijo, tercero del mismo nombre) ha sido convertida en una obra de arte-denuncia pero que muchísimas personas, incluidos ejecutivos y empleados de Televisa, creen que está orgullosamente fijada en sus instalaciones. Lo que hace más de 20 años eran palabras cuya repetición y crítica eran suficientes para censurar a un modesto periodista y causar terror a otro con una brillante carrera en televisión, hoy son irrelevantes, para un lado y para otro, su significado erosionado o asumido, no lo sé, por todos los implicados: la empresa, sus anunciantes, el gobierno al que apoya y sus espectadores. La obra de arte ni siquiera levantó demasiadas ampollas. Pero hoy las palabras de Azcárraga ya no son el secreto en el que se les quiso convertir a posteriori.

¿Se puede sacar alguna lección de esto? No lo sé. Quizás que la lucha por la libre expresión vale la pena, o que a veces damos una importancia enorme a lo que mañana no lo tendrá. O incluso que los serviles ante el poder, por ricos y famosos que sean, a la larga son exhibidos en su pequeñez moral, mientras que los pequeños que sólo tienen como patrimonio su honestidad, que casi los condena a la pobreza, y su compromiso con los lectores, a veces pueden sentirse un poco (sin excesos) orgullosos de haber dicho algún "no" cuando nadie se hubiera enterado de ello y cuando el "sí" era más cómodo y mejor negocio.

2.6.14

Carta abierta a Pablo Echenique-Robba

(Los antecedentes de este comentario se pueden encontrar en la entrevista que le hizo Materia a Pablo Echenique-Robba, físico y eurodiputado electo del nuevo partido Podemos, en un artículo de Fernando Cervera en Naukas comentando dicha entrevista, en los muchos comentarios (que siguen, ya a la deriva) de ese artículo, y en la respuesta de Echenique-Robba en Materia, además de algunos intercambios en Twitter. No es razonable siquiera que intente resumir el debate y siempre hay un riesgo de que al hacerlo haga yo alguna interpretación subjetiva que eche más leña al fuego gratuitamente.)

Trofim Denisovich Lysenko
Estimado Pablo,

Perdonarás que opine sin integrarme a tu partido. Supongo que te pareció muy natural limitar tus comentarios en Naukas a invitarnos a ser parte de Podemos para cambiar su programa, pero no es razonable. Y por otro lado me hiciste una invitación en Twitter.

Quiero comentarte dos cosas, como ciudadano que se dirige a un político con responsabilidades voluntariamente asumidas y obtenidas mediante votos. Primero, en un artículo en Materia hablaste de algunos (no sabemos cuántos) de quienes disienten de ti sin entrar en los argumentos que te ofrecieron, y que fueron todos, me consta, serenos, respetuosos, basados en datos y poniendo a tu alcance conocimientos que tú mismo admites no tener en ciertos temas sobre los cuales has opinado. Segundo, en Twitter hiciste varios señalamientos sobre la democracia, indicando que en tu visión, si la gente vota porque no se apliquen ciertas vacunas o si el estado debe financiar pseudomedicinas, se debe hacer sin más. Como parte de ello está el tuit que reproduzco al final.

Un grave error de cierta parte de la izquierda es la tendencia a valorar algunos fenómenos de modo emocional, despreciando los datos, hechos y cifras que los describen, dándoles una lectura torcida, basada en falsedades, exageraciones, interpretaciones sesgadas y tendenciosas pero convenientes. Pasa con los transgénicos, las vacunas, las pseudomedicinas y la quimiofobia, por ejemplo.

Aclaro que no hablo de tu partido, sino de tus palabras, las que empezaron con el prometedor título “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica” y que han ocasionado una severa respuesta por parte de un grupo animalista de tu propio partido ante tu apoyo a la experimentación animal mientras no haya una alternativa viable.

Descalificar sin responder

En tu última respuesta en Materia hablas de algunas personas que expresaron ideas divergentes de las tuyas. Por desgracia no encuentro lo que les atribuyes en ninguna de las intervenciones publicadas. Es el problema de no citar fuentes, que bien conoces. Les atribuyes la pretensión de que la ciencia ocupe el espacio de la política, como tecnócratas o científicos locos de película B. Denuncias, concretamente, la posición "de aquellos que, inocentemente, piensan que las soluciones a todos los problemas son científico-técnicas, que los conflictos de intereses no existen o no son legítimos".

Nadie expresó tal idea, ciertamente arrogante a más de inocente, ni mucho menos sugirió quitarle importancia o legitimidad a los conflictos de intereses, ni que "el bienestar de los trabajadores de Monsanto no es una variable a tener en cuenta cuando hablamos de transgénicos". Estos argumentos son hombres de paja: reelaboraciones y reinterpretaciones convenientes de los argumentos añadiendo la lectura de intenciones y posiciones filosóficas de quienes los expresaron, hablando no de lo que se dijo, sino de esa reinterpretación, esa caricatura fácil.

¿Argumentos? Yo comenté que la prohibición de transgénicos que propones tiene más posibilidades de perpetuar, no eliminar, la preeminencia de las grandes empresas que denuncias, imposibilitando la investigación y comercialización de transgénicos producidos por instituciones públicas y universidades. Un profesional del ramo, JM Mulet, mencionó el trigo sin gluten para celíacos resultado del trabajo del CSIC (donde tú investigas) y cómo acabará beneficiando a los consumidores de fuera de la UE pero no llegaría a los europeos bajo la prohibición que propones. De ello no has dicho ni una palabra.

El uso de la argucia retórica de los supuestos, fantasiosos científicos que creen saberlo todo es idéntica a la que suele emplear el relativismo posmodernista, el new age y esa izquierda anticientífica que muchos lamentamos. Presentar a quienes ofrecen datos como "fanáticos de la ciencia" que ciegamente pretenden, en tus palabras, "elevar la ciencia al status de una nueva religión, de una nueva ideología" y que además creen, lo cual ya los colocaría más allá de la estupidez "que nos ahorra la necesidad de hacer política" es retórica de lavabo, y creo que lo sabes. Llegas a sugerir que alguien (que de existir no conocería la historia del pensamiento) cree que la ciencia "no se equivoca casi nunca". No es una posición que vea yo en quienes opinaron. (Aunque, si alguien te ofrece datos sobre comercio de semillas y además cree en esa tontería o en la divinidad de Zeus, lo importante seguirían siendo sus datos.)

Sólo faltó decir, como gusta repetir cierto sacerdote (y cosmólogo) frecuente en las tertulias de la derechona: "La ciencia no puede explicar una poesía"... lo cual es cierto, pero no significa nada. Es tan vacío como decir que la escala de fa menor no explica la síntesis de proteínas.

La cienciofobia suele echar mano de esas argucias y falacias para eludir el debate de los datos, hechos, pruebas y cifras. Caes así en lo mismo que denunciabas en tu primera entrevista. Sin contar con que presentar a los disidentes como necios, extremistas, irracionales, malvados y bobos, es viejo truco, arco reflejo del político que desestima a los ciudadanos disidentes y hace a un lado sus preocupaciones con acusaciones vagas como "su crítica no es productiva".

¿Tecnocracia? No, información

Por si quedara alguna duda, nadie parece proponer que la política la hagan los científicos, ni ninguna forma de tecnocracia cocinada por Saint Simon o sus herederos. No parece una buena idea. Lo que se sugiere, de modo razonable, es que los políticos tomen posiciones con base en los mejores y más fiables datos que tengan a su disposición en cada momento.

Los datos cambian, los científicos son falibles (¡y humanos!) y el conocimiento evoluciona a diario. Eso no exime a los políticos de tenerlos en cuenta al tomar posiciones, y ajustar dichas posiciones conforme cambian. No actuar cuando no había datos sobre el calentamiento global antropogénico pudo ser una buena política entonces. Pero, cuando los datos acumulados indican que hay evidencias sólidas de una fuerte componente antropogénica en el cambio climático, seguir sin hacer nada ya no es una buena política.

El político sólo tiene esos datos, obtenidos con el mejor método que tenemos hoy (con sus defectos, problemas, imprecisiones, inexactitudes, modelos cambiantes, presiones académicas, científicos tramposos y lo que quieras, warts and all) como punto de partida de sus decisiones políticas

Por supuesto que se pueden opinar cosas muy distintas acerca de los conocimientos certeros. Pero no alterar los datos. Nos puede gustar o no que pi sea un número irracional de infinitos decimales, pero no es razonable opinar que vale 2,5 ni determinar democráticamente que vale 3,2 y legislarlo.

Gobernar contra los datos: Lysenko y Tshabalala-Msimang

Alterar o negar los datos (que no son culpa de los científicos que los describen, ni de las teorías que pretenden modelarlos) no es algo que sólo hagan los creacionistas y los posmodernos.

Cuando la opinión o la conveniencia política se ponen por delante de los hechos, el riesgo no es despreciablepocos ejemplos mejores que el del Trofim Lysenko y la forma en que destrozó el estudio de la genética en la Unión Soviética y liquidó a sus practicantes.

Podrías argumentar, legítimamente, que nadie ha demostrado científicamente de modo incontrovertible que la genética basada en evidencias hubiera evitado las hambrunas de la URSS y China. Pero la pregunta sería ¿cuál era la mejor apuesta? La política implica decidir ante la diversidad de opiniones a partir de las premisas más sólidas posibles. No es asunto de certezas de científicos teocráticos, de filosofía de la ciencia o de devaneos epistemológicos.

Y eso es lo que se te pedía, y reitero: que obtengas los datos. Puedes no cambiar de opinión, pero no vale que sustentes la que tienes en afirmaciones demostrablemente erróneas, cuando hay datos más certeros aquí y ahora, claro que de modo provisional y contingente.

Otro caso que ocasionó una cantidad de muertes desconocida pero que se calcula elevadísima fue el del gobierno de Thabo Mbeki en Sudáfrica, cuya política sobre el SIDA, encabezada por su ministra de sanidad, Manto Thsabalala-Msimang, decidió creer, contra todos los datos, que el VIH-SIDA no requería antirretrovirales para su tratamiento, sino que bastaba consumir remolacha, ajo, limón, cerveza y patatas africanas para curarse. Las políticas de sanidad en Sudáfrica entre 1999 y 2008 fueron un desastre sin paliativos.

Y probablemente la mayoría de los sudafricanos estaban de acuerdo con la máster en salud pública (título que recibió doña Manto de la Universidad de Antwerp, Bélgica). El miedo al SIDA y la desinformación han jugado un papel terrible en la pandemia.

La política no es ciencia, ni viceversa

La política es un juego impreciso de percepciones, deseos, pasiones e intereses que van mucho más allá de tu idea de que termina haciendo "lo que la gente quiera" (y que conduce a lugares donde no es deseable viajar, como las dictaduras de las mayorías). Por ello se habla incluso del arte de la política, como una metáfora útil que expresa las enormes dosis de subjetividad que implican tanto la toma de posiciones ideológicas como las decisiones de los políticos cuando proponen o ejecutan leyes y disposiciones que afectan a toda una sociedad. Por ello también implica servir al bien común con el criterio suficiente como para no limitarse al asambleísmo o la demagogia. La política también requiere audacia y buena fe.

Un último punto abusando de tu paciencia (pero mejor ahora y no cuando estés viajando todas las semanas a Bruselas y aprendiendo los detalles de tu nueva profesión). Quizás ya desesperado al ver cómo tus palabras formaban un súbito tsunami a tu alrededor, alguien te preguntaba si la homeopatía sería aceptable "si la gente la votara", y expresaste de la siguiente manera tu desprecio por el asunto:


La respuesta, Pablo, es no, no es "el problema". Nada es "el problema". Pero los políticos tienen la responsabilidad de atender a todos los problemas, no atender únicamente a su percepción de cuál es "el problema".

Los problemas son muchos. La anticiencia, que primero denunciabas para luego satanizar a algunos adoptando su discurso más facilón, es uno de los problemas. Y los problemas, en política, no se pueden aislar como en un laboratorio para dejar una sola variable en acción controlando las demás. Están interrelacionados. Que la gente crea que el agua azucarada es medicina se relaciona con su rechazo a la medicina, su suspicacia ante la ciencia, creencias de salud perjudiciales e, incluso, desinterés cuando un gobierno le mete un hachazo brutal a los presupuestos de investigación científica, cortando a la mitad proyectos prometedores y echando del país a investigadores que tú y yo conocemos, igual físicos que inmunólogos y demás. Parte de ello redundará en una transferencia de recursos a otros países que incide también en la pobreza.

No hay un solo problema y no hay una sola solución. El simplismo no es una aproximación política deseable. Aunque sea cómodo. Es razonable que dediques más atención a los problemas más sensibles y grandes, pero ello no justifica despreciar los demás.

Por último, la sorpresa que te ha producido lo acontecido en los últimos dos días, me sugiere que quizás no habías pensado que serías visto como político y sometido al mismo escrutinio que ejercemos sobre los demás. La ilusión de unanimidad que puedan haber tenido en Podemos, reforzada por unos resultados electorales sorprendentes, oscureció quizá esta consideración. Espero que pronto comprendas que los ciudadanos no te van a tener más consideraciones que a Rita Barberá, a Gaspar Llamazares o a Beatriz Talegón. Tú representas a los ciudadanos, te pagan, la responsabilidad es tuya y ellos no suelen considerar (y con razón) que tengan responsabilidades hacia ti.

Bienvenido a la política.

11.5.14

La masonería, ¡qué miedo!... o no

¿Qué opina de la masonería? ¿Cree que hay algo de verdad en las teorías conspiratorias de la historia sobre ella o son simple mito?

El "Gran Arquitecto del Universo", la imagen
de la deidad que desarrolló la masonería en
sustitución de la deidad cristiana.
La masonería fue una buena idea en el siglo XVII-XIX, hoy es un anacronismo curioso pero poco relevante porque hoy en día no es necesario esconderse en un sótano y tener un santo y seña para un grupo que discuta cualquier cosa, desde la revolución comunista estilo Mao hasta la reconstrucción del Tercer Reich, la necesidad de igualdad de oportunidades y derechos para la mujer o la exigencia de sumisión de la mujer... hoy se puede hablar de política, atacar al rey, al cardenal y al presidente, sugerir opciones de organización social, política y económica, hacer el orgullo gay e incluso promover la homofobia al estilo Intereconomía. Es decir, el pensamiento ilustrado nos dio la libertad de expresión de las ideas.

En las sociedades donde hay libre expresión de las ideas, una sociedad secreta para hablar libremente es un poco idiota. Y de hecho conozco a algunos masones a los que esto les duele mucho, por cierto. Cualquier mutualidad, fraternidad, hermandad, sindicato, organización gremial o colegio, por otra parte, cumple hoy además la otra función que tuvo la masonería: la de ayudar a sus miembros cuando se metían en líos principalmente por motivos políticos.

La masonería fue el centro de la política burguesa de la ilustración. Pero no por nada siniestro o esotérico. El motivo es que era en las logias masónicas donde se podía hablar libremente de ideas que no resultaban muy simpáticas para las cabezas coronadas, las sotanas y las aristocracias parásitas de la época. Los masones se consideraban libres, y defendían el libre pensamiento y la libre opinión, así que no es extraño que participaran en los principales movimientos sociales y políticos de la época como la revolución francesa, los procesos independentistas americanos. El 25% de los miembros de la asamblea francesa resultado de la revolución eran masones. Los independentistas en toda América eran en general masones. Vamos, que cualquier amante de la libertad de hoy en día habría sido masón, lógicamente, de haber vivido en el XVIII-XIX.

Mozart en su logia masónica.
Las teorías conspiratorias se basan esencialmente en la ignorancia popular acerca de la relevancia que tuvo la masonería. Cuando se derrumbó la monarquía francesa, cuando los pueblos americanos ya eran independientes, desapareció la necesidad del secreto (o "discreción", palabra que les gusta más) de los masones. Por supuesto, los promotores de la contrailustración, los defensores de monarcas, aristocracias y la obediencia ciega a la iglesia necesitaban demostrar que la Revolución Francesa era ilegítima, que "la gente" en realidad no la quería sino que le fue impuesta por una horrenda conspiración. Así, Barruel, Robinson y otros le atribuyeron la conspiración a los masones y a otra sociedad secreta a la que, como no podía defenderse por no existir, le podían atribuir todos los horrores imaginarios, los Illuminati, que habían existido apenas de 1776 a 1785 (cuatro años antes de la Revolución Francesa).

En México, por citar un caso que conozco, los partidos políticos que se disputaron el poder inmediatamente después de la independencia eran los yorkinos y los escoceses. No había ningún "secreto". Los escoceses (miembros del rito masónico escocés) eran conservadores –había entre ellos hasta algún virrey español en México– y los yorkinos (del rito de York, obvio) eran liberales. El primer presidente de México, un personaje maravilloso, Guadalupe Victoria, y buena parte de su gabinete eran yorkinos. Los periódicos de la época, los libros de la época, los discursos de la época, hablaban abiertamente de yorkinos y escoceses como hoy se habla de socialdemócratas y democristianos.

En Estados Unidos y en todos los países latinoamericanos, las logias masónicas eran la base de los partidos políticos, y a nadie le parecía raro ni reseñable. Usaban sus símbolos como todo el mundo (hasta el Club de Mickey Mouse) y trabajaban abiertamente. Lo asombroso es que ahora eso se venda como si hubiera sido un complot secreto que viene a descubrir algún paranoico que se come los bigotes y ve conspiraciones hasta en la forma de los tomates.

Gran sala masónica de Londres
A fines del XIX las logias ya no sirven a esa función, la libertad política y las nuevas ideas como el socialismo marxista, el anarquismo, el desarrollo del liberalismo económico y social, hacen que se vayan diluyendo porque la gente puede y quiere participar en política sin necesidad de pertenecer a las logias masónicas. Puede haber tradiciones (por ejemplo, hay logias que nombran Gran Maestro a cualquiera que sea presidente de ciertos países latinoamericanos, pero esto tiene tanto significado como que Juan Pablo II fuera miembro de honor de la Academia Chilena de la Lengua correspondiente de la Española –que lo fue), pero no son sustantivas. La consolidación de la revolución industrial cargó con la masonería, su ingenuidad y su relevancia. La tradición de los grupos gremiales que dio origen a la masonería se vio sustituida por las organizaciones de trabajadores, de obreros asalariados de una nueva clase: los sindicatos.

Llega el siglo XX y los nuevos totalitarismos (y los chifladitos) necesitan un enemigo a modo, y se les ocurre que la masonería es un buen fantasma, considerando que ya le sirvió a otros reaccionarios como Berruel. Cierto que en España las logias seguían teniendo participación política, pero no sirviendo a algunos intereses oscuros masónicos, sino siguiendo sus diversas inspiraciones políticas: unos centralistas y otros federalistas, unos liberales y otros conservadores... como en todo el mundo. Para el fascismo, que es rescoldo del pensamiento antiilustración (hasta la fecha), fue fácil amalgamar en su imaginario demagógico a la masonería con el comunismo (y luego con el judaísmo, en un ejercicio de contradicciones que nunca se justificó de modo medianamente plausible).

En la segunda mitad del siglo XX, acabadas las guerras y al menos temporalmente derrotado el fascismo brutal e irracional, otros grupos se ven necesitados de un chivo expiatorio para sus propias demagogias, y la masonería ofrece enormes ventajas para crear una cacería de brujas conspiranoica sin mucho riesgo: a) para entonces el común de la gente no tiene idea de qué es la masonería, porque ya hace algunas generaciones que perdió relevancia en la vida pública, así que se puede contar cualquier milonga sobre la masonería y la gente se lo tragará, b) la masonería está tan debilitada que no puede hacer nada (absolutamente nada) para defenderse (ya esto por sí mismo debería ser indicativo de su irrelevancia y su incapacidad de seguir influyendo en el curso de los acontecimientos) y c) la huella de la masonería en el pensamiento ilustrado del siglo XVIII y las luchas políticas del XIX es demostrablemente lo bastante profunda como para presentarlos como una realidad merecedora de temor.

Entonces "la masonería" o "lo masónico" se convierte en una palabra milusos que mezcla bien con cualquier bebida conspiranoica: illuminati, reptilianos, nuevo orden mundial, comunismo, ovnis nazis, helicópteros negros, anarquistas, Skull and Bones, antisistema, Bilderberg, etc., etc.

Y ya. Sigue habiendo logias masónicas y en ellas puede haber personas poderosas, muchas veces por tradición familiar, pero esto no significa que el pensamiento o mecanismos internos de las logias dicte la forma en que se ejerce el poder. La realidad ha rebasado a la masonería yo creo que de modo irreparable porque es un anacronismo, una forma de organización que respondió a un momento histórico y a un espacio geográfico bastante delimitados. A su vez, como herramienta del pensamiento ilustrado, ya rebasó en general a sus primeros adversarios, los defensores de la monarquía y el derecho divino a gobernar por virtud de la herencia. Salvo excepciones, el poder de los monarcas está acotadísimo si lo comparamos con lo que era apenas en 1789, por ejemplo, del mismo modo en que nadie se plantea en serio ser "emperador de la Argentina" o "rey de Estados Unidos", salvo algunos chifladitos que sirven para entretenerse pero cuyas posibilidades reales son como las que tiene Keith Richards de ganar un Premio Nobel de Física.

11.4.14

El nacionalismo como enemigo

Me preguntan con frecuencia sobre el nacionalismo, especialmente sobre los nacionalismos más estridentes en España, el vasco y el catalán (el nacionalismo español es aún más estridente, pero sobre ése casi no me preguntan), y por el nacionalismo mexicano, tan frecuentemente expresado en la forma de patrioterismo y xenofobia, y por qué creo que el nacionalismo es de derecha por definición.



El nacionalismo es una forma del gregarismo humano, que es a su vez un sentimiento indispensable para sobrevivir. Individualmente, el entorno nos puede comer con facilidad, matarnos de frío, anularnos. Solos somos débiles, vulnerables, primates temerosos salvo muy contadas excepciones. Históricamente, el ser humano sólo se entiende en grupo: caza en grupo, defiende a sus crías en grupo, decide en grupo y acumula y transmite conocimiento en grupo.

El problema es que esa conciencia de nuestro grupo, de "nosotros", implica con frecuencia como elemento definitorio a "ellos", "los otros", la tribu de aquel lado del río, el reino de junto, la gente del otro edificio, los individuos de color desusado, los que vienen de detrás de las montañas, los que le rezan a dioses sospechosos, los que hablan raro, etc. Facilita la definición de nuestro grupo por exclusión, por lo que queda fuera: "nosotros" somos los que no son "los otros".

Este tribalismo es comprensible a ciertos niveles, inevitable a veces, pero lamentable cuando va más allá del chiste, el júbilo deportivo o la pasión por la música y los disfraces (perdón, trajes regionales) de nuestra infancia o juventud y se convierte en motivo de acción política excluyente y de odio en nombre de un trapo (digo, una bandera), una canción militar mala (digo, el himno nacional) y un orgullo definido porque ellos hablan raro y además creen que hablamos raro (digo, el orgullo del idioma nacional).

Pero como tantas tonterías del pasado, estorba.

Todos experimentamos ese gregarismo porque es una forma cálida de la lírica: los héroes del pasado soñaron un futuro mejor para nosotros sin conocernos; somos agradecidos porque nuestra tribu no nos mató al nacer y nos dio idioma, educación, forma de ser; nos guste o no nuestra cultura es bastante definitoria, al menos como punto de partida para buscar el cosmopolitismo o la universalidad.

Carl Sagan con la sonda
marciana Viking.
(Foto DP de la Nasa,
vía Wikimedia Commons)
Carl Sagan decía (si mal no recuerdo) que el avance del hombre había ido a la par del avance de la familia al clan, a la tropa, a la tribu, a la ciudad estado, a las uniones regionales, al estado nacional, a las federaciones supranacionales (como la UE)... es decir, el progreso forma un continuo en el que la idea de "nosotros" va ampliándose y al ampliarse nos fortalece en lugar de debilitarnos como creen los tribalistas que siguen temiendo que los recursos escaseen por compartir con los otros. Es por tanto dable pensar que si es mejor ser pueblo que tribus, si nos resulta más beneficioso ser nación que ser pueblos aislados, lo ideal es intentar avanzar hacia un "nosotros" que incluya a los siete mil millones de seres humanos que habitamos este planeta.

Sí, en un pasado lejano o en condiciones extremas, es posible que el usufructo de recursos de "los otros" nos pusiera en peligro de hambruna, de ser devorados por depredadores, de perder cobijo y morir de frío, y esto fortalecía al gregarismo. Y si bien es parte de nosotros mismos, culturalmente nuestra obligación es evitar que sobrepase ciertos límites, como lo hacemos con otras partes de nosotros mismos, como la tendencia a la violencia o el miedo irracional. Está muy bien tener un equipo de fútbol y desear que gane y venza a "los otros" y gritar un gol y saltar como monos de película cuando ganamos una copa o algún otro símbolo sin valor intrínseco y que realmente no nos da nada a nosotros... pero esto no debe implicar también romperle la crisma a los otros, a los partidarios del equipo vencido, matarlos o violar a sus mujeres y comernos a sus hijos.

Ese cambio es la civilización, la revolución en la evolución que iniciaron especies anteriores a la nuestra. Por ello nuestra sociedad no sólo es de recursos materiales. Es fundamentalmente de conocimiento, sin el cual no podemos operar efectivamente sobre los recursos (minería, agricultura, transporte).

El conocimiento tiene dos características singulares que no estaban en el guión original de la vida. Primero que nada que, a diferencia de las manzanas, el sílex o los autos deportivos, el conocimiento se multiplica al compartirlo. Y, segundo, el conocimiento multiplica los satisfactores: con mejor conocimiento, el número de zapatos y los kilos de arroz, los hectolitros de agua potable y los archivos MP3 son mayores que en estado de ignorancia y mientras más gente tenga conocimiento, más multiplicará los satisfactores, y encontrará nuevas y mejores formas de obtenerlos.

Pero en tiempos de crisis, la idea tribal resurge con fuerza porque es la más fácil coartada para el demagogo. Si faltan satisfactores (comida, crédito, empleo, escuela) buscamos culpables, buscamos a "los otros" responsables de nuestra desgracia. Y resurge el peor rostro del tribalismo primigenio: los inmigrantes nos quitan el trabajo, los vecinos se aprovechan de nosotros, el otro nos roba, los políticos se confabulan contra nosotros (todo esto puede tener alguna dosis de verdad, pero no es la verdad completa ni mucho menos), la culpa de todo la tienen los alemanes (rusos, estadounidenses, franceses, chinos, urdus)... estaríamos mejor decidiendo por nosotros mismos y sin pensar en ellos qué queremos hacer (entendido ese "nosotros" como otra construcción tan arbitraria como cualquier otra). Si nos separamos de ellos (o los matamos, o los expulsamos, o los esclavizamos) todo se resolverá.

(El nacionalismo nunca ha sido una solución, siempre ha sido un problema, por cierto.)

Y éste es el discurso más propio de la derecha, el más básico, el más brutal. El de Hitler en la Alemania arruinada por el Tratado de Versalles que condena como culpables de sus males a todos los "otros", los de adentro (discapacitados, comunistas, homosexuales, miembros de religiones desusadas, judíos) y los de afuera (polacos, checos, franceses, ingleses). El discurso de los neonazis griegos machacando inmigrantes y golpeando a políticos con toda impunidad. El de los políticos del PP que excluyen a los inmigrantes de "nuestra" sanidad como si ello realmente significara más aspirinas para todos (cuando lo demostrable es precisamente lo contrario, se pone en peligro la salud de todos, inmigrantes o "cristianos viejos"). El de los militantes del 15M que hacen un movimiento de "todos" excepto una lista impresionantemente larga y diversa de personas y colectivos (militantes de partidos tradicionales, disidentes, empresarios, políticos, pensadores independientes, etc.) donde los de afuera acabaron siendo más que los "todos" de adentro.

¿Izquierda nacionalista?

Si el progreso se beneficia de la unión de más grupos humanos formando colectivos más amplios, más diversos y por ende más fuertes, lo mismo se puede decir del esfuerzo político por conseguir una sociedad más igualitaria.

El sindicato es la forma que han encontrado los trabajadores de no negociar inevitablemente desde una posición de debilidad, por ejemplo. Un trabajador sentado ante el representante de Recursos Humanos de una empresa (incluso la empresa más consciente, noble y justa que podamos imaginar) es infinitamente más débil que un representante de 250 trabajadores, que es fuerte y puede negociar.

Y una federación de sindicatos es más fuerte que los sindicatos solos.

La democracia es la fuerza de los números, ni más ni menos.

La izquierda ha planteado precisamente que las subdivisiones entre seres humanos son arbitrarias, empobrecedoras, injustas y debilitantes (y la ciencia poco a poco va validando esta idea: no hay razas, no hay "estirpes superiores", no hay inferioridad por nacionalidad, origen étnico, género, preferencias sexuales, religión y etcétera). Todos los seres humanos son diferentes pero iguales, todos merecen los mismos derechos, las mismas oportunidades y las mismas libertades incluso pese a las desigualdades que inevitablemente van a surgir, por méritos, por vocaciones o por cualquier otro motivo. La izquierda rechaza los privilegios hereditarios, las monarquías y los esquemas nobiliarios.

Inevitablemente, entonces, la izquierda es internacionalista, porque su solidaridad y convicciones no se detienen en las fronteras y entiende que las diferencias entre las naciones son accidentales (como la cultura o el idioma) o producto de injusticias que deben solventarse.

El nacionalismo, sin embargo, parte necesariamente de la base de que los valores propios son intrínsecamente superiores, mejores, preferibles, más bonitos que otros, y merecen un trato de privilegio mientras que los valores del otro son menores, despreciables y malévolos. El nacionalismo implica creer que el que nace de aquel lado de una línea arbitraria e imaginaria trazada sobre la tierra no merece lo mismo que los que nacen de este lado, que merecen privilegios especiales porque son de "nuestra" nación, y que no deben tomar en cuenta a "ellos", a "los otros" en sus decisiones y accionar porque son "extranjeros", de otra nación, adversarios y competidores.

Que una persona pueda mantener al mismo tiempo una posición de izquierda y llamarse nacionalista me parece una disonancia cognitiva de primer orden, cuando menos.

Al final, y atengámonos a los ejemplos que podemos ver en la historia y en lo cotidiano, esa supuesta "izquierda nacionalista" siempre termina apropiándose de todo el imaginario xenofóbico so pretexto de la "autodeterminación de los pueblos" (con una raya en el agua decidiendo, por alguna característica arbitraria como si se habla o no de cierta manera, dónde termina "su" pueblo y dónde comienza "el otro" odiado pueblo, que ya se puede morir de hambre si quiere). Es una izquierda que sí, busca un mejor futuro, quizá incluso con una economía más o menos socializada, un estado de bienestar, una sociedad justa y justiciera, pero sólo para los que tengan la suerte de quedar de este lado de la raya... cosa que parece lo contrario al solidarismo, el internacionalismo y la justicia que deberían caracterizar a la izquierda.

Los trabajadores y los progresistas divididos por fronteras y enfrentados por banderas tienen menos probabilidades de hacer efectivas sus reivindicaciones que si luchan unidos.

Independentismo y nacionalismo

En el caso de España, ante el secuestro de la nación y su necesaria simbología por parte de los vencedores de la Guerra Civil, que identificaron al nacionalismo español con el fascismo, el refugio natural del gregarismo fue la provincia o la comunidad autónoma, formando nacionalismos menos numerosos pero igualmente capaces de rechazar lo ajeno como inferior, y por ello igualmente lamentables. Aunque decir que el facha de "Viva España" y el pretenso izquierdista de "Visca Cataluny" o "Gora Euskadi" o "Asturies ye nación" son indistinguibles es políticamente muy incorrecto.

Pero incluso ese nacionalismo no justifica el independentismo, que es un asunto diferente. El independentismo es una reacción natural cuando existe una situación objetiva en la que un grupo (nacional, lingüístico, religioso, regional) está sometido a una dependencia política, opresión y control respecto de otro, en cuyas instancias de gobierno no tiene representatividad y donde generalmente hay una transferencia de recursos unívoca del colonizado al colonizador.

Obviamente, cuando los habitantes de una nación están siendo objetivamente oprimidos, la independencia es un deber y es defensible.

El problema es cuando el nacionalismo se inventa una situación colonial sin que se den las condiciones objetivas de la misma, sustentada en un discurso propagandístico de confusión de conceptos para justificar una lucha basada en la subjetividad nacionalista excluyente, de desprecio y odio al otro.

Pero ninguna población de la Europa opulenta está en la situación, digamos, de América Latina, África o el Sudeste asiático en sus épocas coloniales, o de los kurdos en Iraq, o que los armenios en la Turquía de 1915.

Los catalanes independentistas pueden aducir motivos económicos fácilmente rebatibles, pero el tema de su independentismo es principalmente de nacionalismos, de "yo no soy como mi vecino del otro lado de esta raya imaginaria donde acaba Cataluña" y del establecimiento de su "nosotros" en función de un "ellos" despreciable, malévolo, abusón, injusto, feo, vulgar y tonto. Y la promesa demagógica de que sin el lastre de los 40 millones de malvados españoles, podremos brillar de modo rico, bondadoso, amable, justo, guapo, elitista e inteligente, que es como realmente somos "nosotros". Y habrá ríos de leche y miel, y nuestros hijos serán más bonitos y no habrá criminalidad y nuestra economía florecerá por siempre jamás.

Lo cual no es cierto.

Hace un año di una charla en Barcelona y luego pasé una larga cena y toda la noche conversando con un grupo de lo más diverso: un líder del Partido Pirata, un par de marxistas leninistas modelo 1917 en el paquete sin abrir, nacionalistas catalanes de izquierda y otras buenas, buenas personas, aclaro. Cuando me hablaron de las naciones catalanas, me atreví a preguntar si el proyecto era que Girona, Lleida, Tarragona y Barcelona formaran cuatro países independientes. Me miraron sorprendidos. No, explicaron, por supuesto que no, la identidad catalana se debe mantener, no se puede romper Cataluña, eso de hacer cuatro países (o seis, hay versiones contradictorias) sería absurdo, debilitaría a Cataluña y no le convendría a nadie. Insistí: ¿qué pasaría si los tarraconenses pidieran una consulta para escindirse de Cataluña? Me dijeron que no podía pasar.

Como es gente inteligente entendieron que se habían pillado los dedos en la ratonera y creo que pasamos a hablar de rock.

Creo que quien, a partir del estado nacional, quiera volver a un colectivo más pequeño es forzosamente reaccionario, está en pugna con todos los que no pertenecemos a lo que concibe como su cultura/raza/idioma/religión superior y acaba siendo enemigo de la fuerza colectiva, sirviendo a quien prefiere vernos divididos.

"Calle sin odio" en Antwerp, Bélgica, como parte
de una campaña antixenófoba en 2006.
(Foto D.P. Wasily vía Wikimedia Commons)
Antinacionalismo

Ser enemigo de los mitos nacionalistas no implica buscar anular las identidades y pluralidad de los grupos humanos. Sería una tarea titánica. Pero sí se puede promover la integración de las distintas identidades en una identidad superior, sumar en vez de sustituir. El antinacionalismo no exige que nadie deje de sentirse como se siente, sólo busca que esa identidad básica se amplíe generosamente lo más posible: soy vasco o asturiano o gallego como punto de partida, pero soy español pero soy europeo pero soy humano. Y, de paso, lo mejor de todas las culturas me pertenece. No me puedo excluir de la pintura francesa por no ser francés, ni del blues del Mississippi por no ser estadounidense, negro y del sur.

Si Tsiolkovsky dijo, para argumentar en favor de los viajes espaciales, que la Tierra era la cuna del ser humano, pero el hombre no puede vivir para siempre en la cuna, lo mismo se puede decir de los regionalismos y los nacionalismos. Uno nace en su familia, su barrio, su población, su región y su nación. Pero no puede, ni debe, ni le conviene en justicia como individuo y como parte de una sociedad, quedarse allí para siempre.

La nación se basa precisamente en convicciones como "yo pertenezco aquí - yo no pertenezco allá - ellos pertenecen allá - ellos no pertenecen aquí". El antinacionalismo tiende a la destrucción de los estados nacionales en favor de una visión federal global. Yo pertenezco aquí y también en todo el mundo. No soy extranjero en ningún lugar y no veo a nadie como extranjero.

El nacionalismo es una de las más notables formas de la estupidez individual y colectiva, y la historia lo demuestra reiteradamente. Por eso me merece exactamente tan poco respeto como las religiones... finalmente porque en cierto modo es una forma de religión. Progresar hacia un mundo más justo, más equitativo y más libre exige no sólo luchar por la desaparición de los estados nacionales, sino la educación en la identidad esencial de todos los seres humanos, donde el hambre de otro valga tanto como la de uno mismo. Vamos, lo que ya dijo John Donne en el siglo XVII: "La muerte de cada hombre me disminuye porque estoy implicado en la humanidad" (any man's death diminishes me, because I am involved in mankind).

8.3.14

Sofía Trejo Pineda, mujer trabajadora

Sofía Trejo Pineda hacia 1960.
Mi abuela no era feminista. Creo que nunca escuchó la palabra "feminismo" y no la hubiera entendido mucho (aunque los hippies le caían bien en los 70) o habría pensado que era cosa de otra realidad y otro mundo. Tampoco conoció Internet y, por supuesto, su nombre sólo aparece en la red porque alguno de mis primos lo anotó en un sitio de genealogía, pero sin más datos que su nombre y su pesada maternidad de 12 hijos de los que, como se decía en esos tiempos de incertidumbre médica, "le vivieron" 11.

La primera vez que tuve una responsabilidad de trabajo fue a los 7 u 8 años, en la sedería "La Princesa", situada en el centro mismo de la Ciudad de México, en Bolívar casi esquina con Mesones, entre el olor de las máscaras de cartón y fuerte pegamento que representaban al diablo, a Cantinflas o al Pato Donald. Ahí despachaba metros de listón, botones, canicas para los niños y otras curiosidades de la panoplia abigarrada que ocupaba el pequeño mostrador de vidrio y madera pintada de verde, la estantería de la izquierda (vista desde nuestro parapeto tras el mostrador, pequeñísimos comerciantes), el teléfono público de monedas de veinte centavos de cobre y las dos vitrinas del mismo color verde pistache apagado que colgaba en la puerta todas las mañanas mi tío Miguel para aumentar el reclamo de colores y brillos hacia el oscuro interior del diminuto establecimiento. Comíamos de la fiambrera que se llevaba para mi abuela, mi tío y el nieto o los nietos que tuviéramos la divertida suerte de estar allí ese día. Muchos pasamos por allí. Somos muchos, más de 30, los nietos de la dueña de la sedería, que nació Sofía Trejo Pineda, después fue Sofía Trejo de Huerta y, desde la muerte de mi abuelo el 6 de enero de 1930, Sofía Trejo viuda de Huerta.

En alguno de estos locales (probablemente el que tiene enfrente un letrero azul  o uno de los dos
siguientes, de muro amarillo) de la calle de Bolívar, a tres calles de la cantina "El Gallo de Oro",
estuvo la sedería "La Princesa" de Sofía Trejo viuda de Huerta, mujer trabajadora. (Google Earth)
Mi abuelo había llegado a México como tantos asturianos echados de su tierra porque no cabían todos. Cualquier tierra que poseyera la familia era para el primogénito y, a los demás, llegado el momento, se les daba un traje, un poco de dinero y un pasaje en un vapor a Cuba, Venezuela, Argentina o México. Así, Fernando Huerta Turanzas bajó de las montañas donde se encuentra Palacio de Ardisana, en Llanes, Asturias, para embarcarse hacia Veracruz, a saber en qué puerto. Me gusta creer que se embarcó en Gijón porque es la ciudad en la que vivo hace 15 años. Documentos hay pocos de aquel entonces, 1890, poco más o menos, sobre todo porque entre entonces y hoy hubo una terrible guerra civil. La partida de nacimiento de mi abuelo, sin embargo, sí que sobrevivió en la parroquia de su pueblo.

Fernando Huerta Turanzas
Fernando trabajó como trabajan los inmigrantes en todo el mundo: muy duro, mucho, muchas horas de muchos días a la semana. Logró convertirse en Don Fernando y reunir una pequeña fortuna, y decidió entonces casarse con la joven hija de sus vecinos, Sofía Trejo Pineda, de 15 años de edad que, se cuenta, cuando se enteró de que la iban a casar con el bigotudo español de 40 años de edad se puso a llorar y, para que se calmara, le sacaron una silla al corredor del patio y le dieron a leer unos cuentos de Calleja que disfrutaba mucho.

Vivieron bien, se cuenta. Don Fernando había sido tesorero fundador del Centro Asturiano de México (que ahí sigue) y hay fotos de las hijas mayores de la pareja disfrutando la fiesta de la virgen de Covadonga en los terrenos del centro. Tenía una cantina de postín en el centro de la ciudad, "El Gallo de Oro", y un negocio de importaciones de productos españoles.

"El Gallo de Oro", la cantina regenteada por Fernando Huerta Turanzas en Bolívar y Venustiano Carranza, Ciudad de México, en la actualidad. (Google Earth)
Pero al morir súbitamente a los 60 años Don Fernando, los socios, amigos y demás personajes a su alrededor se ocuparon de llevarse hasta la pelusa de las alfombras. Con entre 35 y 40 años, Sofía Trejo, la sorprendida viuda, se encontró con que por no tener no tenía ni en qué caerse muerta y por tener tenía 11 bocas que alimentar, que con su 50% de genética asturiana básicamente eran de buen y mucho comer. No tenía tampoco idea alguna de los negocios de Don Fernando, ni cuánto tenía ni dónde, ni si había cuentas bancarias, guardaditos de monedas de oro, empresas, establecimientos, inversiones en México o en Estados Unidos o cualquier otra cosa que pudiera haber tenido... lo cual facilitó que a la familia la desplumaran con asombrosa eficacia.

Las niñas que estudiaban para "señoras de" en alguna escuela de monjas fueron rápidamente trasladadas a academias donde aprendieron mecanografía, taquigrafía y habilidades similares para los trabajos que antes de la Segunda Guerra Mundial eran los únicos a los que podía aspirar la mayoría de las mujeres. Los cuatro hijos varones se pusieron a trabajar, también. Pero no alcanzaba. Varias eran demasiado pequeñas para trabajar y los tiempos no eran del todo buenos.

Doña Sofía, de luto permanente hasta casi el último día de su vida, se arremangó la blusa y se puso a trabajar. ¿Qué sabía hacer? Tener hijos y atender visitantes. ¿Cuánto sabía de negocios y de la vida real fuera de la confortable casa de su bien situado señor? Nada. Aprendería.

Recuerdo una película de 8mm tomada por mi padre, y la recuerdo vivamente y sorprendido porque es de unas vacaciones en Acapulco cuando yo tendría 3 años y mi abuela nos había acompañado. En la filmación casera aparece con un vestido blanco de grandes flores rojas. La única vez que no la vi de luto, de negro con, cuando mucho, alguna blusa blanca.

Doña Sofía se puso a trabajar. ¿En qué? Los datos son confusos, pero para cuando yo atendía a los clientes de la sedería, llevaba más de 30 años trabajando duro. Tenía los sesentaytantos que se tenían en la década de 1960, es decir, una edad de achaques, cabello blanco, problemas de articulaciones, digestión complicada... nada que ver con sexagenarios como Bruce Springsteen o Mick Jagger o Jane Seymour o casi cualquiera de 60 que usted conozca hoy y que tenga la triple bendición de la medicina moderna, una nutrición más razonable y el rock como motor para seguir navegando.

Doña Sofía no tenía nada de eso. Pero era fuerte. No se le había ocurrido buscarse otro bigotón que se ocupara de su vasta prole porque al final le había gustado el primer bigotón pese a las condiciones de su enlace (comunes en la primera década del siglo XX), ni pensó en entregar a los niños a la caridad pública o monjil, ni plantarse en la calle con cara compungida estirando la mano para depender de la caridad de los peatones. Había que sacar adelante una familia, pues se saca adelante, sin derrumbarse en angustias existenciales propias de filósofo bien alimentado.

Sofía Trejo y los 11 hijos a los que sacó adelante.
Sofía, mi abuela, la sacó adelante. Mucho le habría beneficiado contar con el apoyo de otras muchas mujeres como las que hoy celebran el Día Internacional de la Mujer, saber que estaba poniendo el ejemplo de lo que luego se iba a llamar feminismo, contar con algún sustento ideológico para las noches en que el trabajo terminaba con dolor de pies y un largo camino a casa, pensar que años después habría tenido los derechos que su tiempo y circunstancia le negaron, y de entre los cuales pudo rescatar apenas algunos, ninguno sin pagar el precio.

El día que llegamos a la Luna (sí, todos), varios nietos estábamos en casa de mi abuela. Nos atraía poderosamente, le sobraba cariño, fuerza, comprensión, historias, sonrisas. Tendría más de 70 años. No sé cuántos éramos, pero algunos, ya adolescentes, estábamos sentados en el suelo, en unos cojines de terciopelo brocado rojos de un lado y verdes del otro en los que, cuando niños, habíamos escuchado los cuentos que nos contaba. Mientras esperábamos a que en la borrosa imagen en blanco y negro se viera a Neil Armstrong salir y bajar a la Luna, mi abuela nos contaba desde su silla cuando muy niña, muy niña, vio llegar los primeros automóviles a la Ciudad de México, el miedo que le daban a la gente con sus ruidos, su velocidad y sus humos. Y ahora estaba viendo al hombre llegar a la Luna. Le divertía y le satisfacía.


Doña Sofía era medio de izquierda sin saberlo. Medio rebelde sin haberlo podido expresar en voz alta. Apoyaba todo lo que sonaba a mejoría respecto de lo que había vivido. Y un día a los ochenta y tantos, después de comer, subió a su habitación para dormir una siesta y ya luego ver alguna telenovela, el noticiero, cenar, recibir del trabajo a la hija que vivía con ella (casi todas sus hijas, claro, trabajaron siempre y duro, unas más pobres que otras, pero todas ajustadas al ejemplo de Sofía, arremangándose porque si hay que remar no se piensa en remar, sino que se rema). La siesta se prolongó hasta siempre. Murió en su sueño. Y al menos ésa es una muerte justa y noble para alguien así.

Mi abuela es cada día más sabia. Recuerdo con frecuencia las cosas que decía, los consejos, la visión de una mujer ignorante, bastante zarandeada por la vida, pero que de todo había creado una sabiduría que sobrevive en sus nietos y sus bisnietos.

Doña Sofía no tenía más día para celebrarse que su cumpleaños. Por eso hoy quiero dedicarle este 8 de marzo. Mujer trabajadora madre de mujeres trabajadoras, con nietas trabajadoras y bisnietas trabajadoras que quizá algo aprendieron de lo que ella dejó.

19.2.14

Raza, poblaciones y biodiversidad humana

Me han preguntado varias veces sobre diferencias entre "razas", especialmente en lo referente a inteligencia, y en especial por las anotaciones del blog de un filósofo racista católico español.
El color del cabello, una forma tan arbitraria como cualquier otra para clasificar a los
seres humanos. En realidad hay un continuo de tonos de cabello, no grupos discretos.
(Imagen CC Collage de Jujutacular con imágenes de Rama, Jastrow y Mattbuck,
vía Wikimedia Commons)
Las razas no existen como tales.

La idea de "las razas" es un producto ultrasimplista de la era del descubrimiento y el imperialismo europeo. Todo se clasificaba, todo se estudiaba, no siempre con bases científicas, y se intentó hacer lo mismo con los seres humanos. Los europeos predominantes, en su intento de clasificar a los grupos humanos y al mismo tiempo de justificar su expansión imperialista y su colonialismo del resto del mundo, se centraron para su clasificación en unas pocas características físicas (el tono de la piel, el rizo del cabello, el pliegue epicántico de los ojos) como podían haberse centrado en otras (estatura, color del cabello, tamaño de los pies, largo del cuello o la separación entre los ojos) y con base únicamente en esas percepciones superficiales hicieron una clasificación de "razas" humanas que no soporta ningún análisis medianamente riguroso.

¿Cuál era el problema de esas clasificaciones? Que eran generalizaciones simplistas e ignorantes. Los europeos quisieron creer que todos los "negros" eran iguales por tener un tono de piel más oscuro o que los "asiáticos" eran una sola variación humana sólo por tener el pliegue epicántico en los ojos. Y los caucásicos eran de piel clara, o más o menos. Así, se metía en un saco a los beduinos, los italianos y los noruegos, y en otro a los etíopes, los tutsis, los lubas, los yorubas o cualquiera de los más de miles de grupos étnicos africanos; y en un tercero a todo mundo de Asia desde el norte de China hasta Filipinas o Vietnam.

Africanos de la actualidad.
 (Imagen CC Blaise Raise vía Wikimedia Commons)
La paleoantropología y la genética nos han pintado un panorama totalmente distinto. No hay uniformidad genética entre "negros", "asiáticos" o "caucásicos". Por ejemplo, sólo en África, en esos miles de grupos étnicos que mencionaba, hay más variabilidad que en todas las demás poblaciones, es decir, que hay más grupos de población distintos que se diferencian en muchísimas cosas aunque todos tengan la tez más o menos oscura de lo que todos en grupo se diferencian de los supuestamente caucásicos u orientales. Y todos venimos de África, de un solo origen.

Algunos creen que esto implica negar las diferencias genéticas entre poblaciones. O les conviene decir que otros lo creen porque así los pueden pintar como imbéciles. Lo que se llama el "hombre de paja": decir (como en el blog racista) que los enemigos del racismo "niegan la variabilidad genética poblacional" y una vez habiéndolos dejado como idiotas atribuyéndoles esa afirmación que no hacen, argumenta en favor de una posición racista arbitraria.

Así que las distintas poblaciones sí tienen características diferentes, pero eso lo estudia la genética estadística y la biología de poblaciones, no la pseudociencia racial del Tercer Reich. Y esa variación humana no tiene nada que ver con el caduco concepto de raza y mucho más con los orígenes étnicos, con las poblaciones de nuestros ancestros.

El racista Craig Cobb se entera en The Trisha Show de que tiene un 14% de genes
procedentes del África subsahariana, para regocijo de otra invitada.
(Captura de pantalla de The Trisha Show, Fair Use Policy).
Siempre es bueno tener presente el caso de Craig Cobb, un líder neonazi racista que se sometió a un análisis genético que determinó que el 14% de su dotación genética provenía del África subsahariana. El asunto fue muy divertido, hasta que los racistas empezaron a perseguir a su exlíder por considerarlo parte del enemigo sin considerar su aspecto, lo que llevó a que el personaje se radicalizara hasta aterrorizar a la gente de la zona donde pretendía crear una comunidad "blanca pura".

Y es que todos somos mestizos. Todos. Absolutamente todos.

Por ejemplo: si tienes ancestros irlandeses, tienes más probabilidad de ser celíaco. Lo que no quiere decir que todos los irlandeses sean celíacos ni que todos los no irlandeses estén a salvo de la enfermedad. Ni que importe si pareces o no irlandés. Y si tienes ancestros armenios, turcos o judíos del Norte de África, tienes más probabilidad de sufrir la fiebre familiar mediterránea. Si tienes ancestros nórdicos, aumenta tu probabilidad de sufrir la enfermedad de Dupuytren.

Pero si tienes un ancestro lejano armenio y eres rubio platino con otro ancestro pelirrojo irlandés, podrías tener la misma probabilidad de sufrir la fiebre familiar mediterránea que cualquier turco cuya familia lleve seis mil años en Turquía.

Esto se debe a los flujos genéticos, que siempre han existido. Los seres humanos no están tan aislados como quisieran los racistas. A lo largo de toda la historia las poblaciones han tenido intercambios genéticos que además son beneficiosos para la variabilidad humana. Esto explica por qué muchos asiáticos son intolerantes a la lactosa cuando son adultos: la mutación que permite que sigamos produciendo lactasa (que digiere la lactosa) después de la infancia no se ha difundido mucho por las poblaciones asiáticas, lo cual incluso nos puede servir para saber con razonable certeza hace cuánto apareció esa mutación y en donde: el Oriente Medio hace unos 11.000 años.

Si en vez de hacer genética de poblaciones piensas en "razas" como un amo colonial europeo, acabas metiendo la pata. Por ejemplo, se suele decir que la "gente de origen africano" (por no decir "los negros", considerando que en realidad todos tenemos origen africano) tiene más probabilidad de sufrir anemia falciforme. ¿Es cierto? En realidad no, es una generalización peligrosa. Ni se aplica a toda África ni se aplica sólo a África.

La mayor incidencia de esta enfermedad debida a una mutación del gen de la hemoglobina se encuentra en el centro de África (Camerún, Senegal, Benin, Bantú), pero no en Sudáfrica, el cuerno de África (Etiopía), Sudán, Botswana y otras zonas. Además también está presente en la India, la zona alrededor del Golfo Pérsico y la zona de Turquía. Profundizando en el tema, se descubre que este tipo de anemia ocurre en lugares donde la malaria es endémica, y es de hecho un resultado secundario de la resistencia a la malaria. No tiene relación con el color de la piel, pues.

Por otro lado, quienes tienen raíces europeas son más propensos a la fibrilación auricular. Y si tienen ancestros del Norte de Europa identificados con los celtas, es más común que padezcan hemocromatosis hereditaria (exceso de hierro). Y si uno tiene ancestros senegaleses y de la aldea de Astérix, su aspecto físico no le dirá nada sobre su predisposición a esas u otras enfermedades, porque lo más importante de nuestra dotación genética no se expresa superficialmente en los aspectos que apasionan a los racistas como el tono de piel. O sea, uno puede ser de tez muy oscura y sin embargo ser propenso a la homocromatosis. Al gen de la homocromatosis no parece importarle la actividad de los genes responsables de la producción de melanina que es responsable del tono de nuestra piel.

Sabemos que todas las habilidades humanas, todas, tienen componentes genéticos así como culturales. Y sabemos que ciertas poblaciones (no razas) tienen ciertas predisposiciones genéticas en cuanto a probabilidad, es decir, estadísticamente, algo que no se traduce forzosamente en características de los individuos

Foto CC de Basketball Travelers Inc. Staff
(Paradise Jam official Facebook page)
vía Wikimedia Commons
En todas las características humanas existe una componente genética, una epigenética y una cultural (estas dos no son lo mismo) así otras relacionadas con el desarrollo, entrenamiento, entorno, vocación, etc. Si juegas baloncesto, serás mejor si mides más de 2 metros, muy pocos bajitos llegan a ser leyendas del baloncesto. Esto no hace inferiores a los pequeños (que, por otra parte, son más exitosos en la halterofilia, donde escasean los tipos muy altos).

Para medir dos metros necesitas los genes de la altura, sí, pero necesitas también que se expresen, lo cual depende de muchísimos factores (alimentación, desarrollo embrionario, clima, experiencias, otros genes, etc.), necesitas una cultura en la que haya pasión por el baloncesto, una buena alimentación, ganas de jugar y otras características (como ser competitivo, rápido, tener buena puntería, etc.). Siempre tendré presente a un chico que vi en 1978 en la convención mundial de ciencia ficción en Phoenix, Arizona: debía medir dos metros diez, delgado y con una rebelde melena rubia, que se paseaba con una camiseta que decía "Odio totalmente el baloncesto" ("I Absolutely Hate Basketball"). Evidentemente, la gente a su alrededor suponía que por ser alto debía gustarle el baloncesto, y debía jugarlo. Prejuicios como los que hay contra la gente de diversos colores, estaturas u orientaciones sexuales.

La pregunta es si esas diferencias son relevantes en temas de "superioridad" o "inferioridad" de algunas personas por el hecho de tener ciertos ancestros. Y la respuesta que tenemos hasta hoy es que no, o al menos no exactamente. Por supuesto alguien que mida dos diez y pese 100 kilos va a ser superior a mí jugando baloncesto. Nada más.

No hay razas humanas como entidades discretas (es decir, como grupos estancos) ni existen poblaciones aisladas. Hay un continuo en la variabilidad humana como han demostrado estudios genéticos con gran representatividad. Así como no hay grupos de estatura discretos, sino gente de todas las estaturas, una gama sin interrupciones desde muy pequeños hasta muy altos. Hay gente de piel muy oscura y muy clara, pero entre ellos hay toda una gradación continua. Y hay gente con el cabello perfectamente liso y gente con el cabello ensoritjado apretadamente (lo cual depende sólo de la forma del folículo piloso), pero también entre ambos hay una gradación sin saltos bruscos, con la nariz respingona o chata y aplastada, y todas las posibilidades intermedias. Y así sucesivamente.

El racismo pretende clasificar a los extremos, de modo arbitrario, y acaba dejando fuera a la mayor parte de la humanidad que está entremedio, en el gradiente.

Cromosomas humanos. (Imagen CC de Steffen Dietzel vía Wikimedia Commons)
Claro que la genética juega un papel en todos los aspectos del ser humano, pero también es cada vez más claro que salvo algunas características muy concretas, no es absolutamente determinante. Y menos cuando se trata de categorías tan vagas como "inteligencia", que ni siquiera tiene una definición objetiva precisa. Por ello, aplicar las pruebas de "Cociente Intelectual" estandarizadas y creadas por blancos occidentales para evaluar la cognición de indios centroamericanos o masai africanos es un procedimiento de entrada anticientífico y sesgadísimo, porque se han creado para medir ciertas variables. Es como darle pruebas de inglés a todo el mundo y sacar como conclusión que los estadounidenses y miembros del Commonwealth son superiores porque saben inglés en mucho mayor proporción que los argentinos o los indonesios. O, al revés, que la prueba de inteligencia fuera de rastreo de presas: cualquier miembro de cualquier pueblo cazador que haya practicado, digamos los yanomamo o los aborígenes australianos, va a ser más inteligente que la gente de otras culturas.

Vamos, que NO hay ninguna fuente fiable que indique que todas las diferencias que pueden observarse entre distintos grupos sean exclusiva o predominantemente genéticas. Los argumentos de personajes como el filósofo en cuestión y otros racistas se basan en la interpretación sesgada, torticera y convenenciera de estudios sobre genética de poblaciones, a veces muy serios pero que no dicen lo que les hacen decir quienes escriben interesadamente.

Como siempre, las cosas son más complicadas de lo que creen quienes delirantemente pretenden que toda la humanidad, en su exquisita variedad, quepa en cinco clasificaciones inventadas en el siglo XVIII.

5.2.14

PETA, grupo de odio

En varias ocasiones me han preguntado por PETA (People for the Ethical Treatment of Animals o Personas por el Tratamiento Ético de los Animales), sus dirigentes, la crueldad animal e incluso el cariño que le podemos tener a las mascotas. Reúno varias respuestas.
Ingrid Newkirk, fundadora y presidenta vitalicia
de PETA. Aunque ha declarado que desea que
las mascotas se dejen de criar hasta que especies
como gatos y perros desaparezcan, lo oculta cuando
un periodista que la va a promover, en este caso David
Shankbone, lleva a su perrito a la entrevista.
(Foto GFDL de David Shankbone, vía Wikimedia
Commons)
Creo que PETA y su inspirador, el filósofo Peter Singer, son fanáticos irracionales, y muchos de ellos crueles, misantrópicos, terriblemente incoherentes y peligrosos. Su odio al ser humano parece mucho mayor que su amor a los animales. Es una organización a cuyas tácticas, dirigentes y portavoces se oponen incluso muchas organizaciones verdaderamente humanitarias y de defensa de los animales. Ha sido identificado por agencias de seguridad de EE.UU. como amenaza terrorista y su posición ante grupos claramente terroristas como el Animal Liberation Front es de "lamentar, pero no condenar" sus actos de violencia.

De hecho, el incendiario Rodney Coronado de ALF, que en 1995 confesó haber incendiado un laboratorio de la Universidad Estatal de Michigan y pasó casi 5 años en una cárcel federal de los EE.UU. por sus delitos, recibió un "donativo" ese mismo año de más de 70.000 dólares, 45.200 de ellos entregados al Comité de Apoyo a Rodney Coronado.

Hay una dosis enorme de hipocresía en sus acciones y sus posiciones son inflexibles, sin ningún matiz, sin recurso a la razón o la ciencia y sin considerar el contexto ni ningún problema de ninguna índole fuera de su vocación. Su única visión para cambiar las cosas es la policiaca: prohibir, reprimir, impedir, satanizar, destruir y violar. Y como la conclusión la tienen antes que la investigación, en más de 30 años de existencia nunca han admitido haber encontrado ni un solo laboratorio, granja, criadero o establecimiento de mantenimiento de animales que acepten que cumple los requisitos legales... aunque la mayoría lo hacen.

Como Greenpeace, PETA toma una causa con la que casi cualquiera estaría de acuerdo (luchar contra la crueldad contra otros seres vivos), y la retuerce hasta convertirla en otra cosa totalmente distinta, violentando el significado del lenguaje para hacer acusaciones brutales (usando sin medida palabras cargadas como "crueldad", "esclavitud", "holocausto", "asesinato", "brutalidad", etc.), exagerando temas pequeños para convertirlos en publicidad y proclamándose únicos legítimos representantes de esas causas, exigiendo, pese a ser minoría, que toda la sociedad se someta a las soluciones prohibicionistas que plantean sin diálogo ni posibilidad de moderación de sus posiciones.

El exceso propagandístico y retórico acaba trivializando los verdaderos delitos, la verdadera crueldad, la genuina psicopatía (que, en todo caso, yo encontraría antes en muchos profesionales de PETA que en Nelson Mandela comiéndose un filete).

Investigación animal

Por supuesto, es deseable y moralmente bueno disminuir el sufrimiento de los animales que los seres humanos utilizamos para diversos fines, e incluso el de los que aniquilamos porque son plagas o ponen en riesgo vidas humanas, pero eso no parece que se pueda conseguir con las tácticas de PETA, especialmente cuando buscan prohibir toda la investigación en animales, satanizando a quienes la realizan y condenando al sufrimiento a quienes se benefician de esa investigación (salvo que sean dirigentes de PETA).

PETA ha llegado a decir que la investigación en animales no produce resultados científicos válidos (en pocas palabras: que se hace para satisfacer los instintos de crueldad y muerte de los científicos psicópatas, no para obtener conocimientos). Pero la que fuera vicepresidenta ejecutiva de PETA, Mary Beth Sweetland, que se opone radicalmente y sin excepciones a la investigación animal, es diabética y diariamente utiliza insulina, que fue precisamente el resultado válido de investigación en perros. Su respuesta cuando se le confrontó con este hecho me parece un monumento a la hipocresía y muy representativa de las contradicciones de PETA: "Necesito mi vida para luchar por los derechos de los animales".

Vamos, que si usted es diabético y no lucha por los derechos de los animales, debería morirse.

Otro caso emblemático es el de la falsificación de los experimentos de Silver Springs, cuando de modo increíblemente malicioso se intentó destruir la carrera y la vida de un neurocientífico que ha ayudado a miles de pacientes.

Foto CC de Alex Pacheco, vía
Wikimedia Commons.
Esta fotografía fue escenificada en 1980 por Alex Pacheco, cofundador de PETA, con objeto de desprestigiar al Dr. Edward Taub y a la investigación que realizaba buscando enseñar a personas paralizadas a utilizar miembros que no tienen sensibilidad (es decir, que tienen neuronas motoras funcionales pero no percepción de tacto, temperatura o propiocepción) aprovechando la plasticidad neuronal.

Pacheco se hizo pasar por voluntario en el laboratorio de Silver Springs y, en una ausencia de Taub, colocó del modo más incómodo e incorrecto a los monos en las sillas que se usaban para los estudios (torturándolos de hecho él, Pacheco) a fin de provocar gestos de angustia y hacerles fotos. Esto quedó demostrado en dos juicios y cinco investigaciones independientes sobre las prácticas del laboratorio de Taub que, de demostró, no se parecían en nada a esta barbaridad escenificada.

Las acusaciones falsas de Pacheco se tradujeron en 119 causas contra el Dr. Taub por crueldad animal y no darle a sus animales un tratamiento veterinario adecuado. 113 de ellas fueron desechadas porque el veterinario del Departamento de Agricultura que hacía visitas sorpresa al laboratorio testificó que nunca vio las inhumanas condiciones de crueldad que presentaba Pacheco. Cinco cargos se desecharon en un segundo juicio y el último lo desestimó un tribunal de apelaciones. El Dr. Taub fue absolutamente exonerado de la trampa que le había montado la organización.

Las investigaciones continuadas por Taub luego de derrotar a PETA se tradujeron en la "terapia de movimiento inducida por restricción" (CIMT) que ha ayudado a muchas víctimas de accidentes cerebrovasculares y otros pacientes a recuperar el movimiento de miembros paralizados. Demostró en el proceso la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del encéfalo de regenerar neuronas y crear nuevas conexiones, toda una revolución en las neurociencias. Por ello, Taub recibió en 1997 el premio de Académico Distinguido de Irlanda de la UAB y el Premio William James de la Sociedad de Psicología Estadounidense, en 1998 el Premio como Científico Distinguido de la Asociación De Psicofisiología y Biorretroalimentación aplicadas y, en 2004, el Premio de Aportación Científica Distinguida de la Asociación Psicológica Estadounidense.

Increíblemente, más de 3 décadas después la foto sigue haciendo la ronda como si fuera una representación real de una situación de investigación, y gente que debería ser más rigurosa y tener una actitud más cuestionadora sigue sin enterarse de la verdad porque es más complicada que una impactante foto propagandística sin escrúpulos.

Si PETA o cualquier otro grupo radical "animalista" realmente quiere reducir la investigación en animales, sería lógico que ayudara decididamente a desarrollar una alternativa que nos pueda permitir llegar a los mismos resultados de investigación sin necesidad de recurrir a animales de laboratorio. Esto sería un gran trabajo científico en áreas como clonación y cultivo de tejidos, simulaciones computarizadas, uso de conocimientos genéticos y otros métodos que eventualmente podrían sustituir los estudios en animales... cuando las investigaciones son para beneficio humano. Habría que ver cómo se resuelve el problema de la investigación veterinaria en perros, gatos y otros animales domésticos que tiene por objeto beneficiar precisamente a otros perros y gatos. También deben hallarse mejores formas de reducir el sufrimiento del animal de laboratorio del que no se puede prescindir de momento (sedantes, mejores condiciones de vida en los bioterios, etc.), pero PETA ha dado para investigación, en los 34 largos años de su historia, sólo un millón de dólares. 1/30 de lo que fue sólo su presupuesto de 2012 que alcanzó la friolera de más de 30 millones de dólares. Por las manos de PETA han pasado cientos de millones de dólares que no han ido a investigar para eliminar el uso de animales, sólo para hacer publicidad prohibicionista... y financiar terroristas.

Ah, y para financiar a un engañoso Physicians Committee for Responsible Medicine, formado principalmente por personas que no son médicos pese a su nombre (Comité de médicos en favor de una medicina responsable) que se dedica a promover el vegetarianismo y el veganismo, y a difundir información cuando menos dudosa sobre los peligros que tiene el consumo de cualquier producto animal.

PETA mata

PETA puede gastarse, y lo ha hecho, miles de dólares para protestar por la crueldad de ciertos experimentos con gatos de la Universidad de Wisconsin, advirtiendo que un gato podría morir en los experimentos y llamando "torturador" al investigador, sin hacer caso a las distintas agencias gubernamentales y comités éticos de la universidad que precisamente existen para garantizar que la investigación se haga con el máximo respeto a los animales (mucho se ha avanzado desde el siglo XIX) y que aseguran que no hay tal crueldad ni ninguna acción reprobable o, menos, ilegal.

Matar un gato parece terrible a ojos de PETA, pero no lo es matar, digamos, a  1.045 gatos. Y 602 perros. Y a otros 28 animales de compañía diversos, todos liquidados con inyecciones de pentobarbital sódico.

Ésas fueron las cifras de los animales domésticos puestos bajo la "protección" de PETA sólo en 2012 y sólo en el estado de Virginia. Sólo fueron adoptados o rescatados por sus propietarios 15 perros, 9 gatos y 4 animales de otras especies. Y, desde 1998, la suma total de mascotas a las que PETA ha dado muerte es de 29.398. Su publicidad pretende que todos estos animales estaban gravemente maltratados, pero cualquier protectora de animales sabe que esas cifras no son representativas. En el pasado, gente de PETA ha sido de hecho condenada por el delito de tirar cadáveres de esos animales y acusados de crueldad animal después de matar a decenas de animales e intentar deshacerse subrepticiamente de sus cuerpos. Por el contrario, en lugares como Asturias, con pocos recursos y activistas dedicados, se ha conseguido implantar un cuidado de protectoras sin sacrificios, consiguiendo hogares para la mayoría de los animales abandonados.

No creo que se resuelva el tema de los animales arruinándole con pintura roja a una ancianita el visón que su fallecido marido le regaló hace 50 años y gritándole que es una hija de puta. No creo que se resuelva ningún problema robándose los pollos de un granjero que de eso vive legalmente y fingiendo "liberarlos" para que se los coman los depredadores locales. No se resuelve nada saboteando la investigación científica que beneficia a los humanos y a otros animales. Y ciertamente no se resuelve nada haciendo de lado los conocimientos científicos para actuar como inquisidores enloquecidos que se creen inspirados por dios.

El odio de Yourofsky

Yo quiero mucho a mi perro. Y a los perros que he tenido antes. Son mis amigos, parte de mi familia, motivo de mi preocupación por su bienestar. Me parece lo normal. La mayoría de la gente le tiene cariño a sus mascotas y no los ve, que diría Ingrid Newkirk, ama de PETA, como "prisioneros" o "esclavos".

Gary Yourfsky escenificando cómo entraría armado en un matadero de cerdos, luego de
señalar que "la violencia tiene su lugar" y que si alguien sale herido "es su culpa" por
agredir a a los animales en una entrevista para Veggie Channel.

Otra cosa es que a nivel genérico y ya no individual, alguien reaccione más airadamente ante el maltrato a un animal que ante el maltrato a un ser humano. Evidentemente quien ve a un cerdo y a un niño recibir un golpe y se indigna "igual" por ambos tiene un problema serio y probablemente es un misántropo.

De hecho hay animalistas que al tiempo que dicen rechazar la violencia contra los animales, disfrutan, celebran y promueven la violencia, el dolor y la muerte de otros seres humanos. Al respecto es relevante el discurso de Gary Yourofsky, que fuera el niño bonito de PETA y portavoz entre 2002 y 2005, condenado por terrorismo y al que se le prohíbe entrar en varios países, un sujeto cruel, obsesionado sexualmente y siniestramente malvado. Cito las palabras que dijo orgullosamente en 2005 en una entrevista con Claudette Vaughan para la revista The Abolitionist:
¡En el fondo, espero de verdad que la opresión, la tortura y el asesinato vuelvan multiplicados por diez a cada ser humano insensible! Espero que los padres disparen accidentalmente a sus hijos en excursiones de caza, mientras que los carnívoros sufren ataques al corazón que los maten lentamente. Todas las mujeres envueltas en pieles deberían sufrir una violación tan brutal que les dejara cicatrices para siempre. Mientras que todos los hombres envueltos en piel deberían sufrir una violación anal tan horrible que les arranque las entrañas. Cada vaquero de rodeo y torero deben ser corneados a muerte, mientras que los abusadores de los circos deberían ser pisoteados por elefantes y despedazados por tigres. Y, por último, deseo que la ironía lance la luz de su cabeza esotérica en la forma de investigadores de animales que contraigan enfermedades debilitantes y que se marchiten dolorosamente porque el dinero para investigación que podría haberse utilizado para su tratamiento se hubiera desperdiciado en la práctica bárbara y anticientífica de la vivisección.
Si ésos son los héroes y portavoces del movimiento de los derechos animales, algo anda muy mal allí adentro. Nunca he conocido un cazador, un torero, una persona del circo, a nadie que use pieles o tenga animales de corral a los cuales sacrifica para comer que tenga un odio contra los animales tan aterrador como el que expresa este miserable contra otros seres humanos.

No es alguien que pueda predicarle moral a otros.